domingo, 1 de septiembre de 2019

El Fujimori brasileño


por Henrique Júdice Magalhães

Tras décadas de resistencia de las clases dominantes y de las Fuerzas Armadas, un partido de centroizquierda, con expresiva adhesión entre las masas empobrecidas, los trabajadores organizados en sindicatos y la clase media, llega a la presidencia de un país sudamericano signado por una iniquidad distributiva entrelazada a un racismo con raíces en la época colonial.

El partido, que tiene por símbolo una estrella, predicaba en su origen un socialismo heterodoxo – o, cuando menos, un reformismo radical – que tenía tanto de anticapitalismo como de anticomunismo, o anti-sovietismo, lo que lo llevó a acercarse a la II Internacional. A lo largo de los años, en aras de acceder al gobierno, renunció a ello y compuso con facciones del viejo sistema y de la derecha.

Su líder, elegido presidente, se destaca por el carisma y por la capacidad de comunicación, reconocidos por sus más duros adversarios. Conquista cierto prestigio internacional

Creyendo poder substituir reformas sociales efectivas por el simple aumento del poder de compra de la población e incentivo al consumo y al crédito, su gobierno empieza bien y termina mal. Casos de corrupción se van sumando y, junto al pésimo estado de los servicios públicos, a la violencia sin control y a la mala situación económica, hacen crecer el descontento.

Hay protestas de la izquierda en todos sus matices, con fuerte adhesión entre la juventud suburbana – universitaria, trabajadora o las dos cosas. También de la derecha liberal-conservadora, cuya fuerza motriz y base social es una clase media más blanca y acomodada. El gobierno, llegando a incurrir en violaciones a los derechos humanos, reprime a la izquierda y deja libre el terreno a la derecha.

En las siguientes elecciones presidenciales, el partido del gobierno pierde, pero preserva su piso histórico de votos. La izquierda parlamentaria es arrastrada al fango por el colaboracionismo de la mayoría de sus vertientes hacia el gobierno y por su división interna. La derecha tradicional, identificada correctamente por la amplia mayoría de los votantes como parte del problema, no de la solución, es igualmente repudiada.

El descontento lo capitaliza un candidato hasta ese entonces no tomado muy en serio, de un partido improvisado. Su sorprendente victoria hace ascender a un régimen policíaco, que se afirma por la combinación de liberalismo económico radical, incremento de la represión interna, agresividad ante la prensa y el desmoralizado Congreso y avasallamiento del Poder Judicial.

A la cabeza de todo está un capitán expulsado del Ejército décadas antes por conducta deshonrosa. Contra todo pronóstico, su liderazgo es aceptado por las fuerzas armadas: no son los generales que terminan por engullirlo, sino al revés.

No por eso, sin embargo, las FFAA dejan de afirmarse como factor real de poder. En verdad, su poder e ingerencia en temas de la vida del país que en principio no les corresponden, o no deberían corresponderles, ya venían en aumento desde el gobierno anterior, el de centroizquierda.

Ellas renuncian, empero, a viejas pretensiones de modernizar el país que habían llevado a efecto durante su gobierno, años antes, y también a sus pretensiones de afirmación del país como potencia regional. A cambio de recompensas individuales no siempre lícitas, sus oficiales adhieren de forma plena a los lineamientos militares y geopolíticos de EEUU e Israel. Los pocos que, dentro de ellas, alzan la voz contra ese arreglo espurio se vuelven blanco de persecución.

El nuevo gobierno no tiene mayoría parlamentaria pero, con los votos de la derecha tradicional y sin efectiva resistencia del partido que había dejado el gobierno ni de la izquierda en crisis, hace aprobar privatizaciones, desregulación laboral y medidas de vía libre al accionar de las fuerzas represivas.

La base social del nuevo régimen está formada por estratos medios poco letrados, con fuerte presencia de cuentapropistas a veces precarizados, atraídos por la ideología del emprendedurismo, además de miembros de corporaciones armadas. Concita también cierta adhesión de sectores populares. De ella emerge una derecha lúmpen – la bruta y achorada, o DBA – , inepta para usar cubiertos de pescado pero capaz de quitar votos a la izquierda, a la derecha tradicional y al partido más estructurado, el de centroizquierda.

Uno de los cimientos sociales de ese arreglo lo dan las iglesias evangelistas, decisivas para la victoria electoral. A ello se suman también facciones reaccionarias de la iglesia católica, como el Opus Dei, con la complicidad de la jerarquía cardenalicia.

Ésos grupos católicos son, además, uno de los eslabones de la relación con las élites empresariales, que dan su visto bueno, en lo fundamental, al nuevo régimen, al que prestan cuadros para puestos estratégicos, aún evitando vincular públicamente su imagen a ello.

El nuevo gobierno es un circo de horrores que mezcla una atroz vulgaridad con un discurso de rastrero moralismo. El presidente se rodea de familiares que inciden en el palacio y son, ellos mismos, fuente de escándalos con dinero público. Se promueve la estigmatización y persecución a los estudiantes universitarios, reputados, por esa sola condición, de “comunistas” por las fuerzas de seguridad y por la base social del régimen. Luego salen a la luz los vínculos con grupos paramilitares (en verdad, militares en horas extras, sin uniforme), y hay pruebas – o, como mínimo, muy fuertes indicios – de compromiso personal del presidente con ellos y su accionar.

Con asistencia de expertos en operaciones psicosociales nativos y extranjeros, se desarrolla una campaña permanente de difamación y estigmatización contra los opositores, con amplio uso de internet.

Contra el ex-presidente, líder del partido más organizado del país, se desata una ofensiva judicial y mediática que mezcla hechos reales de corrupción de su gobierno – algunos de ellos, sobre bases legadas por gobiernos anteriores nunca investigados – con pruebas dudosas de culpa personal y directa. Éso sirve para sacarlo físicamente de la arena política, dejando vía libre a la ejecución del programa del nuevo régimen. Él sigue, sin embargo, tomando cartas en su partido, aún a distancia.

Hay discretas señales de un acuerdo por lo menos tácito – o, cuando menos, de una convergencia de intereses – entre el líder sacado del juego y su partido, por un lado, y el nuevo régimen, por el otro. Pese a la fuerte retórica contra el gobierno anterior, usada para movilizar a sus propios adeptos, el nuevo gobierno no toca los cuadros que el partido del ex-presidente había insertado en la estructura estatal. Algunos de ellos, en verdad, sobre todo en el poder judicial, pasan a servir con descaro al nuevo gobierno.

La imposición por el ex-presidente a su partido de la eterna espera por su retorno y de candidaturas inexpresivas en las siguientes elecciones, además de su rechazo a conformar un frente contra el nuevo régimen y de la desmovilización de su brazo sindical, sirven a los dos, ya que impiden la emergencia de nuevos liderazgos que puedan amenazar a la tranquilidad del gobierno de uno y a la posición de comando partidario del otro.

Sin embargo, el carismático ex-presidente y su partido pierden una cosa,: por primera vez en años, deja de ser el eje ordenador de la política nacional, en adhesión o repudio al que las otras fuerzas se organizan, a la derecha o a la izquierda. Cede ese rol al nuevo presidente o, por lo menos, lo comparte en posición minoritaria con él.

Un peruano razonablemente perspicaz identificará en lo antedicho la descripción de lo sucedido en los gobiernos de Alan García Pérez, del Partido Aprista, y del tandén Alberto Fujimori/Vladimiro Montesinos, y de la relación entre ellos. Un brasileño con igual dósis de perspicacia podrá leerlo como la descripción de lo que sucede entre Lula y Bolsonaro.

No hay, por supuesto, analogía perfecta entre situaciones históricas distintas. Además del hecho de que García no llegó a ser preso, sino exiliado, hay unas cuantas diferencias de importancia.

Primero, los peruanos, al elegir a Fujimori en 1990, no votaron por la DBA, sino contra el shock económico prometido por Mario Vargas Llosa: solo después de su toma de posesión es que Fujimori lleva a efecto lo que antes se describió aquí – legitimado electoralmente, eso sí, luego, en 1995.

Segundo, la caída de Fujimori fue posible, en gran medida, por algo que Brasil hoy día no tiene: una prensa que cumplió con su deber de investigación y denuncia de los crímenes del fujimorismo. Entre los integrantes destacados de esa prensa de resistencia estuvieron Caretas, Liberación, La República (en vida de su fundador Gustavo Mohme Llona), Gustavo Gorriti y César Hildebrandt.

Tercero, por muy graves y repudiables que hayan sido el desvio militarista de Sendero Luminoso y su demencial violencia contra poblaciones civiles desarmadas, una orgía de sangre con trasfondo político suena todavía menos mala – por lo menos a quien no la vivió – que otra llevada a cabo en el marco de la criminalidad mafiosa y la desesperación individualista por los bienes de consumo desechables, como sucede hoy en Brasil, donde mueren cada año lo que en 20 de guerra interna em Perú.

Cuarto, todavía no se sabe quién es el Montesinos del Fujimori brasileño. A quien la prensa señala como tal, Olavo de Carvalho, parece demasiado chanta, no un verdadero genio del mal.

En lo esencial, sin embargo, las situaciones se parecen mucho, como se parecen las estructuras sociales de Brasil y Perú, y las trayectorias del PT y del APRA. Y, principalmente, la estrategia estadunidense e israelí, que tuvo en el fujimorismo su leading case, inspira al bolsonarismo.

Con Bolsonaro, Brasil asiste a la emergencia de un fenómeno social y político afianzado en un liderazgo personal que moviliza los peores instintos de una gran parte de la población brasileña y tiende a persistir incluso si su líder fuera derribado o preso.

Los peruanos conocen el desarrollo posterior de la historia, que aún no se dio en Brasil.

Fujimori cayó, incluso con el visto bueno de un gobierno demócrata de EEUU, y está preso hace 12 años, pero el fujimorismo permanece como expresión social y política con un piso de votos muy alto que lo pone permanentemente a las puertas del palacio. Para movilizar su base, recurre a fantasmas como el combate a la “ideología de género” y al “adoctrinamiento escolar” (político o sexual). Su discurso es fuertemente patriarcal, conservador y homófobo. Su modus operandi, acusar de comunista o gay a todo aquel que lo enfrenta. Precisamente lo mismo que hace el bolsonarismo en Brasil.

El temor permanente al retorno del fujimorismo no afecta por igual a las demás fuerzas políticas. En 2011, Ollanta Humala, para lograr el apoyo de los demás partidos y al final imponerse por muy estrecho margen ante la hija del ex-dictador Keiko Sofía, tuvo que renunciar a toda pretensión de reforma social que pudiera haber figurado en su plataforma. La izquierda y la centroizquierda no fueron capaces, sin embargo, de sacarle la más mínima concesión programática al banquero naturalizado estadunidense Pedro Pablo Kuczynski en aras del mismo objetivo, en 2016. Ese desplazamiento del eje político hacia la derecha ya se da también en Brasil.

La condena de Alan García por corrupción fue anulada por irregularidades procesales. Eso es lo más probable que pase con la de Lula, que podrá volver a la presidencia como volvió García.

Hoy día, todo el sistema de poder peruano está jaqueado: el Congreso, el Poder Judicial, lasempresas poderosas. ¿Quien lo defiende a muerte en el parlamento y en la sociedad? El fujiaprismo, palabra que parte de la prensa peruana acuñó para nombrar a la alianza – de conveniencia, por supuesto, pero ¿qué alianza no lo es? – entre esos dos partidos. La disposición que demostró el PT a pactar tras bambalinas con el PSDB en los 90 y 2000 no parece haber cambiado aunque sea otra ahora la fuerza hegemónica de la derecha. Se puede prever para el futuro cercano una repetición, en Brasil, entre el bolsonarismo y el PT, del Pacto de Olivos lúmpen que rige hoy en Perú.

La hipótesis de este artículo es que, con Bolsonaro Brasil no vive – al contrario de lo que habíamos pensado muchos – el retorno de un “partido uniformado”, organizado según la jerarquía militar y la visión de mundo de los think tanks de las FFAA. Lo que existe es la emergencia de un fenómeno social y político que recurre al militarismo pero se afianza mucho más en un liderazgo personal que, irónicamente, tiene un legajo militar deplorable. Dicho fenómeno moviliza las peores pulsiones de una parte significativa de la población brasileña y será de larga duración, no importa si su líder llega a ser depuesto o incluso preso.

La estrategia estadounidense fomenta hoy este tipo de régimen, bruto y brutal, que de los regímenes militares clásicos recoge tan solo la violencia, pero sin ninguna capacidad de formulación.

Los gobiernos de las FFAA como institución pueden ser muy útiles a la hora de masacrar a militantes populares pero tienen algunos inconvenientes, según han podido constatar los yanquis en los años 70/80. Les gusta, por ejemplo, tener visiones geopolíticas propias. Hasta un régimen delirantemente regresivo y alineado en lo económico a EEUU, como la última dictadura argentina, les dio dolores de cabeza al amenazar el equilibrio militar y político de Sudamérica con la guerra de Malvinas, que por muy poco no se desdobló en un conflicto entre Chile y Perú por Arica y Tarapacá.

El bolsonarismo es la expresión más acabada y de más peso de esos regímenes de tierra arrasada que EEUU hoy fomenta. Los generales son, obviamente, cómplices, y no ad honorem, pero la formulación estratégica no se da en cualquier institución militar brasileña, sino en otro lugar.

Otro inconvenciente de las dictaduras militares clásicas es que no cuidan las apariencias. En Colombia y en la Venezuela del puntofijismo, el parlamento, los partidos y el poder judicial nunca dejaron de funcionar libremente y el Estado pudo, en los 70 y 80, matar a militantes populares con igual eficacia y número que en Chile, Argentina, Uruguay o Brasil. Lección aprendida.

Esto último requiere, sin embargo, fuerzas políticas y sociales opositoras que sean, a la vez, cómplices. Se las requiere para simular normalidad democrática e incluso para llenar espacios e impedir la emergencia de otras que no lo sean. Y, para ser cómplices, se necesita darles algo a cambio: por ejemplo, algunas decenas de despachos en el Congreso y la preservación de su control sobre los sindicatos. El PT – esta es otra de las hipótesis de este escrito – ha aceptado ese rol.

viernes, 16 de agosto de 2019

bosta galana


por Pablo Navas

mar del plata,
la jodida mar del plata
con sus bicicleterías de bicicletas pinchadas
unos lobos malolientes y duros
con mal aliento que repelen
la belle epoque
aguanta
dero.
mar del plata no tiene nada, lo que tiene son tres canales
y en cada uno, un noticiero
lagrasta
-sin chistes por favor-
sus voceros
se le llaman comunicadores
un diario
un panfleto
un rey cuatro bufones
los colectivos: tierra y plantitas
bostezos largos
aburridos
un reloj en la municipalidad,
no hay que creerle al Estado cuando da la hora
igual el reloj está parado
o la hora es la equivocada
o es que acá la vida se detuvo.
carteles de neón
dos terminales
un solo rey cuatro bufones
tintorerías frente a estaciones de servicio;
verdulerías nunca venden palta.
tiene mar, es cierto
pero ese mar está acabado
y a mí
por mi parte
es decir yo
quien dice
que digo
la naturaleza no me dice nada
y a mis amigos tampoco.
no sabemos llegar a la biblioteca
ni a los cuatro climas
ni a la nieve que hubo.
mar del plata bien jodida,
en los bares: la música de los remisseros
y en los remis— es la voz de un remissero que en un rato se la va a poner
contra la loma
de burro
o de colón
que habrá descubierto América
pero no descubrió esta perla, humeante, descascarada
lluviosa, pésima: mar del plata.
dos cafés
medio diario
dos viejitos peleándose por ese diario
en el diario se pelean otros dos de cara pixelada, de tinta corrida,
de nadie lee.
la única condición- no mover el culo o tener prendido el gas butano,
porque un conocido se puede encontrar cualquiera:
en la fonte
en el ascensor
en la puerta
en la cocina
en la cama
en el inodoro
en el cepillo.
por eso conviene,
desde acá sugerimos,
con precaución y en uso pleno de las facultades
con cuidado
y prefiriendo
que
conviene
quedarse
tras la reja
con alarma
el televisor prendido
la bata, las pantuflas
porque afuera
un FFFFRRRIIOOOOO.
y quedando desorbitado
en la rotonda
les transmito
les cuento
una aldea
este precipicio
la doble fila
nada que romantizar
del pulso helado
de la fase abierta
entonces pareciera
que se van chocando
marcha atrás
en una calle desierta
donde no hay arena
y donde en la arena no hay camellos
y a veces hay tormentas.
todos los años se celebra el día aldeano de la nevada
y todos se reúnen a contar '¿donde estuvo usted en la nevada?’
toman chocolate caliente, se ponen guantes y agarran la taza con las dos manos, soplan el chocolate, sale humito, 14 grados
hace.
las frecuencias
no son lo suyo
ni en el transporte
ni en la felicidad.
entonces percibe alguien
la ola turística
una tía dijo:
‘los turistas son como las olas: vienen, rompen y se van’. igual ella se fue, no se si a europa, a calamuchita o a la plata.
pero es, que
¿me entiende?
uno escucha esa frase a los 8 - 10 años
y entiende- no entiende, que no hay nada que se odie más, en este orden:
las rabas
el turista
el pobre
el cornalito: al que hay que comerle la cabeza, los ojitos, su crocantez, mientras pega el sol
en los anteojos, y de ahí rebota al torreón, y a todo esto el cornalito:
ni tan chicloso, pero salado
y el limón, uno lo traga, pero no es difícil.
¿quién viene al mundo con un manual?
la apuesta en otro lado,
el odio: más acá.
algunos más amigos: de la costita- de los amigos- esos mates 'salen/ esos/ mates/ en/ la/ costa' se pregunta la ratera
le contesta su noviecito;
y se tiran en una loma de pasto cortado militar.
y miran que hay perros quietos
indigentes tapados con hojas de palmera
tarritos de jugo baggio con sorbete, tamaño chico
y que se ocupe otro.
lento, lento, lento, lento, lento
las condiciones del stress, el miedo, mar del plata tiene un solo horario: 11 de la mañana,
el cielo violáceo, la mentira fenicia de un sweater polvoriento.
la condena de buscar un kiosko, de querer leer en voz alta,
de esperar que pase alguien que le importe esto y lo otro.
la falsedad de todo acá nomás
de la sierra maldita, corta
y un centro no querido, donde hacen filas los bancarios,
los violinistas
las que se toman la presión y les explota la cabeza.
la tapada con saquito
el tapado de bufanda,
¡vergüenza les tendría que dar!
andar tapados
tiritando, entrando al auto, cerrando ahora
cruzando de vereda, comiendo la medialunita
'acá son ricas por el agua',
acá toman medialunas
de día o de noche
es lo mismo.
sea frente al museo, en la choripanería, en la desconsolada casa de chalecos,
en las universidades de los hijos
en la revista, ya sabés de qué te hablo.
‘te vi en el 8 el otro día’
la casualidad:
impostación pura y dura,
como el alfajorcito vencido que te dieron en el micro
te lo comiste
te ensució la boca,
lo dejaste a la mitad
mientras veías un cartel
todo verde
y de neón.

sábado, 27 de julio de 2019

¿Qué significa “Llegamos a la Luna”?


En la película First Man el director toma la decisión de no mostrar el momento en que Armstrong planta la bandera en la Luna, lo que nos genera sentimientos encontrados que nos llevan a plantearnos la épica del desarrollo tecnológico.

Por Marcelo Rodríguez *

Hay dos detalles del alunizaje que el espectador aguarda ver en El primer hombre (First man, 2018), la película del director Daniel Chazelle sobre la historia de Neil Armstrong en sus años de entrenamiento y el periplo lunar, y finalmente no ve. Uno es la ceremonia religiosa que Edwin “Buzz” Aldrin celebró en la superficie de la Luna según el rito presbiteriano, y que incluyó la comulgación, que fue la primera ingesta de comida de un ser humano en otro mundo. Otro, cuya ausencia es más llamativa, es el momento en que el primer hombre en la luna clava en ella una pica con la bandera estadounidense. Detalle, este último, que el espectador de otra nacionalidad por una parte agradece y por otra echa de menos, porque justamente ese arranque de patrioterismo que puede suscitar el plantón de la divisa norteamericana le permite tomar distancia de la escena, enmarcar a la conquista del espacio y a ese, su hecho más emblemático, como un logro puramente militar, sin significado antropológico.

La tradición humanista, señalaba el filósofo francés Gilbert Simondon allá por los años en que se iniciaba la conquista espacial, se empeña en no asignarle ningún valor cultural al desarrollo tecnológico. Y termina de esa manera abonando, decía, a la misma idea de neutralidad que sostienen los tecnócratas enamorados de la máquina, esa “neutralidad” que dice que la tecnología no es “ni buena ni mala, sólo nos mejora la vida para que cada cual le dé su propio sentido”; lo bueno y lo malo, se dice desde esta óptica, son las personas, y no la tecnología ni mucho menos la ciencia. Lo malo es que desde esta perspectiva, decía ya en los tardíos años ’50 Simondon –un fanático de la biomecánica, que sostenía que ningún ciudadano debía ignorar cómo funcionan los motores y sus sistemas de control–, la cultura que renuncia a pensar en el significado real de su producción técnica termina dándole a ésta un carácter sagrado. Y bien se sabe que lo sagrado, contrariando todo precepto de la racionalidad que deberían inspirarnos la ciencia y la tecnología, no se cuestiona.

¿Cuáles serían esos “verdaderos” significados de la tecnología, de los que supuestamente no se habla? Pueden ser varios. Empezando por el mismo funcionamiento, que por sernos en general desconocido termina por producir un efecto como de magia. El discurso publicitario, que se ha vuelto dominante incluso en áreas donde en teoría debería expresarse la racionalidad de una sociedad democrática, se desentiende cada vez más de cualquier intento de descripción objetiva de las cosas de este mundo, y tiende a incrementar ese efecto “mágico”. Las razones de ser de cada nuevo producto, de cada innovación tecnológica, la racionalidad capaz de discernir por qué las cosas se hacen de una determinada manera y no de otra, se esfuman en virtud de esa prestidigitación –eficaz, eficiente, simplificadora– y asumen la forma de la satisfacción de las necesidades, de una tautología de la felicidad que sintetiza sus múltiples caras.

Pero la tecnología tampoco es sólo un set de herramientas, o de prótesis de nuestro cuerpo, como lo había pensado a mediados del siglo XIX el alemán Ernst Kapp, de quien McLuhan tomó la idea de los medios electrónicos como “extensiones de nuestros sentidos”. Abstrayéndose de esa “ilusión” que ve a los objetos técnicos como meros “útiles” a la medida de nuestros deseos, Simondon y otros autores de su época demostraron que en la sociedad industrial –en el capitalismo, pero probablemente también en los sistemas socialistas como se habían dado hasta entonces y, agregamos nosotros, en la actualidad– toda la tecnología tiende a conformar sistemas de gran escala. Las “herramientas”, decía este autor, quedaron en la historia, en el pasado romántico de los artesanos que a fines de la Edad Media desarrollaban su actividad en los márgenes de las ciudades europeas, y que eran los poseedores de la técnica, de los medios de producción y de un sentido de la innovación donde la calidad, la función y la elegancia de los productos eran valores que no habían sido pervertidos por la lógica mercantilista de la producción masiva. Hoy las personas, al vincularse con cualquier producto de la tecnología, pasan a formar inmediatamente parte de un sistema que les asigna un rol social –es productor o consumidor, diseñador o usuario, vendedor o comprador, actor o espectador, espía o espiado, manipulador o manipulado, o a veces varios roles a la vez–, un rol social que es consecuencia directa e inevitable de las funciones técnicas de los artefactos, que es independiente de lo que cada persona crea estar haciendo, por ejemplo, cuando se sube a un auto o envía un mensaje por una red social, y que probablemente no existía, ni siquiera como posibilidad, antes de que esa tecnología fuera inventada y puesta en funcionamiento. Autores como Simondon o McLuhan, cada uno a su manera, lo vieron claramente a partir de la emergencia de fenómenos como la masividad de la televisión, y hoy la velocidad de desarrollo de las infinitas aplicaciones a través de internet hacen pensar a muchos que tal vez esa característica de la tecnología, advertida hace al menos medio siglo sin perjuicio de que siguiéramos viéndola como “neutral” o hasta “inocente”, ya nos ha pasado por encima. Cuanta más capacidad de dominar tienen unos, más posibilidad de ser dominados tienen otros, y esta parece ser una realidad que, como el principio de acción y reacción formulado por Newton como una ley inquebrantable de la física, se cumple indefectiblemente, aunque la cultura nos la oculte, o aunque un tabú nos impida mirar hacia ese lado bajo la pena de cargar el estigma del rechazo irracional, del rencor del vencido o del rezagado. En definitiva, del anatema patriarcal de la impotencia.

Desde la posición de quien asume y pone en palabras ese tácito rencor, probablemente, surgen las versiones negacionistas de la llegada del hombre a la Luna: toda la “magia” consistió no más que en caminatas de astronautas grabadas en estudios de Hollywood, trucos de iluminación en el desierto de Nevada, directores de cine famosos –¿por qué no Stanley Kubrick, que el año anterior había estrenado la magnífica 2001, odisea del espacio?– trabajando en secreto con la NASA y guionistas de Disney, y una gigantesca conspiración tan bien montada que ni siquiera los rusos –¿qué no hubieran dado ellos por poder refutar el alunizaje norteamericano?– habrían advertido tan evidente farsa. Es comprensible que ver a la conquista del espacio exclusivamente en términos de una contienda militar entre las dos superpotencias del momento exacerbe esa paranoia negacionista, y la imagen de Neil Armstrong clavando en la Luna su bandera –imagen que Chazelle, probablemente en un acierto estético más de First man, elige no mostrar– la lleva hasta el paroxismo. Es que una forma de no verse en ese lugar de inferioridad, complementario de esa soberbia muestra de poder tecnológico y militar, es negar el hecho que nos habla de ella. Más aún cuando esa muestra de poder es enviada por una potencia con capacidad de destruir el mundo con sus armas nucleares, y que por entonces manifestaba con saña su impunidad y desprecio por la vida, bombardeando a la población civil en Vietnam, o entrenando a las fuerzas militares sudamericanas para un “combate contra el terrorismo” que poco después se traduciría en las atrocidades del Plan Cóndor.

First man muestra que los cuestionamientos al enorme gasto público que implicaba la carrera espacial iban, dentro de los Estados Unidos, mucho más allá de los sectores más radicalizados, los mismos que protestaban por el cese de la guerra de Vietnam. En una elegante recepción oficial, Armstrong (interpretado por el actor Ryan Gosling) flaquea al tratar de definir el “esfuerzo” que implican los proyectos de la NASA, y atina a rechazar el pelotazo: “Depende en qué contexto se lo considere”. “Lo estoy considerando en el contexto del dinero de los contribuyentes”, le responde cortante su interlocutor, formulando en términos ridículamente prosaicos (y realistas, diríamos, pero sólo en un sentido restringido de la palabra “realista”) la grandilocuencia de la empresa:

Si algo nos enseña nuestra historia es que el hombre, en su búsqueda de conocimiento y de progreso, es determinado y no puede ser disuadido. […] Elegimos la Luna no porque sea fácil, sino porque es difícil.

El discurso del presidente norteamericano John F. Kennedy en 1961 había lanzado al mundo el desafío de llevar, antes de que terminara la década, a un hombre a la Luna y traerlo de vuelta. Armstrong, que a diferencia del origen militar de la mayoría de los astronautas era piloto de aviación civil, se postuló como candidato para integrar el Proyecto Gemini, cuyo objetivo era el de “ensayar”, a través de una serie de vuelos espaciales tripulados, algunos de los dispositivos, maniobras y habilidades técnicas que la NASA estimaba necesarias para las futuras misiones lunares. En 1962 los ingenieros espaciales estadounidenses ya tenían claro (y lo habían hecho público) que la forma más segura de transportar gente al satélite sería a través de dos naves: una que transportase a los astronautas hasta la órbita lunar y otra que descendiera a la superficie y luego se volviera a elevar para encontrarse con la primera y volver de regreso a casa. Además de los artefactos en sí, eran precisas una serie de operaciones –entre ellas la actividad extra-vehicular (EVA), el trasbordo de los astronautas de nave a nave, el acoplamiento “nariz a nariz”–, cada una de las cuales constituiría una proeza en sí misma, porque nunca habían sido realizadas en el espacio y a nadie le constaba que fueran realmente posibles.


“Papá va a ir a la Luna”

Entristecido por un profundo dolor (la película comienza con el episodio de la muerte de su pequeña hija, en 1961), reservado y taciturno, el Armstrong de First man se distancia enormemente del héroe de Hollywood para acercarnos más a ese otro modelo de héroe norteamericano que es el misterioso Capitán Achab, creado por Herman Melville en Moby Dick. La posibilidad del fracaso y de la muerte lo acechan permanentemente en la vida y en el pensamiento, conformando con el deseo una sola materia. El hombre destinado a llevarse el mayor de los laureles desconoce el sentimiento de euforia, y se adivina que no sabría qué cara poner en caso de tener que festejar un triunfo. El filme pinta un astro que brilla en la oscuridad.

En marzo de 1965 les tocó ver por televisión cómo los rusos se les adelantaban una vez más, esta vez con el primer EVA o “paseo espacial”: fue el de Alexéi Leonov, flotando en el espacio a metros de la nave Voskhod 2. La televisación no fue en directo. Las autoridades rusas (según se supo décadas después) sólo liberó las imágenes una vez concluida la misión, que fue por demás accidentada. Primero, el traje espacial de Leonov se había hinchado demasiado y le impedía volver a entrar en la nave tras el paseo: lo logró a duras penas con un movimiento desesperado, ingresando de cabeza por la manga de salida cuando la indicación era hacerlo con los pies. Adentro de la nave se descontroló el nivel de oxígeno y temieron el incendio durante todo el regreso a tierra, que tampoco ocurrió según lo previsto: Leonov y su compañero Pavel Belyayev fueron a parar a un bosque helado de la taiga siberiana, donde casi son comidos por los lobos y sólo pudieron ser rescatados días después.

Con el inicio del Programa Apolo, en febrero de 1967, la tragedia toca de cerca al grupo. Los astronautas Virgil Grissom, Ed White y Roger Chaffee fallecieron en la rampa de lanzamiento de Cabo Cañaveral a bordo de la cápsula Apolo 1 por fallas técnicas que provocaron un incendio. Buzz Aldrin cree que la muerte de Grissom lo coloca entre los candidatos a viajar a la Luna, y desenfadado y sin pelos en la lengua, lo dice delante de todos. Su comentario resulta, como mínimo, inoportuno. Buzz se excusa; al fin y al cabo, dice, “es lo que todos piensan”. “Tal vez deberías pensar en no decirlo”, lo corta Armstrong. La verdad es para él un reino de silencio y de contemplación, aún, y sobre todo, cuando está sobrecogido por el terror, a bordo de un avión-cohete X-15, esos costosos engendros militares ensayados en la década del ’60 que superaban la velocidad Mach 6 y permitían, en una experiencia cercana a la desintegración total del avión y del piloto, sobrepasar la atmósfera:

Era tan delgada, una parte tan pequeña de la Tierra, que apenas se podía ver; y cuando estás aquí abajo entre la multitud y miras hacia arriba, parece… parece bastante grande y no piensas mucho en ello. Pero cuando tienes un punto de vista diferente, cambia tu perspectiva. No sé qué descubrirá la exploración espacial, pero no creo que sea sólo una exploración por el bien de la exploración. Creo que será más el hecho de que nos permitirá ver cosas que tal vez deberíamos haber visto desde hace mucho tiempo, pero que no hemos sido capaces hasta ahora. [1]

Por eso, les dice a los reclutadores del Proyecto Gemini en la NASA, quiere ser astronauta, como si en la operación tecnológica que iba a anular de manera efectiva y para siempre la distancia que separa al hombre de su diosa lunar debiera necesariamente estar presente, y en grandes dosis, la metafísica.

– ¿Qué pasa, mamá?

– Nada, querido. Tu papá va a ir a la Luna.


Misiones a la Luna

Una página actual de Wikipedia ofrece el simpático detalle de incluir en el listado de “Misiones espaciales lanzadas a la Luna” a proyectos imaginarios como, por ejemplo, la leyenda contada por Plutarco en el siglo I antes de Cristo acerca de un “camino que lleva a la Luna” en De facie en orbe Lunae, una novela de Luciano de Samosata fechada en el año 79 de nuestra era, una cita de La Divina Comedia de Dante Alighieri y, por supuesto, De la Tierra a la Luna (1865) y Alrededor de la Luna (1870), ambas de Julio Verne, sin olvidar las anteriores La conquista de la Luna (1809), del norteamericano Washington Irving, y el relato fantástico La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall (1835), de Edgar Allan Poe. Según ese listado, para julio de 1969 las misiones espaciales reales enviadas al satélite natural de la Tierra por soviéticos y norteamericanos a partir de 1958 habían sido, en total, setenta y una. Salvo las misiones Apolo 8 y 10, ninguno de los otros vuelos fue tripulado, pero todos tenían un objetivo técnico, ya fuera de aproximarse, de orbitar o bien de alunizar, además de probar tecnologías.

Solamente 25 de esas 71 misiones lunares (el 35 por ciento) habían sido exitosas. Tras el alunizaje en First man se escucha a un locutor de radio desde la Tierra:

Estos primeros hombres en la Luna han visto algo que los hombres que los sigan no experimentarán.

La teoría dice que los primeros son siempre los que allanan el camino y ponen las piedras para que los que vienen detrás pisen más seguros. Pero si bien en el Programa Apolo las cosas venían saliendo a pedir de boca, al menos a partir del accidente inicial que costó la vida de tres astronautas en Tierra, esa regla en general no se había dado en el transcurso de la carrera hacia la Luna. Los rusos habían fracasado en 26 de sus 41 misiones, la enorme mayoría aún después del éxito pionero del Lunik 2 en 1959, y en otros 6 de sus intentos hubo fallas, y el éxito fue sólo parcial. La NASA contaba 16 éxitos totales y cuatro parciales, pero 14 fracasos intercalados entre ellos: nada garantizaba que, tras un éxito, el esquema se repitiera. En diciembre de 1968, el Apolo 8 orbitó por primera vez la Luna con tres astronautas a bordo: Frank Borman, James Lovell y William Anders, con lo que, literalmente, el sueño de Julio Verne en De la Tierra a la Luna –donde los tres personajes logran orbitar la Luna y regresar a la Tierra– se hallaba ya cumplido. En mayo de 1969, el Apolo 10 repitió la hazaña.

Las misiones tripuladas a la Luna fueron cinco en total. La última, Apolo 17, logró hacer alunizar al módulo de excursión y un vehículo todoterreno, y estuvo integrada por Eugene Cernan, Ronald Evans y Harrison Schmitt, un geólogo. Fue el 7 de diciembre de 1972.


[1] TRADUCIDO DE UN FRAGMENTO DEL DISCURSO DEL PERSONAJE DE NEIL ARMSTRONG EN EL FILME DE CHAZELLE.

* Publicado originalmente en La espiral de Argquímedes.

miércoles, 22 de mayo de 2019

La cruenta implosión de una sociedad sin salida


por Henrique Júdice Magalhães [1]

Con 2,7% de la población mundial, Brasil concentra más del 10% de los asesinatos en el planeta. En 2016, fueron 61,6 mil, además de 49,5 mil violaciones y 12 mil suicidios que también revelan algo sobre esta sociedad. De las 50 ciudades más violentas del mundo, 25 se ubican aquí.

Las dos bases oficiales de datos (denuncias policiales y registros de decesos) contienen fallas y divergencias, pero la explosión de violencia letal es visible a simple vista –y no solo en las metrópolis. En verdad, las cifras reales son más altas, ya que, por el estigma que recae sobre las víctimas, muchos suicídios se registran como accidentes e inúmerables violaciones ni siquiera se denuncian.

Respecto de los asesinatos, el Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA), agencia oficial, destaca que muchos se ocultan bajo la clasificación "muerte violenta por causal indeterminada". En São Paulo, Minas Gerais y Bahia, estados que concentran la mitad de la población brasileña, esos registros equivalían, en 2015, a 42,9%, 30,4% e 30,3% respectivamente de los homicidios reconocidos. Por cierto, las 71,8 mil desapariciones registradas en 2016 también ocultan muchas muertes no naturales.

Igual que la disparada del número de muertes violentas, abruman la crueldad de muchas de ellas y la futilidad de sus motivos. Decapitaciones filmadas y difundidas por las redes en el contexto de disputas asociadas al comercio minorista de drogas prohibidas; una madre muerta al esperar a su criatura en la puerta de la escuela; dos muchachos ultimados por el custodio de un restaurante por la cantidad de sachets de ketchup que se querían llevar; una trabajadora atacada al salir de su turno laboral asesinada a golpes de destornillador tras entregar todo a los asaltantes; y otro envenenado y descuartizado por un compañero de trabajo para robarle la plata del despido son solo ejemplos tomados al azar de los crímenes sucedidos en los dos últimos años en el área metropolitana de Porto Alegre.

Pseudociencia y mistificaciones

Sorprende que el aparato ideológico que conforman la prensa mercantil monopólica, las instituciones oficiales de investigación y algunas ONGs admita la existencia de esa orgía de sangre. Sería mucho pedir que también explique como esta violencia se compatibiliza con la visión idílica que tanto difundieron sobre la evolución de la sociedad brasileña durante los ocho años de gobierno del PSDB y – más allá de roces de otro tipo – los trece del PT, o identifique con alguna precisión y honestidad sus causas.

La matanza en curso en Brasil no se comprende por ninguna de las teorías con que, partiendo de cálculos viciados y de la pseudociencia social burguesa de matriz estadunidense, los intelectuales orgánicos del sistema intentan explicarlo. Esta nota no resuelve los mecanismos que empujan a parte de las masas empobrecidas a la autofagia, pero desmiente las mistificaciones en boga, pondera el peso de elementos importantes e indica causales profundas.

Juventud – En el análisis Efeito da mudança demográfica sobre a taxa de homicídios no Brasil, publicado en 2015, Daniel Cerqueira -director del IPEA en el gobierno de Dilma Roussef- y Rodrigo Leandro de Moura -de la Fundación Getúlio Vargas (FGV)- atribuyen un cuarto del incremento de los asesinatos entre 1991 y 2000 y la mitad del verificado entre 2000 y 2010 a la existencia de jóvenes del sexo masculino en Brasil (en otros países, según esta explicación, o no hay varones, o ellos pasan bruscamente de la infancia a la madurez)
[2].

Cerqueira y Moura admiten no saber nada sobre los perpetradores de esas muertes. No podrían hacerlo, pues la estimaciones más optimistas sobre la elucidación de homicidios en Brasil dicen que, en el 80% de los casos, ni siquiera llega a haber un sospechoso. Pero, como un 92% de las víctimas entre 2005 y 2015 eran hombres de edades entre 15 y 29 años, de ahí deducen que los asesinos también lo son y que la cantidad de homicidios es compatible con el peso relativo de esa fracción demográfica.

Un dato que figura en su propio estudio los desmiente: en el período que analizan (1991-2010), mientras la cantidad relativa de homicidios creció un 30%, el peso relativo del estrato masculino entre 15 y 29 anos sobre la población brasileña se redujo un poco y el de la fracción entre 15 y 23 (considerada la más peligrosa en la literatura estadunidense en que ellos se basan) se desplomó.

No hay un solo indício de correlación – mucho menos de causalidad – entre cantidades relativas de varones jóvenes y de asesinatos. Por el contrario, en Brasil la matanza es simultánea con el envejecimiento de la sociedad. De 1960 a 2015, el promedio de hijos por mujer cae de 6 a 1,7, y la expectativa de vida sube de 48 a 75,5 años (datos del IBGE). Desde 1980 (cuando empiezan a existir estadísticas de homicidios y los nacidos en 1960 tenían 20 años) a 2015, los asesinatos suben de 11,4 hasta casi 30 por 100 mil habitantes.

La única conclusión que esto permite es la que leí en Argentina como consigna y se aplica a Brasil como constatación científica: los pibes no son peligrosos, ellos están en peligro.

Famílias – En 2009, la FGV otorgó el título de doctor en Economía a Gabriel Chequer Hartung por sus Ensaios em Demografia e Criminalidade. Con el visto bueno de su director de tesis Samuel Pessôa, él sostiene que la proporción de familias monoparentales con niños de 5 a 15 años en un tiempo y un lugar dados se refleja en el índice de asesinatos 10 años después, cuando ellos tienen entre 15 y 25.

Sin demostrar o siquiera describir la relación causa-efecto sin la cual esa coincidencia numérica verificada en algunos lugares es solo um espejismo, Hartung concluye que los hijos de madres solas son más proclives a matar y que la criminalidad violenta se reduciría por el aborto eugenésico de esos niños (no defiende explicitamente su eliminación después de nacidos, pero a buen entendedor...).

En 2015, un 26,8% de las familias brasileñas con hijos tenían un solo adulto (en general, la madre) según datos del IBGE. Comparados con los datos de Eurostat de 2016, ellos ubican a Brasil entre Dinamarca (30%) y Suecia (25%) en ese item. Si esta configuración familiar fuera un factor de letalidad, los índices danés y sueco de homicidios serían similares al brasileño. Pero en aquellos países son cercanos a cero: 0,58 y 1,07 asesinatos por 100 mil personas en 2015, respectivamente. Aún comparando esas naciones escandinavas, parecidas en todo lo demás, el impacto de la monoparentalidad sobre la violencia letal es nulo: la campeona mundial de madres solteras tiene menos crímenes de muerte que su vecina.

Armas – Túlio Kahn, alto funcionario de los gobiernos de Alckmin y Serra en São Paulo, sostiene que la cantidad de armas de fuego en manos de la población determina el índice de homicidios.

El dedo sobre el gatillo es solo el último eslabón de la cadena de sucesos que desemboca en un asesinato, y ni siquiera así la disponibilidad de pistolas y revólveres ayuda a comprender lo que pasa en Brasil: según el gobierno de dicho país, se entregaron voluntariamente 650 mil armas entre 2004 y el comienzo de 2014.

No pude encontrar datos de igual amplitud acerca de las incautaciones. Pero solamente considerando las entregas voluntarias ya es posible afirmar que el incremento de los homicidios se dio mientras el stock de armas entre la población caía drásticamente.

En el documental Bowling for Columbine, Michael Moore muestra que Canadá, con una población tan armada como la de EEUU, tiene mucho menos asesinatos (1,7 contra 4,9 por 100 mil habitantes en 2015, según el sítio Countryeconomy; en sendos casos, muchas más armas y menos muertes que en Brasil). Y que se puede y se debe condenar la demencia del fetiche armamentista sin confundir el instrumento del crimen con sus causas

Algo, pero no todo

Otras explicaciones tocan importantes aspectos de la tragedia brasileña, que se vinculan al baño de sangre en curso, pero no lo explican en toda su profundidad.

Abandono escolar – El sociólogo y ex-diputado Marcos Rolim és un investigador serio, dedicado a la preservación y mejora de la vida de la juventud pobre. Al estudiar la violencia en la que esta juventud está inmersa no busca su origen en los cromosomas ni en las madres de los jóvenes, sino en lo que el Estado les debe.

En su tesis de doctorado A formação de jovens violentos – Estudo sobre a etiologia da violência extrema, que presentó a la Universidade Federal do Rio Grande do Sul (UFRGS), Rolim busca indagar no tanto la cantidad de asesinatos sino su desmesurada crueldad. Para ello, entrevistó a adolecentes que habían cometido homicidios por motivos fútiles y otros que, viniendo de un contexto sociofamiliar parecido, construyeron sus vidas por fuera del delito. La diferencia que él identificó entre los dos grupos es que los integrantes del primero habían sido violentados en sus infancias, excluídos de la escuela y reclutados por adultos que les enseñaron a actuar brutalmente.

El desprecio por la integridad física y emocional de los niños y la falta de una escuela pública fuerte, capaz de suplir lo que les falta en sus casas y en el barrio en términos culturales y de socialización sana, son las deudas más grandes de Brasil hacia su pueblo, y son también elementos estructurales de la tragedia que vivimos. Pero no parece que la deserción escolar sea la causa del fenómeno analizado: los niños y adolescentes permanecen hoy muchos más años en la escuela (incluso en una mala escuela) que en los años 70 y 80 – y muchísimos más que en los 50 y 60, cuando era común que el inicio de la vida laboral o el fracaso en los exámenes de ingreso al liceo hicieran finalizar la escolarización a los 10/11 años de edad. Aunque sea un dato importante en las vidas de los autores de los crímenes investigados por Rolim, la deserción cayó mientras esos crímenes crecieron.

Drogas – Una parte muy grande de los asesinatos en Brasil está vinculada a la cocaína y sus derivados (no, sin embargo, a la marihuana y otras drogas). De todos los factores analizados, este es el único que crece al mismo tiempo que la escalada de crímenes de muerte.

Muchos se cometen bajo el efecto de estas drogas o de la ansiedad causada por su abstinencia, y muchos más en las disputas por [apoderarse de] locales de su comercio minorista, por el castigo a los deudores y otras desavenencias vinculadas a su compraventa – incluso por extorsiones y quemas de archivo perpetradas por policías contra los pequeños traficantes y usuarios.

Sin embargo, aún siendo un fuerte catalizador de la violencia, la sola presencia de estas substancias no explica la dimensión que la violencia adquirió en Brasil. Su comercio – una actividad, en sí misma, no violenta – existe en todo el mundo, pero solo en Brasil y en algunos países de Centroamérica viene acompañado por estos índices de mortalidad. Incluso en México, um país considerado en colapso debido al narcotráfico, hay alrededor de 20 homicidios por 100 mil personas – no 30, como sucede em Brasil.

Raíces profundas

Como raíces más hondas del fenómeno, quedan dos aspectos de la dinámica social brasileña:

1 – El legado de una institución brutal que fué aquí particularmente violenta: la esclavitud. En Brasil, el Estado, las clases dominantes y la mayoría de los sectores médios nunca reconocieron ningún valor a la vida de las masas negras y morenas, vistas en ocasiones como uma mercancía, y en otras como uma amenaza a reprimir o erradicar; ni de las masas campesinas, sometidas a la servidumbre o expulsadas del campo para confluir, en las ciudades, con los descendientes de esclavos.

2 – La intoxicación de estas masas por una contrapropaganda que llevó a parte de ellas a incorporar los antivalores de una clase dominante en descomposición: consumismo, individualismo posesivo, inmediatismo, ostentación y narcisismo. Christopher Lasch (A Rebelião das Elites e a Traição da Democracia ) y Richard Sennett (A Cultura do Novo Capitalismo ) estudiaron este fenómeno en el país del que Brasil está transformándose, desde 1964, em una mala cópia: EEUU. João Manuel Cardoso de Melo y Fernando Novais (Capitalismo Tardio e Sociabilidade Moderna) y, especialmente, Jurandir Freire Costa (O Vestígio e a Aura) lo han investigado en Brasil. "La violencia emerge como una consecuencia de la avidez en la búsqueda de los objetos supérfluos, estimulados por la publicidad. Esa distorsión no empezó con el indigente que lleva un arma, sino con la élite que dió la norma de la destrucción " – decía Freire Costa en un reportaje en 2004.

El Estado asesino

Sobre dicha combinación de elementos, el Estado promueve el baño de sangre.

Uniformadas y en su horario laboral, las policías brasileñas matan más que los delincuentes. En 2016 Brasil tuvo 2.703 denuncias de robos seguidos de muerte y 4.224 denuncias de "muertes por intervención policial". Estos números no incluyen el "trabajo" de las milicias paraestatales que se multiplican en Rio, ni de los grupos de la Policía Militar de São Paulo, que cometen sus asesinatos enmascarados ("los delincuentes por lo menos muestran la cara", se escucha comúmente en la periferia paulistana).

Además de matar con mano propia, el Estado organiza grupos para el exterminio (incluso recíproco) de pobres – ya sea por la asociación lucrativa de políticos y empleados estatales con mafias que se confunden con la estructura policíaca, tal como lo denuncia hace tiempo el profesor José Claudio Alves de Sousa; o encerrando a narcos y ladrones de bajo vuelo en cárceles cuya administración terceriza (no gratuitamente) a carteles que los reclutan por la fuerza y convierten a muchos de ellos en criminales violentos, como señala Rolim. La concentración del encarcelamiento en esas personas es también una manera de dejar sueltos a los que de verdad matan, cuya posición en los carteles és más alta.

Si acaso hay alguna duda sobre a quién sirven estas acciones, o sobre la interpenetración entre las altas esferas del mercado ilegal de drogas y las del Estado, alcanza con recordar que Brasil vive hoy bajo un gobierno que tiene dos ministros (Blairo Maggi y Aloysio Nunes) y un secretario (Gustavo Perrella) involucrados en el transporte y acopio mayorista de cocaína.

"De ir a la guerra se trata"

La más sombría concepción sobre el Estado (la de Hobbes) predicaba la necesidad de someterse a él como el precio que hay que pagar para garantizar la vida y la integridad física de sus súbditos. Cuando el Estado no se muestra capaz de proveerles esta garantía, hay una crisis que no se resolverá dentro de sus marcos.
 
El drama brasileño es que la corrosión terminal de las estructuras del Estado precedió en años (¿o décadas?) a la maduración de la única posibilidad histórica de superarla: una revolución. Construirla en esta sociedad degradada es un trabajo ímprobo y sumamente riesgoso pero urgente. 


Las dudas que pueden existir sobre su conveniencia y su relación entre costo y beneficio cuando ella implica romper la paz de los cementerios no tienen lugar cuando dicha revolución es el único medio para frenar la perversidad y la violencia fomentadas por el Estado. Si la mortandad intrínseca al funcionamiento "normal" de esta sociedad es ya la de una guerra, "de ir a la guerra se trata", como dijo, en un verso compuesto con límpida conciencia en otro contexto, Idea Vilariño.

NOTAS

[1]  Texto publicado originalmente en A Nova Democracia n° 211 - 2ª Quincena de Junio 2018 

[2] Estos autores dicen: “Existe um consenso na literatura sobre o fato de que a criminalidade violenta esteja fortemente relacionada ao sexo masculino, num ciclo que se inicia na pré-adolescência e atinge seu auge entre 18 e 24 anos. Assim, este artigo estimou o efeito da proporção de homens jovens (15 a 29 anos) sobre a taxa de homicídios nos municípios brasileiros. Utilizando um modelo de análise de dados em painel com efeito fixo, a partir dos Censos de 1991 a 2010, concluímos que 1% de aumento na proporção de homens jovens gera um aumento de 2,2% na taxa de homicídios.” (https://portalibre.fgv.br/data/files/DE/05/1D/38/61A9F410CDFAD7F45C28C7A8/TD84.pdf

[3] El texto de junio de 2018 se refiere al gobierno de Temer.

sábado, 30 de marzo de 2019

"En memoria mía"


por Gustavo Larumbe *

Nuestra fe cristiana y católica tiene uno de sus fundamentos en esta frase de Jesús en la última cena, "Hagan esto en memoria mía". Donde, sabemos, se renueva el mismo sacrificio de Jesús sucedido hace más de dos mil años.

Recordar es volver a pasar las cosas por el corazón. Para nuestra fe es también un “pasar vivo” por nuestro corazón. Es un recuerdo “vivo” del pasado. Nuestra fe se funda en un hecho que contiene dos aspectos, como las dos caras de una misma moneda.

Primer aspecto de ese hecho, es el Amor. Como un Dios se hace hombre y muere por amor entregando toda, pero toda su sangre, es decir, toda su vida, por amor a cada uno de nosotros.

El segundo aspecto de este hecho, es la terrible Injusticia que sufrió Jesús.

No hay acto más grande de amor en la historia de la humanidad, como tampoco no hay acto más injusto en la historia de ella.

La memoria que nos invita a tener Jesús es sobre el hecho en sí, sin cercenar ningún aspecto. Una vez que se acepta el hecho, se debe aceptar también los dos aspectos, amor e injusticia. Claro está que uno debe ser motivo de profunda alegría y el otro de profunda indignación y tristeza. Esta es la paradoja de nuestra fe de la que habla Kierkegaard.

Año tras año la iglesia a través de su liturgia quiere mantener viva esa memoria, y es por eso que los cristianos celebramos la pascua, volviendo a pasar por nuestra conciencia y corazón los momentos más trágicos de Jesús, terminando, por supuesto, con la contemplación de la resurrección. Canto de esperanza.

De una de las primeras apariciones de Jesús como resucitado a los discípulos de Emaús es que justamente los invito a hacer memoria, a recordar, a repasar nuevamente por sus corazones las escrituras. El “hagan memoria” era fundamental para interpretar el presente.

Santo Tomas de Aquino, cuando explica las virtudes llamadas cardinales, que son cuatro, prudencia, templanza, justicia y fortaleza, hablando de la virtud de la prudencia menciona un aspecto fundamental de esta, que justamente es la memoria. Memoria del pasado es axial a la hora de interpretar correctamente el presente para lograr una proyección exitosa. Un pueblo va creciendo en sabiduría si aprende del pasado. Una persona va madurando, creciendo, cuando integra su vida pasada con su presente, es un arduo ejercicio de la memoria/corazón que no se debe detener nunca. Es el sabio que “saca” de lo nuevo y de lo viejo.

Hoy meditando en estas cuestiones, la liturgia me sorprende con el evangelio del perdón. Pedro que le pregunta a Jesús cuantas veces hay que perdonar, “siete veces” y Jesús le responde “setenta veces siete”. Es decir, siempre.

Muchas veces he escuchado a predicadores decir que perdón es sinónimo de olvido. Dios perdona y olvida, perdón y olvido.

Qué profunda contradicción (y no en el sentido kierkegaardiano, sino en el sentido bíblico de la palabra necedad), ya que estos siguen manteniendo la cruz en sus iglesias, ¿cómo poder olvidar, teniendo un crucifijo con Cristo ultrajado en él?

El perdón, hay que decirlo, no es sinónimo de olvido. Porque si fuera así, ¿qué sentido tiene la liturgia? Qué sentido tiene que en cada domingo de ramos y viernes santo, año tras año, se lea la pasión, entera, de Nuestro Señor. Somos un pueblo que no quiere olvidar. Y es por eso que en la liturgia del sábado de pascua leemos las nueve lecturas del antiguo testamento, y lo hacemos en penumbras. No queremos olvidar y no debemos olvidar los hechos. No debemos olvidar la cruz, primero, para alegrarnos por su amor y, segundo, para “nunca más” permitir una injusticia tal.

Nunca me voy a olvidar una escena que presencié algunos años atrás. Era una mamá que, para separar a sus hijos de una disputa, le dijo a aquel que había recibido el agravio de su hermano, que tenía que perdonar y olvidar. La frase era algo así… “¡¡¡listo, basta, Juan, perdonalo y olvidate, acá no pasó nada!!!”. Un verdadero imperativo categórico. Más que para resolver el conflicto sonaba a sacarse el problema de encima.

A eso suenan los predicadores que muchas veces invitan a perdonar y olvidar. Es como si dijeran: ¡¡basta, no me traigas problemas!!  Listo, acá no pasó nada.

Y si no pasó nada… ¿por qué siguen los Crucifijos?

Los Crucifijos siguen ahí, para enseñarnos que la humanidad puede hacer y aprobar, muchas veces, hechos, atroces, espantosos, crueles, de los que todos en mayor o menor medida somos responsables. Y es necesario tenerlos “ahí” para decir con fuerza “nunca más”.

Volviendo al tema del perdón, me surge la pregunta, ¿cómo debe ser el perdón? ¿Qué es perdonar?, ¿cómo perdonar?, quizás esto me ayude: “Dios quiere que el pecador se arrepienta y viva”, “Dios ama al pecador y odia el pecado”, “perdonar no es ser cómplice de la injusticia hecha, ni justificar el hecho para que permanezca”. Es por eso que en el sacramento de la reconciliación Dios pulveriza la falta, no la quiere. La quiere, más bien, destruir.

Absolución sinónimo de pulverización, que no es lo mismo que dejar algo debajo de la alfombra. Por más que olvide “algo” por no considerarlo, no quiere decir que ese “algo” haya desaparecido.

Esconder algo, para que nadie lo piense y lo recuerde, no tiene nada que ver con perdón cristiano.

Si hoy nuestro pueblo conservara fresca su memoria, sería un gran aliciente para el “nunca más”. Aprender del pasado para no cometer los mismos errores.

Parafraseando al maestro que dijo: “vayan y averigüen qué quiere decir…” “piquete y cacerola la lucha es una sola”, al menos si la recordáramos tan sólo una vez.

Analizar nuestra historia, recordar las dictaduras, la memoria de una guerra injusta, las consecuencias de políticas que llevan a un pueblo a hundirse cada vez más en la pobreza, los derechos que se van, esa es nuestra historia o una parte de ella, ¿por qué no pasarla nuevamente por nuestro corazón y conciencia?

Nada se va a solucionar si ponemos nuestra historia debajo de la alfombra. Hay que destruir (absolver) el germen, el virus de la ignominia. Para eso hay que rezar con nuestra historia, ya que eso es lo que somos y, si ya no lo queremos ser más, debemos tener memoria. Lejos de justificarnos, de ocultar, de tergiversar o minimizar, ¡la historia hay que anunciarla! Anunciar nuestra historia, como anunciamos la muerte de Cristo. Solo anunciando la muerte proclamaremos la vida.

Ardua, pero loable tarea, la del cristiano, hermosa y bendita tarea la de armonizar justicia y paz. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados, y bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios.

En esta línea de pensamiento y buscando la profunda reconciliación y unión de los argentinos, propongo para nuestros colegios cristianos-católicos un trabajo sobre la vida y obra de Monseñor Enrique Angelelli y compañeros mártires. Figuras que nos ayudarían a dicho fin. Proponer que sus vidas se aborden desde la mayoría de sus ángulos posibles. Involucrando a profesores de historia, ciencias sociales, catequistas, etc. ¡¡Todo el 2019 trabajando por comprender su mensaje!! A modo de lectio divina, intentando lograr lo primero, comprender la historia, el resto se lo dejamos a Dios.

Ojala seamos coherentes; si no nos gusta la vida de Angelelli, pues entonces quitemos los Crucifijos.


* Gustavo Larumbe es actual vicario de la Basílica San José de Flores.

domingo, 3 de marzo de 2019

De pronto anochece

Conversación con Gastón Solnicki. Hacia Introduzione all'oscuro III - Final


por Oscar Cuervo
con la participación de Martín Farina

Esta conversación con el cineasta Gastón Solnicki fue llevada a cabo pocas semanas después del estreno de su cuarto largometraje, Introduzione all'oscuro, y se propone integrar esta película con el resto de su filmografía. Es la tercera y última parte de una serie de notas sobre el cine de Solnicki que fuimos publicando en este blog.

Adiós al siglo xx

Oscar Cuervo: Al estrenarse Introduzione all'oscuro, volví a sumergirme en todo el universo Solnicki. Me sirve mucho pensar tus cuatro películas viéndolas juntas. Encuentro conexiones, como si fueran partes de una misma película. Como si Süden, que es la que tiene menos evidencias de  sus conexiones con las otras tres, fuera una especie de preludio donde se anuncian algunos motivos que retomás en las siguientes. Por ejemplo, las primeras palabras que dice Mauricio Kagel en off son algo así como que nadie elige su país ni su familia, ¿no?  Y eso de alguna manera es un epígrafe para toda tu obra.

Gastón Solnicki: Absolutamente. En todo lo que dice en esas palabras a mí siempre me resuena qué increíble que [la película] haya empezado [así]. Yo volvía de vivir afuera unos años, era mi primera película, y lo primero que dice es que se siente bien allí donde pueda trabajar bien, que esa es su patria. En algún sentido no solo anticipa como vos decís, como preludio de las películas que vienen, pero incluso, si lo pensás para atrás, es una síntesis de lo que más conecto con el judaísmo. Curiosamente, cuando hice Süden la gente hablaba de ciertas cuestiones judías de la película -que por cierto son también muy presentes en la obra de Kagel- y yo lo rechazaba por completo. No me sentía identificado con eso, porque asociaba, como mucha otra gente, lo judío a cuestiones que no tienen nada que ver con la diáspora, que es la historia de mi familia, de miles de años de nomadismo, de ir a lugares donde se trabaja y ser expulsado de otros lugares, sino con el sionismo y otras cuestiones que no tienen nada que ver. Entonces, esas frases iniciales vinculada al trabajo y a las cosas que uno no elige y, finalmente, a la humedad de Buenos Aires, sin dudas me parecen importantes.


OC: A su vez está presente ese cosmopolitismo que vuelve a aparecer en Introduzione..., con tu vínculo con Hans Hurch, tu cercanía con lo europeo. Es uno de los arcos que recorre toda tu filmografía. Se puede trazar toda una línea geográfica en tus películas, hay un trayecto que va desde Lodz a Buenos Aires, y vuelve a Viena, ¿no?

GS: Sí, es verdad que en Süden hay algo de los movimientos. De hecho, esas frases se escuchan sobre vistas panorámicas de un tren, se ve Colonia por la ventana. Yo quería filmar una película sobre Kagel, ya que era tan atractiva toda su obra y su persona. Y Kagel, como vos bien decías el otro día en esa nota, no solo marcó mi campo claramente al decirme que cuide muy bien el registro sonoro, que no nos distraiga con luces y tales. Vos dijiste en aquel entonces algo que me había gustado mucho, en fin, hablabas de cómo se valoran cosas que para nosotros evidentemente no son especialmente ricas, pero que en Süden hay una especie de limitación al objeto de la película.

OC: Que la película estaba ceñida a su objeto.

GS: ¡Eso! Que la película estaba ceñida al objeto. Y Kagel fue clave en eso, al decirnos que nuestra fuerza, cuando yo decía que era ir a filmarlo en Europa, él me decía: "No, su película es Kagel in Argentinien, esa es la fuerza". Él fue el primero en decirme "eso es la película". Yo lo interpreté como: "bueno, no me moleste, ocúpese de eso". Y sin embargo esa es la fuerza, entender que era eso. Hoy día es mucho más evidente entender lo que significó ese viaje para Kagel, lo que significó para nosotros. Pero en ese contexto era que Kagel volvía y todo seguía igual, no era tan evidente la especificidad de ese regreso. Incluso cuando viajé a Alemania con la película filmada a entrevistarlo, a mí no me interesaba filmarlo a él. Tomé imágenes de los trenes para el inicio, pero fui solamente a hacer una toma sonora de Kagel y no lo filmé.

OC: Por otro lado, otra cosa que encontré en común en las cuatro películas es una perspectiva, que no sé hasta qué punto es consciente o te salió casualmente, acerca de la historia del siglo xx. Se me ocurrió la idea cuando en Introduzione... vi la escena de la sala de cine en Viena, con el telón que se baja, pero también por el amor de Hans Hurch por las lapiceras estilográficas, la tinta, su escritura manuscrita. Y eso me remitió a la vuelta de Kagel a la Argentina, o a la de tus abuelos y tu padre en Papirosen, las playas de Miramar en los 50, esas filmaciones encontradas. Entonces me parece que hay una mirada tuya hacia el siglo xx.

GS: Me gusta que te estés anticipando dos películas adelante, porque para mí la película de Najdorf [Miguel, campeón mundial de ajedrez, abuelo materno de Solnicki, película en proceso de preparación] es la película del siglo xx. Hans hablaba de Viena o de Lisboa, y seguramente también le excitaba mucho de Buenos Aires, sobre esta idea de la decadencia de ciudades que habían sido centros de grandes imperios que quedaron reducidos a su núcleo, algo que es inherentemente cinematográfico. Y todas estas películas tienen que ver con el siglo xx, que es algo que a mí personalmente siempre me conmovió mucho, a través de la historia de mi familia, por un lado. Pero en el caso de mi abuelo Miguel, lo que me interesa es que tiene uno de estos grandes arcos de las historias del siglo xx, que a mí me conmueven. Y además por primera vez siento que podemos mirar para atrás, incluso no tantas décadas, y empiezan a aparecer cosas que son casi de la ciencia ficción. Uno piensa en la guerra fría, en personajes como mi abuelo, como Bobby Fischer. El otro día vi un documental sobre María Callas, todo con material de archivo, y uno está tan acostumbrado a ver películas que parecen no ir hacia ningún lugar y se agotan antes de la mitad, y de repente ves estas historias con estas curvas, que uno conoce o experimentó quizás más joven. En la película de mi abuelo estoy pensando en ir con toda la fuerza, una película más ambiciosa, que atraviese esas temporalidades.

Audio acá.


Comedia fúnebre

P: Me parece que Introduzione... es la película más sentimental que vos hacés, no sé por qué razón, si es por Hans o porque no estás obligado a mirar tanto a tu familia. En Introduzione... vos te permitís mostrar una tristeza genuina,mientras en las otras películas sos más ambivalente acerca de cómo mirás a los personajes que aparecen.

GS: Creo que las otras películas no las hice tan afectado emocionalmente. Y yo creo profundamente que, más allá de los temas y las técnicas, las películas,como todo lo que me interesa, tienen valor en función del lugar desde el cual están hechas. En particular, algo muy curioso de lo acotado de la película sobre Hans, para Hans, es la precisión del contexto de la emoción desde la cual está hecha, más que la tentación de contar quién había sido Hans, o sus amistades con Straub y Patti Smith. En cambio, fui a la busca de Hans más allá de su figura cinéfila.

OC: De hecho, cuando la fui a ver al MALBA, salía una señora comentando: "me hubiera gustado saber más quién era este Hans Hurch, porque parece que es una persona muy importante pero en la película no se cuenta". Y yo digo: "bueno, la película es sobre un amigo muy querido que acaba de morir, que tenía ciertas manías, como robarse los platos y las tazas de los bares a los que iba, el amor por cierto cine, Lubitsch, su forma de vestirse, cierto humor un poco cáustico que tenía, a la vez su amabilidad...". Lo que queda claro de la película es eso, no que era el director de la Vienale, etc., ¿no? Para mí, Introduzzione... es una película sobre tu amistad.

GS: Exacto. En definitiva estas emociones y la experiencia de haber conocido a Hans fueron un disparador para hacer la película. Obviamente mucha gente se siente frustrada. Daniel Rosenfeld vino el otro día y preguntó muy curiosamente por qué la película no revelaba las referencias literarias de Hans. Y justamente para mí la película toma a Hans como punto de partida para explorarlo no desde el lugar tradicional de qué cosas hizo o quién fue socialmente, lo que no tiene nada que ver para mí con lo que funciona en una película, sino en cambio apoyarse sobre esos materiales que tienen que ver con lo cinematográfico, donde el cine puede tomar vuelo, por ejemplo estos registros sonoros [las conversaciones mantenidas entre Hurch y Solnicki durante el proceso de edición de Papirosen].

OC: A pesar de este carácter de película fúnebre -al principio vos decís que viajás a Viena en un estado de duelo maníaco-, Introduzione... no se puede dejar de considerar una comedia. Incluso vos das un paso en relación con todas tus películas anteriores, que es ponerte frente a cámara como personaje, como actor por primera vez. Y un personaje que tiene algo de cómico. Dos de las mejores escenas de la película son grandes pasos de comedia. Una no la puedo imaginar sino como pensada desde el guión y la otra como un documental absoluto...

GS: ¿La escena de pianos y...?

P: Claro, una es la del piano, esa me parece que es una escena de comedia guionada.


GS: ¿Y la otra?

P: La otra es cuando vos presentás la película de Lubitsch en la Vienale, la cámara te toma desde atrás. Es un gran gag, casi como de Woody Allen. Vos hacés un largo parlamento acerca de la emoción que te producía estar ahí y la traductora se olvida de todas las cosas que dijiste, aclara que no las va a poder traducir. Y vos entonces resumís: "Bueno, decí solamente que no fuimos amantes". Resolver con una sola línea semejante efusión sentimental que vos habías mostrado y terminarla así resulta un gag de comedia muy preciso, pero a su vez es imposible pensar que lo hayas escrito, sino que se te ocurrió ahí.

GS: Yo siempre improviso, delante y detrás de la cámara. Pero la escena del piano también fue realmente improvisada. No estaba ni siquiera pensado que iba a comprar un piano, íbamos a filmar ese lugar.

P: ¿Es improvisada? Tiene una construcción, porque vos estás en otra habitación, después entrás, te encontrás con el piano, tocás algunas notas no sé de quién...

GS: Sí, Bartok.

P: ...tenés un diálogo con la representante de la empresa, que te dice que ellos dependen de Yamaha...

GS: Es interesante, sí, el otro día pensaba que es interesante cómo está construido para ser improvisado. Lo que pasa es que también hay un dispositivo formal de estas películas. Alan [Segal,  el montajista] tiene una manera de editar que me costó mucho aceptar, porque me parecía totalmente falsa. Ve una toma de 18 minutos y se lleva un momento que es el que queda en la película. No sé cómo hace, pero queda.

P: La escena en la que vos presentás la película de Lubitsch es un plano secuencia, ¿no? E impresiona el timing de comedia que tiene. Es quizá la escena más explícita de tu vínculo con Hans.

GS: Sí, quizás.

P: Como es un plano sin cortes, ese timing no fue creado por el montajista. En cambio, la otra escena da la sensación de estar más construida a partir de los cortes.

GS: Sí, es verdad.

P: Es notorio que en tus tres películas anteriores vos estabas detrás de cámara, mientras acá sos el protagonista y además un personaje de comedia. Una figura anacrónica, con una capa negra, que cruza Viena como un personaje del siglo xix, del romanticismo...

GS: Hay gente que me preguntó si el vestuario era algo especial para la película o es mi propio vestuario, y de hecho es mi propio vestuario [ríe]. En Viena quizá parece un poco más anacrónico. Pero poner el cuerpo en esta película fue hacerla, como en las demás, actuar fue parte de una necesidad narrativa. La película era sobre mi duelo maníaco, era un retrato de esta necrofilia, de esta tradición de representación de la muerte de Viena, y como punto de partida no era sobre quién había sido Hans, sino para Hans, era una ofrenda.

P: Esta negación que vos hacés, "no fuimos amantes", bueno, freudianamente toda negación es una afirmación.

GP: Es lo que dice mi psicoanalista.

Audio de este tramo de la conversaciónacá.



La conversación con Solnicki se llevó a cabo durante una tarde de este verano en su casa, hasta el anochecer. Fue más extensa que lo aquí transcripto. Abajo dejo el audio de otros tramos:

- La muerte de su abuela Pola, ocurrida dos días antes de la entrevista. Pola había sido una de las protagonistas de Papirosen. Audio acá.

- Papirosen: secuencia en la que su padre relata el suicidio de su abuelo paterno. Objeción de Prividera en su libro El país del cine y respuesta de Solnicki. Audio acá.  

- Familienbande, la palabra clave sugerida por Hans Hurch. Audio acá.  

 - Hans Hurch y Viena. Audio acá.  

- Los primeros cuatro largos vistos como una tetralogía. Audio acá