sábado, 7 de noviembre de 2026

El ojo de Venus

El aceleracionismo de la abyección



"Somos, con mucho, los más fuertes entre los fuertes. Ni siquiera necesitamos la mentira: ¿qué otro poder podría prescindir de ella? Una fuerte seducción lucha por nosotros, quizás la más fuerte que haya: la seducción de la verdad... ¿de la verdad? ¿Quién me puso esta palabra en la boca? Pero ya la vuelvo a sacar, desdeño la orgullosa palabra: no, tampoco necesitamos la verdad, llegaríamos al poder y a la victoria también sin la verdad. El encanto que lucha por nosotros, el ojo de Venus que cautiva y enceguece hasta a nuestros enemigos, es la magia del extremo, la seducción que ejerce todo extremo: nosotros, inmoralistas, somos los extremos". 
FRIEDRICH NIETZSCHE, Fragmento póstumo 749


Por Mario Bouza

En la era del capitalismo tardío, las redes sociales dejaron de ser meras herramientas de comunicación para convertirse en el mercado global de la visibilidad. En este espacio homogéneo de disputa por la mirada, se produce una competencia feroz entre millones de subjetividades ansiosas por afirmar su existencia a través de la exposición de sí mismas. La recompensa inmediata para esta pulsión de exhibición es el mecanismo de monetización algorítmica que opera bajo una equivalencia absoluta: los views, los likes y las fracciones de centavo de dólar actúan como el equivalente universal. Como anticipaba Baudrillard en su teoría del simulacro, en la sociedad de consumo objetos y cuerpos se vacían de su valor de uso originario para transformarse en puros signos intercambiables. El algoritmo es ónticamente ciego a la ética, a la estética y al mérito. Una disertación intelectual cuidadosamente argumentada, una performance musical virtuosa o la simulación grotesca de incesto filial tienen exactamente el mismo valor cuantitativo si logran retener al usuario frente a la pantalla.


Esta homologación de la oferta desencadena una dinámica exponencial. La masa de los denominados "creadores digitales" busca exposición. Ese mercado demanda una constante diversificación y un aumento drástico en la extremidad de lo que se ofrece. Sin embargo, competir a través de valores tradicionalmente apreciados -la inteligencia, la belleza hegemónica, la innovación o la sensibilidad artística- requiere un desarrollo personal sumamente costoso. Lograr el virtuosismo demanda altos costos individuales: años de estudio, entrenamiento técnico, disciplina, refinamiento y una inversión de capital tanto temporal como económico que, paradójicamente, deviene rápidamente obsoleta ante la voracidad del feed.

Ante la dificultad de una carrera por la excelencia, la irrupción del llamado «contenido para adultos» marcó un giro estructural. El cuerpo erógeno y su exhibición explícita se ofrecieron como un recurso accesible para cualquiera dispuesto a vencer el pudor. La mediación de la cámara actúa como un anestésico o amortiguador psíquico: al eliminar la fricción, el peligro y la vulnerabilidad del encuentro físico real, facilita la disposición de los individuos a despojarse ante el ojo celular.

Esta modalidad de la economía de plataformas actualiza y radicaliza la clásica teoría de la alienación de Karl Marx. En el modo de producción industrial, el proletario acudía al mercado desposeído de medios de producción, al no tener para vender más que su fuerza de trabajo corporal. El sujeto digital contemporáneo sufre una desposesión todavía más íntima: despojado de capital cultural o de un cuerpo que encaje en los costosos cánones estéticos de la industria (gimnasio, cirugías, skincare), descubre que el pudor es el único recurso sobrante que le queda por enajenar. El individuo se convierte así en su propia mercancía y su propia máquina, abriendo los agujeros y los flujos más ocultos de su cuerpo a la pantalla táctil.

Para calibrar la escala real de esta tendencia, basta observar cómo la tentación permeó incluso en esferas de excelencia y prestigio. Atletas de élite olímpicos o campeones de disciplinas de alta exigencia física,  recurrieron  a plataformas de suscripción con el llamado "contenido para adultos" para financiar sus carreras competitivas. 


Jack Laugher es un exitoso saltador de trampolín y tres veces medallista olímpico (oro y plata en Río 2016, bronce en Tokio 2020 y bronce en París 2024) que usa la plataforma para vender fotos de desnudo para solventar su carrera. Estos deportistas descubren que pueden maximizar exponencialmente el rendimiento de su presencia en la red añadiendo un «plus» de contenido explícito o desnudez, forzando la torsión corporal -antes consagrada a la proeza deportiva- para convertir el cuerpo en algo directamente monetizable.


Alexandra Ianculescu es una expatinadora de velocidad sobre hielo que compitió en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang 2018. Creó su cuenta Onlyfans para costear sus gastos de entrenamiento en su transición al ciclismo profesional y logró destacarse como una de las creadoras con mayores ingresos en la plataforma. "Hice una cuenta de OnlyFans en 2021... ¡Me está ayudando a sobrevivir, a pagar el alquiler, a pagar los comestibles y cubre las facturas del ciclismo y del café!", dijo.

 

Otro estilo de diversificación se produce en el terreno artístico. Un ejemplo curioso es el de Fiachra Ó Corragáin (conocido en redes como Fiachra Harp), un destacado músico folk irlandés con un doctorado en composición e instrumentista del arpa. Fiachra expande su oferta abriendo canales paralelos de contenido adulto donde se exhibe desnudo, con erecciones y masturbaciones, una exposición que la escena folk irlandesa más tradicionalista hubiera considerado incompatible con el aura de un músico virtuoso. Su estrategia, por el momento, consiste en mantener ambas vías de monetización como carriles paralelos y no integrables: una pantalla para el virtuosismo musical y otra para la exhibición física. Es posible que la evolución de este mercado empuje a futuros "creadores" a descubrir que fundir ambas esferas -exhibir simultáneamente la destreza artística y el cuerpo explícito- es un valor todavía más rentable. 


La sofisticación de los atletas olímpicos como el desdoblamiento del arpista exigen un esfuerzo considerable y un sustrato previo de excelencia. Es entonces que resalta, por contraste, la radical eficiencia económica de la estrategia del influencer Raúl Gallego Ruiz. Mientras que Fiachra y otros virtuosos compensan su exposición con resultados estéticos o musicales que sostienen y protegen su imagen personal, el fenómeno de Gallego funciona a partir de la anulación absoluta del esfuerzo y su sustitución por una atonía o desensibilización de su voluntaria degradación física y anímica. Gallego prescinde de destrezas, técnicas o armonías; lo que vende es el espectáculo del autodesprecio. Le demuestra al mercado que el camino más rápido para captar la atención no es elegante ni virtuoso sino la destrucción activa de toda noción de decoro. En su trayecto en las redes desde una edad muy juvenil hizo una drástica transición. En 2021 se viralizó por un video entre dramático y ridículo donde repetía constantemente la frase "jamás le haría daño a una mujer". Esta primera etapa conquistó las burlas de la comunidad digital. Con el correr de los meses, ante la disminución de sus views, empezó a publicar videos de comportamiento errático, actuando de formas que los comentarios caificaban como "esquizofrénicas". La ultima barrera se cruzó cuando abrió una cuenta en OnlyFans. Para maximizar sus ganacias, incluyó a su padre en sesiones fotográficas y videos de índole pornográfica, con fricción corporal explícita o simulada. Él mismo se encargó de explicar que usó este recurso debido a su desesperación por conseguir dinero de forma rápida, llegando a convencer a su padre y su madre de participar en sus dinámicas bajo este pretexto.


No obstante, la sobresaturación de la pornografía y de la desnudez convencional destruye rápidamente su valor diferencial. En un mercado donde la mostración del orificio anal, el derrame de fluidos corporales o poses deliberadamente impúdicas ya están al alcance de un clic, la demanda por correr los límites se vuelve aceleradamente imperiosa. Así se desvela la ley más oscura de la economía de la atención: lo abyecto es financieramente más eficiente que lo virtuoso. El erotismo y la belleza son construcciones frágiles que dependen del misterio, la sugerencia, el velo y una administración delicada del deseo; en cambio, lo feo, lo roto y lo monstruoso se logran de manera inmediata y garantizan el impacto instantáneo. Es más fácil y rápido acelerar por el lado de la degradación que por el de la virtud.


La aceleración hacia lo abyecto encuentra su estación terminal cuando el despojo ya no es anatómico, sino vincular y ético. Cuando la carne propia ya no basta para captar la atención, el creador sube la apuesta profanando sus lazos primarios, involucrando a su madre, su abuela o, de forma extrema, simulando actos sexuales con un padre de físico decrépito. Se intenta capturar la mirada por la fascinación del horror, por el cringe ante una persona que extirpó voluntariamente todo cuidado de sus vinculos primarios a cambio de excitar el morbo ajeno. La barrera del pudor es traspasada porque el imperativo digital dicta que todo lo que no es mostrado y convertido en valor de exhibición no tiene ningún otro valor. El sujeto contemporáneo confunde la libertad con la autoexplotación voluntaria, entregando su propio desmantelamiento ético como el insumo principal de la fábrica de clics.

Llegados a este extremo de la abyección filial, la lógica aceleracionista del mercado plantea una pregunta inevitable: ¿cuál es la siguiente mercancía?, ¿cómo superar el impacto de mostrar su propia rotura? El sistema no sabe retroceder, empuja la frontera siempre más allá, hacia modalidades que ya comienzan a perfilarse en los suburbios de la red. 


El Trash Streaming (transmisión basura) es el paso de la simulación incómoda a la violencia y humillación real en directo.  Se monetizan transmisiones en vivo donde los "creadores" -a veces sostenidos en el consumo de sustancias o explotando a personas en situaciones de extrema vulnerabilidad y dependencia- se someten o someten a sus vínculos a maltrato físico, abusos psicológicos crueles, ingesta de elementos nocivos o autolesiones explícitas, a pedido de consumidores que pagan donaciones en tiempo real para dirigir la tortura. El impulso a llegar más allá convierte el deterioro biológico terminal, la agonía y el luto en el último contenido exclusivo de pago. Cuando la decrepitud física ya ha sido agotada, la frontera final consiste en mercantilizar la muerte real: transmitir la decadencia médica de padres o abuelos, la pérdida de sus funciones vitales o el cadáver mismo, transformando el final de la vida en el evento definitivo de retención de audiencia.


El caso extremo expone la regla que dinamiza del mercado total: la última frontera del capitalismo no es en colonizar nuestros datos de navegación o de consumo, sino desmantelar la estructura psíquica y ética de la humanidad. En este escenario terminal, el sujeto, vaciado de toda interioridad y de todo lazo íntimo, termina por romperse a sí mismo y a los suyos ante la pantalla táctil. La lógica que gobernó cada traspaso de una barrera es la incesante equivalencia de toda imagen transable en el imperio desesperado de la atención.



Cabe preguntarse si esta modalidad de la subjetivación -que podríamos llamar "aceleración de la abyección competitiva- no se corresponde con el predominio de los actuales liderazgos políticos extremos. Figuras como Donald Trump o Javier Milei ofertan un tipo de carisma que juega en el borde lo abyecto. Su estilo de liderazgo se despliega a través de una serie de marcas estéticas y discursivas: un vocabulario soez despojado de todo cuidado; el cultivo deliberado de una estética de la extravagancia física que busca lo chocante; la desinhibición absoluta en las manifestaciones de desprecio; el regocijo de la crueldad frente a los débiles o vulnerables; y una autoparodia desmesurada de la propia vanidad que no teme cruzar la línea del ridículo. Más allá de la estructura psicológica individual que hace posible estos liderazgos, el desafío radica en comprender cómo este gusto por la abyección se volvió capaz de atraee una adhesión rápida, masiva y ferviente. La fascinación por los borders marca una ruptura con los estilos de liderazgo clásicos, sostenidos sobre el intento, real o simulado, de la mesura, la sapiencia, la cordialidad y la piedad. La producción y consumo de lo abyecto parece ser, en cambio, el síntoma político de un aceleracionismo tecnológico complacido en la deconstrucción nihilista de los vínculos sociales. La jactancia de la destrucción no es percibida por sus seguidores como una irresponsabilidad, sino como el grado máximo de autenticidad digital: la puesta en escena de una impudicia que, al romper todo decoro, promete una inesperada compensacióin colectiva por la demolición de las formas heredadas.