sábado, 30 de enero de 2016

El niño proletario


Un cuento de Osvaldo Lamborghini

[Advertencia: este texto puede herir sensibilidades delicadas]

Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.

Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.

El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.

En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.

Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.

Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al niño proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.

Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa.

Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.

La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.

Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror o por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.

A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.

No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.

Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.

Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.

Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.

Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.

Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.

Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmernente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.

A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.

Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.

Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.

Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.

-Yo quiero succión -crují.

Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulosfalanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el cuello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.

Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.

Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.

Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:

-Habrás de lamerlo. Succión-

¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.

A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.

Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.

Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.

Desde la torre fría y de vidrio. Desde donde he contemplado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.

Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.

Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo.

Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo.
Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.

-Ahora hay que ahorcarlo rápido -dijo Gustavo.

-Con un alambre -dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados.

-Y adiós Stroppani ¡vamos! -dije yo.

Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.

[De "Sebregondi retrocede", publicado en 1973 © herederos de Osvaldo Lamborghini]

domingo, 20 de diciembre de 2015

Masterror III



por Luciano Deraco

Sociedades Disciplinarias: Anatomopolítica

(viene del post anterior)  Es cierto que la industria hace lo suyo extendiendo la lógica de la producción a la pantalla y al tiempo de ocio y que la escuela funciona como el aparato por excelencia en la sociedad burguesa para reproducir la ideología de la clase dominante, pero el saber no necesariamente necesita cristalizarse en la esfera laboral o en las instituciones. El micropoder opera desde antes, interiorizándose directamente sobre el cuerpo, disciplinándolo, haciéndolo dócil y eficaz a la vez, refinando sus aptitudes, normalizando aquellos comportamientos que no se ajusten a sus necesidades y poniendo a prueba su utilidad. 

En Masterchef también encontramos reflejadas algunas de las nociones que Foucault desplegó al ocuparse de la anatomopolítica: en la instancia de eliminación, todos los cocineros cuentan con los mismos insumos y con la misma cantidad de espacio (disciplina celular) y tiempo, lo necesario para demostrar cómo capitalizan precisamente estas categorías, despliegan sus habilidades y hacen gala de una eficiente adaptación a la producción en serie. Por supuesto que el cuerpo-máquina conlleva otras consecuencias: mientras más se oprime su subjetividad, menos peligroso resulta y más se transparenta la imbricación entre saber y poder. Los cocineros uniformados se presentan igual, utilizan los mismos utensilios y disponen de los mismos artefactos, nada los diferencia.

El jurado del programa disciplina, blanquea las normas y amplía el alcance de las mismas, ningún detalle puede salirse de control: “no me gusta ese mechón de pelo”, le dice Krywonis a una de las participantes al pasar por su mesa y el comentario se transforma en una orden. No hace falta la violencia, pero si la regulación o, como en este caso, la prohibición; de cualquier modo, el mandato se internaliza en el cuerpo a través del miedo, como si se tratara de una sentencia. Las pasiones de los participantes se dosifican, cualquier desatino puede significar la eliminación. Aun así, siempre hay un caso que rompe a la regla. La disciplina traspasa el límite de la palabra, llegando a la violencia: “¿vos pensás que sos un tipo atrevido?”, increpa Krywonis a uno de los participantes que brega por un lugar en el gran concurso. Acto seguido, lo toma del delantal arrojándolo hacia sí para preguntarle “¿vos tenés huevos?”, a lo que Simone, el joven en cuestión, un lánguido veinteañero que deja entrever cierta ambigüedad sexual, amenazante quizás para el estándar que pretende el programa (no olvidemos que el ganador es sólo uno y que la emisión sale en horario central en un canal de aire cuya programación se orienta a la familia burguesa promedio), responde con una sonrisa nerviosa que, ante la indulgencia del juez, transforma en el acto en una mirada seria, normalizada.

El resto de los concursantes puede solidarizarse con Simone, apesadumbrarse por la nominación de Francisco o hasta llorar por la eliminación de Milton, pero también pueden alegrarse y respirar silenciosamente, puesto que en definitiva están allí para ganar y sólo hay lugar para uno. Como señala Deleuze en Sociedades de Control: “La empresa instituye entre los individuos una rivalidad interminable a modo de sana competición”.

Krywonis puede excederse y hasta espantar a la audiencia más pacata, pero si el rating responde, no sólo él sino cualquiera de sus actos, toda conducta, por amoral que sea, se legitima y se amplifica. El verdadero soberano es el número. “Los individuos 'dividuales' y las masas se han convertido en indicadores, datos, mercados o 'bancos'”, afirma Deleuze.

El cuerpo domesticado y adiestrado, sujeto sin embargo a la naturaleza del número cuya lógica no responde a ningún patrón específico, solo a aquello que permite engrosarlo, paradoja que entrecruza las sociedades disciplinarias con las de control y que sin dudas complejiza la tarea de aproximarme a descifrar al sujeto de hoy, el que legitima tanto los procesos como los actores sociales que lo transforman en una masa indiferenciada y en un instrumento donde el poder se recuesta.



A modo de cierre

Que las nuevas  generaciones de asalariados (empleados) legitimen cultural y políticamente los mecanismos que se encargan de someterlos, reproduciendo a la par la ideología que opera para ello no tiene una causa exclusiva ni determinante; se trata en cambio de un complejo entramado que se manifiesta en el trabajo y se extiende al tiempo de ocio, cristalizándose previamente a través del aparato educativo, optimizando y disciplinando al cuerpo para transformarlo en una herramienta más útil, productiva.

El problema en la actualidad se profundiza no porque los explotados más jóvenes ignoren esta situación, sino porque además, para ellos, el bombardeo de los medios masivos de comunicación y la rigurosidad del régimen laboral, con el correlativo miedo a perder el empleo, forma parte de sus vidas desde que nacieron, no conocen otra visión del mundo. 

El neoliberalismo triunfó extendiendo hasta los rincones más alejados del planeta su propaganda de aptitud y eficiencia, sembrando a la par la ignorancia y el escapismo necesarios para que las masas no sepan defenderse y organizarse. Para peor, el consumo de productos culturales que fusionan empresas de la diversión y herramientas comunicacionales sin dejar recoveco, desde las grandes marquesinas callejeras y las aplicaciones de dispositivos móviles para incrustarse en la pantalla del plasma, garantizan una alienación total. Si a esto sumamos una educación empobrecida y progresivamente pensada con fines empresariales, de refinamiento de la mano de obra, el panorama es francamente desalentador.

Que en la Argentina de 2015 el sufragio electoral arroje resultados tan siniestros, que los explotadores de ayer sean legitimados y coreados al compás de consignas vacías (“cambiemos”, “todos juntos”, “queremos progresar”, “meremos vivir mejor”) no es producto del azar. El gran triunfo de la publicidad comercial fue extender su lógica desde los productos culturales de alcance masivo hasta el proselitismo político, generando un todo monstruoso. Los reality y los programas de concurso son la síntesis de esta victoria y en el caso puntual de Masterchef el ensamble soñado entre distracción, reproducción del sometimiento y perfeccionamiento de la mano de obra.

Queda sólo levantar la cabeza y pensar de qué modo estos chicos que hoy festejan con globos amarillos y devoran horas de cooltura chatarra fabricarán las armas para resistir los ataques inminentes. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Masterror II


por Luciano Deraco

Industria Cultural

(viene del post anterior) “Las distinciones enfáticas, como aquellas entre  films del tipo a y b, o entre historias de seminarios, sirven más bien para clasificar a los consumidores, para adueñarse de ellos sin desperdicio… Cada uno debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente, de acuerdo con su level determinado, en forma anticipada por índices estadísticos, y dirigirse a la categoría de productos que ha sido preparada para su tipo… Para el consumidor no hay nada por clasificar que no haya sido ya anticipado en el esquematismo de producción”.

Éste rejunte de frases de Adorno y Horkheimer hace las veces de guía para comenzar a explorar el camino propuesto. 

No importa la formación profesional y especialización respectiva de Germán Martitegui, Donato de Santis o Christhophe Krywonis (los chefs que ofician de jurado), tampoco las preferencias de los participantes (repostería, parrilla o pastas), sino que el gran público televidente (consumidor) se identifique con alguno de ellos, que cada personaje se ajuste con el perfil específicamente diseñado de antemano, a la identidad cultural determinada sistemáticamente por la industria y de la cual, en la mayoría de los casos no se tiene conciencia. 

“La industria cultural trata de la misma forma al todo y a las partes… Lo universal puede sustituir a lo particular y viceversa. El concepto de estilo auténtico queda desenmascarado en la industria como equivalente estético del dominio”. 

Los alemanes vuelven a arrojar más luz en el asunto: la ficción de “especializarse” en un estilo culinario esconde la profunda vocación de dominio de una industria que la alienta para facilitar el ingreso de una mano de obra calificada. Queda evidenciado el enorme poder de los medios masivos de comunicación como herramienta para ello: “Cada uno está desde el principio encerrado en un sistema de relaciones e instituciones que forman un instrumento hipersensible de control social”.

En la emoción y la pasión de los participantes o en la supuesta indulgencia que de vez en cuando revela el jurado se esconde un riguroso trabajo administrativo. Las lágrimas resignadas de los eliminados, el sudor del sentenciado, la mirada severa que Martitegui le arroja a los cocineros, la música incidental, los planos de cámara y zoom, las pausas comerciales… nada hay de azar aquí. Todo está minuciosamente estudiado y cuantificado. 

Si la industria cultural se propone hacernos creer que el mundo exterior es la simple prolongación de lo que se presenta en pantalla, lo logra a expensas de una profunda y desalentadora transformación de los consumos culturales y sociales de la población, como consecuencia del sometimiento solapado a los mecanismos de producción imperantes, dirigidos y alentados (a veces con poca sutileza) a través de las promesas de felicidad y bienestar de la publicidad, en un complejo entramado de recursos que abarca casi a la totalidad de la esfera audiovisual, adaptándose a todos los circuitos que esta propone y a como dé lugar (versiones para diferentes países, certámenes con niños, aplicaciones para celulares, redes sociales, publicidades urbanas). Todo es aprovechable en pos de expandirse, ganar nuevos mercados y obtener más consumidores.

“Los consumidores son los obreros y empleados, farmers y pequeños burgueses. La totalidad de las instituciones existentes los aprisiona de tal forma en cuerpo y alma que se someten sin resistencia a todo lo que se les ofrece…  Cuanto más sólidas se tornan las posiciones de la industria cultural, tanto más brutalmente puede obrar con las necesidades del  consumidor, producirlas, guiarlas, disciplinarlas…”.

Aquí se transparenta la extensión del “mundo real” a la pantalla: los participantes del programa pertenecen a las mismas clases sociales que los consumidores; de hecho, ellos son los consumidores y tanto las reglas del juego (calidad en la elaboración, ritmo mecánico, instancias de evaluación y eliminación) como los artilugios técnicos (efectos especiales, actitudes corporales y ritos en torno a la conquista del logro o del fracaso) son perfectamente conocidos, no sólo en el proceso productivo, sino también en los alcances de la invasiva publicidad que parece que todo lo puede y todo lo derriba en la sociedad de mercado.

Una idea clave que permite entender mejor la complejidad y amplitud del asunto es la de “riesgo inútil”: desechar aquello que no se ha experimentado, la exclusión de lo nuevo como condición intrínseca de la cultura de masas, permite, en el contexto de Masterchef, justificar la expulsión de aquel participante que vanamente osa sorprender al jurado con un plato arriesgado: “Quería hacer algo distinto, yo pensé que me iban a felicitar y me dicen ‘no funciona para nada’” dice Francisco -uno de los participantes de la edición 2015 de Argentina y cuyo apellido casi no se difunde, quizás porque a la industria no le interesa diferenciar ni individualizar al sujeto de la masa trabajadora a la que pertenece, precisamente porque él mismo como individuo es la pura nada, absolutamente sustituible- minutos antes de ser sentenciado por el plantel de expertos ante su aventurada decisión de elaborar ñoquis “dulces”, con los cuales pretendía sorprenderlos.

“Cuanto menos tiene la industria cultural para prometer, cuanto menos se halla llena de sentido, tanto más pobre se convierte fatalmente la ideología que difunde…”

La fijación de la industria por especializar a las masas en disciplinas del arte ligero y el deporte responde a la necesidad de desideologizar a estas mayorías. No estoy diciendo que la danza, el fútbol y la cocina carezcan de contenido, pero cuanto menos se los investiguen históricamente, cuanto menos se los cuestionen en su carácter mercantil y cuanto menos se discutan sobre la salubridad y cadena de distribución de los alimentos, más funcionales se vuelven a los intereses de esta gran industria.

“...el dicho socrático por lo cual lo bello es lo útil se ha cumplido por fin irónicamente”.

Masterchef no fija restricciones etarias. Cualquiera puede participar, desde un joven de 18 hasta una señora que transita sus primeros años de menopausia. No obstante el resultado, reiterándose la fórmula que indica que “el todo y los detalles poseen los mismos rasgos”,  parece repetirse en cada reality por encima de sus características específicas: generalmente gana no sólo el más “apto”, el más “eficiente”, sino también el que más se adecua a los patrones de belleza física imperantes y el que mejor sintetiza la idea de éxito y progreso económico entendidos en clave de proyección a futuro. Que Alejo (el ganador de la edición 2015 de Argentina) sea atractivo, tenga 27 años y provenga del negocio empresarial no es casual (nada es casual): es el participante que hasta con su cuerpo se ha posicionado como el más “presentable”, el más “vendible”, de cara a los cánones de consumo del público mundano, snob y cosmopolita que va a reproducir cada uno de sus tips con celeridad. Tampoco es azaroso que detrás de una inocente premiación se financie la publicación de un libro de recetas y una beca para estudiar en una escuela de cocina. De lo que realmente se trata es de pulir la mano de obra, de perfeccionarla. La mirada de Althusser amplifica el panorama en este aspecto.  

Aparatos Ideológicos del Estado

Se sabe de antemano que los Aparatos Ideológicos del Estado (AIE) actúan mediante la ideología y que lo que importa es su funcionamiento independientemente de las instituciones que lo materializan. Sabemos también que la escuela es el AIE número uno puesto por la burguesía para estos fines. Lo que me propongo analizar es cómo se evidencia, a través del aparato educativo y sus respectivos niveles, la reproducción de la ideología y relaciones de producción de la clase dominante tomando como ejemplo a los actores sociales intervinientes en Masterchef y las habilidades específicas que la institución proporcionó para dicha reproducción.

En el apartado anterior hacíamos referencia a las clases sociales a las cuales pertenecen sus participantes, pero vale la pena detenerse y pensar cómo la escuela funcionó para adiestrarlos y posicionarlos en diferentes niveles del aparato productivo.

En el caso puntual de los concursantes, un pequeño porcentaje  proviene de ese sector que Althusser identifica como “obreros” y cuya formación alcanza niveles muy bajos del saber institucionalizado. En Masterchef, la mayoría no supera las pruebas preliminares para ingresar al certamen (un apenas discrecional proceso de selección) precisamente por el escaso desarrollo de las habilidades que dicho saber proporciona. No es casual que muchos de ellos provengan de zonas humildes del conurbano y del interior, alejados del mundo de facilidades y oportunidades que los grandes centros urbanos proporcionan.  Aunque en algunos casos dominen el oficio de cocinero, este requisito sólo no alcanza: las formas, los modales y hasta la estética se refinan conforme se especializa el saber.

En esta segunda línea encontramos al grueso de los participantes: obreros mejor calificados, empleados y pequeños y medianos burgueses provenientes de la clase media, sobre todo de las metrópolis principales, fundamentalmente de Buenos Aires. Todos continuaron ininterrumpidamente el proceso de escolarización en colegios por lo menos aceptables, muchos cursan estudios de nivel superior y algunos ya ostentan un título profesional. De este grupo saldrá el ganador. El obrero calificado lleva las de perder, está peor posicionado que el profesional y es mucho lo que debe incorporar y pulir para convertirse en el Master. He aquí donde se pueden observar los conflictos, la lucha de clases inherente al AIE educativo y como la ideología dominante puede (aunque no necesariamente) expresarse sin resistencias, de manera  más pura, en aquellos cuya formación proviene del ámbito privado en relación a quienes cursaron sus estudios en el ámbito público, con todas las contradicciones, intereses contrapuestos y pluralidad de actores sociales que intervienen allí.

En una última línea encontramos, claro, al jurado, los agentes de explotación, los que llegaron a la meta y fijan las condiciones del proceso productivo, los que “saben mandar” y hacerse obedecer sin discutir. Martitegui, de Santis y Krywonis interpelan a los participantes como autoridades, sí, pero ante todo como patrones, como empresarios exitosos en la cima de la cadena productiva, capaces de decidir sobre su futuro delante y detrás de las cámaras, de determinar cuál será, en términos de Bourdieu, canonizado y legitimado en el campo de la gastronomía. “¿Tengo chances de rogarte un poco más?” pregunta en la primera emisión de la edición argentina Milton, un joven que acaba de ser eliminado y que ante la negativa de Martitegui, suplica porque sabe que no ingresará a la esfera de la alta cocina articulada al show business

Como ningún otro grupo, son los encargados de preservar la ideología de la clase dominante porque es a la que ellos pertenecen. Pero para obtener una mayor plusvalía, hace falta convertir el cuerpo de los explotados en una máquina, hacerlo más útil y más dócil. Algunas nociones de Foucault como sociedades disciplinarias y anatomopolítica permiten al respecto abrir el panorama.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Masterror I


por Luciano Deraco

Hace más de 60 años, Theodor Adorno y Max Horkheimer, dos de de los teóricos fundacionales de la escuela de Frankfurt, se interrogaban incesantemente acerca de cómo las masas aceptaban y legitimaban mansamente los mecanismos de dominación y manipulación de la clase que los subordinaba. Sus estudios, analizaban el impacto de la incipiente industria cultural en las sociedades de masas para pensar por ejemplo, de qué manera los modos de producción fabriles se trasladaban al tiempo de ocio del proletariado. 

Un salto en la historia nos lleva a los escritos de Louis Althusser. Sus aparatos ideológicos del estado nos aproximan nuevamente al punto en cuestión,  en este caso, cómo la escuela, los medios de información y la cultura, entre otros aparatos, reproducen no sólo la ideología sino también los modos de producción de la clase dominante.

Pero no sólo en la letra de autores neomarxistas podemos encontrar algunos rastros que intenten explicar cómo la dominación se modela y asimila sin resistencia. En las influencias estructuralistas de Michael Foucault y Gilles Deleuze, y refiriéndose a distintos procesos históricos, conceptos como sociedades disciplinarias y sociedades de control ayudan para darnos cuenta que detrás de nuestras visiones del mundo, a priori inocentes, un enorme poder nos construye, normalizando nuestros cuerpos y adiestrando sistemáticamente nuestras habilidades al ritmo de producción industrial.

Industria cultural, aparatos ideológicos del estado, sociedades disciplinarias y sociedades de control: un vaivén por algunos de los conceptos clave del pensamiento filosófico y teórico crítico del siglo XX nos ayudan para comprender con mayor precisión como las generaciones de asalariados nacidas en los umbrales del siglo XXI se dejan domesticar mansamente, casi sin resistencia, cargando sobre sus lomos el rigor de un ritmo de trabajo vertiginoso e incesante que los aliena, confundiéndolos con autómatas, aceptando las reglas de una competencia feroz y descarnada y consumiendo casi sin descanso, víctimas de un complejo entramado cultural que los interpela mediante eficaces estrategias publicitarias durante y fuera del proceso productivo.

No estamos hablando de un momento histórico de transición en el cual, los actores intervinientes advierten una modificación de las condiciones e intentan repensarse, reposicionarse, sino en la asimilación total y pasiva de las reglas del juego, en la internalización de un mecanismo de producción material y simbólico que configura la visión del mundo desde el nacimiento de quienes hoy rondan los veinte años. Estamos asistiendo a los exitosos resultados de la explotación menos solapada a la cual el capitalismo nos expuso y sin embargo, para los más jóvenes, parecen no registrarse o ser aceptados sin chistar.

En éste contexto, cualquier aptitud, vocación o hobby, artístico o deportivo, tiene su utilidad, su usufructo económico y sobre todo, su imprescindible carácter funcional para reproducir y legitimar la ideología de la clase dominante. De no hacerlo, correría de hecho el riesgo de descartarse o marginarse.

Analizar todos y cada uno de los productos culturales que facilitan éste pacto entre la masa y sus explotadores sería, además de demasiado ambicioso, algo sobre lo cual ya se ha teorizado mucho más y mejor. Considero en cambio que resulta pertinente abordar un ejemplo específico, como punta para arribar a la verdadera meta: entender cómo, en definitiva, la gran empresa multimedial, mediante estrategias publicitarias en apariencia superficiales pero de una profunda efectividad, permitió que en la Argentina de hoy, se legitime legalmente a  aquellos sectores sociales que antaño golpeaban los cuarteles para consolidar su poder cuando lo sentían diezmado.

El desmesurado incremento de capitales invertidos en la esfera audiovisual durante los años noventa, dio vida a algunos de los engendros más macabros de la cultura de masas: el formato reality con Big Brother a la cabeza, nuevamente nos remite a Foucault, pero aquí el cuerpo no se piensa, en los términos que planteaba su anatomopolítica, en un espacio de encierro, vigilado para ser disciplinado, sino más bien para ser espectacularizado. No se trata de aislar a los locos ni a los marginales, sino a los sujetos promedio del neoliberalismo, los que mejor reproducen la ideología de la clase dominante. En el registro permanente y la correspondiente repetición de las miserias más íntimas de sus participantes, la gran industria audiovisual encuentra una fuente de enormes ingresos.

El género, claro, se fue afinando. Así arribamos a un presente que nos arroja desde programas de concurso para bandas de rock, instancias de eliminación entre drag queens que bregan por un lugarcito en el mundillo hollywoodense, niñas que sueñan con ser divas y cocineros que pretenden obtener prestigio y reconocimiento profesional. Propongo abordar el caso del programa Masterchef, una franquicia multinacional que lanza a una fama efímera a ignotos gourmets a partir de rigurosas pruebas que reproducen casi sin diferencias las lógicas empresariales imperantes en el neoliberalismo, fomentando la competencia feroz y sometiendo a sus participantes a humillaciones vergonzantes.

Un jurado reducido, integrado por profesionales canonizados y con una posición indiscutible en el campo de la gastronomía, fija férreamente un estricto control de calidad, dejando en claro que el que pase, el que “llegue”, será el más capacitado, el más disciplinado, el más normalizado…

Masterchef se diferencia no sólo porque los otros formatos pertenecen al mundo de las tablas y el glamour, sino también porque es el caso en el que más se evidencia la necesidad de buscar fuerza de trabajo o “recursos humanos” a partir de concursos televisivos y aplicarles durante el proceso de selección, las condiciones de explotación que padecerán durante la cadena productiva una vez inmersos en la industria. El jurado es el ideal de éxito de los participantes y de la audiencia, incuestionable en sus normas y en sus formas. El carácter enteramente empresarial y competitivo sirve para legitimarnos como “la voz autorizada” pero sobre todo como “la voz de mando”.

A partir del recorrido bibliográfico correspondiente, pretendo precisar las razones por las cuales Masterchef funciona como una herramienta acorde a todas y cada una de las demandas tanto simbólicas como económicas para legitimar y reproducir las condiciones de producción de la actual fase del capitalismo las cuales luego, se trasladan al orden simbólico, a la superestructura institucional.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Las patentes y el derecho a una salud para todos


por Susana de Luque y Gabriela Bes

El tema de las patentes farmacéuticas es un asunto clave cuando se considera la salud y la calidad de vida de nuestra sociedad argentina. Está íntimamente relacionado con los precios de los medicamentos y  por consiguiente, con los presupuestos de salud pública y privada y el  acceso de la población a un derecho fundamental como lo es el derecho a la salud. Las patentes farmacéuticas son parte de los denominados derechos de propiedad industrial y habilitan a sus poseedores -empresas farmacéuticas multinacionales- a explotar comercialmente los medicamentos que han resultado de sus procesos de investigación y desarrollo.  El otorgamiento de una patente farmacéutica pretende reconocer, en términos económicos, la inversión realizada para la invención de medicamentos capaces de curar o mejorar las dolencias humanas. Las patentes son territoriales, es decir, que es una prerrogativa de los estados nacionales decidir a través de sus organismos correspondientes (I.N.P.I., Instituto Nacional de la Propiedad Industrial, en Argentina) si este derecho de propiedad industrial, se otorga o no. Para ello las oficinas de patentes deben evaluar tres variables: el nivel de innovación, de creatividad y de aplicación industrial  que posee  la invención que se pretende patentar. El reconocimiento de una patente implicará el derecho de explotar en forma monopólica durante un lapso aproximado de 20 años la producción y comercialización de las drogas o medicamentos patentados, proteger sus datos de prueba por 5 a 12 años y obtener una marca comercial con  registro sanitario previo.

Como en cualquier mercado, las prácticas monopólicas conducen a distorsiones y arbitrariedades en los precios. Pero en el ámbito de la salud la situación se torna mucho más inequitativa y dislocada en la medida que cualquier individuo o familia está dispuesto a pagar lo que sea necesario con tal de resolver su dolencia. Es en este marco en el que las empresas definen sus precios de venta. Como resultado de esta situación, se establecen precios abusivos que generan ganancias y transferencias multimillonarias desde las arcas sociales públicas y privadas hacia las empresas farmacéuticas transnacionales. La falta de relación existente entre los costos de producción de un medicamento -incluyendo las inversiones en desarrollo e investigación-  y los precios de venta deja ver una lógica mercantil extorsiva desleal que lucra con las posibilidades del bienestar de las poblaciones. Las patentes farmacéuticas y las prácticas monopólicas asociadas a su otorgamiento se constituyen, de este modo, en barreras que impiden el acceso al  medicamento como bien social  y con ello, se erigen como claros determinantes sociales de la salud. Si bien esta problemática es más dramática en los países de recursos medios y bajos que no disponen del conocimiento ni de la infraestructura necesaria para producir medicamentos, también es una realidad palpable en los países más ricos.

Por esta razón resulta imprescindible que el Estado adopte una posición activa en defensa de los intereses de la población. Si bien, por un lado está obligado por los acuerdos internacionales * a dar lugar a las solicitudes de patentes, por el otro, su responsabilidad principal es cuidar los recursos comunes y evitar los abusos de precios que provienen del ejercicio de una posición dominante en el mercado. Esto en el contexto de un sistema económico que ve en la salud una mercancía antes que un derecho. Es necesario que exista un compromiso político por parte del Estado que se focalice en los pacientes y la salud pública y ponga freno a los intereses de la Industria farmacéutica.

Argentina ha sostenido una tradición de cautela respecto al otorgamiento de patentes en el país. Por otra parte, en la última década, algunas iniciativas regionales desde MERCOSUR y UNASUR se han venido enfocando en el logro de decisiones conjuntas que permitan mejorar la posición negociadora de los países integrantes. Entre ellas podría mencionarse el acuerdo realizado en el  año 2009 entre los ministros de salud del Mercosur para la redacción de “guías de patentabilidad”. Estas guías tienen como objetivo construir procedimientos comunes y patrones de evaluación claros para posibilitar una revisión crítica de las patentes solicitadas en los distintos países. No en pocas oportunidades las empresas del sector intentan patentar drogas o medicamentos que no presentan caracteres suficientemente novedosos o, a través de lo que se denomina práctica de “evergreening”, intentan prorrogar los beneficios de una patente ya obtenida incorporando pequeñas modificaciones al producto y tratando de justificar su extensión y sus ganancias por muchos más años. En  2012, el Ministerio de Industria, Ministerio de Salud y el INPI emitieron en forma conjunta la Resolución MI 118/2012  MS 546/2012  INPI 107/2012 de patentes de invención y modelos de utilidad, dando  pautas para el examen de patentabilidad de las solicitudes de patentes sobre invenciones químico-farmacéuticas. Por otra parte, en consonancia con la necesidad de fortalecer la producción local de medicamentos, en diciembre de 2014 se sancionó la ley 27113 que declara de interés público y estratégico la investigación y producción de medicamentos en nuestro país y se anunció la creación de una Agencia Nacional de Laboratorios Públicos. Por último, en la reunión de ministros de salud de UNASUR de setiembre de 2015 se acordó la negociación conjunta para la provisión de drogas farmacéuticas y la posibilidad de conseguir rebajas sustanciales en los precios de compra.

Reflexión

Resulta importante tener en cuenta estas cuestiones porque es mucho el dinero que está en juego y son múltiples los instrumentos con los que tanto el Estado como la sociedad civil cuentan para llevar adelante acciones que contribuyan a evitar situaciones abusivas, y de este modo posibilitar el acceso a una salud de mejor calidad para todos (licitaciones obligatorias, salvaguardas en salud, oposiciones, importación paralela).  No hay dudas de que quienes adhieren por ideología a la preeminencia de la libertad de mercado antes que a las regulaciones estatales terminan favoreciendo a aquellos que tienen posiciones dominantes en el mercado, descuidando un derecho plasmado en la Constitución Argentina: el derecho a la salud. La integración regional de nuestro país con el resto de los países de la región no es una mera cuestión de latinoamericanismo folklórico sino que entraña la posibilidad de defender nuestros intereses desde una posición de mayor fortaleza, por ejemplo, frente a los laboratorios multinacionales farmacéuticos. En los últimos años, en Argentina, ese espíritu de consolidación regional y defensa de los derechos humanos –como lo es la salud- se ha instalado de manera auspiciosa. Habría que fortalecer (y votar) a quienes seguirán por este camino y rechazar de plano a quienes dejarían la salud a merced de los desatinos del mercado internacional. 


* En 1994, la constitución de la Organización Mundial del Comercio vino a reemplazar al acuerdo GATT sobre aranceles que regía hasta ese momento las prácticas de comercio internacional. La OMC incorporó temáticas trascendentes como las de la propiedad intelectual, las inversiones y los servicios, que hasta ese momento no formaban parte de los acuerdos y las negociaciones internacionales. A partir de estos acuerdos, los países miembros se comprometieron a modificar sus legislaciones locales y adecuarlas a los nuevos marcos internacionales. Se establecieron plazos y nuevas negociaciones a futuro. En el año 2001 se llevó a cabo la denominada Ronda de Doha cuyo objetivo principal fue avanzar en la reducción de los obstáculos al libre comercio. Los temas más sensibles, dados los intereses que involucran, fueron aquellos relacionados con el comercio agrícola y con los derechos de propiedad intelectual. Respecto a estos últimos, en esa oportunidad se acordaron los ADPIC (Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual para el Comercio) que intentan fortalecer, en una declaración aparte, la interpretación de los acuerdos en favor de la Salud Publica.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

La pasión según Kierkegaard

Pintura: Alicia Puy

por Juan Carlos Sánchez Sottosanto *

Esta presentación anhela cumplir con un doble propósito; en primer lugar, brindarles a todos una cálida bienvenida a las Undécimas Jornadas Kierkegaard, que este año se titulan “Kierkegaard: una pasión”. En segundo lugar, y utilizando o remedando el método de comunicación indirecta como gustaba nuestro amigo danés (y más indirecta aún, porque lamentablemente no puedo estar presente en este momento), hablar de la pasión según Kierkegaard. Elegí adrede un título equívoco; quizás lo único no condenable de él sea el artículo “la”. Pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “pasión”? ¿por qué “según”? ¿Quién es (y utilizo adrede también el presente y no el pretérito) Kierkegaard? Las preguntas no son inocentes, por supuesto.

En nuestra habla cotidiana pasión puede remitirnos al deseo amoroso o a un hobby o a un equipo deportivo. Yendo a un diccionario podemos descubrir sus etimologías en el latín passio y en el griego pathos. En los vericuetos de la jerga escolástica, heredera del aristotelismo y del estoicismo, las pasiones pueden ser todas las afecciones de nuestra voluntad. Podemos hablar de pasiones que son virtudes y de otras que son vicios, y sincretizarlas con los conceptos cristianos de nuestra imagen y semejanza de Dios pero también con la herencia del pecado. Podemos hablar de pasión como padecimiento, o ponerle una mayúscula y allí entrar en la Pasión por excelencia, la de Cristo, que ha inundado toda una iconografía, toda una literatura, todos los catecismos. Los cristianos recuerdan (supuestamente) esa pasión a través de símbolos y rituales, el más conspicuo de ellos el de la llamada “semana santa”. El Cristo flagelado y después crucificado es una presencia tan fuerte que aún los no cristianos pueden introducir en las metáforas del lenguaje esas imágenes del Calvario. Erasmo, generosamente, habló también de la “pasión de Sócrates” y así, a partir de dos tremendos dramas individuales, se crean los grandes pilares de aquello que, para bien o para mal, llamamos Occidente.

Sobre el “según”, podemos decir que podríamos haber optado por otros adverbios y preposiciones, y hablar de la pasión de, por, hacia, ante, contra Kierkegaard. Y en cuánto a Kierkegaard, sospecho que todo “apasionado” por él tendrá más de un recaudo o sentimiento de imposibilidad al desear caracterizarlo. Posiblemente ese apasionado sienta, como Sócrates ante el oráculo délfico, que cuánto más intenta conocerlo más inaprehensible le resulta, pero paradójicamente esa inaprehensibilidad vuelve a Kierkegaard aún más apasionante. No suelen manejarse así las despistadas entradas de las enciclopedias que, soto voce SK, nos hablarán de fechas, del autor de, de un filósofo, de un teólogo, de un escritor, del padre del existencialismo o de tres estadios o del introductor del concepto de angustia en el léxico filosófico o cosas por el estilo. Pero de interrogar a Kierkegaard –o en sus defecto, a algunos de sus libros, en especial a aquellos no firmados con seudónimo sino con su propio nombre- nos encontraríamos con la autoconciencia de ser “solamente” un escritor religioso; que la pasión por excelencia es la fe; que el clímax pasional de una vida es ese punto cuasi místico (aunque detestaba el misticismo) que él llamó “instante”, la irrupción de la eternidad en el tiempo –y ya no el tiempo como imagen móvil de la eternidad como quiere el Timeo de Platón- para poder escuchar (o no escuchar, o escandalizarse ante) la voz de nuestro contemporáneo, el Cristo de los Evangelios, ante el cual las dimensiones cronológicas, históricas, geográficas, sencillamente se desmoronan ante la singularidad ebullente de ese escuchar o de ese ignorar en el cual se construye nuestra libertad.

Recordemos, sin embargo, que Kierkegaard siempre se erige como nuestro contemporáneo, pero que las cronologías oficiales nos dicen que murió un 11 de noviembre de 1855 y por lo tanto este miércoles, en estas mismas Jornadas, se cumplirán los 160 años de su muerte o, si queremos ir más allá con un paralelismo, con la pasión y muerte de ese individuo que creyó en el cristianismo pero que también sabía de su propia imposibilidad de ser un cristiano a plenitud. Del individuo que, tras una prolongada lucha –o agonía, en su  sentido etimológico- contra la cristiandad, perversión nefanda, burguesa y cómoda del verdadero cristianismo, murió colapsado cuando esa cristiandad, institucionalizada y sintiéndose traicionada por un pensador de valía, se ocupó en terminar con sus ya frágiles nervios. En ese sentido, la pasión de Kierkegaard –léase la fe, léase Jesucristo- lo llevó al padecimiento casi con rigores tan fuertes como los del Jesús histórico. Casi al martirio: en el sentido vulgar del término, pero aún más y nuevamente, en el etimológico: TESTIGO con su vida y con su muerte de su pasión por Cristo y su adversión (otra pasión) hacia esa caricatura de la palabra de Cristo que era –es- la cristiandad.

Pascal decía de Jesucristo que estará en agonía hasta el fin de los tiempos. ¿Podemos atrevernos a decir lo mismo de Kierkegaard? Yo creo que sí. Que su agonía comenzó hace dos siglos y no ha terminado, y felizmente no hay visos de que termine. Agonía en sentidos positivos, negativos y quizás neutros. Mientras podamos seguir a la escucha de su voz –siempre dirigida a un lector único y nunca erigida como una teoría abstracta- esa agonía continuará. Mientras nos interpele y lo interpelemos, e incluso decidamos dejar de escucharlo, Kierkegaard estará en una agonía –una lucha, un juego, una pasión- que no resultará en vano. Pero hay aspectos de esa agonía que no dejan de ser sorprendentes o, como querría nuestro autor, paradójicos. ¿No es acaso sorprendente que entre los “apóstoles” más ilustres de nuestro “escritor religioso” hayan sobresalido, con la notable excepción de un Gabriel Marcel en el campo católico o de un Karl Barth en el protestante, pensadores o artistas no creyentes de la talla de un Heidegger, un Sartre, un Camus, un Kafka, un Bergman? ¿No es sorprendente realmente esta pasión? ¿O que con una pasión en sentido opuesto haya tenido detractores tan interesantes como un Lukáks o la Escuela de Frankfurt? ¿Es negativo que sus “escuchas” más trascendentes hayan negado las pasiones más fuertes de nuestro amigo, a saber, la fe y Jesucristo? No desde el momento en que esa escucha, fragmentaria y parcial o como se quiera, ha enriquecido para siempre la cultura del siglo XX. No desde el momento en que Kierkegaard siga existiendo como “posibilidad”: posibilidad en el sentido kierkegaardeano; si las prostitutas y los publicanos eran mejores para Cristo que los fariseos y los hipócritas, ¿porqué la pasión de Kierkegaard no sería más noble en manos de los ateos y de los agnósticos que en el de los miembros de una cristiandad que sigue demostrando, día a día, su pacto tácito con los aspectos más deleznables de nuestra sociedad? Creo que esa agonía es buena; creo que puede haber un Kierkegaard pasado por el tamiz de un Lacan o incluso (o mejor aún) por el de un lector ingenuo que compra un libro de nuestro héroe en una librería de viejo y esa misma noche, con pasión, comienza una lectura no mediada por nadie. 

Creo que el peligro está en otra parte. En el Kierkegaard de manual. En el Kierkegaard sistematizado cuando su horror por toda sistematicidad es más que patente en sus escritos. El Kierkegaard “paperizado” si se me permite el neologismo, es decir, reducido a la sombra gris de un paper que se alimentó de otros papers y con los que la Academia se retroaliamenta para no morir, pero que puede terminar matando de aburrimiento. Afortunadamente no existe una iglesia kierkegaardiana, pero lamentablemente sí una institucionalización de su pensamiento. Hay un Kierkegaard, en fin, reducido a un fósil al que debe viviseccionarse, fragmentarse, atomizarse, discutirse y llenarse de abstracts y key words y notas al pie que nadie lee pero que engrosan currículos. Yo tengo un amigo paleontólogo que ciertamente es un apasionado por los dinosaurios; pero felizmente también ama escuchar a pájaros vivos, ver reptiles vivos en su hábitat, y contemplar las estrellas. 

Fosilizar, paperizar a Kierkegaard es matarlo dos veces, prolongar su agonía en el sentido más crudo. Es dejar de verlo como una posibilidad y crear certezas que pueden durar lo que la vida útil de un paper. Es no haber aprendido nada de él: que él es un yo que se dirige a un tú que casualmente soy yo y sólo yo.

Amemos los fósiles pero escuchemos los pájaros de nuestro patio. Ojalá estas jornadas estén llenas de apasionados por Kierkegaard, o de quienes se asomen a su voz por primera vez. Que la agonía sea posibilidad y escucha e interpelaciones mutuas.

Nuevamente les doy la bienvenida a las Undécimas Jornadas Kierkegaard.


* Este texto fue leído en la apertura de las recientes XI Jornadas Kierkegaard, llevadas a cabo durante los días 9, 10 y 11 de noviembre en la Biblioteca Nacional (ver más acá)

martes, 3 de noviembre de 2015

El escorpión y la rana


por Alicia Benjamín

Desde hace tiempo, en nuestro país está habiendo un diálogo de sordos; en realidad no se trata de un diálogo, sino de dos grupos que hablan idiomas completamente diferentes. Con una lógica totalmente dispar.

Parto de lo siguiente: No se puede dar por sentado que quien vota a alguien lo vota porque cree que va a gobernar mejor o va a hacer mejor las cosas. O le va a mejorar la calidad de vida a la gente. En muchísimos casos no es así; y no lo es explícitamente.

La estrategia del macrismo ha sido, y es,  genial: hacer invisible su gestión. Macri no estuvo gobernando durante 8 años la ciudad de Buenos Aires; por ende, no se le puede pedir cuentas por lo hecho, lo no hecho, lo mal hecho. El conjuga los verbos en tiempo futuro, como alguien que se presenta por primera vez y que propone un cambio. 

Entonces: cuando la rana grita, desaforadamente, que Macri, en su gestión, subió al cuádruple el ABL, a más del triple el subte –que eran los dos únicos servicios sobre los cuales podía incidir-, y que seguramente pasaría lo mismo a nivel nacional –paralelamente a que se quiten los subsidios de los servicios restantes, para reducir el gasto público, reducción a la que todos los economistas que lo acompañan adhieren explícitamente- ; cuando la rana denuncia a voz de cuello el recorte presupuestario en salud y educación, el aumento de la mortalidad infantil en la Ciudad de Buenos Aires, por primera vez en décadas;  y cuando la rana quiere hacer oír estos datos puros y duros de la realidad, el escorpión no escucha, no entiende, no le interesa. 

¿Pero acaso el escorpión es muy rico, o muy insensible, y no le importa eso? No, al contrario: en muchos casos le cuesta ganar su dinero, trabaja, o está ya jubilado, considera que tiene que apoyarse a la educación pública y que los hospitales tienen que funcionar; los subsidios le han aliviado el bolsillo todos estos años, se molestó mucho cuando subió tanto el subte, incluso empezó a reemplazar, cuando le era posible, algunos viajes en subte por el colectivo. O a pensarlo dos veces si eran pocas cuadras y caminar un poco.  Lo del ABL tampoco le gustó ni le pareció justo. Algunos escorpiones, con un departamento de lo más común, pasaron a pagar muchísimo más, porque se reevaluaron las propiedades. 

Pero esto no tiene importancia alguna, porque Macri no está gobernando la Ciudad de Buenos Aires.

Nadie habla bien de Macri o de su gestión. Porque no hay ninguna gestión nombrada como tal; él representa una propuesta de cambio a futuro. Nada ocurrió en estos 8 años que dependiera de él, ya que el único gobierno que está en el banquillo es el gobierno nacional.  Y el cambio del que se habla todo el tiempo es ni más ni menos que éste: que deje de estar Cristina, o en líneas generales, “los K”. 

Las ranas gritan, también, reclamando que la oposición “no se disfrace de lo que no es”; por ejemplo, que no hagan estatuas en homenaje a la Rana Mayor, siendo que históricamente, y desde siempre, la han odiado de todo corazón.  Pero es un planteo ingenuo: es como pedirle a una lagartija que no se disimule entre las piedras, o a una serpiente que avise cuando está por atacar. La invisibilidad es un atributo esencial de algunas especies, no es travestismo político.

Esto tiene que ver con lo anterior: que Macri no esté gobernando la ciudad desde hace 8 años hace que ninguna de todas las cosas que pasaron –siempre tienta ponerse a enumerarlas, pero no tiene sentido, porque su gestión no existió, por ende, los actos de su gobierno no existieron tampoco en tanto tales- ; digo, ninguna de todas las cosas que pasaron, pasaron realmente en tanto consecuencias, buenas o malas, de su gestión. Puesto que ella no existió, esas cosas no existen. Así como tampoco parecen haber existido las ocurridas hace no tantos años -20, 15, 10 años- . Son el pasado. La única conjugación verbal que parece tener cabida es la del tiempo futuro. 

Esto se relaciona asimismo con algo que lleva al paroxismo la in-comunicación: cuando de un lado se reivindica la “política”, y se piensa y habla en términos políticos, y se valora como bueno o malo lo que fuere en tanto responde a tal o cual política, mientras que del otro lado se considera la “política” misma como mala palabra, o se afirma que “todos los políticos son iguales (ladrones, corruptos, mentirosos, etc.)”, ya es imposible todo diálogo. Podría parecer contradictorio que se vea como un valor que alguien “no venga de la política”, siendo que ese alguien se está dedicando a la política, está presentándose a elecciones, está aspirando a gobernar o efectivamente ya está haciéndolo hace años. Pero es coherente desde esta otra perspectiva: Macri, como “los mercados”, tiene manos “invisibles”, entonces, no se trata de política, no existe en tanto opción política. Y por eso no tiene ningún sentido el exigir que se debatan  explícitamente propuestas políticas.

Nadie reivindica la gestión de Macri en estos 8 años; no me refiero, por supuesto,  a los que lo critican y han votado por otras opciones, sino a los mismos que lo votaron en cada ocasión, y que están pensando, ahora, en volver a votarlo. No se escucha ningún elogio ni reconocimiento de lo hecho, o siquiera de las propuestas a futuro –propuestas de cambio a la vez que de conservación de “lo que se hizo bien”, aunque eso que supuestamente “se hizo bien”, depende totalmente de decisiones políticas que se quieren “cambiar”. Pero, otra vez, caemos en hablar de política, siendo que el partido se está jugando en otro lado, con otras reglas, en otro idioma.

Este es, pues, un aspecto de la cuestión, que se sintetiza así: la gestión de  Macri  en la Ciudad, a lo largo de estos 8 años, no ha tenido lugar. Ha habido acontecimientos sueltos, como el desastre de la inscripción en los colegios públicos, el cierre de salas de hospitales, los impuestos aumentados, los derrumbes anunciados de edificios con saldos trágicos, la violencia de la Metropolitana con indigentes y dentro del Hospital Borda,  Niembro,  los falsos contratos con las radios provinciales, los cortes de luz masivos por negligencia; etc.; pero que no se unificaron alrededor de un nombre propio ni una gestión determinada. La única gestión nombrada como tal ha sido la nacional; y esta nominación toma su fuerza, no de un debate o puesta en cuestión de decisiones políticas, acertadas o erróneas, o incluso de denuncias con pruebas concretas, sino  de la repetición mediática  de consignas: “los K”, “Hotesur”, “Nisman”,  o de la injuria: “la yegua”;  denuncias que, en su inmensa mayoría,  sólo tuvieron lugar en los medios, por no tener sustento alguno para poder desplegarse a nivel de la justicia. Porque la realidad que contaba, y que cuenta, parece ser solamente  la que se visibiliza y se nombra como tal. 

Y otro aspecto fundamental tiene que ver con algo muy complejo, que podría resumirse en esta pregunta: ¿es seguro que uno quiera estar bien, estar mejor, o al menos, no estar peor? Sea ese “uno” el individuo, o el genérico “país”.

No, no es seguro.

“Terapéuticamente” hablando, es todo un logro llegar a querer estar mejor, en lo que sea, y actuar en consecuencia. Es algo que se dice todo el tiempo, desde el sentido común;  pero no es tan frecuente que ocurra efectivamente.

Kierkegaard, un pensador danés del siglo 19, decía algo muy interesante, con lo que Freud estaría totalmente de acuerdo: él planteaba que muchas personas elegían sufrir, y sacrificar sus vidas, negándose a recibir nada bueno del Otro, con tal de demostrar que ese Otro había fracasado en su gestión. Y que por siempre habría de fracasar. Y también decía que, de esta manera, dichas personas se afirmaban, desesperadamente, en una identidad, en un ser sí mismos, a expensas de ese rechazo al Otro.

Cuando el escorpión, en su travesía por el río, le clava el aguijón a la rana; cuando no puede no hacerlo,  afirma desesperadamente su ser escorpión, rechazando todo lo que provenga de la rana, aunque –o porque- eso sea lo único que  podría  mantenerlo  a flote. 

Y en esa triste afirmación de su ser, muchos escorpiones se suicidan.

Muchos. No todos.