martes, 17 de enero de 2017

Historias de fantasmas

Los archivos de la Medialuna y los cines posibles




por Oscar Cuervo
I

“«Papá, explícame para qué sirve la historia», pedía hace algunos años a su padre, que era historiador, un muchachito allegado mío. Quisiera poder decir que este libro es mi respuesta”.

Así comienza el historiador Marc Bloch su libro Apologie pour l'Histoire ou Métier d'historien.

“El problema que plantea -acota Bloch respecto de la pregunta del niño- con la embarazosa desenvoltura de esta edad implacable, es nada menos que el de la legitimidad de la historia”. El libro de Bloch está inconcluso, ya que su autor murió mientras estaba escribiéndolo, por lo que la pregunta que se plantea en las primeras páginas no ha sido completamente respondida. Pero puede decirse que la presencia del libro ante nosotros, el hecho mismo de que hoy estemos citándolo, responde en acto a la pregunta. Este libro es la huella de una existencia.

Esa es la manera como Bloch concibe a la historia: como un conocimento por huellas: “¿qué entendemos por documentos sino una «huella», es decir, la marca que ha dejado un fenómeno y que nuestros sentidos pueden percibir?”. Con la noción de huella, Bloch cuestiona la tesis habitual de que del tiempo pasado sólo tenemos un acceso indirecto y que apenas podemos podemos aspirar a representarnos lo que ha sido. Porque el pasado está en el presente, parece decirnos hoy Bloch. Para que la representación sea posible, tiene que estar fundada en una presentación: la huella misma, huella para nosotros.

La huella tiene un modo de existencia especial, que se resiste a ser reducido a una cosa. Una huella es algo que se nos presenta y nos remite a un tiempo anterior. La huella tiene una temporalidad densa, porque coexiste con nosotros pero viene del pasado. El sentido común nos hace creer que vivimos rodeados de cosas, pero en realidad existimos en un mundo de huellas. En todo lo que nos rodea están presentes las huellas de los que nos antecedieron. Los útiles a los que recurrimos son manufacturas, es decir: han sido hechos por las manos de trabajadores. Y todavía más: no sólo por manos: la forma de las cosas que nos rodean son huellas de las ideas que otros hombres tuvieron, lo mismo que la casa que habitamos, la calle por la que transitamos y la ciudad en la que se encuentran la casa y la calle, todas son huellas que otros nos han dejado. Las palabras mismas que ahora estoy escribiendo son huellas, las aprendimos de otros y estos a su vez de otros y otros.


El libro de Bloch al que me estoy refiriendo es una huella de su vida y su carácter inconcluso es una huella de la muerte de su autor.

Bloch distingue entre los diversos tipos de huellas con los que tiene que habérselas la historia. Por un lado, están las que fueron dejadas para la posteridad con el expreso propósito de guardar una memoria: los testimonios voluntarios, de los cuales el ejemplo paradigmático es el texto de Herodoto, que empieza diciendo:

“Herodoto de Turios expone aquí el resultado de sus búsquedas, para que las cosas hechas por los hombres no se olviden con el tiempo y que las grandes y maravillosas acciones llevadas a cabo tanto por los griegos como por los bárbaros no píerdan su esplendor”.

Pero antes de que Herodoto escribiera la primera página de su clásico tratado, los hombres ya habían dejado -y hasta el día de hoy siguen dejando- innumerables huellas involuntarias: Bloch cita las fórmulas de los papiros de los muertos egipcios que estaban originalmente destinadas a ser recitadas por el alma en pena y a ser oídas sólo por los dioses. Cuando hoy estas huellas son halladas y descifradas por historiadores y arqueólogos, cuando son traducidas y citadas para nosotros, hacemos que esas palabras hablen de un modo diferente del que previeron los que las dejaron. Las almas en pena querían hablarles a los dioses y ahora sus textos nos hablan a nosotros de cómo aquellos mortales querían vincularse con la inmortalidad.

Pero -nos dice Bloch-, desde otra perspectiva, incluso los testimonios voluntarios pueden considerarse a la vez bajo la categoría de involuntarios: “hasta en los testimonios más decididamente voluntarios, lo que nos dice el texto ha dejado de ser, hoy, el objeto preferido de nuestra atención. Nos interesamos, por lo general y con mayor ardor, por lo que se nos deja entender sin haber deseado decirlo”. Podríamos decir esto mismo con un leve matiz psicoanalítico: cualquier testimonio y cualquier testigo dicen más que lo que saben, porque dicen algo a su pesar. Un testimonio es entonces también una huella en otro sentido: es un indicio, una significación que va más allá de lo que el testigo pretende decir, una indicación no prevista o a veces incluso rechazada por la voluntad conciente del emisor. Bloch cita algunos ejemplos de esta comunicación involuntaria que producen los documentos cuando se los piensa como huellas:

“Entre las vidas de santos de la alta Edad Media, por lo menos las tres cuartas partes son incapaces de enseñarnos algo sólido acerca de los piadosos personajes cuyo destino pretenden evocar; mas si, al contrario, las interrogamos acerca de las maneras de vivir o de pensar correspondientes a las épocas en que fueron escritas -cosas todas ellas que la hagiografía no tenía el menor deseo de exponernos- las hallaremos de un valor estimable”.

Se trata, según Bloch, de una lucha con el pasado, porque por un lado estamos obligados a conocerlo por sus rastros sin poder apartarnos del camino que ellos nos señalan pero, por el otro, podemos conseguir saber mucho más del pasado que lo que el pasado mismo tuvo a bien dejarnos dicho. “Bien mirado -concluye Bloch- es un gran desquite de la inteligencia sobre los hechos”.

Bueno, resulta que ahora podemos aplicar al propio texto de Bloch, con el cual estamos dialogando, el tratamiento que él propone.


Marc Bloch nació en el seno de una familia judía alsaciana en el año 1886. En la primera guerra mundial fue condecorado con la Legión de Honor de la República Francesa. En 1929 fundó, junto con Lucien Febvre, la revista Annales d'histoire économique et sociale, que tuvo una enorme influencia en la historiografía del siglo XX. Fue profesor de historia en la Universidad de Estrasburgo y, a partir de 1936, en la Sorbona. Pero en octubre de 1940 el gobierno colaboracionista de Vichy lo expulsó de su cargo universitario por su condición de judío. A partir de entonces, Bloch comenzó a escribir el libro que estamos comentando, la Apologie pour l'Histoire. En 1942 los nazis allanan su departamento de París y le confiscan gran parte de su biblioteca, sus fichas y sus notas de lectura. Irá desplazándose entonces por distintas ciudades de Francia, hasta que las fuerzas nazis ocupan totalmente el territorio francés. Bloch se instala clandestinamente en la ciudad de Lyon, participando en los Movimientos Unidos de la Resistencia.

La pregunta “¿para qué sirve la historia?” adquiere entonces una resonancia especial, porque no es planteada desde la serenidad del hombre que ha logrado desarrollar una profesión que goza del reconocimiento de la comunidad. Es la pregunta angustiada de un hombre en la resistencia, empujado a radicalizar su posición por obra de las circunstancias dramáticas que lo asedian. Bloch no expone en la obra solamente el escrúpulo del erudito. El método crítico que esboza en ese libro no nace meramente de una serena reflexión epistemológica y no obedece simplemente a un valorable impulso de sistematización de su labor de años, aunque también haga todo eso. Bloch se pregunta para qué sirve la historia cuando su mundo se derrumba y su vida corre peligro, cuando la barbarie nazi amenaza con borrar toda huella y toda memoria.


El 8 de marzo de 1944 Bloch es apresado en Lyon, encerrado en un campo de concentración; es torturado y finalmente fusilado el 16 de junio del mismo año en las afueras del pequeño pueblo de Saint-Didier-des-Formans. Su libro queda inconcluso y será publicado años después de su muerte por su amigo y colega Lucien Febvre, quien al final de la guerra había rescatado sus manuscritos.

De la presencia de esos manuscritos ante nosotros, de las huellas de la existencia de Marc Bloch, de ese libro trunco, de la pregunta respondida sólo a medias en el texto pero quizá completamente por sus huellas estamos hablando.


II


¿Qué es un documento? El registro de una actividad humana fijado en un soporte, el testimonio material de un hecho involuntario o de un acto realizado por personas o instituciones. Un documento es la huella de un acto. Pero a la vez él mismo es un acto. Habitualmente el discurso científico nos lleva a reparar en el hecho documentado y a olvidar el acto de la documentación: vemos al observado y se nos esconde el observador. Este es uno de los principales problemas filosóficos del conocimiento moderno, un problema que la epistemología positivista quiere continuamente eludir.

A partir de fines del siglo XIX las invenciones tecnológicas empezaron a brindarnos más y más modos de producir documentos: fotografías, grabaciones fonográficas, el cinematógrafo, la cinta magnética, el video, las cámaras digitales, los teléfonos celulares... Quizá una de las posibilidades más fértiles que le brinde al pensamiento esta inflación desorbitada de documentos a la que asistimos sea la de empezar a ver los registros documentales de otra forma, haciendo foco no sobre el objeto que el documento nos señala, sino su cara oculta: aprenderemos quiénes son estos hombres entregados al furor de capturar la realidad fugaz en un registro duradero.

Podría parecer un problema altamente especulativo. Pero también es extremadamente práctico: nuestro caminar transita detrás de las huellas que otros nos han dejado y, al mismo tiempo, al caminar dejamos sin querer huellas para otros que vendrán después. Este mismo texto es un eslabón de una cadena de dirección y duración imposible de determinar.

Hay una película que muestra este dispositivo en acción. No se trata de un film filosófico ni científico, sino documental, poético y político. Se llama The Halfmoon files (Philip Scheffner, Alemania, 2007). Los archivos de la media luna. Narra la historia de una investigación de campo.


- Campos:

En 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano se convirtió en aliado de Alemania. El Islam llegó a ser en este contexto una importante arma estratégica contra Francia, Inglaterra y Rusia. "Jihad" – la guerra santa – se convirtió en parte del dispositivo bélico. En noviembre de 1914, fue declarada la Jihad en la ciudad de Constantinopla. Por esta declaración, los soldados musulmanes de los ejércitos británicos, franceses y rusos fueron instigados a cambiar de bando, a levantarse contra sus gobernantes coloniales y unirse a las fuerzas militares del Imperio Otomano y de su aliado alemán "contra los enemigos del Islam". Como parte de la estrategia de la Jihad, los prisioneros musulmanes capturados fueron recluidos con soldados colonos hindúes y africanos del norte en campos especiales. El 13 de Julio de 1915 fue inaugurada la primera mezquita en suelo alemán con el explícito propósito de que los prisioneros pudieran hacer sus prácticas religiosas. La mezquita estaba ubicada en el edificio del llamado Halfmoon Kamp, el campo de la Media Luna. Un campo especial para prisioneros de guerra musulmanes y soldados colonos.

Dijo en 1917 Felix von Luschan, por entonces director del Musem de Antropología de Berlín:

Una verdadera y enorme multitud de las más diferentes razas está representada en nuestro campo de prisioneros. Gente de todo el mundo y de casi todos los colores, nunca vista en un pueblo. Una visita a uno de estos campos es tan provechosa para un profesional como un viaje alrededor del mundo”.

El Profesor Wilhelm Doegen fue el director del archivo de sonido más importante de Alemania. La Real Comisión Fonográfica Prusiana, fundada en 1915, constaba de más de 30 científicos de los campos de la antropología, la lingüística y la musicología. El objetivo de la comisión era grabar sistemáticamente las diferentes lenguas y la música de todos los reclusos en los campos de prisioneros de guerra alemanes. Bajo la dirección técnica de Wilhelm Doegen se hicieron 1650 grabaciones de lenguas que componen el stock básico del Archivo de Sonido de Berlín.

El Kaiser Guillermo II dijo:

“Fue su excepcional idea la que inspiró estas grabaciones en los campos de prisioneros de guerra. Nosotros triunfaremos y tendremos en los discos a todos estos hombres por la eternidad.”


- Voces:

“Había una vez un hombre.
El hombre fue a parar a la guerra europea.
Los alemanes capturaron a este hombre.
Él quiere volver a la India.
Si Dios tiene piedad, hará pronto la paz.
Este hombre se irá de aquí.”

La voz de este hombre sale de un disco de pasta y es escuchada en el año 2006 en una sala de la Universidad Humboldt de Berlín. Pero proviene de 90 años atrás. Fue grabada el 11 de diciembre de 1916 en la ciudad de Wünsdorf.

Durante la Primera Mundial, hace un siglo, el campo de la Media Luna se fue convirtiendo rápidamente en un polo de atracción de los investigadores científicos: etnólogos, antropólogos, lingüistas y musicólogos alemanes tuvieron la oportunidad de satisfacer sus ansias de observar el comportamiento de los exponentes de otras culturas. Los prisioneros se convirtieron en “objetos” de diferentes proyectos de investigación. Los científicos alemanes emprendieron un registro sistemático de las lenguas que hablaban y la música que hacían los prisioneros, quienes fueron fotografiados vistiendo sus trajes típicos, filmados reproduciendo ceremonias religiosas y danzas, y grabaron su voces para crear el más exhaustivo archivo de idiomas, un aporte invalorable al avance de los estudios lingüísticos y culturales de la ciencia alemana. Estos registros también son un ejemplo excepcional de la alianza entre científicos y militares en la empresa política de saber y poder. En los documentos vemos u oímos a estas personas muertas hace ya muchos años, a través de las huellas que les arrancaron sus captores. Pero también vislumbramos a sus captores detrás de las cámaras y aparatos fonográficos. Los científicos y militares que produjeron esos documentos dejaron involuntariamente sus propias huellas para nosotros.

Que la ciencia es poder, que detrás de la curiosidad por el conocimento de los fenómenos (y especialmente por el conocimiento de las conductas humanas) se esconde un proyecto de dominio, que el florecimiento de los estudios culturales fue paralelo al avance colonial e imperial de los países occidentales, todo eso se sospecha desde hace rato. Ver ese poder en acción, descubrir la serie de registros clasificados en archivos sistemáticos, comprender que detrás de cada etiqueta que identifica esas latas de película y esos discos había prisioneros de un campo de concentración, que ese saber ha sido acopiado y aún hoy se encuentra disponible en las universidades europeas, ir a dar con uno de esos discos, escuchar la voz de un hombre que nos habla desde el reino de la muerte: ese es el vertiginoso efecto que produce The Halfmoon files, esta película notable.

En la actualidad, la entera ciudad de Wünsdorf es un archivo. Un archivo de la historia militar alemana. Desde 1910 hasta 1994, la zona de Wünsdorf fue usada en forma continua por las fuerzas armadas. Desde entonces, Wünsdorf fue desmilitarizada y se propuso desarrollarla como la primera "ciudad de los libros".


III

Es interesante pensar cómo obran las huellas en una película "documental" como The Halfmoon files y qué tipo de huellas ella hace accesible para nosotros.

Una de las tendencias más interesantes del cine contemporáneo es la que se construye a partir de material documental previamente registrado. Trabajando sobre esa materia (el documento como huella) es posible liberar un sentido que en la intención de los documentalistas iniciales se hallaba obturado. 

Es sabido que, desde que el cine existe, documenta: siempre se cita el ejemplo de las filmaciones de los hermanos Lumiere con los obreros saliendo de la fábrica o el tren llegando a la estación. Desde entonces se han acumulado durante más de un siglo innumerables documentos fílmicos. Puede decirse que la tecnología de los últimos siglos le dio a la ciencia histórica instrumentos documentales de una potencia inédita, como las grabaciones fonográficas, el cine, el video, los registros digitales, capaces de producir y guardar documentos en una cantidad y variedad hasta entonces insospechados. Como en el Mapa del Imperio imaginado por Borges, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él, es posible que no esté muy lejano el momento en que los registros de la vida humana reproduzcan cada detalle de las existencias particulares de todas las personas. Será el apogeo del proyecto moderno de la representación del mundo a través de las imágenes: la época de la imagen del mundo, la llamó Heidegger.

La función documental constituye una de las vertientes posibles del uso de este invento del siglo xix, el cinematógrafo, que es usual ligar a la práctica científica. La otra vertiente estaría constituida por las películas de ficción, a las que se atribuye una función estética o de mero entretenimiento. Documental o ficción, realidad o fantasía, ciencia o arte, conocimiento objetivo o goce estético: es tentador encadenar el primer elemento de cada uno de esos pares. Pero también puede ser productivo desencadenarlos. Podemos problematizar la idea de que existen dos conjuntos de objetos a los que podríamos llamar "películas de ficción" y "documentales" respectivamente. Son dos etiquetas bajo las cuales se intentan agrupar las películas, pero esta clasificación fracasa cada vez que aparece un film de categoría indecidible (lo cual es cada vez más frecuente).


La distinción entre ficción y documental es un intento fallido pero relativamente eficaz de dar cuenta de dos fuerzas que impulsan los cines posibles en direcciones divergentes: por un lado, la capacidad de registro mecánico del aparato cinematográfico (que deja impresas huellas de luz sobre una película); por el otro, su carácter de experiencia alucinatoria, que se lleva a cabo en el momento de la proyección: a pesar de que la pantalla sólo recibe imágenes fijas, vemos imágenes móviles. El espectador de cine se coloca en una posición de submotricidad: en silencio, en una sala a oscuras, ante una pantalla de dimensión enorme, sentado en una butaca, casi inmóvil, lo que más mueve son sus ojos, recorriendo con su mirada la superficie de la pantalla en busca del lugar donde se encuentra el núcleo dramático del plano. Ello acerca la experiencia cinematográfica hacia una especie de experiencia onírica, una suerte de sueño colectivo.

Capacidad de registro y cualidad alucinatoria son dos fuerzas en pugna, presentes en cualquier film, aunque en algunas películas predomina el peso del registro y en otras lo alucinatorio. Quizá en este predominio de uno u otro descanse la distinción que en las primeras décadas del siglo XX quedó fijada en los "géneros" documental y ficción. Quizá por razones industriales la producción de films de ficción tomó la delantera en seguida y el documental quedó relegado a un lugar marginal, hasta el punto en que muchos espectadores creen que sólo las ficciones son "películas". Y sobre esta reducción se sobrepuso otra: la ficción adoptó el modelo narrativo de la novela del siglo XIX, mientras que el documental tomó como modelo al discurso científico. Con el correr de los años, se multiplicaron los documentales cuyo sentido era enunciado por una voice over, la palabra desencarnada que desde el fuera de campo acota y fija el significado de lo que vemos. Más adelante, a medida que la televisión fue ganando terreno, los documentales de divulgación científica (histórica, biográfica, geográfica, zoológica) fueron encontrando en el cuadrado televisivo su hábitat natural. Y finalmente, el modelo científico del documental se encontró con su hermano bastardo: el documental periodístico de entrevistas, llamado cine de cabezas parlantes (talking heads).

Esta secuencia de reducciones de los cines posibles fue impulsada por las condiciones de producción y consumo de la industria cultural y no por la exploración de sus posibilidades creativas o epistémicas. Hablamos aquí de la corriente principal, el mainstream, estatuto que siempre puede ser puesto en jaque por decisiones excepcionales.Nada de esto impide que en toda película siga existiendo esa capacidad de registro y esa experiencia alucinatoria. 

En las últimas décadas se empezaron a producir algunos movimientos en estos bloques inmensos: por un lado, cierto agotamiento del modelo narrativo industrial proveniente de Hollywood (la "fábrica de sueños") que llevó al mainstream a recurrir a sagas, trasposiciones de historietas, series televisivas y bests sellers, remakes, secuelas, precuelas, reboots: un aprovechamiento comercial extenuante de un conjunto mezquino de ideas. Por el otro, una proliferación del registro documental, facilitado por los avances tecnológicos (cámaras de video y luego digitales) que hacen que almacenar registros audiovisuales sea cada vez más fácil y accesible. Esto puede explicar que en la producción independiente -aquella que no está necesariamente atada a los circuitos de distribución comercial- la vertiente documental tenga una presencia cada vez más descollante. Así, se produce una mutación del modelo que se distancia de la función científica y se permite explorar las formas poéticas. The Halfmoon files es un exponente de esta tendencia. Lo que aparece en una película como esta es una interrogación dirigida hacia la materia misma con que se construyen los "documentales". The Halfmoon files vuelve a preguntar: ¿qué es un documento? 


La película de Philip Scheffner parte de un archivo de registros lingüísticos y etnográficos depositados en un museo alemán para terminar desvelando en qué condiciones fueron realizados estos registros. El film propone un movimiento en remisión desde lo que vemos en esos documentos hacia lo que no vemos: los documentalistas / captores de sus objetos de estudio. Nos lleva a pensar no solo, o no tanto, en las culturas exóticas documentadas, sino en la voluntad de poder de los documentalistas. La película está narrada en primera persona y su narrador la presenta como una historia de fantasmas. Con este gesto logra ponerse en contacto, a la distancia, con esas personas reales cuyas huellas quedaron impresas en los documentos. Mientras la ciencia que produjo, clasificó y archivó estos registros pretendía capturar en ellos ejemplares de objetos de estudio, The Halfmoon files quiere hacer emerger la singularidad de ese prisionero desconocido que una tarde de 1916 fue obligado a dejar la huella de su voz sobre un disco de pasta. Si el ideal de objetividad encuentra serios escollos epistemológicos en el ámbito mismo de la investigación científica, una película como The Halfmoon files puede ser comprendida como la venganza de la poesía contra la ciencia, a través de la liberación de un fantasma escondido en los anaqueles del archivo, que logra hablarnos contra la voluntad de sus captores. Ese fantasma ha esperado un siglo para decirnos otra cosa que lo que le quisieron hacer decir. 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Las palabras tramposas, la posverdad y sus diccionarios


por Lidia Ferrari

Como estoy trabajando desde hace años en el problema de la dimensión narrativa de la ficción, la mentira y la verdad, decidí indagar de qué se trata este vocablo de moda: la postverdad o posverdad. Imaginaba que el léxico se estaba aggiornando respecto al predominio de las operaciones que hacen circular información falsa (false flag, por ejemplo) para manipular elecciones o para justificar guerras.  Pensaba que se nominaba a un hecho cada vez más recurrente (pero no nuevo) sobre la erosión del valor de la verdad y el predominio de la mentira como formas de manipulación de la opinión pública.

La primera sorpresa fue encontrar que al buscar en Google sobre la posverdad los primeros sitios que acuden a responder son los canales periodísticos de  la mainstream mediática internacional. Y fui hacia allí. La primera definición la encontré en el periódico español El País:

Se trata de la post-truth o de la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

Allí la primera sorpresa. Se trata de la confrontación entre la subjetividad y la objetividad. Bueno, no tendría por qué sorprenderme como psicoanalista, ya que sabemos que el sujeto desmiente la más enfática realidad en función de sus fantasmas y sus deseos. Pero entonces, ¿qué es lo nuevo en esta definición?  Sigamos leyendo la explicación que nos da el periódico:

La definición es una manera de describir el contratiempo y hasta la conmoción que han supuesto el Brexit o la victoria de Donald Trump. Dos posverdades en la medida en que una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional, reflejando por añadidura la miopía de la clase política en sus iniciativas plebiscitarias o el escaso predicamento de los medios informativos convencionales en su esfuerzo de sensatez editorial. Es una verdad que Trump ha ganado las elecciones. Y es también una posverdad o una metaverdad, precisamente porque no se hubiera producido sin las variables de la emoción, de la creencia o de la superstición.

¡Increíble! No se trata de ese mecanismo psíquico de la desmentida freudiana, o de que el sujeto ve la realidad con sus propios lentes fantasmáticos, o de que la verdad sólo se puede decir a medias. Nos dicen que frente a la objetividad de la verdad, que se nos puede ofrecer a partir de los medios de comunicación “en su esfuerzo de sensatez editorial” o a “la racionalidad”, los sujetos eligen lo que quieren más allá de estos esfuerzos sensatos.


En esta indagación me encontré con el interesante artículo “La Postverdad” de Pablo Boczkowski, en la excelente revista Anfibia. Allí se habla de la destitución de la autoridad cultural no sólo de los medios de información, sino del conocimiento en general. El texto hace un análisis muy valioso de la relación entre la verdad y la información periodístico-cultural en la época actual. Pero no se analiza la definición y la propagación de ese vocablo.

Cómo no estar de acuerdo con la idea de la erosión de la autoridad cultural cuando el “prestigioso” diccionario Oxford decide incorporar el vocablo posverdad. Porque las palabras no significan, cuando hablan, exactamente lo que dice el diccionario, pero el diccionario sí es una fuente de autoridad acerca de lo que las palabras significan.

 Sabemos que el lenguaje nos preexiste, también para quienes poseen poder de manipulación a través de la palabra. También a ellos el lenguaje les preexiste, y no lo inventan sino indirectamente a través de su uso. Todos somos hablados de alguna manera, pero sucede también que en las palabras que se nos imponen hay una forma de manipular las ideas. Continúa diciendo el diario El País:

Todos los ejemplos plantean la relevancia de las cuestiones emocionales. Se votaba más con las vísceras y el instinto que con la razón o la lógica, de tal manera que el Diccionario Oxford considera necesario acuñar un término a medida...

Indaguemos qué se dice en Inglaterra sobre este término.  La “respetable” BBC nos dice:
En 2013 fue 'selfie', en 2014 'vape' y en 2015 'emoji'
¿Y cuál es la palabra de 2016 en inglés según el prestigioso Diccionario Oxford?
'Post-truth' (post-verdad)
Pero, ¿qué significa?
"Relativo a o denotando circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal".
Así define el Diccionario Oxford esta palabra que eligió "después de mucho debate y discusión", según afirma en su página web.
Esta palabra viene a definir una era en la que el que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad.

Reflexionemos sobre estas definiciones. Ellas se difunden después de las elecciones de Trump y del Brexit -agregamos la del referéndum italiano. En ellas los medios de comunicación daban por descontado (manipulaban para que así ocurriese) un resultado opuesto del que ocurrió. Con esta definición de posverdad tendríamos que pensar que la gente que eligió a Trump, la que votó por salir de Europa o el No en el Referéndum italiano eligió la falsedad en lugar de la verdad. Denunciando aparentemente algo, este vocablo nos está guiando a una manera de entender las cosas que suceden. Casi como una operación de falsa bandera. En esas elecciones se produjo –más allá de que nos guste o no nos guste- una diferencia respecto de lo que se esperaba. Si se va a la definición del diccionario Oxford se verá que hay algo que se esfuma. No se habla de la manipulación de la información en relación a la verdad de los hechos. Se pone a cuenta del sujeto (elector en este caso) que elige la subjetiva emoción en lugar de la objetiva realidad. No pone en ningún lugar la idea de “manipulación de los hechos”, sino que confronta hechos con subjetividades, evocando una perspectiva positivista de viejo cuño cuando se trata de un vocablo tan posmoderno.

El mentiroso te dice que no quieres creer su verdad –que es mentira- porque te adhieres a una apariencia de verdad. Más allá de que es cierto –aunque no lo digan- que los medios de comunicación y el marketing político mienten a raudales y construyen una apariencia de verdad en la que la gente cree, como sucedió en las elecciones de Argentina. Pero esta definición no habla de la  manipulación de la verdad mediáticamente extendida por el planeta. Tampoco dice que quizá los electores también hayan votado más allá de esa manipulación.

Aquí intentan traducir el problema en una cuestión de discordancia entre la objetividad de los hechos y la subjetividad de las emociones de cada persona, pero para erigirse ellos (los medios y el diccionario) en detentores de la realidad de los hechos. La BBC, para aclarar nuestras ideas, nos dice:
"Trump es el máximo exponente de la política 'post-verdad', (...) una confianza en afirmaciones que se 'sienten verdad' pero no se apoyan en la realidad", escribió la revista The Economist.

Trump será así el símbolo de la mentira en la política, cuando es difícil señalar que la manipulación de la verdad a través de la información mediática haya sido sólo proveniente de su parte. Como nos ocurre frecuentemente, nos encontramos con la paradoja de que vamos a informarnos sobre lo que las palabras quieren decir en esos lugares que son los primeros en manipularlas. El trabajo psíquico que significa estar continuamente expuestos a estas manipulaciones desde los más “prestigiosos”, “respetables” y sensatos medios de información es agotador. Ahora bien, siempre los diccionarios han inoculado ideología; dependen de quién tenga el poder para construir el significado de las palabras. El diccionario es una máquina de guerra ideológica, pero construida a lo largo del tiempo. Antes de que una nueva palabra sea aceptada en un diccionario pasa una prueba en el hablar de la lengua. Ahora casi que la inventan previamente y la imponen.

Esta erosión de la “autoridad cultural” (Boczkowski) nos pone frente a un problema histórico novedoso. No hay nada nuevo bajo el sol en ese sentido. Ya Hernán Cortés usó el engaño para la conquista “al servicio de poder manipular los mitos de los aztecas para, por ejemplo, hacerles creer que es la encarnación del retorno del Quetzacóatl” *. Lo nuevo son las prodigiosas tecnologías a su disposición. Pero también con estas tecnologías hay posibilidad de que las personas accedan a otras fuentes de información. Es lo que está pasando con la situación en Siria. Un claro ejemplo de que la guerra también se realiza a través de la información, cuando los grandes medios internacionales trabajan tanto para hacer llegar una determinada versión. Existen, de todos modos, otras versiones que llegan en cuenta gotas, pero llegan, de los medios alternativos.

La posverdad no es sino una manera en que intentan apropiarse de la capacidad de resistir a un discurso hegemónico vendiéndolo ya envasado para que se repita por doquier. La “posverdad”: un significante que está allí para confundir. Como hemos dicho en otro lugar **, la velocidad y la eficacia de la información se realiza en torno a alguna palabra, algún sintagma que condense significación y que sea potencialmente unificadora para imponer un sentido. Una manera de intentar socavar la resistencia a la homogeneidad de ese sentido; resistencia que ocurre, a pesar de todo. 


* Lidia Ferrari. La diversión en la crueldad. Psicoanálisis de una pasión argentina, Buenos Aires, Letra Viva, 2016, p. 64.

** Lidia Ferrari. “Una estrategia narrativa de la dominación y la Verleugnung freudiana”, publicado en la revista Psicoanálisis y el hospital, Nro. 49, “El superyó de la época”, 2016.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Vivir sin Fidel


por Juan Manuel Iribarren

En una nota del New York Times sobre la despedida a Fidel se escribe: "El sábado, en la Plaza de la Revolución de Santiago de Cuba, donde todo empezó, el ambiente era cálido. Las personas disfrutaban de la compañía de sus paisanos, amigos y familiares, una conexión humana sin la distracción de selfis ni redes sociales".

Esta frase me recuerda lo que significa cabalmente socialismo: que las personas se relacionen con las otras personas como seres sociales, y no como portadoras de mercancías. Los colectivismos forzados como el de la Unión Sovietica y -en menor medida- el de China lo entendieron a medias: administraron a su gente como productoras -aunque no portadoras- de mercancías, sin darse cuenta de que la producción alienada era justamente la principal enemiga del socialismo. Incluso se puede decir que Lenin terminó siendo un admirador del Taylorismo, diciendo que el ruso era un mal trabajador y el poder soviético debía enseñarle a trabajar, con lo que comenzó a cavar la fosa de sus ideales, a medida que permitía la llegada del poderío soviético y el stalinismo al mismo tiempo. Vendrían miserias, hambrunas y violencias contra la población, en su carrera competitiva contra las otras potencias. Pero en Cuba el campesino siguió siendo campesino, siguió manteniendo incluso sus saberes, y el que quiso ser científico fue científico a favor de la humanidad, no técnico a favor de un sistema de control y destrucción. Ningún sistema de ultravigilancia mundial, ningún arma mortífera: competente investigación médica al servicio de todos. No es que sean más preparados o tengan mejor información, simplemente no quedaron sujetos a los chocantes intereses de la competencia capitalista, lo que también significa que no padecen la necesidad de alienarse para encontrar un lugar en el mercado, mucho menos la de conquistar agresivamente territorios; aunque sí tienen la necesidad de reprimirse para sobrevivir, tanto en lo colectivo como en lo personal: Cuba no puede atacar a sus enemigos, su gente no puede opinar libremente, Cuba simplemente resiste y tiene tiempo.


La censura puede llegar a oprimir, pero la enajenación en el resto del mundo no sólo puede llegar a atontar, embrutecer, enloquecer, sino que principalmente minimiza, vuelve objetos a las personas, las instrumentaliza, las masifica y las moldea como cualquier sistema totalitario: les roba su tiempo. En Cuba puede haber algunos pechos oprimidos, pero a juzgar por el índice mundial de suicidios, de violencia, y de desorden psíquico, parece cuidar mejor a su gente que muchas de esas naciones que aparentan autoridad moral para juzgarla. El capitalismo no es un sistema totalitario, es un sistema de individuos totalitarios, donde la opinión ocupa el lugar de la razón, generando una intolerancia en el pensamiento que conlleva una instrumentalización de las personas esencialmente caótica, porque no existe ningún terreno donde discernir la validez de los argumentos. El falseamiento del respeto por la opinión ajena, falseamiento que presenta el respeto como una relativa validez de todas las opiniones, a las cuales no se le exige fundamento ni se las adiestra en la bondad del diálogo, desemboca finalmente en una sociedad de potenciales psicópatas con potenciales recursos para ejercer su dominio. El precio de haber abandonado la razón en Occidente y de haber exaltado la opinión es que el equilibrio quede fuera de las sociedades capitalistas. Lo que se haga dentro de las universidades, si no sirve para defender ningún interés poderoso, queda dentro de las universidades, y lo mismo pasa con cualquier investigación poderosa en cualquier ámbito público o privado: la sociedad capitalista es esencialmente irracional, no permite la razón: es el terreno propicio a los asesinos seriales y las grandes estafas: puro interés, deseo alienado y balbuceo.Y excesiva, pero excesiva, propaganda. Como único background cuenta con un consumado dominio de la articulación mediática de la falacia: su consabido sentido común. 


En Cuba probablemente no haya sentido común ni opiniones, pero hay fuertes razones. Las personas no parecen objetos que se mueven de aquí para allá con violencia impersonal.Tienen una dignidad que ningún occidental conoce, y la presentan como un legado al mundo. Cualquier dificultad que tengamos en codificar esta dignidad, de acuerdo a las concepciones de dignidad habituales que nos han impuesto, es precisamente lo que vuelve grande a Cuba. No se dejaron imponer nada, ni siquiera su idea de dignidad. Pero se pueden encontrar referentes de esta idea a lo largo de toda la historia moderna, lo que vuelve a Cuba tambien una nación muy consciente de su lugar en la humanidad, y bajo ningún punto de vista excéntrica, sino central. Estos son los motivos por los que el pueblo cubano tiene una página importante en la historia y un lugar especial en el corazón de mucha gente, lo que no tiene ningún otro país del planeta. Las rejas y muros de las embajadas alrededor del mundo tuvieron condolencias, gente reunida, fotos, banderas, flores y velas: cosa que no sucede en ningún otro caso. La revolución cubana sigue y seguirá siendo un símbolo para un pequeño grupo de personas- pero en todos los países del mundo- de algo esencialmente humano, entendiendo humano del modo más amplio posible, como cualquier modo de vida que no obedezca estrictamente a una ideología dominante, basada en el olvido de la humanidad. Por eso en Cuba un libro vale un dólar, por eso Cuba puede explicar Cuba y ni se le ocurre explicar el mundo. Eso debería llamarse alta cultura.  


En nuestro mundo la principal mercancía es la imagen, es saber vendernos de un modo estereotipado, pero en Cuba parecen no darle demasiada importancia a este aprendizaje vital para nuestra supervivencia. En un cierto aspecto intenta representar una libertad que los paises "libres" no tienen la madurez para reconocer como un valiente aporte al mundo: vivir sin tener que cotizarse. Que es exactamente lo mismo que decir: sin tener que proyectarse o ampliarse en una imagen falsa de sí mismo. 

Las imágenes que acompañan al artículo del NYT esconden una grandeza imperceptible, es muy dificil percibir qué piensa esa gente, cómo siente, cuál es su estado de dolor, de resignación o de derrota. La principal sensación que uno tiene al ver esas fotos es la de estar viendo personas a las que les ha caído una enorme responsabilidad del cielo. No hay grandes expresiones teatrales, no hay gestos de desesperación, no hay miradas neuróticas, mas bien parece haber un clima de contención de sentimiento muy especial, muy distinto, como de elaboración lenta, de falta de movimiento, que permite la duda, o que quiere seguir con su vida, quién sabe.Hay como un rasgo inexpresable, raro. Algunos verán sólo un ambiente represivo, otros una condolencia sentida, pero me cuesta ver cualquiera de estas cosas. Lo que alcanzo a ver con cierta nitidez es un pueblo en el momento de asumir una enorme responsabilidad, y que es consciente de esa responsabilidad. Algo impensable en una democracia moderna, donde la responsabilidad es muy limitada, y la conciencia suele ser un subproducto de la imposición de valores hedonistas: para nosotros la comodidad de conciencia es lo principal. Cuba no frecuentó demasiado la comodidad de conciencia y eso se nota en las fotos, en las miradas, en los cuerpos. De ahí lo raro, de ahí la sensación de estar viendo una expresión del sentimiento distinta, como si se hubiera puesto en peligro una idea y hubiera que pensarla, reformularla, adecuarla, pero sin perderla, sin la avidez de los intereses detrás, sin la descalificación en la punta de la lengua, sin ese sentimiento alienado, tan propio de nuestra experiencia hipercodificada, reglamentada y seriada. 


Aparte de la subjetividad del fotógrafo, también la percepción inmediata es un asunto ideológico, por lo que no hay que confiar demasiado en aquello que al mirar llamamos primera impresión. Nos queda tratar de buscar lo imperceptible, porque en lo que parece imperceptible puede estar anidando el futuro o parte del mismo. Limpiar las lentes con las que observamos e incluso reconocer el momento de cambiarlas, y no creer, por ejemplo, que cotizarse es algo esencial al ser humano. O que cotizarse es exactamente lo mismo que valorarse. Lo que nos parece imperceptible no es descuido de la mirada, es el peso de una lente vieja y gastada que no nos deja ver nada. Entonces volver a mirar las fotos, las personas, de nuevo.

martes, 8 de noviembre de 2016

A cuatro años de la partida de Leonardo Favio



NOTA DEL EDITOR: El texto que sigue a continuación fue escrito por Gustavo Castaña cuando acababa de morir Leonardo Favio y publicado el martes 6 de noviembre de 2012 en el diario Tiempo Argentino. La nota, como las frases textuales de Favio que van al final, ya no se encuentran disponibles en la red: 

 Leonardo Favio 

 por Gustavo Castaña

Venía peleando desde hace años contra varias enfermedades que fueron minando su salud. Como lo hacía Gatica en el ring del Luna Park, cayéndose por varias trompadas pero recomponiéndose una y otra vez para luego vencer al rival y tirarlo al piso. Hasta que el cuerpo no resistió más. Pero queda su obra cinematográfica, sus canciones, su militancia política, su incondicional admiración a Perón y Evita. Desde el chico que naciera en Luján de Cuyo, provincia de Mendoza, en 1938, hasta su última aparición pública, cuando recibiera la condecoración Néstor Kirchner por su aporte a la cultura, la vida de Favio estuvo signada por las idas y vueltas de una personalidad única dentro de la cultura argentina, auténtica, genuina, creíble, invadida por un talento intuitivo aluvional que lo llevaría a erigirse en el gran poeta, el artista inconfundible de la historia del cine argentino.

Fuad Jorge Jury nació en una familia de artistas (su mamá, su tía), recorrió los amaneceres y atardeceres mendocinos, fue trasladado a varios correccionales e institutos de menores y vivió las mil y una aventuras en aquellos días de Luján de Cuyo. El adolescente Favio llega a Buenos a mediados de los años 50, acaso recordando para siempre aquella primera pelota de goma que había recibido de la Fundación Eva Perón y preguntándose las razones por las que había sido derrocado el General en 1955. Favio ingresa a la cultura argentina de esos años gracias a la irrepetible amistad que establece con Leopoldo Torre Nilsson, su guía espiritual, y con la musa inspiradora y pareja del cineasta, la escritora Beatriz Guido, quienes adoptan al joven de escasa o nula cultura. Una amistad curiosa pero conformada a base de una sutil complicidad, donde contrastaba el aspecto intelectual de Torre Nilsson, “el director” por aquellos años, con la innata intuición y las inquietudes propias del futuro actor, realizador y cantante, construida desde la calle, el orfanato, el día a día, el fuera de la ley. Y sería con “Babsy” (apodo de Nilsson) donde Favio dejaría algunas de sus mejores trabajos como actor, aferrándose a su rostro fresco y juvenil y a la autenticidad interpretativa sin estudios previos: La mano en la trampa, Fin de fiesta, El secuestrador (donde conocería a su primera esposa, María Vaner), La terraza. Otros trabajos con directores de la Generación del 60 (Dar la cara de José Martínez Suárez; Paula cautiva de Fernando Ayala) irían conformando a un actor que no necesitaba provenir de un conservatorio para mostrar sus virtudes delante de cámara.


Pero Favio quería dirigir y de manera muy independiente pero con la ayuda de Torre Nilsson, haría su gran opera prima, Crónica de un niño solo (1965), feroz retrato sobre la infancia con el pequeño Polín (Diego Puente) de protagonista. “Yo entré a la cultura por la ventana y como soy casi un semianalfabeto me puse a dirigir para disimular mis faltas de ortografía”, comentó alguna vez en un programa de televisión. La cruel mirada sobre la infancia a través del legendario Polín, sustentada en recuerdos de sus días en Mendoza o en relatos de otros chicos, continuaría en las dos películas siguientes conformando un tríptico imbatible por aquellos años: El romance del Aniceto y la Francisca (1967) y El dependiente (1969). Favio construye una trilogía sobre seres ordinarios convertidos en personajes extraordinarios: el Aniceto, la Francisca, la Lucía, el señor Fernández, Don Vila, la señorita Plasini son criaturas que solo pueden entenderse desde la poética del director, seres falibles, queribles, meditabundos, sobrevivientes de un contexto y un entorno de tardes cansinas y rutinas interminables. El lenguaje cinematográfico estalla desde su conocimiento intuitivo y sabiduría sin red para construir tiempos muertos y planos secuencia que disimulan el bajo presupuesto de los tres films. Favio se convierte en el gran cineasta de la época, en el director que supo ver con atención, aconsejado por Nilsson, películas referenciales y cineastas de renombre (Buñuel, Pasolini, Bresson, Truffaut) reinterpretando esas influencias de prestigio en tres títulos auténticamente argentinos, intransferibles, rabiosamente personales.



“Mucho premio, mucho premio, pero yo no tenía plata. El alquiler de mi casa lo pagaba mi mamá o mi tía” Es verdad, los premios recibidos por la trilogía inicial no redundaron demasiado en boleterías y por ese motivo Favio se puso a cantar. Y vaya si le fue bien, recorriendo escenarios del país y Latinoamérica con esa voz pequeña, susurrante, íntima. Llegarían los hits: "Fuiste mía en verano", "Hoy corté una flor", "Ella ya me olvidó", "Simplemente una rosa", "Ding dong, ding dong, son las cosas del amor" y tantos más. Y sus trabajos como actor cantante en dos títulos de comienzos de los 70: Simplemente una rosa y Fuiste mía en verano, en esa esplendorosa época de películas con cantantes como protagonistas principales.


Pero en otro paisaje diferente, Favio vuelve a ubicarse detrás de cámara a fines de 1972 cuando se filman las primeras tomas de Juan Moreira, que se estrenaría el 24 de mayo de 1973, un día antes de la asunción a presidente de Héctor J. Cámpora, quien concurre a la avant premiére en la sala Atlas de la calle Lavalle. La vida del gaucho Moreira (el gran trabajo en cine de Rodolfo Bebán), un personaje tensionado por dos bandos políticos, revienta la taquilla de ese entonces con más de 2 millones y medio de espectadores. Favio ya está metido en un cine de gran espectáculo conformando personajes-mitos (Moreira termina de pie, peleando con su cuchillo), valiéndose de esos finales que emocionan al espectador y que se trasladan a las ventas en discos de las bandas de sonido de las películas.


Un año y medio más tarde estrena su quinto opus, Nazareno Cruz y el lobo (1975), basada en el radioteatro de Juan Carlos Chiappe que Favio escuchaba en las tardes de Luján de Cuyo. El mal que padece el séptimo hijo varón convertido en Lobizón, las palabras premonitorias de La Lechiguana, el infierno que dirige el Poderoso o El Mal (impresionante trabajo de Alfredo Alcón), los rostros bellos de Nazareno y Griselda, el romántico final donde la pareja retoza en el paraíso, en ese edén al que el Diablo jamás accederá pese a su ruego, constituyen otros de los recuerdos imborrables del poeta mendocino. Nazareno Cruz y el lobo es vista por más de de tres millones y medio de espectadores, en aquella primavera política donde el cine argentino pisa fuerte en boleterías.


“Yo quería hacer Gatica en esa época -1975- pero el paisaje no era favorable. Por eso me puse a hacer algo más chiquito” Esa cosa chiquita sería Soñar soñar (1976), la película maldita de Favio, la fustigada por la crítica, la rechazada por el espectador. Y otra de sus obras maestras. Charly y Mario, dos perdedores encarnados por Carlos Monzón y Gian Franco Pagliaro (Favio podía convertir dos piedras en excelentes actores de cine) recorren el paraíso perdido, el país que ya no existe, la utopía que se fue por la ventana. Amigos que se traicionan, mienten y lloran (como hacen sus personajes, salvo el niño Polín), ambos terminarán en la cárcel-loquero acertando por única vez su elemental número de inventiva. Nadie quiso ver ese final que habla de un paraíso perdido y pocos descubrieron esa escena casi surrealista del dúo protagónico junto al enano Polvorita (con el nombre de ¡Carmen!) en el Café Tortoni.


Llegaría el largo exilio donde Favio vuelve a los escenarios de Latinoamérica con su voz, llenando estadios en Colombia, Ecuador, Panamá, Puerto Rico, Venezuela. El director parece casi olvidado y el cantante trasluce como triunfador por las idas y vueltas que fueron marcando su vida.

Su demorado retorno al país se produce luego de Malvinas. Resurgen y aparecen nuevos proyectos que serán descartados por sus subas y bajas, sus propias inestabilidades, sus temores de volver a colocarse detrás de las cámaras después de mucho tiempo. Biografías sobre San Martín, el Che, Cristo, Severino Di Giovanni quedan adentro de un cajón, acaso con un par de líneas escritas o tal vez como producto de una idea que apareció en un instante y luego quedó suspendida en el olvido.


Hasta que, luego de 17 años sin filmar, estrena Gatica, el Mono (1993), la vida del boxeador (extraordinario Egdardo Nieva) en paralelo con el auge y la caída del primer peronismo. Más de medio millón de espectadores concurren a ver la vuelta del poeta en una película eufórica, placentera y triste al mismo tiempo, repleta de puteadas, frases-latiguillos del personaje (“para hablar con Gatica hay que pedir audencia”; “sacá los pies, oligarcón”; “monito las pelotas, señor Gatica”), llantos, miserias, sangre, elefantitos rotos, imágenes en color y blanco y negro y travellings circulares alrededor del ring. La técnica cinematográfica había dado pasos gigantescos desde Soñar soñar y Favio descubre la steadycam con tanta sorpresa que sufre un accidente durante el rodaje, cayéndose de la grúa y rompiéndose varias costillas. “No disfruté de la filmación, lo sufrí mucho”, comentó en su momento. En efecto, Favio no la pasó bien durante el rodaje, como también es triste y solitario el final de la vida de Gatica, arrastrándose por la calle para apoyar su cabeza en el cordón de la vereda luego de que la rueda del colectivo 295 le pasara por arriba a su pierna coja. Pero Gatica no muere sino que termina tirando besitos a la multitud, manchado de sangre y rodeado de banderas argentinas hasta que se congela su imagen. Como no moría Moreira, ni tampoco Nazareno y Griselda: Favio los convierte en mitologías, los transfiere a la gente, al pueblo, a la memoria popular.


Y llegaría el gran mito a través de su incondicional compromiso al movimiento peronista (“el peronismo no es un partido político, es un movimiento de masas”) dijo más de una vez. Surge Perón, sinfonía del sentimiento (1999), monumental miniserie de seis horas donde se entremezclan material de archivo e imágenes en computación para hablar del personaje y de la historia del continente latinoamericano durante el siglo XX. Fanatismo, pleitesía, adoración, mitología, Favio construye el mito Perón elevándolo a la categoría de Mesías de un pueblo rendido a sus decisiones. En las imágenes finales El General ingresa a una Casa Rosada de computación mientras se escuchan salmos y cánticos religiosos que señalarían el desenlace. Pero sobreviene la aclaración pertinente desde la voz en off: “el 1ª de julio de 1974 el General Perón ingresó en la inmortalidad”. Concebida para televisión, la miniserie nunca tendría su estreno oficial en el por entonces ATC, por desavenencias con los funcionarios políticos de entonces.


Su último largo sería una nueva versión de El romance… convertida en Aniceto (2006) y en un film-ballet, bello y poético, donde Hernán Piquín sustituye al personaje que había encarnado Federico Luppi. Desde el punto de vista estético, Aniceto corrobora el interés de Favio por el artificio en el cine, el culto al rodaje en estudio, el camp fusionado al universo näif, simbiosis imposible de encontrar en película alguna de cualquier época. Favio construye un set para su nuevo Aniceto, con soles, lunas, estrellas y nubes de cartón, tal como eran las precarias obras de teatro que había visto en el lejano Luján de Cuyo. Gente querible, cortometraje que integra los trabajos sobre el Bicentenario, sería el opus final del maestro.


Su ausencia es imposible de reemplazar. Tal vez, algún día, alguien se anime a filmar una película o una miniserie sobre Leonardo Favio, contada desde muchas voces y múltiples puntos de vista. Desde su infinidad de facetas (actor, director, cantante, militante del peronismo), junto a sus certezas y contradicciones, su vida artística y privada, su presencia en el palco a propósito de la vuelta de Perón y su exilio político, su sabia dirección de actores o no-actores. Acaso alguien lo haga, pero tal vez hasta eso resulte insuficiente para suplir a un artista irrepetible, intransferible y único de la cultura argentina.



Textuales de Favio

"El pueblo es la gente que yo conozco. Los intelectuales que caminan por la misma vereda de la gente. Los obreros, los trabajadores, los panaderos. La gente. Y después está lo otro, que es el mundo que yo no conozco y que nunca me animaré a contar. Porque no sabría cómo hacerles colocar los cubiertos sobre la mesa. Las familias muy poderosas. Lo popular, en cambio, es la gente, la que transita".

"A veces me parece que Dios está volando por ahí, demasiado alto. Me preocupa, nada sale de la nada. Algún barbudo con sotana, vestido de blanco debe haber inventado todo esto".

"Cuando uno dice ‘corten´ es una sensación que parece que uno dijera: ya está el asado".

"Una vez, yo iba a filmar El romance del Aniceto y la Francisca y no tenía un peso y empecé a elaborar mi sueño: mi delirio era robar un banco y después resulta que realmente lo robaron. Lo planeábamos con Norma Aleandro, soñábamos cómo lo íbamos a hacer y lo robaron exactamente como nosotros pensábamos".

"Si Palito es gobernador de Tucumán , yo puedo ser rey de Londres".

"A Soñar soñar la están descubriendo ahora, en su momento no la quisieron ver".

"Qué sé yo porqué iba en cana. Sospechas de hurtos… denuncias de vecinos… pedidos de captura de algún juez de menores… zonceras… tonterías… Nada digno del bronce".

"Esto de ser monógamo es vivir hipotecado con la hipocresía, como hacerte el boludo. No hay nada más lindo que la fruta prohibida. ¿Quién no se quiso voltear a la cuñada? ¿Vos crees que hay algo más que te excite que una cuñada hermosa? Esto que en el hombre se da con la cuñada, en las mujeres se da con los primos".

"Siempre me gustó la marginalidad, porque intuía que era un mundo diferente, más divertido. Los marginales no están agazapados. Nunca me gustó la gente agazapada, esa que compra los muebles antes de casarse. Yo te amo y listo, vení, vamos debajo de un puente. Después, Dios proveerá".


"Gatica tenía la picardía de Buenos Aires y la inocencia del hombre porteño, a pesar de ser un hombre del interior. Gatica era jugado. Monzón era más frío. Gatica tenía pasión, locura, suicidio. Gatica es un suicida. Monzón no. Monzón debajo del ring era como un niño malo. Monzón era niño, niño, niño. Gatica te putea pero no te hiere".

"Compuse 'Fuiste mía un verano' como pretexto para cantar. Muchos lo relacionan con cosas. Si me sucediera todo lo que en las canciones, me muero de un infarto. Yo componía una canción por segundo".

"Mis amigos de Mendoza se quedaron allá. Voy siempre a verlos, salvo al Negro Cacerola que murió. Pero ya nos comprometimos a estar juntos cuando nos vayamos. Yo me puse en contacto con la familia del Negro Cacerola. Sé dónde está enterrado y hablé con la Municipalidad porque, porque cuando llegue el momento de partir, estaremos enterrados todos juntos, como los emperadores chinos".


"Cuando me dirigía por primera vez hacia Perón no podía ni caminar. A medida que me acercaba al porsche de la casa sentía que se me enredaban las piernas. Tomamos té con leche y matecito. Habremos estado como cuatro horas. A él le gustaba estar con argentinos durante el exilio. Era muy cálido, paciente. Tenía la paciencia de los sabios. Más que charlar yo me dediqué a escuchar".

miércoles, 26 de octubre de 2016

Prestigio / El vigor del contenido

por Gabriel Fernández
La imagen de Jorge Omar del Rio, Arturo Jauretche, Libertario Ferrari podría considerarse definitiva: subidos a cajoncitos de manzanas, repartiendo los Cuadernos de Forja y explicando sus contenidos. Una locura. Era una confrontación superior a la de los medios nacional populares del presente con el monopolio. Los diarios La Nación y La Prensa llegaban a todos lados y eran la orientación plena de la opinión pública. No había otra cosa. Y no la había, para aseverarlo lejos de cualquier metáfora.
Lo que surgía como problema para esos medios enormes y para el control político ideológico reinante era otro factor, bastante sencillo, difícil de aseverar en un mar de conceptos socioloides hipercomplejos: sus contenidos eran acertados. Decían la verdad. Analizaban el presente de la época con precisión y buena información, proyectaban un espacio popular todavía en ciernes. Calzaban justo en las necesidades de un pueblo y de su historia en movimiento. Eran inteligentes y perspicaces. Esas ideas perviven hasta hoy.
Existen frases que quedan bien, brindan prestigio al afirmarlas, aún cuando raspando un poco se comprenda rápidamente que su fundamento es estrecho. El tema de las redes se encuadra perfectamente en esa dirección. Vamos ahí: la crítica acerva y culta a las redes sociales no es más que una variante de un elitismo sostenido por quienes, ante medianías propias, necesitan realzarse a través de la diferenciación.
Hace años se debatió algo parecido en derredor de la televisión. Por entonces, el gran director teatral y televisivo Alberto Ure indicó que conocía grandes actores de teatro y de tv, y que un medio no iba en desmedro del otro. Añadió que también conocía grandes boludos en uno y otro ámbito. Criticó a quienes ponen los ojos en blanco cuando se menciona la palabra teatro y fruncen el ceño cuando se habla de la pantalla chica.
Otra cosa es que se acuerde o no con el contenido de una emisión. En papel, en AM, FM, TV abierta, TV Web, Tv cable, blog o web. O twitter o facebook. Es decir, en todos todos los espacios, hay productos e ideas de calidad y otros desdeñables; hay mentiras y manipulaciones, así como certezas. Pero el “bien” comunicacional no se halla en el soporte técnico. El gran error en la historia de la sociología lo constituye una frase que aún hoy –fíjense- posee prestigio: “el medio es el mensaje”.
Tremendo disparate de Marshall McLuhan: como si fuera lo mismo, digamos, apoyar un golpe de Estado por televisión, o rechazarlo.  Como si resultara armonizado por el soporte un mensaje que deteriora la industria nacional con otro que la impulsa. Tanto para los espacios tradicionales como para los emergentes a través de las nuevas tecnologías, cabe un simple aserto: el medio es el medio, y el mensaje, es el mensaje. La adecuación estilística no tiene porqué contradecir contenidos sólidos.
Bien, en esa misma dirección, la crítica a las redes sociales amparada en la multivariedad de informaciones certeras y equivocadas, de campañas malintencionadas y de otras benéficas, de materiales profundos ante muchos con rasgos triviales, omite indicar que lo mismo sucede en los demás formatos. ¿Acaso el señorial papel cortado tamaño sábana de La Nación ofrece verdades, en detrimento de las webs nacionales y populares? ¿Quizás la pantalla tradicional de TN mejora a la comunidad, mientras las imágenes televisivas de las redes la empeoran?
Y sin embargo, desde nuestro propio campo siguen desplegándose asertos que devalúan la creciente e intensa labor informativa y analítica, así como creativa y humorística, de los medios que se han posicionado cual vanguardia periodística frente a quienes insisten en mostrarse como ejes de veracidad y seriedad comunicacional. Justamente estos últimos, debido a sus contenidos, pero amparados en la zoncera de confundir soporte con prestigio vienen envenenando  a la sociedad con tergiversaciones notorias sobre el pasado reciente y las perspectivas nacionales e internacionales futuras.
Vamos al oficio. El periodista cree, una vez instalado sobre una técnica, que ha encontrado la clave de la comunicación adecuada. Los cambios lo descentran, lo preocupan. Le obligan a salir de la comodidad para zarpar rumbo a tierras incógnitas. Así ocurrió cuando debido a la agilización del diseño y la inclusión de imágenes y fotografías, se inició el recorte en la extensión de los textos. Los largos artículos debían reducirse a síntesis que calzaran en el raft trazado por el diseñador.
Esto originó numerosos debates intestinos. Hasta que el tiempo –por así llamarlo- fue develando una certeza dual de sumo interés: 1 todos los materiales pueden ser reducidos si al talento del redactor se le suma un ingrediente, la capacidad para transmitir una información y una idea en pocas líneas; y 2 hay un público para cada tema, para cada estilo, y esto incluye la exigencia de textos extensos, que ahonden en asuntos a los cuales vale la pena destinar un buen tramo de lectura. La potencia de este equilibrio permite que le dediquemos  un interesante espacio al análisis de la multilateralidad, en tanto lancemos una versión esencial de las denuncias sobre lo que ocurre en Siria.
Semejante situación destituye la caracterización acerca de las limitaciones impuestas por la extensión. Muy especialmente ahora, en la web. Donde ese proceso de reducción alcanza su cenit y al mismo tiempo explota… pues hay lugar para todo. Es preciso entonces indicar: quien supone que las personas leen poco porque los textos de un twitt son ultrasintéticos, puede llegar a pensar que seres absolutamente ajenos a sus intereses y preocupaciones leerían materiales sólo porque se les ofrecieran en formatos de gran extensión. En realidad las personas no leen lo que no les interesa. O mejor: tienden a leer lo que les interesa. Nos guste o no.
En ese marco, puede aseverarse que en líneas generales se lee más (también, se juega mejor al fútbol, contra todas las opiniones difundidas, pero ese es otro tema, aunque ligado) porque la existencia de las redes obligan a una habitualidad de lectura y escritura que las generaciones anteriores no poseían. Y va entonces el comentario: pensar que se leen tonterías debido a la existencia de las redes, implica presuponer que antes se leían cosas trascendentes a raíz del soporte a través del cual se ofrecían los textos. Es un desatino pensar que hemos alcanzado la sabiduría universal, así como lo es que ingresamos, tras un ciclo brillante, a una época de tinieblas informáticas.
Pero todo esto configura variantes colaterales del debate. En realidad, las tecnologías son elaboraciones humanas, tienden a la democratización de la vida y son usufructuadas por los pueblos. Cuando indicamos que son elaboraciones humanas lo hacemos con intención: encarnan la maduración de nuestra especie en un período determinado. Es importante precisarlo, porque  se tiende a pensar que se trata de creaciones empresariales, debido a la marca impresa en el producto  una vez que generaciones de obreros, empleados, técnicos, especialistas, cooperaron con la realización. Por eso la humanidad adopta los avances tecnológicos con cierta naturalidad. Le son propios.
Y bien que los rehace y los reorienta. Porque si por un lado la invención beneficia a las cúspides empresariales y estas las disponen con rasgos acordes a sus intereses, los pueblos las aprovechan para insertarles sus contenidos. Y si esto puede ser válido en general, sabemos la complejidad de una discusión sobre ciencia y tecnología en toda la línea; por eso nos restringimos al tema: estamos convencidos de la certeza de la afirmación en el área comunicacional. De hecho, se ha tornado imposible ocultar sucesos represivos como en otros tramos de la historia. Las mentiras de los poderes concentrados son evidenciadas con una rapidez y una capacidad expansiva notable. Y las ideas transformadoras tienen una circulación intensa.
Ahí, claro, nace la objeción. –Y con todo eso ¿qué cambia? La misma pregunta implica un error, pues la comunicación nuncaresultó eje motor de las transformaciones, sino apuntalamiento de las batallas políticas que los pueblos libran en las calles, en los comicios, en los gremios y en los congresos. En la cultura. Tampoco cambiaba nada per se con la difusión de un artículo extenso y profundo en el pasado. Contribuía, como hoy, a forjar una zona poblacional crítica, pensante y a mejorar por tanto el accionar de las franjas más dinámicas. Pero el misterio de porqué cuándo cómo dónde se genera un camino revolucionario está más allá de una publicación. Ni hablar del quién, gran debate sobre el Sujeto. No lo generaron los artículos del 18 Brumario, no lo originó Operación Masacre, no lo produjo el Libro Rojo.
Lo cual nos lleva al nudo lejano de la discusión. Nada es en sí mismo revolucionario. Queda bien decirlo, pero no es cierto. La poesía, el rock, Beethoven, el marxismo, la contracultura, el peronismo, la pasión, la sabiduría, el sexo, el cine, la literatura; el ping pong. Nada. Toda expresividad humana, si calza justo en el segmento exacto en el momento adecuado, potencia el cambio, moviliza el quiebre de viejas estructuras y abre nuevos senderos. Pero no lo concreta por sí misma. Es parte de un volcán conjunto, del emerger de toda una comunidad que necesita modificaciones trascendentes y toma las herramientas disponibles para llevarlas a cabo.
El periodismo, puesto en su justo lugar, no ha logrado –porque no podía hacerlo- llegar más allá. Es canal de control, desinformación y desorientación del poder, así como lo es de conciencia, reflexión y movilización de las regiones populares antitéticas. Posee una variedad enorme de zonas grises, contiene múltiples facetas, incide bastante y daña o mejora con intensidad; pero aunque le pese a colegas que evalúan tener un lugar más valioso que el descripto, no va más allá. Los beneficios planteados párrafos antes acerca de las virtudes de las redes no escapan a ese diagnóstico; estamos muy lejos de suponer que su expansión libera por su misma expansión. Pero de allí a aceptar la versión según la cual empeora las cosas, no.
Sin embargo, la apertura tecnológica si contiene un elemento que hemos mencionado: tiende a democratizar. Y no “falsamente” como se dice por ahí. Antes del desarrollo que impuso a la radiodifusión la tecnología adaptada por la organización Montoneros con sus camioncitos durante la dictadura, para difundir algo por una radio había que tomarla militarmente. Apuntar al locutor, extenderle el documento y decirle  -con la simpatía propia del militante- “leé esto”. Andando el tiempo, esa cajita simple llegó a todos los pueblos del país y existen miles de radios que en sus zonas de llegada compiten con las más importantes. Y sirven, a su modo. Muchas ayudan a pensar, informan lo que otros no dicen. Contribuyen a organizar.
Antes de internet para emitir masivamente era preciso poseer un medio de comunicación. Hoy, una persona –con la única condición habilitante de ser alfabetizada, lo cual no es poco, admitimos- se convierte en emisor universal desde su hogar o, por qué no, desde un económico locutorio. Ingresa a las redes y dice. Lo que quiere dice. Y resulta ser que muchos, muchos, dicen pavadas. Pero también resulta ser que unos cuantos ponen en cuestión la grandeza de los grandes escritores y las veleidades de grandes periodistas… y dicen cosas atinadas, creativas, talentosas, certeras. A veces mejores que las emitidas por soportes y personalidades consagradas. Y reúnen lectores, y congregan grupos, y fomentan causas.
¿Porqué olvidamos victorias? Es habitual indicar que no hay que desdeñar la experiencia aquilatada en los fracasos. Está bien. Pero tal vez resulte peor dejar de lado, desmerecer, ignorar, los propios logros. Por eso arrancamos con los Cuadernos de Forja, el gran éxito periodístico de la historia argentina, pero podemos seguir aquí y allá desmembrando prestigios y preguntándonos si alguien evoca hoy al todopoderoso editorialista de los años 40 del diario La Nación. Qué se yo. Pero Raúl Scalabrini Ortiz, mal que bien, dejó su huella con un medio alternativo por excelencia. Rodolfo Walsh jamás publicó en un medio grande, comercial o masivo. Pero hay mucho más.
Aunque ahora se olvide, durante la pugna entre el gobierno nacional popular y los grupos terratenientes llamados “el campo”, todas las pantallas todas estaban con la oligarquía. En las primeras semanas habían conseguido orientar a la opinión pública en la queja por la insensibilidad oficial hacia los labriegos sudorosos. Fueron los blogs y las radios populares las que quebraron ese discurso en el seno de la militancia popular y, por extensión, en buena parte de la población. Más cerca, todo el esquema comunicacional –TV, radios, diarios, sus webs- se lanzaron con energía a una operatoria profunda en el Caso Nisman. Un puñado de webs, radios y TV webs, desmembramos la campaña y evidenciamos la falacia. Con la sola compañía tradicional del diario Página 12.  A ver si creen que C5N con Feinman nos daba crédito.
Después se perdieron las elecciones. Por motivos, insistimos, que superaban a la cuestión comunicacional. Aunque si se hubiera confiado en esos medios no tradicionales, quién sabe cómo se hubieran desplazado los debates de campaña. Pero bueno. Ya hemos planteado esa discusión.
¿Adónde vamos en definitiva? Acá: tenemos demasiados expertos, contra lo que se piensa, en asuntos mercadotécnicos, en las ciencias de las redes, que intentan convencernos a quienes nos ocupamos de los contenidos, que los Ellos son tan poderosos que jamás podremos alcanzarlos. Estos amigos bien intencionados, miden y miden y dicen “nadie lee al campo nacional y popular, todos ven lo que ellos quieren” y siguen midiendo y siguen midiendo y se les cruzan las mediciones y nos explican que los lectores en redes se vinculan por su cercanía conceptual, como si antes hubiera sido distinto, y miden y miden y desfallecen ante el poder de los poderosos. Y nos dicen “¿Forja? ¡Pero ahora no es lo mismo!”, y enfurecen cuando les decimos “es cierto, ahora tenemos más herramientas, no menos”.
Entonces terminan tirando el argumento “científico” por los aires y recaen en el decir del viejo nostalgioso de fútbol era el de antes (cuando él era joven): “es que no hay Jauretches, no hay Walshs, no hay…” . Esos perdieron antes de pelear.
No confían en el vigor de una buena idea.
Nosotros, sí.
*Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica
POSTDATA DEL EDITOR: Algo en la línea de lo que aquí propone Gabriel Fernández habíamos empezado a charlar la semana pasada en esta conversación publicada por La Señal Medios. Ahí empezamos cuestionando el prejuicio de algunos que piensan que Dylan no calificaba para el Nobel porque una canción no está escrita para un libro sino para ser cantada. Y después seguimos pensando acerca de las problemáticas relaciones entre autoridad y autoría en las redes sociales y en los medios tradicionales.