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sábado, 25 de noviembre de 2017

La repetición 4

(¿Final?)




por Oscar Cuervo


Repito: uno de los gestos más extraños en la carrera editorial de Søren Kierkegaard es haber publicado el mismo día de 1843, en la misma ciudad, dos libros con distintos pseudónimos (La repetición -Gjentagelse- de Constantin Constantius y Temor y temblor de Johannes de Silentio). Más todavía, un año después otro pseudónimo suyo, Vigilius Haufniensis, escribe en una de las notas al pie de El Concepto de angustia, como de paso, que en ambos libros se trata el mismo tema: la Gjentagelse; es decir: la recuperación o repetición. La nota de Haufniensis es sorprendente porque a primera vista se trata de dos libros muy diferentes, de muy diversas tonalidades -Stemning, otra palabra clave del léxico kierkegaardiano, con la que los traductores al castellano no han sabido bien qué hacer. La tesis que vengo proponiendo en esta serie de notas es que Temor y temblor es el fuera de campo de La repetición: en Temor y temblor acontece esa recuperación de la que tanto se habla en La repetición sin llegar a alcanzarse. Temor y temblor ilumina aspectos que en La repetición quedan oscuros pero también al revés: Temor y temblor se entiende mejor cuando se lee superpuesto a La repetición (como si se observaran a trasluz dos radiografías para armar con ambas una figura que, mirándolas por separado, no se puede captar). El pseudónimo Johannes de Silentio sugiere aquello de lo que no se puede hablar de manera directa sino solo como si se observara detrás de un vidrio oscuro. Lo decisivo no puede decirse sino apenas aludirse.

Los habitantes del mundo actual vivimos en medio de una maraña de signos. El despliegue tecnológico multiplicó esta sobreabundancia de mensajes que a mediados del siglo XIX ya aparecía, cuando Kierkegaard marcaba con acidez el envilecimiento del discurso periodístico -y hoy se infló mucho más: ¿cuánto tiempo se pierde diciendo o escuchando noticias sin destinatario, sin peso, sin seriedad, sin compromiso auténtico? Hoy nuestro espacio está saturado de mensajes. 

La experiencia por la cual alguien se siente interpelado por una palabra es inusual, porque hoy domina un modelo de comunicación impersonal. Nos dicen y decimos palabras sin peso, sin que sea preciso tomarlas demasiado en serio, sin que el decir y la escucha fueran a desubicarnos de nuestra habitual distracción. Si se habla mucho y se escribe más, puedo distraerme, porque nada está especialmente dirigido a mí, nada de lo que diga o me digan será decisivo. Las palabras pueden entrarme por un oído y salirme por el otro sin que pase nada grave, total el que las dice tampoco las dice muy en serio. Las palabras que oímos o leemos parece que nunca son “para mí”, sino para cualquiera, y en definitiva para nadie. Podemos olvidar lo que significa que una voz nos hable, más precisamente que una voz me hable, que se dirija únicamente a mí, que yo pueda reconocer que soy el destinatario único de esa voz. El acontecimiento de que una voz me tenga como singular y eterno oyente aparece en la historia de Abraham, en un pasaje del Génesis (22, 1) que dice:

“...sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: «¡Abraham, Abraham!». El respondió: «Heme aquí». Díjole: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moriah y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga».

“Levantóse, pues, Abraham de madrugada, aparejó su asno y tomó consigo a dos mozos y a su hijo Isaac. Partió la leña del holocausto y se puso en marcha hacia el lugar que le había dicho Dios”.

Puse a propósito "eterno oyente", una expresión difícil de ubicar, porque suena un poco hueca o ridículamente solemne, demodé. ¿Como voy a ser eterno oyente si no creo en la eternidad, si nadie cree en ella? Atenti: si una palabra se dirige solo a mí, por mi nombre propio, si una voz me está llamando, ese llamada es para siempre aunque suene en el tiempo. Soy llamado y voy a responder o no. Si no respondo, mi distracción va a seguir para siempre y la voz seguirá flotando suspendida, llamándome todavía cuando ya no quede rastro de mí. Eternidad en el tiempo es una encrucijada, el instante -Øjeblik en danés. Si respondo, asumo mi nombre por primera vez, de golpe y para siempre. Es entre el llamado y mi respuesta que devengo eterno, algo que en principio no soy si ninguna voz me llama a mí y solamente a mí.

El relato de Abraham comparte la desgracia de todo texto célebre: lo escuchamos tantas veces que su sentido se fue neutralizando, es decir, ya no nos dice nada. En Temor y temblor Johannes de Silentio se escandaliza de que en la misa del domingo se pueda reiterar el relato sin que nadie sienta pavor, porque que lo que se cuenta es terrible, aun cuando ya no nos pase nada al oírlo. El relato no es terrible solamente porque lo que se cuenta en él incluye la posibilidad del asesinato de un niño por parte de su padre. Es terrible ante todo porque esa voz a la que Abraham le adjudica una autoridad inapelable se dirige a él en particular, para que haga algo que sólo él puede hacer. Le pide que haga un sacrificio. Sacrificio: volver sagrado algo que en principio no lo era. Pero ¿comprendemos que significa volver algo sagrado? ¿Dice la palabra “sagrado” algo todavía para nosotros? Porque si esa palabra no dice nada, lo que se está contando es la historia de un asesino, del peor asesino, porque está dispuesto a matar a su propio hijo. De Silentio quiere entonces reavivar el terror que este relato enciende, que vuelva a trasmitir el temor y el temblor que, bien escuchado, tiene que provocar. Con ese fin es que escribe Temor y temblor, con el de desneutralizar la impavidez con la que hoy escuchamos el relato, porque para nosotros se volvió un bien cultural, es decir, en algo que no puede tener nada de sagrado y entonces no puede suscitar temor. Impavidez, impotencia para aterrorizarse, sordera para lo sagrado son los rasgos de la existencia humana actual. Somos post-modernos (e incluso post-post-modernos) y todo eso nos suena a antigualla.

¿Cómo lograr el propósito de infundir un tipo de experiencias ya olvidadas? Kierkegaard idea un dispositivo literario complejo y refinado que la filosofía de su época -una filosofía dominada por la pretensión de sistematicidad- desconocía. Para empezar, practica un discurso narrativo y no argumentativo: no va a desarrollar una serie de razonamientos encadenados en sucesivas premisas y conclusiones, sino un relato: va a contarnos una historia. Pero no va a contarnos directamente la historia de Abraham, sino la de un hombre que leyó la historia de Abraham y al leerla quedó obsesionado por ella. Por consiguiente, este hombre, el protagonista de Temor y temblor, vuelve una y otra vez, a lo largo de los años de su vida, a pensar con horror en la historia de Abraham, un horror que incluye la conciencia de que él, el lector, es incapaz de comprender del todo lo que esta historia significa. El libro trata entonces no directamente de la experiencia de Abraham al escuchar esa voz que le ordena hacer algo terrible (algo sagrado), sino de la dificultad que tiene un lector de este relato por comprender de qué se trata la misión de Abraham, de cómo Abraham puede escuchar una voz dirigida exclusivamente a él y ser capaz de responder a esa voz.

El que cuenta la historia del lector obsesionado por Abraham y por la voz que le habló no es directamente Kierkegaard, sino un escritor llamado Johannes de Silentio. Kierkegaard crea un personaje, Johannes de Silentio, para que escriba un libro, Temor y temblor, que cuenta la historia de un hombre obsesionado por un relato del Antiguo Testamento. Esto es lo que unos años después de Temor y Temblor Kierkegaard declarará como su “estrategia de comunicación indirecta”, porque lo que lo que hay para comunicar no es un saber que se pueda trasmitir sino algo que sólo puede comprenderse de un modo oblicuo, dado que el lector tiene que tomar una decisión acerca de su sentido. Este juego de cajas chinas es el sofisticado mecanismo de escritura y de pensamiento de Kierkegaard. 

El juego de pseudónimos está muy lejos de ser una mera representación decorativa de algo que podría decirse de manera más sencilla, como los más obtusos lectores de Kierkegaard asumen. Kierkegaard quiere resaltar un obstáculo para la comprensión, la dificultad de ponerse en el lugar de otro. Y acá, en este juego de espejos, hay varios otros: el narrador del Antiguo Testamento, Abraham, el lector de la historia de Abraham, el escritor de Temor y temblor -Johannes de Silentio-, Kierkegaard y el propio lector, es decir: cada uno que lee Temor y temblor. Lo que así se patentiza es que estas posiciones son singulares, intransferibles, inconmensurables, que el sentido atañe en cada caso a uno y sólo a uno (a mí y solo a mí) y que ese sentido no puede trasmitirse como si se tratara de un saber. Kierkegaard, a través de Johannes de Silentio, quiere hacernos pensar en la distancia que nos une a Abraham y en la cercanía que nos separa de él. Un continuo efecto de identificación y distanciamiento, una identificación incierta, inestable o recurrentemente fallida. Sigue de Silentio:

“Leemos en la Escritura: «Dios tentó a Abraham y le dijo: '¡Abraham, Abraham!'. El respondió: «Heme aquí»”. ¿Has hecho otro tanto tú, a quien se dirige mi discurso? ¿No has clamado a las montañas «¡ocultadme!» y a las rocas «¡sepultadme!» cuando viste llegar desde lejos los golpes de la suerte? O bien, si hubieras tenido más fortaleza, ¿no se habría adelantado tu pie con lentitud suma por la buena senda? ¿No habrías suspirado por los antiguos senderos? Y cuando el llamado resonó, ¿guardaste silencio o respondiste muy quedo, quizá con un susurro? Abraham no respondió así; con valor y júbilo, lleno de confianza y a plena voz exclamó: «Aquí estoy»” .

Notemos la irrupción del autor que de pronto gira la cámara y apunta al lector: “¿Has hecho otro tanto tú, a quien se dirige mi discurso?”. Esta irrupción hace aparecer al lector, lo concretiza, cuando hasta ese momento parecía estar oculto entre la multitud de posibles lectores abstractos. Mediante la apelación, el lector -en cada caso único- es iluminado con una haz de luz cruda. 

(Probablente Kafka se haya inspirado en este gesto para poner en escena el episodio "En la catedral", donde Joseph K es llamado por su propio nombre por el sacerdote en la catedral oscura y ya vacía, en El proceso).

Así como Dios llama a Abraham, en un reflejo especular, Johannes de Silentio llama a su lector. Si Abraham responde: “acá estoy”, si reconoce que es precisamente él y  nadie más que está siendo llamado por su nombre, ¿qué le cabe hacer al lector de Temor y temblor? ¿Sos capaz de hacerte cargo de responder a la voz que te habla a vos y contestar también “acá estoy”? Pero ¿existe acaso una voz que pueda llamarme de esta forma? Y si existiera, ¿sería yo capaz de escucharla, de darme a conocer cuando se me llama por mi nombre?

Sobre estas cuestiones, que podemos llamar las cuestiones de la singularidad, de ser  en cada uno único y quedarse cada uno solo, sin escondite posible, ante una voz que nos reclama, es que Kierkegaard despliega la temática no sólo de Temor y temblor, sino, con numerosas variaciones, de toda su obra. Por eso creo que puede tomarse este libro como el punto de cruce de las diversas posibilidades de sentido que despliega la autoría kierkegaardiana en su totalidad. Esta autoría incluye varios otros libros que la mano de Kierkegaard escribió, pero firmaron distintos pseudónimos que siempre encarnan voces diferentes; y también los libros firmados por Kierkegaard en su nombre propio. Y a esto podemos agregar las miles de entradas que escribió en su diario personal a lo largo de los años, cuya localización en su obra de autor puede discutirse. 

Esta totalidad a la que aludo cuando hablo de la obra kierkegaardiana no es una totalidad cerrada, porque fue concebida mediante una estrategia literaria que ensaya una comunicación indirecta, es decir, algo que no puede terminar de decirse. Esta totalidad autoral imposible está siempre trunca, no existe como una cosa o como un conjunto de cosas en determinado lugar, disponible en cualquier momento. Si Kierkegaard dispuso su obra como una polifonía de voces cuya unidad va a ser siempre problemática, es sobre todo porque es el pensador que hace consciente para la filosofía occidental el problema de la comunicación indirecta, una forma de dirigirse al otro que siempre está a la espera de que cada lector desencadene un sentido que a él únicamente le atañe.

Volvamos al relato de Abraham e Isaac. 

Johannes de Silentio dice que, de tan conocida, ya nadie es capaz de escuchar esta historia con la tonalidad adecuada (Stemning), de afinar con lo que ella dice. Porque la historia solamente se puede oír con temblor. Si alguien habla de ella, por ejemplo en un sermón del domingo o en una clase de filosofía o teología, con ligereza o abulia, con ingenio o sorna, se trata de un simulacro que desafina la tonalidad del relato. Johannes de Silentio dice que para comprender el relato no podemos saltearnos los tres días y las tres noches que atraviesan Abraham e Isaac rumbo al monte donde se va a hacer el sacrificio. Tres días y tres noches en los que Abraham tiene que mantener la calma, conservar vivo el amor que siente por su hijo, sin transmitirle ningún tipo de terror. Porque, si Isaac captara un pequeño atisbo de terror, podría quedar para toda la vida aterrorizado. ¿Cómo hace Abraham para caminar tan confiado, sabiendo que cuando llegue al monte tiene que empuñar el cuchillo para sacrificar a Isaac? Porque lo cierto es que, según el relato, Abraham va confiado y dispuesto a empuñar el cuchillo. Lo que asombra a Johannes de Silentio, lo que le resulta admirable y a la vez terrible, es que Abraham no dude y haga todo este camino con confianza. Johannes de Silentio dice que no puede entender que un padre admita perder a su hijo y lo que es peor aún: lo terrible es que Abraham sea el propio ejecutor de esa pérdida, el que tenga que empuñar el cuchillo para hacer él mismo lo que la muerte haría de todos modos al cabo del tiempo: ultimar a su hijo.

Se trata de una pérdida no solo asumida, resignada, aceptada sino ejecutada por el padre. Este caso es mucho más insoportable que los de La repetición y el Libro de Job. Porque a Job es Satán el que le va provocando esas terribles pérdidas y en La repetición el joven tiene miedo de que el tiempo le quite a su amada, pero acá es el propio Abraham el que tiene que ejecutar a su hijo, el que tiene que empuñar el cuchillo para matarlo, de acuerdo con el mandato de la voz divina. Johannes de Silentio dice que admira a Abraham pero no lo puede entender. No puede comprender cómo Abraham va con confianza y cómo es capaz de empuñar el cuchillo sin mostrar el menor asomo de angustia.

Podemos inferir que la coincidencia cronológica en la aparición de los dos libros es decisivamente significativa para el sentido de ambos: mediante este juego Kierkegaard quiere señalar la copertenencia de ambos planteos en una unidad temática esencial, que en los dos es aludida de manera indirecta. La clave es que en ambos casos se trata de una prueba a la que un protagonista es sometido por un otro desconocido. En Temor y temblor la prueba consiste en ver si Abraham es capaz de devenir en padre de Isaac. Para eso tiene que hacer un primer movimiento: darse cuenta de que Isaac, el hijo que tanto ama, ya está perdido, está destinado a morir, como todos, a ´perderse como todo lo que alguien tenga en la vida. 

Todo lo contenido en nuestra existencia nos conduce a ese destino de muerte, así es como en algún momento sentimos nuestra finitud. Abraham tiene que asumir la pérdida de su hijo (y eso sería resignarse, algo que, por más duro que sea, es humanamente posible). Pero a la vez, mientras lo pierde,  Abraham tiene que ser capaz de recuperar en el mismo movimiento a Isaac. Entonces por primera vez se vuelve propiamente padre de Isaac, cuando ya lo ha perdido y aún así lo sigue teniendo, ahora en un sentido transfigurado, es decir (perdónenme) sagrado

Si Abraham no es capaz de empuñar el cuchillo, aceptando que Isaac está perdido, entonces pierde a su hijo. Y la única manera de volverse padre de Isaac, de recuperarlo, es empuñando el cuchillo. 

¡Pero esto es una paradoja! dice el autor de Temor y temblor, algo absurdo para la razón humana. Y para colmo, desde el punto de vista de lo general, desde el punto de vista del deber ser de un padre, lo que está dispuesto a hacer Abraham es abominable: el asesinato de su hijo. Esto no puede ser comprendido por nadie. Él no se lo puede explicar a nadie, ni a su esposa, ni menos al propio Isaac, que odiaría a su padre si escuchara lo que él está dispuesto a hacer, lo que tiene que hacer. La comunidad no se lo va a perdonar nunca, pero Abraham tiene que ser capaz de quedarse solo ante esa voz que lo llama y dejar de lado todo refugio en la comunidad. Solo. Esto le atañe solo a él como padre de Isaac, no como “padre” en general, como idea de lo que es un padre, sino como el padre de su hijo en su intransferible singularidad. 

Abraham está guiado por otra cosa -una voz- que la sociedad no puede escuchar. La voz que lo llamó por su propio nombre. Le dijo: Abraham. Y él respondió: acá estoy. Escuchar esta voz abre la posibilidad de que él recupere lo que de otra froma ya está perdido. Abraham, dice Johannes de Silentio, no puede disponer de esa voz que lo ha llamado, no puede inventarla, crearla desde sí, construirla como un artista ni con la ayuda de los otros. Abraham puede escuchar o no escuchar, puede responder o no a la llamada, pero no puede inventar esa voz. 

Hay una precondición que no es suya, que depende de algo que excede a su voluntad (y esto separará para siempre a Kierkegaard de Nietzsche), ante lo cual cada uno puede elegir responder o no, en el instante en que sea convocado. 

Pero ¿cómo se reconoce que se trata de una prueba? No hay una ciencia general de las pruebas. Igual que en La repetición, la recuperación presupone que Abraham está sometido a una prueba. Y cuando Abraham es capaz de cumplir con la prueba, es decir cuando alza el puñal, no antes, es cuando aparece el mensajero que detiene la matanza y le devuelve a Isaac. 

Lo admirable y a la vez absurdo, dice Johannes de Silentio, es que Abraham no va rumbo al monte sabiendo cómo va a terminar esto, pero confía en la voz que le pidió que entregue a su hijo en sacrificio y hacia allá va, a sacrificarlo y, aun así, confiado. Esa es la prueba que Abraham satisface, algo incomprensible para el punto de vista del autor, Johannes de Silentio.

Pero, repito, ¿cómo se reconoce que se trata de una prueba? ¿cómo se identifica que es una prueba? Temor y temblor nos dice que no hay ninguna regla, ninguna pista que pueda darse. Una prueba es algo que concierne a cada persona en su absoluta singularidad y en su extrema soledad. Es decir, ni la filosofía ni la religión, ni el sermón del domingo ni ninguna tecnología del yo ni de las ciencias de la psiquis o de la sociedad, nada puede decirnos cómo se enfrenta una prueba, cómo se reconoce que se trata de una prueba y cómo se responde a la prueba. Lo que está claro para Johannes de Silentio, el autor que no comprende realmente cómo pudo hacer Abraham para mantener la calma durante esos tres días, es que, si él no empuñaba el cuchillo, a Isaac lo perdía definitivamente porque la muerte los iba a separar tarde o temprano. 

En el acto de ser capaz de sortear la prueba alzando el puñal, ahí es cuando lo recobra. Por ese acto Isaac le es devuelto. Esta devolución, esto es lo que se llama la recuperación.

[¿continuará?]

sábado, 4 de noviembre de 2017

La repetición 3

Ecos que flotan del seminario filosófico Repetición y diferencia, que transcurrió en octubre pasado



por Oscar Cuervo

[Viene de acá] El joven enamorado de La repetición vive su amor presente como si fuera un recuerdo porque lo experimenta como ya perdido. Hasta el momento ni siquiera perdió un grado de su intensidad amorosa, pero cada instante lo devuelve a la encrucijada en la que percibe que todo puede empezar a terminar. Los consejos de Constantin Constantius no lo ayudan. Sin que se sepa por qué, parecería que el narrador saca más provecho de la historia que el propio joven. Cuando el muchacho está a punto de sucumbir a la desesperación por la finitud, encuentra el Libro de Job, el hombre que perdió todo porque Dios lo estaba probando. La fidelidad de Job es lo único que conserva y eso le permite discutir mano a mano con ese Dios que le fue quitando todo. Dios entonces le dice a Job que estaba siendo sometido a una prueba y que logró cumplirla. Job entiende que no puede entender por qué se le da y por qué se le quita. Topándose con el límite, acepta no poder ver el otro lado. El límite es lo más propio que tiene. Dios premia a Job devolviéndole por partida doble todo lo que le había sacado. Job lo recupera.

El texto que estamos comentando no se titula con la palabra de origen latino repetitio -que en el danés de la época de Kierkegaard era de uso común, sino con otra, Gjientagelse, que puede traducirse como recuperar. 

¿Podríamos a esta altura de nuestras lecturas re-titular la traducción y empezar a hablar de un libro llamado La recuperación? No sin descalabrar toda una literatura de comentaristas que giraron durante más de un siglo alrededor del concepto de repetición. ¿Sería una traición a Kierkegaard traducirla como La recuperación? No. ¿Haría ese pequeño cambio más comprensible el libro? Puede ser. ¿Qué hacemos con los lectores célebres que, en la filosofía y en el psicoanálisis, hicieron girar todos sus desarrollos a partir de la repetitio? Dejar que sigan. ¿Entienden bien aquello a lo que Kierkegaard apuntaba al crear al autor Constantin Constantius? Quizás no. ¿Es este malentendido subsanable? Es un poco tarde. ¿Podemos volver a empezar a leer a Kierkegaard prescindiendo de un siglo y medio de lectores? Debemos volver a empezar a leerlo prescindiendo de todos los lectores anteriores. 

¿Cambiar el título La repetición por La recuperación hará que ahora sí lo entendamos? No es seguro. Es posible que Kierkegaard haya inventado a un escritor que no entiende a su personaje y a un personaje que no entiende bien lo que le pasa y que el resultado sea que la manera adecuada de entender el libro sea no entenderlo del todo. Porque el muchacho, al leer a Job, cree haber podido salir de su atolladero. Admite que ha perdido a su chica real para quedarse con el ideal de su amor, del que está seguro de que no sufrirá mella alguna por el paso del tiempo. ¿Entendió bien el muchacho la historia de Job? Me parece que no: cuando cree haber encontrado en Job la salida, el joven se entera de que la amada, comprensiblemente cansada de sus vaivenes, se va con otro. Entonces él sufre un shock. ¿No está verdaderamente resignado a que todo está perdido? Se comporta como si ni siquiera hubiera aceptado la posibilidad de perder algo. Su lectura de Job parece que no lo hizo llegar al fondo del pozo.

Lector: lo vas a perder todo. ¿Todavía no lo aceptaste?

Arriesgo: Kierkegaard quiso que la oscilación semántica entre la repetición y la recuperación esparciera una niebla en la comprensión de su libro. Que muchos se interesaran por el suspenso de cómo el muchacho podría repetir cada día su enamoramiento perpetuo, que la certeza de que todo va a perderse apareciera como un obstáculo molesto. Entonces sigamos leyendo La repetición / La recuperación. Quedémonos en este vaivén que desorienta. Una oscilación, algo no apropiado para acuñar un concepto teórico. La teoría no es el problema para el joven enamorado, ni para Kierkegaard. Sí para Constantius, autor de este "ensayo de psicología experimental", un espectador de teatro, es decir, alguien preocupado no tanto por el amor como por la representación.

Para nosotros es tarde: ya no nos es lícito desconocer la otra resonancia de Gjientagelse. Dejemos que la lengua, los desplazamientos semánticos y los malos entendidos hagan su trabajo, pero propiciemos recordar lo olvidado. Ya bastante olvidadiza es la existencia cotidiana como para seguir afianzando el olvido a expensas de Kierkegaard. Repito: el libro no se llama Repetitio sino Gjentagelse. Que los comentadores se las arreglen como puedan.

Quisiera detenerme en una pregunta que aparece en medio de una conversación que tuve con Esther Díaz. Ella me comenta: "por tu exposición, entiendo que, en la novela, el joven que cortó su noviazgo quisiera que se repitiera la relación de amor, y eso es imposible; que la repetición solo puede darse en lo religioso, pero no ubico la repetición en lo religioso". La acotación me lleva a una pregunta aparentemente más sencilla: ¿En La repetición se produce finalmente la repetición, la recuperación, o como quiera que lo digamos? Recorro otra vez mentalmente el relato y desemboco en lo que quizás ya sabía. No, en La repetición no hay repetición, recuperación ni como se quiera llamarlo.

Recordemos: un año después, a través de otro pseudónimo, Vigilius Haufniensis, Kierkegaard dice al pasar que Gjentagelse es interesante, pero Constantius ocultó en seguida lo que había encontrado, que además su forma humorística hace que a veces las palabras signifiquen todo y que otras ya no signifiquen nada. En esa insidiosa nota al pie de El concepto de angustia Vigilius agrega que hay un libro de otro autor salido ¡el mismo día! que Gjentagelse, que trata la misma cuestión. El libro se llama Temor y temblor, el autor (otro pseudónimo de Kierkegaard), Johannes de Silentio. Hay que dar vuelta el disco y poner el lado B: Temor y temblor, un libro por cierto nada humorístico.

¿Dónde está Kierkegaard? ¿En la broma de sacar dos libros, uno humorístico y otro terrorífico, el mismo día, con distintas firmas? ¿Hay algo más detrás de esta broma? ¿Consiste la broma en escribir de tal manera que los herejes no puedan comprenderlo", como dice Vigilius? Y si algunos no van a poder entender esto porque el escritor mismo se lo propuso, ¿quién va a poder entenderlo? ¿No se tratará de libros intempestivos, que aparecen en una época en la que, como dice Esther, no podemos "ubicar" lo religioso? Mediados del siglo xix, principios del xxi: Dios ha muerto, dice Nietzsche. ¿Y si el religioso Kierkegaard estuviera señalando el mismo acontecimiento que el Anticristo Nietzsche? ¿Acaso entendimos bien a Nietzsche cuando dice que Dios ha muerto? En La Gaya Ciencia lo pone en la boca de un loco que grita con una linterna en la mano: "¡Dios ha muerto, nosotros lo matamos!", mientras una pandilla de incrédulos se burla de él. ¿Dios ha muerto es lo mismo que decir "Dios no existe"? ¿No será que nosotros, contemporáneos de Kierkegaard y Nietzsche, no vemos en la niebla iluminista ni con la ayuda de una linterna? Pero Kierkegaard dice que es un escritor religioso. ¿Nos permitimos decir que es un escritor que no se deja ubicar? No es un filósofo, no es un teólogo, no es un pastor, no es un psicólogo ni un poeta. No sabemos bien qué es. En cuanto a nosotros, ¿podríamos leer a Kierkegaard y Nietzsche y ubicarlos

Mejor pasemos a Temor y temblor, el lado B de Gjentagelse . A ver ahí qué se repite.


[Continuará]

miércoles, 11 de octubre de 2017

La repetición 2



por Oscar Cuervo

[Viene de acá]  El joven enamorado de La repetición parece encontrar en Job un espejo de sus desdichas y también la entereza anímica para sobreponerse a la pérdida efectiva que él mismo no soporta ni siquiera vislumbrar en la relación con su amada. Por eso le escribe a Constantín Constantius :

 “¡Oh Job, déjame unirme a ti con mi dolor! Yo no he poseído las riquezas del mundo, ni he tenido siete hijos y tres hijas, pero también el que ha perdido una pequeña cosa puede afirmar con razón que lo ha perdido todo; también el que perdió a la amada puede decir en cierto sentido que ha perdido a sus hijos y a sus hijas; y también él que ha perdido el honor y la entereza, y con ellos la fuerza y la razón de vivir, también él puede decir que está cubierto de malignas y hediondas llagas”. (1)

El joven había quedado paralizado ante la posibilidad de perder a su amada en el momento en que nada indica que podía perderla, excepto el fantasma del hastío del que él huye. Job perdió efectivamente sus posesiones terrenales y esta historia le permite al joven proyectarse en una posibilidad que podríamos llamar aniquiladora. Por una proyección de pensamiento, el muchacho vive la caída de todas sus posibilidades como su posibilidad inevitable. Perder algo es el anticipo de perderlo todo. El muchacho tiene a su chica pero cree/sabe que la está perdiendo. Perder algo finito despierta un vértigo infinito. El joven encuentra en Job a su auténtico confidente, alguien que lo entiende mejor que Constantín. Vuelve una y otra vez a ese libro, para reconocerse en los lamentos del personaje del Antiguo Testamento cuando clama al cielo por el dolor de sus pérdidas, pero también para sostenerse en la resolución del hombre que ni siquiera en la desgracia más espantosa reniega de su vida. Job logra que el propio Dios comparezca ante sus reclamos y le responda en persona: no se trata de ser premiado por las buenas acciones que puede llevar a cabo, puesto que no puede abarcar los motivos de Dios. Job comprende la respuesta de Dios y acepta que, incluso siendo un hombre justo, no tiene la capacidad para entender esto:

“Yo te conocía sólo de oídas/ mas ahora te han visto mis ojos. / Por eso me retracto y me arrepiento / en el polvo y la ceniza” (2)

Al ver que Job no perdió su fe y entendió la vanidad de sus lamentos, Yaveh le restituye todo lo que le había sacado, pero ahora se lo da por partida doble. Se trataba de una prueba a la que Job fue sometido y él pudo superarla. En esta restitución, el joven de La repetición encuentra una salida a su propia desesperación. Pero se da cuenta de la dificultad de reconocer qué es una prueba: no hay saber posible respecto de cuándo se está sometido a una prueba y cómo actuar ante ella. No hay ciencia de las pruebas. Cada prueba sólo atañe a una persona singular y solo a él cada vez y no otra. Hay que quedarse sólo y sin saber frente a un otro que lo pone a prueba. Esto no es cabalmente comprendido por el narrador de La repetición, el propio Constantín Constantius. Así que el final de este relato que giró alrededor del problema de la recuperación (un milagro que parece haber acontecido en el relato de Job) queda envuelto en un aire enigmático.

Leí este libro varias veces y siempre me quedó la sensación de que el asunto más importante de que trata no está escrito, tal vez solo señalado. Me parece que Kierkegaard logra ese efecto enigmático a través de su narrador, Constantín Constantius, porque el que cuenta la historia no termina de entenderla. ¿Cómo sonaría una historia contada por un narrador que no la comprende del todo? Ahí está la gracia de la comunicación indirecta: merodear un tema sin poder abarcarlo. Cuando le comenté esta idea a otros expertos en estudios kierkegaardianos, no me miraron bien. Los lectores de filosofía están acostumbrados a leer libros en los que quien enuncia cree saber de qué está hablando. Pero quizás la idea de un narrador que no comprende bien su historia no sea tan extraña para la literatura. La repetición es, después de todo, una novela, aunque su "autor", Constantín Constantius, la caracteriza como "Un ensayo de psicología experimental", lo que parece un chiste, como muchas veces pasa con los títulos y los subtítulos de los pseudónimos de Kierkegaard.

Un año después de La repetición, Kierkegaard publica El concepto de la angustia con otro pseudónimo, Vigilius Haufniensis [cuyo significado podría traducirse como el vigía de Copenhague; “vigilius” también es una persona en estado de vigilia, es decir, que está vigilando, no duerme, se queda despierto], con un curioso subtítulo: "Un mero análisis psicológico en dirección al problema dogmático del pecado original". Otro psicólogo, ¿otro chiste? En la nota 3 de su libro, Vigilius se refiere sarcásticamente a La repetición y lo relaciona con otro libro editado ese mismo día, el 16 de octubre de 1843, titulado Temor y temblor, firmado por Johannes de Silentio, otro pseudónimo de Kierkegaard..

Vigilius dice:

"Este último libro, desde luego, es una obra estrafalaria, y lo curioso es que así lo quiso el autor intencionadamente. Sin embargo, en cuanto yo sepa, él ha sido el primero que con energía se ha fijado en la repetición (...). Pero C. Constantius vuelve a ocultar en seguida lo que ha descubierto, camuflando el concepto con el ropaje bromístico de la correspondiente descripción. Es difícil decir por qué ha hecho semejante cosa, o más bien es difícil de comprenderlo. Claro que él mismo nos aclara (al principio de la carta con que cierra el libro) que ha escrito de esa forma "para que no puedan entenderlo los herejes". Por otra parte, no pretendiendo otra cosa que tratar el tema estética y psicológicamente, era natural que la forma fuese humorística. Tal efecto lo consigue admirablemente, unas veces haciendo que las palabras signifiquen todo, otras significando lo más insignificante. De esta suerte, el tránsito de un sentido a otro -o, mejor dicho, el constante estar cayendo de las nubes- es provocado sin cesar por los contrastes bufos que escalonan la obra". (3)

Efectivamente, en una carta que funciona como epílogo de La repetición, Constantius se dirige a su lector:

"Mi querido lector:

"Perdona que te hable con tanta confianza, pero no te preocupes, que todo quedará entre nosotros. Porque a pesar de ser un personaje ficticio, no eres para mí una colectividad, una multitud indiferenciada, sino un ser singular. Estamos, pues, los dos solos, tú y yo.

"Si admitimos de entrada que no son lectores verdaderos los que leen un libro por razones fortuitas y baladíes, extrañas por completo al contenido del mismo, entonces tendremos que afirmar categóricamente que incluso los autores más leídos y celebrados no cuentan en realidad sino con un número muy reducido de verdaderos lectores. ¿Quién, por ejemplo, desperdicia hoy ni un minuto de su precioso tiempo entreteniéndose con esa idea peregrina de que ser un buen lector es un auténtico arte? ¿Y, todavía menos, quién es el prodigio que intente de veras ejercitarse en este arte de ser un buen lector? Este lamentable estado de cosas no ha podido menos que ejercer una influencia decisiva en un autor a quien conozco personalmente y que, a juicio mío, hace muy pero muy bien, a imitación de Clemente de Alejandría, en escribir de tal manera que los herejes no puedan comprenderlo" (4).

Entonces no es él, sino un autor al que Constanín Constantius conoce personalmente, a quien él no nombra, el que imita a Clemente de Alejandría [150-215] al escribir para que los herejes no puedan comprenderlo. Constantius aprueba y emula ese proceder. Vigilius Haufniensis atribuye imprecisamente esas palabras al propio Constantín. ¿Quién es el autor al que él conoce personalmente? ¿Será el mismo Kierkegaard, un escritor fantasma? Más allá de esta atribución enigmática y juguetona, todo el párrafo es muy significativo por los procedimientos de escritura que Kierkegaard pone en marcha a través de su laberíntica remisión de pseudónimos. Constantius le habla a un lector que es al mismo tiempo un personaje ficticio, querido y singular. Dice estar solo con aquel ser -ficticio- a quien escribe. Hoy sabemos que Constantín mismo es un personaje ficticio creado por Kierkegaard para escribir La repetición, al que otro autor ficticio creado por Kierkegaard, Vigilius, califica a la vez de original, errático e inconsecuente.

Constantín además epiloga su libro diciendo que es muy difícil que un autor encuentre a un verdadero lector. Le adjudica a la buena lectura el rango de prodigio artístico. Esto se hace posible si el autor hace silencio sobre algo decisivo y confía en que puede existir al menos un  lector que sea capaz de entenderlo solo.

Claro que, cuando alguien escribe un texto pensando en un lector singular que no sabe si existe, no puede estar seguro que su silencio será captado. Solo un buen lector puede encontrar un silencio en medio de un texto. Se ha dicho que Kierkegaard vaciló mucho en llegar a la versión final de La repetición; incluso que, una vez escrito, arrancó unas páginas que consideró inconvenientes para publicar. Pero hay todavía algo más: un año después, Kierkegaard revela que Constantius en La repetición se refiere a lo mismo que Johannes de Silentio en Temor y temblor. Este vínculo no debería dejar de asombrarnos si consideramos que La repetición y Temor y temblor son libros de tonalidades tan distintas, cuya similitud temática también dista de ser evidente como sostiene Vigilius. Pero no es tan asombroso desde el momento en que sabemos que Kierkegaard los publicó el mismo día, como el lado A y el lado B de un concepto.

Enonces: eso que falta en La repetición está en Temor y temblor; o bien lo que falta, falta en los dos libros.

[Continuará]


(1) La repetición, p.243.
(2) Job, 42, 5-6.
(3)  El concepto de la angustia, Orbis, 1984, pág. 41.
(4) La repetición, p. 276-277.


martes, 3 de octubre de 2017

La repetición I

Desesperación y Recuperación *



Experiencia de la finitud y sed de infinito

por Oscar Cuervo

Existe en la literatura argentina una novela escrita por Abelardo Castillo titulada El que tiene sed (1). Está protagonizada por Esteban Espósito, un alcohólico. “El que tiene sed” es una posible traducción para la palabra de origen griego “dipsómano”. Es una figura óptima para comprender una de las cuestiones centrales del pensamiento de Kierkegaard: la desesperación. El que tiene sed no la puede saciar con nada, porque la sed lo lleva a tomar y el tomar le da más sed y entonces toma más. Y eso desencadena una deriva que es infinita y está destinada al fracaso porque ese hombre nunca va a saciar su sed. 

Hay otro ejemplo que tiene una estructura similar, un cuento de Liliana Heker, “Cuando todo brille” (2). Trata sobre una mujer obsesionada por la limpieza. Está presa de una compulsión que la lleva a no poder parar nunca ante la insoportable idea de que el menor rastro de polvo pueda arruinarlo todo. Después de limpiar su departamento frenéticamente, la mujer, Margarita, quiere pararse a descansar pero algo se lo impide:

“Después respiró profundamente el aire embalsamado de cera. Echó una lenta mirada de satisfacción a su alrededor. Captó fulgores, paladeó blancuras, degustó transparencias, advirtió que un poco de polvo había caído fuera del tacho al sacudir el escobillón. Lo barrió; lo recogió con la pala, vació la pala en el tacho. De nuevo sacudió el escobillón, pero esta vez con extrema delicadeza, para que ni una mota de polvo cayera afuera del tacho. Lo guardó en el armario e iba a guardar también la pala cuando un pensamiento la acosó: la gente suele ser ingrata con las palas; las usa para recoger cualquier basura pero nunca se le ocurre que un poco de esa basura ha de quedar por fuerza adherida a la superficie. Decidió lavar la pala. Le puso detergente y le pasó el cepillo, un líquido oscuro se desparramó sobre la pileta” (3)

Fácil imaginar que esta mujer no logrará nunca el reposo, porque a medida que limpia va desplazando y esparciendo más y más la suciedad que quiere eliminar: “Fregó la pileta con el trapo y se dio cuenta de que si ahora lavaba el trapo en la pileta esto iba a ser un cuento de nunca acabar” (4). Lo que le pasa a la mujer del cuento es que si limpia la pileta se le ensucia el trapo y si limpia el trapo se le ensucia otra cosa y eso de vuelta nos arrastra hacia una deriva infinita. El título “Cuando todo brille” parece estar señalando una imposibilidad. Nunca va a a llegar el día en que todo brille y esa obsesión por la limpieza la va a llevar a ensuciar cada vez más cosas. 

La del hombre que no puede saciar su sed y la de la mujer que al querer que todo brille sólo logra ensuciar cada vez más su casa son dos figuras muy aptas para metaforizar el concepto kierkegaardiano de desesperación. Porque justamente la desesperación es una situación de la existencia humana en la que el hombre está tironeado entre lo finito y lo infinito. El hombre es finito, es un ser limitado; pero tiene sed de infinito, en algún momento lo descubre. Al hacerlo, al mismo tiempo que descubre la imposibilidad de terminar con esa cadena de remisiones, él piensa: “todo está perdido”. Sin embargo, Kierkegaard también señala la posibilidad de una salida de esa remisión infinita. Se trata de uno de los conceptos más difíciles y peor entendidos del pensamiento kierkegaardiano. A este concepto que permite la salida de esta remisión infinita que es la desesperación se lo suele traducir como “repetición”. La palabra danesa que él usa es Gjientagelse. Otras traducciones posibles serían: recuperación, reintegración. 

Para comprender este concepto tenemos que adoptar la cautela que requiere el método kierkegaarddiano de la comunicación indirecta. Si alguien intentara decir directamente cómo se puede apagar esa sed insaciable de la que hablábamos antes, desbarataría completamente el asunto y lo que pudiera decir sería otro engaño: como si intentáramos venderle un detergente a la mujer obsesionada por la limpieza. Lo primero que se propone Kierkegaard es hacernos topar con esa experiencia en la que ningún detergente puede lavar la mancha. Y después ver qué pasa, cómo puede sostener una persona su vida frente a eso. 

La repetición es el título del libro en el que Kierkegaard aborda este problema. Está firmado por el pseudónimo Constantin Constantius. Hoy en día todos lo sabemos, pero en Copenhague, cuando se editó en 1843, para los vecinos de Kierkegaard ese libro no lo había escrito él. Y por los mismos días en que editó La repetición, también publicó Temor y temblor bajo el seudónimo de Johannes de Silentio. De un modo indirecto, Temor y temblor también trata de esta experiencia de advertir que todo está perdido, así como de una posible salida a esa desesperación.

Es interesante tener en cuenta que La repetición tiene como subtítulo: Un ensayo de psicología experimental. Al leerlo, uno descubre que no tiene nada que ver con la psicología experimental, por lo menos con lo que nosotros entendemos por eso. En La repetición, Constantín Constantius se vincula a un joven que está enamorado de una chica. Lo que cuenta el libro es la relación de confidente entre Constantín  –un hombre mayor, calculemos unos 40 o 50 años– y el joven -que tendrá unos 20- enamorado de la chica. El muchacho está en el cima del amor, un amor correspondido, ella le corresponde y los dos están en el mejor momento de su relación. Pero en ese momento se despierta en él una melancolía rara, porque siente que, teniéndola, la perdió. ¿Por qué? Empieza a proyectar las posibilidades futuras y entonces tiene miedo de que cada vez que se acerque a ella, cada acercamiento, sea una pérdida. Empieza a sufrir la finitud de esa relación amorosa, el terror a perder lo que tiene. Lo curioso es que el joven vive este amor presente como si fuera un recuerdo, es decir, como si todo ya hubiera terminado y él estuviera colocado en una posición en la cual el amor ya se perdió. Y lo único que hace cuando está con ella es recordarlo: recordar, paradójicamente, lo que tiene, como si ya lo hubiera perdido. Dice Constantín Constantius:

“Nuestro joven, pues, estaba profunda e íntimamente enamorado. De esto no podía caber la menor duda. Y, sin embargo, ya en los primeros días de su enamoramiento se encontraba predispuesto no a vivir su amor, sino solamente a recordarlo. Lo que quiere decir que, en el fondo, había agotado ya todas las posibilidades y daba por liquidada la relación con su novia. En el mismo momento de empezar ha dado un salto tan tremendo que se ha dejado atrás toda la vida” (4).

Constantín no objeta que el joven atraviese esta experiencia, a la que considera típica de esa disposición (Stemmning) erótica. Pero se sorprende de que no pueda contraarrestar esa melancolía con otra disposición:

“Cada uno debe de hacer verdad en sí mismo el principio de que su vida ya es algo caducado desde el primer momento en que empieza a vivirla, pero en este caso es necesario que tenga también la suficiente fuerza vital para matar esa muerte propia y convertirla en una vida auténtica. En la aurora de la pasión amorosa luchan entre sí el presente y el futuro con el fin de alcanzar una expresión eternizadora. (5)

Constantín expresa la tensión esa entre finitud e infinitud de la que hablé antes. Es alguien que tiene una posición subjetiva distante, como si mirara todo desde afuera, sea porque está en otro momento de su vida o por una imposibilidad de comprometerse. Es un amante del teatro y por eso es esencialmente un espectador. Y le gusta que el muchacho le cuente todas estas cosas, porque a él, como observador estético, le gusta escuchar el drama de otro. 

Por su gusto por el teatro, una vez, hace años, Constantín viajó a Berlín y vio una obra que le pareció maravillosa. Esa temporada ha sido para él inolvidable; se acuerda del hotel, la habitación donde estuvo, la ventana por la que se asomaba, el palco desde el que presenció la obra, los nombres de cada actor. Años después quiere repetir esa experiencia. Y vuelve a la misma habitación del mismo hotel, al mismo teatro, a la misma obra, con el mismo elenco... ¡y no vuelve a pasarle lo mismo! Esto para él es una pérdida enorme. A su manera él está también frente al problema de cómo recuperar lo que continuamente está perdiéndose. La finitud de la experiencia humana, no obstante, guarda una sed de infinito. Pero su disposición (Stemmning) le permite contrapesar la pérdida y no caer en la melancolía del muchacho.

Entonces, la pregunta de este libro es: ¿cómo es posible recuperar esta experiencia? Esto significa: ¿cómo es posible vivir una experiencia sin que asome continuamente el hastío, la ruina, la seguridad de que lo que se tiene se está perdiendo? ¿O no hay salida y todo está perdido? Hace falta analizar el término danés con el que Kierkegaard se refiere a esta posibilidad, que, como ya dijimos, se tradujo al castellano como “repetición”. La traducción no es incorrecta pero, si no se la comprende con precisión, puede dar lugar a malentendidos. La palabra es Gjientagelse. Su etimología dice: re-toma. Se vincula con un término del lenguaje jurídico, la reintegratio, la reintegración. Es decir, el recobrar, el que se me restituya un bien que se me ha perdido. 

Los daneses también tienen la palabra de origen latino repetition. Es decir, si Kierkegaard usó Gjientagelse es porque le pareció que no se trataba de una mera repetición, del hábito que se repite día a día igual, o mucho peor todavía, de lo que se va desgastando día a día. Se trata más bien de la reintegración, la recuperación, de recuperar el amor para que cada vez sea la primera. Esto es precisamente lo contrario de la repetición mecánica y circular del matrimonio, en la que el hombre empieza a ver a la que años atrás fue su joven amada ya como parte de un paisaje familiar y  entonces empieza a hastiarse de ella. La Gjientagelse es lo contrario de eso. Es la recuperación. El asunto es cómo recuperar lo que se pierde. 

El consejo que le da Constantín al joven es que, puesto que la relación amorosa le produce una melancolía intolerable, fuerce la situación para provocar la ruptura del noviazgo. Que se muestre como un ser despreciable y engañador para que parezca que fue ella la que tomó la decisión. Hay quienes encuentran en este relato una referencia a lo que el propio Kierkegaard estaba viviendo en su noviazgo con Regina Olsen. Esto no sería raro, porque que el libro está escrito en un período muy cercano a este episodio. Lo que la referencia biográfica no puede lograr es echar luz sobre el concepto de recuperación que Kierkegaard está proponiendo. Lo que sí se puede saber por los testimonios que Kierkegaard deja en sus diarios es que vaciló mucho acerca de cómo terminar este relato tan singular, del que incluso cambió abruptamente el final que tenía previsto.

El joven parece no aceptar la salida de la ruptura inducida y desaparece repentinamente. El joven desaparece y Constantín se queda dudando sobre la posibilidad de lograr una recuperación. Después de un tiempo, el muchacho vuelve a enviarle correspondencia. El joven le cuenta que abandonó a la chica sin revelarle el motivo. El confidente no parece comprender las conductas del joven, pero, como es él quien nos relata la historia, esto le permite a Kierkegaard dejar el sentido de todo este asunto en un cono de sombras, en una típica operación de comunicación indirecta, porque el lector no tiene más remedio que vislumbrar las motivaciones del joven desde el punto de vista de alguien que en el fondo no lo entiende:

“Quizá no haya comprendido bien al muchacho, quizá él me haya ocultado algo esencial, quizá ame todavía ver a la joven que abandonó sin decir una palabra, ni la menor explicación” (6)

En una de las cartas que el joven posteriormente le manda a su confidente, irrumpe de pronto con un entusiasmo inusitado por el Libro de Job, el relato del Antiguo Testamento. En este relato Job es un hombre bueno y justo a quien Dios permite que Satán ponga a prueba. Es curioso este pasaje del Antiguo Testamento en el que Dios y Satán comparten un desafío como cómplices, poniéndose de acuerdo en probar a Job: no hay rastro acá de una teología binaria, a la manera de los maniqueos, con el Bien y el Mal luchando en contraposición, como dos entidades excluyentes, pero tampoco puede reconocerse una ontología platónico-agustiniana, que oscila entre el Bien y el No-Bien. Satán es sencillamente el acusador, una especie de malpensado sin las connotaciones diabólicas que durante la cristiandad va a adquirir. Él sostiene que Job es tan íntegro porque Dios lo protege regalándole una familia numerosa y una vida próspera, es decir: porque Job es feliz. Pero bastaría con que perdiera sus posesiones y su estabilidad para que el buen hombre mostrara su aspecto impío y mezquino. Dios le concede a Satán que le quite a Job sus posesiones, sus riquezas, su familia e incluso su salud, para ponerlo a prueba. Lo único que a Satán no le está permitido es quitarle la vida a Job. De este modo, Job es sometido a una serie de catástrofes que lo dejan sin nada de lo que poseía: pierde hijos, hacienda, prosperidad, bienestar y se sume en la catástrofe. Lejos de maldecir a Dios por esto, Job dice la frase: “Yaveh dio, Yaveh quitó. Sea bendito el nombre de Yaveh” . Hasta su propia mujer, al verlo despojado de todos sus bienes terrenales y sus afectos, le reprocha que con todo eso no sea capaz de maldecir a Dios: 

“«¡Maldice a Dios y muérete!». Pero él le dijo: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?». En todo esto no pecó Job con sus labios” (7).

El joven protagonista de La repetición parece encontrar en Job un espejo de sus desdichas y también la entereza espiritual para sobreponerse a la pérdida; por eso le escribe a Constantín:

“¡Oh Job, déjame unirme a ti con mi dolor! Yo no he poseído las riquezas del mundo, ni he tenido siete hijos y tres hijas, pero también el que ha perdido una pequeña cosa puede afirmar con razón que lo ha perdido todo; también el que perdió a la amada puede decir en cierto sentido que ha perdido a sus hijos y a sus hijas; y también él que ha perdido el honor y la entereza, y con ellos la fuerza y la razón de vivir, también él puede decir que está cubierto de malignas y hediondas llagas” (8).

[continuará]



NOTAS

(1) Abelardo Castillo, El que tiene sed, Seix Barral, 2008.
(2) “Cuando todo brille”, en AAVV, Alcances y actualidad del concepto de compulsión. Su relación con las adicciones (Deborah Fleischer compiladora), Grama, Buenos Aires, 2007, p. 51 y ss.
(3) op. cit., p. 55.
(4) La repetición, p. 138-9.
(5) op. cit., p. 140.
(6) op. cit., p.223.
(7) Job, 2, 9-10.
(8) La repetición, p.243.



* Este sábado a las 17 hs. en Red Colegiales (Alvarez Thomas 1093) empieza el seminario co-dirigido por Esther Díaz y Oscar Cuervo: "Repetición y diferencia: Kierkegaard y Deleuze". Para informes e inscripción previa, escribir a redcolegiales@gmail.com. Los que asistan a la primera reunión sin haberse inscripto, se recomienda llegar a las 16:00 hs, con una hora de anticipación.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

La pasión según Kierkegaard

Pintura: Alicia Puy

por Juan Carlos Sánchez Sottosanto *

Esta presentación anhela cumplir con un doble propósito; en primer lugar, brindarles a todos una cálida bienvenida a las Undécimas Jornadas Kierkegaard, que este año se titulan “Kierkegaard: una pasión”. En segundo lugar, y utilizando o remedando el método de comunicación indirecta como gustaba nuestro amigo danés (y más indirecta aún, porque lamentablemente no puedo estar presente en este momento), hablar de la pasión según Kierkegaard. Elegí adrede un título equívoco; quizás lo único no condenable de él sea el artículo “la”. Pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “pasión”? ¿por qué “según”? ¿Quién es (y utilizo adrede también el presente y no el pretérito) Kierkegaard? Las preguntas no son inocentes, por supuesto.

En nuestra habla cotidiana pasión puede remitirnos al deseo amoroso o a un hobby o a un equipo deportivo. Yendo a un diccionario podemos descubrir sus etimologías en el latín passio y en el griego pathos. En los vericuetos de la jerga escolástica, heredera del aristotelismo y del estoicismo, las pasiones pueden ser todas las afecciones de nuestra voluntad. Podemos hablar de pasiones que son virtudes y de otras que son vicios, y sincretizarlas con los conceptos cristianos de nuestra imagen y semejanza de Dios pero también con la herencia del pecado. Podemos hablar de pasión como padecimiento, o ponerle una mayúscula y allí entrar en la Pasión por excelencia, la de Cristo, que ha inundado toda una iconografía, toda una literatura, todos los catecismos. Los cristianos recuerdan (supuestamente) esa pasión a través de símbolos y rituales, el más conspicuo de ellos el de la llamada “semana santa”. El Cristo flagelado y después crucificado es una presencia tan fuerte que aún los no cristianos pueden introducir en las metáforas del lenguaje esas imágenes del Calvario. Erasmo, generosamente, habló también de la “pasión de Sócrates” y así, a partir de dos tremendos dramas individuales, se crean los grandes pilares de aquello que, para bien o para mal, llamamos Occidente.

Sobre el “según”, podemos decir que podríamos haber optado por otros adverbios y preposiciones, y hablar de la pasión de, por, hacia, ante, contra Kierkegaard. Y en cuánto a Kierkegaard, sospecho que todo “apasionado” por él tendrá más de un recaudo o sentimiento de imposibilidad al desear caracterizarlo. Posiblemente ese apasionado sienta, como Sócrates ante el oráculo délfico, que cuánto más intenta conocerlo más inaprehensible le resulta, pero paradójicamente esa inaprehensibilidad vuelve a Kierkegaard aún más apasionante. No suelen manejarse así las despistadas entradas de las enciclopedias que, soto voce SK, nos hablarán de fechas, del autor de, de un filósofo, de un teólogo, de un escritor, del padre del existencialismo o de tres estadios o del introductor del concepto de angustia en el léxico filosófico o cosas por el estilo. Pero de interrogar a Kierkegaard –o en sus defecto, a algunos de sus libros, en especial a aquellos no firmados con seudónimo sino con su propio nombre- nos encontraríamos con la autoconciencia de ser “solamente” un escritor religioso; que la pasión por excelencia es la fe; que el clímax pasional de una vida es ese punto cuasi místico (aunque detestaba el misticismo) que él llamó “instante”, la irrupción de la eternidad en el tiempo –y ya no el tiempo como imagen móvil de la eternidad como quiere el Timeo de Platón- para poder escuchar (o no escuchar, o escandalizarse ante) la voz de nuestro contemporáneo, el Cristo de los Evangelios, ante el cual las dimensiones cronológicas, históricas, geográficas, sencillamente se desmoronan ante la singularidad ebullente de ese escuchar o de ese ignorar en el cual se construye nuestra libertad.

Recordemos, sin embargo, que Kierkegaard siempre se erige como nuestro contemporáneo, pero que las cronologías oficiales nos dicen que murió un 11 de noviembre de 1855 y por lo tanto este miércoles, en estas mismas Jornadas, se cumplirán los 160 años de su muerte o, si queremos ir más allá con un paralelismo, con la pasión y muerte de ese individuo que creyó en el cristianismo pero que también sabía de su propia imposibilidad de ser un cristiano a plenitud. Del individuo que, tras una prolongada lucha –o agonía, en su  sentido etimológico- contra la cristiandad, perversión nefanda, burguesa y cómoda del verdadero cristianismo, murió colapsado cuando esa cristiandad, institucionalizada y sintiéndose traicionada por un pensador de valía, se ocupó en terminar con sus ya frágiles nervios. En ese sentido, la pasión de Kierkegaard –léase la fe, léase Jesucristo- lo llevó al padecimiento casi con rigores tan fuertes como los del Jesús histórico. Casi al martirio: en el sentido vulgar del término, pero aún más y nuevamente, en el etimológico: TESTIGO con su vida y con su muerte de su pasión por Cristo y su adversión (otra pasión) hacia esa caricatura de la palabra de Cristo que era –es- la cristiandad.

Pascal decía de Jesucristo que estará en agonía hasta el fin de los tiempos. ¿Podemos atrevernos a decir lo mismo de Kierkegaard? Yo creo que sí. Que su agonía comenzó hace dos siglos y no ha terminado, y felizmente no hay visos de que termine. Agonía en sentidos positivos, negativos y quizás neutros. Mientras podamos seguir a la escucha de su voz –siempre dirigida a un lector único y nunca erigida como una teoría abstracta- esa agonía continuará. Mientras nos interpele y lo interpelemos, e incluso decidamos dejar de escucharlo, Kierkegaard estará en una agonía –una lucha, un juego, una pasión- que no resultará en vano. Pero hay aspectos de esa agonía que no dejan de ser sorprendentes o, como querría nuestro autor, paradójicos. ¿No es acaso sorprendente que entre los “apóstoles” más ilustres de nuestro “escritor religioso” hayan sobresalido, con la notable excepción de un Gabriel Marcel en el campo católico o de un Karl Barth en el protestante, pensadores o artistas no creyentes de la talla de un Heidegger, un Sartre, un Camus, un Kafka, un Bergman? ¿No es sorprendente realmente esta pasión? ¿O que con una pasión en sentido opuesto haya tenido detractores tan interesantes como un Lukáks o la Escuela de Frankfurt? ¿Es negativo que sus “escuchas” más trascendentes hayan negado las pasiones más fuertes de nuestro amigo, a saber, la fe y Jesucristo? No desde el momento en que esa escucha, fragmentaria y parcial o como se quiera, ha enriquecido para siempre la cultura del siglo XX. No desde el momento en que Kierkegaard siga existiendo como “posibilidad”: posibilidad en el sentido kierkegaardeano; si las prostitutas y los publicanos eran mejores para Cristo que los fariseos y los hipócritas, ¿porqué la pasión de Kierkegaard no sería más noble en manos de los ateos y de los agnósticos que en el de los miembros de una cristiandad que sigue demostrando, día a día, su pacto tácito con los aspectos más deleznables de nuestra sociedad? Creo que esa agonía es buena; creo que puede haber un Kierkegaard pasado por el tamiz de un Lacan o incluso (o mejor aún) por el de un lector ingenuo que compra un libro de nuestro héroe en una librería de viejo y esa misma noche, con pasión, comienza una lectura no mediada por nadie. 

Creo que el peligro está en otra parte. En el Kierkegaard de manual. En el Kierkegaard sistematizado cuando su horror por toda sistematicidad es más que patente en sus escritos. El Kierkegaard “paperizado” si se me permite el neologismo, es decir, reducido a la sombra gris de un paper que se alimentó de otros papers y con los que la Academia se retroaliamenta para no morir, pero que puede terminar matando de aburrimiento. Afortunadamente no existe una iglesia kierkegaardiana, pero lamentablemente sí una institucionalización de su pensamiento. Hay un Kierkegaard, en fin, reducido a un fósil al que debe viviseccionarse, fragmentarse, atomizarse, discutirse y llenarse de abstracts y key words y notas al pie que nadie lee pero que engrosan currículos. Yo tengo un amigo paleontólogo que ciertamente es un apasionado por los dinosaurios; pero felizmente también ama escuchar a pájaros vivos, ver reptiles vivos en su hábitat, y contemplar las estrellas. 

Fosilizar, paperizar a Kierkegaard es matarlo dos veces, prolongar su agonía en el sentido más crudo. Es dejar de verlo como una posibilidad y crear certezas que pueden durar lo que la vida útil de un paper. Es no haber aprendido nada de él: que él es un yo que se dirige a un tú que casualmente soy yo y sólo yo.

Amemos los fósiles pero escuchemos los pájaros de nuestro patio. Ojalá estas jornadas estén llenas de apasionados por Kierkegaard, o de quienes se asomen a su voz por primera vez. Que la agonía sea posibilidad y escucha e interpelaciones mutuas.

Nuevamente les doy la bienvenida a las Undécimas Jornadas Kierkegaard.


* Este texto fue leído en la apertura de las recientes XI Jornadas Kierkegaard, llevadas a cabo durante los días 9, 10 y 11 de noviembre en la Biblioteca Nacional (ver más acá)

jueves, 16 de octubre de 2014

Kierkegaard contemporáneo


Laura Llevadot ha sido investigadora en el Søren Kierkegaard Research Centre de la Universidad de Copenhague, en la Howard and Edna Hong Kierkegaard Library (Minneapolis, USA), y en la Universidad de Paris 8. Lo que sigue es una ponencia presentada por Laura Llevadot en las Jornadas Kierkegaard 2009. 

Creer lo imposible: Kierkegaard y Derrida

por Laura Llevadot *

La relación entre Kierkegaard y Derrida puede ser abordada al menos desde dos posiciones interpretativas. La primera de ellas trataría de tomar la deconstrucción derrideana como modelo de lectura del texto de Kierkegaard. La importancia de la forma de comunicación, de las estrategias estilísticas, de las metáforas y desviaciones que pueblan los textos de Kierkegaard parecen legitimar una lectura deconstructiva que llevaría el texto hacia ese lugar indecidible en el que no se sostendrían ya más sus aparentes oposiciones (Mackey, 1984). Pero, por otra parte, la atención que Derrida destinó al pensamiento de Kierkegaard en sus últimas obras, y especialmente en Dar la muerte (1999), contra lo que cabría esperar de un pensamiento deconstructivo, no se centró en las estrategias textuales de Kierkegaard, sino en aquello que es el problema fundamental del pensamiento kierkegaardiano: la cuestión de la fe y su relación con la ética. Contra todo pronóstico la deconstrucción, criticada a menudo por confundirse con la literatura, iba a centrar su interés en el contenido, y no sólo en la forma –si es que puede mantenerse esta distinción– de la obra de Kierkegaard. La razón por la cual Derrida no realizó una lectura deconstructiva del texto kierkegaardiano, como sí pudo hacerlo con los textos de Platón, Rousseau o Heidegger, tiene que ver justamente, y es lo que aquí se tratará de mostrar, con la relación que el concepto de deconstrucción tiene con la creencia. Deconstrucción y creencia tienen en común más de lo que se podría esperar, y la tesis que aquí se tratará de defender es que el concepto kierkegaardiano de la creencia sirve a Derrida para forjar la perspectiva ética que la deconstrucción asume en sus últimas obras. Aún si debemos aceptar, siguiendo al propio Derrida, que no hay ningún “giro ético” en sus textos (NEL, 128), quisiéramos sin embargo mostrar que la lectura de Kierkegaard sirve a Derrida para hacer aflorar la cuestión ética y fiduciaria que moraba en el centro de su concepto de deconstrucción. Con el fin, pues, de desentrañar la relación entre la deconstrucción y el concepto kierkegaardiano de creencia se procederá a: 1) Analizar la relación entre fe y saber en Kierkegaard y Derrida; 2) Demostrar la relación que la creencia tiene con lo imposible en ambos pensamientos; 3) para finalmente señalar cómo la decisión, como categoría ética esencial, está fundada en una cierta concepción de la “creencia en lo imposible” que comparten tanto la deconstrucción como la concepción ético-religiosa de Kierkegaard. Para ello no nos serviremos como suele hacerse del texto principal de Derrida sobre Kierkegaard, Dar la muerte (1999), puesto que un análisis de este texto requeriría un espacio y un tiempo mucho mayor del que aquí nos es dado. Por el contrario se tratará de hallar la relación entre la creencia y la deconstrucción a partir de la lectura de algunos textos satélites, aparentemente de carácter menor, en los que Derrida desarrolla su perspectiva ético-religiosa, a saber: Fe y saber (1996); “Del derecho a la justicia” (1989); y “El mundo de las luces por venir” (2003).

1.- Fe y saber

“Y de todas formas todavía queda por pensar lo que quiere decir creer” (FL, 30). Esta frase de Derrida que aparece en el centro de un texto acerca del fundamento de la ley y en el contexto de un comentario a Montaigne, es diametralmente opuesta a aquella otra de Heidegger que reza “la creencia (o la fe) no tiene sitio alguno en el pensamiento” (Heidegger, 2003: 276). Precisamente si algo tienen en común Kierkegaard y Derrida es su intento anti-heideggeriano de “pensar la creencia”, y de pensarla en su oposición al saber. Kierkegaard no dejará de insistir: “De Cristo, nada se puede saber¸ él es la paradoja, objeto de fe, él sólo es para la fe” (EC, 22). Kierkegaard rechaza así la posibilidad de que tenga sentido saber algo de Cristo desde el punto de vista de la ciencia histórica. El saber acerca de la realidad histórica de Cristo no aporta nada a la creencia. Creer es, justamente, lo contrario de saber. Sólo se cree en la medida en que no se sabe. Cuando por ejemplo busco pruebas del amor del otro hacia mí para permitirme creer en él, no lo amo en absoluto, no creo en él, puesto que el amor, siendo una tipología específica de la creencia, rechaza el saber acerca del objeto amado. La oposición entre fe y saber puebla los textos de Kierkegaard pero tal vez sea en Migajas donde la afirmación de que “la fe no es un conocimiento” (M, 72) desarrolla todas sus consecuencias. Así por ejemplo cuando Climacus [el pseudónimo de Kierkegaard que firma las Migajas Filosóficas] define la fe como “creer en lo que no se ve” (M, 88) en oposición al saber que “cree en lo que se ve”. Esta definición del saber se desprende de la afirmación de Climacus según la cual: “La percepción y el conocimiento inmediato no sospechan la inseguridad con que la fe se aproxima a su objeto” (M, 89), es decir, el saber reconoce en la fe la radicalidad de su apuesta que consiste, precisamente, en creer más allá del saber y contra el saber. Por el contrario el escepticismo griego, que sí es consciente del riesgo, entiende la duda como un acto de voluntad por el cual se decide “no querer creer” (M, 89). De esta distinción entre la fe como “creer en lo que no se ve”, el saber como “creer en lo que se ve” y la duda escéptica como “no querer creer” se desprenden dos consecuencias importantes: 1.- En primer lugar, la fe se opone al saber en tanto asume un riesgo que el saber inmediato rechaza a favor de la certidumbre. Saber implica siempre querer saber contra todo riesgo, mientras que “quien se decide a creer corre el riesgo de estar en el error, y sin embargo quiere creer” (M, 90). 2.- Pero por otra parte, y es importante señalar el giro que aquí Kierkegaard imprime a su discurso, la creencia mora de todos modos en el seno del saber. Saber es también “querer creer”, pero “querer creer sin riesgo”. Todo saber reposa en realidad en una “voluntad de creencia”. Esto es lo que mostraba ya el escepticismo griego al que aquí Climacus apela. Los escépticos optaban por la ataraxia porque sabían bien que el único modo de no asumir riesgos era “no querer”, rechazar el pequeño riesgo que todo saber asume a su pesar. De ahí que en el Post-Scrpitum [obra firmada por el mismo pseudónimo de las Migajas filosóficas] Climacus señale la decisión que mora en el centro de todo saber, la voluntad que rige antes de empezar la deducción conceptual y que permite finalmente que el sistema se cierre. La crítica a la dialéctica del comienzo de Hegel es llevada a cabo en este caso con el contra-ejemplo de Hamlet. Hamlet a diferencia del filósofo dialéctico sabe que “la reflexión sólo se para con una decisión” (PS, 77). El saber ni empieza ni acaba por sí mismo, siempre es la voluntad del sujeto, esto es su “querer”, su confianza o desconfianza, la que interrumpe o inicia la diatriba del saber.

Esto último es precisamente lo que Derrida trata de mostrar en su texto Fe y saber, que no es posible seguir oponiendo inocentemente la religión a la razón, la fe al saber, justo porque ambas “tienen la misma fuente” (FS, 74). En el fondo del razonamiento más calculador mora la creencia, la razón siempre viene acompañada por algo que no es del orden de la razón, sea el interés kantiano (C, 147), sea el “querer” al que Husserl apela cuando afirma en las Meditaciones cartesianas que “ser razonable es querer ser razonable” (C, 159). Incluso la verdad empírica y racional cuando reposa en la instancia del testimonio, se convierte en objeto de fe y no de prueba: “En el testimonio, la verdad es prometida más allá de toda prueba, de toda percepción, de toda mostración intuitiva. Aunque yo mienta o perjure (y siempre y sobre todo cuando lo hago), prometo la verdad y ruego al otro que crea al otro que soy.” (FS, 121). Incluso el saber más calculador, en la medida en que quiere ser comunicado, en la medida en que apela a un vínculo con el otro exige, más allá de toda prueba, que se crea en él antes de iniciar el despliegue inacabable –Kierkegaard dirá “aproximativo”– de las pruebas materiales. De ahí que Derrida afirme que la fe, precisamente en el momento más laico de la historia de occidente, “se vuelve tan indispensable para la Ciencia como para la Filosofía o para la Religión” (FS, 123). La relación con el otro, la apelación al otro antes de iniciar cualquier tipo de discurso exige, según Derrida, una cierta experiencia de la fe, una apelación al crédito que excede todo saber, aunque de lo que se trate es de comunicar un pretendido saber.

Ahora bien, la reflexión en torno a la fe y creencia va más allá, en el discurso de Derrida, de esta constatación según la cual todo saber racional exigiría de entrada una cierta experiencia fiduciaria. Derrida todavía apela, en nombre de la deconstrucción, a una “fe hipercrítica” como fundamento de una “hiper-ética”: “Esta separación abre el espacio racional de una fe hipercrítica, sin dogma ni religión, irreductible a cualquier institución religiosa o implícitamente teocrática. Es lo que he denominado en otros lugares la espera sin horizonte de una mesianicidad sin mesianismo” (C, 183). Para comprender este concepto de fe que la deconstrucción descubre hay que interrogar el vínculo, insólitamente kierkegaardiano aquí, entre lo imposible y la decisión que guía la reflexión de Derrida en sus últimos textos.

2.- Lo imposible

En Temor y temblor podemos leer: “Cada uno de los grandes lo fue en la medida en que era grande el objeto de su esperanza. Unos fueron grandes porque esperaron las cosas posibles; otros lo fueron porque esperaron las eternas; pero el mayor de todos los grandes lo fue quien esperó que se cumpliera lo imposible” (TT, 33). Hallamos de este modo una nueva definición de la fe en este texto que quedaría formulada del siguiente modo: la fe es creer lo imposible, esperar que lo imposible se cumpla. Esta definición de la fe es fundamental para comprender el planteamiento kierkegaardiano. La fe no consiste en la obediencia frente al mandato divino. Esta concepción es la que lleva a Buber a criticar la interpretación kierkegaardiana de la historia de Abraham, ya que para Buber: “cuando se trata de la suspensión de lo ético se plantea, pues, la cuestión de las cuestiones, que es la antesala de cualquier otra, a saber: si se es realmente interpelado por el Absoluto o por alguno de sus imitadores”. Si toda la fe radica en la obediencia entonces la cuestión es evidentemente a quien obedecer, si se obedece realmente a Dios o a uno de sus imitadores, y uno no sabría nunca establecer el criterio concluyente para tal distinción. De ahí que Buber considere que el ejemplo de Abraham no sirve al hombre normal el cual debería limitarse a considerar que “Dios no pide mucho más que lo ético básico” (Buber, 2003: 142). Sin embargo, lo determinante de la interpretación kierkegaardiana de Abraham es que lo decisivo de su fe radica, no en obedecer, sino en creer lo imposible, esto es, en creer que finalmente Dios no le exigirá a Isaac: “Abraham creyó, creyó que Dios no le exigiría a Isaac” (TT, 53), “Creyó en virtud del absurdo porque todo aquello no tenía nada que ver con los cálculos humanos” (TT, 53). La creencia en virtud del absurdo es la creencia en lo imposible. Creer que “para Dios todo es posible” es creer, contra todo cálculo humano, contra toda racionalidad previsible, que Dios en virtud de su heterogeneidad puede lo imposible. De ahí la insistencia de Kierkegaard en señalar que “el absurdo no pertenece a las diferencias que caen dentro del cuadro propio de la razón. El absurdo no se identifica con lo inverosímil, lo inesperado y lo imprevisto” (TT, 67), sino que por el contrario el absurdo, lo absurdo, consiste en creer en la posibilidad de lo imposible. Por ello la fe, nos recuerda constantemente Johannes de silentio (Pseudónimo de Kierkegaard que es el autor de Temor y temblor], exige “mirar de frente a la imposibilidad” (TT, 69).

Es esta misma estructura de lo imposible, esta lógica de la imposibilidad, la que define la deconstrucción de Derrida. Lo imposible es para Derrida el don (DT, 48); la hospitalidad es también imposible (H, 79), el perdón no tiene sentido sino es en la medida de su imposibilidad (SP, 24), y en definitiva “la deconstrucción es posible como una experiencia de lo imposible” (FL, 136). ¿Qué relación tiene la deconstrucción con lo imposible? En la medida en que la deconstrucción hace temblar, solicita, la racionalidad metafísica, esto es, ese discurso racional cuyas categorías modales son las de lo posible, lo necesario y lo real, Derrida opone a este discurso una lógica de lo imposible, una lógica deconstructiva que señalaría la necesidad de lo incalculable como fuente indecible de todo cálculo humano. Creer es también para Derrida la pasión por lo imposible, pero dicha pasión se centra en la espera de lo imposible, la “espera sin horizonte” de la venida del acontecimiento. Creer en lo imposible, como cree Abraham, es desde la perspectiva de la deconstrucción, “creer en el acontecimiento”, donde el acontecimiento queda definido como “la irrupción de lo incalculable”, la alteridad singular, excepcional de lo que viene (C, 156). Y aquí lo incalculable es tanto la esperanza de que Isaac nos sea devuelto como la venida, nunca presente, del mesías por venir. De ahí la apelación de Derrida al “mesianicismo sin mesías”. Es esta creencia en lo imposible que marca la posibilidad del acontecimiento la que desplaza en el discurso de la deconstrucción la utopía a favor de la aporía. Lo utópico es sustituido por lo aporético en la medida en que exige la “fe en la posibilidad de lo imposible”, en lugar de confiar en el despliegue de lo razonable. En palabras de Derrida: “continúo creyendo en esta fe en la posibilidad de lo imposible y, en realidad, indecidible desde el punto de vista del saber, la ciencia y la conciencia que deben gobernar todas nuestras decisiones”(FT, 115). Tal y como afirma Caputo es esta afirmación de lo imposible la estructura común que comparten el discurso de Derrida y los pseudónimos kierkegaardianos (Caputo, 2002: 7-8). Si embargo quisiéramos incidir aquí en este vínculo entre la fe o la “creencia en lo imposible” y el concepto de decisión que rige el discurso ético de Derrida.

3.- La decisión

Es exactamente en referencia al concepto de decisión que Derrida se reclama kierkegaardiano de modo explícito: “El instante de la decisión es una locura, dice Kierkegaard” (FL, 61). La decisión, para Derrida, “debe ser siempre un momento finito, de urgencia y precipitación; no debe ser la consecuencia o el efecto de ese saber teórico o histórico, de esa reflexión o deliberación, dado que la decisión marca siempre la interrupción de la deliberación” (FL, 61). Esto es algo que ya advertía Kierkegaard en su referencia a Hamlet, que la decisión no es nunca consecuencia de la reflexión, sino que por el contrario la reflexión es interrumpida sólo en el momento en que el sujeto decide. Así, aunque la fe siga siendo en Kierkegaard del orden de la gracia y esté, en cierto modo, más allá de la voluntad (M, 35), exige también una decisión, la decisión por la cual, por ejemplo, Abraham resuelve someterse a la petición divina y dirigirse al monte Moriah junto con Isaac. Esta categoría fundamental de la decisión es algo que no puede ser expedido sin más a la ética primera que Kierkegaard atribuye a su pseudónimo Wilhem cuando reflexiona en torno de la necesidad de “elegir elegir”. La decisión, como interrupción del saber, está presente también en la ética segunda que Kierkegaard despliega en Las obras del amor, así por ejemplo cuando en referencia al perdón se afirma: “el auténtico amante, que permanece, siempre se desentiende de su saber acerca del pasado” (OA, II, 165). El amor exige decidirse a amar contra todo saber, interrumpir el saber acerca del otro, de su pasado, del pasado en común, para abrir de nuevo el futuro. El amor, que permanece, es justamente esa decisión a través de la cual se borra “el saber acerca del pasado” para hacer posible lo imposible, o en otras palabras, el amor, si es algo es, la decisión siempre sostenida por la que se elige creer contra todo saber.

Del mismo modo, para Derrida, toda la cuestión ética de la deconstrucción se juega en este concepto de decisión que la razón teórica, el saber, no puede fundar. Decidir no es entonces únicamente interrumpir el discurso del saber, la reflexión teórica y calculable, sino sobre todo creer contra el saber, creer en lo imposible. La decisión se juega justamente en lo “indecidible desde el punto de vista del saber”. Se decide allí donde la creencia y lo imposible sustituyen al saber sobre lo posible y lo real.

Nos preguntábamos acerca de la relación entre la deconstrucción y el concepto kierkegaardiano de creencia. Pues bien, estamos ya en condiciones de empezar a comprender por qué la deconstrucción en cuanto crítica de la racionalidad calculadora y del discurso del saber que caracteriza el pensamiento occidental recurre a la reflexión kierkegaardiana en torno a la fe y la creencia. Lo que Derrida descubre en Kierkegaard es algo que la deconstrucción requiere pensar como su fundamento. Si Derrida reconoce en Kierkegaard y contra Heidegger la necesidad de “pensar la fe”, es porque la fe no puede ser comprendida sin más como lo otro de la razón, sino justamente como el fondo indecidible que sostiene toda pretendida racionalidad sin mácula. Es en este sentido que la deconstrucción reconoce en la reflexión kierkegaardiana una doble tarea: de un lado, deconstruir la escisión demasiado precipitada, inocente, entre fe y saber, mostrando como toda racionalidad calculadora descansa sobre una decisión siempre infundada. Pero por otra parte, y tal vez sea la enseñanza kierkegaardiana más relevante que afecta a la tarea de la deconstrucción, se impone la tarea de pensar racionalmente lo que Derrida llamará una “hiper-ética”, esto es una ética fundada en el crédito y la fe, antes que en los intereses universalistas de la razón. Es sin duda este intento de pensar la ética sobre el fondo de la creencia lo que comparten la deconstrucción y el pensamiento de Kierkegaard, y en especial la ética cristiana que Kierkegaard dibuja en Las obras del amor. Y es en la exigencia contemporánea de pensar esta ética que reencontramos en el discurso de Derrida donde el legado de Kierkegaard merece ser interrogado. Valgan aquí estos apuntes como el inicio todavía tímido de esta interrogación.

BIBLIOGRAFÍA citada:

Obras de Derrida:
NEL: Derrida, J., No escribo sin luz artificial, Cuatro ed.: Madrid, 2006.
FL: Derrida, J., Fuerza de ley. El fundamento místico de la autoridad, Tecnos: Madrid, 2008.
FS y SP: Derrida, J., El siglo y el perdón seguido de Fe y saber, Ed. La Flor: Buenos Aires, 2006.
C: Derrida, J., Canallas. Dos ensayos sobre la razón, Trotta: Madrid, 2005.
DT: Derrida, J., Dar el tiempo, Paidós: Barcelona, 2004.
H: Derrida, J., La hospitalidad, Ed. La Flor: Buenos Aires, 2006.
FT: Borradori, G., Philosophy in a Time of Terror. Dialogues with Jürgen Habermas and Jacques Derrida, The University of Chicago Press: Chicago and London, 2003.

Obras de Kierkegaard:
EC: Ejercitación en el cristianismo [Indøvelse i Christendom, 1850] Obras y Papeles, Vol. I (Demetrio Gutiérrez Rivero traductor), Ediciones Guadarrama: Madrid, 1961-1969.
M: Migajas Filosóficas [Philosophiske Smuler, 1844]; Ed. Trotta, Madrid, 1997 (trad. Rafael Larrañeta)
TT:Temor y temblor [Frygt og Bæven, 1843] Ed. Labor, Barcelona, 1992 [2ª ed.] (trad. Demetrio Gutiérrez)
OA: Las obras del amor [Kjærlighedens Gjerninger, 1847] Obras y Papeles, Vol. IV y V (Demetrio Gutiérrez Rivero traductor), Ediciones Guadarrama: Madrid, 1961-1969.
Otra bibliografía:
Mackey, Louis, “Once More with Feeling: Kierkegaard's Repetition” en Kierkegaard and Literature. Irony, Repetition, and Criticism, editado por Ronald Schleifer y Robert Markley. University of Oklahoma Press: Norman, 1984, pp. 80-115.
Heidegger, M., “La sentencia de Anaximandro”, en Caminos del bosque, Alianza: Madrid, 2003.
Buber, M. (2003): 142-143. “Sobre la suspensión de lo ético” en Eclipse de Dios, Ed. Suígueme, Salamanca, 2003, pp. 139-144.
Caputo, J., “Looking the Impossible in the Eye”, en Kierkegaard Studies Yearbook 2002.
(Laura Llevadot, en Jornadas Kierkegaard 2009).

* Este texto fue presentado como ponencia en las Jornadas Kierkegaard 2009, organizadas por la Biblioteca Kierkegaard Argentina; publicado originalmente acá.

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Laura Llevadot 

Actualmente es miembro de la Cátedra de Filosofía Contemporánea, dirigida por Manuel Cruz, investigadora asociada del Laboratoire d’études et de recherches sur les Logiques Contemporaines de la Philosophie (Université Paris VIII) y miembro del Seminario María Zambrano (Universidad de Barcelona).

Ha publicado diversos artículos especializados sobre la filosofía de Kierkegaard y su relación con el pensamiento continental contemporáneo en revistas nacionales e internacionales tales como Daimon, Pensamiento, Kierkegaard Studies Yearbook, Contrastes, Kierkegaardiana, y Enrahonar entre otras.
Imparte también su docencia en el grado de Comunicación e Industrias Culturales, en el Máster de Pensamiento Contemporáneo de la Universidad de Barcelona y en el Máster interuniversitario de “Ciudadanía y Derechos humanos”. Es profesora invitada en los seminarios de doctorado de Filosofía de la Universidad de Paris 8 y directora de las Jornadas Internacionales María Zambrano.

Su interés se centra en las filosofías contemporáneas de la alteridad, la deconstrucción y las derivaciones éticas del pensamiento post-metafísico.

Ha publicado:

Llevadot, L. Kierkegaard trough Derrida: Towards a Post Metaphysical Ethics. (Estados Unidos de América): Davies Group Publishers, 2013.

Cruz, M.; Llevadot, L. La filosofía en la Universidad por venir. (España): Editorial Proteus, 2013.

Llevadot, L.; Riba, J. Filosofías post-metafísicas: 20 años de Filosofía Francesa Contemporánea. pp. 11 -291. (España): Editorial UOC, 2012.

Llevadot, L. La philosophie seconde de Kierkegaard. pp. 9 – 307. (Francia): L’Harmattan, 2012.

Králik, R.; Llevadot, L.; García Martín, J. Preface: Kierkegaard and Faith. pp. 1 -223. (Eslovaquia): Publicacions de la Universitat de Barcelona, 2008.

Ha colaborado también en diversas obras colectivas tales como Kierkegaard no nosso tempo (2010), Frontières et Philosophie (2010), Las personas del verbo (2011), Kierkegaard and Death (Indiana University Press, 2011) y Kierkegaard Research (Ashgate, 2012).