por Julieta Manterola
Egoísmo versus altruismo
El dilema del prisionero es un dilema bastante conocido en Ética y Teoría de los juegos. Nos pone frente a la alternativa de si optar por el individualismo o por la cooperación. Para dar su propia versión de este dilema, el filósofo utilitarista Peter Singer le pide al lector que se imagine la siguiente situación:
“Usted y otro preso [están] en celdas separadas del Cuartel General de la Policía de Ruritania. Usted no tiene forma de contactar con el otro. La policía está tratando de que los dos confiesen estar conspirando contra el Estado. Un interrogador le ofrece un trato: si el otro prisionero mantiene su silencio pero usted confiesa, implicando al otro en su delito, usted quedará en libertad y él será condenado a veinte años de cárcel. No obstante, si usted se niega a confesar y el otro confiesa, será usted el condenado a veinte años y el otro quedará libre. Usted pregunta: ‘¿Qué pasa si confesamos los dos?’. El investigador dice que les caerán diez años a cada uno. ‘¿Y si no confiesa ninguno?’ De mala gana, el investigador admite que tal vez no logre que los condenen, pero que es posible, y así se hará, retenerlos a los dos durante otros seis meses de acuerdo con los poderes del gobierno en estado de emergencia. ‘Pero piénselo –agrega–, porque, tanto si el otro tipo canta como si no, usted saldrá mejor parado si confiesa: saldrá inmediatamente de aquí si el otro no confiesa, que es mejor que quedarse otros seis meses, y le caerán diez años en vez de veinte si el otro confiesa. Y recuerde que le estamos ofreciendo a él el mismo trato. Así pues, ¿qué va a hacer?’” (Peter Singer, Una izquierda darwiniana. Política, evolución y cooperación, Editorial Crítica, págs. 67-68).
Hasta aquí, la versión de Singer del dilema del prisionero.
El dilema consiste entonces en si el prisionero debe confesar o callar. Si confiesa, minimiza el tiempo que pasará en la cárcel, ya que, en el peor de los casos (esto es, si el otro también confiesa), pasará 10 años preso. Si calla, corre el riesgo de que el otro confiese y, por lo tanto, de pasar 20 años preso. Desde el punto de vista del propio interés, parece que la mejor opción es confesar.
Sin embargo, sabemos que ambos prisioneros se enfrentan al mismo dilema. Así, si ambos se guían por su propio interés (como es de esperar que lo hagan), ambos confesarán y ambos pasarán 10 años presos. Pero recordemos que si ambos callan, entonces ambos salen libres en 6 meses.
Lo inquietante de este dilema es que, pese a que callar parece ser la mejor opción, es una opción que no se puede justificar, al menos desde el punto de vista del interés individual.
Para Singer, este dilema “no tiene solución” y demuestra que, en determinadas situaciones, atenerse al propio interés puede ser peor que no hacerlo. “La persecución individual del propio interés puede resultar contraproducente para la colectividad” (Peter Singer, op. cit., pág. 68).
Lo interesante del planteo de Singer es que ofrece una justificación para la que parece ser la mejor opción (es decir, callar). La justificación no es el interés individual, sino algo muy distinto: el altruismo. En el dilema del prisionero, “no se pueden cambiar las condiciones, los prisioneros no pueden coordinar su conducta y se trata de una situación que sólo se da una vez en la vida. En estas condiciones, la estrategia de cooperar no se justifica en términos de intereses egoístas. Paradójicamente, sólo el altruismo puede ayudar a los prisioneros. Los dos saldrán mejor [parados] si los dos tienen en cuenta, no sólo el tiempo que pasará en prisión cada uno, sino el que le caerá al otro preso. Entonces, ambos comprenderán que, para minimizar la cantidad total del tiempo de condena de los dos, ninguno debe confesar” (Peter Singer, op. cit., págs. 69-70).
Desde el punto de vista del interés individual, en el que cada prisionero se preocupa solamente por su propio destino, la acción racional que minimiza el tiempo de condena de cada uno de ellos es confesar. Sin embargo, desde un punto de vista colectivo, en el que cada prisionero se preocupa no solamente por su propio destino, sino también por el del otro, la acción racional que minimiza el tiempo de condena de ambos es callar.
Lo sorprendente de este planteo es que nos invita a mirar las cosas desde una perspectiva diferente: al incorporar al otro en nuestras propias reflexiones, nos damos cuenta de que callar es la mejor alternativa. ¿Pero por qué debemos incorporar al otro un nuestras propias reflexiones y, por lo tanto, callar? Singer responde: “Somos seres racionales. […] La razón nos dota de la capacidad de reconocer que cada uno de nosotros no es más que un ser entre otros, todos los cuales tienen deseos y necesidades que les importan, lo mismo que a nosotros nos importan nuestras necesidades y deseos” (Peter Singer, op. cit., pág. 88). Debemos incorporar al otro y callar porque somos seres racionales y porque nuestra razón nos hace comprender que el interés por no pasar un tiempo prolongado en la cárcel es tan importante para nosotros como para el otro. ¿Pero cómo podemos saber que el otro prisionero también nos incorporará en sus reflexiones y callará? Podemos saber esto porque el otro también es un ser racional y porque su razón también le hará comprender que el deseo de no permanecer un tiempo prolongado en la cárcel es tan importante para él como para nosotros. Así, si ambos prisioneros utilizan su razón para resolver el dilema, en vez de dejarse llevar por su egoísmo, ambos callarán y ambos saldrán libres en 6 meses.
El dilema en la vida cotidiana
Intentemos ahora trasladar el dilema del prisionero a una situación de la vida cotidiana.
Algo similar a la alternativa entre individualismo y cooperación se plantea, por ejemplo, cuando tenemos que elegir entre comprar un auto o utilizar el transporte público. Viajar en auto usualmente es cómodo y rápido, mientras que viajar en colectivo suele ser incómodo y lento. Pero si todos (o al menos la mayoría) siguieran su propio interés por viajar cómodos y se compraran un auto, casi inmediatamente los problemas de contaminación ambiental, visual y sonora y los problemas de tránsito serían escandalosos (tal como de hecho, lo son). Como resultado, todas las personas, tanto las que se desplazaran en auto como aquellas que utilizaran el transporte público, viajarían incómodas y lento. La mejor alternativa para todos y para cada uno es utilizar el transporte público, ya que esto reducirá la contaminación y despejará las calles. Pero no todas las personas están dispuestas a renunciar a su propia comodidad en beneficio del resto y de ellas mismas. Si las personas que se desplazan en auto pensaran en el deseo de todos (incluidas ellas mismas) de llegar rápido a destino y de respirar un aire libre de contaminación, abandonarían sus autos y utilizarían el transporte público.
Así como la solución al dilema del prisionero es la cooperación y el altruismo, una solución a nuestros problemas globales (como la pobreza, la contaminación, etc.) es también la cooperación y el altruismo globales.
El objetivo del dilema del prisionero es mostrar que guiarnos por el egoísmo es peor que no guiarnos por él. Y es peor no sólo para todos sino para cada uno de nosotros también. Los valores que deben guiarnos son la cooperación y el altruismo. Guiarnos por estos valores implicará algún sacrificio personal (pasar 6 meses en la cárcel, viajar en el transporte público), pero será mejor no sólo para todos sino también para cada uno de nosotros. Así, en cada una de nuestras reflexiones y decisiones, debemos incorporar siempre los intereses, las necesidades y los deseos de las demás personas (y de todas las criaturas sensibles en general), incluidas las generaciones futuras. Las decisiones y elecciones egoístas sólo pueden llevarnos a la ruina del planeta y de nosotros mismos.
Post scriptum
Este pequeño texto lo leí en las XI Jornadas Argentinas y Latinoamericanas de Bioética, realizadas por la Asociación Argentina de Bioética, en Rosario, en noviembre de 2006.
A raíz de los cortes de luz que suelen producirse en verano, me gustaría agregar brevemente lo siguiente.
En una nota publicada por el diario Página/12, el martes 31 de diciembre de 2013, Beatriz García, investigadora del CONICET, comenta:
“El problema del sobreconsumo en verano está relacionado con el [hecho de] querer tener 18 grados en la casa cuando afuera hacen 35, o con tener aire [acondicionado] en cada habitación, o con tener bombas aspirando agua o filtrando piletas, todo al mismo tiempo. Querer una diferencia térmica de 20 grados entre el interior y el exterior de la casa implica un gasto tremendo de energía. Si la gente se conformara con 24 [grados] adentro, eso sería significativo realmente”.
Se advierte entonces que el uso de la energía es también un caso del dilema del prisionero.
Como dije, el dilema que enfrenta el prisionero es si cooperar o no con el otro prisionero. Es decir, si ser egoísta o ser cooperativo. El dilema pone de manifiesto la existencia de dos tipos de racionalidad: la individual y la colectiva. “La racionalidad colectiva se plantea la cuestión de qué sería mejor para cada individuo, en el supuesto de que todos los demás individuos actuaran igual” (Jonathan Wolff, Filosofía política. Una introducción, Editorial Ariel, pág. 33). Como quedó establecido, la moraleja del dilema es que la conducta cooperativa es la que beneficia a todos y a cada uno. El problema es que usualmente razonamos de un modo egoísta (queremos tener 18 grados en nuestras casas, hacemos funcionar todo al mismo tiempo). Nos cuesta dar el salto desde la racionalidad individual a la colectiva. Así nos va peor a todos y a cada uno.


