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lunes, 7 de marzo de 2022

Pasolini: Sin sombras, la victoria no da luz

por Oscar Cuervo

El reciente 5 de marzo se cumplió el centenario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini (Casarsa, Bologna). Y el 10 de junio próximo se cumplirán 40 años de la muerte de Rainer Werner Fasbinder. Es es por consiguiente un año pasoliniano/fassbinderiano, lo cual condensa la más potente conjunción del cine contemporáneo, dos de los artistas más vigentes del siglo pasado. No son precisamente dos de las figuras más fetichizadas por las sectas cinéfilas. Será interesante constatar cuántos festivales nacionales e internacionales rememoran la fuerza incandescente de dos cineastas que interpelan al presente como pocos de los que están en actividad.

Pasolini, el inaceptable *

I 

La decisión de Pasolini de ponerse a filmar, hace ya 58 años, El Evangelio según Mateo, tiene para nosotros un atractivo irresistible. Y esto tanto por aquella situación en la que Pasolini decide encarar este proyecto, como por esta desde la cual nosotros hoy vemos el film. 

Pasolini es un ateo filmando el Evangelio. 

Dice: «yo no creo que Cristo sea hijo de Dios, porque no soy creyente –al menos en la conciencia–. Pero creo que Cristo es divino: o sea, creo que en Él la humanidad ha llegado a ser tan alta, tan rigurosa, tan ideal, que va más allá de los límites comunes de la humanidad...» * 

Dice algo que no cabe en la cabeza de ningún comunista, de ningún librepensador para quien la Ilustración sea su condición natural. Y Pasolini es comunista, es el más librepensador de los iluministas. 

(Habría que aclarar el carácter herético del comunismo de Pasolini, habría que aclarar que fue expulsado de PCI por su "decadentismo estético”; en realidad esos son los motivos eufemísticos que alegaron los comunistas cuando expulsaron a Pasolini, pero en realidad lo expulsaron debido a las denuncias que lo señalaban como pedófilo: un par de menores de edad de Casarsa -un pueblito de la región del Friuli del cual Pasolini era dirigente comunista- dijeron que habían mantenido contactos sexuales con él: y eso es inaceptable para un comunismo urgido de aceptabilidad: 

«Nos basamos en los hechos que han determinado un grave expediente disciplinario a nombre del poeta Pasolini –decía L’Unità, órgano de prensa del partido comunista italiano el 29 de octubre de 1949- para denunciar, otra vez más, las deletéreas influencias de ciertas corrientes ideológicas y filosóficas de los distintos Gide, Sartre y de otros tantos poetas y literatos decadentes que quieren hacerse pasar por progresistas, pero que en realidad recogen los más deletéreos aspectos de la degeneración burguesa.» (Y, pensándolo bien, quizá no lo hayan expulsado por degenerado, quizá esa haya sido sólo una coartada: quizá muy pronto les quedó claro que Pasolini era un inaceptable)). 

Pasolini es capaz de albergar ideas en su cabeza que lo hacen un inaceptable, hasta para sus camaradas comunistas. Y, por ser inaceptable, es poeta. Porque la poesía no es para él un nicho estético donde esconderse del mundo. La poesía es una posición de resistencia frente a un mundo inaceptable, es la lengua insigne de los que no aceptan. 

Pero hay una raza que no acepta coartadas, 

una raza que en el instante en que ríe 

se acuerda de su propio llanto, y en el llanto, de su risa 

una raza que no se exime ni siquiera un día, ni una hora, 

del deber de la presencia airada, 

de la contradicción en que la vida no concede 

jamás adaptación alguna, una raza que hace 

de su propia dulzura un arma que no perdona. 

Yo me enorgullezco de ser de esa raza. 

Oh, muchacho, también yo, claro.» 

“El sueño de la razón”, en Poesía en forma de rosa, 1961-1964 

Y es como poeta que Pasolini ama visceralmente al Cristo de Mateo: «El Evangelio –se dice mientras prepara la película- deberá estar basado en la pura poesía, no en una visión racionalista, marxista de la historia; deberá ser fruto de una “furiosa oleada irracionalista”». En medio de ese pathos se dispone a contar la vida de quien, con más derecho que nadie, puede ser llamado el Inaceptable (y que hoy, en 1964, digo, en 2022, sigue siendo tan inaceptable como hace 2022 años). 

«Quiero añadir que nada me parece más contrario al mundo moderno que la figura de Cristo, suave en el corazón, pero nunca en la razón, decidido en el ejercicio de su libertad, como voluntad verificadora de la propia religión y como desprecio continuo de la contradicción y del escándalo.» 

II 

La situación desde la cual nosotros vemos hoy la película: 

Una amiga, al enterarse en 2004 de que yo estaba preparando un dossier Pasolini para el número 4 de revista La otra, me preguntó de qué se trataba. Le conté que había llegado a mis manos una vieja revista española de 1965 en la que se relataban los pormenores de la realización, el estreno y el consiguiente debate que produjo en su momento El Evangelio según Mateo. Le conté que entre otros documentos muy interesantes, estaba la correspondencia que Pasolini había mantenido con miembros de la Pro Civitate Christiana, una agrupación católica a la cual Pasolini había acudido para asegurarse de que su película se atuviera al más estricto respeto a la doctrina cristiana. 

Mi amiga me responde: «claro, Pasolini vivió en una época en la que ser gay no era, para nada, gay. Y eso le debe haber producido un inmenso complejo de culpa...» 

Mi amiga es una respetable exponente de esa clase media para la cual la emancipación, la incredulidad, la ausencia de oídos para lo sagrado, es una conquista de su condición social. En el mejor de los casos, la fe puede asociarse al complejo de culpa. Y Pasolini tendría motivos para sentirse culpable, "si tenemos en cuenta el contexto histórico en el cual desarrolló su obra". 

Para una librepensadora tan encadenada a su emancipación como esta amiga que me hizo el comentario sobre Pasolini, el gesto del poeta y cineasta comunista decidido a filmar el Evangelio es inaceptable, todavía hoy. Y es por eso que Pasolini lo filmó. Porque siempre se colocó en posiciones en las cuales no le sería posible ser aceptado. 

 A nosotros el Evangelio no puede resultarnos sino inaceptable. Estamos preparados para comprenderlo todo y siempre situamos cada fenómeno cultural en su contexto. Así podemos comprender el Evangelio como un producto cultural circunscripto en determinadas coordenadas históricas, así podemos comprender la religiosidad de las masas populares como una expresión de su todavía no alcanzada emancipación. 

A los librepensadores nos gusta hablar de política, de policiales, de piqueteros, de mass media, de grandes relatos, de psicología, de teología, de urbanismo, de estética, de semiótica, de merchandising, de probabilística, de bailística, de clacisismo, de modernismo, de postmodernismo, de Hadewijch, de diversidad sexual, de capacidades diferentes, de arte pop, de canciones tontas, de panorámicas, de bitcoins, del live update, del spam, de PTA, de DC, de Pixar... 

Pero nosotros, librepensadores, encadenados a nuestra emancipación como a la adquisición a la que no somos capaces de renunciar, tan capacitados para comprender cada cosa en su contexto, hay algo que no podemos aceptar: el Evangelio. Y otra cosa más: que un comunista librepensador, el más librepensador de los comunistas, Pasolini, sea capaz de filmar el Evangelio sin el menor rastro de ironía, de parodia, de sarcasmo, sin un solo guiño a nuestra conquistada emancipación.

III 

Pero, ¿quién es Pasolini, el hombre que, hace ya casi 60 años, se siente llamado a hacer un film sobre El Evangelio según Mateo? Podríamos decir rápidamente: “poeta, cineasta, semiólogo, pensador, militante”, palabras que también le cabrían a muchos otros y con eso quedaría más o menos respondida la cuestión de qué es. Pero en ese caso no habríamos dicho quién es, ni siquiera habríamos puesto en foco el punto donde se intersectan los caminos del poeta, el cineasta, el semiólogo, el pensador y el militante. Y aún si lográramos ponerlo en foco, todavía faltaría decir qué es Pasolini para nosotros. Porque Pasolini es el nombre de una tensión que nos atraviesa, una cierta manera de liberar las fuerzas que nos traban, de abrirlas hacia el mundo y no quedar sofocados por ellas. 

Pasolini viene de antes, de mucho antes: su madre, Susana Colussi, maestra de escuela elemental, hija de una antigua familia de campesinos de Casarsa cuya existencia se puede rastrear hasta el siglo XV, es la persona que Pasolini amó desde el primer día de su vida hasta el último: 

Es difícil decir con palabras de hijo 

aquello a lo que en el corazón apenas me asemejo. 

Tú eres la única en el mundo que sabe de mi corazón 

lo que ha sido siempre, antes de cualquier amor. 

Por eso debo decirte lo que es horrible reconocer: 

en el seno de tu gracia nace mi angustia. Eres insustituible. 

Por eso está condenada a la soledad la vida que me has dado... 

“Súplica a mi madre” de Poesía en forma de rosa 

Cuando Pasolini comienza a escribir poesía, lo hace en friulano, el dialecto de su madre. Cuando filma el Evangelio, pone a su madre en el rol de María, la madre de Jesús. La fidelidad de Pier Paolo a ella durará todo lo que dure su obra (y dura todavía). 

El padre, Carlos Alberto Pasolini, teniente de infantería, heredero de una familia noble venida a menos, es un hombre enredado con el fascismo, con el alcohol y con la desconfianza. Su matrimonio con Susana Colussi será desgraciado, su autoridad apenas logrará una sumisión formal que mantendrá a la familia en el encono, lo que no hará más que fortalecer el vínculo entre madre e hijo. Sólo muchos años después de que el padre muera, Pasolini rescatará en su memoria el vínculo de ternura y sensualidad que lo ligaba a ese hombre que fue para él un desconocido. 

Novela familiar como muchas otras. Pero la singularidad de Pasolini consiste en haberla experimentado no como una neurosis pequeño-burguesa, no como una coartada para vivir en la amargura (como hace la gente normal), sino como un don y como una oportunidad. Alguna vez dijo: los problemas de la vida no hay que resolverlos, hay que vivirlos. Su vínculo con lo arcaico, con el habla dialectal, sus amados rostros campesinos; pero también su proyecto burgués, su empresa emancipadora, su “carrera” artística, la asunción de su sexualidad, su militancia anti-fascista y su nostalgia por una autoridad legítima: así pudo abrir ese nudo, abrir su sentido, plantarlo en el mundo, ponerlo en obra. Su obra trabaja sobre esa tensión sin renunciar nunca a ella, al contrario: manteniéndola tanto como sea posible. 

(Es difícil, hablando de Pasolini, sortear el peligro del biografismo. Pero hay una manera: este semiólogo, que quiere descifrar la lengua de la realidad, escribe al vivir: escribe lo que vive pero también vive lo que escribe. Su singularidad es capaz de comunicarse y comunicarnos, no hablando la lengua universal de la ciencia, sino poetizando: es decir, dándole nombre a las fuerzas que lo agitan).

«No he tenido, por decirlo así, formación religiosa. Mi padre no creía en Dios. Si iba los domingos a misa, sólo era por respeto a una institución garantizadora del orden social. Practicaba externamente, por todas las razones que llevan a un hombre de derecha a bautizar a sus hijos, a casarlos ante el sacerdote... Mi madre mantenía las tradiciones religiosas de la mayor parte de los campesinos. Su fe era la prolongación de su poesía o, como dicen los teólogos, una religión natural. Por lo tanto, yo no he sufrido ninguna presión religiosa. Las únicas veces que me hacía la rata era para escapar al catecismo. La enseñanza del catecismo me resultaba insoportable. El colegio de curas me resultaba el peor de los presidios». 

A mediados de la década del 50 le escribe al poeta católico Carlo Betocchi: «En cuanto a la pregunta “¿qué es la realidad?”, su cultura burguesa y cristiana ya tiene preparada la respuesta. Y, sobre tal base, la eventual interpretación marxista sólo puede ser rechazada. Ahora yo lo envidio a usted y a los de su generación que ya tienen preparada esa respuesta: y envidio a los que creen en la respuesta aún potencial de la filosofía marxista. Yo me encuentro en el vacío, ni aquí (si bien todavía aquí por la violencia de la memoria, por la coacción de una infancia y de una educación) ni allá (si bien ya en la aspiración, en la simpatía por una vida que se renueve, y proponga una fe, si no otra cosa, en su ser en acto). Todo esto es escandaloso. (...) Pero siempre una posición sincera es escandalosa, este es uno de los conceptos absolutos del cristianismo, ¿no es verdad? A mí no me falta valor, pero siento que en este momento una elección sería un acto desesperado: un acto irracional, que requiere una forma de misticismo, si me decidiera por el “allí”; y un acto renunciador, peligrosamente viciado, si me asentase definitivamente –a gozar éxtasis católicos y exquisitamente burgueses- “aquí”». 

A Pasolini no le falta valor: al contrario, es su enorme valor lo que le permite no resolver los problemas, sino vivirlos. Sería más cómodo refugiarse en una visión católica de la existencia, sentirse parte de una iglesia consoladora que reconforte su espíritu, cerrar las heridas, olvidar (todos quieren olvidar). Pero Pasolini no es lo bastante burgués para aspirar a ese confort, prefiere la intemperie. 

El marxismo le ha enseñado que el cielo que promete la religión es el mundo al revés de la miseria material, una ilusión para soportarla mejor: «la religión es la realización fantástica de la esencia humana, porque la esencia humana carece de verdadera realidad (...). La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura abrumada, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación sin espíritu» (Karl Marx, Crítica a la filosofía del derecho de Hegel). 

Pero es ese mismo valor de Pasolini, su mismo amor por la verdad, lo que le hace descubrir muy pronto que el comunismo también tiene preparada una respuesta a la pregunta por la realidad, y resulta así otra variante de la religión: la promesa de una historia progresiva, el cielo en la tierra. Con el agravante de que el cielo comunista promete saciar el hambre de pan, pero olvida que no sólo de pan vive el hombre. Si el comunismo es impotente para producir una verdadera alteridad en este mundo sin corazón, si sólo termina proponiendo una mera alternativa a él, es porque no tiene oídos para lo sagrado. En eso, Marx es sólo otra variante del iluminismo moderno, que ha venido a abolir lo sagrado; y sus seguidores, los marxistas, terminarán por reducir todo a un reparto equitativo del pan. 

Pasolini necesitará cada día del resto de su vida para descubrir y volver a descubrir que la izquierda pretende una felicidad idéntica a la de los explotadores. Y así, «una lucha definida verbalmente como revolucionaria marxista-leninista se degrada en una lucha civil vieja como la burguesía, esencial para la existencia misma de la burguesía».(Cartas luteranas, 1975) 

Cuando en sus últimos años de vida alce su voz para denunciar los efectos devastadores que la revolución neocapitalista produce sobre el hombre y sobre el mundo, ya sabrá muy bien que contra esta mutación antropológica el comunismo no puede hacer nada porque, en un punto decisivo, burgueses y comunistas son lo mismo: «Porque hay una idea conductora que es común a todos: la idea de que el peor de los males del mundo es la pobreza, y que por tanto la cultura de las clases pobres debe ser sustituida por al cultura de las clases dominantes». (Cartas luteranas

«A algunos críticos de obediencia católica les ha molestado que sea un marxista el que se apropie de esta historia: son exégetas ultraconservadores de un relato que, por otra parte, casi no leen. Me reprochan una ingerencia que debe pisotear sus derechos. Pero me pregunto, ¿cuáles? No me molestan demasiado y, en todo caso, mucho menos que los elogios que he recibido de los organismos católicos. (...) Por otro lado, los críticos marxistas han objetado mi elección del tema, así como la “falta de compromiso” con la que, según ellos lo he tratado. Realmente, yo habría podido hacer la historia de Cristo dándole el aspecto de un agitador político y habría tenido el nihil obstat de los marxistas oficiales. No lo hice así porque va contra mi naturaleza profunda desacralizar cosas y personas. Al contrario, tiendo a sacralizarlas lo más posible». 

Como militante comunista forma parte de las fuerzas modernizantes que ayudan a disolver las estructuras sociales del clerical-fascismo, cuya opresión ha sufrido en carne propia; como poeta, cineasta y semiólogo, aprende a descifrar la lengua en que nos habla la realidad, dispone su oído a escuchar antiguas palabras nunca escritas; y al escucharlas advierte que esa modernidad que él mismo promueve acabará borrando todos los signos y arrasará el mundo. Y así descubre la escandalosa fuerza revolucionaria del pasado, la gracia de los siglos oscuros. 

«Entonces, según usted -dice reticente, 

mordisqueando el bolígrafo - ¿cuál es 

la función del marxista?» Y se dispone a apuntar. 

«Con... delicadeza de bacteriólogo... yo diría [balbuceo 

preso en ardores de muerte] 

mover las masas de ejércitos napoleónicos, estalinistas... 

con miles y miles de anexos... de forma que... 

la masa que se dice conservadora [del Pasado] lo pierda: 

la masa revolucionaria, lo gane 

reedificándolo en el acto de vencerlo... 

“Una desesperada vitalidad”, Poesía en forma de rosa


IV

«Es una obra de poesía la que quiero hacer. (...) Siguiendo al pie de la letra las “aceleraciones estilísticas” del evangelio de Mateo, la funcionalidad bárbaro práctica de su relato, la abolición de los tiempos cronológicos, los saltos elípticos de la historia en los que están incluídas las “desproporciones” de los éstasis didascálicos (el estupendo, interminable, sermón de la montaña), la figura de Cristo debería tener, al final, la misma violencia de una resistencia: algo que contradiga radicalmente a la vida tal y como se está configurando para el hombre moderno, su gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo, glorificación de la propia identidad en las señas de identidad de la masa, odio hacia toda diversidad, rencor teológico sin religión...”. 

¿Pero cómo, "siguiendo al pie de la letra..."? Le ruego al lector que relea el párrafo anterior, su cambio brusco de registro: la figura de Cristo debería tener, al final, la misma violencia de una resistencia: algo que... Pasolini es un astuto semiólogo, así que cuando en su discurso produce estos giros (y su obra poética está llena de ellos), hay que detenerse a leer el giro, porque allí está condensado el sentido: en este caso, el pasaje desde las consideraciones estilísticas, digamos formales, del relato de Mateo, hacia la figura de Cristo. 

¿Es que hay una forma de hablar acerca de Cristo que hace aparecer la violencia de una resistencia? ¿una forma que contradice radicalmente a la vida tal y como se está configurando para el hombre moderno? ¿Es que hay otra forma de hablar acerca de Cristo que impide que aparezca la violencia de una resistencia, que no contradice sino que halaga al hombre moderno, su gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo? 

Lo que a Pasolini le encanta del Evangelio es el ajuste entre la historia de quien, con más derecho que nadie, puede ser llamado el Inaceptable (que hoy, en 1964, digo, en 2022, sigue siendo tan inaceptable como hace 2022 años) y la forma en que esa historia ha de ser contada. Se trata de una operación poética que es a la vez una intervención política: ¿cómo hablarle a hombres (¿a nosotros?) que están sumergidos en una gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo? 

Hay escollos que parecerían insuperables: el cretinismo de un poder eclesiástico aliado históricamente al fascismo es uno de ellos, pero no el único. También está el insanable cretinismo de una clase (¿nosotros?) para la cual la certeza de que no hay nada sagrado es una conquista social irrenunciable. Ambas cosas, el clerical-fascismo que transforma al Evangelio en una trampa para incautos y el liberalismo de una clase ilustrada a medias, quizá sean más solidarios de lo que a primera vista parecen. Y por eso Pasolini hace El Evangelio según Mateo, porque siempre se coloca en posiciones en las cuales no le será posible ser aceptado. 


Pero antes que responder a la posición de otros (clericales, fascistas, liberales, comunistas), el tratamiento cinematográfico que Pasolini hace del Evangelio responde a sus propias tensiones internas: «en mi película se abren abismos de distintas dimensiones. En Accattone era yo el que relataba, aquí no, porque yo no creo. En cambio, he debido narrar el Evangelio a través de los ojos de otro que no soy yo, es decir, de un creyente: he hecho un “discurso libre indirecto”. Esta “visión indirecta” ha presupuesto una contaminación entre quien cree y quien no cree, y de ella ha surgido una confusión magmática. La investigación técnica, la intuición estilística, ha precedido a la real profundización ideológica. Pero a ustedes se les escapa todo esto –reprocha Pasolini a sus críticos de izquierda- No advierten que he caminado por el filo de la navaja: evitando, por mi parte, una visión sólo histórica y humana y, por parte del creyente, una visión demasiado mítica». 

“Visión indirecta” es el nombre que el semiólogo Pasolini le pone a su operación poética. Es una manera de fijar en un concepto la radical inquietud de su mirada, ese no poder establecerse ni aquí ni allá. Pero es esa inquietud la que resucita las palabras evangélicas. Porque si no, estas palabras son letra muerta: parte de una liturgia cristalizada para los católicos, o residuos de un contexto histórico ya fenecido para los marxistas; y entonces ya no nos hablan. Sólo quien está ni aquí ni allá puede sentirse interpelado por estas extrañas palabras, humanamente inaceptables: 

«No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». (Mt., 10, 34-39).


Es momento de volver a ver El Evangelio según Mateo, el film de Pasolini. Descubrir su ligereza y su vigor intactos, después de casi 60 años, desde aquella prodigiosa escena inicial, con la muda perplejidad de José frente al vientre preñado de su mujer-niña «antes de empezar a estar juntos ellos». («Y como él era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto»). Sobrecogerse ante la mirada intensa y oscura del joven Jesús, de una seriedad adolescente, que sólo en momentos contados se permite la dulzura. La cámara se enamora de esa cara fresca y viril, tomada en planos cercanos, con objetivos angulares, bajo el biancor de una luz implacable. Sin dudas está en la manera de filmar ese rostro, esos rostros (los de Judas, Mateo, Juan, Pedro, Caifás y muchos otros que en las Escrituras no tienen nombre), que Pasolini lleva a cabo su personal lectura del texto. 

¿Y nosotros? ¿Quiénes somos nosotros? ¿Nos dicen algo estas palabras? ¿O todo esto es algo que hemos dejado definitivamente atrás, una historia caduca? Con nuestra crítica de la posición moderna a la que estamos encadenados, ¿hemos dicho algo que nos permita siquiera sospechar una experiencia de lo sagrado? No: todavía no hemos dicho nada.

* Partes de este texto fueron publicados en una versión ligeramente diferente en el n° 4 de revista La otra, otoño de 2004. Fragmentariamente, fueron publicados en el blog La otra.


V

Carta en forma de poema dirigida a Pietro Nenni

Era pleno verano, ese verano
del año bisiesto, tan triste
para la nación en la que sobrevivimos.
Un gobierno fascista había caído, y en todas partes
había, si no ese aire nuevo, esa nueva
luz que tiñó pueblos, ciudades, campañas,
el veinticinco de julio - una aunque fuera incierta
luz, que daba al corazón una alegría
excepcional, el sentido de una fiesta.
y yo como el "náufrago que vela" (escribo
a un hombre que por supuesto me concede el ceder
a las citas dannunzianas...)
feliz de haber salvado la piel - bisiesto
doblemente para mí fue el año -
he tenido, por un momento, dentro, el sentido
de un "poema a Fanfani": no sólo
por solidario antifascismo y gratitud,
sino como una contribución aunque más no sea ideal
de literato: un "apoyo moral", como se suele
decir. Fue la idea de una mañana
radiante por el sol de ese verano
que alguien había maldecido y cuya blancura
hacía de la Italia rica - que rondaba
en balnearios populares y en grandes hoteles,
en las calles de las incumbentes olimpíadas -
la imitación de una civilización enterrada.

Y entonces, se reducía a una sola herida:
si todavía era capaz de resistir,
se lo debía a una fuerza prenatal, a los abuelos
paternos o maternos, no sé, a una naturaleza
arraigada ya en otra sociedad.
Sin embargo, en aquel impulso mío, medio
loco y medio demasiado racional,
había una necesidad real, lo veo
mejor ahora, que la colaboración
es un problema político: y Usted lo expone.
Desde el cuarenta y ocho estamos en la oposición:
doce años de una vida:
toda ella dedicada a esta lucha - mía
en gran parte, aunque en privado
(cuántos terrores internos, cuántas furias).
Con qué amor lo veo a Usted, inmaduro,
los anteojos y la boina de intelectual,
y esa cara de ama de casa romañola,
en fotografías que, si quisiera alinear
harían la más verdadera historia de Italia, la única.
Yo todavía estaba en pañales, y luego ya bebé,
y luego adolescente antifascista por estética
revuelta... tímidamente Lo seguía
una generación después: y Lo he visto triunfar
con Parri, con Togliatti, en los grandiosos,
doloridos, picarescos días de posguerra.
Luego se volvió a empezar: y esta vez
hemos, aun lejanos, vuelto a empezar juntos.
Doce años, es, en el fondo, toda mi vida.
Yo me pregunto: ¿es posible cambiar una vida
siempre negando, siempre luchando, siempre
fuera de la nación, que vive, mientras tanto,
y excluye de sí las fiestas, las treguas,
las estaciones, a quien se le enfrenta?
Ser ciudadanos, pero no ciudadanos,
estar presentes pero no presentes,
estar furiosos en cada ocasión
ser testigos sólo del mal,
ser enemigos de los vecinos, ser odiado
del odio de quien odiamos por amor,
seguir en un continuo, obsesionado exilio
a pesar de vivir en el corazón de la nación?

Entonces, si nosotros no luchamos por nosotros,
sino para la vida de millones de hombres,
¿podemos asistir impotentes a una fatal
inacción, a verlos disgregarse
a la corrupción, la omisión, el cinismo?
Para querer ver desaparecer este estado
de metahistórica injusticia, ¿asistiremos
a su reconstrucción ante nuestros ojos?
Si no podemos conseguir todo, ¿no será
justo contentarse con conseguir un poco?
La lucha sin victoria se enaridece.

(Una carta, por lo general, tiene un propósito.
Esta que yo le escribo no lo tiene.
Se cierra con tres preguntas y una cláusula.
Pero si estuviera aquí confirmada la necesidad
de alguna ambigüedad de su lucha,
su complicación y su riesgo,
yo estaría feliz de haberla escrito.
Sin sombras, la victoria no da luz.)

"Nenni", Pier Paolo Pasolini, Avanti!, 31 de diciembre de 1964
Traducción al castellano: Ana Fioravanti

viernes, 16 de marzo de 2018

El instante en el cual la verdad entra en el alma

Simone Weil

por María del Carmen Rodríguez

I

Escritos de una indócil filósofa

Para dar una idea de la implicación en el mundo, la curiosidad intelectual y la diversidad de intereses de la filósofa y militante solitaria que fue Simone Weil (1909-1943) tal vez baste con evocarla en Marsella (1940-1942), donde, además de participar activamente en la Resistencia, escribe los textos que darán lugar a tres de sus obras póstumas (Intuiciones precristianas, La fuente griega y La gravedad y la gracia), otros como "La ciencia y nosotros", y publica en Cahiers du Sud, con el seudónimo anagramático Emile Novis, "El futuro de la ciencia" y "Reflexiones acerca de la teoría de los quanta" (sobre Iniciación a la física, de Max Planck). Entre tanto, en las cartas dirigidas a su hermano André (1906-1998, integrante del grupo Bourbaki, brillante matemático especialista en geometría algebraica y análisis de los grupos topológicos), le cuenta que encontró un procedimiento distinto del de Arquímedes para llegar a la cuadratura del círculo o un libro sobre las matemáticas babilónicas y egipcias, lo inquiere acerca de la teoría de Planck, discute sobre arte y anota, como al pasar, que está leyendo a San Juan de la Cruz. Estos fragmentos de cartas, así como los textos de Weil sobre las teorías científicas citados -y otros tantos- se reúnen en la compilación, Sobre la ciencia.

El primero de ellos (1929-1930) es su tesis final de estudios: Ciencia y percepción en Descartes. En la primera parte, donde define a Descartes como fundador de la ciencia moderna, Simone recuerda el reemplazo cartesiano de los sentidos por la razón, su física geométrica separada de la naturaleza y de las aplicaciones, su pensamiento purificado de imaginación. Luego desmonta esas certezas: Descartes no desatendió las aplicaciones científicas (también se dedicó a la medicina); su física no es sólo geometría abstracta, ya que cultivó otra geometría para explicar fenómenos de la naturaleza, y finalmente -lo cita- "el estudio de las matemáticas ejercita principalmente la imaginación", que no es entonces desdeñada. En suma: la ciencia cartesiana tiene más materia e imaginación de lo que él cree, y su idealismo es correlativo de su materialismo. Por otra parte, como el análisis muestra la vía "por la cual la cosa ha sido metódicamente inventada" -escribe Descartes-, todo lector que la siga la comprenderá "como si él mismo la hubiese inventado" (hay igualdad en el orden de la inteligencia). Y dado que "no es necesario ponerle límites a la mente" -nueva cita-, todo hombre es libre de acceder a cualquier conocimiento. Descartes, en estas páginas, se asemeja a un paladín de la libertad y la igualdad.

Como su "idealismo" está puesto en duda, Simone decide imitarlo para comentarlo, dudar de todo, sin concederle crédito a ninguna autoridad, para lo cual imagina "un Descartes resucitado". El modo en que asume, en la segunda parte de su trabajo, la primera persona de este "pensador ficticio", cuyo discurso se precipita como un torrente, es tan asombroso como su contenido. Sumergido en el caos del placer y el dolor, es decir en las sensaciones (no en los sentidos), este pensador no descubre la duda, sino su "potencia": "Puedo, luego soy". La única potencia de la que puede estar seguro es su libertad, pero existe una "libertad por conquistar", el conocer, que es "hacer aparecer en un pensamiento el obstáculo", y como "no hay obstáculo sino para el que actúa", lo que importa es el plan de acción para una lucha, cuerpo a cuerpo, con un mundo que es "multitud indefinida": esa lucha es un trabajo. El cuerpo, punto de encuentro entre ese yo y el mundo, es como el bastón de ciego, que "no palpa la materia sensible, sino el obstáculo", pero también puede necesitar "cuerpos humanos menos sensibles", las herramientas (!) apropiadas para el trabajo. El conocimiento se relaciona con el trabajo porque explora el mundo, y es así como "los trabajadores lo saben todo, pero fuera del trabajo no saben que han poseído todo el saber".

La joven Weil espera que "esta aventurada serie de reflexiones" -es su conclusión- sirva "para permitir que se aborden de nuevo los mismos textos más fructíferamente". Léase: más libremente. "Las ideas claras son hijas de la imaginación dócil" -escribe el Descartes resucitado-, pero nada le impidió a Simone Weil, con su imaginación indócil, formular ideas claras en cuanto a la libertad de pensamiento. Tampoco transmitirlas. Nombrada profesora de "El método en las ciencias" en el liceo de señoritas de Le Puy, se encontró con alumnas que veían las ciencias como "conocimientos muertos", cuyo orden era el de los manuales. Les aclaró entonces que no eran conocimientos ordenados en manuales para ignorantes, sino adquiridos por los hombres en el transcurso del tiempo y, después de explicarles el desarrollo de las matemáticas, las inició en historia de las ciencias, para que ejercitaran el espíritu crítico y no creyeran ciegamente en ningún dogma. A esta experiencia, que entusiasmó a sus alumnas, se refiere en una "Carta a un camarada" y en "La enseñanza de las matemáticas" (1932), publicados en esta compilación, que incluye otras cartas de los años treinta.

En cuanto a los textos del período marsellés ("La ciencia y nosotros" y los artículos publicados en Cahiers du Sud, ya mencionados), nos limitamos aquí a la visión de la historia de la ciencia que Weil despliega en los tres. Es notoria su admiración por la "fuente griega": la geometría de Tales, las proporciones de Eudoxo y su teoría del número generalizado le parecen tan bellas como las invenciones de Arquímedes, su descubrimiento del cálculo integral y su noción de equilibrio, que se asimila al ideal de justicia. La ciencia griega estaba en armonía con los ideales de justicia, de belleza, con el bien y la verdad. La ciencia clásica guarda aún cierta relación con la verdad, con el pensamiento humano en general, y sigue vinculando -tema insistente en Weil- la "energía" al "trabajo". Esa relación "se rompe" en el inicio del siglo XX, especialmente con la teoría cuántica de Max Planck, que "introduce" la discontinuidad. Dejando de lado las minuciosas críticas de Weil a la fórmula de Planck, o a la validez de su experimento, lo que la indigna es su desapego de la verdad, ya que según él -lo cita como paradigma de sus contemporáneos- "las ideas científicas" no triunfan porque sus adversarios "terminen convenciéndose de su verdad", sino porque "terminan muriéndose y la generación siguiente ya se ha acostumbrado a ella". Que el "auge" de una teoría científica dependa de "la opinión pública" significa, para Simone Weil, que hemos vuelto a la época de los sofistas.

Tal vez si hubiera vivido más, hubiera podido apreciar la belleza de la fórmula de Planck, y la de tantas otras. Pero difícilmente hubiera podido soportar que más de "un lector culto, un artista, un filósofo, un campesino, un polinesio" no tuvieran acceso a la ciencia, que no todos estuviéramos dotados de una inteligencia indócil como la suya, de tanta capacidad de trabajo, de tanta "energía". Felizmente, su discurso la transmite, y sin duda contagiará al lector que se sumerja en las páginas de este libro, tan bien traducido como editado.


II

Cuando la verdad entra en el alma

En el clima de depresión y turbulencia de las primeras cuatro décadas del siglo XX, Simone Weil (París, 1909 - Ashford, Kent, 1943) cruzó la Europa de su tiempo como una ráfaga de aire puro. Sorteó los avatares del nihilismo, enfrentó no sólo los totalitarismos sino también toda razón de Estado (por algo Charles de Gaulle diría de ella, como Creonte de Antígona, "¡Esa mujer estaba loca!") y fue, según Michel Serres, "la primera filósofa que habló realmente de la violencia en todas sus dimensiones". Con la ingravidez aérea de un cuerpo que se empeñaba en vestir de negro, buscó denodadamente las ideas y las experiencias más puras, desde los ideales platónicos del bien, lo bello y lo justo hasta el amor "impersonal" por la humanidad y el amor místico. Y no los buscó solamente en los libros, sino también en el trabajo compartido con los campesinos, con los obreros, y hasta en el frente de batalla.

Si bien no pasó inadvertida en su tiempo, sus escritos, publicados casi en su totalidad en forma póstuma, sólo pudieron ser apreciados después de su muerte. En 1947 Gustave Thibon, a quien ella le había confiado once cuadernos, publicó extractos ordenados por temas en un volumen titulado La gravedad y la gracia, y Albert Camus, que la consideraba "la pensadora social y política más penetrante y profética desde Marx", publicó en 1949 el último gran ensayo weiliano inconcluso, El arraigo, que abrió la colección "Espoir" ("Esperanza") de Gallimard. Posteriormente se publicaron en tres tomos sus Cahiers ("Cuadernos", que incluyen anotaciones personales, textos publicados en revistas, correspondencia, poemas), sus clases de filosofía (las notas tomadas por sus alumnas) y más de una recopilación de ensayos (entre ellos, Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social, La fuente griega y A la espera de Dios). La "virgen roja" (así la apodaron en el liceo) tuvo más repercusión como filósofa política que como mística, particularmente en Italia, donde los máximos referentes actuales en la materia la tuvieron por musa: sobre Simone Weil versaba la tesis de filosofía jurídica de Giorgio Agamben, y El origen de la política. Hannah Arendt o Simone Weil fue el título de la tesis de Roberto Esposito, publicada en 1996.

Sólo se tradujeron al español sus recopilaciones de ensayos, en la década de 1960 en Argentina, en la de 1990 en España. Un lector fino como Ezequiel Martínez Estrada, deslumbrado por la formación científica, filosófica, política, metafísica y literaria de esta mujer "admirable", la definió como "una santa además de clarividente, racionalista y libertaria", secuencia de adjetivos que bosqueja las múltiples facetas de una personalidad inapresable. Esas facetas se van precisando a lo largo de la lectura de Simone Weil. Una mujer absoluta, de Gabriella Fiori -ensayista italiana, reconocida especialista en la obra de la singular pensadora francesa-, biografía intelectual sembrada de testimonios y de reflexiones que fue galardonada desde su aparición en Francia (1993) y en 2006 nos llegó en la traducción -lujosa- de Silvio Mattoni. "Este libro no es un estudio, es una inmersión -advierte la autora-. Simone Weil no podría ser un objeto de estudio; está demasiado viva, es demasiado eternamente joven y violenta para ello. No es posible analizarla, ni clasificarla, ni compararla [...]."

La vida de Simone Weil es en sí misma una novela. Nació en París el 3 de febrero de 1909 y era la segunda hija de un matrimonio de origen judío, no practicante. Su padre, Bernard Weil, médico, se declaraba ateo; su madre, Selma Reinherz, educó a sus hijos en un clima de agnosticismo y avidez intelectual. Simone nació un mes antes de término pero gozó de buena salud hasta los seis meses, momento en que su madre se sometió a un régimen a causa de una apendicitis y la siguió amamantando. Desmejoró entonces notablemente. Desde su niñez hasta su muerte rechazó el alimento (hablaba de sus "ascos", sobre todo a la carne), tenía "hambre" de "verdad" (en una carta: "las palabras escritas o pronunciadas se comen en la medida en que son comestibles, es decir, en tanto que contengan verdad") y fue exhaustiva hasta en la justificación de su anorexia: "Dada la situación general y permanente de la humanidad en este mundo, es muy posible que comer hasta hartarse sea siempre una estafa".

Cuando el doctor Weil fue movilizado como médico militar en 1914, su familia lo siguió a todas partes. Sus hijos estudiaron en forma privada y avanzaron rápidamente a pesar de la salud precaria de Simone, cuyas manos pequeñas e hinchadas por la mala circulación la llevaban a escribir lentamente y con una letra casi garabateada, problema que solucionaría más tarde inventando un mecanismo de escritura con trozos de fósforos. Nada la detenía. Tampoco la detendrían, más tarde, las migrañas que comenzaron a acosarla en 1930 y nunca la abandonaron. Ingresó en la escuela pública en 1919, pasó sucesivamente por dos liceos (siendo la más pequeña "exaltaba" a sus compañeros, era tan brillante e imaginativa como revoltosa) y se preparó para el ingreso en la Ecole Normale en el prestigioso liceo Henri IV, donde tuvo como profesor de filosofía a Emile Chartier, apodado "Alain", filósofo y periodista que luchó ardientemente por el pacifismo y contra el fascismo. Con él aprendió a escribir en forma clara y sucinta y el comentario final de Alain sobre su discípula sería: "una excelente alumna; posee una extraña fortaleza de carácter y una amplia cultura. Triunfará brillantemente si no se adentra por alguna senda oscura. En cualquier caso, llamará la atención".

Llamó la atención en la Ecole Normale, donde estudió desde 1928 hasta 1931 y obtuvo el título de profesora con su tesis sobre ciencia y percepción en Descartes. Durante ese período siguió enviándole disertaciones a Alain, colaboró en la revista que él dirigía (Libres propos) y elaboró la noción de trabajo como puente entre el sujeto y el mundo y como medio para restablecer la igualdad entre los hombres, científicos y trabajadores. No concibió estas ideas en el aire sino con los pies bien en la tierra, literalmente en un "trabajo de campo", compartiendo los trabajos y los días con los campesinos de Normandía (1927) y del Jura (1929). También quiso compartir la vida de los pescadores y se embarcó en 1931 en el bote pesquero de Marcel Lecarpantier, a quien ponía en guardia contra el peligro de transformarse en explotador y le enseñaba francés y aritmética cuando había mal tiempo. Más tarde, tras pedir una licencia en su trabajo como profesora en ejercicio, trabajaría en las fábricas. En 1934 fue sucesivamente "cargadora", "embaladora", y finalmente "obrera especializada" en Renault. Paralelamente llevaba un "Diario de fábrica" e inmediatamente después escribió un ensayo notable, Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social, que no publicó en vida.

Desde 1931 hasta 1934 fue profesora de filosofía (además de las cuestiones filosóficas básicas, enseñaba fundamentos de ética, sociología y ciencia política) en liceos de señoritas, sucesivamente en Le Puy (pequeña ciudad clerical y conservadora), en Auxerre y en Roanne. Su práctica de enseñanza innovadora, que entusiasmaba a las alumnas, puso en su contra a las autoridades académicas (en especial en Le Puy), que no apreciaban tampoco que Simone vistiera mal, que se afiliara al Sindicato Nacional de Maestros de Haute-Loire, que destinara parte de su sueldo a los fondos de huelga de los trabajadores ni que se negara a tener calefacción en su habitación para compartir la suerte de los desocupados. Militante solitaria, también organizó en Saint-Etienne una universidad obrera donde les daba clases a los estudiantes mineros. El pasaje de este hiperactivismo a su búsqueda mística estuvo marcado por tres viajes. Primero fue a Berlín (1932), donde además de la propaganda antisemita y nacionalista abrumadora la impresionaron el abatimiento del movimiento obrero y la pasividad del Partido Comunista, que facilitaban el ascenso nazi. Su reacción no se hizo esperar: escribió varios artículos alertando sobre la situación y finalmente uno muy fuerte, "Perspectivas - ¿Vamos hacia la revolución proletaria?" (1933), que provocó una gran polémica.

Trotsky -que residía bajo vigilancia en Barbizon por entonces- fue uno de los críticos más duros de ese artículo impregnado -escribió- de "prejuicios pequeñoburgueses de lo más reaccionarios". Simone pidió a sus padres que lo albergaran para mantener en la casa familiar una reunión clandestina con él a fines de 1933. La reunión tuvo lugar y ella le reprochó con pelos y señales su conducta política, algo que irritó a Trotsky hasta tal punto que retrucó, ofendido: "Si usted piensa así, ¿por qué nos alberga? ¿Acaso es del Ejército de Salvación?" Simone no había adherido al Partido Comunista, militaba por lo bajo y por el ideal más alto, el de la igualdad y la justicia entre los hombres (que en los partidos se pervertía por el goce del poder), que imponía un "desapego" de esas estructuras partidarias, y el del "amor impersonal", que imponía tanto el "desapego" del yo (saber separar el "yo" de "lo mío", ardua tarea) como el "desapego" del amor por necesidad (sexual, filial). Y a pesar de su pacifismo, otro polo la atrajo: por solidaridad con los anarquistas españoles -segundo viaje iniciático- se enroló en la columna internacional de Buenaventura Durruti en el verano de 1936, experiencia que culminó, por una mala jugada de su miopía, con su pie inmerso en una sartén llena de aceite hirviendo.

Más allá de las secuelas de la quemadura, el "olor a sangre y terror" asociado a la Guerra Civil la marcaron profundamente. Agotada, viajó en 1937 a Italia. Esa estadía, que la llevó a resucitar su vocación poética de la adolescencia, le deparó también una nueva experiencia: algo más fuerte que su voluntad la impulsó a arrodillarse en Asís en la pequeña capilla romana del siglo XIII donde tantas veces había rezado San Francisco. En abril, siguió la liturgia de Semana Santa en la abadía benedictina de Solesnes y quedó fuertemente impresionada: "Tenía intensos dolores de cabeza -escribiría en una carta- y cada sonido me dañaba como si fuera un golpe; un esfuerzo extremo de atención me permitía salir de esta carne miserable, dejarla sufrir sola, abandonada en su rincón, y encontrar una alegría pura y perfecta en la insólita belleza del canto y las palabras. Esta experiencia me permitió comprender mejor, por analogía, la posibilidad de amar el amor divino a través de la desgracia". Con la misma atención comenzó a recitar, cuando la invadía una violenta migraña, un poema de George Herbert ("Love") que le hizo descubrir un joven católico inglés, y "fue en el curso de esas recitaciones -escribe- cuando Cristo descendió y me tomó".



El destinatario de estas cartas era el padre Perrin, sacerdote católico que conoció en Marsella, donde la familia Weil se trasladó cuando el ejército alemán ocupó París. Tuvo con él varias conversaciones, a partir de las cuales concluyó que, pese a considerarse cristiana, no podía ser bautizada en una iglesia que profesaba creencias con las que no podía estar de acuerdo (Simone no olvidaba, tampoco, la historia de la Iglesia y la Inquisición). Así como no adhirió al Partido Comunista, no entró en ninguna Iglesia, pero su inmensa curiosidad intelectual la llevó a indagar en el terreno religioso y, mientras se entregaba a las tareas de solidaridad exigidas por su tiempo (participación en la Resistencia, obtención de visas para los refugiados), se internaba en la historia de los cátaros (que habían considerado a Jesús como un rebelde que se enfrentó a la crueldad del Dios del Antiguo Testamento), leía el Libro de los muertos de los egipcios, estudiaba sánscrito para entender en su lengua original el Bhagavad-Gîta, traducía e interpretaba los fragmentos de Heráclito y de Platón sobre Dios.

Ninguna religión podía satisfacer el hambre de universalidad de Simone Weil, capaz de esbozar una concepción periódica de la Encarnación (la verdad de Dios no podía haber aparecido por primera vez en el mundo con Cristo y, entre las encarnaciones del Verbo anteriores a Jesús, pensaba en Osiris en Egipto y Krishna en la India) y de establecer un paralelismo -en un texto asombroso- entre el sufrimiento de Prometeo -"crucificado sobre una roca", escribe- y el de Cristo. (No sorprende que algunos de sus interlocutores consideraran heréticas sus teorías, sorprende más que Pablo VI la haya incluido entre las tres influencias más importantes de su desarrollo intelectual.) La mayoría de los textos publicados posteriormente con los títulos de Intuiciones precristianas, La fuente griega y La gravedad y la gracia fueron escritos durante su estadía en Marsella (1940-1942), donde también ideó un proyecto para luchar contra el nazismo que defendió hasta el fin de su vida: el de formar una unidad móvil de enfermeras capaz de prestar primeros auxilios en el frente, algo que tendría un efecto moral tanto sobre los enemigos como sobre los aliados: "La mera resistencia de unos pocos efectivos humanos en el verdadero centro de la batalla, el clímax de la inhumanidad, sería un signo de desafío a la inhumanidad que el enemigo ha elegido para sí mismo y que nos obliga también a practicar a nosotros".

A instancias de su hermano André (que ya estaba en Estados Unidos), Simone y sus padres se trasladaron en 1942 a Nueva York, donde ella buscó desesperadamente una autorización para viajar y participar en la Resistencia francesa en Londres. Una vez allí, continuó escribiendo (dejaría inconcluso El arraigo) y luchando por su proyecto de la unidad de enfermeras (que había sido juzgado favorable por el Ministerio de Guerra francés en 1940 pero fue rechazado por De Gaulle). Dormía poco, comía menos, y en abril de 1943 le diagnosticaron, en el hospital Middlesex, un tipo de tuberculosis no demasiado grave, pero ella rechazó todo tratamiento y se empeñaba en comer en pequeñas cantidades, ya que no quería comer más que aquellos que se encontraban en la Francia ocupada. La trasladaron, en estado muy grave -ya no podía ingerir ningún sólido-, al Grosvenor Sanatorium, donde falleció el 24 de agosto de 1943, mientras dormía.

La muerte (¿buscada?) le ahorró la confrontación con el más alto grado de inhumanidad: los campos de concentración, la solución final. Tal vez haya sido para ella -como escribió- "el instante en el cual, por una fracción infinitesimal de tiempo, la verdad pura, desnuda, cierta, eterna, entra en el alma", y esa verdad haya quedado cautiva en la gota de ámbar de su sueño.

domingo, 7 de enero de 2018

Campos de batalla

Cándido López, los campos de batalla online, el documental de José Luis García sobre el pintor de la guerra infame



Batalla de Tuyutí, Cándido López, óleo sobre tela, entre 1873 y 1885

por Carmen Cuervo

La guerra del Paraguay, Cándido López y el documental de José Luis García

Cuánto habrá en nuestros actos de decisión voluntaria y cuánto de destino que arrastra. Ahora mismo me pregunto cuánto queda de mí en estos comentarios y cuánto de una fuerza que me lleva más allá de mí. Lo mismo les sucedió a los protagonistas de la historia que voy a contar.

Mucho tiempo después de que hubiera terminado, Cándido López pintó la guerra del Paraguay. Sus obras retratan las acciones desde 1865 hasta la batalla de Curupayti, momento en el que el pintor fue herido y se le amputó un brazo. Él tampoco sabía las razones por las que se había involucrado.



Fotograma del film de José Luis García

La gran guerra (1864–1870) fue un enfrentamiento militar de la Triple Alianza —una coalición formada por Brasil, Uruguay y Argentina— contra el Paraguay. La coalición estaba apoyada por el Imperio británico. Mientras que Paraguay era gobernado por el mariscal Solano López, que tenía una política de independencia económica y aspiraba a tener influencia respecto de los asuntos de América del Sud. 

En 2005, José Luis García realiza el documental Cándido López, los campos de batalla. El director se obsesiona con la búsqueda de los lugares exactos que aparecen en la obra del pintor, para observarlos desde el mismo punto de vista en que se ubicó López, pero luego no puede evitar continuar el viaje hasta el lugar donde termina la guerra.

Después de la Batalla de Curupaytí, Cándido López, 1893

Sabiendo que es imposible, ahora intento escribir unas palabras sobre estas tres cosas a la vez: la guerra, el pintor y la película.

José Luis García se encuentra casualmente con el nieto del pintor en una librería y ahí nace el viaje que lo lleva desde Buenos Aires hasta Cerro Corá en Paraguay, donde había finalizado la guerra. En ese largo recorrido aparecen frente a la cámara los cuadros del pintor ; los paisajes que él pintó tal como se ven hoy, pero también el nieto de Cándido López dando su testimonio y los descendientes de combatientes paraguayos contando sus penurias. La cámara se encuentra con el paradójico relato de un ciego que intenta ubicar los lugares precisos en que estuvieron los campos de batalla. Frente a la mirada del espectador aparecen esos paisajes todavía agrestes, abandonados o detenidos en el tiempo. Vemos objetos y construcciones de la época: los restos de las balas que fueron disparadas en la guerra o las ruinas de los bustos de sus héroes. Se suman otros testimonios: la voz de un arqueólogo inglés especialista en batallas que trabaja para la televisión de su país, un científico engreído y versero. También podemos ver el testimonio de Sian Rees, una novelista inglesa que escribió un libro exitoso sobre Eliza Lynch,la mujer irlandesa que vino al Paraguay y se convirtió en la madre de cuatro de los hijos de Solano López. Rees cuestiona el intento de Solano López de hacer del Paraguay una nación sin deuda externa, económicamente independiente, como si esto fuera un proyecto irrazonable y premoderno. Vemos mapas, planos originales, libros, leyendas, fotos de la familia del Mariscal López. Aparece el entonces (2005) director del Museo Histórico Nacional, que hace un interpretación inverosímil del tema. Podemos intentar una reconstrucción de la guerra, pero hay contrapuntos y contradicciones. ¿Qué es ser paraguayo? ¿Qué es ser británico? ¿Hasta qué punto los correntinos son más argentinos que paraguayos? ¿Qué sienten los brasileños? ¿Qué papel jugaron los argentinos en esa guerra infame promovida por una potencia colonial que destruyó a una nación soberana? En ese momento y ahora. Difícil saberlo.

El 2 de junio de 1865, Cándido Lóezse embarca con su batallón aguas arriba. En su diario personal anota los campamentos en los que se van instalando: Guardias Nacionales de San Nicolás, Uruguayana, Paso de los Libres, Fray Bentos, Ensenadita. Participa de las batallas de Yatay, Tuyutí y Curupaytí. En este recorrido va haciendo bocetos. El 22 de septiembre de 1866, al cruzar una zanja, un casco de granada le despedaza la mano derecha. Solo después de abandonar la guerra y volver a Morón, basándose en los bocetos, pinta sus veintinueve óleos.



Detalle

Los cuadros sobre la batalla de Curupaytí muestran las filas de árboles de altos troncos y copas redondas, árboles 50 veces más altos que cualquier hombre y, en el fondo, el cielo, el río y un campamento con montones de pequeños soldados, casi azules y casi invisibles. Una multitud de escenas simultáneas. En las trincheras de Curupaytí dos ejércitos se apuestan frente a frente. El cañón paraguayo escupe su fuego rojo, los aliados huyen en estampida, se ven cañonazos rojos y humo blanco Y en un tronco, sentado y herido, el pintor.

Un fragmento del oleo de la Batalla de Tuyutí, librada el 24 de mayo de 1866, muestra a la mayoría de los soldados paraguayos ya muertos, con sus uniformes rojos. Hay manchas rojas sobre la tierra, se ven pequeños siluetas  atravesadas por lanzas, minúsculas banderas paraguayas con franjas rojas, anaranjado el fuego de explosiones y humo blanco. Algunas miniaturas de caballos desbocados, otros muertos, y enorme la tierra y enorme, el río, el agua que se llevará la sangre y la convertirá en enfermedad mortal. El humo se confunde con el cielo gigante y oculta el fantasma del enemigo.

En otro óleo, o quizás en el mismo, aparece la flota del Imperio brasileño. Sobre el río, un grupo de diminutos buques rodeados de la inmensidad del agua.Y con su artillería dibuja en el enorme cielo un espectáculo de fuegos artificiales.

Detalle

Los cuadros de Cándido López, belleza y horror

Se ha señalado que el pintor hizo distintos usos de sus croquis: los repite con fidelidad o varía la altura de la línea del horizonte o el espacio abarcado. En ocasiones, el boceto se limita al paisaje y los personajes recién aparecen en la pintura. Pinta desde la memoria y la imaginación. Hay una deformación del color y las proporciones. Muestra numerosas escenas al mismo tiempo, desde arriba, con una visión de gran angular, en vez de la pobre y limitada visión humana. Hay cierto gigantismo en la mirada de la naturaleza. Por el contrario, los hombres son miniaturas. Hasta la batalla de Curupayty, aliados y paraguayos se habían repartido victorias y derrotas. Después, gracias al apoyo económico de Gran Bretaña, los aliados aniquilan sin piedad a los paraguayos, matando literalmente a todos sus hombres, robando sus bienes y sus tierras. Las mujeres y los niños paraguayos tienen que participar en la guerra. Vencido en Tuyutí, el Mariscal López abandona Asunción con lo que le queda, simulan fiestas con música en la noche para escapar del enemigo. Antes, entierran los tesoros que otros buscarán eternamente, hasta hoy. 

Sin soldados, proyectiles ni alimentos, los paraguayos son una caravana de fantasmas. Se retiran rumbo a Cerro Porá, con los restos de un ejército y la muchedumbre que los seguía, eluden a sus perseguidores durante seis meses. Solano López se interna más y más profundamente  en el desierto, por  pantanos y selvas donde nadie antes había pisado. Estas escenas no fueron pintadas por Cándido López. A través del rugido de los cañones en Humaitá, el retiro en la Palúdica, la derrota en Itá-Ybate, los últimos días en Piribebuy, una marcha penosa hacia un final trágico, dejando a su paso los cuerpos de sus seguidores muertos de hambre y de los restos mortales de los presuntos traidores. 

Eliza Alicia Lynch, la esposa del Mariscal, siguió con el hombre que amaba, fue hasta Cerro Corá, esperando contra toda esperanza, con sus cinco hijos. Junto a hombres dispuestos a morir antes de ser sojuzgados. A través interminables caminos, en medio de los bosques, sobre las altas cordilleras, se los veía avanzando en silencio.  El Mariscal Francisco Solano López, el caudillo paraguayo, terminó lacerado por un oficial brasileño un día de marzo de 1870.

El documentalista José Luis García dijo que conoció el tema de esa guerra de niño, cuando su padre repudiaba que le hubieran puesto el nombre Mariscal Solano López a la calle donde ellos vivía en Buenos Aires. Yo supe de la guerra cuando un compañero paraguayo que estudiaba conmigo en la Universidad de Buenos Aires y era mi amigo me dijo que odiaba a los argentinos por aquel suceso. De una u otra forma, todos nos enfrentamos a los campos de batalla y quedamos comprometidos.


***



 Dice José Luis García, director de Cándido López, los campos de batalla:

"Quería buscar el punto de vista exacto desde el cual había bocetado Cándido López. Tenía una curiosidad como fotógrafo, López era un personaje que siempre me había resultado atractivo, desde que visitabamos el Museo de Bellas Artes con mi madre y veía esos cuadros que parecían dibujitos animados. De hecho, analizando su obra casi todos los cuadros que hace sobre Curupayti son protocinemátográficos. Tienen un relato de plano y contraplano, de detalles. Cándido López de alguna manera es un habitante de limbos, quedó enganchado cuando perdió el brazo en Curupayti en el limbo de la guerra, siguió hasta su muerte pintando los cuadros de esa guerra.  Al ser Brasil y Argentina aliados de la potencia colonial británica, Paraguay tiene un contexto geopolítico trágico. Argentina y Brasil no querían precisamente industrializarse, sino comerciar las cosas que llegaban de Inglaterra. Paraguay sí quería tener un desarrollo".




"Sarmiento dice que la guerra contra el Paraguay concluye por la sencilla razón de que matamos a todos los paraguayos mayores de 10 años. Sarmiento es el presidente en Argentina cuando termina la guerra en 1872, cuando matan al mariscal Francisco Solano López y hace esa declaración muy dramática y muy cierta. Fue la primera guerra contemporánea, en el sentido de que hubo participación civil y fue más allá de los campos de batalla. Hasta la mitad había sido una guerra clásica, donde un ejército peleaba en el campo de batalla contra el otro, pero después fue una guerra de exterminio. La población del Paraguay quedó absolutamente diezmada. Cuando Brasil entra en el Paraguay, al final de la guerra, lo primero que hace es destruir el alto horno donde los paraguayos hacían palas y ventanas. Los brasileños no tenían un alto horno y lo primero que hacen es destruirlo, podían haberlo aprovechado para hacer cosas para ellos, pero no era lo que les interesara. El gaucho argentino se vestía de la cabeza a los pies con ropa que venía de Inglaterra, hecha con el cuero argentino, mientras el soldado paraguayo se vestía integramente con ropa confeccionada en Paraguay. Eran dos modelos económicos en pugna. Pero está claro por qué se estaba peleando, no porque Solano López fuera un dictador. Fue el bautismo de fuego del Ejército Argentino, había tropas de todas las provincias que tenían que integrarlo por ley".

Ver película online:

 

domingo, 3 de septiembre de 2017

En Croacia, donde nacieron los abuelos maternos de Néstor Kirchner

por Lidia Ferrari

Una noticia de febrero de este año me impresionó sobremanera. Cristina y su hija suspendían una visita de tema estrictamente familiar a Croacia. Sabemos de la persecución política y jurídica de la cual es objeto. Allí se me hizo patente la noción del daño que en la vida íntima -y no sólo daño político o jurídico- se puede sufrir con tal hostigamiento. No hace falta estar en prisión para sentirse aprisionado. El otro asombro provenía por mis visitas frecuentes a las islas de Croacia – vivo relativamente cerca y sabía que en las vacaciones iríamos allí a pasar unos días. Pensé que podría ser ocasión de visitar esos pueblos. Imaginariamente quería enmendar esa renuncia y, sobre todo, conocer los lugares de dónde provenía el querido Néstor Kirchner. Siendo como soy de la misma generación de Néstor y Cristina y como ellos de segunda generación de inmigrantes, comparto con tantos argentinos una historia de desheredados de historia, en tanto como nietos de inmigrantes muchos de nuestros abuelos dejaron su legado detrás, en su viaje para siempre.

Como los milagros a veces existen, aunque digan que es el azar, mi marido me propuso visitar la isla de Brac en este verano europeo. Precisamente la isla donde nacieron la abuela y el abuelo maternos de Néstor. Tuve que ponerme a indagar, una práctica conocida a la de buscar datos sobre la proveniencia de mis propios abuelos. No es una tarea fácil. Entre los dos continentes hay algo más que un inmenso océano: quedan exiliados los afectos, las lenguas, las costumbres, los climas. Hay mucho que se pierde en esa partida crucial de una vida a la que no se vuelve. Después de haber visto los pueblitos de proveniencia de esos abuelos de Néstor, uno no se puede explicar el destierro que los obliga a abandonar estos sitios que son lo más parecido a un paraíso terrestre, para irse a radicar a la parte más austral de la parte más austral del mundo. Los abuelos maternos de Néstor viajaron desde un lugar con clima ideal, mares de ensueño a instalarse en Punta Arenas, en el sur de Chile. Allí donde otro Néstor, el padre, conoció a María Juana, una muchacha hija de los croatos Mate Otosijc y Antonjia Dragnić, con la cual fecundaría, instalados en Río Gallegos, a un argentino cabal como Néstor.

La pregunta que surge en este momento es por lo que queda en nosotros, nietos de las más distantes costumbres, lenguas e historias para que fecundemos una argentinidad, que es intraducible a las culturas de proveniencia. ¿Qué quedó en Néstor de sus orígenes croatos, suizos, alemanes? No lo sabemos. Compete más a la historia familiar, subjetiva y singular, saber qué marcas y huellas se han impreso en hijos y nietos. En esta visita que realizo hoy, producto de una manera de honrar la memoria de un hombre que dio su vida para tratar de convertir a la Argentina en algo diferente de una colonia, sólo se advierten los contrastes entre las culturas, climas y lenguas de proveniencia con aquellas que poseemos ahora.

Povlja, el pueblo del abuelo materno de Néstor 

Me puse a indagar sobre la emigración croata a Chile, donde se instalaron los jóvenes Mate y Antonjia. Entonces supe que en Chile hay una mayoría de inmigrantes croatas que provienen de la Dalmacia, la parte de las islas de Croacia. También se dice que la mayoría de los que se instalaron en el sur de Chile provienen de la isla de Brac. En algún momento los originarios de esta isla eran la mitad de la población de la ciudad, construyendo una comunidad que preservó algún lazo con su lugar de procedenia. De allí que se pueda conocer algo más sobre esta emigración, cuando, por lo general, se pierden los rastros si los que se implantan en el nuevo territorio cortan lazos con su origen. En la emigración del siglo XIX y principios del siglo XX por diversas razones, los lazos se cortaban. Se dice que muchos fueron al sur de Argentina y Chile a fines del siglo XIX buscando oro. Los croatas que se instalaron en el Norte de Chile se ocuparon del salitre. Se dice también que gran parte de los hijos y nietos de los emigrantes croatas han participado protagónicamente en Chile, ya que varios se han convertido en los más ricos del país, o artistas, intelectuales y escritores renombrados. Algunos de estos jóvenes escapaban de un servicio militar muy riguroso cuando Croacia era parte del imperio austro-húngaro. Se dice que una causa de la gran emigración fue una epidemia que destruyó las vides de la región, principal fuente de sustento. También se dice que eran muy buenos artesanos de la piedra. Pero esta es la historia pasada. ¿Qué queda ahora en estos lugares que unan ese pasado con el presente de sus descendientes?

El viaje a Povlja


Cuando emprendimos el viaje para visitar Povlja, de donde proviene Mate Ostojić, el abuelo de Néstor, nos internamos en los caminos del interior de la isla donde se ven básicamente piedras, vides y olivos. Una vegetación no muy alta, pues allí sopla un viento que impide que los árboles crezcan demasiado. Es verano, pleno verano. Siempre, absolutamente siempre, en este paisaje solitario de piedras, arbusto, vides y olivos, la única música que se escucha es la de las cigarras. Ellas, sin descanso, acompañan el viaje. Al elegir un camino secundario y montañoso de la isla se puede intuir la vida dura de esa época de fuerte emigración.

Comenzamos a descender hacia la costa. Se atisba en el horizonte el azul del mar que, como pocas veces, se confunde con el cielo brumoso. Aquí casi siempre el cielo y el mar son azules rotundos, bien diferentes uno del otro, pero igual de nítidos. Una bruma, poco frecuente, los confunde este día. Antes de comenzar el descenso final, se abre una espléndida vista panorámica del pueblo, donde han construido un área de descanso con las piedras, el tesoro de la isla. Cuando descendemos se abre ante nosotros este piccolo borgo que desciende sobre el espléndido azul de este mar, sólo comparable a otros pocos del planeta. Desde más cerca, en las orillas, el azul se torna en turquesa o esmeralda. El agua es tan transparente que las piedras del fondo parecen no tener agua que las cubra. Es casi el mediodía, y hace mucho calor. Están los veraneantes disfrutando de la frescura del agua. Un rasgo de Croacia, que la hace tan apetecible, es la accesibilidad del mar. Un legado del socialismo es el acceso libre e irrestricto al mar para el público. Los miles de kilómetros de su costa se ofrecen para todos por igual. No hay roca o playita que no haya sido arreglada para acceder a ella de modo amable, muchas con escaleras y hasta trampolines para que se pueda disfrutar de su espléndido mar.

El primer pueblo, antes de Povlja, se llama Selco y es donde funciona el registro civil de esos pueblos vecinos. Nos habíamos dirigido a la oficina porque nuestra intención era encontrar información. Nos recibieron clásicos empleados públicos, de esos que quieren sacarse de encima el potencial trabajo, derivándonos a otra oficina en la capital de la isla.

Ante la decepción pensé que el lugar que mejor nos hablaría sería el cementerio. Muy fácil de alcanzar, pues ocupa una de las mejores zonas del paese, como tantos otros cementerios en Europa que parecen haber sido ubicados en los lugares más bellos, los de mejor panorámica. Muchas veces, viendo estos magníficos sitios donde se ubican los cementerios, he pensado contradictoriamente. Por un lado, que es un absurdo, pues los muertos no pueden admirar las magníficas vistas que se les ofrecen. Por otro lado pienso que los vivos han elegido sabiamente esos lugares, como generosa forma de honrar la memoria de sus muertos.
En este pequeño cementerio que domina la punta de un promontorio frente al mar, cuando se pasa su verja de entrada, mirando hacia la izquierda, en primer lugar, aparece la lápida de un Mate Ostojić, el nombre exacto del abuelo de Néstor Kirchner. No creo que se trate de él, pues supongo que habrá fallecido en Chile o en Argentina. De la misma manera, inmediatamente después del ingreso, hacia la derecha, aparece el nombre de otro Ostojić, una mujer. Recorro una por una las bóvedas y lápidas del cementerio y el apellido Ostojić, con algún otro domina la escena. Como en tantos pequeños borgos europeos, en el cementerio se puede advertir que son muy pocos los apellidos que priman en sus habitantes. Busco el apellido de la abuela materna, Dragnić, y no encuentro ninguno. Por un apellido se puede reconocer el pueblo del que es originario. No hay dudas, Mate Ostojić, el abuelo materno de Néstor, proviene de aquí.



Nerežišća, el pueblo de la abuela materna de Néstor

Encuentro en Internet que la abuela materna proviene de Nerežišća, un pequeño pueblo ubicado muy cerca de donde me encuentro. Parto hacia él. La fisonomía de Povjla y Nerežišća es similar, esos pequeños pueblos de aire medieval poseen una frondosa historia con diferentes linajes: los romanos, los venecianos, los austro-húngaros. Pero en algo se diferencian. Povlja, el pueblo del abuelo materno está en el mar y tiene el encanto de sus aguas turquesas y de todo pueblo marino. El de la abuela materna se encuentra suspendido en una colina en el interior de la isla, y se ve menos tocada por esa industria del turismo que nació en el siglo XX. Croacia se ha convertido en una meta del turismo internacional, lo que hace que los pueblos costeros sean más visitados y más poblados. Hasta llegar a Nerežišća se cruzan pueblos minúsculos, casi aldeas de pocas casas, como Krip o Dol, con características excéntricas, con toques medievales, edificaciones extrañas y paisajes muy singulares que permiten adivinar una tierra rica de historias y de abandonos. El pueblo nos confunde en una atmósfera casi fantasmal de lugar deshabitado cuando un gato duerme en medio de la calle, sin que nuestra presencia altere su sueño. Como si esa calle fuera suya. Pero enseguida vemos una señora que prepara la verdura bajo la parra, en su hermosa casa de piedra. Hay pocas personas, porque el horario es el de la siesta, pero se siente un aire de genuino de vecindario. Sospechamos un pasado de pueblo rico, por los edificios de categoría y muy buena construcción, que no vimos en los otros pueblitos. Están en excelentes condiciones y los suponemos de mediados y fines del siglo XIX.

Otra vez, la dirección fue hacia el cementerio. A diferencia de lo que pasó en Povlja, encontramos una sola lápida con el apellido Dragnić, el de la abuela de Néstor que había nacido allí, en Nerežišća, en 1895. Algunas pocas lápidas con el apellido materno de Antonjia: Bezmalinović. Fue diferente que en Povlja, en cuyo cementerio primaban los apellidos del abuelo de Néstor. Recién en las últimas bóvedas pudimos encontrar los apellidos de la abuela. Sin dudas provenía de ese lugar.

Ya habíamos visitado los dos lugares. Podíamos emprender el regreso.

Ambas visitas fueron una forma de conocernos más a los argentinos. Siempre pensamos en nuestros orígenes italianos o españoles. Pero que también muchos de nosotros desciendan de otros países, como Croacia, no es tan notorio. Al menos para mí fue una especie de descubrimiento. Alguien tan argentino como Néstor proviene, en parte, de un pueblo eslavo. Somos descendientes de inmigrantes y solemos olvidar que estamos hechos también con eso que se cocinó en el seno de culturas que ahora nos resultan extrañas. Mi deseo de conocer estos pueblos fue una forma de acercamiento a Néstor Kirchner. El pueblo argentino tiene una deuda de gratitud para con los Kirchner que deberá escribirse en la historia, a pesar de los ataques desmedidos para difamar su memoria o que su legado quede en el olvido.Cuando estamos saliendo de Croacia, hacemos un alto en un pueblito de la montaña, muy pequeño. Encontramos donde hospedarnos gracias a unos jóvenes que estaban charlando en el único bar de ese diminuto pueblo. Ellos nos contactan con amigos que alquilan un departamento. Mientras descansamos de la larga jornada, encendemos la televisión croata. En un canal central, nos sorprenden algunas voces que hablan castellano porteño. Era un documental, muy extenso y muy bien hecho, sobre la historia de Juan Vucetich, el creador del sistema de identificación de personas a través de las huellas dactilares, nacido en Croacia pero nacionalizado argentino. En ese documental, que entendemos parcialmente por las imágenes y las voces argentinas detrás de las voces croatas, se muestra la importancia que tuvieron los inmigrantes de ese país en la Argentina. Allí, en ese lugar tan alejado desde tantos puntos de vistas de la Argentina, durante una hora se habló de lo que se une en la distancia a través de los  emigrantes y sus descendientes. La inmigración sigue siendo fundadora de cultura, a pesar de que tanto quieran hacernos creer que es signo de su devastación.