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miércoles, 29 de diciembre de 2021

Apuntes sobre la subjetividad libertaria

por Juan Manuel Iribarren

Gran parte del actual credo libertario se fundamenta por un apriorismo del individuo que niegan casi todas las ciencias sociales, pero cuyo núcleo duro epistemológico se encuentra en un reducido grupo de economistas de un Imperio al borde del abismo. Mientras los escritores de Austria-Hungría pintaban grandes frescos históricos y alegorías de su decadencia, mientras la Viena de principio de siglo se llenaba de postales de histeria, remordimiento e hipocresía, a las que de a poco se aplicarían las nuevas curaciones del alma; hombres que no conocían la historia reciente aseguraban los nuevos modelos teóricos de la ciencia económica del siglo XX, elevando a condición de ciencia una estructura de conocimiento que se parecía sospechosamente a una utopía. La compulsiva presentación de una doctrina de mercados autorregulados en un mundo dividido por los desastres que había traído el patrón oro y la respuesta de un imperialismo creciente no parecía tener ninguna realidad, pero a la Viena de aquella época le fascinaban las ideas.

Todavía se piensa la Escuela Austríaca como una revolución en el pensamiento económico, pero en lo que respecta a la economía, sus grandes aportes fueron deudores de la escuela marginalista que surgió en toda Europa al mismo tiempo. Y lo que sí iniciaron fue una revuelta epistemológica, una desconfianza violenta de los fundamentos de las ciencias sociales europeas, pero que no conllevaba ningún cambio de paradigma relevante, y que habitualmente confundía ciencia con propaganda. Para llenar ese vacío presentaban conceptos a priori sin fundamentación ontológica y sin posibilidad de comprobación empírica, mientras la revolución epistemológica se consolidaba muy cerca: en el círculo de Viena y en sus críticos y allegados. 

La visión “austríaca” de las ciencias sociales ha quedado fuera de lugar, curiosidades de batallas teóricas sin relevancia en el mundo académico actual.  Y sin embargo, una parte de esa crítica todavía persiste transformada, fundamenta el desorden cognitivo generado por las reformas neoliberales, naturaliza cierto individualismo metodológico como accesorio indispensable de la argumentación mediática. No sabemos hasta qué punto el núcleo del profundo entusiasmo que todavía genera esa escuela se explica más por su particular concepción de la acción humana como estructura atomizada de comportamiento, que por sus concepciones de autorregulación de los mercados. Esta última noción no es del todo accesible a la mayoría de sus militantes.

Nunca llegaron a pensar la esencia del hombre, sino la esencia de su acción, en un mundo paralelo incoaccionable, donde la esencia de la acción del hombre sería la incoacción. De ahí su obsesión con la coacción estatal, que va a ser el caballito de batalla de las discusiones de sus militantes por décadas, por una creencia en un teórico hombre incoaccionable, libre del contrato social. Ni Menger ni Mises 1 tuvieron interés en las culturas trabajadoras de la Europa industrial, lo que pudo potenciar su alergia al historicismo y su absoluta negación del hombre como género, su interpretación del hombre exclusivamente como individuo.


Quedará para historiadores preguntarse si el carácter del Imperio facilitó la renovación de las robinsonadas de la economía política, reformulando la idea de sujetos autodeterminados por su propio interés en una isla desierta fuera de la historia, reactualizada con un corolario que no tenían los conceptos originales: la novedosa idea de que el sujeto de soberanía es el individuo y no la comunidad. 

Es ampliamente discutible que Adam Smith haya aventurado semejante noción de individuo, pues nunca pensó en los planes vitales de realización personal, sino en los intereses privados de grupos que se oponen al libre mercado; ya que el principal enemigo del mercado no lo detectaba en el Estado, sino en los monopolios y oligopolios. Por eso y por secreta filiación contractualista concibió la economía política como una rama de la ciencia del estadista o legislador, de ningún modo al servicio de la libertad personal. Por eso no habló de Acciones Humanas sino de Riqueza de Naciones.  

La acción humana y la cooperación social como una ciencia de relaciones dadas, el giro epistemológico de la Escuela Austríaca, esa “revolución de enormes consecuencias” de la que hablaba Mises, no ha sido examinada más que desde el fervor partidario a favor y en contra, en relación con la evidencia empírica más o menos soslayada. Y sin embargo, los partidarios de Hayek y Mises 2 suelen citar su interdisciplinariedad para afirmar que la escuela contiene verdaderos estudiosos de la conducta humana. ¿Pero cuáles son los fundamentos de la “acción humana”, y en dónde sustentan su noción de individuo autodeterminado? Convertir la teoría de los precios del mercado en una teoría general de la elección humana, dice Mises en Human Action, determinando que acción y elección están siempre ligadas. 

No es mi intención hacer un muñeco de paja de este argumento, pero se observa una consecuencia endeble: que el concepto de coacción sólo se aplicaría para ilustrar las relaciones humanas mediadas por un agente externo institucional. Si acción y elección humana siempre están ligadas, entonces la variable coacción sólo puede considerarse proviniendo de las instituciones impuestas sobre relaciones humanas de libre elección. Y de ahí Camino de Servidumbre y la parafernalia posterior de Libertad de Elegir, donde el problema son las instituciones reguladoras del campo social. Dicen que por ellas no hay libertad.


Digamos que en el mundo de las acciones de Mises no sólo no existe la dominación de clase o grupo, sino que tampoco hay lugar para la tragedia clásica, el mal y la violencia se soslayan, y especialmente la violencia económica. Y en una reducción al absurdo no se acepta que los individuos tengan en la consecuencia de sus actos lo que intuitivamente llaman “suerte”, pues la suerte buena o mala implica un principio de no elección, es decir, un resultado impredecible de la acción no ligada a la elección. De ahí que los preconceptos “austríacos” pueden echar luz sobre el soslayamiento de las condiciones de vida de cada sujeto, como marca de fábrica del militante libertario, como si la elección individual partiera de un sujeto autodeterminado y libre, sin circunstancias psicológicas, sociales, financieras, de buena o mala fortuna. 

¿Y que puede ser entonces la Acción Humana para Mises? ¿La maximización del sujeto de su bienestar individual? ¿Y en base a esto elaborar una teoría general de la acción humana, que se desligue por completo de la psicología y de la sociología? ¿Qué clase de criatura teórica resulta de eso?

“La acción humana es una conducta consciente, movilizada voluntad transformada en actuación, que pretende alcanzar precisos fines y objetivos; es una reacción consciente del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; es una reflexiva acomodación a aquella disposición del universo que está influyendo en la vida del sujeto”.

Precisemos algo: según Mises, el hombre al actuar aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor, la mente presenta situaciones más gratas y el incentivo que induce al individuo a actuar es el malestar, a lo que se agrega un tercer requisito que es advertir la existencia de cierta conducta deliberada con capacidades de reducir la incomodidad sentida. Sólo el ser que vive bajo dichas condiciones es un ser humano, un homo agens, casi una extrapolación de un agente económico en un mercado. De hecho, Mises llega a afirmar que los seres de ascendencia humana que, de nacimiento o por defecto adquirido, carecen de capacidad para actuar, a efectos prácticos, no son seres humanos, carecen de humanidad. Y por supuesto, no hay acciones humanas sin fines pretendidos 3.


Y cuesta encontrar consideraciones previas. La primera sensación que se tiene cuando uno arrima a la Escuela Austríaca es que no se han estructurado los conceptos previos, como si siempre estuvieran en un estado de positiva propaganda proactiva, lo que ayudaría a explicar la racionalidad emocional de los libertarios -jalonada de juicios de valor y descalificaciones ya en los cimientos de su propia “ciencia”- como constitutiva de su práctica política. ¿Y en que consiste su práctica política?

La historia es harto conocida: unas pocas personas con intereses definidos y amplios recursos económicos financian unos cuantos think-tanks conservadores con ideas viejas y fracasadas, con la finalidad de defender un clima social favorable a sus intereses privados en el momento en que comienzan a avanzar nuevas ideas amenazantes. Y entonces a los militantes les llueven del cielo los recursos y creen que su causa es justa y necesaria, por una mezcla de moral calvinista y persistente indiferencia moral ante los problemas de su tiempo. No son estudiosos de otras disciplinas y están tan convencidos de sus ideas que no creen necesario debatir sus fundamentos. No provienen de las clases que los manipulan adulterando aquellas ideas que aman con locura y no comprenden. Y tienen, ante todo, una gran necesidad de expresarse en forma descalificadora, condescendiente y violenta. Aquí no analizaremos esa violencia, pero diremos que va en línea con la racionalidad emocional de los textos de Mises. 

Que la nueva concepción de un individuo coartado por la comunidad y sus encarnaciones superestructurales, insista en la referencia a naturalezas humanas ahistóricas y autodeterminadas, negando la hegemonía ideológica en la construcción del sujeto y su sujeción histórica, habilita esa cualidad de poder fantasear sobre el concepto de libertad, una vez negado todo carácter problemático al sujeto. Por esto fue condición necesaria para comenzar a articular el modelo teórico de Mises, defender previamente la invariabilidad de lo humano, frente a las concepciones históricas de las ciencias sociales. Y por eso fundar la economía en la naturaleza de la acción humana, como hizo Mises, también arrastra el problema filosófico de la indeterminación ontológica de lo humano.
 
Ahora bien, ¿cuál es la noción de lo humano de los libertarios? ¿Cómo encaran la esencia del ser humano? ¿Toda coacción los vuelve inhumanos? ¿Son esencialmente inhumanos, con su potencial humanidad condicionada a la destrucción del Estado? ¿Cuál es la humanidad de un libertario? ¿Poder elegir? ¿Qué la acción esté ligada a una elección incondicionada? Al menos eso dice Mises y no ha sido desmentido por la militancia. Precisando: ser humano no es ser libre, sino creer en una acción ligada a la libre elección. La libertad es un concepto demasiado complejo para la Escuela Austríaca, lo que militan es la creación de un mundo paralelo donde todas las acciones estén ligadas a libres elecciones: exactamente eso entienden por libertad. Y el primer problema es que esto implica un mundo de información perfecta sin condicionamiento social. No se enteraron que, desde hace ya varias décadas, hasta la Academia Sueca viene premiando la desconfianza en ese tipo de ideas. ¿Podríamos afirmar de una vez por todas que el supuesto de la información perfecta, fuera de los ejercicios académicos, ya en discusiones serias no existe más? Los libertarios no quieren dar vuelta la página, insisten con el cuento.

Y como la sagacidad debe limitarse al reconocimiento de la opresión estatal, desconocen las coerciones de otras instituciones. Desconocen ante todo el carácter institucional del mercado regulado por leyes y conductas monopólicas: plantean su naturaleza reguladora y favorecedora de las acciones humanas.


De sus discursos se precisa que este supuesto sujeto no coactivo, al que cualquier política de redistribución coactivaría, no tiene más esencia que su propia libertad, cuyo fundamento último es transgredir posibles amenazas de coacción. No se han preguntado ni qué es la libertad ni por qué ser libres, lo fundamental es lo incoaccionable. Y cabalmente no es que quieran ser libres, sino que quieren ser sujetos incoaccionables, una suerte de oxímoron epistemológico, una utopía banal y exagerada. 
 
La palabra “coacción” usada exclusivamente para señalar acciones de las instituciones estatales, implica dar por sentado una persona no coaccionada por su subjetividad ni por sus relaciones sociales, es decir, incondicionada y libre de influencia social. Un esquema o entelequia que no es atravesado por la historia, la cultura, las determinaciones genéticas, socioeconómicas, etc. Y no buscan con esto redefinir lo humano, sino crear un sujeto coaccionado por su propio deseo e interés, sujeto a un campo de acción condicionado, lo que determina su identidad como separación y cálculo, continuando la línea de la construcción del Homo Economicus en reemplazo del ser humano. Como si las elecciones de una teoría de juegos pudieran agotar las acciones y relaciones humanas. Como si el único campo de acción vital fuera el mercado. 

“Nadie puede prohibirme lo que yo quiero”. ¿Y eso que querés es libre o está condicionado? 

Por la idea de un deseo incondicionado y sujeto a la creación de un Frankenstein Homo Agens —aun después de que Keynes planteara sus animal spirits aggiornándose al psicoanálisis y toda la economía conductual enfilara detrás suyo— los libertarios persisten en usar retazos de viejas doctrinas para legitimar ideas malformadas y desactualizadas acerca de las conductas de las personas, reduciendo ostensiblemente su humanidad y postulando –bajo el barniz de seres libres– monigotes de las fuerzas del mercado. 

¿Y qué debería entonces haber hecho Van Gogh para no morirse de hambre? “Producir algo más competitivo”.

Dejar de ser Van Gogh, convertirse en un pintor mediocre, cuando una existencia material garantizada nos hubiera dado algunas décadas más de sus pinturas, sin el relato de un loco que lo mantenía su hermano y resulta que era un genio. ¿No es acaso una externalidad positiva la mera existencia de los genios? ¿Pagaron un precio adecuado por la Capilla Sixtina? Las externalidades económicas no entran en el vocabulario de los libertarios, pero la experiencia de dar mucho más de lo que se recibe, es parte sustancial de las conquistas de la humanidad. No puede considerarse mero accidente.

Por otra parte, la obsesión “austríaca” por la autonomía conceptual —especialmente recordando lo que Derrida llamaba la metafísica de la presencia— se manifestó en las escuelas de Viena como aquella farsa teórica de la acción humana como presencia indispuesta por el “Estado”, siendo el Estado un concepto derivado de una falsa creencia en acciones autodeterminadas y libres. Y fue el modo más racional que encontraron de ponerse en contra de cualquier idea genérica de humanidad: suponer la presencia inalterable de un individuo con absoluta libertad de elección. Y al tratar de construir un sujeto sin realidad social, la consumación de ese individuo no podía darse más que como alteraciones psíquicas promovidas por conductas alienadas, como recorte de conciencia y como impostura.

Pues ni el sujeto ni la libertad son autónomos. Y la libertad no es libre, mal que les pese. La libertad es condicionada por distintas variables, como la no sujeción a la necesidad que vuelve esclavos a millones de personas desde los tiempos de los enclosures 5.

Y mientras los escritores de la MittelEuropa se dedicaban a grandes frescos sobre la decadencia de su cultura, con sus médicos estudiando las razones inconscientes de su profunda histeria, y sus filósofos trastornando la percepción, priorizando el análisis del lenguaje y los fenómenos —allí donde todo parecía profundamente inasible— los economistas consolidaron la teoría del valor marginal, derivando la esencia humana de una teoría de precios, postulando un mercado autorregulado, correlativo a una idea de libertad del individuo, que lo despojaba de la Igualdad y la Fraternidad con conscientes daños a la humanidad; pues no querían humanidad, sino “acciones humanas” subsumidas como engranajes de un mercado espectral. 



NOTAS

1 - Carl Menger (1840-1921) es el primer economista de la Escuela Austríaca, y uno de los primeros en desarrollar la Teoría marginalista, en oposición al paradigma clásico de la teoría del valor-trabajo

Ludwig von Mises (1881-1973) es la figura más destacada de la Escuela Austríaca y la principal influencia para los economistas posteriores libertarios, especialmente por su crítica al socialismo y a la intervención estatal. También es el creador del concepto de Acción Humana y de una reformulación de las ciencias sociales a la luz de ese concepto.

2 - Friedrick Hayek (1899-1992) es el economista más popular de la Escuela Austríaca, conocido especialmente por su crítica al totalitarismo y por la adhesión incondicional a sus ideas por parte de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan.

La escuela austríaca plantea la noción de homo agens en contraposición al homo economicus de la escuela neoclásica, planteando un sujeto de acción que no es meramente el representante de una función de utilidad. Su crítica al positivismo de la escuela neoclásica implica el supuesto de acción con algunos requisitos previos.

“Consideramos de contento y satisfacción aquel estado del ser humano que no induce ni puede inducir a la acción. El hombre, al actuar, aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor. La mente presenta al actor situaciones más gratas, que éste, mediante la acción, pretende alcanzar. Es siempre el malestar el incentivo que induce al individuo a actuar. El ser plenamente satisfecho carecería de motivo para variar de estado. Ya no tendría ni deseos ni anhelos; sería perfectamente feliz. Nada haría; simplemente viviría.

"Pero ni el malestar ni el representarse un estado de cosas más atractivo bastan por sí solos para impeler al hombre a actuar. Debe concurrir un tercer requisito: advertir mentalmente la existencia de cierta conducta deliberada capaz de suprimir o, al menos, de reducir la incomodidad sentida. Sin la concurrencia de esa circunstancia, ninguna actuación es posible; el interesado ha de conformarse con lo inevitable. No tiene más remedio que someterse a su destino.

"Tales son los presupuestos generales de la acción humana. El ser que vive bajo dichas condiciones es un ser humano. No es solamente homo sapiens, sino también homo agens. Los seres de ascendencia humana que, de nacimiento o por defecto adquirido, carecen de capacidad para actuar (en el sentido amplio del vocablo, no sólo en el legal), a efectos prácticos, no son seres humanos. Aunque las leyes y la biología los consideren hombres, de hecho carecen de la característica específicamente humana. El recién nacido no es un ser actuante; no ha recorrido aún todo el trayecto que va de la concepción al pleno desarrollo de sus cualidades humanas. Sólo al finalizar tal desarrollo se convertirá en sujeto de acción”. La Acción Humana, Ludwig Von Mises.

4 Animal Spirits es un concepto acuñado por John Maynard Keynes, para incluir los elementos irracionales en el comportamiento humano y en las decisiones de los agentes económicos, resaltando la confianza y el optimismo, en contraposición a la ponderación racional de los hechos que plantean las escuelas precedentes.

5 Los “enclosures” o cercamientos, fue el proceso de división de las tierras comunales en tierras divididas y cercadas, para conseguir la eficiencia agrícola que requería el funcionamiento de una sociedad capitalista.  Según Karl Polanyi (1886-1964): 

“Con razón se ha dicho que los cercamientos fueron una revolución de los ricos contra los pobres. Los señores y los nobles estaban perturbando el orden social, derogando antiguas leyes y costumbres, a veces por medios violentos, a menudo por la presión y la intimidación. Estaban literalmente robando a los pobres su participación en las tierras comunales, derribando las casas que, por la fuerza insuperable de la costumbre, los pobres habían considerado durante mucho tiempo como suyas y de sus herederos. Se estaba perturbando la urdimbre de la sociedad; las aldeas desoladas y las ruinas de viviendas humanas atestiguaban la fiereza con que arrasaba la revolución, poniendo en peligro las defensas del país, vaciando sus pueblos, diezmando a su población, convirtiendo en polvo su suelo sobrecargado, hostigando a sus habitantes y convirtiéndolos en una muchedumbre de pordioseros y ladrones cuando antes eran agricultores inquilinos.”

domingo, 20 de diciembre de 2015

Masterror III



por Luciano Deraco

Sociedades Disciplinarias: Anatomopolítica

(viene del post anterior)  Es cierto que la industria hace lo suyo extendiendo la lógica de la producción a la pantalla y al tiempo de ocio y que la escuela funciona como el aparato por excelencia en la sociedad burguesa para reproducir la ideología de la clase dominante, pero el saber no necesariamente necesita cristalizarse en la esfera laboral o en las instituciones. El micropoder opera desde antes, interiorizándose directamente sobre el cuerpo, disciplinándolo, haciéndolo dócil y eficaz a la vez, refinando sus aptitudes, normalizando aquellos comportamientos que no se ajusten a sus necesidades y poniendo a prueba su utilidad. 

En Masterchef también encontramos reflejadas algunas de las nociones que Foucault desplegó al ocuparse de la anatomopolítica: en la instancia de eliminación, todos los cocineros cuentan con los mismos insumos y con la misma cantidad de espacio (disciplina celular) y tiempo, lo necesario para demostrar cómo capitalizan precisamente estas categorías, despliegan sus habilidades y hacen gala de una eficiente adaptación a la producción en serie. Por supuesto que el cuerpo-máquina conlleva otras consecuencias: mientras más se oprime su subjetividad, menos peligroso resulta y más se transparenta la imbricación entre saber y poder. Los cocineros uniformados se presentan igual, utilizan los mismos utensilios y disponen de los mismos artefactos, nada los diferencia.

El jurado del programa disciplina, blanquea las normas y amplía el alcance de las mismas, ningún detalle puede salirse de control: “no me gusta ese mechón de pelo”, le dice Krywonis a una de las participantes al pasar por su mesa y el comentario se transforma en una orden. No hace falta la violencia, pero si la regulación o, como en este caso, la prohibición; de cualquier modo, el mandato se internaliza en el cuerpo a través del miedo, como si se tratara de una sentencia. Las pasiones de los participantes se dosifican, cualquier desatino puede significar la eliminación. Aun así, siempre hay un caso que rompe a la regla. La disciplina traspasa el límite de la palabra, llegando a la violencia: “¿vos pensás que sos un tipo atrevido?”, increpa Krywonis a uno de los participantes que brega por un lugar en el gran concurso. Acto seguido, lo toma del delantal arrojándolo hacia sí para preguntarle “¿vos tenés huevos?”, a lo que Simone, el joven en cuestión, un lánguido veinteañero que deja entrever cierta ambigüedad sexual, amenazante quizás para el estándar que pretende el programa (no olvidemos que el ganador es sólo uno y que la emisión sale en horario central en un canal de aire cuya programación se orienta a la familia burguesa promedio), responde con una sonrisa nerviosa que, ante la indulgencia del juez, transforma en el acto en una mirada seria, normalizada.

El resto de los concursantes puede solidarizarse con Simone, apesadumbrarse por la nominación de Francisco o hasta llorar por la eliminación de Milton, pero también pueden alegrarse y respirar silenciosamente, puesto que en definitiva están allí para ganar y sólo hay lugar para uno. Como señala Deleuze en Sociedades de Control: “La empresa instituye entre los individuos una rivalidad interminable a modo de sana competición”.

Krywonis puede excederse y hasta espantar a la audiencia más pacata, pero si el rating responde, no sólo él sino cualquiera de sus actos, toda conducta, por amoral que sea, se legitima y se amplifica. El verdadero soberano es el número. “Los individuos 'dividuales' y las masas se han convertido en indicadores, datos, mercados o 'bancos'”, afirma Deleuze.

El cuerpo domesticado y adiestrado, sujeto sin embargo a la naturaleza del número cuya lógica no responde a ningún patrón específico, solo a aquello que permite engrosarlo, paradoja que entrecruza las sociedades disciplinarias con las de control y que sin dudas complejiza la tarea de aproximarme a descifrar al sujeto de hoy, el que legitima tanto los procesos como los actores sociales que lo transforman en una masa indiferenciada y en un instrumento donde el poder se recuesta.



A modo de cierre

Que las nuevas  generaciones de asalariados (empleados) legitimen cultural y políticamente los mecanismos que se encargan de someterlos, reproduciendo a la par la ideología que opera para ello no tiene una causa exclusiva ni determinante; se trata en cambio de un complejo entramado que se manifiesta en el trabajo y se extiende al tiempo de ocio, cristalizándose previamente a través del aparato educativo, optimizando y disciplinando al cuerpo para transformarlo en una herramienta más útil, productiva.

El problema en la actualidad se profundiza no porque los explotados más jóvenes ignoren esta situación, sino porque además, para ellos, el bombardeo de los medios masivos de comunicación y la rigurosidad del régimen laboral, con el correlativo miedo a perder el empleo, forma parte de sus vidas desde que nacieron, no conocen otra visión del mundo. 

El neoliberalismo triunfó extendiendo hasta los rincones más alejados del planeta su propaganda de aptitud y eficiencia, sembrando a la par la ignorancia y el escapismo necesarios para que las masas no sepan defenderse y organizarse. Para peor, el consumo de productos culturales que fusionan empresas de la diversión y herramientas comunicacionales sin dejar recoveco, desde las grandes marquesinas callejeras y las aplicaciones de dispositivos móviles para incrustarse en la pantalla del plasma, garantizan una alienación total. Si a esto sumamos una educación empobrecida y progresivamente pensada con fines empresariales, de refinamiento de la mano de obra, el panorama es francamente desalentador.

Que en la Argentina de 2015 el sufragio electoral arroje resultados tan siniestros, que los explotadores de ayer sean legitimados y coreados al compás de consignas vacías (“cambiemos”, “todos juntos”, “queremos progresar”, “meremos vivir mejor”) no es producto del azar. El gran triunfo de la publicidad comercial fue extender su lógica desde los productos culturales de alcance masivo hasta el proselitismo político, generando un todo monstruoso. Los reality y los programas de concurso son la síntesis de esta victoria y en el caso puntual de Masterchef el ensamble soñado entre distracción, reproducción del sometimiento y perfeccionamiento de la mano de obra.

Queda sólo levantar la cabeza y pensar de qué modo estos chicos que hoy festejan con globos amarillos y devoran horas de cooltura chatarra fabricarán las armas para resistir los ataques inminentes. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Masterror II


por Luciano Deraco

Industria Cultural

(viene del post anterior) “Las distinciones enfáticas, como aquellas entre  films del tipo a y b, o entre historias de seminarios, sirven más bien para clasificar a los consumidores, para adueñarse de ellos sin desperdicio… Cada uno debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente, de acuerdo con su level determinado, en forma anticipada por índices estadísticos, y dirigirse a la categoría de productos que ha sido preparada para su tipo… Para el consumidor no hay nada por clasificar que no haya sido ya anticipado en el esquematismo de producción”.

Éste rejunte de frases de Adorno y Horkheimer hace las veces de guía para comenzar a explorar el camino propuesto. 

No importa la formación profesional y especialización respectiva de Germán Martitegui, Donato de Santis o Christhophe Krywonis (los chefs que ofician de jurado), tampoco las preferencias de los participantes (repostería, parrilla o pastas), sino que el gran público televidente (consumidor) se identifique con alguno de ellos, que cada personaje se ajuste con el perfil específicamente diseñado de antemano, a la identidad cultural determinada sistemáticamente por la industria y de la cual, en la mayoría de los casos no se tiene conciencia. 

“La industria cultural trata de la misma forma al todo y a las partes… Lo universal puede sustituir a lo particular y viceversa. El concepto de estilo auténtico queda desenmascarado en la industria como equivalente estético del dominio”. 

Los alemanes vuelven a arrojar más luz en el asunto: la ficción de “especializarse” en un estilo culinario esconde la profunda vocación de dominio de una industria que la alienta para facilitar el ingreso de una mano de obra calificada. Queda evidenciado el enorme poder de los medios masivos de comunicación como herramienta para ello: “Cada uno está desde el principio encerrado en un sistema de relaciones e instituciones que forman un instrumento hipersensible de control social”.

En la emoción y la pasión de los participantes o en la supuesta indulgencia que de vez en cuando revela el jurado se esconde un riguroso trabajo administrativo. Las lágrimas resignadas de los eliminados, el sudor del sentenciado, la mirada severa que Martitegui le arroja a los cocineros, la música incidental, los planos de cámara y zoom, las pausas comerciales… nada hay de azar aquí. Todo está minuciosamente estudiado y cuantificado. 

Si la industria cultural se propone hacernos creer que el mundo exterior es la simple prolongación de lo que se presenta en pantalla, lo logra a expensas de una profunda y desalentadora transformación de los consumos culturales y sociales de la población, como consecuencia del sometimiento solapado a los mecanismos de producción imperantes, dirigidos y alentados (a veces con poca sutileza) a través de las promesas de felicidad y bienestar de la publicidad, en un complejo entramado de recursos que abarca casi a la totalidad de la esfera audiovisual, adaptándose a todos los circuitos que esta propone y a como dé lugar (versiones para diferentes países, certámenes con niños, aplicaciones para celulares, redes sociales, publicidades urbanas). Todo es aprovechable en pos de expandirse, ganar nuevos mercados y obtener más consumidores.

“Los consumidores son los obreros y empleados, farmers y pequeños burgueses. La totalidad de las instituciones existentes los aprisiona de tal forma en cuerpo y alma que se someten sin resistencia a todo lo que se les ofrece…  Cuanto más sólidas se tornan las posiciones de la industria cultural, tanto más brutalmente puede obrar con las necesidades del  consumidor, producirlas, guiarlas, disciplinarlas…”.

Aquí se transparenta la extensión del “mundo real” a la pantalla: los participantes del programa pertenecen a las mismas clases sociales que los consumidores; de hecho, ellos son los consumidores y tanto las reglas del juego (calidad en la elaboración, ritmo mecánico, instancias de evaluación y eliminación) como los artilugios técnicos (efectos especiales, actitudes corporales y ritos en torno a la conquista del logro o del fracaso) son perfectamente conocidos, no sólo en el proceso productivo, sino también en los alcances de la invasiva publicidad que parece que todo lo puede y todo lo derriba en la sociedad de mercado.

Una idea clave que permite entender mejor la complejidad y amplitud del asunto es la de “riesgo inútil”: desechar aquello que no se ha experimentado, la exclusión de lo nuevo como condición intrínseca de la cultura de masas, permite, en el contexto de Masterchef, justificar la expulsión de aquel participante que vanamente osa sorprender al jurado con un plato arriesgado: “Quería hacer algo distinto, yo pensé que me iban a felicitar y me dicen ‘no funciona para nada’” dice Francisco -uno de los participantes de la edición 2015 de Argentina y cuyo apellido casi no se difunde, quizás porque a la industria no le interesa diferenciar ni individualizar al sujeto de la masa trabajadora a la que pertenece, precisamente porque él mismo como individuo es la pura nada, absolutamente sustituible- minutos antes de ser sentenciado por el plantel de expertos ante su aventurada decisión de elaborar ñoquis “dulces”, con los cuales pretendía sorprenderlos.

“Cuanto menos tiene la industria cultural para prometer, cuanto menos se halla llena de sentido, tanto más pobre se convierte fatalmente la ideología que difunde…”

La fijación de la industria por especializar a las masas en disciplinas del arte ligero y el deporte responde a la necesidad de desideologizar a estas mayorías. No estoy diciendo que la danza, el fútbol y la cocina carezcan de contenido, pero cuanto menos se los investiguen históricamente, cuanto menos se los cuestionen en su carácter mercantil y cuanto menos se discutan sobre la salubridad y cadena de distribución de los alimentos, más funcionales se vuelven a los intereses de esta gran industria.

“...el dicho socrático por lo cual lo bello es lo útil se ha cumplido por fin irónicamente”.

Masterchef no fija restricciones etarias. Cualquiera puede participar, desde un joven de 18 hasta una señora que transita sus primeros años de menopausia. No obstante el resultado, reiterándose la fórmula que indica que “el todo y los detalles poseen los mismos rasgos”,  parece repetirse en cada reality por encima de sus características específicas: generalmente gana no sólo el más “apto”, el más “eficiente”, sino también el que más se adecua a los patrones de belleza física imperantes y el que mejor sintetiza la idea de éxito y progreso económico entendidos en clave de proyección a futuro. Que Alejo (el ganador de la edición 2015 de Argentina) sea atractivo, tenga 27 años y provenga del negocio empresarial no es casual (nada es casual): es el participante que hasta con su cuerpo se ha posicionado como el más “presentable”, el más “vendible”, de cara a los cánones de consumo del público mundano, snob y cosmopolita que va a reproducir cada uno de sus tips con celeridad. Tampoco es azaroso que detrás de una inocente premiación se financie la publicación de un libro de recetas y una beca para estudiar en una escuela de cocina. De lo que realmente se trata es de pulir la mano de obra, de perfeccionarla. La mirada de Althusser amplifica el panorama en este aspecto.  

Aparatos Ideológicos del Estado

Se sabe de antemano que los Aparatos Ideológicos del Estado (AIE) actúan mediante la ideología y que lo que importa es su funcionamiento independientemente de las instituciones que lo materializan. Sabemos también que la escuela es el AIE número uno puesto por la burguesía para estos fines. Lo que me propongo analizar es cómo se evidencia, a través del aparato educativo y sus respectivos niveles, la reproducción de la ideología y relaciones de producción de la clase dominante tomando como ejemplo a los actores sociales intervinientes en Masterchef y las habilidades específicas que la institución proporcionó para dicha reproducción.

En el apartado anterior hacíamos referencia a las clases sociales a las cuales pertenecen sus participantes, pero vale la pena detenerse y pensar cómo la escuela funcionó para adiestrarlos y posicionarlos en diferentes niveles del aparato productivo.

En el caso puntual de los concursantes, un pequeño porcentaje  proviene de ese sector que Althusser identifica como “obreros” y cuya formación alcanza niveles muy bajos del saber institucionalizado. En Masterchef, la mayoría no supera las pruebas preliminares para ingresar al certamen (un apenas discrecional proceso de selección) precisamente por el escaso desarrollo de las habilidades que dicho saber proporciona. No es casual que muchos de ellos provengan de zonas humildes del conurbano y del interior, alejados del mundo de facilidades y oportunidades que los grandes centros urbanos proporcionan.  Aunque en algunos casos dominen el oficio de cocinero, este requisito sólo no alcanza: las formas, los modales y hasta la estética se refinan conforme se especializa el saber.

En esta segunda línea encontramos al grueso de los participantes: obreros mejor calificados, empleados y pequeños y medianos burgueses provenientes de la clase media, sobre todo de las metrópolis principales, fundamentalmente de Buenos Aires. Todos continuaron ininterrumpidamente el proceso de escolarización en colegios por lo menos aceptables, muchos cursan estudios de nivel superior y algunos ya ostentan un título profesional. De este grupo saldrá el ganador. El obrero calificado lleva las de perder, está peor posicionado que el profesional y es mucho lo que debe incorporar y pulir para convertirse en el Master. He aquí donde se pueden observar los conflictos, la lucha de clases inherente al AIE educativo y como la ideología dominante puede (aunque no necesariamente) expresarse sin resistencias, de manera  más pura, en aquellos cuya formación proviene del ámbito privado en relación a quienes cursaron sus estudios en el ámbito público, con todas las contradicciones, intereses contrapuestos y pluralidad de actores sociales que intervienen allí.

En una última línea encontramos, claro, al jurado, los agentes de explotación, los que llegaron a la meta y fijan las condiciones del proceso productivo, los que “saben mandar” y hacerse obedecer sin discutir. Martitegui, de Santis y Krywonis interpelan a los participantes como autoridades, sí, pero ante todo como patrones, como empresarios exitosos en la cima de la cadena productiva, capaces de decidir sobre su futuro delante y detrás de las cámaras, de determinar cuál será, en términos de Bourdieu, canonizado y legitimado en el campo de la gastronomía. “¿Tengo chances de rogarte un poco más?” pregunta en la primera emisión de la edición argentina Milton, un joven que acaba de ser eliminado y que ante la negativa de Martitegui, suplica porque sabe que no ingresará a la esfera de la alta cocina articulada al show business

Como ningún otro grupo, son los encargados de preservar la ideología de la clase dominante porque es a la que ellos pertenecen. Pero para obtener una mayor plusvalía, hace falta convertir el cuerpo de los explotados en una máquina, hacerlo más útil y más dócil. Algunas nociones de Foucault como sociedades disciplinarias y anatomopolítica permiten al respecto abrir el panorama.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Masterror I


por Luciano Deraco

Hace más de 60 años, Theodor Adorno y Max Horkheimer, dos de de los teóricos fundacionales de la escuela de Frankfurt, se interrogaban incesantemente acerca de cómo las masas aceptaban y legitimaban mansamente los mecanismos de dominación y manipulación de la clase que los subordinaba. Sus estudios, analizaban el impacto de la incipiente industria cultural en las sociedades de masas para pensar por ejemplo, de qué manera los modos de producción fabriles se trasladaban al tiempo de ocio del proletariado. 

Un salto en la historia nos lleva a los escritos de Louis Althusser. Sus aparatos ideológicos del estado nos aproximan nuevamente al punto en cuestión,  en este caso, cómo la escuela, los medios de información y la cultura, entre otros aparatos, reproducen no sólo la ideología sino también los modos de producción de la clase dominante.

Pero no sólo en la letra de autores neomarxistas podemos encontrar algunos rastros que intenten explicar cómo la dominación se modela y asimila sin resistencia. En las influencias estructuralistas de Michael Foucault y Gilles Deleuze, y refiriéndose a distintos procesos históricos, conceptos como sociedades disciplinarias y sociedades de control ayudan para darnos cuenta que detrás de nuestras visiones del mundo, a priori inocentes, un enorme poder nos construye, normalizando nuestros cuerpos y adiestrando sistemáticamente nuestras habilidades al ritmo de producción industrial.

Industria cultural, aparatos ideológicos del estado, sociedades disciplinarias y sociedades de control: un vaivén por algunos de los conceptos clave del pensamiento filosófico y teórico crítico del siglo XX nos ayudan para comprender con mayor precisión como las generaciones de asalariados nacidas en los umbrales del siglo XXI se dejan domesticar mansamente, casi sin resistencia, cargando sobre sus lomos el rigor de un ritmo de trabajo vertiginoso e incesante que los aliena, confundiéndolos con autómatas, aceptando las reglas de una competencia feroz y descarnada y consumiendo casi sin descanso, víctimas de un complejo entramado cultural que los interpela mediante eficaces estrategias publicitarias durante y fuera del proceso productivo.

No estamos hablando de un momento histórico de transición en el cual, los actores intervinientes advierten una modificación de las condiciones e intentan repensarse, reposicionarse, sino en la asimilación total y pasiva de las reglas del juego, en la internalización de un mecanismo de producción material y simbólico que configura la visión del mundo desde el nacimiento de quienes hoy rondan los veinte años. Estamos asistiendo a los exitosos resultados de la explotación menos solapada a la cual el capitalismo nos expuso y sin embargo, para los más jóvenes, parecen no registrarse o ser aceptados sin chistar.

En éste contexto, cualquier aptitud, vocación o hobby, artístico o deportivo, tiene su utilidad, su usufructo económico y sobre todo, su imprescindible carácter funcional para reproducir y legitimar la ideología de la clase dominante. De no hacerlo, correría de hecho el riesgo de descartarse o marginarse.

Analizar todos y cada uno de los productos culturales que facilitan éste pacto entre la masa y sus explotadores sería, además de demasiado ambicioso, algo sobre lo cual ya se ha teorizado mucho más y mejor. Considero en cambio que resulta pertinente abordar un ejemplo específico, como punta para arribar a la verdadera meta: entender cómo, en definitiva, la gran empresa multimedial, mediante estrategias publicitarias en apariencia superficiales pero de una profunda efectividad, permitió que en la Argentina de hoy, se legitime legalmente a  aquellos sectores sociales que antaño golpeaban los cuarteles para consolidar su poder cuando lo sentían diezmado.

El desmesurado incremento de capitales invertidos en la esfera audiovisual durante los años noventa, dio vida a algunos de los engendros más macabros de la cultura de masas: el formato reality con Big Brother a la cabeza, nuevamente nos remite a Foucault, pero aquí el cuerpo no se piensa, en los términos que planteaba su anatomopolítica, en un espacio de encierro, vigilado para ser disciplinado, sino más bien para ser espectacularizado. No se trata de aislar a los locos ni a los marginales, sino a los sujetos promedio del neoliberalismo, los que mejor reproducen la ideología de la clase dominante. En el registro permanente y la correspondiente repetición de las miserias más íntimas de sus participantes, la gran industria audiovisual encuentra una fuente de enormes ingresos.

El género, claro, se fue afinando. Así arribamos a un presente que nos arroja desde programas de concurso para bandas de rock, instancias de eliminación entre drag queens que bregan por un lugarcito en el mundillo hollywoodense, niñas que sueñan con ser divas y cocineros que pretenden obtener prestigio y reconocimiento profesional. Propongo abordar el caso del programa Masterchef, una franquicia multinacional que lanza a una fama efímera a ignotos gourmets a partir de rigurosas pruebas que reproducen casi sin diferencias las lógicas empresariales imperantes en el neoliberalismo, fomentando la competencia feroz y sometiendo a sus participantes a humillaciones vergonzantes.

Un jurado reducido, integrado por profesionales canonizados y con una posición indiscutible en el campo de la gastronomía, fija férreamente un estricto control de calidad, dejando en claro que el que pase, el que “llegue”, será el más capacitado, el más disciplinado, el más normalizado…

Masterchef se diferencia no sólo porque los otros formatos pertenecen al mundo de las tablas y el glamour, sino también porque es el caso en el que más se evidencia la necesidad de buscar fuerza de trabajo o “recursos humanos” a partir de concursos televisivos y aplicarles durante el proceso de selección, las condiciones de explotación que padecerán durante la cadena productiva una vez inmersos en la industria. El jurado es el ideal de éxito de los participantes y de la audiencia, incuestionable en sus normas y en sus formas. El carácter enteramente empresarial y competitivo sirve para legitimarnos como “la voz autorizada” pero sobre todo como “la voz de mando”.

A partir del recorrido bibliográfico correspondiente, pretendo precisar las razones por las cuales Masterchef funciona como una herramienta acorde a todas y cada una de las demandas tanto simbólicas como económicas para legitimar y reproducir las condiciones de producción de la actual fase del capitalismo las cuales luego, se trasladan al orden simbólico, a la superestructura institucional.

viernes, 21 de agosto de 2015

Melconian, Espert, Broda... ¿Y Bein?

De qué hablamos cuando hablamos de liberales y otras cuestiones 3



por Juan Manuel Iribarren


Creo que sería bueno cerrar estos apuntes desordenados tratando de ver al otro economista, el que no es Melconian Espert Broda ni tampoco Kicillof. A mi modo de ver, teatralizando un poco, Miguel Bein parece plantarse en este punto: ok, no es la economía estúpido, pero tampoco es la política, pavotes, porque si fuera la política, pavotes, estaríamos sujetos a un ciclo de empleo y consumo que no se podría sostener por siempre, y que nos llevaría a una crisis, y, por el otro lado, la agenda electoral determinaría las políticas económicas más populares, sin tomar en cuenta el largo plazo (varias décadas), y por este medio se puede hacer mucho y se ha hecho mucho, pero no se puede hacer todo, y eso siempre pasa así y siempre tenemos que volver a comenzar, por lo que habría que pasar a un ciclo de inversión y productividad: una versión bastante más matizada de la frase de Miguel Ángel Broda: la Macro siempre se venga.

Bein comparte presupuestos con los economistas de la oposición: el kirchnerismo ha sido cortoplacista, ha buscado políticas económicas populares, pero debido a esto se está quedando sin reservas, y hasta aquí no hay grandes diferencias entre los discursos; sin embargo, es crucial entender que hay enormes diferencias entre estos economistas y que estas diferencias esenciales tienen que ver con los enfoques tanto del pasado como del futuro: para los economistas de la oposición no existió década ganada, para Miguel Bein la década fue "recontraganada"; para los economistas de la oposición el corto plazo fue solo propaganda para la agenda electoral, para Miguel Bein el corto plazo fue un proceso necesario para incorporar 7 millones de pobres a la clase media; para los economistas de la oposición la caída de las reservas demuestra el carácter irresponsable del gobierno, para Miguel Bein la caída de las reservas no se puede adjudicar del todo al gobierno, sino también a los procesos de desestabilización contra el gobierno por parte de movimientos especulativos foráneos.

Ver cómo ven el futuro ambos es mucho más difícil, ambos quieren inversiones y ambos quieren bajar la inflación: el tema de las inversiones es complejo de ver, porque no se han pronunciado demasiado, pero a mi modo de entender Bein piensa en una inversión orientada a investigación y desarrollo, con el fin de  diversificar  las exportaciones y subir la calidad de empleo, pero también piensa en reducir la inflación a un dígito de aquí a cuatro años, aunque no creo que piense en un levantamiento del cepo, ni en un ajuste rápido, ni en privatizaciones, sino en una desaceleración del crecimiento, necesaria para no quedarse sin reservas, y seguramente también en adquirir algún préstamo importante. En el caso de Melconian Espert Broda, no es fácil ver qué entienden por inversiones, pero cuando dicen "inversiones", de acuerdo al credo que profesan  suena a privatizaciones para capitalizar, las reservas al mismo tiempo que levantan el cepo cambiario. Y, por supuesto, antes de pensar cómo, ir haciendo crecer las exportaciones gradualmente, reducir la inflación a un dígito en un año por una liberación del mercado e inversiones del tipo anterior o aún medidas más arriesgadas; en suma: achicar el gasto público por medio de despidos masivos y algún panfleto de libre comercio: a mi modo de entender, en nombre del largo plazo quieren hacer medidas cortoplacistas que reduzcan la inflación y traigan inversiones, pero en este caso no se ve muy clara cuál es la idea a largo plazo.

Es decir, se puede inducir fácilmente que para Bein el modelo sería un país como Corea del Sur (llegar a ser un país desarrollado en 30 años, algo tan alejado de la sensibilidad argentina, y tan sospechoso de coartada, aunque en su frase lo deja claro: "uno puede llegar en tren bala al pleno empleo, pero el desarrollo es un tren lechero"). Por esto, la incógnita sería si cree que puede o no puede hacerlo sin tener que reducir mucho el gasto público, si tiene alguna idea para un Estado de Bienestar desarrollista al estilo de los Tigres Asiáticos,  o incluso de los países nórdicos, sin petróleo o con petróleo, aunque esto último por cuestiones demográficas y culturales sea un poco más difícil. Sin embargo, lo que parece seguro es que el modelo económico peronista y kirchnerista de consumo y empleo no es precisamente el que está pensando, aunque esto no es totalmente lo mismo que descartar el modelo político de justicia social, sino que puede tratarse de retenerlo sin aumentarlo -o sin priorizarlo- como base para el desarrollo futuro, ralentizar la economía mientras se generan inversiones y muy probablemente no incorporar más pobres a la clase media, sino darle prioridad a elevar el nivel de esa clase media cuidando de no reducirla: el futuro de esto parece confuso, puede tratarse de una intrincada mayoría de edad como de una trampa más, es muy difícil analizarlo: la óptica del pensamiento nacional y popular ha asumido una mayoría de edad prematura, por el gran crecimiento y la profunda originalidad del modelo, que podría juzgar este intento de retroceso, sin preocuparse en discernir donde están las causas de este retroceso, si en ideas económicas, en intereses ajenos al modelo, o en coyunturas económicas creadas por el modelo. Pero creo que esto es lo que hay, crudo, en el pensamiento de Bein, posiblemente, la velocidad de la lancha; ahora, es mucho más difícil pensar en el modelo de Melconian Espert Broda, porque su lenguaje está siempre generalizando, y se precisa muy poco por medio de sus discursos .Incluso hay un intento clarísimo de parte de Melconian de no hablar con claridad sobre esto, afirmando que los subsidios generan irritabilidad social, pero lo cuantitativo está en otra parte. Por supuesto, se trata de ajuste, reducción de subsidios, despidos, tratados de libre comercio y todo el recetario, así que podría sugerirse que el modelo sería un país como Colombia, un país con estabilidad monetaria (que justo en estos días se rompió) por medio de inversiones constantes cuya consecuencia natural sería la apertura indiscriminada al mundo y el sálvese quien pueda.

Hay otra diferencia más esencial aún: para Bein la época kirchnerista de crecimiento y pleno empleo se tiene que compaginar con una nueva época de inversión y productividad; cuando se llega al pleno empleo el motor de la economía ya no puede ser más el consumo, sino que pasa a ser la inversión, hay que cambiar la agenda; en tanto que para Melconian Espert y Broda todo ha sido mal hecho y hay que rehacerlo: lo único que sirve son sus ideas.


Creo que otra diferencia que se puede señalar es que Miguel Bein tiene algo para decir, y quiere ser entendido, no habla como si estuviera en ámbitos académicos y el problema de ser entendido fuera del otro, que es el mensaje de Melconian, por ejemplo, al expresarse: pragmatismo versus dogmatismo.

Esto es sumamente crucial, ya que el kirchnerismo tienes dos bases: una base histórica heredera de los ideales justicialistas, pero también una base profundamente original de un modelo que a pesar de las apariencias no se casa con instrumentos; es decir, exclusivamente pragmático en función de las necesidades del momento, y mucho más sensible por esto a las inquietudes de la época que cualquier otro modelo anterior. Quizás hoy sea algo raro de pensar o incluso de visualizar, porque en Occidente los políticos han desnaturalizado un poco el término, pero en la historia argentina reciente, desde mediados de siglo pasado hasta aquí, el pragmatismo brilló por su ausencia: los ideales abrochados a las recetas ocuparon su lugar. Y ojo, que pragmatismo no significa sentido común, sino todo lo contrario: las ideas pueden estar sujetas al cambio, no hay verdades absolutas, y siempre se necesita investigar en función de lo que se quiere realizar. Sin embargo, creo que Axel Kicillof marca la línea roja que no se puede cruzar, y justamente lo hace en el mismo recinto del que venimos hablando, cuando dice frente al Consejo Interamericano de Comercio y Producción: "Ningún país de fuerte, vigorosa industrialización tardía,periférica, lo hizo sin una decidida y clara intervención de su Estado".


El interrogante que queda pendiente es si de ahora en más se va a hacer hincapié en el carácter heredero de los ideales justicialistas o en el carácter pragmático para hacer de la Argentina un país de vigorosa industrialización. Sinceramente, creo que esa es la discusión próxima dentro del kirchnerismo, porque del mismo modo que es difícil de ver hoy (debido al mito) el carácter pragmático del modelo, puede que en el futuro sea difícil de ver (debido al próximo mito) el carácter justicialista de su continuidad.

Del otro lado sólo hay palabras sueltas, y es interesante ver cómo la prensa mima a los economistas que hablan con tecnicismos, como si el complejo de inferioridad intelectual del que padecen muchos periodistas no encontrara mejor lugar para verse reflejado que en el vacío de ideas que esconden los tecnicismos. Y que, al poder compartir con los periodistas, los pone a hablar de lo mismo que es, en último lugar, la imposición ideológica de la que no quieren hacerse cargo: la fuerza de los intereses privados en sus palabras.

martes, 18 de agosto de 2015

Fundamentalistas de mercado

De qué hablamos cuando hablamos de liberales y otras cuestiones 2



por Juan Manuel Iribarren

(viene de acá)

Y me voy: regreso por un momento a la Argentina del Siglo xxi, a la reunión del Consejo Interamericano de Comercio y Producción, con economistas que se autodenominan liberales porque consideran despectivo el término neoliberal -o quizás piensen que no tiene que ver con ellos.

Lo que llama singularmente la atención es que no hay ninguna señal en el debate de que la Argentina haya pasado por un proceso de crecimiento y cambio, reconocible aun para muchos economistas ortodoxos; la negación de estos 12 años es total, e incluso la llaman "la década perdida" en un intento de negación pueril que sólo evidencia una completa adhesión a su credo.

En realidad, es como si estos señores recién acabaran de salir de un seminario con Milton Friedman, iluminados y racionales en contraposición al dogmatismo ignorante de los viejos economistas del establishment (veteranos keynesianos del New Deal). Y entonces, sinceramente preocupados por el problema de la inflación, sinceramente histéricos por su reputación, creyesen que nada se ha hecho correctamente, que hay que cesar la emisión monetaria, abrir fronteras, ajustar, más deuda externa y punto: lo demás lo hace el sector privado. Sinceramente, pero raro.

Milton Friedman

La arrogancia y la impostada seriedad con la que hoy hablan de estos temas no hace más que solapar la inseguridad que sentirían frente a verdaderos referentes de peso en este momento, pero también oculta algo peor, algo que se le debería poder cuestionar a cualquiera que se dedique a una ciencia social -con matices normativos- y pretenda ser un referente: desconocen por completo la sensibilidad contemporánea, aun de los economistas de más peso en la opinión mundial; desconocen -o quieren desconocer- que el tema más preocupante en el mundo en estos momentos para los verdaderos referentes de la economía -de los cuales ninguno, hay que decirlo, es neoliberal- es la abrumadora desigualdad, es el capitalismo patrimonial -que vuelve superfluos los puntos de vista liberales de la igualdad de oportunidades-, y que todos estos temas, evidenciando que son centrales en esta época, se transparentan en la crisis del Euro por la imposición de esas políticas que defiende la Troika y que están acabando  con el proyecto de la Unión Europea por irracionalidades, cinismos y castigos.

Escuchándolos pensaría no que estamos volviendo a los 90, sino que estamos en los 70, al comienzo de la contrarrevolución contra Keynes, la que pretendió restaurar al Dios Mercado y su panacea del equilibrio, la de los modelos consistentes que han puesto la lógica del mercado por encima de todo, la que lanzó por décadas la cruzada contra el impuesto de la inflación con que el Estado malvado, enemigo de la libertad, robaba al pueblo (técnicamente, cobraba un impuesto oculto) pero la que también, por sobre todo, cerró los ojos frente al monopolio, las grandes concentraciones de capital, la información asimétrica, los acuerdos de los gremios (actualizando: los oligopolios) a los que Adam Smith denunció y combatió, incluso censurando cualquier posibilidad de reunión entre patrones, a años luz de las consultorías actuales, de esos economistas al servicio de la empresa privada que viven en la ilusión autoritaria de no tener ideología, de no obedecer a líneas políticas, de ser objetivos y neutrales; digamos también que esa cruzada a la larga, por acción u omisión, demostró lo que entendía por pueblo, defendiendo los intereses de unos pocos en nombre del liberalismo que ciertamente defendía (o intentaba generar las condiciones para defender) los intereses de muchos, pero esta vez no, esta vez no sería ese el destino, esta vez se propugnaría por omisión de críticas -por omisión también de refinamiento de sus premisas, de actualización frente a la realidad de las naciones y el mercado, ambas cambiantes- el terrorismo económico de sus gurúes desestabilizando gobiernos, intrigando, boicoteando, realizando golpes de estado y reprimiendo, por medio de la terapia de shock necesaria para imponer un nuevo paradigma, por medio del atontamiento y hablemos de una vez de la terapia de choque, porque estos señores parece que saben apreciarla lo suficiente para nombrarla repetidas veces.

La terapia de choque fue planteada en contraposición al gradualismo, desmontar el Estado por partes, gradualmente, en objetivos de largo plazo, o hacerlo de golpe, no permitiendo ninguna reacción, por sorpresa: se considera esto más eficaz frente a estados fuertes consolidados; pero terapia de choque en el fondo también significa: con ustedes no se puede razonar, solo hay que golpearlos, atontarlos, son ignorantes que no comprenden la profundidad de los cambios que hay que hacer, y debido a que no son interlocutores válidos, como sus ideas no importan y esto es cuestión de especialistas, solo se puede imponer nuestro paradigma por medio del debilitamiento de su resistencia, golpeando por sorpresa, reduciendo sus derechos sociales al mínimo indispensable para dejar todo en manos privadas y en la sabiduría perenne del mercado; y por supuesto, todo esto en nombre de los ideales liberales, de la libertad de mercado, de la libertad a secas, de la libertad, etc.:  se trató de un hombre que al principio fue una voz en el desierto, pero luego consiguió unos cuantos miles de fieles e impuso una doctrina que durante dos décadas se consideró palabra santa, pero que pasado ese tiempo, demostrada la inutilidad de su percepción para la mayoría de los pueblos, su enseñanza se enquistó en las universidades, en los organismos de crédito y en algunas consultorías privadas y así se fue  transformando de a poco en una pequeña secta de tecnócratas, apoyados por una sobreexposición en los medios, que aún conciben su culto y sus delirios de grandeza por medio de chantajes cuando tienen el poder, de astucias y engaños cuando no lo tienen: nada más alejado del liberalismo que estos neoliberales, los cuales sólo existen por haberse aferrado a las imperiosas necesidades que genera el problema de la inflación -y posteriormente de la deuda-, parasitando todas las opciones por medio de su fe ciega por un lado, su profundo ocultamiento de estar al servicio de los intereses privados, por el otro.

Bien, sabemos que la inflación puede ser un gran problema, pero mientras los modos de arreglar la inflación que se propongan consistan en un uso político de la solución para coartar libertades y reforzar privilegios, la medicina va a ser peor que la enfermedad y esto lo puede comprender cualquiera: es irresponsable pensar que algo va a solucionarse creando un nuevo problema en su lugar, no es así como funcionan las responsabilidades, y tampoco es así como funciona en todos los casos la inflación: hay casos de alta emisión monetaria y nula inflación, contradiciendo los presupuestos básicos del monetarismo: no está claro que achicar el gasto público y dejar de emitir moneda sea el único modo de solucionar una inflación, aunque sí está perfectamente claro, aun para estos soñadores fríos, que de este modo el país va hacia un retroceso, lo que sería una tragedia, ellos dicen, provisoria, pero las consecuencias realmente no se pueden prever. Y aunque no puedan ser medidas eternas, la indexación continua de los salarios y el control de precios son medidas mucho más sensatas y prudentes que la postración ante el Dios Mercado.

Por eso también es importante reconocer a esta gente por un nombre: fundamentalistas: sus ideas no sólo son más importantes que el sufrimiento y la pérdida de una generación, que el futuro de un sector de la población que no contemplan en sus números, sino que -y esto es decisivo para ellos- sus ideas son más importantes que la necesidad de revisarlas, actualizarlas y cuestionarlas de acuerdo a los datos de la realidad, no de la ficción estereotipada de los números, sino de la sensibilidad contemporánea con respecto a los temas sensibles de nuestra época, ya que justamente es en las sensibilidades de una época  donde siempre hay información sobre las necesidades, no solo del presente, sino también del futuro, por lo que descuidar las sensibilidades de la época suele ser un rasgo propio del despotismo, y por supuesto, de los malos gobernantes; y esto que digo no es nada menor, ya que ellos fueron parte de un proceso desastroso en la economía del que no han hecho ninguna autocrítica ni parecen tener intenciones de hacerla, por lo que se trata clara y llanamente de fundamentalismo de mercado, terapia de shock (ahora dicen que gradual) e imposición del modelo neoliberal que viene fracasando en todo el mundo y que solo se sostiene por los intereses de las instituciones que lo promueven, pero que ha perdido todo peso en el mundo actual de las ideas económicas, y a medida que avanza el siglo xxi parece perder progresivamente peso en la geopolítica mundial.

Cualquiera que escuchara sus discursos podría incluso pensar que las naciones avanzadas del mundo no tienen gasto público y mucho menos estado de bienestar, que esa es una barbarie del populismo latino, que quizás lo desmantelan para avanzar y crecer económicamente y así se vuelven países civilizados, pero la realidad no es esa: Reino Unido, Francia, Alemania, Holanda, Dinamarca, Suecia, Austria, Noruega, Finlandia, Japón e Israel usan entre un 40 y un 58 % del PBI en gasto público (algunas de estas naciones tienen un sistema de cobertura social más completo que el nuestro, incluso para los inmigrantes); en el caso de Argentina este porcentaje está alrededor del 45%, menos del 40% tienen Suiza, EEUU, Australia y Canadá. Creo que más allá de las diferencias demográficas y de prioridad dentro del mismo gasto público que habría que tomar en cuenta para que esto no fuera más que una observación menor al margen, se puede intentar inferir que el estado mínimo no tiene mucha incidencia en las naciones desarrolladas, y que, al menos en lo que respecta a Europa, el Estado de Bienestar está claramente consolidado. Y habría que recordar que entre 1993 y el 2000 este porcentaje en la Argentina promediaba en cerca del 25% del PBI, al que muchos considerarían necesario volver.

Se ha generado un modo de emitir moneda sin generar inflación, por lo que no sólo las ideas, sino también las políticas en el mundo, no parecen querer ya profesar el neoliberalismo, aunque lo prediquen a las naciones subdesarrolladas, rasgándose las vestiduras o vistiéndose de víctimas de la irresponsabilidad de los gobiernos: chantajeando y controlando, censurando, aun así, casi todas las naciones, a pesar de esto, suelen estar a favor de un fuerte estado de bienestar que les garantice el consumo y el acuerdo entre clases.

Es por eso que nada ha criticado tanto el credo neoliberal como la construcción de este estado de bienestar en países subdesarrollados, por eso su indolente percepción lo percibe simplemente como una interferencia del mercado, le niega toda bondad y necesidad, y solo habla de ajustes -como quien no quiere la cosa- en medio del comienzo de una polémica mundial sobre la necesidad de un impuesto global al capital para que el capitalismo no degenere en oligarquía, y para que la separación entre clases cada vez mayor no sea un sino irremediable; para evitar una vuelta al siglo xix, al imperio de los patrimonios, las grandes fortunas y las grandes miserias. Este intento bienintencionado de salvar al capitalismo de sus excesos -porque esta viene siendo la principal tarea de los economistas hace ya algún tiempo- que han emprendido los principales referentes mundiales (Stiglitz, Krugman y Piketty en primera fila, secundados desde lejos por el aura de Amartya Sen, proponiendo una nueva razón práctica que guíe la economía en una vuelta a los valores filosóficos) parecen pertenecer a un tiempo muy distinto al de Melconian, Espert y Broda, los que profesan la religión monetarista sin siquiera necesidad de actualizarla, con todos sus mantras (achicar el estado, reducir el gasto, eliminar aranceles).

En serio que este discurso no se diferencia en nada del que podrían haber dado en la década del 70, carece del oportunismo menemista de los 90 y es un programa dogmático al estilo del Ladrillo, los Chicago Boys, Martínez de Hoz y la era Reagan Thatcher, da la sensación de haberse quedado en esa época influido por la lamentable conversión de Milton Friedman, de crítico necesario, cuidadoso y consciente del keynesianismo a irresponsable ideólogo conservador de la derecha, pero en nombre de los valores liberales, tergiversando profundamente el pensamiento de Adam Smith. Aclarémoslo de una vez: el neoliberalismo no tiene demasiados valores en común con el liberalismo, más bien parece ser un indirecto promotor de muchas cosas que Adam Smith combatió y que la teoría económica parece soslayar en sus observaciones, dejándoles la dudosa categoría de fallas del mercado, como si estas fallas fueran una abolladura en una máquina y no los fundamentos que ponen a funcionar la máquina, generando desigualdad de oportunidades, principalmente; el gran problema de la teoría económica clásica es que ha visto accidentes innecesarios (perturbaciones del equilibrio) en cuestiones que ya son prácticamente inseparables del funcionamiento del mercado.

La escuela de Chicago, como promotora del fundamentalismo de mercado de los 80 y los 90, del desmantelamiento de naciones, de particiones, guerras civiles y desplazamientos de fronteras, fortaleció indirectamente el lamentable traspaso de la economía desde una ciencia descriptiva hacia una ciencia predictiva, el lamentable traspaso de la figura del humanista ilustrado a la del gurú soberbio que tanto daño ha hecho por profecías autocumplidas y demás intrigas. Esa degradación de la ciencia social a una disciplina técnica sin rostro humano pero con halos pseudomísticos, con lenguaje revelado, con iniciados y secretos, toda esta parafernalia técnica se trasunta de la arrogancia de estos señores, pero cada vez parece más fuera de lugar en los debates del mundo actual.
Y esta es la gente que piensa que puede entender y cambiar la Argentina. No, de ningún modo, esta gente cree que puede amoldar la Argentina, reducirla a sus perspectivas, y principalmente por eso es afecta a los pronósticos erróneos, ya que intentar entender a la Argentina, por supuesto, no es parte de su trabajo.

jueves, 13 de agosto de 2015

De qué hablamos cuando hablamos de liberales y otras cuestiones (1)

por Juan Manuel Iribarren

Como por consejo de asesor han decidido no presentar ningún proyecto económico, habrá que hacer de cuenta que las ponencias de Espert, Broda y Melconian en el Consejo Interamericano de Comercio y Producción son el único rastro, la única pista con la que contamos para dilucidar algo de lo que están pensando sobre la economía, por lo que no sería descaminado hacer de cuenta también que esa reunión semiprivada fue una reunión pública con el objeto de dar a conocer cómo piensa el equipo económico del macrismo y por qué lo deberíamos votar. Que no podamos recurrir al Pro para saber cómo piensa el Pro solo es parte de la época; hoy no solo la derecha ya no cree en la división derecha- izquierda, y los neoliberales se ven a sí mismos como liberales, sino que hay un intento de dejar de considerar a la política como tal con el fin de presentarla como gestión- y la gestión es racional y esa racionalidad es más o menos compartida por todos los analistas de buen fundamento; lo que evidencia, por supuesto, que la ideología es de los otros, y que son ellos- los gestores- los únicos que no tienen ideología, ya que la ideología es irracional y ellos representan el sentido común; y por sentido común también se debe entender una razón suprema, por lo que los políticos solo deben limitarse a gestionar, o en su defecto, a buscar quien les gestione y nada más: se trata por supuesto de ideologías reforzadas, y hay que entender en esta naturalización de la ideología un enorme y peligroso acto autoritario- tan brutal en sus fundamentos como inofensivo en su imagen- expresado en la frase de Melconian: "aquí no hay ideología, aquí hay capitalismo, aquí hay sentido común y aquí hay reglas de juego".

Como los tiempos han cambiado, hoy algunos partidos políticos ya no pueden lucir sus economistas como en otras épocas, hoy tienen que esconderlos, ocultarlos, solapar un poco sus ideas, y si fuera posible, negarlos un poco, oscurecerlos, aunque se trate de economistas reconocidos, todos doctores con una larga reputación de la que sin embargo ya no se ocupa la sociedad civil, que ha dejado de percibir garantías en el conocimiento académico como lo hacía en otras épocas; pero quizás esté tan naturalizado el ocultamiento del macrismo detrás de falsas banderas, y sea tan fácil de entender, que no pensemos que sea importante intentar entender también la otra cara de la moneda y es por qué estos economistas se prestan al juego, y qué lejos quedó la época en que los economistas defendían a capa y espada sus ideas y sus locuras, diciendo lo que había que hacer con todas las letras y en todos los medios, muy lejos de la inquietante timidez (matizada de soberbia compulsiva, hay que decirlo) de algunos economistas de hoy, que juegan el papel de los incomprendidos, los que no pueden decir lo que piensan porque la sociedad no está preparada.

Que Melconian sea el único economista orgánico del Pro, que los demás sean asesores, que incluso Espert reniegue de la política y de los políticos y diga que no pertenece a ninguna corriente, no invalida que se pueda ver un conjunto en las ideas, no tanto porque se presenten juntos sino porque las diferencias sutiles en los discursos no son lo suficientemente evidentes para, de ser conocidas, generar una repercusión pública de distinto tenor; puede que si les tocara gobernar tuvieran algunas diferencias, pero en lo que respecta a la opinión pública no habría diferencias sustanciales, la reacción sería la misma, así que es conveniente ir a la cuestión central, que a mi modo de ver, no es tanto la que dicen, como la que suponen (e incluso dicen en otras ocasiones) al pasar: debido a que la sociedad argentina está enferma de populismo no es posible decirle la verdad sin generar una reacción negativa (sin que no nos voten), por lo que, dado que la sociedad argentina no puede hacer valer su razón, ya que se trata de una razón enferma, es necesario engañar al pueblo para evitar que el pueblo se autoengañe a sí mismo con falsas ilusiones de carácter patológico, digamos, por ejemplo, la inclusión social, el pleno empleo, el aumento del gasto público, entonces, resumiendo: es necesario engañar al pueblo para que el pueblo no se autoengañe. Y con esto arribamos a una diferencia sutil con la factoría Duran Barba que diría que es necesario engañar al pueblo solo para llegar al poder, lo cual no es tan sencillo de ver como reflejo de alguna ideología en particular, y parece ser un poco más elemental; en tanto que engañar al pueblo para que ese pueblo no se autoengañe, y por supuesto, con las mejores intenciones, no puede dejar de pensarse como una ideología interesante de señalar ya que tratar al pueblo como a un enfermo al que no hay que decirle lo que tiene ni explicarle cual va a ser su cura, presupone echar por la borda todos los ideales liberales al suponer un sujeto sin libertad, sin capacidad de decisión, y sin racionalidad, y evidentemente en esto hay una verdad y un sentido común que presupone lo conveniente de esa táctica y ambos, tanto la verdad como el sentido común, son una construcción ideológica; en lo que respecta a lo conveniente, son estrictamente ideológicos y como tales, siempre algo difíciles de vislumbrar y retener un tiempo en la lupa. Y con lo que intenta ser invisible, lo que no quiere mostrarse, siempre tenemos la opción de un deber: Visibilizarlo.

Ya que el macrismo se presenta como no ideológico y no creo que sea prudente juzgarlo sin saber que piensan ellos de sí mismos, y dado que sobre eso no pueden hablar por consejo de asesor, para acercarnos, deberíamos saber al menos qué piensan estos economistas de sí mismos? Por supuesto, que son liberales, pero ¿lo son realmente? ¿De qué hablamos cuando hablamos de liberales?

Comencemos por Adam Smith, educado en el empirismo, y excesivamente realista. Realmente ¿creía en la libertad de mercado, como creería en la libertad de mercado Von Mises, Hayek o Friedman?

"Esperar que en la Gran Bretaña se establezca en seguida la libertad de comercio es tanto como prometerse una Oceanía o una Utopía. Se oponen a ello, de manera irresistible, no solo los prejuicios del público, sino los intereses privados de muchos individuos. Si los oficiales de un ejército se opusiesen a la reducción de las fuerzas militares con el mismo celo y unanimidad que los maestros y empresarios de todas las manufacturas, a cualquier ley que pretenda aumentar el número de sus rivales en el mercado doméstico; si los primeros animasen a sus soldados de la misma manera que los segundos inflaman a sus operarios para atacar con violencia y con odio a quienes osen proponer una medida encaminada a ese fin, entonces nos encontraríamos con que el intento de reformar el ejército sería tan peligroso como lo es actualmente el intento de disminuir por cualquier medio el monopolio que los fabricantes han conseguido establecer en contra nuestro. Este monopolio ha incrementado de tal forma el número de los obreros fabriles que, a la manera de un ejército poderoso, han llegado a ser una amenaza para el Gobierno y, en muchas ocasiones, hasta intimidaron al legislador. Cualquier miembro del Parlamento que presente una proposición encaminada a favorecer ese monopolio, puede estar seguro de que no solo adquirirá la reputación de perito en cuestiones comerciales, sino una gran popularidad e influencia entre aquellas clases que se distinguen por su número y su riqueza. Pero, si se opone, le sucederá todo lo contrario, y mucho más si tiene autoridad suficiente para sacar adelante sus recomendaciones, porque entonces ni la probidad más acreditada, ni la más alta jerarquía, ni los mayores servicios prestados al público, permitirán ponerle a cubierto de los tratos más infames, de las murmuraciones más injuriosas, de los insultos personales y, a veces, de un peligro real e inminente con que suele amenazarle la insolencia furiosa de los monopolistas, frustrados en sus propósitos".

Es curioso que en un párrafo dedicado exclusivamente a señalar el carácter utópico de la libertad de comercio, no decida señalar al Estado como el responsable de que la libertad de comercio no pueda realizarse, sino precisamente al Monopolio, como el principal referente del que hay que ocuparse.

Pero ¿no era que Adam Smith decía que el Estado no debía intervenir con la libertad de comercio, no debía regular los mercados, que los mercados se autorregulaban solos?

Fuera de la metáfora de la dichosa mano invisible que guía los intereses individuales promoviendo el bienestar general, es difícil encontrar algo así como una teoría o explicación de la autorregulación de los mercados en su obra, ya que Adam Smith concebía la economía política "como una rama de la ciencia del estadista o legislador", es decir, como una disciplina de interés más para el Estado que para los individuos, en una notoria diferencia con el pensamiento de los economistas neoclásicos, que han hecho del individuo y su libertad lo que Hobbes hizo del Estado, una entidad autosuficiente y necesaria para el progreso de la humanidad, con la consecuencia de exaltar la arrogancia empresarial y las predicciones de los economistas a niveles que ningún científico social serio hubiera estimulado.
Sin embargo, el liberalismo no discutió a Hobbes diciendo "No es el Estado, es el individuo", sino defendiendo una relación entre esos individuos que necesariamente presuponía autoridades y reglamentaciones de todo tipo, pero que limitaba el poder del Estado soberano: el liberalismo nunca fue absolutista, nunca creyó que el individuo y su propio interés bastaban por completo, pero tampoco creyó que el Estado debía ser algo impuesto desde afuera, siempre puso la sociedad civil por encima del individuo, lo que más adelante decantaría en el contrato social, donde lo que hacía el papel de entidad era el acuerdo y por eso fue, el liberalismo, ante todo, una defensa de las razones y el derecho que garantizara mínimos niveles de igualdad de oportunidades, y por eso rara vez dejo de pensar en el bienestar público, y por eso Adam Smith no justificó el interés privado por el interés privado en sí, sino actualizando el grito ideológico-o la crítica-de Mandeville acerca de los vicios privados como generadores de la prosperidad pública, en tiempos de Adam Smith, la prosperidad de las naciones; realmente es muy difícil pensar que el interés privado haya sido más importante para Adam Smith que la prosperidad pública, comenzando por el título que escogió para ponerle a su libro.

Pero entonces, ¿qué pensaba Adam Smith del Estado?

"El gobierno civil supone una cierta subordinación; pero como su necesidad crece gradualmente con la adquisición de propiedad valiosa, las principales causas que de una manera natural introducen la subordinación, crecen parejamente con el incremento de esa propiedad".

Por un lado, Adam Smith no pudo llegar a ver que la historia acentuaría los abusos y las reacciones a los mismos y que, por lo tanto, el Estado cada vez iba a tener que cumplir más funciones; y él no pudo ver esto en gran medida por no conocer la revolución industrial y las consecuencias sociales que esta traería para las clases humildes; pero también, por otra parte, con la llegada de los totalitarismos, el gobierno civil sería identificado con el Leviatán y ya no podría ser rescatado por los nuevos liberales, los cuales le adjudicarían todos los males y endiosarían al individuo por sobre encima del estado : la crítica de Locke a Hobbes se convertiría por medio de la opinión de los nuevos liberales en una defensa encarnizada de la libertad del individuo y su razón impoluta , y esta opinión se aferraría a las ideas de Adam Smith en un acto de apropiación casi tan equívoco como el del superhombre nietzcheano por el fascismo.

La sensibilidad que muestra Adam Smith para con los pobres está años luz del profundo desprecio pseudoaristocrático ( al estilo Spencer) que muestran los neoliberales con la suerte de las clases humildes, y es necesario recalcar esta palabra "suerte" porque uno de los argumentos más falaces en los que incurren los autodenominados liberales es el de creer que la meritocracia alcanza para definir los derechos a propiedad en una sociedad libre, sin tomar en cuenta que el papel de los méritos en la construcción de la fortuna es, por lo menos, dudoso, y que muchas veces la suerte es el fundamento de grandes fortunas, cuando no lo son las injusticias o cosas peores : fuera del karma oriental, y en la sociedad occidental, es sospechosa esta fórmula de "la pobreza como consecuencia de la falta de mérito" de un razonamiento errado, de una consecuencia forzada de una premisa, en suma, de una evidente falacia: la arrogancia y la irracionalidad suelen ir de la mano en estos casos, porque ambas suelen ser siempre puntales de la clase dominante, y esta no es una razón menor de todas las razones por las cuales es importante ampliar la clase media para que un país progrese.

Sin embargo, Adam Smith como Locke también cree en que el Estado principalmente protege a los ricos, aunque no diga que deba hacerlo, sino que es así como funciona, y dado que la paz y el orden son más importantes que el consuelo del miserable (miserable sin connotación peyorativa) para evitar que los pobres se abalancen sobre los ricos es necesario el Estado; esta idea que fue refinándose a lo largo del tiempo, propició que frente al ascenso del socialismo en Europa los estados amenazados por la organización de la clase obrera se convirtieran en estados profundamente reformados, ya que la administración de justicia (aun con mano dura) no garantizaba que pudieran detener el impulso revolucionario, terminaron concluyendo que sólo con un estado más fuerte, que se ocupara de los problemas sociales, se garantizaría un progreso continuo y no peligrarían los intereses de la Nación: así nació el Estado de Bienestar, al que luego sería asociado el principal receptor de las críticas neoliberales: John Maynard Keynes.

Es evidente que dentro del pensamiento liberal generalmente hubo una defensa del estado, y de un estado fuerte que paliaría los efectos nocivos que tienen las desigualdades sobre la construcción de una sociedad civil, en primer lugar, protegiendo a los ricos de las consecuencias de las inquietudes que genera su posición entre los menos favorecidos, y en segundo lugar, otorgándoles más derechos y beneficios a los pobres para evitar estallidos sociales y revoluciones, y esto no tuvo que ver en lo más mínimo con lo que hoy denominan populismo sino con la  supervivencia de las sociedades industriales en épocas de profunda desigualdad: como es impensable un liberalismo sin Estado, ya que la sociedad tiende hacia la desigualdad y a provocar enfrentamientos, los hombres afortunados necesitan protección de los menos desafortunados y esa protección solo puede darla el Estado; pero a la vez, a lo largo del ascenso del capitalismo global, cada vez se hizo más evidente que no alcanzaría con la protección sino que habría que quitar fundamento a las inquietudes generadas por la desigualdad, construyendo un estado de Bienestar que garantizara servicios básicos para todos, el que hasta hoy goza de buena salud en las principales naciones desarrolladas del mundo y ha logrado evitar la mayor parte de los conflictos que podrían haber surgido.

Pero es injusto (o al menos inexacto) pensar que el liberalismo solo se preocupó de proteger los intereses de la clase dominante como sugería Marx: también ha habido grandes liberales que han sido fuertemente cuestionados (e incluso han querido atentar contra su vida) por decir que la pobreza era un orden profundamente antinatural , que había que gravar a los ricos y volver de a poco a una sociedad donde todos tuvieran su propiedad de suelo, y es bueno recordar a Thomas Paine (aunque no sea precisamente un defensor del Estado) en el momento en que aparece a nivel mundial la idea de un impuesto progresivo a la riqueza:

"No se trata por tanto de abolir ninguna propiedad privada, sino más bien de permitir que todos, mediante la redistribución operada por la renta basica, cuenten con unos recursos mínimos a la hora de decidir cómo quieren ganarse la vida. Se trata de evitar de este modo el chantaje de la supervivencia, la precarización social y las desigualdades flagrantes; y de permitir, en un momento como el actual en que el concepto mismo de trabajo se halla en crisis, encarar el porvenir desde la libertad y no desde la cruda necesidad".

Redistribución fue la palabra clave para este hombre, que invocaba la justicia agraria mucho antes de que Marx naciera, y redistribución es hoy la palabra clave en los principales economistas del mundo, por eso creo necesario hacer este humilde recorrido por las ideas liberales económicas culminando con él, tan cercano a la sensibilidad de los referentes actuales.

¿Y de qué hablamos cuando hablamos de liberales? De nada que se pueda considerar demasiado actual, por supuesto: el liberalismo y el capitalismo han sido hasta ahora casi incompatibles; de no ser por la enorme apropiación que ha hecho el capitalismo de este término, la verdadera cara del capitalismo, la creación de nuevas aristocracias, se hubiera visto ya hace mucho tiempo. Del lugar central que ocupa el monopolio señalado por Marx a la ilustración de la clase ociosa de Veblen no se puede decir que no se hayan dejado señales de la incompatibilidad del capitalismo con los ideales liberales; sin embargo, la propaganda capitalista ha sido absolutamente eficiente, y han convencido a la gente de lo natural del asunto hasta tal punto que, como dijo Zizek, "es mucho más fácil imaginar el fin de toda la vida en la tierra que un mucho más modesto cambio radical en el capitalismo": que hayamos dejado de percibir el despotismo de la sociedad de consumo, que ni siquiera entendamos su carácter despótico, que no entendamos tampoco la fragilidad de nuestro estado de derecho, que no está actualizado ni a las amenazas actuales ni a las intrusiones violentas que ejerce la sociedad actual sobre nuestras vidas, debido a que hoy las amenazas son mucho más refinadas y más difíciles de percibir , por medio de agresiones silenciosas a las que hemos sido sometidos, por un lado por las reglas de la eficiencia empresarial (del alimento a la medicina y mucho más), y, por el otro lado, por una industria orientada hacia una sociedad de control, en la que ya no podemos detectar el control que opera sobre nosotros, donde no solo inmensas poblaciones fueron sujetas a la obsolescencia programada y a la repetición de impulsos  (a una racionalidad técnica rentable, por encima de una racionalidad humana sustentable), sino que la misma ciencia, que nunca ha sido libre, pero en otros tiempos tenía un margen de maniobra, hoy parece tener cada vez menos margen de maniobra, y especialmente en lo que se refiere al progreso de la humanidad en su conjunto, haber sido cooptada por intereses, impidiendo el progreso para retener los negocios; y es que incluso en las concepciones democráticas no deja de evidenciarse que algo no cierra del todo al pretender responder la pregunta: sí, claro, no se puede decir que no haya liberales, hay gente que cree profundamente en el liberalismo, pero el liberalismo nació para pelear contra los absolutismos y contra las irracionalidades de las clases acomodadas de su época, y hoy cuando hablamos de liberales, solemos hablar en general de quienes callan sus verdaderas ideas, sus verdaderos intereses y sus verdaderas posiciones, los que establecen como coartada racionalidades objetivas del mercado, derechos civiles en abstracto y demás mercancías sofisticadas, y más especialmente, quienes consideran como absolutismo cosas similares a las que en épocas pasadas se consideraron absolutismos (sin comprender que hoy el absolutismo se ha vuelto mucho más sutil); quienes consideran irracional lo que no es ciencia consensuada (sin comprender que hoy la ciencia consensuada ocupa el lugar que antaño ocupó la religión); los que consideran la democracia y el libre mercado valores que hay que defender a toda costa (sin comprender que la democracia actual no es democracia y que el libre mercado actual tampoco lo es, y que, justamente, lo único que puede garantizar en buena parte de las naciones esos valores, es lo que anteriormente se veía con recelo, un fuerte estado preocupado por el bienestar general ) ; es decir, que hoy se han apropiado del liberalismo los que defienden la racionalidad del mercado con el mismo celo que se defendía en otros tiempos la racionalidad teológica (sin comprender como la razón humanista se ha perdido en el camino).


En suma, quienes no cuestionan más que lo que ya ha sido cuestionado en otras épocas para mantener intactos los intereses de esta época, son esos, a menudo, los que se llaman a sí mismos liberales, como reflejos equívocos de ideas muertas.