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lunes, 7 de marzo de 2022

Pasolini: Sin sombras, la victoria no da luz

por Oscar Cuervo

El reciente 5 de marzo se cumplió el centenario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini (Casarsa, Bologna). Y el 10 de junio próximo se cumplirán 40 años de la muerte de Rainer Werner Fasbinder. Es es por consiguiente un año pasoliniano/fassbinderiano, lo cual condensa la más potente conjunción del cine contemporáneo, dos de los artistas más vigentes del siglo pasado. No son precisamente dos de las figuras más fetichizadas por las sectas cinéfilas. Será interesante constatar cuántos festivales nacionales e internacionales rememoran la fuerza incandescente de dos cineastas que interpelan al presente como pocos de los que están en actividad.

Pasolini, el inaceptable *

I 

La decisión de Pasolini de ponerse a filmar, hace ya 58 años, El Evangelio según Mateo, tiene para nosotros un atractivo irresistible. Y esto tanto por aquella situación en la que Pasolini decide encarar este proyecto, como por esta desde la cual nosotros hoy vemos el film. 

Pasolini es un ateo filmando el Evangelio. 

Dice: «yo no creo que Cristo sea hijo de Dios, porque no soy creyente –al menos en la conciencia–. Pero creo que Cristo es divino: o sea, creo que en Él la humanidad ha llegado a ser tan alta, tan rigurosa, tan ideal, que va más allá de los límites comunes de la humanidad...» * 

Dice algo que no cabe en la cabeza de ningún comunista, de ningún librepensador para quien la Ilustración sea su condición natural. Y Pasolini es comunista, es el más librepensador de los iluministas. 

(Habría que aclarar el carácter herético del comunismo de Pasolini, habría que aclarar que fue expulsado de PCI por su "decadentismo estético”; en realidad esos son los motivos eufemísticos que alegaron los comunistas cuando expulsaron a Pasolini, pero en realidad lo expulsaron debido a las denuncias que lo señalaban como pedófilo: un par de menores de edad de Casarsa -un pueblito de la región del Friuli del cual Pasolini era dirigente comunista- dijeron que habían mantenido contactos sexuales con él: y eso es inaceptable para un comunismo urgido de aceptabilidad: 

«Nos basamos en los hechos que han determinado un grave expediente disciplinario a nombre del poeta Pasolini –decía L’Unità, órgano de prensa del partido comunista italiano el 29 de octubre de 1949- para denunciar, otra vez más, las deletéreas influencias de ciertas corrientes ideológicas y filosóficas de los distintos Gide, Sartre y de otros tantos poetas y literatos decadentes que quieren hacerse pasar por progresistas, pero que en realidad recogen los más deletéreos aspectos de la degeneración burguesa.» (Y, pensándolo bien, quizá no lo hayan expulsado por degenerado, quizá esa haya sido sólo una coartada: quizá muy pronto les quedó claro que Pasolini era un inaceptable)). 

Pasolini es capaz de albergar ideas en su cabeza que lo hacen un inaceptable, hasta para sus camaradas comunistas. Y, por ser inaceptable, es poeta. Porque la poesía no es para él un nicho estético donde esconderse del mundo. La poesía es una posición de resistencia frente a un mundo inaceptable, es la lengua insigne de los que no aceptan. 

Pero hay una raza que no acepta coartadas, 

una raza que en el instante en que ríe 

se acuerda de su propio llanto, y en el llanto, de su risa 

una raza que no se exime ni siquiera un día, ni una hora, 

del deber de la presencia airada, 

de la contradicción en que la vida no concede 

jamás adaptación alguna, una raza que hace 

de su propia dulzura un arma que no perdona. 

Yo me enorgullezco de ser de esa raza. 

Oh, muchacho, también yo, claro.» 

“El sueño de la razón”, en Poesía en forma de rosa, 1961-1964 

Y es como poeta que Pasolini ama visceralmente al Cristo de Mateo: «El Evangelio –se dice mientras prepara la película- deberá estar basado en la pura poesía, no en una visión racionalista, marxista de la historia; deberá ser fruto de una “furiosa oleada irracionalista”». En medio de ese pathos se dispone a contar la vida de quien, con más derecho que nadie, puede ser llamado el Inaceptable (y que hoy, en 1964, digo, en 2022, sigue siendo tan inaceptable como hace 2022 años). 

«Quiero añadir que nada me parece más contrario al mundo moderno que la figura de Cristo, suave en el corazón, pero nunca en la razón, decidido en el ejercicio de su libertad, como voluntad verificadora de la propia religión y como desprecio continuo de la contradicción y del escándalo.» 

II 

La situación desde la cual nosotros vemos hoy la película: 

Una amiga, al enterarse en 2004 de que yo estaba preparando un dossier Pasolini para el número 4 de revista La otra, me preguntó de qué se trataba. Le conté que había llegado a mis manos una vieja revista española de 1965 en la que se relataban los pormenores de la realización, el estreno y el consiguiente debate que produjo en su momento El Evangelio según Mateo. Le conté que entre otros documentos muy interesantes, estaba la correspondencia que Pasolini había mantenido con miembros de la Pro Civitate Christiana, una agrupación católica a la cual Pasolini había acudido para asegurarse de que su película se atuviera al más estricto respeto a la doctrina cristiana. 

Mi amiga me responde: «claro, Pasolini vivió en una época en la que ser gay no era, para nada, gay. Y eso le debe haber producido un inmenso complejo de culpa...» 

Mi amiga es una respetable exponente de esa clase media para la cual la emancipación, la incredulidad, la ausencia de oídos para lo sagrado, es una conquista de su condición social. En el mejor de los casos, la fe puede asociarse al complejo de culpa. Y Pasolini tendría motivos para sentirse culpable, "si tenemos en cuenta el contexto histórico en el cual desarrolló su obra". 

Para una librepensadora tan encadenada a su emancipación como esta amiga que me hizo el comentario sobre Pasolini, el gesto del poeta y cineasta comunista decidido a filmar el Evangelio es inaceptable, todavía hoy. Y es por eso que Pasolini lo filmó. Porque siempre se colocó en posiciones en las cuales no le sería posible ser aceptado. 

 A nosotros el Evangelio no puede resultarnos sino inaceptable. Estamos preparados para comprenderlo todo y siempre situamos cada fenómeno cultural en su contexto. Así podemos comprender el Evangelio como un producto cultural circunscripto en determinadas coordenadas históricas, así podemos comprender la religiosidad de las masas populares como una expresión de su todavía no alcanzada emancipación. 

A los librepensadores nos gusta hablar de política, de policiales, de piqueteros, de mass media, de grandes relatos, de psicología, de teología, de urbanismo, de estética, de semiótica, de merchandising, de probabilística, de bailística, de clacisismo, de modernismo, de postmodernismo, de Hadewijch, de diversidad sexual, de capacidades diferentes, de arte pop, de canciones tontas, de panorámicas, de bitcoins, del live update, del spam, de PTA, de DC, de Pixar... 

Pero nosotros, librepensadores, encadenados a nuestra emancipación como a la adquisición a la que no somos capaces de renunciar, tan capacitados para comprender cada cosa en su contexto, hay algo que no podemos aceptar: el Evangelio. Y otra cosa más: que un comunista librepensador, el más librepensador de los comunistas, Pasolini, sea capaz de filmar el Evangelio sin el menor rastro de ironía, de parodia, de sarcasmo, sin un solo guiño a nuestra conquistada emancipación.

III 

Pero, ¿quién es Pasolini, el hombre que, hace ya casi 60 años, se siente llamado a hacer un film sobre El Evangelio según Mateo? Podríamos decir rápidamente: “poeta, cineasta, semiólogo, pensador, militante”, palabras que también le cabrían a muchos otros y con eso quedaría más o menos respondida la cuestión de qué es. Pero en ese caso no habríamos dicho quién es, ni siquiera habríamos puesto en foco el punto donde se intersectan los caminos del poeta, el cineasta, el semiólogo, el pensador y el militante. Y aún si lográramos ponerlo en foco, todavía faltaría decir qué es Pasolini para nosotros. Porque Pasolini es el nombre de una tensión que nos atraviesa, una cierta manera de liberar las fuerzas que nos traban, de abrirlas hacia el mundo y no quedar sofocados por ellas. 

Pasolini viene de antes, de mucho antes: su madre, Susana Colussi, maestra de escuela elemental, hija de una antigua familia de campesinos de Casarsa cuya existencia se puede rastrear hasta el siglo XV, es la persona que Pasolini amó desde el primer día de su vida hasta el último: 

Es difícil decir con palabras de hijo 

aquello a lo que en el corazón apenas me asemejo. 

Tú eres la única en el mundo que sabe de mi corazón 

lo que ha sido siempre, antes de cualquier amor. 

Por eso debo decirte lo que es horrible reconocer: 

en el seno de tu gracia nace mi angustia. Eres insustituible. 

Por eso está condenada a la soledad la vida que me has dado... 

“Súplica a mi madre” de Poesía en forma de rosa 

Cuando Pasolini comienza a escribir poesía, lo hace en friulano, el dialecto de su madre. Cuando filma el Evangelio, pone a su madre en el rol de María, la madre de Jesús. La fidelidad de Pier Paolo a ella durará todo lo que dure su obra (y dura todavía). 

El padre, Carlos Alberto Pasolini, teniente de infantería, heredero de una familia noble venida a menos, es un hombre enredado con el fascismo, con el alcohol y con la desconfianza. Su matrimonio con Susana Colussi será desgraciado, su autoridad apenas logrará una sumisión formal que mantendrá a la familia en el encono, lo que no hará más que fortalecer el vínculo entre madre e hijo. Sólo muchos años después de que el padre muera, Pasolini rescatará en su memoria el vínculo de ternura y sensualidad que lo ligaba a ese hombre que fue para él un desconocido. 

Novela familiar como muchas otras. Pero la singularidad de Pasolini consiste en haberla experimentado no como una neurosis pequeño-burguesa, no como una coartada para vivir en la amargura (como hace la gente normal), sino como un don y como una oportunidad. Alguna vez dijo: los problemas de la vida no hay que resolverlos, hay que vivirlos. Su vínculo con lo arcaico, con el habla dialectal, sus amados rostros campesinos; pero también su proyecto burgués, su empresa emancipadora, su “carrera” artística, la asunción de su sexualidad, su militancia anti-fascista y su nostalgia por una autoridad legítima: así pudo abrir ese nudo, abrir su sentido, plantarlo en el mundo, ponerlo en obra. Su obra trabaja sobre esa tensión sin renunciar nunca a ella, al contrario: manteniéndola tanto como sea posible. 

(Es difícil, hablando de Pasolini, sortear el peligro del biografismo. Pero hay una manera: este semiólogo, que quiere descifrar la lengua de la realidad, escribe al vivir: escribe lo que vive pero también vive lo que escribe. Su singularidad es capaz de comunicarse y comunicarnos, no hablando la lengua universal de la ciencia, sino poetizando: es decir, dándole nombre a las fuerzas que lo agitan).

«No he tenido, por decirlo así, formación religiosa. Mi padre no creía en Dios. Si iba los domingos a misa, sólo era por respeto a una institución garantizadora del orden social. Practicaba externamente, por todas las razones que llevan a un hombre de derecha a bautizar a sus hijos, a casarlos ante el sacerdote... Mi madre mantenía las tradiciones religiosas de la mayor parte de los campesinos. Su fe era la prolongación de su poesía o, como dicen los teólogos, una religión natural. Por lo tanto, yo no he sufrido ninguna presión religiosa. Las únicas veces que me hacía la rata era para escapar al catecismo. La enseñanza del catecismo me resultaba insoportable. El colegio de curas me resultaba el peor de los presidios». 

A mediados de la década del 50 le escribe al poeta católico Carlo Betocchi: «En cuanto a la pregunta “¿qué es la realidad?”, su cultura burguesa y cristiana ya tiene preparada la respuesta. Y, sobre tal base, la eventual interpretación marxista sólo puede ser rechazada. Ahora yo lo envidio a usted y a los de su generación que ya tienen preparada esa respuesta: y envidio a los que creen en la respuesta aún potencial de la filosofía marxista. Yo me encuentro en el vacío, ni aquí (si bien todavía aquí por la violencia de la memoria, por la coacción de una infancia y de una educación) ni allá (si bien ya en la aspiración, en la simpatía por una vida que se renueve, y proponga una fe, si no otra cosa, en su ser en acto). Todo esto es escandaloso. (...) Pero siempre una posición sincera es escandalosa, este es uno de los conceptos absolutos del cristianismo, ¿no es verdad? A mí no me falta valor, pero siento que en este momento una elección sería un acto desesperado: un acto irracional, que requiere una forma de misticismo, si me decidiera por el “allí”; y un acto renunciador, peligrosamente viciado, si me asentase definitivamente –a gozar éxtasis católicos y exquisitamente burgueses- “aquí”». 

A Pasolini no le falta valor: al contrario, es su enorme valor lo que le permite no resolver los problemas, sino vivirlos. Sería más cómodo refugiarse en una visión católica de la existencia, sentirse parte de una iglesia consoladora que reconforte su espíritu, cerrar las heridas, olvidar (todos quieren olvidar). Pero Pasolini no es lo bastante burgués para aspirar a ese confort, prefiere la intemperie. 

El marxismo le ha enseñado que el cielo que promete la religión es el mundo al revés de la miseria material, una ilusión para soportarla mejor: «la religión es la realización fantástica de la esencia humana, porque la esencia humana carece de verdadera realidad (...). La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura abrumada, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación sin espíritu» (Karl Marx, Crítica a la filosofía del derecho de Hegel). 

Pero es ese mismo valor de Pasolini, su mismo amor por la verdad, lo que le hace descubrir muy pronto que el comunismo también tiene preparada una respuesta a la pregunta por la realidad, y resulta así otra variante de la religión: la promesa de una historia progresiva, el cielo en la tierra. Con el agravante de que el cielo comunista promete saciar el hambre de pan, pero olvida que no sólo de pan vive el hombre. Si el comunismo es impotente para producir una verdadera alteridad en este mundo sin corazón, si sólo termina proponiendo una mera alternativa a él, es porque no tiene oídos para lo sagrado. En eso, Marx es sólo otra variante del iluminismo moderno, que ha venido a abolir lo sagrado; y sus seguidores, los marxistas, terminarán por reducir todo a un reparto equitativo del pan. 

Pasolini necesitará cada día del resto de su vida para descubrir y volver a descubrir que la izquierda pretende una felicidad idéntica a la de los explotadores. Y así, «una lucha definida verbalmente como revolucionaria marxista-leninista se degrada en una lucha civil vieja como la burguesía, esencial para la existencia misma de la burguesía».(Cartas luteranas, 1975) 

Cuando en sus últimos años de vida alce su voz para denunciar los efectos devastadores que la revolución neocapitalista produce sobre el hombre y sobre el mundo, ya sabrá muy bien que contra esta mutación antropológica el comunismo no puede hacer nada porque, en un punto decisivo, burgueses y comunistas son lo mismo: «Porque hay una idea conductora que es común a todos: la idea de que el peor de los males del mundo es la pobreza, y que por tanto la cultura de las clases pobres debe ser sustituida por al cultura de las clases dominantes». (Cartas luteranas

«A algunos críticos de obediencia católica les ha molestado que sea un marxista el que se apropie de esta historia: son exégetas ultraconservadores de un relato que, por otra parte, casi no leen. Me reprochan una ingerencia que debe pisotear sus derechos. Pero me pregunto, ¿cuáles? No me molestan demasiado y, en todo caso, mucho menos que los elogios que he recibido de los organismos católicos. (...) Por otro lado, los críticos marxistas han objetado mi elección del tema, así como la “falta de compromiso” con la que, según ellos lo he tratado. Realmente, yo habría podido hacer la historia de Cristo dándole el aspecto de un agitador político y habría tenido el nihil obstat de los marxistas oficiales. No lo hice así porque va contra mi naturaleza profunda desacralizar cosas y personas. Al contrario, tiendo a sacralizarlas lo más posible». 

Como militante comunista forma parte de las fuerzas modernizantes que ayudan a disolver las estructuras sociales del clerical-fascismo, cuya opresión ha sufrido en carne propia; como poeta, cineasta y semiólogo, aprende a descifrar la lengua en que nos habla la realidad, dispone su oído a escuchar antiguas palabras nunca escritas; y al escucharlas advierte que esa modernidad que él mismo promueve acabará borrando todos los signos y arrasará el mundo. Y así descubre la escandalosa fuerza revolucionaria del pasado, la gracia de los siglos oscuros. 

«Entonces, según usted -dice reticente, 

mordisqueando el bolígrafo - ¿cuál es 

la función del marxista?» Y se dispone a apuntar. 

«Con... delicadeza de bacteriólogo... yo diría [balbuceo 

preso en ardores de muerte] 

mover las masas de ejércitos napoleónicos, estalinistas... 

con miles y miles de anexos... de forma que... 

la masa que se dice conservadora [del Pasado] lo pierda: 

la masa revolucionaria, lo gane 

reedificándolo en el acto de vencerlo... 

“Una desesperada vitalidad”, Poesía en forma de rosa


IV

«Es una obra de poesía la que quiero hacer. (...) Siguiendo al pie de la letra las “aceleraciones estilísticas” del evangelio de Mateo, la funcionalidad bárbaro práctica de su relato, la abolición de los tiempos cronológicos, los saltos elípticos de la historia en los que están incluídas las “desproporciones” de los éstasis didascálicos (el estupendo, interminable, sermón de la montaña), la figura de Cristo debería tener, al final, la misma violencia de una resistencia: algo que contradiga radicalmente a la vida tal y como se está configurando para el hombre moderno, su gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo, glorificación de la propia identidad en las señas de identidad de la masa, odio hacia toda diversidad, rencor teológico sin religión...”. 

¿Pero cómo, "siguiendo al pie de la letra..."? Le ruego al lector que relea el párrafo anterior, su cambio brusco de registro: la figura de Cristo debería tener, al final, la misma violencia de una resistencia: algo que... Pasolini es un astuto semiólogo, así que cuando en su discurso produce estos giros (y su obra poética está llena de ellos), hay que detenerse a leer el giro, porque allí está condensado el sentido: en este caso, el pasaje desde las consideraciones estilísticas, digamos formales, del relato de Mateo, hacia la figura de Cristo. 

¿Es que hay una forma de hablar acerca de Cristo que hace aparecer la violencia de una resistencia? ¿una forma que contradice radicalmente a la vida tal y como se está configurando para el hombre moderno? ¿Es que hay otra forma de hablar acerca de Cristo que impide que aparezca la violencia de una resistencia, que no contradice sino que halaga al hombre moderno, su gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo? 

Lo que a Pasolini le encanta del Evangelio es el ajuste entre la historia de quien, con más derecho que nadie, puede ser llamado el Inaceptable (que hoy, en 1964, digo, en 2022, sigue siendo tan inaceptable como hace 2022 años) y la forma en que esa historia ha de ser contada. Se trata de una operación poética que es a la vez una intervención política: ¿cómo hablarle a hombres (¿a nosotros?) que están sumergidos en una gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo? 

Hay escollos que parecerían insuperables: el cretinismo de un poder eclesiástico aliado históricamente al fascismo es uno de ellos, pero no el único. También está el insanable cretinismo de una clase (¿nosotros?) para la cual la certeza de que no hay nada sagrado es una conquista social irrenunciable. Ambas cosas, el clerical-fascismo que transforma al Evangelio en una trampa para incautos y el liberalismo de una clase ilustrada a medias, quizá sean más solidarios de lo que a primera vista parecen. Y por eso Pasolini hace El Evangelio según Mateo, porque siempre se coloca en posiciones en las cuales no le será posible ser aceptado. 


Pero antes que responder a la posición de otros (clericales, fascistas, liberales, comunistas), el tratamiento cinematográfico que Pasolini hace del Evangelio responde a sus propias tensiones internas: «en mi película se abren abismos de distintas dimensiones. En Accattone era yo el que relataba, aquí no, porque yo no creo. En cambio, he debido narrar el Evangelio a través de los ojos de otro que no soy yo, es decir, de un creyente: he hecho un “discurso libre indirecto”. Esta “visión indirecta” ha presupuesto una contaminación entre quien cree y quien no cree, y de ella ha surgido una confusión magmática. La investigación técnica, la intuición estilística, ha precedido a la real profundización ideológica. Pero a ustedes se les escapa todo esto –reprocha Pasolini a sus críticos de izquierda- No advierten que he caminado por el filo de la navaja: evitando, por mi parte, una visión sólo histórica y humana y, por parte del creyente, una visión demasiado mítica». 

“Visión indirecta” es el nombre que el semiólogo Pasolini le pone a su operación poética. Es una manera de fijar en un concepto la radical inquietud de su mirada, ese no poder establecerse ni aquí ni allá. Pero es esa inquietud la que resucita las palabras evangélicas. Porque si no, estas palabras son letra muerta: parte de una liturgia cristalizada para los católicos, o residuos de un contexto histórico ya fenecido para los marxistas; y entonces ya no nos hablan. Sólo quien está ni aquí ni allá puede sentirse interpelado por estas extrañas palabras, humanamente inaceptables: 

«No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». (Mt., 10, 34-39).


Es momento de volver a ver El Evangelio según Mateo, el film de Pasolini. Descubrir su ligereza y su vigor intactos, después de casi 60 años, desde aquella prodigiosa escena inicial, con la muda perplejidad de José frente al vientre preñado de su mujer-niña «antes de empezar a estar juntos ellos». («Y como él era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto»). Sobrecogerse ante la mirada intensa y oscura del joven Jesús, de una seriedad adolescente, que sólo en momentos contados se permite la dulzura. La cámara se enamora de esa cara fresca y viril, tomada en planos cercanos, con objetivos angulares, bajo el biancor de una luz implacable. Sin dudas está en la manera de filmar ese rostro, esos rostros (los de Judas, Mateo, Juan, Pedro, Caifás y muchos otros que en las Escrituras no tienen nombre), que Pasolini lleva a cabo su personal lectura del texto. 

¿Y nosotros? ¿Quiénes somos nosotros? ¿Nos dicen algo estas palabras? ¿O todo esto es algo que hemos dejado definitivamente atrás, una historia caduca? Con nuestra crítica de la posición moderna a la que estamos encadenados, ¿hemos dicho algo que nos permita siquiera sospechar una experiencia de lo sagrado? No: todavía no hemos dicho nada.

* Partes de este texto fueron publicados en una versión ligeramente diferente en el n° 4 de revista La otra, otoño de 2004. Fragmentariamente, fueron publicados en el blog La otra.


V

Carta en forma de poema dirigida a Pietro Nenni

Era pleno verano, ese verano
del año bisiesto, tan triste
para la nación en la que sobrevivimos.
Un gobierno fascista había caído, y en todas partes
había, si no ese aire nuevo, esa nueva
luz que tiñó pueblos, ciudades, campañas,
el veinticinco de julio - una aunque fuera incierta
luz, que daba al corazón una alegría
excepcional, el sentido de una fiesta.
y yo como el "náufrago que vela" (escribo
a un hombre que por supuesto me concede el ceder
a las citas dannunzianas...)
feliz de haber salvado la piel - bisiesto
doblemente para mí fue el año -
he tenido, por un momento, dentro, el sentido
de un "poema a Fanfani": no sólo
por solidario antifascismo y gratitud,
sino como una contribución aunque más no sea ideal
de literato: un "apoyo moral", como se suele
decir. Fue la idea de una mañana
radiante por el sol de ese verano
que alguien había maldecido y cuya blancura
hacía de la Italia rica - que rondaba
en balnearios populares y en grandes hoteles,
en las calles de las incumbentes olimpíadas -
la imitación de una civilización enterrada.

Y entonces, se reducía a una sola herida:
si todavía era capaz de resistir,
se lo debía a una fuerza prenatal, a los abuelos
paternos o maternos, no sé, a una naturaleza
arraigada ya en otra sociedad.
Sin embargo, en aquel impulso mío, medio
loco y medio demasiado racional,
había una necesidad real, lo veo
mejor ahora, que la colaboración
es un problema político: y Usted lo expone.
Desde el cuarenta y ocho estamos en la oposición:
doce años de una vida:
toda ella dedicada a esta lucha - mía
en gran parte, aunque en privado
(cuántos terrores internos, cuántas furias).
Con qué amor lo veo a Usted, inmaduro,
los anteojos y la boina de intelectual,
y esa cara de ama de casa romañola,
en fotografías que, si quisiera alinear
harían la más verdadera historia de Italia, la única.
Yo todavía estaba en pañales, y luego ya bebé,
y luego adolescente antifascista por estética
revuelta... tímidamente Lo seguía
una generación después: y Lo he visto triunfar
con Parri, con Togliatti, en los grandiosos,
doloridos, picarescos días de posguerra.
Luego se volvió a empezar: y esta vez
hemos, aun lejanos, vuelto a empezar juntos.
Doce años, es, en el fondo, toda mi vida.
Yo me pregunto: ¿es posible cambiar una vida
siempre negando, siempre luchando, siempre
fuera de la nación, que vive, mientras tanto,
y excluye de sí las fiestas, las treguas,
las estaciones, a quien se le enfrenta?
Ser ciudadanos, pero no ciudadanos,
estar presentes pero no presentes,
estar furiosos en cada ocasión
ser testigos sólo del mal,
ser enemigos de los vecinos, ser odiado
del odio de quien odiamos por amor,
seguir en un continuo, obsesionado exilio
a pesar de vivir en el corazón de la nación?

Entonces, si nosotros no luchamos por nosotros,
sino para la vida de millones de hombres,
¿podemos asistir impotentes a una fatal
inacción, a verlos disgregarse
a la corrupción, la omisión, el cinismo?
Para querer ver desaparecer este estado
de metahistórica injusticia, ¿asistiremos
a su reconstrucción ante nuestros ojos?
Si no podemos conseguir todo, ¿no será
justo contentarse con conseguir un poco?
La lucha sin victoria se enaridece.

(Una carta, por lo general, tiene un propósito.
Esta que yo le escribo no lo tiene.
Se cierra con tres preguntas y una cláusula.
Pero si estuviera aquí confirmada la necesidad
de alguna ambigüedad de su lucha,
su complicación y su riesgo,
yo estaría feliz de haberla escrito.
Sin sombras, la victoria no da luz.)

"Nenni", Pier Paolo Pasolini, Avanti!, 31 de diciembre de 1964
Traducción al castellano: Ana Fioravanti

sábado, 30 de marzo de 2019

"En memoria mía"


por Gustavo Larumbe *

Nuestra fe cristiana y católica tiene uno de sus fundamentos en esta frase de Jesús en la última cena, "Hagan esto en memoria mía". Donde, sabemos, se renueva el mismo sacrificio de Jesús sucedido hace más de dos mil años.

Recordar es volver a pasar las cosas por el corazón. Para nuestra fe es también un “pasar vivo” por nuestro corazón. Es un recuerdo “vivo” del pasado. Nuestra fe se funda en un hecho que contiene dos aspectos, como las dos caras de una misma moneda.

Primer aspecto de ese hecho, es el Amor. Como un Dios se hace hombre y muere por amor entregando toda, pero toda su sangre, es decir, toda su vida, por amor a cada uno de nosotros.

El segundo aspecto de este hecho, es la terrible Injusticia que sufrió Jesús.

No hay acto más grande de amor en la historia de la humanidad, como tampoco no hay acto más injusto en la historia de ella.

La memoria que nos invita a tener Jesús es sobre el hecho en sí, sin cercenar ningún aspecto. Una vez que se acepta el hecho, se debe aceptar también los dos aspectos, amor e injusticia. Claro está que uno debe ser motivo de profunda alegría y el otro de profunda indignación y tristeza. Esta es la paradoja de nuestra fe de la que habla Kierkegaard.

Año tras año la iglesia a través de su liturgia quiere mantener viva esa memoria, y es por eso que los cristianos celebramos la pascua, volviendo a pasar por nuestra conciencia y corazón los momentos más trágicos de Jesús, terminando, por supuesto, con la contemplación de la resurrección. Canto de esperanza.

De una de las primeras apariciones de Jesús como resucitado a los discípulos de Emaús es que justamente los invito a hacer memoria, a recordar, a repasar nuevamente por sus corazones las escrituras. El “hagan memoria” era fundamental para interpretar el presente.

Santo Tomas de Aquino, cuando explica las virtudes llamadas cardinales, que son cuatro, prudencia, templanza, justicia y fortaleza, hablando de la virtud de la prudencia menciona un aspecto fundamental de esta, que justamente es la memoria. Memoria del pasado es axial a la hora de interpretar correctamente el presente para lograr una proyección exitosa. Un pueblo va creciendo en sabiduría si aprende del pasado. Una persona va madurando, creciendo, cuando integra su vida pasada con su presente, es un arduo ejercicio de la memoria/corazón que no se debe detener nunca. Es el sabio que “saca” de lo nuevo y de lo viejo.

Hoy meditando en estas cuestiones, la liturgia me sorprende con el evangelio del perdón. Pedro que le pregunta a Jesús cuantas veces hay que perdonar, “siete veces” y Jesús le responde “setenta veces siete”. Es decir, siempre.

Muchas veces he escuchado a predicadores decir que perdón es sinónimo de olvido. Dios perdona y olvida, perdón y olvido.

Qué profunda contradicción (y no en el sentido kierkegaardiano, sino en el sentido bíblico de la palabra necedad), ya que estos siguen manteniendo la cruz en sus iglesias, ¿cómo poder olvidar, teniendo un crucifijo con Cristo ultrajado en él?

El perdón, hay que decirlo, no es sinónimo de olvido. Porque si fuera así, ¿qué sentido tiene la liturgia? Qué sentido tiene que en cada domingo de ramos y viernes santo, año tras año, se lea la pasión, entera, de Nuestro Señor. Somos un pueblo que no quiere olvidar. Y es por eso que en la liturgia del sábado de pascua leemos las nueve lecturas del antiguo testamento, y lo hacemos en penumbras. No queremos olvidar y no debemos olvidar los hechos. No debemos olvidar la cruz, primero, para alegrarnos por su amor y, segundo, para “nunca más” permitir una injusticia tal.

Nunca me voy a olvidar una escena que presencié algunos años atrás. Era una mamá que, para separar a sus hijos de una disputa, le dijo a aquel que había recibido el agravio de su hermano, que tenía que perdonar y olvidar. La frase era algo así… “¡¡¡listo, basta, Juan, perdonalo y olvidate, acá no pasó nada!!!”. Un verdadero imperativo categórico. Más que para resolver el conflicto sonaba a sacarse el problema de encima.

A eso suenan los predicadores que muchas veces invitan a perdonar y olvidar. Es como si dijeran: ¡¡basta, no me traigas problemas!!  Listo, acá no pasó nada.

Y si no pasó nada… ¿por qué siguen los Crucifijos?

Los Crucifijos siguen ahí, para enseñarnos que la humanidad puede hacer y aprobar, muchas veces, hechos, atroces, espantosos, crueles, de los que todos en mayor o menor medida somos responsables. Y es necesario tenerlos “ahí” para decir con fuerza “nunca más”.

Volviendo al tema del perdón, me surge la pregunta, ¿cómo debe ser el perdón? ¿Qué es perdonar?, ¿cómo perdonar?, quizás esto me ayude: “Dios quiere que el pecador se arrepienta y viva”, “Dios ama al pecador y odia el pecado”, “perdonar no es ser cómplice de la injusticia hecha, ni justificar el hecho para que permanezca”. Es por eso que en el sacramento de la reconciliación Dios pulveriza la falta, no la quiere. La quiere, más bien, destruir.

Absolución sinónimo de pulverización, que no es lo mismo que dejar algo debajo de la alfombra. Por más que olvide “algo” por no considerarlo, no quiere decir que ese “algo” haya desaparecido.

Esconder algo, para que nadie lo piense y lo recuerde, no tiene nada que ver con perdón cristiano.

Si hoy nuestro pueblo conservara fresca su memoria, sería un gran aliciente para el “nunca más”. Aprender del pasado para no cometer los mismos errores.

Parafraseando al maestro que dijo: “vayan y averigüen qué quiere decir…” “piquete y cacerola la lucha es una sola”, al menos si la recordáramos tan sólo una vez.

Analizar nuestra historia, recordar las dictaduras, la memoria de una guerra injusta, las consecuencias de políticas que llevan a un pueblo a hundirse cada vez más en la pobreza, los derechos que se van, esa es nuestra historia o una parte de ella, ¿por qué no pasarla nuevamente por nuestro corazón y conciencia?

Nada se va a solucionar si ponemos nuestra historia debajo de la alfombra. Hay que destruir (absolver) el germen, el virus de la ignominia. Para eso hay que rezar con nuestra historia, ya que eso es lo que somos y, si ya no lo queremos ser más, debemos tener memoria. Lejos de justificarnos, de ocultar, de tergiversar o minimizar, ¡la historia hay que anunciarla! Anunciar nuestra historia, como anunciamos la muerte de Cristo. Solo anunciando la muerte proclamaremos la vida.

Ardua, pero loable tarea, la del cristiano, hermosa y bendita tarea la de armonizar justicia y paz. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados, y bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios.

En esta línea de pensamiento y buscando la profunda reconciliación y unión de los argentinos, propongo para nuestros colegios cristianos-católicos un trabajo sobre la vida y obra de Monseñor Enrique Angelelli y compañeros mártires. Figuras que nos ayudarían a dicho fin. Proponer que sus vidas se aborden desde la mayoría de sus ángulos posibles. Involucrando a profesores de historia, ciencias sociales, catequistas, etc. ¡¡Todo el 2019 trabajando por comprender su mensaje!! A modo de lectio divina, intentando lograr lo primero, comprender la historia, el resto se lo dejamos a Dios.

Ojala seamos coherentes; si no nos gusta la vida de Angelelli, pues entonces quitemos los Crucifijos.


* Gustavo Larumbe es actual vicario de la Basílica San José de Flores.

sábado, 8 de octubre de 2016

Voz que clama

«Soy la voz del que clama en el desierto»
Juan El Bautista
«De la vida yo ya estoy RE puesto»
Postcrucifixión, L. A. Spinetta


por Javier Galarza

Sobrepasado, marcado y definitivamente ACOSTADO por las profecías, vino al ritual de los pesebres, en Belén, a la luz del cometa, ESE al que llaman JESUCRISTO, el hijo de María, esa adorable fumada que viajaba en el ensueño adolescente, de la fantasía en el vientre hacia la revelación de los ángeles (sin pecado concebida); el hijo de José El Carpintero o tal vez de Dios (no importa mucho la diferencia), ese al que las tempestades obedecen, al que los reyes astrólogos dan la bienvenida siguiendo el trip sónico de la nave madre que detona este Universo, así en la tierra como en el cielo. Amén.

ESE que según los Evangelios Apócrifos, de niño es SOBREPASADO por sus poderes y humilla a sus maestros con su conocimiento y hasta ejercita las artes del rencor y mata y se rebela y más tarde el silencio definitivo de los textos bíblicos (nada se ha dicho de la vida de Jesús durante la adolescencia y primera juventud). Es de suponer que en su peregrinar aprendió los secretos de los magos, quién sabe en qué lugar del mundo, en el viaje iniciático imprescindible en el mito de todo héroe.

El que, una vez iniciada su vida pública, viendo a la muchedumbre en llanto, ordena: «Retiraos, que la niña no está muerta, duerme» y la niña se incorpora, y se levanta Lázaro (y anda) y cura a los ciegos, a los epilépticos, los endemoniados, los leprosos y multiplica panes y peces y camina sobre el agua y dice en el monte: «Bienaventurados los que lloran porque serán consolados».

Un Jesús es como un hermano mayor (es un pan de bueno, mire usted). Ese chico adictivo concebido en el santo espíritu de la duda existencial. Ese muchacho sensible que llega a casa pasado de alcoholes, llorando ante la atónita mirada de los vecinos. Ese que, como cuando la vida imita al arte, no ha hecho otra cosa que emprender un largo trip de regreso a los brazos de su madre (ver en La Piedad de Miguel Ángel los ojos de María traspasados de dolor, sosteniendo el cuerpo mortecino del primogénito). Es ese rebelde furioso que en plena excitación maníaca latiga a los mercaderes (¡Raza de serpiéntes! -grita) y espera a la policía lleno de odio y poder.

La Sagrada Familia: «¿Quién es mi madre y mi padre?» -pregunta ante la visita de María. «Los que me siguen son mi familia» -sentencia y vuelve el rostro para que su madre no note que está llorando. Debe negarla para escapar a un deseo devorador. Debe negar a Magdalena para cancelar la posibilidad de hacerse hombre.

¿Y quién es su padre? Es esa magnitud que no se puede nombrar, el ausente tácito, lo inabarcable. Esa mirada omnipresente a cuyo influjo no se puede escapar ni un segundo, cuyo nombre es demasiado vasto.

Getsemani: Jesús es un ser atemorizado debatiéndose entre la magnitud de su misión y su amor a la vida de los hombres. En los momentos previos a la crucifixión dice a sus apóstoles: «Estoy triste, velen conmigo» y llama a su padre y tiene miedo y pide: «Aparta de mí este cáliz» y en la resignación de su miedo, en la sumisión a las profecías, susurra: «Padre, si es tu voluntad que yo beba de esta copa lo haré».

Una pregunta: Dando oído a las diferentes teorías: ¿cambiaría algo si Jesús sólo hubiera sido un guerrillero nacionalista desafiando el poder de Roma, si hubiera muerto de viejo en la India, si fuera (como muchos afirman) el comandante en Jefe de la Flota Espacial de Nuestro Universo pronto a retornar en una nave o, aún cambiaría algo si no fuera el hijo de ningún dios o no hubiera existido jamás? ¿Cómo es posible que cuestiones tan insignificantes como las anteriormente referidas sean fuente de conflicto? ¿Cómo el vicio narcisista de la discusión puede alejarnos de un mensaje, un discurso, un mito? ¿No han sido las revelaciones prioridad de unos pocos iluminados que bajaban de la montaña con los ojos encendidos? ¿No es acaso el ateísmo un vicio moderno?

Un clamor: Mi pregunta es Señor dónde estabas por todas las veces en que la montaña no se movió.

Todo héroe debe enfrentar a un monstruo o dragón para dar a luz al mito y el nazareno pasa 40 días y 40 noches resistiendo al demonio (su otra cara, la sombra de su amor, él mismo, el ANTI-EL). 40 días y 40 noches resistiendo al diablo en el desierto, en la pesadilla de la alucinación cuando toda realidad es sólo un reflejo interior. ¡Eso sí que es el infierno!

Ser fiel a la voluntad de sus padres le ha costado la vida. Cuando en el momento de la crucifixión las mujeres velen su agonía gritará: «Padre, ¿por qué me has abandonado?».

Acerca del poder de la palabra. ¡No es lo que entra por su boca lo que contamina al hombre sino lo que de su boca sale, porque lo que de la boca sale, del corazón procede! En el principio fue el verbo. Y también en el final.

«No resistáis al mal», enseñó. Esa rebeldía brutal de pedir amor a los enemigos, la dulce violencia del perdón. Es decir la cancelación de la ley del karma, esa cadena del daño repetida al infinito.

El último viaje es el retorno del ultra sepulcro, levantar el templo del cuerpo al tercer día con el sabor agridulce de los milagros incompletos. Ha transitado el certero pico de la muerte, el tránsito fetal de retorno al polvo, el NO SER del Tao, la aniquilación, todo lo uterino y primero. Presa aún de la corrosión del cuerpo se aparecerá a Magdalena y le dirá «No me toques, no estoy puro aún, no he subido a mi Padre».

Su prédica en los márgenes ha terminado. Entonces vendrá el mito, las instituciones, la recreación vulgarizada de la experiencia religiosa en un mundo que tiene rigurosamente prohibidas las revelaciones. De allí en más todos los delirios, todos los hospicios se superpoblarán de Jesucristos.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

La pasión según Kierkegaard

Pintura: Alicia Puy

por Juan Carlos Sánchez Sottosanto *

Esta presentación anhela cumplir con un doble propósito; en primer lugar, brindarles a todos una cálida bienvenida a las Undécimas Jornadas Kierkegaard, que este año se titulan “Kierkegaard: una pasión”. En segundo lugar, y utilizando o remedando el método de comunicación indirecta como gustaba nuestro amigo danés (y más indirecta aún, porque lamentablemente no puedo estar presente en este momento), hablar de la pasión según Kierkegaard. Elegí adrede un título equívoco; quizás lo único no condenable de él sea el artículo “la”. Pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “pasión”? ¿por qué “según”? ¿Quién es (y utilizo adrede también el presente y no el pretérito) Kierkegaard? Las preguntas no son inocentes, por supuesto.

En nuestra habla cotidiana pasión puede remitirnos al deseo amoroso o a un hobby o a un equipo deportivo. Yendo a un diccionario podemos descubrir sus etimologías en el latín passio y en el griego pathos. En los vericuetos de la jerga escolástica, heredera del aristotelismo y del estoicismo, las pasiones pueden ser todas las afecciones de nuestra voluntad. Podemos hablar de pasiones que son virtudes y de otras que son vicios, y sincretizarlas con los conceptos cristianos de nuestra imagen y semejanza de Dios pero también con la herencia del pecado. Podemos hablar de pasión como padecimiento, o ponerle una mayúscula y allí entrar en la Pasión por excelencia, la de Cristo, que ha inundado toda una iconografía, toda una literatura, todos los catecismos. Los cristianos recuerdan (supuestamente) esa pasión a través de símbolos y rituales, el más conspicuo de ellos el de la llamada “semana santa”. El Cristo flagelado y después crucificado es una presencia tan fuerte que aún los no cristianos pueden introducir en las metáforas del lenguaje esas imágenes del Calvario. Erasmo, generosamente, habló también de la “pasión de Sócrates” y así, a partir de dos tremendos dramas individuales, se crean los grandes pilares de aquello que, para bien o para mal, llamamos Occidente.

Sobre el “según”, podemos decir que podríamos haber optado por otros adverbios y preposiciones, y hablar de la pasión de, por, hacia, ante, contra Kierkegaard. Y en cuánto a Kierkegaard, sospecho que todo “apasionado” por él tendrá más de un recaudo o sentimiento de imposibilidad al desear caracterizarlo. Posiblemente ese apasionado sienta, como Sócrates ante el oráculo délfico, que cuánto más intenta conocerlo más inaprehensible le resulta, pero paradójicamente esa inaprehensibilidad vuelve a Kierkegaard aún más apasionante. No suelen manejarse así las despistadas entradas de las enciclopedias que, soto voce SK, nos hablarán de fechas, del autor de, de un filósofo, de un teólogo, de un escritor, del padre del existencialismo o de tres estadios o del introductor del concepto de angustia en el léxico filosófico o cosas por el estilo. Pero de interrogar a Kierkegaard –o en sus defecto, a algunos de sus libros, en especial a aquellos no firmados con seudónimo sino con su propio nombre- nos encontraríamos con la autoconciencia de ser “solamente” un escritor religioso; que la pasión por excelencia es la fe; que el clímax pasional de una vida es ese punto cuasi místico (aunque detestaba el misticismo) que él llamó “instante”, la irrupción de la eternidad en el tiempo –y ya no el tiempo como imagen móvil de la eternidad como quiere el Timeo de Platón- para poder escuchar (o no escuchar, o escandalizarse ante) la voz de nuestro contemporáneo, el Cristo de los Evangelios, ante el cual las dimensiones cronológicas, históricas, geográficas, sencillamente se desmoronan ante la singularidad ebullente de ese escuchar o de ese ignorar en el cual se construye nuestra libertad.

Recordemos, sin embargo, que Kierkegaard siempre se erige como nuestro contemporáneo, pero que las cronologías oficiales nos dicen que murió un 11 de noviembre de 1855 y por lo tanto este miércoles, en estas mismas Jornadas, se cumplirán los 160 años de su muerte o, si queremos ir más allá con un paralelismo, con la pasión y muerte de ese individuo que creyó en el cristianismo pero que también sabía de su propia imposibilidad de ser un cristiano a plenitud. Del individuo que, tras una prolongada lucha –o agonía, en su  sentido etimológico- contra la cristiandad, perversión nefanda, burguesa y cómoda del verdadero cristianismo, murió colapsado cuando esa cristiandad, institucionalizada y sintiéndose traicionada por un pensador de valía, se ocupó en terminar con sus ya frágiles nervios. En ese sentido, la pasión de Kierkegaard –léase la fe, léase Jesucristo- lo llevó al padecimiento casi con rigores tan fuertes como los del Jesús histórico. Casi al martirio: en el sentido vulgar del término, pero aún más y nuevamente, en el etimológico: TESTIGO con su vida y con su muerte de su pasión por Cristo y su adversión (otra pasión) hacia esa caricatura de la palabra de Cristo que era –es- la cristiandad.

Pascal decía de Jesucristo que estará en agonía hasta el fin de los tiempos. ¿Podemos atrevernos a decir lo mismo de Kierkegaard? Yo creo que sí. Que su agonía comenzó hace dos siglos y no ha terminado, y felizmente no hay visos de que termine. Agonía en sentidos positivos, negativos y quizás neutros. Mientras podamos seguir a la escucha de su voz –siempre dirigida a un lector único y nunca erigida como una teoría abstracta- esa agonía continuará. Mientras nos interpele y lo interpelemos, e incluso decidamos dejar de escucharlo, Kierkegaard estará en una agonía –una lucha, un juego, una pasión- que no resultará en vano. Pero hay aspectos de esa agonía que no dejan de ser sorprendentes o, como querría nuestro autor, paradójicos. ¿No es acaso sorprendente que entre los “apóstoles” más ilustres de nuestro “escritor religioso” hayan sobresalido, con la notable excepción de un Gabriel Marcel en el campo católico o de un Karl Barth en el protestante, pensadores o artistas no creyentes de la talla de un Heidegger, un Sartre, un Camus, un Kafka, un Bergman? ¿No es sorprendente realmente esta pasión? ¿O que con una pasión en sentido opuesto haya tenido detractores tan interesantes como un Lukáks o la Escuela de Frankfurt? ¿Es negativo que sus “escuchas” más trascendentes hayan negado las pasiones más fuertes de nuestro amigo, a saber, la fe y Jesucristo? No desde el momento en que esa escucha, fragmentaria y parcial o como se quiera, ha enriquecido para siempre la cultura del siglo XX. No desde el momento en que Kierkegaard siga existiendo como “posibilidad”: posibilidad en el sentido kierkegaardeano; si las prostitutas y los publicanos eran mejores para Cristo que los fariseos y los hipócritas, ¿porqué la pasión de Kierkegaard no sería más noble en manos de los ateos y de los agnósticos que en el de los miembros de una cristiandad que sigue demostrando, día a día, su pacto tácito con los aspectos más deleznables de nuestra sociedad? Creo que esa agonía es buena; creo que puede haber un Kierkegaard pasado por el tamiz de un Lacan o incluso (o mejor aún) por el de un lector ingenuo que compra un libro de nuestro héroe en una librería de viejo y esa misma noche, con pasión, comienza una lectura no mediada por nadie. 

Creo que el peligro está en otra parte. En el Kierkegaard de manual. En el Kierkegaard sistematizado cuando su horror por toda sistematicidad es más que patente en sus escritos. El Kierkegaard “paperizado” si se me permite el neologismo, es decir, reducido a la sombra gris de un paper que se alimentó de otros papers y con los que la Academia se retroaliamenta para no morir, pero que puede terminar matando de aburrimiento. Afortunadamente no existe una iglesia kierkegaardiana, pero lamentablemente sí una institucionalización de su pensamiento. Hay un Kierkegaard, en fin, reducido a un fósil al que debe viviseccionarse, fragmentarse, atomizarse, discutirse y llenarse de abstracts y key words y notas al pie que nadie lee pero que engrosan currículos. Yo tengo un amigo paleontólogo que ciertamente es un apasionado por los dinosaurios; pero felizmente también ama escuchar a pájaros vivos, ver reptiles vivos en su hábitat, y contemplar las estrellas. 

Fosilizar, paperizar a Kierkegaard es matarlo dos veces, prolongar su agonía en el sentido más crudo. Es dejar de verlo como una posibilidad y crear certezas que pueden durar lo que la vida útil de un paper. Es no haber aprendido nada de él: que él es un yo que se dirige a un tú que casualmente soy yo y sólo yo.

Amemos los fósiles pero escuchemos los pájaros de nuestro patio. Ojalá estas jornadas estén llenas de apasionados por Kierkegaard, o de quienes se asomen a su voz por primera vez. Que la agonía sea posibilidad y escucha e interpelaciones mutuas.

Nuevamente les doy la bienvenida a las Undécimas Jornadas Kierkegaard.


* Este texto fue leído en la apertura de las recientes XI Jornadas Kierkegaard, llevadas a cabo durante los días 9, 10 y 11 de noviembre en la Biblioteca Nacional (ver más acá)

jueves, 31 de octubre de 2013

El Amor es el cumplimiento de la Ley

Por Oscar Cuervo

“No debáis a nadie nada, sino el amarse unos a otros; porque el que ama a su prójimo ha cumplido la ley”. 

La célebre frase que Pablo de Tarso escribió en su Espístola a los Romanos (13:8) constituye un intento excepcional por repensar el concepto judaico de Ley a la luz del Amor según es entendido en la fe cristiana de los Evangelios.

Nunca debe olvidarse que estos textos, decisivos para la consolidación del cristianismo, eran cartas que Pablo dirigía a sus compañeros, con una finalidad eminentemente práctica y organizativa, al calor de disputas que hoy llamaríamos políticas entre las primeras comunidades cristianas. 

Pablo usaba la palabra como instrumento de acción en el mundo y produjo una enorme revolución en el pensamiento antiguo, tanto entre los judíos como entre los griegos.

Pablo había sido fariseo, un celoso guardián de la Ley mosaica. Para los fariseos el respeto cotidiano, escrupuloso y microscópico del sistema de leyes religiosas/comunitarias constituía el eje de la existencia. Pablo, que se llamaba antes de su conversión Saulo, lo fue hasta tal punto que su celo lo llevó a perseguir cristianos. Mientras cabalgaba rumbo a Damasco en su misión de perseguidor, un resplandor del cielo que sólo él vio lo volteó del caballo y lo encegueció. Escuchó una voz que le decía Saulo, Saulo, por qué me persiguesInterpretó que era el propio Cristo el que le hablaba así. Después de su conversión describió esa voz como un abortivo. La radicalidad de esa experiencia convirtió a Saulo en Pablo, de defensor de la Ley en predicador del amor hacia el prójimo: de todo prójimo, hasta del enemigo. El sentido de la Ley se había alterado para él de forma extrema e irreversible. Ya no podría ser la persecución de los otros sino el amor hacia ellos la misión de su vida.

Su acción política y sus epístolas con directivas de acción concreta fueron, según él mismo escribe, escándalo para los judíos y necedad para los griegos. Intentaban resolver la muy fuerte tensión que se produce entre la obediencia a la Ley en términos judeo-farisaicos y el mandato del Amor predicado por Cristo. 

Pablo no pudo prever que esas palabras, de una vitalidad tan urgente, se volverían históricamente perdurables, menos aún que su pensamiento se cristalizara en una institución dogmática. 

Soren Kierkegaard en su libro fundamental, Las obras del Amor, hace un esfuerzo inédito en el pensamiento contemporáneo por comprender el sentido de estas palabras, engañosamente sencillas. Y esto le sirve para ajustar cuentas contra los olvidos fundamentales tanto de la filosofía sistemática como del cristianismo oficial.

Un fragmento del libro Soren Kierkegaard, Una introducción. Escuchar una voz (Editorial Editorial Quadrata, Buenos Aires, 2010):

El amor al prójimo

“Supongamos entonces que un escritor religioso ha considerado profundamente esta ilusión, la Cristiandad, y ha resuelto atacarla con todo el poder a su disposición (con la ayuda de Dios, quede bien sentado), ¿qué tiene que hacer, pues? Ante todo no impacientarse. Si se impacienta, arremeterá contra ella y no logrará nada. Un ataque directo sólo contribuye a fortalecer a una persona en su ilusión, y al mismo tiempo la amarga. Pocas cosas requieren un trato tan cuidadoso como una ilusión, si es que uno quiere disiparla. Si algo obliga a la futura presa a oponer su voluntad, todo está perdido. Y esto es lo que logra un ataque directo, y además implica la presunción de requerir a un hombre que haga a otra persona, o en su presencia, una concesión que puede hacer mucho más provechosamente a él mismo en privado. Eso es lo que logra el método indirecto, el cual, amando y sirviendo la verdad, lo arregla todo dialectalmente para la futura presa, y luego se retira tímidamente (porque el amor es siempre tímido), para no presenciar el reconocimiento que hace él a sí mismo a solas ante Dios que ha vivido hasta entonces en una ilusión.”

La extensión de la cita está justificada porque en este párrafo se muestra, como pocas veces, la articulación que hace Kierkegaard entre su misión de escritor en relación con los lectores, el método de la comunicación indirecta, su noción del rol del escritor en una comunidad, su concepción de la verdad como algo que concierne a cada uno en particular y, notablemente, su apuesta a una praxis de amor al prójimo. ¿Podemos hablar entonces de una politica kierkegaardiana? Preferimos dejar en suspenso esta cuestión, siempre que logremos remarcar el carácter profundamente práctico y transformador con que Kierkegaard lleva a cabo su tarea. El no ha aspirado simplemente a “describir el mundo”, sino a transformar a cada hombre que pueda leer su escritura. No transformar “la realidad”, sino de hacer que la experiencia de la lectura de sus obras no pueda dejar al hombre indemne. Y, como queda dicho, lo pensó como una tarea amorosa.

En Las obras del amor, que como dijimos Kierkegaard firmó con su propio nombre, desarrolla un extenso tratado en consideración del mandato cristiano de amar al prójimo, ese ya citado mandamiento principal: “Ama al prójimo como a ti mismo”. Una de las frases más repetidas y menos comprendidas en estos dos mil años de civilización occidental y cristiana -lo que nuestro autor denominó la cristiandad- es desplegada a través de centenares de páginas en las que Kierkegaard se detiene a analizar magistralmente cada mínimo matiz de la expresión: el amor, el prójimo, el sí mismo, el hacer del amor a sí mismo una medida para amar al prójimo y, recíprocamente, el de amarse a sí mismo no con amor egoísta, sino como se ama a un prójimo. El exquisito análisis del amor y la pregunta por las obras del amor -es decir: por la dimensión práctica que implica, por “los frutos” por los cuales se reconoce al amor- desafían las nociones tradicionales asentadas a lo largo de siglos, lo que el sentido común terminó por cristalizar como una idea banal del amor predicado por Cristo en los Evangelios. Lo que hace Kierkegaard en este monumental tratado es de-construir, desmontar el discurso amoroso tradicional, hacerlo estallar en sus numerosas y problemáticas connotaciones, volver a leer el texto de base en el que esas palabras han sido dichas, tratando de recuperar la experiencia que, bien comprendida, sólo puede dar lugar a la perplejidad. Para eso hay que estar advertidos de los posibles desvíos e incomprensiones que el mandato del amor al prójimo ha sufrido en siglos de rutina eclesiástica y moralismo exterior. Amar al prójimo, nos recuerda Kierkegaard que dice el Evangelio, no es simplemente amar al semejante, no es amar a los nuestros porque son nuestros, es decir, porque nos pertenecen. Amar al prójimo no es amar a una persona por sus excelencias, por sus virtudes o por el bien que nos hace, porque si la amamos de esa manera, la amamos en función de un interés egoísta. Amar al prójimo no es preferir a uno por determinadas cualidades, las que nos convienen; eso es tan sólo amor de preferencia y ese amor de preferencia, fundado en el egoísmo, frecuentemente se convierte en odio ni bien el prójimo deja de satisfacer nuestras conveniencias.

El amor al prójimo, a diferencia del amor de preferencia, no se determina por el objeto amado, es decir, porque este objeto de nuestro amor sea de una determinada manera; al prójimo se lo ama por amor:

El simple amor se determina por su objeto, la amistad se determina por su objeto, sólo el amor al prójimo se determina por el amor mismo. La razón de esto radica en el hecho de que el prójimo es cada hombre, absolutamente cada hombre, de suerte que todas las diferencias quedan eliminadas del objeto y por eso cabalmente es reconocido este amor en cuanto su objeto no admite ninguna determinación aproximativa por parte de las diferencias, o dicho con otras palabras: que este amor solamente se reconoce por el amor. ¿No es esta la más alta perfección? Pues cuando el amor puede y tiene que reconocerse por alguna otra cosa distinta, entonces esta otra cosa representa en la misma relación como una sospecha contra el amor, como si este no fuese lo suficientemente abarcador, y en consecuencia, no hubiese infinito en el sentido de la eternidad; esa otra cosa representa para el amor mismo una cierta predisposición enfermiza. Y, consiguientemente, en esa sospecha habita escondida la angustia que hace que el amor y la amistad dependan de su objeto, la angustia capaz de encender los celos, la angustia capaz de llevarnos hasta la desesperación”.

En este pasaje resuena la inquietud que produce el amor estético, tal como ha sido planteado en La repeteción, es decir, el amor acechado por el hastío, que puede derivar tan fácilmente en rutina y finalmente en odio cuando el objeto amado, por las razones que fueran, ya no nos satisface. La clave para que exista el amor al prójimo parece consistir en romper con el amor de preferencia. El amor de preferencia es un vínculo entre un amante y su objeto amado. Esa relación establece un circuito que lo único que hace es alimentar un egoísmo recíproco: nos amamos en tanto nos satisfacemos mutuamente. Es una relación entre dos, y por lo tanto es una relación especular, de reflejo, en el cual uno busca anclar el amor en el otro y, por eso, su amor depende del otro, y el amor del otro depende de uno. Un amor regido por el amado, que espera que el amado dicte la ley del amor, es amor de finitud, es decir, un amor condicional e infinitamente insatisfecho: por ello enciende la angustia, los celos y, en definitiva, la desesperación.

¿Cómo se rompe este circuito de la preferencia y la desesperación?  La salida se halla en la presencia de un tercero que sea Otro, un des-semejante que viene a romper con este juego de espejos. Este tercero es el amor mismo. Además del amante y del amado está el amor. La relación del amante y el amado se ancla en el amor. Ese amor en Las obras del amor -y en la fe cristiana- se llama Dios. A la pregunta por quién es el Jesucristo de Kierkegaard no podemos responder con una fórmula especulativa ni con un aserto teórico: la apertura que plantea Las obras del amor es de índole práctica: Jesucristo es el amor, el tercero que quiebra el juego especular entre dos amantes que tan sólo se prefieren (hasta que dejan de preferirse). Jesucristo es el prójimo, el hombre insignificante, al que has de amar no porque sea especial, sino porque simplemente es; es decir: por amor.

El amor al prójimo no es amor al semejante, porque no se asienta en una identificación. La identificación es el amor propio, es el mecanismo por el cual cada sujeto busca el reconocimiento del otro; el yo que necesita del otro para reconocerse a sí mismo, que se ve a sí mismo en el espejo del otro. Esta búsqueda del reflejo de un reflejo (de dos reflejos recíprocos) desencadena una inquietud infinita que deriva fácilmente en odio. Lo que puede romper con ese encierro es una tercera persona, que es Otra, es decir: que no es semejante a los amantes. El mandato cristiano de amor al prójimo, de amar al prójimo como a ti mismo, ha venido a romper con el más habitual amor al semejante. Así es como se plantea en el Evangelio. Cuando Cristo manda: ama al prójimo como a ti mismo está citando un pasaje del Antiguo Testamento. Se puede leer:

“No andéis difamando entre los tuyos; no demandés contra la vida de tu prójimo. Yo Yaveh. No odiés en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no te cargues por pecado por su causa. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

En ese pasaje, el Antiguo Testamento parece referirse a una relación de proximidad: “los tuyos”, “tu hermano”, “los hijos de tu pueblo”. Amar al semejante, al amigo, al hermano, al que es como yo, en suma. ¿Esto implica que la necesidad de amor se agota en los “míos”, los cercanos, los próximos? Se trataría entonces de un amor de preferencia, prefiero a mi hermano antes que a un desconocido, prefiero al hijo de mi pueblo antes que al extraño, a mi amigo antes que a mi enemigo. Así el prójimo sería alguien a quien tengo que amar por su cercanía y por su semejanza conmigo.

Pero unos renglones más abajo en el mismo texto se dice:

“Cuando un forastero resida junto a ti, en vuestra tierra, no lo molestéis. Al forastero que reside junto a vosotros, le miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo amarás como a ti mismo, pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”.

Ahora se trata de amar al forastero como a uno de los tuyos. Uno podría entender que esa obligación radica en que el forastero ahora “reside junto a vosotros”, es decir, que se ha vuelto un vecino y que, en razón de esa vecindad, ahora está cerca y por eso se lo debe amar. Sin embargo, el motivo que alega Yaveh es que “forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”. Es decir: que la razón para amarlo no sería exactamente la cercanía en que se encuentra el forastero, sino el hecho de que forasteros somos, o al menos podríamos ser, todos.

Pero en el Nuevo Testamento estas relaciones de proximidad y lejanía se complican de una manera inaudita. Hasta podríamos decir: se alteran. Jesús vuelve sobre esas antiguas palabras pero trastorna los significados lineales de proximidad y lejanía, introduce la ajenidad entre los que se encuentran cerca, la extrañeza entre los conocidos, la discordia entre los parientes y el amor entre los enemigos. ¿Niega de esta manera lo que decían las escrituras antiguas? Más bien diría que hace estallar, mediante el uso de paradojas, el sentido habitual de estas palabras:

“No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar el hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él”.

El cercano, el hermano, el próximo se han vuelto de pronto enemigos. Pero hay un pasaje que constituye la ruptura más radical  con el amor de preferencia:

“Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan para que seais hijos de vuestro Padre celestial. Que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo los gentiles?”.

La piedra de toque de cualquier amor fundado en las ventajas comparativas del objeto amado o el bien que el amado pueda hacernos está en el mandato de amar al enemigo, es decir, a aquel cuya presencia no me representa ninguna ventaja interesada, aquel a quien puedo amar porque es mi prójimo, aunque sea mi enemigo. En esta figura del enemigo amado está cifrado de un modo diverso el problema ya planteado en Ejercitación del cristianismo: ¿Por qué razones habría que haber amado a Jesús? ¿Porque era elocuente, porque hacía milagros? Anticlimacus dice que Cristo es el incógnito, el hombre insignificante, que no tiene ningún atributo exterior por el cual fuera reconocido como el amor. Y sin embargo Cristo, este prójimo, es el amor. No hay manera de reconocerlo sino amándolo. No se trata de ningún reconocimiento, por el cual “yo me doy cuenta de lo que tú eres y entonces te amo”. El acto de amor invierte esta condición: el amor hay que ponerlo antes. Si lo amas, entonces ahí aparece el prójimo. El amor en cierta forma precede al amante y al amado.

El análisis de la experiencia amorosa encuentra en Las obras del amor una sutileza y una profundidad que no se pueden suplir mediante una breve síntesis. Pero se hace evidente que esta problemática es un punto de confluencia de toda la obra kierkegaardiana. No es que este libro resuelva todos los dilemas que en el resto de la obra de Kierkegaard quedan como asuntos pendientes, porque el amor al prójimo no alcanzaría la densidad que presenta aquí si no fuera porque en las llamadas obras estéticas el autor ha explorado el callejón sin salida de la angustia ante la nada, la finitud, el enamoramiento, el tedio, las reglas comunitarias, el egoísmo, la desesperación y la percepción del sinsentido de la existencia. No es para anular esta problemática de la finitud que se apela a una sencilla fórmula del amor. La obra kierkegaardiana despliega todo el repertorio de los motivos por los cuales hay que desesperarse y deja en manos del lector la posibilidad de encontrar una puerta que estará abierta sólo para él o que se cerrará para siempre.

(Kierkegaard, una introducción. Escuchar un a voz, cap. 6, fragmento)