sábado, 30 de marzo de 2019

"En memoria mía"


por Gustavo Larumbe *

Nuestra fe cristiana y católica tiene uno de sus fundamentos en esta frase de Jesús en la última cena, "Hagan esto en memoria mía". Donde, sabemos, se renueva el mismo sacrificio de Jesús sucedido hace más de dos mil años.

Recordar es volver a pasar las cosas por el corazón. Para nuestra fe es también un “pasar vivo” por nuestro corazón. Es un recuerdo “vivo” del pasado. Nuestra fe se funda en un hecho que contiene dos aspectos, como las dos caras de una misma moneda.

Primer aspecto de ese hecho, es el Amor. Como un Dios se hace hombre y muere por amor entregando toda, pero toda su sangre, es decir, toda su vida, por amor a cada uno de nosotros.

El segundo aspecto de este hecho, es la terrible Injusticia que sufrió Jesús.

No hay acto más grande de amor en la historia de la humanidad, como tampoco no hay acto más injusto en la historia de ella.

La memoria que nos invita a tener Jesús es sobre el hecho en sí, sin cercenar ningún aspecto. Una vez que se acepta el hecho, se debe aceptar también los dos aspectos, amor e injusticia. Claro está que uno debe ser motivo de profunda alegría y el otro de profunda indignación y tristeza. Esta es la paradoja de nuestra fe de la que habla Kierkegaard.

Año tras año la iglesia a través de su liturgia quiere mantener viva esa memoria, y es por eso que los cristianos celebramos la pascua, volviendo a pasar por nuestra conciencia y corazón los momentos más trágicos de Jesús, terminando, por supuesto, con la contemplación de la resurrección. Canto de esperanza.

De una de las primeras apariciones de Jesús como resucitado a los discípulos de Emaús es que justamente los invito a hacer memoria, a recordar, a repasar nuevamente por sus corazones las escrituras. El “hagan memoria” era fundamental para interpretar el presente.

Santo Tomas de Aquino, cuando explica las virtudes llamadas cardinales, que son cuatro, prudencia, templanza, justicia y fortaleza, hablando de la virtud de la prudencia menciona un aspecto fundamental de esta, que justamente es la memoria. Memoria del pasado es axial a la hora de interpretar correctamente el presente para lograr una proyección exitosa. Un pueblo va creciendo en sabiduría si aprende del pasado. Una persona va madurando, creciendo, cuando integra su vida pasada con su presente, es un arduo ejercicio de la memoria/corazón que no se debe detener nunca. Es el sabio que “saca” de lo nuevo y de lo viejo.

Hoy meditando en estas cuestiones, la liturgia me sorprende con el evangelio del perdón. Pedro que le pregunta a Jesús cuantas veces hay que perdonar, “siete veces” y Jesús le responde “setenta veces siete”. Es decir, siempre.

Muchas veces he escuchado a predicadores decir que perdón es sinónimo de olvido. Dios perdona y olvida, perdón y olvido.

Qué profunda contradicción (y no en el sentido kierkegaardiano, sino en el sentido bíblico de la palabra necedad), ya que estos siguen manteniendo la cruz en sus iglesias, ¿cómo poder olvidar, teniendo un crucifijo con Cristo ultrajado en él?

El perdón, hay que decirlo, no es sinónimo de olvido. Porque si fuera así, ¿qué sentido tiene la liturgia? Qué sentido tiene que en cada domingo de ramos y viernes santo, año tras año, se lea la pasión, entera, de Nuestro Señor. Somos un pueblo que no quiere olvidar. Y es por eso que en la liturgia del sábado de pascua leemos las nueve lecturas del antiguo testamento, y lo hacemos en penumbras. No queremos olvidar y no debemos olvidar los hechos. No debemos olvidar la cruz, primero, para alegrarnos por su amor y, segundo, para “nunca más” permitir una injusticia tal.

Nunca me voy a olvidar una escena que presencié algunos años atrás. Era una mamá que, para separar a sus hijos de una disputa, le dijo a aquel que había recibido el agravio de su hermano, que tenía que perdonar y olvidar. La frase era algo así… “¡¡¡listo, basta, Juan, perdonalo y olvidate, acá no pasó nada!!!”. Un verdadero imperativo categórico. Más que para resolver el conflicto sonaba a sacarse el problema de encima.

A eso suenan los predicadores que muchas veces invitan a perdonar y olvidar. Es como si dijeran: ¡¡basta, no me traigas problemas!!  Listo, acá no pasó nada.

Y si no pasó nada… ¿por qué siguen los Crucifijos?

Los Crucifijos siguen ahí, para enseñarnos que la humanidad puede hacer y aprobar, muchas veces, hechos, atroces, espantosos, crueles, de los que todos en mayor o menor medida somos responsables. Y es necesario tenerlos “ahí” para decir con fuerza “nunca más”.

Volviendo al tema del perdón, me surge la pregunta, ¿cómo debe ser el perdón? ¿Qué es perdonar?, ¿cómo perdonar?, quizás esto me ayude: “Dios quiere que el pecador se arrepienta y viva”, “Dios ama al pecador y odia el pecado”, “perdonar no es ser cómplice de la injusticia hecha, ni justificar el hecho para que permanezca”. Es por eso que en el sacramento de la reconciliación Dios pulveriza la falta, no la quiere. La quiere, más bien, destruir.

Absolución sinónimo de pulverización, que no es lo mismo que dejar algo debajo de la alfombra. Por más que olvide “algo” por no considerarlo, no quiere decir que ese “algo” haya desaparecido.

Esconder algo, para que nadie lo piense y lo recuerde, no tiene nada que ver con perdón cristiano.

Si hoy nuestro pueblo conservara fresca su memoria, sería un gran aliciente para el “nunca más”. Aprender del pasado para no cometer los mismos errores.

Parafraseando al maestro que dijo: “vayan y averigüen qué quiere decir…” “piquete y cacerola la lucha es una sola”, al menos si la recordáramos tan sólo una vez.

Analizar nuestra historia, recordar las dictaduras, la memoria de una guerra injusta, las consecuencias de políticas que llevan a un pueblo a hundirse cada vez más en la pobreza, los derechos que se van, esa es nuestra historia o una parte de ella, ¿por qué no pasarla nuevamente por nuestro corazón y conciencia?

Nada se va a solucionar si ponemos nuestra historia debajo de la alfombra. Hay que destruir (absolver) el germen, el virus de la ignominia. Para eso hay que rezar con nuestra historia, ya que eso es lo que somos y, si ya no lo queremos ser más, debemos tener memoria. Lejos de justificarnos, de ocultar, de tergiversar o minimizar, ¡la historia hay que anunciarla! Anunciar nuestra historia, como anunciamos la muerte de Cristo. Solo anunciando la muerte proclamaremos la vida.

Ardua, pero loable tarea, la del cristiano, hermosa y bendita tarea la de armonizar justicia y paz. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados, y bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios.

En esta línea de pensamiento y buscando la profunda reconciliación y unión de los argentinos, propongo para nuestros colegios cristianos-católicos un trabajo sobre la vida y obra de Monseñor Enrique Angelelli y compañeros mártires. Figuras que nos ayudarían a dicho fin. Proponer que sus vidas se aborden desde la mayoría de sus ángulos posibles. Involucrando a profesores de historia, ciencias sociales, catequistas, etc. ¡¡Todo el 2019 trabajando por comprender su mensaje!! A modo de lectio divina, intentando lograr lo primero, comprender la historia, el resto se lo dejamos a Dios.

Ojala seamos coherentes; si no nos gusta la vida de Angelelli, pues entonces quitemos los Crucifijos.


* Gustavo Larumbe es actual vicario de la Basílica San José de Flores.

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