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domingo, 14 de enero de 2018

Mis simpatías todas argentinas, y yo voy a dar mi vida por este país tan raro

"La causa justa", por Osvaldo Lamborghini

Ilustración: Carmen Cuervo

Terminado el partido empezaban, lamentablemente a “desarrollarse los acontecimientos”, las pioladas y las bromas de mal gusto, ese repugnante clima de “formamos todos una gran familia” creado generalmente por los acostumbrados al naranjín, pero que la juegan de campeones del “vinacho” –como dicen ellos, y que a las tres copas ya perdieron, ya están en pleno show, pero manifestando sus preferencias por el género sentimental–: abrazándose con todo el mundo, babeándose y buscando una manera infalible de asegurarles amistad a todos los compañeros. Los más inteligentes y seguros de sí mismos creen, en algún momento, haberla encontrado. Pegándose una fuerte palmada en la frente, empiezan a llevarse a sus colegas aparte, uno por uno, para decirles en plan confesional:

–Mirá, hermano, yo te quiero tanto que, te lo juro por mi madre, te chuparía la pija si fuera puto, sí, te lo juro, y vos sabés que yo no soy puto.

Este tipo de declaraciones creaba problemas, y el encargado de relaciones públicas internas tenía que andar a los saltos para evitar trifulcas, pues muchos de los “tan queridos” que su compañero llegaría a ese extremo (si fuera puto) para demostrárselo, pero el tan querido (sabía que no era puto), con lágrimas en los ojos y además una lógica perfecta, deducía que la respuesta adecuada era:

–Y vos sabés que yo estaría a tu disposición: lo primero que haría al levantarme a la mañana sería enchufártela en la boca. Te digo más, me quedaría sin trabajo, porque te inundaría de leche la garganta en la misma jeta del Gerente General. (Este, que estaba presente, opinaba para sí que había otras formas de manifestar la amistad.)

Y ya empezaba la pelea, precedida de diálogos aclaratorios de asombrosa lucidez:

–A mí no me inundarías de leche un carajo, ¿o al final te creés que soy puto en serio? ¡Avisá! Sos vos el que la mirás con cariño...

Como ya tenían audiencia, ninguno de los dos quería dar el brazo a torcer (ni a coger, dado el tema en cuestión). El defraudado porque primero le ofrecían chuparle la pija, y después cagarlo a trompadas, quería comérselo vivo al incoherente de mierda:

–Para que lo sepas, viejo, a mí no me gusta la carne de chancho, y tampoco soy ningún bufarrón. Buscate un marinero, si no andás muy necesitado: si estás muy caliente a Vos no te basta toda la tripulación de un portaaviones...

Chupapijas (si fuera puto) alcanzó a ponerle negro el ojo derecho, y El Desocupado (por dejársela mamar en la misma jeta del...) buen derechazo a la mandíbula y además la siguió obsesionado con el tema de dejársela chupar (¡por su culpa se había quedado sin trabajo!):

–Si yo quiero que me la chupen, tengo diez minas que andan relocas por prendérseme a la teta.

El otro boludo, también incansable:

–Claro, vos tenés tetas: ¿Qué marca de corpiño usás?

Volaban las trompadas, pero poquito: la nula resistencia para el alcohol y el exceso de público ayudaban a evitar desgracias. Pero:

En cierta ocasión, ayudaron estos dos giles a la aparición de un fanático de la verdad: El japonés, ingeniero electrónico, demasiado impasible (era muy tímido, a escondidas se había tomado tres cinturones negros, perdón se quiso decir tres vasos), con toda calma les explicó que irían a parar todos los degenerados al hospital, hasta Nal.

–¿Y por qué? –preguntó Nal.

–Vos los excitás, vos, culón.

Que irán a parar todos al hospital, o directamente a la tumba, si era muy fácil: mientras él los iba matando a todos, todos a la fosa común. Aquello era tierra, no asfalto.

Hablaban en serio.

En serio partió por la mitad a todas las sillas de madera con el canto de las manos: ¡Karatecas!

Fue una vergüenza. Todos (29) se refugiaron en las duchas y lograron trabar la puerta. Desde una ventana parlamentaban con el señor Tokuro, inútilmente.

–¿Pero en qué lo hemos ofendido, hombre? –le preguntaba Heredia, el que quería tanto a todos que les chuparía la pija (si fuera puto).

Tokuro: El que falta a la palabra falta al honor. El que hoy falta al honor, traiciona al amigo, es capaz de traicionar Patria y Emperador.

Con la puerta trabada, Heredia otra vez empezó a envalentonarse:

–Pero cortelá, Tokuro, yo no faltaba a ninguna palabra, a ningún honor, tampoco traicioné. Y no me venga con su puto Emperador.

Tokuro: Para la conversación exacta, las mismas palabras. Ya mismo pido disculpas por grosería que tendré yo, Tokuro, es decir. Usted le dijo, señor Heredia, al señor Mancini que le chuparía la pija tanto le quería. Yo no lo he visto. Ahora, ofensa grave: dijo “puto” a Emperador Japón.

Heredia empezó a aporteñarse otra vez:

–Pero avivesé, Tokuro, yo le dije que se la chuparía si fuera puto. Hasta se lo juré por mi vieja, y le aviso, ¿eh?, le aviso, yo con esas cosas no juego.

Tokuro: Pero ¿usted quiere a señor Mancini?

Heredia: Eso no significa que vaya a chuparle la pija. Eso sería en el caso de que yo fuera puto.

Tokuro: Usted es puto.

Heredia: Mire, Tokuro, debe ser un lío que usted se hizo con el idioma.

Tokuro: No, ningún lío con el idioma. Usted es puto.

Heredia: Me parece que esto va a terminar mal, no me obligue, Tokuro, todo tiene un límite...

Mentira: Tokuro, cinturón negro y aterradora fama de violento cuando se creía en la causa justa. Heredia estaba cagado hasta las patas.

Tokuro: Yo lo obligo. Usted tiene que chupar pija a señor Mancini...

Heredia: ¡Pero cómo, cómo...!

Tokuro: Yo no sé cómo. Yo no soy puto.

Heredia: Señor Tokuro, todo era una broma. Usted interpretó mal.

Tokuro: Yo entendí bien. Usted le dio el sí. Que incluso se la haría chupar aunque estuviera frente al Gerente General. ¿Miento, señor gerente general?

Gte. Gral.: No, no es que mienta, ocurre que según el nivel del diálogo, la confraternización se excede. Usted sabe, una palabra trae a la otra.

Tokuro: Pero Heredia quería chupar pija Mancini, y otra palabra trae Hiroshima.

Heredia: ¡Si fuera puto! Entienda, Tokuro: me encantaría chuparle la pija a Mancini si yo fuera puto, lo elegiría a él para que me rompiera el culo.

Tokuro: Es puto. ¿Por qué si no pensar qué cosas haría si fuera puto?

“El coro” empezaba a hartarse. Que Heredia y Mancini se las arreglaran con Tokuro... Así se lo dijeron a Heredia.

Heredia: Soy un buen muchacho, señor Tokuro, se lo pido por favor... (llorando a lágrima viva). No podré volver al trabajo, ni a mi casa...

Tokuro: Uds. deciden. Yo quiero aquí fuera a Heredia y Mancini. Uds. creen que esa puerta es segura. La rompo y entro. Golpe en el cuello a cada uno. Golpe mortal. Uds. deciden. Gerente debe venir también. Mancini dijo que se la dejaría chupar en su propia jeta.

- - -

Era un atardecer cualquiera, o como diría el más canalla de los sofistas: cualquiera (era un atardecer). Una bandada de pájaros quería volver a sus nidos. Precisamente. Precisamente eso era lo difícil. Si la bandada, disfrazada de jugadores de fútbol, se atrincheraba en unas duchas, atemorizada por un solo pájaro, el samurai, un pájaro con la manía del honor. ¿Deben tener coraje los hombres? Un arquero Col-on ¿tiene además la obligación de ser un héroe? Porque cada uno había pasado lo suyo en la vida. Y ahora, que todo parecía haberse tranquilizado, tenía que reaparecer, como un fantasma: Lo Suyo en la Vida, otra vez. Qué traidor, qué puñalada podía ser un poco de esperanza. Miraron a la Empresa como pidiéndole amparo. La Empresa era el Gerente General, el doctor Mariano Soria. A nadie le importa Mariano Soria. Pero la Empresa, ahora resulta evidente, no estaba preparada para enfrentarse al Tokuro de la palabra empeñada ni a la fuerza que generaba, esta vez en su propia contra, esa palabra empeñada e incumplida por dos de sus más humildes representantes. Ya discutían en la sala de las duchas para que luego, solidarios y unidos, ese nipón demente no los desnucara por el último chiste, cuando, claro todo se trataba de un simple chiste, y a los gritos, desde la ventana, se lo comunicaron a Tokuro:

–¡Todo se trataba de un simple chiste!

El sol tocó la blanca dentadura del señor Tokuro, quien pensó unos minutos y luego, riendo con su risa más límpida, exaltado, se les unió sin abandonar su puesto. Dijo:

–¡Todo se trataba de un simple chiste!

–Pero, claro, señor Tokuro. –Nal se atrevió (increíble) a contestar por todos–. Si todos somos amigos y trabajamos juntos, nos ganamos el pan en la misma Empresa, lo de prometerse esas cosas es una costumbre de nuestro amado país, la Argentina, ahora en guerra con el Imperio Británico.

Eufóricos, todos al unísono:

–¡Argentina, Argentina, Argentina!

Todavía con destellos en su dentadura, el señor Tokuro se levantó adoptando un aire marcial cuando se coreó una vez más la palabra ¡Argentina! El señor Tokuro entonces confesó:

–Mis simpatías todas argentinas, y yo voy a dar mi vida por este país tan raro. Argentina: ¡todo era un simple chiste! Esto me alivia. Los iba a matar porque estaba triste por la deshonra de la palabra incumplida. Yo me alisté como voluntario para Malvinas.

Miró los avances del cielo, cuyo color natural, mañana o en mil años, retornaría. Era un país enorme y raro, lleno de chistes, pero la palabra se cumplía, pensó. Luego cortésmente:

–Gracias. Ayudaron a conocer a extranjero esta tierra. Algún día comprenderé la llanura de sus chistes. Pero me alegro porque la palabra será cumplida. Vengan, señor Heredia, Gerente, señor Mancini. Yo puedo desempeñar el papel de testigo. Cierran las ventanas y que nadie mire repugnante acto íntimo que se va a cometer. Vengan, señor Heredia, señor Mancini

miércoles, 9 de julio de 2014

El virtuosismo de la gambeta y el amague en el tango

por Lidia Ferrari

Cuando se arriba a un cierto virtuosismo, el baile del tango puede deparar un placer particular: el que da la inteligencia, la rapidez, la velocidad en el acto de amagar y de gambetear.
Ese juego donde el que conduce está en posición de amagar un movimiento y de sorprender a su partenaire. A su vez, la bailarina virtuosa, podrá sorprender al hombre captando su amague y yendo a ese lugar donde él, supuestamente, podría no encontrarla. Por supuesto que se trata de momentos de excelencia del baile. Esto sucede cuando ambos partenaires confían uno en el otro. Confían en la inteligencia y en la sensibilidad del otro. No es como en el fútbol, una lucha para vencer al contrincante. El placer de ambos está en exacerbar la propia bribonería para jugar a sorprender y ser sorprendido en la mutua complicidad en el juego
El hombre amaga ir hacia la izquierda y luego va hacia la derecha. La mujer no sabe, pero su afinada percepción lo capta y va. El placer se produce cuando el hombre que amagaba en esa dirección ve que finalmente ella lo sigue, dando un toque rítmico al movimiento, o poniendo una pausa al movimiento valseado, agregando unos centímetros al paso que lo obliga a responderle con un giro, o con una espera. Cuando esto se produce ambos están convencidos de conversar al nivel más elevado en el que se puede dialogar: el de la ironía y el del humor. Ambos están sacándose chispas mientras bailan, aguzando la inteligencia y la sensibilidad para hacer crecer el baile que se realiza, más allá de ellos, en esos pasos que se van construyendo, mientras disfrutan de esa conversación ingeniosa.
Cuando se llega a ese virtuosismo del baile se entiende por qué no es cierta la frase de que el tango es un pensamiento triste que se baila [1]. Sin duda, esa expresión no proviene de los bailarines. Puede ser una expresión de quienes se demoran olfateando el borde melancólico del tango. Pero cuando se logra llegar al amague y a la gambeta en el baile, asoma la sonrisa pícara. Esa sonrisa del propio placer cómplice. A veces se trasluce en los rostros. Es un juego donde nadie afloja. La mujer se deja llevar pero mostrando que sabe jugar muy bien, que no se amilana con los amagues, que puede seguirlo. Por supuesto que más de una mujer queda patitiesa (palabra exacta para describir ese momento) como los ingleses ante la prodigiosa gambeta cósmica de Maradona en el 86. Los bailarines esperan otro Maradona que les obligue a aguzar su sensibilidad. Pues no se trata de vencer a la mujer, sino de bailar con ella.
Es clara la correspondencia entre la agilidad y destreza de los pies en los bailarines de tango con la de los futbolistas. Relación obvia para los rioplatenses que gambetean y juegan con sus pies con astucia y equilibrio. Uno de los puntos más altos del intercambio del baile entre hombre y mujer en el tango se produce en esa dialéctica engañosa entre ambos.
Esquivar, evadir, hurtar el cuerpo en el fútbol. Cuando alguien logra hacer una gambeta, se trata de una formación de compromiso entre dos aspectos: el éxito del propio movimiento y el fracaso del otro. La gambeta se le hace a otro, si no sería mera habilidad de los pies. El éxito de la gambeta es dejar al contrincante en el camino.
Quizá no se podría hablar con precisión de gambeta cuando se baila el tango. ¿Quién le haría la gambeta a quién? Con propiedad se trata de un abrazo, en todo diferente de dos cuerpos enfrentados como en el fútbol. Pero, cuando se ha llegado a cierto virtuosismo del baile, el juego entre hombre y mujer está en ese sutil juego de la elusión para el encuentro. Parece contradictorio.
Según el esquema clásico, el hombre conduce y la mujer lo sigue. Pero no lo hace para responder instantánea y automáticamente, sino para iniciar el juego de ese baile entre dos. El “entre dos” es el baile mismo, lo que se produce ni en lo que hace el hombre ni en lo que hace la mujer, sino en lo que van construyendo uno con el otro. Allí, en ese espacio de frontera amplia, que a veces queda más del lado del hombre y a veces más del lado de la mujer, en esa conversación se juega con la ironía. La ironía sería la figura que mejor precisa la gambeta en el tango. Te digo que quiero ir hacia allá, pero voy hacia otro lado, pero vos estás despierta para ir a ese lado donde voy a ir yo. Nos encontramos en el mismo sitio, pero después de haber probado el amague.
Hay varios movimientos en el tango que remedan una gambeta de a dos. Son usuales las “arrepentidas”, movimientos que cambian abruptamente de dirección. Son momentos de corte en la línea del movimiento. Se juega en el tango con quebrar la inercia del movimiento, con la agilidad necesaria para que el baile siga siendo fluido, suave. La verdadera “habilidad” es comunicar ese repentismo del cambio del movimiento. Por eso no es fácil. Porque no es esperable. El cambio de dirección o de sentido requiere una precisión tanto para su ejecución como para su conducción. Requiere del que sigue una sensibilidad tal que parece que adivina la intención de su partenaire. Está tan preparada para continuar el movimiento de acuerdo a su inercia como para responder con agilidad ante un cambio repentino.
Esta habilidad para el cambio en movimiento es lo que le da el carácter al tango. No se trata de tomar envión y continuar casi indefinidamente como en el vals tradicional, cuyos verbos distintivos son seguir, fluir, continuar, circular, prolongar, proseguir, rodear.
En el tango el placer está en la gambeta, en el corte, en el repentismo, en el cambio, en el freno y giro, para cambiar, sorprender, sortear, evitar, reaccionar, esquivar, maniobrar, eludir, simular, amagar, que son sus verbos.
No se trata de la estabilidad de un movimiento que fluye sólo por su inercia, sino cambios y variaciones de los movimientos en forma fluida. Hay sorpresa continua. Es la estética del cambio. Lo interesante es que esa dinámica confluye al interno de la pareja. No es fácil seguir los trancos al que conduce cuando juega con estas habilidades. La satisfacción de la mujer en este nivel de intercambio está en bailar con toda su entrega y disponibilidad, a la par que su sagacidad y agilidad.
Cuando se alcanza este nivel de diálogo humorístico-irónico están hablando un virtuoso lenguaje al que pocos tienen acceso. Si en el tango se bailara allí donde se espera siempre, si no se jugara a rodear el encuentro, sería más aburrido. La picardía se pone en juego. Bailar tango es ser sutil y jugar en los preliminares del encuentro que se desea pero no se quiere ya.
En el tango, se alcanza este virtuosismo no sólo con la técnica, la experiencia, el aplomo, el conocimiento, los años de baile, las horas de vuelo en la milonga, sino con la capacidad para el juego, el asombro y la sorpresa en una plena conversación.
Existe otra gambeta imprescindible a la hora de bailar el tango, la de la música. El director de orquesta, los músicos, los más claros exponentes de la rítmica tanguera, ejecutan una música que, frecuentemente en su interpretación, le gambetea al pentagrama, al compositor.
Los intérpretes ponen una nota que amaga terminar en un compás, pero se arrastra un poco para terminar cuando ya comienza la otra. Esas maravillosas orquestas como las de Troilo, D’Agostino, D’Arienzo, Di Sarli, Tanturi, Gobbi gambetean las notas y las ponen donde ellos sienten que hay que hacerlas sonar, siempre una micronésima de segundo antes o después donde la esperaría un oído adiestrado en la rutina. Esos personalísimos cantantes como Goyeneche, Fiorentino, Vargas, Echagüe, Campos agregan sus propias gambetas y juntos con los directores y toda la orquesta nos ofrecen una sinfonía de amagues y gambetas musicales, nos señalan la senda para interpretar el baile. Un camino que se va haciendo en la marcha, que se improvisa, que se va creando mientras se gambetea, cortésmente, a los otros bailarines que disputan la pista.
En la pista, entre la música que suena proponiendo amagues burlones, los bailarines le ponen lo propio. Esa música resuena en las entrañas obligando a jugar con el tiempo de la música y a no poner el pie allí donde se lo está esperando. Pisamos un poco antes o un poco después de lo que espera “la gilada”, diría un porteño ensoberbecido en su destreza. Pero no se trata de la gilada. Se trata de aquellos que todavía deben jugar un largo rato antes de convertirse en creadores e inventores de un juego tan efímero como celestial.
Cuando se pudo hacer esa gambeta magistral que hizo rebotar el corazón un segundo después en el piso; cuando la compañera logró interpretar el rebote y a su vez puso su síncopa-gambeta, entonces el gusto está en terminar muy académica y pentagramáticamente en el chan-chan final. Somos obedientes en esos dos últimos compases. Durante los tres minutos previos, hicimos con la música aquello que proponían las orquestas: amagar, gambetear, jugar con ella.

Fragmento del libro Tango. Arte y misterio de un baile. Corregidor, 2011.

[1] No se entiende bien el éxito y difusión que ha tenido esta frase, que no compartimos. Hay quienes la consideran un equívoco. Borges la considera una frase rara, que lo desconcierta, pues “Parece escrita por una persona que nunca hubiera oído un tango en su vida”, en Sorrentino, Fernando. Siete conversaciones con Jorge Luis Borges. Buenos Aires, El Ateneo, 2001. Asimismo Juan José Saer cuestiona esa tradición “según la cual el habitante del río de la Plata es introvertido, triste, solitario y silencioso”, pues considera que fue decretada “por algunos intelectuales... que se basaban en alguna que otra letra de tango, sin ponerse a pensar que esas letras eran la versión popular miniaturizada de los melodramas musicales italianos y franceses” . Saer, Juan José. El río sin orillas. Buenos Aires, Alianza, 199.

viernes, 20 de junio de 2014

Un Largo Mundial

NOTA DEL EDITOR: Esta entrevista fue publicada originalmente en el blog La música es del aire, editado por Santiago Segura. Forma parte de una serie de charlas futboleras titulada LMEDA Mundial, que durará lo que el Mundial de Brasil. "El Mundial -explica Santiago- nos servirá como excusa para bucear en las vivencias y los pensamientos de músicos y periodistas argentinos acerca del deporte más popular en nuestro país y en el mundo". Antes de esta nota ya fueron publicadas otras: al músico Pol Neiman, los periodistas Federico Anzardi y Sebastián Lino, y la fotógrafa Andy Cherniavsky.

Llegamos a la primera semana de Mundial y el balón sigue girando en Brasil. Mas en La Música es del Aire, esta vez, ponemos la pelota bajo la suela para detenernos en las palabras de Oscar Cuervo. Profesor de Filosofía de la UBA, sabio del cine -estudió en el ENERC-, director de la revista Parte de Guerra en los '90 y, desde 2003, director técnico de ese monstruo de tres cabezas llamado La otra: primero notable revista, luego nocturno programa de radio en las madrugadas de FM La Tribu y, por último, hipervisitado blog (en el blog encontrarán enlaces a todo lo demás, por supuesto). Oscar está lejos de ser un gran fanático del fútbol, pero su mirada analítica siempre aporta al debate. Nos cuenta que es de Huracán pero no mira los partidos; que le simpatiza la figura de Maradona (con leves reparos); y que, a pesar de no ser un ferviente futbolero, lejos está de las posturas antifútbol de Jorge Luis Borges y Juan José Sebreli. Allá vamos:

HURACÁN, EL BARRIO Y LOS RELATOS ÉPICOS

- ¿Hincha de?

- De Huracán.

- Sé que no sos precisamente un fanático del fútbol...

- Efectivamente no soy fanático del fútbol, pero tampoco soy fanático del antifútbol. Digamos que me produce una amable indiferencia, siempre que cerca de mí no se pongan muy densos, onda Tano Pasman o violentos como barrabravas. El fútbol me cae simpático como juego, siempre que se lo tome como juego.

- ¿Sos de Huracán por simpatía barrial o por herencia familiar?

- Soy de Huracán por barrio, por estirpe. Mi papá lo es; un tío mío jugó en la primera de Huracán hace dos billones de años, el Turco Rueduch; mi abuelo materno trabajaba en la Quema: el predio donde se quemaba la basura de la ciudad, que quedaba al lado de la cancha, de donde sale el adjetivo los Quemeros para referirse a los hinchas de Huracán; mis abuelos eran muy pobres y llevaban a mi mamá (de chiquita) y a sus hermanos a buscar cosas valiosas, como ser cubiertos o cosas así que la gente en aquel entonces tiraba a la basura. Digamos que Huracán me evoca todo eso. Barrio de casas bajas, todavía, mucho cielo. Además el logo de Huracán me parece un gran hallazgo de diseño. Me parece que es el logo más lindo del fútbol argentino.


- Coincido, es un escudo muy lindo. ¿Y mirás algún partido o sos hincha de sólo para tener qué contestar cuando te lo preguntan?

- Hace mucho, pero mucho que no miro un partido entero. Miro un rato y me distraigo, así sea, como fue en estos días, una final entre Huracán e Independiente en la que se decidía el ascenso. No es por ningún principismo, sino que me distraigo y me pongo a leer otra cosa.

- ¿Hay algo que te acerque al fútbol, algún personaje o algún aspecto del juego que te resulte atractivo?

- Me gusta cuando el fútbol genera relatos épicos, las grandes finales del Mundial que tienen alternativas dramáticas, los equipos que remontan un partido a pura garra, cuando Maradona hacía jugadas asombrosas e inolvidables en el '86, cuando lo sacaron del Mundial por el doping positivo; me acuerdo de un partido en el que Palermo hizo algunas jugadas heroicas bajo una lluvia torrencial... 

- El gol en las Eliminatorias del Mundial 2010, contra Perú.

- Debe ser ése. O una madrugada en que Argentina quedó fuera del Mundial, cuando los partidos se jugaban a las 5 de la mañana, ¿supongo que sería en Japón? Recuerdo a Batistuta arrodillado llorando y me parece que era un buen equipo al que le faltó definición. Me quedan imágenes, pero me olvido del argumento. También tengo algunos recuerdos auditivos: los jingles que se pasaban en la cancha de Huracán cuando yo era chico: “si su piloto no es Aguamar, no es impermeable, se lo puedo asegurar...”, o “Proveduría Deportiva tiene de todo, todo, todo...”. Eran unas músicas horribles, mezcla de tarantela y marcha militar, y salían por los parlantes con un tremendo sonido a lata que rebotaba contra el aire frío de la tarde. Me producían una mezcla de fascinación y repudio musical... (Risas).

DIEGO, MESSI Y LOS MUNDIALES

- ¿Qué te despiertan, por ejemplo, Maradona y Messi?

- A Maradona le tengo mucho cariño, aunque a veces su necesidad de estar siempre exponiendo su vida familiar me satura. Por supuesto que es el mejor jugador que vi. Además sus posiciones políticas me resultan simpáticas, aunque a veces también derrapó en ese sentido. Me parece un genio comunicacional, acuñó algunas grandes frases que ya forman parte de habla popular, como “se te escapó la tortuga”, o “la tenés adentro” y mil más. Ahora lo vi en el programa De Zurda, junto a Víctor Hugo, y me da la impresión de que el programa está hecho por gente inepta, que no sabe de televisión, porque sólo así se puede desaprovechar a dos monstruos de la comunicación como ellos. Falta un productor que entienda el lenguaje televisivo, entonces los dos están rígidos y solemnes y pierden lo mejor que saben hacer.

- ¿Y Messi?

- Messi: no me produce nada. Como persona me parece muy aburrido, jamás lo escuché decir algo interesante. Es un bicho experimental, me parece, que no tiene en la cabeza nada más que fútbol y dinero (a diferencia de Diego, un tipo que se apasiona por muchas cosas). Pero a la vez me encantaría que esta vez jugara muy bien e hiciera un Mundial que todos recordemos, que lleve a la Selección bien alto y que haga goles memorables, como los de Maradona. Me encantaría que se haga verdad su fama de crack, algo que en la Selección nunca demostró. Nunca vi a Barcelona, por lo tanto nunca lo vi jugar maravillosamente. Entonces espero que este Mundial deje una huella indeleble.

- Durante el Mundial 2010 escribiste: “OK. Señores: empezó el Mundial. Todo muy lindo, me voy a dormir. Despiértenme el 11 de julio a las seis de la tarde”. ¿Toda tu vida fuiste de odiar los mundiales?

- ¿Dije eso en el Mundial 2010? ¿En Facebook? 

- No, lo escribiste en el blog.

- No me acordaba. Sería que en ese momento no estaba muy enganchado. En realidad no odio los mundiales, me divierte la conmoción social que producen, la gente que llena los bares y se pone a conversar con desconocidos, la manera como atraviesa la vida cotidiana del país. Yo miro con interés no los partidos en sí, sino lo que generan en la sociedad. Ahora, si alcanza cotas muy altas de chauvinismo, de triunfalismo o de depresión, entonces me produce rechazo. Preferiría que se lo tomara con un espíritu más de juego y no como una tragedia ni como una gesta heroica. Sé que pase lo que pase, con Argentina campeón del mundo o siamo fuori della copa, en pocos días todo vuelve a la normalidad. Lo que sí me está saturando es la publicidad.

- Es insoportable.

No puedo creer que se apelen a argumentos tan berretas como “los argentinos nos volvemos todos buenos y amamos a nuestro país y somo capaces de hacer cualquier cosa por nuestra Selección” y boludeces por el estilo (risas). Ese tipo de instrumentación me hace detestar el fútbol, sobre todo cuando la gente la asume como propia. Quizás a eso me refería la vez que puse que me iba a dormir hasta que terminara el Mundial.

- ¿Y aprovechás para hacer otras cosas mientras todos están encerrados mirando los partidos? Ir al cine, al teatro, a un show...

- Generalmente cuando todo el mundo está pendiente de los partidos me dedico a hacer otra cosa, ir al cine, leer, u observo como el ritmo de la vida se altera. Depende de cómo me agarre. Quizás me engancho con la Selección y empiezo a mirar los partidos. Si pierden me voy a entristecer un rato y en seguida se me va a pasar. Lo mismo si ganan.

- Pensé que tenías una visión más negativa respecto del deporte. Lejos estás de la postura borgiana de “once jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco, algo absurdo y pueril”.

- No, la postura borgiana no, menos aún la de Sebreli, que me parece un soberano estúpido. Creo que el fútbol es bello, el juego tiene inteligencia y dramatismo, que es muy lindo observar a los grandes jugadores o a los equipos que están bien ensamblados. Lo que rechazo es la violencia por la que se puede querer linchar a un hincha del equipo rival, ese tipo de identidad reactiva que te lleva a odiar al contrario me resulta muy detestable.