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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Lo que no ha de ser

por Paulo Manterola

La aceptación de lo inevitable. La impotencia ante la imposibilidad de esta premisa, la negación de lo evidente. Este tipo de cuestiones suelen conducir a ninguna otra cosa más que a la locura, la obsesión, la negligencia. La fe, de alguna forma, tiene algo que ver con eso. Schopenhauer lo sabía, sí. Y Joaquín Murat, conde, rey, hermano ante la ley y protegido de Napoleón, pudo intuirlo, adivinarlo, aunque no comprenderlo. Testimonio en carne y hueso de esta imprudencia del alma humana que determinó su existencia. Y así fue que, siendo un virtuoso estratega militar, se dedicó en cuerpo y espíritu a un fin tan ruin y bajo, de forma tan magnánima y temeraria, que resultó en definitiva tan ineficaz como insignificante.

Murat sentía una honda pasión por la música, aunque nada de talento poseía. Sentía también cierta inclinación hacia la teología, la cual fue, por algún tiempo, su objeto de estudio (una vez descartadas sus aspiraciones musicales), pero que finalmente abandonó. Nacido en la segunda mitad del siglo XVIII, en un pueblo pequeño y de pocas ambiciones cerca de los pirineos franceses, pasó su infancia entre los muros de la posada de su padre. Allí conoció a todo tipo de hombres, mujeres y culturas. Sus días trascurrían entre las tareas religiosas que su padre lo obligaba a cumplir y su ávida curiosidad por las misas y liturgias de la música sacra. En vano intentaba sacar algún sonido de un viejo violín que un viajero le había obsequiado; sus dedos no estaban hechos para esos afanes. Su voz tampoco era buena, apenas podía comprender una partitura y carecía de la creatividad o la fuerza de voluntad necesarias.

Los aires de la época estaban cambiando. Podía sentirse la revolución golpeando las puertas del nuevo siglo, para derribar el antiguo régimen. Murat, sin embargo, era tradicionalista, tanto en sus aficiones como en su ideología. Detestaba con ímpetu a sus contemporáneos (ellos, los músicos; filósofos y pensadores), profanadores de la belleza estética a la que aspiraba. Detestaba, por sobre todo, a Joseph Haydn, a quien tuvo la oportunidad de conocer en su adolescencia. Haydn, por el contrario, nunca lo conoció a él, ni siquiera el día en que Murat lo asesinó.

Franz Joseph Haydn sería el referente de todas las innovaciones en las formas musicales del siglo que estaba a punto de comenzar. A la vuelta de uno de sus viajes a Londres, se vio forzado a detener su camino por unos días en este remoto pueblo francés, en la posada del padre de Murat, junto a María Anna Keller, su esposa. Murat se sintió profundamente cautivado por la mujer desde el primer momento en que la vio. Ella, por su parte, se enamoró de la forma en que la cortejaba el joven. Desde ese momento, ambos mantuvieron, hasta la muerte de ella, una relación de amor y amistad que nunca llegó a concretarse físicamente.

Aquel encuentro fue un punto de inflexión en la vida de Joaquín. Este decidió dejar de lado la teología, así como cualquier esperanza con respecto a la música. Lo único que le importaba era otra cosa: encontrar la forma de unirse a su amada. Entonces, lejos de María Anna, tras estallar la revolución, se enlistó en el ejército. Allí descubrió un inesperado y sorprendente talento para la planificación y la estrategia militar; al punto que, unos años después, Napoleón solicitó sus servicios, ascendiéndolo a general. También descubrió, con más satisfacción aun, que en aquel lugar disponía de los medios necesarios para lograr su objetivo. Napoleón mantenía estrechas relaciones con la familia real húngara de los Estheràzy, los principales benefactores de Haydn.

Comenzaba a tomar forma su plan. Murat logró convencer a Anton Estheràzy de recluir a Haydn en el palacio que la familia real había comenzado a construir desde hacía treinta años, manteniéndolo como director de orquesta. La excentricidad de los encargos y pedidos de Anton, igualables a los de su padre, y el aislamiento en el que se encontraba ubicada la finca, generaron el desgaste y el deterioro tanto del músico como el de sus relaciones. Murat también convenció a Anton de hacer desaparecer todas las partituras que circularan de Haydn. Sus obras podrían ser escuchadas nada más que asistiendo a los teatros del palacio Esztheráza. La fama y la popularidad de la familia se engrandecerían aún más. Eso le decía Joaquín, para manipularlo.

Murat había perdido a su dios hacía tiempo. A menudo se preguntaba cuál sería la mayor desgracia. En algún lado había escuchado que consistía en haber sido arrojado al mundo. Un siglo más tarde esta sentencia tomaría mucha fuerza. Por el contrario, él creía que la mayor de las desgracias sin dudas era nunca haber nacido. Y algo de eso había en su estrategia. Él no pretendía simplemente asesinar a Haydn. Murat quería hacerlo desaparecer de la historia, eliminarlo de la memoria de los hombres. No era suficiente destrozarlo, humillarlo. Esto significaría reconocer su existencia. Quería que el mundo olvidara que un hombre llamado Franz Joseph Haydn alguna vez había sido.
Lamentablemente, con el comienzo del nuevo siglo, le llegó a Joaquín la noticia de la muerte de María Anna. Esto le provocó una herida que nunca se cerraría. Se puso descuidado, torpe en su accionar; sus pensamientos eran desesperados. Su desprecio hacia Haydn se acrecentó, aunque ya no importaba tanto el plan. Este carecía de sentido ya. Su ambición, sin embargo, no lo había abandonado. Se enfocó entonces en su carrera militar. Se casó con Carolina, la hermana de Napoleón. La expansión del imperio francés le daría la posibilidad de completar su obra y, finalmente, tras nueve largos años de espera, el recientemente nombrado Rey de Nápoles fue encomendado a liderar uno de los batallones en la toma de la ciudad de Viena, donde se refugiaba un Haydn ya débil y enfermo.

La invasión fue exitosa. No podía ser de otra manera. Murat no vaciló. Entró en la casa donde descansaba el músico y lo asesinó mientras dormía. Con su fusil de percusión, apuntó al rostro y disparó. Lo desfiguró por completo. Luego se encargó de esconder el cuerpo. Nadie se enteraría de que había muerto. La única persona que él conocía que podía reclamarlo ya estaba muerta también: María Anna. Su fecha de nacimiento era incierta y todo registro de su obra había desaparecido, así como su relación con la familia real de los Estheràzy.

Desafortunadamente, Murat vivió lo suficiente como para enterarse de que, durante el tiempo en que él estuvo abocado a su plan, Haydn se había hecho famoso en Londres, en donde realizó algunas de sus más grandes obras. Luego de su desaparición y la posterior confirmación de su muerte, este fue mejor conocido por el mundo entero como el padre de la sinfonía y de los cuartetos de cuerda. Murat no supo contemplar estos detalles, no tuvo la serenidad o la capacidad para recalcular sus pasos, o para sospechar que, un siglo más tarde, la medicina forense podría contarnos la historia de aquella gente que ya no puede hacerlo. Desolado ante su fracaso, traicionó a Napoleón y, desde su reino, negoció con los austríacos para declararle la guerra. Al ser vencido, volvió a suplicar el perdón de Napoleón. Finalmente, fue derrotado en la batalla de Tolentino y hecho prisionero. Ante el pelotón de fusilamiento que él mismo alguna vez había comandado, Joaquín arengó a los soldados a que abrieran fuego.

Murat no temía a la muerte. Temía el ser insignificante. No supo darse cuenta de que, habiendo dedicado tanto su vida a condenar al olvido, a la nada misma, la existencia de su antagonista, acabó siendo él intrascendente. Un personaje pueril y poco ilustre en la historia de la humanidad 1 .




1 Si bien los datos de esta crónica son, en su mayoría, comprobables en cualquier biografía escrita con anterioridad, no existen registros de que Joaquín Murat haya asesinado al compositor o de que haya tenido relación alguna con su esposa. La causa, la fecha y las circunstancias de la muerte de Franz Joseph Haydn siguen hasta hoy siendo inciertas.

martes, 4 de marzo de 2014

El viejo

por Paulo Manterola

Estaba sentado en su escritorio de trabajo, al fondo del local, ocupado –como de costumbre– en algún pedazo de chatarra al que tal vez pudiera encontrarle algún uso o fin que solamente él sabría valorar. El lugar era grande, amplio; no tenía muchas divisiones. Frente a la puerta que daba a la calle, a unos metros, estaba el mostrador donde se atendía a la clientela. Detrás de este, había un cuarto pequeño que funcionaba como cocina y, al lado, el baño. A un costado, se extendía un largo y ancho pasillo que llevaba al escritorio, su mesa de trabajo, donde pasaba la mayor parte del tiempo. Ya era pasada la medianoche. Una pequeña, débil luz parpadeaba sobre sus manos; todo el resto del local estaba a oscuras.

Sería una noche inusual, de todas formas.

Al oír a alguien tocando la puerta del frente, el viejo levantó la vista sobresaltado; aunque no podía distinguirse una figura precisa entre tanta oscuridad, la silueta esfumada tras la puerta le era familiar. ¿Quién podría querer arreglar un reloj o una cocina eléctrica o una radio a estas horas de la noche?, pensó. Un despertador quizás, si acaso se tratara de una verdadera emergencia, algo impostergable. Pero él no creía ya en ese tipo de supersticiones. Tomó el bastón que tenía a un costado de su silla y, cojeando un poco, se acercó a la puerta con un júbilo algo bastante mesurado para recibir a aquella visita inesperada.

— ¡Buenas, mi amigo! ¿Cómo anda usted?

Al viejo se le encendieron los ojos y estrechó al hombre entre sus brazos. Aunque ya había comenzado a disfrutar el pasar horas en soledad y a media luz, trabajando en cosas inútiles, la visita de su amigo era más que bienvenida y oportuna:

— No me quejo, no me quejo. Pero ¿qué te trae por acá a estas horas?

El otro se sonrió mientras le sostenía la mirada.

— Andaba demasiado despierto como para acostarme. Vos no cambiás más, Diego, querido. Pasé por tu casa y me dijo Clara que todavía estabas acá en el taller.

— Sí, pobre Clara. Es una mujer tan buena y yo, cada vez que puedo, la dejo sola.

— Sí. Pobre Clara —replicó Ariadno.

El viejo le hizo un ademán para que pase y cerró la puerta tras de sí.

— Tengo algo que contarte, ¿sabés? Es una de esas curiosidades de las que a vos te encanta hablar y debatir —dijo Diego con excitación, rompiendo el clima melancólico que se había generado— ¿Querés algo para tomar mientras?

— Lo mismo de siempre, mi estimado.

— Muy bien. Sentate nomás. En un rato, estoy.

El viejo se alejó, aquejado un poco por el cojeo, encaminado hacia el pequeño cuarto del taller, que estaba detrás del mostrador. El cuarto constaba de una pileta, una pequeña cocina, una heladera portátil y una mesada improvisada. Ariadno se dirigió hacia el fondo del local, el único rincón donde había algo de luz, tomó asiento y se puso a examinar las cosas que había sobre el escritorio. Además del artefacto en el que minutos atrás había estado trabajando su amigo, había unos manuscritos que llamaron su atención. Los tomó y comenzó a hojearlos con detenimiento y curiosidad. Mientras tanto, el viejo seguía en aquel cuartito destinado a los quehaceres cotidianos del taller, preparando las bebidas. Como todo lo que hacía, esto era algo científico, metódico para él. Las medidas precisas de cada elemento, en el orden en que debían ir, según sus parámetros. Lo disfrutaba mucho.

Luego de unos minutos, se reunió con su amigo en el escritorio.

— Listo. Acá lo tenés —dijo Diego presentándose con ambos vasos en una mano, ya que en la otra se apoyaba en su bastón. Ariadno tomó el suyo rápidamente, dándose cuenta de la dificultad de este. Luego le dijo:

— Esto es más que interesante, ¿sabés?

Diego vio los manuscritos en su mano y se rió entre dientes.

— No, no. No era esto de lo que quería hablarte.

— ¿Y de qué se trata esto? —replicó Ariadno, divertido, agitando los papeles.

— Esos escritos no me pertenecen.

— ¿A quién entonces? —preguntó.

— A una chica que conocí hace mucho tiempo. Los dejó en mi casa el último día que la vi, hace mucho mucho tiempo. Estaba pensando en reenviárselos, corregidos. La verdad es que ni siquiera sé si todavía vive: imaginate el tiempo que pasó. Pero, bueno, me dedico a eso, ¿no? Tal vez, después de tanto tiempo, sepa apreciar el detalle —dijo Diego, sonriéndose, mientras se acomodaba en la silla con esfuerzo y un leve lamento.

— ¿Hace cuánto tiempo fue esto?

— Cuando éramos jóvenes —se rió—. Más jóvenes que ahora, sin dudas.

— ¿Te acordás su nombre?

— Si mal no recuerdo, era Victoria.

— Sí. Victoria. —Ariadno se llevó una mano a la cabeza y comenzó a rascarla, jugando. Se quedó en silencio por unos instantes.

Diego lo miraba expectante

— ¿Sabés? Yo recuerdo estos escritos. De hecho, estoy comenzando a recordarla a ella también.

— ¡¿La conociste?! —preguntó Diego, sorprendido.

— Sí, sí. Antes que vos tengo que suponer.

— ¿Por qué? —dijo Diego, algo molesto e incómodo con el giro que había tomado la conversación— De todas formas, no era de esto de lo que te quería hablar, sinceramente. Pero, decime: ¿cómo la conociste entonces?

— Fue hace mucho tiempo, la verdad. Vos sabés…

— Sí, sí, lo sé. Quizás tampoco quieras hablar de esto: era una chica complicada. —Ambos se sonrieron. ¿Y quién no lo es?, pensaron— Pero ahora que veo esto, creo que la protagonista de uno de los escritos se parece mucho a cómo era ella: el de los sueños progresivos, la chiquita con el cuaderno de notas. ¿No te parece? Es decir, llegué a la conclusión de que, en ese cuaderno, la chiquita iba anotando los momentos en que los grandes sucesos de su vida deberían ir aconteciendo, como una agenda. El problema es que la vida es algo impredecible y las cosas que nos pasan no dependen solo de nosotros. Digo, en gran parte sí lo hacen, pero hay un montón de otros factores que apenas si podemos contemplar. Por eso la chiquita lo miraba tan desconcertada, aquel cuaderno: porque se borraba y se escribía solo a cada momento. Ella siempre estaba tratando de esquematizar todo, su vida, sus proyectos, poniendo plazos y fechas. Me pregunto cuándo fue que se le habrá hecho pedazos ese cuaderno, a Victoria me refiero. Sería un momento horrible y glorioso al mismo tiempo para ella.

Ariadno sonreía mientras recordaba. El viejo no decía nada. Algunas emociones se revolvieron en su pecho y lo acongojaron, pero logró controlarlas.

— Tal vez la conociste mejor que yo —dijo éste, dándole el primer sorbo a su bebida.

Ariadno lo imitó, dando un trago largo.

Entre la oscuridad que llenaba los espacios, el aire se había entrecortado. Al viejo le costaba disimular sus emociones y su amigo se daba cuenta de todo esto:

— Esta pieza en la que estás trabajando parece el corazón de un autómata.

— No lo es, ciertamente —dijo Diego, esbozando una sonrisa fingida, tímida, tratando de salir de la melancolía.

— Hace poco escuché una historia de lo más curiosa relacionada a esto que te menciono.

— Ah, ¿sí? —comentó el viejo con poco interés, pero antes de que tuviera posibilidad de cambiar de tema, el otro ya había comenzado su relato:

— En el siglo XVIII, un ingeniero, un genio científico, fanático de la electricidad –un artista en realidad, para hacerle justicia–, cuyo nombre no viene a colación, algo loco, oscuro, construyó un autómata. Esta máquina, que no era más que pedazos de metal soldados y cables, imitaba a la perfección la figura, los movimientos y los gestos de un ser humano. Por supuesto que no tenía voluntad, alma si querés. Seguía siendo un pedazo de metal, técnicamente. Carecía de la facultad de sentir, emocionarse, aun contando con un corazón fuerte y saludable, como es esta pieza que está entre nosotros.

— Un corazón en sentido figurado, claro —agregó Diego, un poco más relajado, dejándose llevar por el efecto de su bebida y por la historia que su amigo estaba desarrollando de a poco, con un talento que siempre envidió.

— Seguro, no hace falta aclarar —contestó Ariadno, con una sonrisa entre los labios, y prosiguió—.. Las emociones, los sentimientos, no tienen nada que ver con el corazón, el músculo en sí mismo: están relacionados a la psiquis. Por más inteligente que sea un mecanismo artificial, no podría acercarse siquiera a lo que es nuestro cerebro. De todas formas, no se trata simplemente de eso. Este autómata tenía una facultad extraordinaria que nadie nunca quiso o pudo explicarse: hablaba. Y no solamente eso: sus palabras eran sabias, acertadas. La gente que sabía de su existencia pagaba a su dueño para poder hablar con nuestro amigo de hojalata, le pedía consejos, le hacía preguntas sobre lo que le deparaba la vida, el destino, como quieras llamarle. Y ¿sabés qué es lo realmente curioso de todo esto?

— ¿Qué es? —preguntó Diego divertido, algo intrigado.

— Siempre daba la respuesta correcta. No se equivocaba. Nunca.

Ariadno hizo una pausa antes de volver a hablar. El viejo aguardó sin decir nada, esperando. Sabía cómo era su amigo: todavía faltaba más.

— ¡Daba consejos! Sabios, buenos consejos. ¡Imaginate! ¡Una máquina, un pedazo de metal oxidado, un ser sin alma ni capacidad emocional, intelectual o intuitiva, aconsejando a unos pobres seres humanos desesperados!

— Me cuesta un poco creer todo eso. ¿De qué libro lo sacaste? —dijo Diego, dándole un trago largo a su bebida e inclinándose hacia adelante sobre el escritorio.

— Sí, es extraño. Pero es verdad. Sin embargo —retomó Ariadno, haciendo otra pausa—, supongamos que hubiera algún truco.

— Eso sería un poco más lógico quizás.

— Pero no lo es —replicó Ariadno sonriente—. De todas formas, supongámoslo. Quisiera saber qué dice tu razonamiento lógico a todo esto, ¿te parece?

Diego asintió y se reclinó sobre su asiento nuevamente:

— Probame.

Ariadno se rió y le dijo:

— ¿Tenés idea de por qué las personas iban a verlo y a hablar con este autómata?

— ¿Por qué? —increpó el viejo, dándole el gusto a su amigo para que se explayara sobre alguna verdad asombrosa, evidente e inevitable de la vida.

— ¡Porque siempre daba la respuesta correcta! —gritó Ariadno con un suspiro triunfal mientras se echaba hacia atrás en su asiento con las manos en alto, como si estuviera sosteniendo a una criatura, con una enorme sonrisa en la cara.

Diego se quedó mirándolo, esperando.

— Suponiendo que hubiera algún truco, ¿cierto? ¿Cómo es posible que siempre tuviera la respuesta correcta? Siempre. Para cada persona. ¿Cómo puede predecirse eso? ¿Cómo puede ser que no haya fallado aunque sea una sola vez?

— Realmente no sabría decirte —dijo Diego, con menos interés en descubrir la respuesta que en escuchar de la boca de su amigo algún discurso encantador, mágico.

— Sin embargo, hay una respuesta lógica detrás de todo esto. Después de mucho tiempo llegué a verla. Es tan simple, Diego, tan hermoso todo esto.

— Decime entonces.

El viejo tomó otro trago largo, tratando de seguir fingiendo que lo divertía.

— En cada pregunta que hacemos, todos, cualquiera, ya tenemos la mitad de la respuesta ahí mismo, en la misma pregunta. Fijate en esto. No es lo mismo preguntar: ¿Dios existe?, que preguntar: ¿Dios no existe? ¿Te das cuenta? Uno no busca la verdad en las preguntas que se hace, sino que busca un convencimiento, una confirmación de algo que ya intuye o ya da por verdadero, pero no tiene el valor de aceptarlo. Uno siempre va a aceptar lo que esté preparado a aceptar en el momento en el que deba hacerlo, no más. Todas las cosas que sabemos, ya sean muchas, ya sean pocas, sobre el mundo, sobre nosotros mismos, sobre los demás, tal vez, a lo largo de nuestras vidas, podemos intuirlas; pero solamente tomamos conocimiento de éstas en el momento en que estamos preparados para aceptar esas verdades –entre comillas–, en el momento que podemos aceptarlas como tales.

Diego se rascó la cabeza. Ya no lo miraba a Ariadno. Tenía la mirada fija en el escritorio, en los papeles. Pensaba, meditaba, buscaba recuerdos, trataba de iluminarlos con estas palabras reveladoras. Todas las preguntas que quedaron sin responder sobre Victoria. Todas las preguntas que nunca se animaría a hacerle a su esposa. Se sentía desolado ahora:

— De todas formas, sería lindo creer que hay algo de magia en todo eso, en algún lugar de este mundo, en algún momento de nuestra vida —dijo Diego, de repente, para tratar de salir de esa introspección en la que se había hundido.

— ¡Y así es, Diego! —gritó entusiasmado Ariadno— La magia está en el propio engaño al que nos sometemos y no en otra cosa. Fuera la respuesta que fuese, la respuesta siempre sería la correcta, porque las personas escuchan lo que quieren que les digan, solamente eso, y lo interpretan como quieren. La respuesta no importa en realidad.

Ariadno hizo una pausa. El viejo no dijo nada, estaba aplastado en su silla, reflexionando.

— ¿Querés saber cómo lo hacía? —preguntó Ariadno.

— ¿Qué cosa? —repuso Diego, distraído.

— ¿Cómo logró este ingeniero llegar a esto que te digo?

— ¿Cómo fue? Decime.

— Basándose en el lenguaje, en la combinación de las palabras, como sistema de símbolos, asociándolos en contenidos sensoriales.

El lenguaje no es más que un fenómeno de encadenamiento de símbolos, que depende de los propios símbolos y de la actividad humana simbólica. Este ingeniero (ahora ves por qué digo que era un artista) elaboró un mecanismo que pudiera identificar y diferenciar ciertos símbolos de otros, una descomunal cantidad de símbolos, imitando la capacidad humana para utilizarlos, generando diferentes cadenas isotópicas, desde miles de grupos hasta llegar a un mínimo de dos, un grupo positivo y otro negativo. Sobre la base de esto, el autómata elaboraba la respuesta que le resultara satisfactoria a quien fuera que le hablara.

Ariadno estaba a punto de explotar de la excitación que le generaba simplemente explicar todo aquello. Lo maravillaba realmente.

Diego no sabía bien qué decir. No tenía muchas ganas de decir nada.

— La verdad que es asombroso —dijo, de todas formas, mientras jugaba con unas hojas.

— Ciertamente lo es —dijo Ariadno, notando la falta de interés del viejo.

A Diego se le encendió la mirada. Se le ocurrió algo que le daría un giro a esta conversación que ya no le resultaba seductora ni graciosa:

— ¿Y vos tenés alguna pregunta? ¿Alguna pregunta a la que no puedas encontrarle la respuesta, que no puedas ni siquiera intuirla?

— Sé que hay una respuesta —dijo Ariadno, ingenioso, con calma y levedad —, pero todavía no sé cuál es la pregunta.

— Ah, una buena declaración, debería escribirla, ¿no? —replicó Diego, sonriendo.

Ambos se quedaron unos minutos en silencio, vaciando los vasos.

Cada uno estaba reflexionando, meditando algo que el otro tal vez no podría ni siquiera imaginarse. Sin embargo, los dos estaban pensando en Victoria.

Diego se levantó, saliendo del letargo, apretó con fuerza su vaso, como cerrando el puño, al sentir el dolor que le subía por la pierna hasta su cerebro; tomó el vaso de la mano de Ariadno con algo de brusquedad, le hizo un ademán en señal de que iba a recargar las bebidas y se fue cojeando, olvidándose del bastón.

Un nuevo trago, un poco más cargado, le ayudaría a olvidar el dolor que sentía en la pierna cada vez que apoyaba su pie izquierdo en el piso. Pero, a su vez, otro que ya no podía ocultar, comenzaba a erizarle la piel. Un dolor mucho más hondo, irreparable.

Mientras, Ariadno se inclinó sobre el escritorio y comenzó a revolver los papeles:

— ¿Te molesta si le pego una hojeada a esto? —le gritó al viejo.

— No, no, para nada —respondió este con amargura.

Luego de un rato, Diego volvió con los vasos cargados y se arrojó sobre su silla, no sin exhalar un leve lamento. Una vez sentado, Ariadno le entregó unos papeles:

— Creo que éste debería ser el orden de los capítulos.

El viejo lo miró, extrañado, sin comprender en un primer momento, miró los papeles. Luego los tomó y comenzó a pasar las hojas. Era perfecto. Casi como si no hubiera habido nunca otro orden posible, como si él lo supiera.

Simplemente perfecto.

— ¿Te parece? —preguntó Diego, falaz.

— Creo que le da más sentido al relato. Ese orden. Pero es una opinión nomás. El escritor sos vos. Vos deberías saberlo.

— No lo escribí yo esto. Ya te lo había dicho.

— Ah, sí. Victoria.

— Está muy bien, sin embargo. La verdad es que nunca se me hubiera ocurrido ponerlos de este modo —dijo Diego, ya perplejo, rendido ante el genio de su amigo.

Tiró los papeles sobre el escritorio, algo molesto, en un gesto de desprecio y desinterés, y estiró la mano hacia su vaso. Lo vació de un sorbo.

Ariadno lo miraba, divertido, contento. No advertía lo que le pasaba a su viejo amigo.

Después de un largo silencio, el viejo finalmente escupió las palabras:

— Ahora, sabiendo esto que me contaste, tengo una pregunta para hacerte. ¿Me podrás dar vos la respuesta correcta? —dijo, no sin angustia y aturdimiento.

— Sí, seguro. Puedo intentarlo. Nos conocemos hace mucho, Diego. Decime.

— Está bien.

Diego abrió uno de los cajones y sacó un arma, un arma corta. La dejó sobre el escritorio, algo nervioso, aunque con calma, lentamente, sin apartar demasiado la mano.

Ariadno se asustó, lo miraba confundido, sin retirar los ojos de los suyos, interrogándolo con la mirada. No sabía bien a qué venía todo eso.

— ¿Y eso? ¿qué es? —preguntó.

— Nos conocemos hace mucho, sí
—hizo una pausa—. Te pregunto, entonces: ¿Desde hace cuánto que te estás acostando con Clara?

lunes, 10 de febrero de 2014

La araña y la mosca

por Paulo Manterola            

- No creo que pueda hacer esto, dijo ella.

Estaba nerviosa y él lo sabía, pero no le prestó mucha atención. De hecho, tampoco la escuchó la segunda vez que se lo dijo: estaba pensando en otra cosa.

Esos ojitos verdes, pícaros. Lo perdían.

-  Bajá antes de que me arrepienta, le había dicho hacía unas horas cuando él levantó el audífono del portero de su casa. Era gracioso, un poco: tenía que admitirlo. Pero ni siquiera eso le molestaba. Estaba contento, excitado. Le gustaba este juego que tenían. Lo llenaba de deseo, de ansiedad; lo hacía sentir vivo, realmente vivo. Lo exaltaba, lo cegaba, todo ese teatro. Y aunque no era algo que a él en realidad lo entretuviera, con ella era diferente: sentía que lo reinventaban a cada momento, lo resignificaban. Le gustaba cómo ella lo besaba, como si no supiera besar todavía, como si intentara poner todos los besos en uno solo, con voracidad. Le gustaba cómo lo tocaba, cómo lo recorría, con ansias y fascinación. Y cómo lo frenaba también, porque eso era parte del juego, y a él le encantaba. Cada vez que lo frenaba, él la aprisionaba y la empujaba contra sí, la envolvía con sus brazos, le hacía sentir cada centímetro de su cuerpo pegado al de ella, y se perdían una vez más el uno en el otro. Y a ella también le encantaba, pero lo frenaba porque estaba mal. Y sí, él lo sabía también: estaba mal.
            
― Hace un par de noches tuve un sueño bastante curioso, ¿sabés? ―interrumpió él, de repente, mientras ella le daba una pitada a su cigarrillo.

Era tan chica. Y tan atrevida. El mundo era suyo, con todo lo que había en él. O debería serlo, si así lo quisiera. Lo miró sorprendida. ¿A qué viene eso?, pensó. ¿No me escuchó?
            
Él se sonrió. Casi podía intuirla. Y antes de que ella pudiera decir algo, él volvió a arrancar, serenamente, pausado, con este tren de pensamientos que lo apuraba.
            
― Ya no recuerdo mucho, la verdad, pero tengo una imagen impregnada en la memoria: había arañas, tarántulas creo, saliendo por debajo de mi cama, trepando, sobre la cama, sobre mi almohada. Eran de un tamaño imposible, más grandes que mis manos; y, si mal no recuerdo, tenían más de ocho patas, diez quizás, no sé. Yo no estaba acostado ahí, no sé dónde estaba realmente, pero las veía. Y estaba aterrado.
            
― ¿Las mataste? ―preguntó ella, olvidándose de lo que había dicho hace unos minutos. Él la divertía, no podía negarlo. Su manera de hablar, el tono de su voz, la seducía. Le resultaba inexplicable, y se lo reprochaba: sos demasiado grande para mí, le dijo alguna vez.
            
― La verdad que no me acuerdo qué hice, o si hice algo. Me desperté pensando que todavía estaban ahí, con una horrenda sensación de espanto.
            
Hizo una pausa mientras ella lo miraba, atenta, examinándolo. Luego, ella bebió un sorbo de su botella de vodka; él prendió un cigarrillo, apuró un trago largo del vino que estaba mezclado con cola en su vaso y retomó.
            
― Simbólicamente, el sueño es más que interesante, ¿no te parece? Yo les tengo fobia a las arañas. Según Freud, las arañas son la representación de una madre peligrosa, oralmente devoradora y castradora. ¡Pareciera como si se hubieran conocido con mi vieja! ―se sonrió, con cinismo y algo de angustia y desesperación―. Lo cierto es que lo que el sueño simboliza, como yo lo interpreto, es que siento una amenaza; es decir, la cama, de alguna forma, es la cuna, lo es así para cualquier persona: es el lugar donde nos sentimos contenidos una vez que salimos del seno materno. Hay algo que está invadiendo, apropiándose, de ese lugar donde me siento seguro, que yo lo codifico en la figura de estos bichos. Yo pierdo ese lugar en mi sueño, estoy fuera de este. Y pierdo también todo lo que ese lugar significa: descanso, tranquilidad, sosiego. Ahora que lo pienso, incluso, es el lugar donde yo ejerzo mi sexualidad. Es decir, perdí mi sexualidad, mi deseo.
            
Ella no dejaba de mirarlo más que para beber. Estaba fascinada. No sabía muy bien qué decir. Estudiaba psicología, aunque tuvo que dejarlo; leía mucho: adoraba a Cortazar, le aburría Borges, le encantaba Pizarnik, la condesa sangrienta; hubiera querido decir que entendía a Lacan, pero no, y también le costaba un poco seguirlo a este hombre que la miraba enamorado, aunque él no quisiera que se le note. No podía, en realidad. No se lo podía permitir. Y sus propios pensamientos iban más rápido de lo que él podía hacer para atraparlos.
            
― La pregunta es: qué o quién son las arañas, ¿no? ―volvió a decir él, reanudando esta especie de monólogo. La psicología barata dice que las arañas traen prosperidad ―y soltó una risa―, aunque dice también que las tarántulas representan un mal augurio con respecto a la salud o el placer o una decepción muy grande, ocasionada por un ser querido ―se rió otra vez, aunque era más una mueca nerviosa que otra cosa―. En algún punto se relacionan. Pero, más allá de todo esto, hay algo más curioso todavía en torno a las fobias ―hizo una pausa, tomó de su vaso y siguió dibujando círculos de humo mientras jugaba con sus manos―: se dice que los fóbicos poseen una psiquis particularmente tenaz, ya que viven tratando de conciliar lo inconciliable de la relación de su psiquis con el mundo, hasta el agotamiento, una y otra vez, incansablemente. Esta tenacidad surge de la posición en la que se sitúa a sí mismo el fóbico, frente al mundo y frente a los demás: una posición de desigualdad, de injusticia. Y así vive haciendo malabares para mantener el equilibrio entre su mundo interno y el mundo externo.
            
― El fóbico ama la vida ―replicó ella, con una sonrisa, recitando―, pero teme perderse en aquello que debe aportarle satisfacción, que lo transforma en un objeto: el objeto de satisfacción; y teme, por otro lado, el rechazo de ese mismo objeto, que lo exiliaría de sí mismo. Algo así me parece que dice, ¿no?
            
― ¡Claro! ¡Es terrible, una locura! ―dijo él mientras se frotaba la nuca.
            
Ella lo desarmaba cada vez que decía algo. Realmente era maravilloso. No sabía bien si lo que más lo excitaba eran las cosas que decía u observar cómo se movían sus labios mientras hablaba. A ella le encantaba demostrar que sabía, que era inteligente, que era capaz, que era muchas cosas más que un simple complejo de inferioridad. Y a él le encantaba escucharla y verla hablar, mirarle las manos, cómo se encendían esos ojos verdes.
            
― ¿Quién fue el que dijo eso? Ya no me acuerdo ―preguntó él, divertido. Pero ella ya se había levantado de su silla.
            
― Paso al baño ―le dijo sonriendo.

En la última hora, había ido al baño tres veces. La verdad es que ella le había dicho que ya no se drogaba, pero era bastante obvio que sí. Y él no era el tipo de persona a la que le gustara poner en jaque al otro, no le divertía eso; no le importaba mucho que se drogara, aunque no sabía bien si esto se debía a que en realidad no le importaba ella. De todas formas, le hubiera gustado que ella no tuviera problemas en hacerlo delante de él.
            
El listado de canciones de la computadora arrojó al aire los primeros acordes de un tema de Luis Alberto Spinetta. A ella le gustaba mucho; a él, también.
            
Era un tema lento, delicado, exquisito. Así que cuando ella salió del baño y apareció en la sala de estar, él la tomó de la mano y la pegó a su cuerpo. No me digas que querés hacerme bailar este tema, le dijo ella. Y empezaron a moverse alrededor de la sala. Con una mano, la tomaba de la cintura y con la otra le hacía mimos en el cuello. No se acordaba cómo se llamaba la canción, ni su letra; ni siquiera podía recordar haberla escuchado alguna vez. Pero no importaba nada de eso: lo único que le importaba era sentirla a ella. Eso era lo que a él lo cautivaba de ella. Siempre que la tenía delante de él, tenía un deseo, una necesidad inapelable de sentirla, de devorarla a besos, de asfixiarla de placer, de deshacer su cuerpo, centímetro a centímetro, con un vehemente erotismo, y caer, caer él también, perderse en su piel. Sin poder contenerse más, comenzó a besarla. Era algo hermoso. Y quería más. No quería saciarse nunca de ella, aunque le llevara el resto de su vida.
            
La recostó en el piso mientras seguían besándose y se sentó sobre la pelvis de ella con delicadeza. Ella recorría, con las manos, su espalda y su cabeza. Para qué hacen eso las mujeres, se preguntaba. ¿Realmente creen que nos excita? Tal vez lo hagan para excitarse ellas mismas. Lentamente fue levantando su blusa hasta dejarle descubiertos los pechos, se los acarició sutilmente, apenas rozándolos, y se los comenzó a besar con fervor y devoción hasta que ella lo detuvo. Puso una mano en la cabeza de él y lo echó para atrás.
            
― No puedo hacerle esto a mi novio.
            
Él no sabía bien qué decir a eso. En realidad, sí sabía: podía decir muchas cosas, pero no quería ponerse a discutir, ni mucho menos tratar de convencerla de nada.
            
Ella estaba ahí, recostada debajo de él y él simplemente no sabía qué era lo que ella quería que le dijera: ya, en este punto, no podía intuirlo. No me gusta incluir a terceros en conversaciones donde no pueden hablar, le dijo solamente. Pero está incluido inevitablemente, dijo ella. Sos vos la que lo está incluyendo, la apuró: Estás acá porque así lo querés.
            
No está bien esto, le dijo ella.
            
Él no sabía si sentía menos decepción que impotencia.
            
El juego ya había alcanzado un punto de no retorno, según lo entendía él. Un punto en el que las decisiones eran más que simples. Necesitaba la satisfacción, el premio, la exultación, aunque fuera nada más que para después comenzar otra vez aquel juego.
            
― Está bien lo que te hace sentir bien. Y esto, se siente perfecto, la verdad.
            
― Él hizo mucho por mí. ¿Te gustaría que te lo hicieran a vos?
            
Él se rió. No, no le gustaría, pero se lo habían hecho de todas formas, y por nada.
            
― Te estás metiendo en un terreno pantanoso ―le dijo.
            
― ¿Por qué? ―replicó ella, con los codos apoyados sobre el piso y las manos en la cintura, desafiante, con un tono provocador. Él respiró hondo y soltó un suspiro.
            
― Estoy pasando por un momento en que me cuesta creer en las personas. De hecho, no te creo a vos. Me cuesta creer que te gusto. Por un lado, si tuviera que adivinar, diría que te encanto, y que te cuesta tanto disimularlo; pero también pienso que te estás divirtiendo, que estás probando hasta dónde podés llegar: hasta dónde te deja tu conciencia divertirte y jugar. Y creo que acabás de encontrar el límite, por ahora, por hoy. Y no sé si es tu conciencia la que no te deja: tenés miedo, estás inhibida, te sentís nerviosa. No sé por qué, pero estás cohibida.
            
Sin moverse un centímetro, tomó de la mesa los paquetes de cigarrillos de ambos y puso el cenicero sobre el suelo. Prendió un cigarrillo y continuó:
            
― Perdí la fe en las personas: no existen los actos desinteresados, nadie te recompensa las buenas acciones. Nadie ve al otro ni las cosas que el otro hace por ellos, a menos que se lo eche en cara. Y eso hace justamente que cualquier acto bondadoso y desinteresado pierda su significado. ¡Es terrible! No es que yo sea un mal tipo o ya no tenga buenas intenciones, si no que simplemente ya no creo que a alguien le importe: me estoy adaptando.
            
― No sos un mal tipo ―le dijo ella con dulzura y algo de tristeza― ¿Realmente te creés todo lo que acabás de decir? Vos no podés ser un mal tipo.
            
― No me conocés ―le replicó él, molesto, y prendió otro cigarrillo.
           
― Yo me conozco a mí. Yo sé reconocer a las personas y sé que vos no sos malo.

― Y si te digo que preferiría violarte antes que hacerte el amor. ¿Qué dice eso de mí? Si te digo que en lo más profundo de mi ser, no me importa absolutamente nada, que no creo (no me importa) que nadie sea especial, ni importante, ni hermoso, ni bueno. Sé que tengo que tratarte mal para que me trates bien. Sé que tengo que dejar de hablarte para que me hables y después decirte algo lindo, y después no decirte nada. Y vos te acercás sola. Es muy simple y, sin embargo, es un juego que me agota demasiado. Estoy harto de todo eso, de estas estrategias y de lo obtusa que es la gente. ¿Qué te dice eso? Nadie ve al otro, parecen animalitos: no pueden verse a sí mismos; se pierden en el ruido, se pasan la vida llenando espacios en blanco con lo que sea. Y no me interesa para nada lo que pensás, si tengo que decirte la verdad. No me interesa ni siquiera lo que pienso yo.
            
― No te creo, la verdad ―contestó ella, algo asustada.
            
Él se echó a reír, de repente. Se quedó pensando unos segundos, mientras se empezaba a perder de vuelta en esos ojos.
            
― Tranquila, me estoy divirtiendo con vos un poco. Perdón.
            
Ella no sabía muy bien qué decir. No dijo nada. Estaba bastante nerviosa.
            
Él la abrazó, la besó en la frente y la ayudó a pararse.
            
― Juguemos a algo, ¿te parece? ―le dijo con un toco pícaro.
            
Ella se relajó, un poco. A ver, le respondió tratando de seguirle el juego.
            
Él abrió los brazos hacia sus costados, con la cabeza en alto y cerró los ojos.
            
― Pensá que soy un muñeco ―y se sonrió―. Desvestime, vestime, tocame, como quieras. Hacé lo que quieras. Soy un objeto, para tu satisfacción.
            
Ella se rió. A ver, dijo. Le levantó la remera y empezó a acariciarle el torso, después los brazos. Esos bracitos, dijo. Le acarició el cuello.
           
Él bajó la cabeza y clavó sus ojos en los de ella. Lo besó.
            
― No puedo. No puedo hacer esto.
            
Se dio vuelta y comenzó a caminar hacia la mesa. Él la agarró por detrás, empujó su espalda contra su pecho y le empezó a besar el cuello. Le encantaba, lo excitaba tremendamente, ver cómo ella disfrutaba de eso que él hacía.
            
― ¿Podés mirarme a los ojos y decirme que no querés esto?
            
― No, corazón, no es así ―le dijo ella mientras se ponía de cara frente a él.
            
Y esas palabras. Tal vez fueron las palabras, cómo las utilizó, el orden en que las puso, el tono, el gesto que hizo al decirlas, la insolencia, el hecho de que ella fuera diez años más chica que él, el cansancio, el agotamiento. Lo descolocaron.
            
― Vamos ―le dijo, serio.
            
Él estaba exasperado, furioso. Sabía que era mejor no decir nada, pero su rostro lo decía todo por él. Ella lo miraba con tristeza, arrepentimiento quizás. Él no lo sabía, no le importaba. Bajaron por el ascensor sin decirse una palabra, le abrió la puerta del edificio y la cerró de un golpe, una vez cruzada. Ella estaba casi a punto de largarse a llorar. A él ya no le importaba.
            
Sí le importaba en realidad. No quería que le importara. Ella estaba jugando con él: no se merecía nada. Él nunca había tratado a nadie de esa forma. Generalmente, siempre tenía una actitud apática ensayada para la gente que no le caía bien o a la que él no le caía bien, pero nunca antes se había puesto furioso con nadie. Y esos ojitos, pícaros, divertidos, lo volvían loco. Esos ojos habían mirado directamente en su alma sin que él pudiera hacer nada para evitarlo, y dejarían su huella, que quedaría esta para siempre ahí. No le hubiera molestado para nada ver esos ojitos al despertarse al día siguiente. No, le habría encantado. Sentir el calor de su cuerpo desnudo. Llevarle el desayuno a la cama. Ese pelo prendido fuego, como su corazón inquieto, enmarcando esa carita pálida. Esa alma llena de vida, insegura, curiosa.
            
Estaba perdidamente enamorado de ella, la amaba, de a ratos. Luego, no esperaba nada. No se le aceleraba el pulso, su corazón no se sobresaltaba, no le hacía falta. Pero lo prendía fuego por dentro nada más que verla. Y no quería cambiarla en absoluto, ni siquiera el hecho de que tuviera novio. La quería tal cual era. Era un chiste que no le hacía gracia a nadie. Lo que le había costado hacerse a la idea de seguir adelante con todo aquello. Era un momento extraño en su vida, lo sabía; pero, más que cualquier otra cosa, la atracción que sentía hacia ella era más fuerte que toda la intransigencia de cualquiera de sus principios. Era una cuestión de magnetismo o química, física, o fuerzas de cohesión, lo que fuera. La deseaba, como no había deseado nada en el mundo. La fantaseaba. Y ella lo fantaseaba a él también, podía darse cuenta. Y por eso, justamente, imaginó que no podía ser posible. Las fantasías no están hechas de la misma materia que los deseos; si no, dejarían de serlo. Las fantasías no pertenecen al mundo que tocamos, miramos y degustamos, al que vivimos sujetados, no: pertenecen a un mundo mucho más mágico, donde nacen las ideas, la locura. Algún día se reiría de esto; ella también, quizás. Tal vez ese deseo que se profesaban el uno al otro era mucho mejor como una fantasía que la realidad misma: la fantasía más hermosa que alguna vez habían tenido.
            
Tal vez lo sabían, y en realidad no querían perderla.
            
Salió al balcón a fumar un cigarrillo. Ella no iba a volver sobre sus pasos. Hoy no, por lo menos. En el aire sonaba una vez más la voz quebradiza de Spinetta. Miró hacia la casa de la esquina de enfrente que habitaba una pareja de ancianos. Todo estaba en silencio.
            
El viejo se parecía mucho a él, incluso se arreglaba la barba del mismo modo. Su esposa era rubia y se notaba que en algún momento había sido muy hermosa. A él le gustaban las mujeres rubias y hermosas también. Pensó en Borges, en el otro. Pensó en lo gracioso que sería si ese viejo que vivía frente a su departamento fuera él dentro de unos treinta años. Tenía casi las mismas mañas también, podría ser. Se preguntó qué haría dentro de esos treinta años, si frente a su casa se mudara un hombre joven muy parecido a él. Se preguntó si a esa edad tendría todavía las ganas o el coraje de cruzarse y decirle al chico que no se preocupe, que tenga paciencia, que las cosas iban a salir exactamente como él las había planeado. Todo iba a resolverse, lo único que tenía que hacer era seguir siendo fiel a sí mismo y los ojos abiertos, siempre. Nunca bajar los brazos, siempre ir por más. No abusar de nada ni de nadie. Nada más que eso, ni más ni menos. Buen consejo, pensó. Pero creo que sería mejor descubrirlo por mi propia cuenta. Por eso el viejo este nunca me dirigió la palabra, él sabe.
            
Pero qué plan tenía, de todos modos. ¿Quién era aquella señora rubia? ¿Ya la había conocido, o cuánto tiempo faltaría para conocerla? ¿Sería feliz? ¿Qué recuerdo tendría de esta noche, de esta chica, la princesita de los ojos de mar?
           
Unas semanas después, le mandó un mensaje de texto al celular. Ella nunca lo contestó. Unos días más tarde, pasó a verlo por su trabajo y empezaron de vuelta con ese juego de deseo e histeria. Ese juego que lo hacía sentir tan gloriosamente vivo, más que cualquier otra cosa.
            
No volvió a soñar con arañas, hasta ahora.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Las músicas atroces

por Paulo Manterola

Mi nombre es Antonio Tozza. Heredé este nombre de mi abuela, a quien nunca conocí. Ella provenía de una familia de coleccionistas de arte de mucha influencia en las clases altas por sus refinadas y excéntricas preferencias estéticas, siempre a la vanguardia. A lo largo de varias generaciones, toda variedad de artistas se han sabido mostrar muy agradecidos y generosos con ellos por sus favores. Mi madre, Josefa, murió a los 71 años de edad, mientras que mi padre logró sobrevivirle por un tiempo más y perdurar para criarme hasta mi adolescencia. La familia de mi padre se dedicó siempre al comercio. Por lo tanto, se podría decir que era una persona práctica, hábil y resuelta. Gracias a ello, pudo conquistar a mi madre. Una criatura extremadamente sensible e introvertida, aunque no por eso una mujer débil de carácter o espíritu exánime, sino todo lo contrario. La historia de mi ascendencia se encuentra plagada de muertes trágicas, absurdas o misteriosas, por decirlo de alguna forma.

Hasta hace unos años, me encontraba felizmente casado con Elizabeth, ahora mi difunta esposa. A mí también, desafortunadamente, me tocó padecer esta herencia de mis mayores. Antes de morir ella, vivíamos en una propiedad que perteneció a mi familia, en Campania, Nápoles, cerca de los campos Flégreos. Ésta es una zona alejada y tranquila, con salida al mar, que se encuentra rodeada de volcanes ya inactivos desde hace muchos años.

Durante toda mi vida, me desempeñé en las actividades comerciales, continuando el legado de mis antecesores, aunque me he visto obligado a abandonarlo. Estoy viejo e inválido, he vivido demasiado, y no tengo a quién legarle toda mi experiencia y empresas. Mi esposa, desde un principio, se dedicó a las tareas domésticas y a la crianza de nuestras dos hermosas hijas, mientras que en sus ratos libres atesoraba y llevaba un formidable archivo de distintas rarezas artísticas sin valor, anónimas e inclasificables, sólo por afición. Este detalle siempre me resultó enternecedor y me remontaba a mi infancia, rodeado de objetos fascinantes e incomprensibles a esa edad. Podría decirse que tenía muchas cosas en común con mi madre tanto en su forma de ser como en sus pasiones.

Al día de hoy, debo lamentar también la muerte de Victoria, una de nuestras hijas, la más pequeña. Lucy y yo ahora vivimos en la ciudad, lejos de aquellos campos. Claro está, ella no tiene el más mínimo interés en el comercio o la navegación. Ha heredado mucho de su madre. Se dedica al estudio de la filosofía y las letras en la Universidad de Nápoles. Es una mujer muy inteligente y animosa, con mucho brío pese a todo lo que hemos pasado.

Por mi parte, intento descansar y pasar lo que me queda de esta vida sin padecimientos ni sorpresas, estar en paz y dejar atrás un pasado signado por la desgracia.

Lucy era muy chica. No recuerda nada de lo sucedido.

Al menos confío en que así sea.

Mi invalidez no me permite hacer otra cosa más que recapitular, una y otra vez, los mismos hechos. He sido reducido a eso.

Durante la prolongada agonía de mi esposa, me vi forzado a delegar todas mis responsabilidades para quedarme junto a ella, asistirla y cuidar de nuestras hijas. En el momento en que cayó enferma, yo me encontraba en uno de mis viajes. Por lo tanto, las circunstancias o razones de su afección no me fueron completamente claras. Una mañana salió a dar un paseo hacia el lago, según me dijeron, para encontrar ahí su suerte. Fue golpeada y violada ahí mismo por algo innombrable, abandonada desnuda; moretones y heridas en todo su cuerpo. Así la encontraron nuestros sirvientes y el ama de llaves unos días después. No podía moverse. Los temblores y espasmos la dominaban. No quedaban fuerzas en su espíritu, se desvanecía en llantos. Debieron sujetarla y arrastrarla hasta la casa. Las heridas que le habían sido provocadas estaban infectadas y ella ya no tenía medios para luchar contra lo inevitable. Las constantes nauseas, las llagas por todo su cuerpo y su rostro, el deterioro de sus huesos, la piel mellada. Los intensos gritos de dolor. Sus ataques de ira. Los vómitos.

Yo permanecí a su lado a cada momento. Los médicos, de todas partes del mundo, iban y venían para prescribir no más que su ignorancia sobre pestes de las que nadie sabía demasiado todavía. Su cuerpo estaba vejado, íntegramente. Su espíritu había sido quebrado. Su mente, ida. Pero aún así resistía. Gasté gran parte de mi fortuna buscando una forma de aliviar su sufrimiento, una respuesta certera al menos.
Nunca lo conseguí.

Por las noches, cuando ella lograba conciliar un poco el sueño, o simplemente se desmayaba, agotada por el padecimiento, me sentaba en el balcón de nuestra habitación a fumar algunos cigarros. Es curioso cómo uno recuerda a la persona amada, la forma en que la evoca. Lo que más extrañaba, y aún hoy extraño de ella, es el modo en que me demostraba su afecto, su amor, el cariño, su respeto. Su compañía. Eso es lo verdaderamente único que puede darle una persona a otra, lo único que cuenta. Lo demás pierde importancia.

Todo eventualmente pierde importancia. Se diluye.

Por momentos, ella intentaba balbucear unas palabras. Una y otra vez, se desvanecía súbitamente, por el desgaste y el malestar que le suscitaba su enfermedad, pero no se rendía. Era una mujer obstinada. Me costaba mucho trabajo entender lo que quería decirme. Hubo una noche, la última, en que estaba más exaltada que de costumbre. Escupía pus a cada palabra, a cada espasmo. Me incliné sobre ella y acerqué mi rostro al suyo, arrimé mi oído a su boca, lo más que pude, teniendo cuidado de no fatigarla o asustarla. Los médicos me habían advertido seriamente que no mantuviera contacto alguno con ella, incluso, me aconsejaron no permanecer en la misma habitación. Pero qué podían saber si ni siquiera podían decirme con precisión qué era lo que la estaba comiendo viva. Y allí estábamos. Finalmente entendí lo que intentaba decirme: encontré algo, me dijo, estaba olvidado, es hermoso. Eso era todo. Su mirada era extraña. Tierna y desahuciada. Como si supiera que ése era el final para ella. Regalándome ese último suspiro de vida que le quedaba con el más intenso y noble amor. No pude más que llorar. Luego, sus ojos se vaciaron. Los cerré con mis manos y nunca más los volvió a abrir. Me acosté a su lado y la abracé. Me sentía desesperadamente angustiado. Me quedé dormido.

Después de su muerte, yo no hacía más que pasar el día sentado en el piso de nuestra habitación, al pie del balcón, en silencio, fumando, pensando. No hacía caso a nada ni nadie. Perder a la persona que uno ama, de un momento a otro, repentinamente, sin entender por qué o cómo o cuál, es el miedo más irrebatible, poderoso y genuino que pueda existir. Me encontraba consumido por la tristeza y el desasosiego.

Su corazón explotó dentro de su cuerpo, aparentemente.

Me acerqué al lago algunas veces los días posteriores para encontrarme nada más que con una sensación de horror espantosa. El aire me olía a podredumbre, sudor y óxido.

Sus restos fueron velados en nuestra casa.

No concurrieron demasiadas personas. La familia de ella y la mía no solían relacionarse. Eran ariscos, eremitas, los unos con los otros. Pero aún así, había siempre una sensación de extraña familiaridad cuando inevitablemente debían verse.

Yo me sentía incapaz ya de comprender nada de lo que pasaba a mi alrededor.

En un momento, mientras la velábamos, ocurrió una serie de eventos tan absurdos como curiosos, que cambiaron mi suerte para siempre.

Mientras estaba sirviendo algunas bebidas a los presentes, se me acercó el padre de Elizabeth. Me dijo, en voz baja, yo sé por qué murió. Me quedé paralizado, mirándolo fijamente, esperando que dijera algo más, pero no lo hizo. Lo tomé del brazo y le pregunté, eso es todo. Se detuvo y me miró desafiante. Lo solté. Luego, con una displicencia irritante, dijo, hay una caja de música en el sótano de la casa, estaba guardada bajo llave, debió haberla abierto, no dejes que nadie de tu familia se acerque a esta, no la toques, simplemente vuelve a guardarla lejos del alcance de cualquiera de ustedes. No sabía de qué me hablaba. Mi mujer, su hija, reposaba dentro de un ataúd a pocos metros de distancia, y lo único de lo que se le ocurría hablar era de cajas musicales. Le dije que no entendía. Me contestó que no tenía que entenderlo, nada más tenía que hacer lo que me decía. En un ataque de ira e impotencia, lo sujeté por los brazos y lo sacudí violentamente. Forcejeamos unos instantes hasta que me empujó y arrojó al piso. Desde allí, comencé a escuchar unos sonidos que descendían desde nuestro dormitorio. Luego, todos se alborotaron.

Me encontraba abstraído por la música que sonaba, cada vez más fuerte y estruendosa hasta que los ruidos me distrajeron. Voces murmurando, pasos vertiginosos. Me levanté del piso. Todos se estaban retirando. No estaban asustados, sino simplemente excitados, arrebatados. Me apresuré hasta la puerta de entrada. Era inútil. Ya todos habían desaparecido por el camino que se adentra en el bosque y conduce a la ciudad. Me quedé solo.

Noté que el cielo había ennegrecido. No había rastro de una sola nube ni del sol, pero el cielo estaba completamente oscuro. El aire se tornó denso todo alrededor, todo, apestaba como el lago. Cientos de pájaros prorrumpieron espontáneamente de entre los árboles, del cielo, de algún lugar, chocando unos con otros, contra los árboles mismos o la casa. Algunos caían muertos sobre la tierra. Los sonidos que provenían del interior de nuestro hogar comenzaron a herirme los oídos. Una música horrible, pero desquiciadamente cautivante; una composición en extremo compleja, una cantidad indefinible de melodías sonando al mismo tiempo, caóticas, sin dejar de sonar armoniosas. Una atrocidad irresistible.

Supuse lo peor. Y así fue. Corrí hasta mi habitación y ahí estaba. Nuestra pequeña sentada frente a la caja, suspendida, escuchando su música, con unas gotas de sangre saliendo de sus oídos y sus fosas nasales. Me precipité sobre esta, la tomé y la arrojé por el balcón. Se despedazó sobre la tierra del jardín.

La música se detuvo. De hecho, todo sonido se detuvo. No había más pájaros, ni ventisca soplando entre los árboles, brisa de mar o grillos. Absoluto silencio. Vicky comenzó a llorar y gritar. No entendía lo que había hecho o por qué, yo tampoco en realidad. La abracé e intenté consolarla. Pero no podía calmarse. Comenzó a temblar y a convulsionarse. Pronto me di cuenta de que había perdido el control de sí misma, así como le ocurrió a mi esposa. Me desesperé. No sabía qué hacer. La llevé a su cuarto y la até de pies y manos a su cama, traté de calmarla, le puse un paño frío en la cabeza y en su estómago. Estaba volando de fiebre. Finalmente, se desmayó. Lucy, parada en la puerta del dormitorio, miraba a su hermana y a mí sin entender, lloraba también, me pedía explicaciones, tenía miedo. Yo no podía salir de mi consternación, la impotencia. La arrastré de los brazos hasta mi habitación, sin decir una palabra, y la encerré ahí.

Un hedor de miles de años se impregnó en todo mi cuerpo. Me temblaban los huesos. Afuera algunos árboles comenzaron a caer de raíz. Los pájaros se agolpaban contra las puertas y ventanas. Los volcanes, a lo lejos, comenzaron a hacer erupciones de aire caliente. Cerré todos los accesos. Cegué todas las ventanas. Sellé todas las puertas, trabándolas con muebles y bártulos. Encendí todas las luces, velas y candelabros que había en la casa. Con algunos restos de madera, papeles y otros enseres, inicié una fogata en el medio del salón principal. Luego, me senté a esperar, sin saber qué. Entre toda la locura, había olvidado que el ataúd de mi esposa seguía ahí. Me detuve a pensar en ella un instante y me puse a rezar. Nunca fui una persona supersticiosa, aunque provengo de una familia con una larga tradición católica, pero, por alguna razón, fue lo único que logró serenarme.

Unos momentos después, que pudieron haber sido horas o minutos, sentí la presencia de algo, alguien, en toda la casa, rondándome. Las velas y luces una a una se fueron extinguiendo, todo en silencio. El hedor seguía ahí, en las paredes, el piso, sobre mi cuerpo. El tiempo pareció suspenderse. Había algo deambulando por el salón, los pasillos, las habitaciones, con severidad y aplomo pero agitado, ansioso. Podía sentir su aliento en mi cuello, aunque no había nadie ahí realmente. Su mirada hundida en mi alma, aunque tampoco había ojos. Las uñas de sus garras incrustadas en mi carne, aunque no había manos ni cuerpo. No podía moverme, estaba paralizado. Lo sentía dentro de mi cabeza, entre mis pensamientos, hurgando. No hablaba pero yo comprendía. Supliqué que nos dejara en paz.

Ya era demasiado tarde.

Las llamas de la fogata seguían ardiendo, el fuego se avivaba cada vez más. Yo estaba empapado de sudor. Sabía lo que vendría y no podía evitarlo.

Tomó forma. No lo vi pero lo supe. Pude olerlo, sentirlo. Escuché sus pasos, alejándose de mí, subiendo la escalera, firme, paciente, con el tedio y la porfía de todos los siglos, sacudiendo el aire y el piso. Mi estómago y mi pecho estaban revueltos.

Victoria se despertó. Desde su habitación, comenzaron a descender los gritos, los lamentos, se resistía con todas sus fuerzas. Mi pequeña, mi preciosa hija. Pobre niña. La golpeó, la abusó y violó hasta dejarla muerta, desgarrada.

Finalmente, me desmayé.

Al despertar, me encontraba tendido junto a Lucy en nuestro jardín. La casa se incendió y quedó reducida a cenizas, junto con mi esposa y mi pequeña, consumido todo por el fuego que se propagó desde el salón principal.

Ella no recuerda nada. Tiene un espíritu tan fuerte y luminoso como el de su madre.

Yo estoy postrado en una silla, sin alma. La perdí sin saber que la tenía.

No hago más que repasar una y otra vez estos sucesos.

Intenté suicidarme varias veces, pero simplemente no me deja morir.

Conté esta historia a distintas personas en quienes mi confianza descansaba. Todas me tomaron por loco. Ni una sola me creyó. Todas murieron, víctimas de extraños y curiosos accidentes, unas semanas o meses después de haber escuchado todo esto que hoy pongo en papel, sin saber qué va pasarme a mí o a quien lo lea.

Lucy seguirá su vida normal hasta que un día cualquiera muera de alguna forma espantosa y extraña, así como los hijos de los hijos de sus hijos. Y él quiere que yo sea testigo de todo eso. Ésa es mi penitencia por haber destrozado aquel espantoso artefacto. Ésa es la herencia de mi familia. Una caja de música creada por uno de los mejores compositores que ha conocido este mundo, un ser huraño y desagradable, intratable, el mismo día que el diablo atravesó con su cola sus sordos oídos.

Soy descendiente de él, así como mi familia y la familia de Elizabeth lo eran también. Ellos no querían que esta abominación se propagara más allá de nuestro linaje, querían que la blasfemia permaneciera entre nosotros, hasta que no quedara ninguno. Por esta razón es que decidieron casarse unos con otros y así sucesivamente. Mi esposa era también mi prima hermana, hoy lo sé. Nadie supo nunca lo que había pasado en aquel lago donde mi esposa fue encontrada, pero hoy lleva el nombre de Averno. Una ironía del destino quizás. Tal vez, realmente sean esas aguas el acceso al bajo mundo. No quisiera averiguarlo.

Los volcanes cesaron su actividad hace tiempo.

Practico mi sonrisa cada día al despertarme. Por Lucy.

Y espero. Hasta que él se canse de mí.