domingo, 20 de diciembre de 2015

Masterror III



por Luciano Deraco

Sociedades Disciplinarias: Anatomopolítica

(viene del post anterior)  Es cierto que la industria hace lo suyo extendiendo la lógica de la producción a la pantalla y al tiempo de ocio y que la escuela funciona como el aparato por excelencia en la sociedad burguesa para reproducir la ideología de la clase dominante, pero el saber no necesariamente necesita cristalizarse en la esfera laboral o en las instituciones. El micropoder opera desde antes, interiorizándose directamente sobre el cuerpo, disciplinándolo, haciéndolo dócil y eficaz a la vez, refinando sus aptitudes, normalizando aquellos comportamientos que no se ajusten a sus necesidades y poniendo a prueba su utilidad. 

En Masterchef también encontramos reflejadas algunas de las nociones que Foucault desplegó al ocuparse de la anatomopolítica: en la instancia de eliminación, todos los cocineros cuentan con los mismos insumos y con la misma cantidad de espacio (disciplina celular) y tiempo, lo necesario para demostrar cómo capitalizan precisamente estas categorías, despliegan sus habilidades y hacen gala de una eficiente adaptación a la producción en serie. Por supuesto que el cuerpo-máquina conlleva otras consecuencias: mientras más se oprime su subjetividad, menos peligroso resulta y más se transparenta la imbricación entre saber y poder. Los cocineros uniformados se presentan igual, utilizan los mismos utensilios y disponen de los mismos artefactos, nada los diferencia.

El jurado del programa disciplina, blanquea las normas y amplía el alcance de las mismas, ningún detalle puede salirse de control: “no me gusta ese mechón de pelo”, le dice Krywonis a una de las participantes al pasar por su mesa y el comentario se transforma en una orden. No hace falta la violencia, pero si la regulación o, como en este caso, la prohibición; de cualquier modo, el mandato se internaliza en el cuerpo a través del miedo, como si se tratara de una sentencia. Las pasiones de los participantes se dosifican, cualquier desatino puede significar la eliminación. Aun así, siempre hay un caso que rompe a la regla. La disciplina traspasa el límite de la palabra, llegando a la violencia: “¿vos pensás que sos un tipo atrevido?”, increpa Krywonis a uno de los participantes que brega por un lugar en el gran concurso. Acto seguido, lo toma del delantal arrojándolo hacia sí para preguntarle “¿vos tenés huevos?”, a lo que Simone, el joven en cuestión, un lánguido veinteañero que deja entrever cierta ambigüedad sexual, amenazante quizás para el estándar que pretende el programa (no olvidemos que el ganador es sólo uno y que la emisión sale en horario central en un canal de aire cuya programación se orienta a la familia burguesa promedio), responde con una sonrisa nerviosa que, ante la indulgencia del juez, transforma en el acto en una mirada seria, normalizada.

El resto de los concursantes puede solidarizarse con Simone, apesadumbrarse por la nominación de Francisco o hasta llorar por la eliminación de Milton, pero también pueden alegrarse y respirar silenciosamente, puesto que en definitiva están allí para ganar y sólo hay lugar para uno. Como señala Deleuze en Sociedades de Control: “La empresa instituye entre los individuos una rivalidad interminable a modo de sana competición”.

Krywonis puede excederse y hasta espantar a la audiencia más pacata, pero si el rating responde, no sólo él sino cualquiera de sus actos, toda conducta, por amoral que sea, se legitima y se amplifica. El verdadero soberano es el número. “Los individuos 'dividuales' y las masas se han convertido en indicadores, datos, mercados o 'bancos'”, afirma Deleuze.

El cuerpo domesticado y adiestrado, sujeto sin embargo a la naturaleza del número cuya lógica no responde a ningún patrón específico, solo a aquello que permite engrosarlo, paradoja que entrecruza las sociedades disciplinarias con las de control y que sin dudas complejiza la tarea de aproximarme a descifrar al sujeto de hoy, el que legitima tanto los procesos como los actores sociales que lo transforman en una masa indiferenciada y en un instrumento donde el poder se recuesta.



A modo de cierre

Que las nuevas  generaciones de asalariados (empleados) legitimen cultural y políticamente los mecanismos que se encargan de someterlos, reproduciendo a la par la ideología que opera para ello no tiene una causa exclusiva ni determinante; se trata en cambio de un complejo entramado que se manifiesta en el trabajo y se extiende al tiempo de ocio, cristalizándose previamente a través del aparato educativo, optimizando y disciplinando al cuerpo para transformarlo en una herramienta más útil, productiva.

El problema en la actualidad se profundiza no porque los explotados más jóvenes ignoren esta situación, sino porque además, para ellos, el bombardeo de los medios masivos de comunicación y la rigurosidad del régimen laboral, con el correlativo miedo a perder el empleo, forma parte de sus vidas desde que nacieron, no conocen otra visión del mundo. 

El neoliberalismo triunfó extendiendo hasta los rincones más alejados del planeta su propaganda de aptitud y eficiencia, sembrando a la par la ignorancia y el escapismo necesarios para que las masas no sepan defenderse y organizarse. Para peor, el consumo de productos culturales que fusionan empresas de la diversión y herramientas comunicacionales sin dejar recoveco, desde las grandes marquesinas callejeras y las aplicaciones de dispositivos móviles para incrustarse en la pantalla del plasma, garantizan una alienación total. Si a esto sumamos una educación empobrecida y progresivamente pensada con fines empresariales, de refinamiento de la mano de obra, el panorama es francamente desalentador.

Que en la Argentina de 2015 el sufragio electoral arroje resultados tan siniestros, que los explotadores de ayer sean legitimados y coreados al compás de consignas vacías (“cambiemos”, “todos juntos”, “queremos progresar”, “meremos vivir mejor”) no es producto del azar. El gran triunfo de la publicidad comercial fue extender su lógica desde los productos culturales de alcance masivo hasta el proselitismo político, generando un todo monstruoso. Los reality y los programas de concurso son la síntesis de esta victoria y en el caso puntual de Masterchef el ensamble soñado entre distracción, reproducción del sometimiento y perfeccionamiento de la mano de obra.

Queda sólo levantar la cabeza y pensar de qué modo estos chicos que hoy festejan con globos amarillos y devoran horas de cooltura chatarra fabricarán las armas para resistir los ataques inminentes. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Masterror II


por Luciano Deraco

Industria Cultural

(viene del post anterior) “Las distinciones enfáticas, como aquellas entre  films del tipo a y b, o entre historias de seminarios, sirven más bien para clasificar a los consumidores, para adueñarse de ellos sin desperdicio… Cada uno debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente, de acuerdo con su level determinado, en forma anticipada por índices estadísticos, y dirigirse a la categoría de productos que ha sido preparada para su tipo… Para el consumidor no hay nada por clasificar que no haya sido ya anticipado en el esquematismo de producción”.

Éste rejunte de frases de Adorno y Horkheimer hace las veces de guía para comenzar a explorar el camino propuesto. 

No importa la formación profesional y especialización respectiva de Germán Martitegui, Donato de Santis o Christhophe Krywonis (los chefs que ofician de jurado), tampoco las preferencias de los participantes (repostería, parrilla o pastas), sino que el gran público televidente (consumidor) se identifique con alguno de ellos, que cada personaje se ajuste con el perfil específicamente diseñado de antemano, a la identidad cultural determinada sistemáticamente por la industria y de la cual, en la mayoría de los casos no se tiene conciencia. 

“La industria cultural trata de la misma forma al todo y a las partes… Lo universal puede sustituir a lo particular y viceversa. El concepto de estilo auténtico queda desenmascarado en la industria como equivalente estético del dominio”. 

Los alemanes vuelven a arrojar más luz en el asunto: la ficción de “especializarse” en un estilo culinario esconde la profunda vocación de dominio de una industria que la alienta para facilitar el ingreso de una mano de obra calificada. Queda evidenciado el enorme poder de los medios masivos de comunicación como herramienta para ello: “Cada uno está desde el principio encerrado en un sistema de relaciones e instituciones que forman un instrumento hipersensible de control social”.

En la emoción y la pasión de los participantes o en la supuesta indulgencia que de vez en cuando revela el jurado se esconde un riguroso trabajo administrativo. Las lágrimas resignadas de los eliminados, el sudor del sentenciado, la mirada severa que Martitegui le arroja a los cocineros, la música incidental, los planos de cámara y zoom, las pausas comerciales… nada hay de azar aquí. Todo está minuciosamente estudiado y cuantificado. 

Si la industria cultural se propone hacernos creer que el mundo exterior es la simple prolongación de lo que se presenta en pantalla, lo logra a expensas de una profunda y desalentadora transformación de los consumos culturales y sociales de la población, como consecuencia del sometimiento solapado a los mecanismos de producción imperantes, dirigidos y alentados (a veces con poca sutileza) a través de las promesas de felicidad y bienestar de la publicidad, en un complejo entramado de recursos que abarca casi a la totalidad de la esfera audiovisual, adaptándose a todos los circuitos que esta propone y a como dé lugar (versiones para diferentes países, certámenes con niños, aplicaciones para celulares, redes sociales, publicidades urbanas). Todo es aprovechable en pos de expandirse, ganar nuevos mercados y obtener más consumidores.

“Los consumidores son los obreros y empleados, farmers y pequeños burgueses. La totalidad de las instituciones existentes los aprisiona de tal forma en cuerpo y alma que se someten sin resistencia a todo lo que se les ofrece…  Cuanto más sólidas se tornan las posiciones de la industria cultural, tanto más brutalmente puede obrar con las necesidades del  consumidor, producirlas, guiarlas, disciplinarlas…”.

Aquí se transparenta la extensión del “mundo real” a la pantalla: los participantes del programa pertenecen a las mismas clases sociales que los consumidores; de hecho, ellos son los consumidores y tanto las reglas del juego (calidad en la elaboración, ritmo mecánico, instancias de evaluación y eliminación) como los artilugios técnicos (efectos especiales, actitudes corporales y ritos en torno a la conquista del logro o del fracaso) son perfectamente conocidos, no sólo en el proceso productivo, sino también en los alcances de la invasiva publicidad que parece que todo lo puede y todo lo derriba en la sociedad de mercado.

Una idea clave que permite entender mejor la complejidad y amplitud del asunto es la de “riesgo inútil”: desechar aquello que no se ha experimentado, la exclusión de lo nuevo como condición intrínseca de la cultura de masas, permite, en el contexto de Masterchef, justificar la expulsión de aquel participante que vanamente osa sorprender al jurado con un plato arriesgado: “Quería hacer algo distinto, yo pensé que me iban a felicitar y me dicen ‘no funciona para nada’” dice Francisco -uno de los participantes de la edición 2015 de Argentina y cuyo apellido casi no se difunde, quizás porque a la industria no le interesa diferenciar ni individualizar al sujeto de la masa trabajadora a la que pertenece, precisamente porque él mismo como individuo es la pura nada, absolutamente sustituible- minutos antes de ser sentenciado por el plantel de expertos ante su aventurada decisión de elaborar ñoquis “dulces”, con los cuales pretendía sorprenderlos.

“Cuanto menos tiene la industria cultural para prometer, cuanto menos se halla llena de sentido, tanto más pobre se convierte fatalmente la ideología que difunde…”

La fijación de la industria por especializar a las masas en disciplinas del arte ligero y el deporte responde a la necesidad de desideologizar a estas mayorías. No estoy diciendo que la danza, el fútbol y la cocina carezcan de contenido, pero cuanto menos se los investiguen históricamente, cuanto menos se los cuestionen en su carácter mercantil y cuanto menos se discutan sobre la salubridad y cadena de distribución de los alimentos, más funcionales se vuelven a los intereses de esta gran industria.

“...el dicho socrático por lo cual lo bello es lo útil se ha cumplido por fin irónicamente”.

Masterchef no fija restricciones etarias. Cualquiera puede participar, desde un joven de 18 hasta una señora que transita sus primeros años de menopausia. No obstante el resultado, reiterándose la fórmula que indica que “el todo y los detalles poseen los mismos rasgos”,  parece repetirse en cada reality por encima de sus características específicas: generalmente gana no sólo el más “apto”, el más “eficiente”, sino también el que más se adecua a los patrones de belleza física imperantes y el que mejor sintetiza la idea de éxito y progreso económico entendidos en clave de proyección a futuro. Que Alejo (el ganador de la edición 2015 de Argentina) sea atractivo, tenga 27 años y provenga del negocio empresarial no es casual (nada es casual): es el participante que hasta con su cuerpo se ha posicionado como el más “presentable”, el más “vendible”, de cara a los cánones de consumo del público mundano, snob y cosmopolita que va a reproducir cada uno de sus tips con celeridad. Tampoco es azaroso que detrás de una inocente premiación se financie la publicación de un libro de recetas y una beca para estudiar en una escuela de cocina. De lo que realmente se trata es de pulir la mano de obra, de perfeccionarla. La mirada de Althusser amplifica el panorama en este aspecto.  

Aparatos Ideológicos del Estado

Se sabe de antemano que los Aparatos Ideológicos del Estado (AIE) actúan mediante la ideología y que lo que importa es su funcionamiento independientemente de las instituciones que lo materializan. Sabemos también que la escuela es el AIE número uno puesto por la burguesía para estos fines. Lo que me propongo analizar es cómo se evidencia, a través del aparato educativo y sus respectivos niveles, la reproducción de la ideología y relaciones de producción de la clase dominante tomando como ejemplo a los actores sociales intervinientes en Masterchef y las habilidades específicas que la institución proporcionó para dicha reproducción.

En el apartado anterior hacíamos referencia a las clases sociales a las cuales pertenecen sus participantes, pero vale la pena detenerse y pensar cómo la escuela funcionó para adiestrarlos y posicionarlos en diferentes niveles del aparato productivo.

En el caso puntual de los concursantes, un pequeño porcentaje  proviene de ese sector que Althusser identifica como “obreros” y cuya formación alcanza niveles muy bajos del saber institucionalizado. En Masterchef, la mayoría no supera las pruebas preliminares para ingresar al certamen (un apenas discrecional proceso de selección) precisamente por el escaso desarrollo de las habilidades que dicho saber proporciona. No es casual que muchos de ellos provengan de zonas humildes del conurbano y del interior, alejados del mundo de facilidades y oportunidades que los grandes centros urbanos proporcionan.  Aunque en algunos casos dominen el oficio de cocinero, este requisito sólo no alcanza: las formas, los modales y hasta la estética se refinan conforme se especializa el saber.

En esta segunda línea encontramos al grueso de los participantes: obreros mejor calificados, empleados y pequeños y medianos burgueses provenientes de la clase media, sobre todo de las metrópolis principales, fundamentalmente de Buenos Aires. Todos continuaron ininterrumpidamente el proceso de escolarización en colegios por lo menos aceptables, muchos cursan estudios de nivel superior y algunos ya ostentan un título profesional. De este grupo saldrá el ganador. El obrero calificado lleva las de perder, está peor posicionado que el profesional y es mucho lo que debe incorporar y pulir para convertirse en el Master. He aquí donde se pueden observar los conflictos, la lucha de clases inherente al AIE educativo y como la ideología dominante puede (aunque no necesariamente) expresarse sin resistencias, de manera  más pura, en aquellos cuya formación proviene del ámbito privado en relación a quienes cursaron sus estudios en el ámbito público, con todas las contradicciones, intereses contrapuestos y pluralidad de actores sociales que intervienen allí.

En una última línea encontramos, claro, al jurado, los agentes de explotación, los que llegaron a la meta y fijan las condiciones del proceso productivo, los que “saben mandar” y hacerse obedecer sin discutir. Martitegui, de Santis y Krywonis interpelan a los participantes como autoridades, sí, pero ante todo como patrones, como empresarios exitosos en la cima de la cadena productiva, capaces de decidir sobre su futuro delante y detrás de las cámaras, de determinar cuál será, en términos de Bourdieu, canonizado y legitimado en el campo de la gastronomía. “¿Tengo chances de rogarte un poco más?” pregunta en la primera emisión de la edición argentina Milton, un joven que acaba de ser eliminado y que ante la negativa de Martitegui, suplica porque sabe que no ingresará a la esfera de la alta cocina articulada al show business

Como ningún otro grupo, son los encargados de preservar la ideología de la clase dominante porque es a la que ellos pertenecen. Pero para obtener una mayor plusvalía, hace falta convertir el cuerpo de los explotados en una máquina, hacerlo más útil y más dócil. Algunas nociones de Foucault como sociedades disciplinarias y anatomopolítica permiten al respecto abrir el panorama.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Masterror I


por Luciano Deraco

Hace más de 60 años, Theodor Adorno y Max Horkheimer, dos de de los teóricos fundacionales de la escuela de Frankfurt, se interrogaban incesantemente acerca de cómo las masas aceptaban y legitimaban mansamente los mecanismos de dominación y manipulación de la clase que los subordinaba. Sus estudios, analizaban el impacto de la incipiente industria cultural en las sociedades de masas para pensar por ejemplo, de qué manera los modos de producción fabriles se trasladaban al tiempo de ocio del proletariado. 

Un salto en la historia nos lleva a los escritos de Louis Althusser. Sus aparatos ideológicos del estado nos aproximan nuevamente al punto en cuestión,  en este caso, cómo la escuela, los medios de información y la cultura, entre otros aparatos, reproducen no sólo la ideología sino también los modos de producción de la clase dominante.

Pero no sólo en la letra de autores neomarxistas podemos encontrar algunos rastros que intenten explicar cómo la dominación se modela y asimila sin resistencia. En las influencias estructuralistas de Michael Foucault y Gilles Deleuze, y refiriéndose a distintos procesos históricos, conceptos como sociedades disciplinarias y sociedades de control ayudan para darnos cuenta que detrás de nuestras visiones del mundo, a priori inocentes, un enorme poder nos construye, normalizando nuestros cuerpos y adiestrando sistemáticamente nuestras habilidades al ritmo de producción industrial.

Industria cultural, aparatos ideológicos del estado, sociedades disciplinarias y sociedades de control: un vaivén por algunos de los conceptos clave del pensamiento filosófico y teórico crítico del siglo XX nos ayudan para comprender con mayor precisión como las generaciones de asalariados nacidas en los umbrales del siglo XXI se dejan domesticar mansamente, casi sin resistencia, cargando sobre sus lomos el rigor de un ritmo de trabajo vertiginoso e incesante que los aliena, confundiéndolos con autómatas, aceptando las reglas de una competencia feroz y descarnada y consumiendo casi sin descanso, víctimas de un complejo entramado cultural que los interpela mediante eficaces estrategias publicitarias durante y fuera del proceso productivo.

No estamos hablando de un momento histórico de transición en el cual, los actores intervinientes advierten una modificación de las condiciones e intentan repensarse, reposicionarse, sino en la asimilación total y pasiva de las reglas del juego, en la internalización de un mecanismo de producción material y simbólico que configura la visión del mundo desde el nacimiento de quienes hoy rondan los veinte años. Estamos asistiendo a los exitosos resultados de la explotación menos solapada a la cual el capitalismo nos expuso y sin embargo, para los más jóvenes, parecen no registrarse o ser aceptados sin chistar.

En éste contexto, cualquier aptitud, vocación o hobby, artístico o deportivo, tiene su utilidad, su usufructo económico y sobre todo, su imprescindible carácter funcional para reproducir y legitimar la ideología de la clase dominante. De no hacerlo, correría de hecho el riesgo de descartarse o marginarse.

Analizar todos y cada uno de los productos culturales que facilitan éste pacto entre la masa y sus explotadores sería, además de demasiado ambicioso, algo sobre lo cual ya se ha teorizado mucho más y mejor. Considero en cambio que resulta pertinente abordar un ejemplo específico, como punta para arribar a la verdadera meta: entender cómo, en definitiva, la gran empresa multimedial, mediante estrategias publicitarias en apariencia superficiales pero de una profunda efectividad, permitió que en la Argentina de hoy, se legitime legalmente a  aquellos sectores sociales que antaño golpeaban los cuarteles para consolidar su poder cuando lo sentían diezmado.

El desmesurado incremento de capitales invertidos en la esfera audiovisual durante los años noventa, dio vida a algunos de los engendros más macabros de la cultura de masas: el formato reality con Big Brother a la cabeza, nuevamente nos remite a Foucault, pero aquí el cuerpo no se piensa, en los términos que planteaba su anatomopolítica, en un espacio de encierro, vigilado para ser disciplinado, sino más bien para ser espectacularizado. No se trata de aislar a los locos ni a los marginales, sino a los sujetos promedio del neoliberalismo, los que mejor reproducen la ideología de la clase dominante. En el registro permanente y la correspondiente repetición de las miserias más íntimas de sus participantes, la gran industria audiovisual encuentra una fuente de enormes ingresos.

El género, claro, se fue afinando. Así arribamos a un presente que nos arroja desde programas de concurso para bandas de rock, instancias de eliminación entre drag queens que bregan por un lugarcito en el mundillo hollywoodense, niñas que sueñan con ser divas y cocineros que pretenden obtener prestigio y reconocimiento profesional. Propongo abordar el caso del programa Masterchef, una franquicia multinacional que lanza a una fama efímera a ignotos gourmets a partir de rigurosas pruebas que reproducen casi sin diferencias las lógicas empresariales imperantes en el neoliberalismo, fomentando la competencia feroz y sometiendo a sus participantes a humillaciones vergonzantes.

Un jurado reducido, integrado por profesionales canonizados y con una posición indiscutible en el campo de la gastronomía, fija férreamente un estricto control de calidad, dejando en claro que el que pase, el que “llegue”, será el más capacitado, el más disciplinado, el más normalizado…

Masterchef se diferencia no sólo porque los otros formatos pertenecen al mundo de las tablas y el glamour, sino también porque es el caso en el que más se evidencia la necesidad de buscar fuerza de trabajo o “recursos humanos” a partir de concursos televisivos y aplicarles durante el proceso de selección, las condiciones de explotación que padecerán durante la cadena productiva una vez inmersos en la industria. El jurado es el ideal de éxito de los participantes y de la audiencia, incuestionable en sus normas y en sus formas. El carácter enteramente empresarial y competitivo sirve para legitimarnos como “la voz autorizada” pero sobre todo como “la voz de mando”.

A partir del recorrido bibliográfico correspondiente, pretendo precisar las razones por las cuales Masterchef funciona como una herramienta acorde a todas y cada una de las demandas tanto simbólicas como económicas para legitimar y reproducir las condiciones de producción de la actual fase del capitalismo las cuales luego, se trasladan al orden simbólico, a la superestructura institucional.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Las patentes y el derecho a una salud para todos


por Susana de Luque y Gabriela Bes

El tema de las patentes farmacéuticas es un asunto clave cuando se considera la salud y la calidad de vida de nuestra sociedad argentina. Está íntimamente relacionado con los precios de los medicamentos y  por consiguiente, con los presupuestos de salud pública y privada y el  acceso de la población a un derecho fundamental como lo es el derecho a la salud. Las patentes farmacéuticas son parte de los denominados derechos de propiedad industrial y habilitan a sus poseedores -empresas farmacéuticas multinacionales- a explotar comercialmente los medicamentos que han resultado de sus procesos de investigación y desarrollo.  El otorgamiento de una patente farmacéutica pretende reconocer, en términos económicos, la inversión realizada para la invención de medicamentos capaces de curar o mejorar las dolencias humanas. Las patentes son territoriales, es decir, que es una prerrogativa de los estados nacionales decidir a través de sus organismos correspondientes (I.N.P.I., Instituto Nacional de la Propiedad Industrial, en Argentina) si este derecho de propiedad industrial, se otorga o no. Para ello las oficinas de patentes deben evaluar tres variables: el nivel de innovación, de creatividad y de aplicación industrial  que posee  la invención que se pretende patentar. El reconocimiento de una patente implicará el derecho de explotar en forma monopólica durante un lapso aproximado de 20 años la producción y comercialización de las drogas o medicamentos patentados, proteger sus datos de prueba por 5 a 12 años y obtener una marca comercial con  registro sanitario previo.

Como en cualquier mercado, las prácticas monopólicas conducen a distorsiones y arbitrariedades en los precios. Pero en el ámbito de la salud la situación se torna mucho más inequitativa y dislocada en la medida que cualquier individuo o familia está dispuesto a pagar lo que sea necesario con tal de resolver su dolencia. Es en este marco en el que las empresas definen sus precios de venta. Como resultado de esta situación, se establecen precios abusivos que generan ganancias y transferencias multimillonarias desde las arcas sociales públicas y privadas hacia las empresas farmacéuticas transnacionales. La falta de relación existente entre los costos de producción de un medicamento -incluyendo las inversiones en desarrollo e investigación-  y los precios de venta deja ver una lógica mercantil extorsiva desleal que lucra con las posibilidades del bienestar de las poblaciones. Las patentes farmacéuticas y las prácticas monopólicas asociadas a su otorgamiento se constituyen, de este modo, en barreras que impiden el acceso al  medicamento como bien social  y con ello, se erigen como claros determinantes sociales de la salud. Si bien esta problemática es más dramática en los países de recursos medios y bajos que no disponen del conocimiento ni de la infraestructura necesaria para producir medicamentos, también es una realidad palpable en los países más ricos.

Por esta razón resulta imprescindible que el Estado adopte una posición activa en defensa de los intereses de la población. Si bien, por un lado está obligado por los acuerdos internacionales * a dar lugar a las solicitudes de patentes, por el otro, su responsabilidad principal es cuidar los recursos comunes y evitar los abusos de precios que provienen del ejercicio de una posición dominante en el mercado. Esto en el contexto de un sistema económico que ve en la salud una mercancía antes que un derecho. Es necesario que exista un compromiso político por parte del Estado que se focalice en los pacientes y la salud pública y ponga freno a los intereses de la Industria farmacéutica.

Argentina ha sostenido una tradición de cautela respecto al otorgamiento de patentes en el país. Por otra parte, en la última década, algunas iniciativas regionales desde MERCOSUR y UNASUR se han venido enfocando en el logro de decisiones conjuntas que permitan mejorar la posición negociadora de los países integrantes. Entre ellas podría mencionarse el acuerdo realizado en el  año 2009 entre los ministros de salud del Mercosur para la redacción de “guías de patentabilidad”. Estas guías tienen como objetivo construir procedimientos comunes y patrones de evaluación claros para posibilitar una revisión crítica de las patentes solicitadas en los distintos países. No en pocas oportunidades las empresas del sector intentan patentar drogas o medicamentos que no presentan caracteres suficientemente novedosos o, a través de lo que se denomina práctica de “evergreening”, intentan prorrogar los beneficios de una patente ya obtenida incorporando pequeñas modificaciones al producto y tratando de justificar su extensión y sus ganancias por muchos más años. En  2012, el Ministerio de Industria, Ministerio de Salud y el INPI emitieron en forma conjunta la Resolución MI 118/2012  MS 546/2012  INPI 107/2012 de patentes de invención y modelos de utilidad, dando  pautas para el examen de patentabilidad de las solicitudes de patentes sobre invenciones químico-farmacéuticas. Por otra parte, en consonancia con la necesidad de fortalecer la producción local de medicamentos, en diciembre de 2014 se sancionó la ley 27113 que declara de interés público y estratégico la investigación y producción de medicamentos en nuestro país y se anunció la creación de una Agencia Nacional de Laboratorios Públicos. Por último, en la reunión de ministros de salud de UNASUR de setiembre de 2015 se acordó la negociación conjunta para la provisión de drogas farmacéuticas y la posibilidad de conseguir rebajas sustanciales en los precios de compra.

Reflexión

Resulta importante tener en cuenta estas cuestiones porque es mucho el dinero que está en juego y son múltiples los instrumentos con los que tanto el Estado como la sociedad civil cuentan para llevar adelante acciones que contribuyan a evitar situaciones abusivas, y de este modo posibilitar el acceso a una salud de mejor calidad para todos (licitaciones obligatorias, salvaguardas en salud, oposiciones, importación paralela).  No hay dudas de que quienes adhieren por ideología a la preeminencia de la libertad de mercado antes que a las regulaciones estatales terminan favoreciendo a aquellos que tienen posiciones dominantes en el mercado, descuidando un derecho plasmado en la Constitución Argentina: el derecho a la salud. La integración regional de nuestro país con el resto de los países de la región no es una mera cuestión de latinoamericanismo folklórico sino que entraña la posibilidad de defender nuestros intereses desde una posición de mayor fortaleza, por ejemplo, frente a los laboratorios multinacionales farmacéuticos. En los últimos años, en Argentina, ese espíritu de consolidación regional y defensa de los derechos humanos –como lo es la salud- se ha instalado de manera auspiciosa. Habría que fortalecer (y votar) a quienes seguirán por este camino y rechazar de plano a quienes dejarían la salud a merced de los desatinos del mercado internacional. 


* En 1994, la constitución de la Organización Mundial del Comercio vino a reemplazar al acuerdo GATT sobre aranceles que regía hasta ese momento las prácticas de comercio internacional. La OMC incorporó temáticas trascendentes como las de la propiedad intelectual, las inversiones y los servicios, que hasta ese momento no formaban parte de los acuerdos y las negociaciones internacionales. A partir de estos acuerdos, los países miembros se comprometieron a modificar sus legislaciones locales y adecuarlas a los nuevos marcos internacionales. Se establecieron plazos y nuevas negociaciones a futuro. En el año 2001 se llevó a cabo la denominada Ronda de Doha cuyo objetivo principal fue avanzar en la reducción de los obstáculos al libre comercio. Los temas más sensibles, dados los intereses que involucran, fueron aquellos relacionados con el comercio agrícola y con los derechos de propiedad intelectual. Respecto a estos últimos, en esa oportunidad se acordaron los ADPIC (Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual para el Comercio) que intentan fortalecer, en una declaración aparte, la interpretación de los acuerdos en favor de la Salud Publica.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

La pasión según Kierkegaard

Pintura: Alicia Puy

por Juan Carlos Sánchez Sottosanto *

Esta presentación anhela cumplir con un doble propósito; en primer lugar, brindarles a todos una cálida bienvenida a las Undécimas Jornadas Kierkegaard, que este año se titulan “Kierkegaard: una pasión”. En segundo lugar, y utilizando o remedando el método de comunicación indirecta como gustaba nuestro amigo danés (y más indirecta aún, porque lamentablemente no puedo estar presente en este momento), hablar de la pasión según Kierkegaard. Elegí adrede un título equívoco; quizás lo único no condenable de él sea el artículo “la”. Pues, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “pasión”? ¿por qué “según”? ¿Quién es (y utilizo adrede también el presente y no el pretérito) Kierkegaard? Las preguntas no son inocentes, por supuesto.

En nuestra habla cotidiana pasión puede remitirnos al deseo amoroso o a un hobby o a un equipo deportivo. Yendo a un diccionario podemos descubrir sus etimologías en el latín passio y en el griego pathos. En los vericuetos de la jerga escolástica, heredera del aristotelismo y del estoicismo, las pasiones pueden ser todas las afecciones de nuestra voluntad. Podemos hablar de pasiones que son virtudes y de otras que son vicios, y sincretizarlas con los conceptos cristianos de nuestra imagen y semejanza de Dios pero también con la herencia del pecado. Podemos hablar de pasión como padecimiento, o ponerle una mayúscula y allí entrar en la Pasión por excelencia, la de Cristo, que ha inundado toda una iconografía, toda una literatura, todos los catecismos. Los cristianos recuerdan (supuestamente) esa pasión a través de símbolos y rituales, el más conspicuo de ellos el de la llamada “semana santa”. El Cristo flagelado y después crucificado es una presencia tan fuerte que aún los no cristianos pueden introducir en las metáforas del lenguaje esas imágenes del Calvario. Erasmo, generosamente, habló también de la “pasión de Sócrates” y así, a partir de dos tremendos dramas individuales, se crean los grandes pilares de aquello que, para bien o para mal, llamamos Occidente.

Sobre el “según”, podemos decir que podríamos haber optado por otros adverbios y preposiciones, y hablar de la pasión de, por, hacia, ante, contra Kierkegaard. Y en cuánto a Kierkegaard, sospecho que todo “apasionado” por él tendrá más de un recaudo o sentimiento de imposibilidad al desear caracterizarlo. Posiblemente ese apasionado sienta, como Sócrates ante el oráculo délfico, que cuánto más intenta conocerlo más inaprehensible le resulta, pero paradójicamente esa inaprehensibilidad vuelve a Kierkegaard aún más apasionante. No suelen manejarse así las despistadas entradas de las enciclopedias que, soto voce SK, nos hablarán de fechas, del autor de, de un filósofo, de un teólogo, de un escritor, del padre del existencialismo o de tres estadios o del introductor del concepto de angustia en el léxico filosófico o cosas por el estilo. Pero de interrogar a Kierkegaard –o en sus defecto, a algunos de sus libros, en especial a aquellos no firmados con seudónimo sino con su propio nombre- nos encontraríamos con la autoconciencia de ser “solamente” un escritor religioso; que la pasión por excelencia es la fe; que el clímax pasional de una vida es ese punto cuasi místico (aunque detestaba el misticismo) que él llamó “instante”, la irrupción de la eternidad en el tiempo –y ya no el tiempo como imagen móvil de la eternidad como quiere el Timeo de Platón- para poder escuchar (o no escuchar, o escandalizarse ante) la voz de nuestro contemporáneo, el Cristo de los Evangelios, ante el cual las dimensiones cronológicas, históricas, geográficas, sencillamente se desmoronan ante la singularidad ebullente de ese escuchar o de ese ignorar en el cual se construye nuestra libertad.

Recordemos, sin embargo, que Kierkegaard siempre se erige como nuestro contemporáneo, pero que las cronologías oficiales nos dicen que murió un 11 de noviembre de 1855 y por lo tanto este miércoles, en estas mismas Jornadas, se cumplirán los 160 años de su muerte o, si queremos ir más allá con un paralelismo, con la pasión y muerte de ese individuo que creyó en el cristianismo pero que también sabía de su propia imposibilidad de ser un cristiano a plenitud. Del individuo que, tras una prolongada lucha –o agonía, en su  sentido etimológico- contra la cristiandad, perversión nefanda, burguesa y cómoda del verdadero cristianismo, murió colapsado cuando esa cristiandad, institucionalizada y sintiéndose traicionada por un pensador de valía, se ocupó en terminar con sus ya frágiles nervios. En ese sentido, la pasión de Kierkegaard –léase la fe, léase Jesucristo- lo llevó al padecimiento casi con rigores tan fuertes como los del Jesús histórico. Casi al martirio: en el sentido vulgar del término, pero aún más y nuevamente, en el etimológico: TESTIGO con su vida y con su muerte de su pasión por Cristo y su adversión (otra pasión) hacia esa caricatura de la palabra de Cristo que era –es- la cristiandad.

Pascal decía de Jesucristo que estará en agonía hasta el fin de los tiempos. ¿Podemos atrevernos a decir lo mismo de Kierkegaard? Yo creo que sí. Que su agonía comenzó hace dos siglos y no ha terminado, y felizmente no hay visos de que termine. Agonía en sentidos positivos, negativos y quizás neutros. Mientras podamos seguir a la escucha de su voz –siempre dirigida a un lector único y nunca erigida como una teoría abstracta- esa agonía continuará. Mientras nos interpele y lo interpelemos, e incluso decidamos dejar de escucharlo, Kierkegaard estará en una agonía –una lucha, un juego, una pasión- que no resultará en vano. Pero hay aspectos de esa agonía que no dejan de ser sorprendentes o, como querría nuestro autor, paradójicos. ¿No es acaso sorprendente que entre los “apóstoles” más ilustres de nuestro “escritor religioso” hayan sobresalido, con la notable excepción de un Gabriel Marcel en el campo católico o de un Karl Barth en el protestante, pensadores o artistas no creyentes de la talla de un Heidegger, un Sartre, un Camus, un Kafka, un Bergman? ¿No es sorprendente realmente esta pasión? ¿O que con una pasión en sentido opuesto haya tenido detractores tan interesantes como un Lukáks o la Escuela de Frankfurt? ¿Es negativo que sus “escuchas” más trascendentes hayan negado las pasiones más fuertes de nuestro amigo, a saber, la fe y Jesucristo? No desde el momento en que esa escucha, fragmentaria y parcial o como se quiera, ha enriquecido para siempre la cultura del siglo XX. No desde el momento en que Kierkegaard siga existiendo como “posibilidad”: posibilidad en el sentido kierkegaardeano; si las prostitutas y los publicanos eran mejores para Cristo que los fariseos y los hipócritas, ¿porqué la pasión de Kierkegaard no sería más noble en manos de los ateos y de los agnósticos que en el de los miembros de una cristiandad que sigue demostrando, día a día, su pacto tácito con los aspectos más deleznables de nuestra sociedad? Creo que esa agonía es buena; creo que puede haber un Kierkegaard pasado por el tamiz de un Lacan o incluso (o mejor aún) por el de un lector ingenuo que compra un libro de nuestro héroe en una librería de viejo y esa misma noche, con pasión, comienza una lectura no mediada por nadie. 

Creo que el peligro está en otra parte. En el Kierkegaard de manual. En el Kierkegaard sistematizado cuando su horror por toda sistematicidad es más que patente en sus escritos. El Kierkegaard “paperizado” si se me permite el neologismo, es decir, reducido a la sombra gris de un paper que se alimentó de otros papers y con los que la Academia se retroaliamenta para no morir, pero que puede terminar matando de aburrimiento. Afortunadamente no existe una iglesia kierkegaardiana, pero lamentablemente sí una institucionalización de su pensamiento. Hay un Kierkegaard, en fin, reducido a un fósil al que debe viviseccionarse, fragmentarse, atomizarse, discutirse y llenarse de abstracts y key words y notas al pie que nadie lee pero que engrosan currículos. Yo tengo un amigo paleontólogo que ciertamente es un apasionado por los dinosaurios; pero felizmente también ama escuchar a pájaros vivos, ver reptiles vivos en su hábitat, y contemplar las estrellas. 

Fosilizar, paperizar a Kierkegaard es matarlo dos veces, prolongar su agonía en el sentido más crudo. Es dejar de verlo como una posibilidad y crear certezas que pueden durar lo que la vida útil de un paper. Es no haber aprendido nada de él: que él es un yo que se dirige a un tú que casualmente soy yo y sólo yo.

Amemos los fósiles pero escuchemos los pájaros de nuestro patio. Ojalá estas jornadas estén llenas de apasionados por Kierkegaard, o de quienes se asomen a su voz por primera vez. Que la agonía sea posibilidad y escucha e interpelaciones mutuas.

Nuevamente les doy la bienvenida a las Undécimas Jornadas Kierkegaard.


* Este texto fue leído en la apertura de las recientes XI Jornadas Kierkegaard, llevadas a cabo durante los días 9, 10 y 11 de noviembre en la Biblioteca Nacional (ver más acá)

martes, 3 de noviembre de 2015

El escorpión y la rana


por Alicia Benjamín

Desde hace tiempo, en nuestro país está habiendo un diálogo de sordos; en realidad no se trata de un diálogo, sino de dos grupos que hablan idiomas completamente diferentes. Con una lógica totalmente dispar.

Parto de lo siguiente: No se puede dar por sentado que quien vota a alguien lo vota porque cree que va a gobernar mejor o va a hacer mejor las cosas. O le va a mejorar la calidad de vida a la gente. En muchísimos casos no es así; y no lo es explícitamente.

La estrategia del macrismo ha sido, y es,  genial: hacer invisible su gestión. Macri no estuvo gobernando durante 8 años la ciudad de Buenos Aires; por ende, no se le puede pedir cuentas por lo hecho, lo no hecho, lo mal hecho. El conjuga los verbos en tiempo futuro, como alguien que se presenta por primera vez y que propone un cambio. 

Entonces: cuando la rana grita, desaforadamente, que Macri, en su gestión, subió al cuádruple el ABL, a más del triple el subte –que eran los dos únicos servicios sobre los cuales podía incidir-, y que seguramente pasaría lo mismo a nivel nacional –paralelamente a que se quiten los subsidios de los servicios restantes, para reducir el gasto público, reducción a la que todos los economistas que lo acompañan adhieren explícitamente- ; cuando la rana denuncia a voz de cuello el recorte presupuestario en salud y educación, el aumento de la mortalidad infantil en la Ciudad de Buenos Aires, por primera vez en décadas;  y cuando la rana quiere hacer oír estos datos puros y duros de la realidad, el escorpión no escucha, no entiende, no le interesa. 

¿Pero acaso el escorpión es muy rico, o muy insensible, y no le importa eso? No, al contrario: en muchos casos le cuesta ganar su dinero, trabaja, o está ya jubilado, considera que tiene que apoyarse a la educación pública y que los hospitales tienen que funcionar; los subsidios le han aliviado el bolsillo todos estos años, se molestó mucho cuando subió tanto el subte, incluso empezó a reemplazar, cuando le era posible, algunos viajes en subte por el colectivo. O a pensarlo dos veces si eran pocas cuadras y caminar un poco.  Lo del ABL tampoco le gustó ni le pareció justo. Algunos escorpiones, con un departamento de lo más común, pasaron a pagar muchísimo más, porque se reevaluaron las propiedades. 

Pero esto no tiene importancia alguna, porque Macri no está gobernando la Ciudad de Buenos Aires.

Nadie habla bien de Macri o de su gestión. Porque no hay ninguna gestión nombrada como tal; él representa una propuesta de cambio a futuro. Nada ocurrió en estos 8 años que dependiera de él, ya que el único gobierno que está en el banquillo es el gobierno nacional.  Y el cambio del que se habla todo el tiempo es ni más ni menos que éste: que deje de estar Cristina, o en líneas generales, “los K”. 

Las ranas gritan, también, reclamando que la oposición “no se disfrace de lo que no es”; por ejemplo, que no hagan estatuas en homenaje a la Rana Mayor, siendo que históricamente, y desde siempre, la han odiado de todo corazón.  Pero es un planteo ingenuo: es como pedirle a una lagartija que no se disimule entre las piedras, o a una serpiente que avise cuando está por atacar. La invisibilidad es un atributo esencial de algunas especies, no es travestismo político.

Esto tiene que ver con lo anterior: que Macri no esté gobernando la ciudad desde hace 8 años hace que ninguna de todas las cosas que pasaron –siempre tienta ponerse a enumerarlas, pero no tiene sentido, porque su gestión no existió, por ende, los actos de su gobierno no existieron tampoco en tanto tales- ; digo, ninguna de todas las cosas que pasaron, pasaron realmente en tanto consecuencias, buenas o malas, de su gestión. Puesto que ella no existió, esas cosas no existen. Así como tampoco parecen haber existido las ocurridas hace no tantos años -20, 15, 10 años- . Son el pasado. La única conjugación verbal que parece tener cabida es la del tiempo futuro. 

Esto se relaciona asimismo con algo que lleva al paroxismo la in-comunicación: cuando de un lado se reivindica la “política”, y se piensa y habla en términos políticos, y se valora como bueno o malo lo que fuere en tanto responde a tal o cual política, mientras que del otro lado se considera la “política” misma como mala palabra, o se afirma que “todos los políticos son iguales (ladrones, corruptos, mentirosos, etc.)”, ya es imposible todo diálogo. Podría parecer contradictorio que se vea como un valor que alguien “no venga de la política”, siendo que ese alguien se está dedicando a la política, está presentándose a elecciones, está aspirando a gobernar o efectivamente ya está haciéndolo hace años. Pero es coherente desde esta otra perspectiva: Macri, como “los mercados”, tiene manos “invisibles”, entonces, no se trata de política, no existe en tanto opción política. Y por eso no tiene ningún sentido el exigir que se debatan  explícitamente propuestas políticas.

Nadie reivindica la gestión de Macri en estos 8 años; no me refiero, por supuesto,  a los que lo critican y han votado por otras opciones, sino a los mismos que lo votaron en cada ocasión, y que están pensando, ahora, en volver a votarlo. No se escucha ningún elogio ni reconocimiento de lo hecho, o siquiera de las propuestas a futuro –propuestas de cambio a la vez que de conservación de “lo que se hizo bien”, aunque eso que supuestamente “se hizo bien”, depende totalmente de decisiones políticas que se quieren “cambiar”. Pero, otra vez, caemos en hablar de política, siendo que el partido se está jugando en otro lado, con otras reglas, en otro idioma.

Este es, pues, un aspecto de la cuestión, que se sintetiza así: la gestión de  Macri  en la Ciudad, a lo largo de estos 8 años, no ha tenido lugar. Ha habido acontecimientos sueltos, como el desastre de la inscripción en los colegios públicos, el cierre de salas de hospitales, los impuestos aumentados, los derrumbes anunciados de edificios con saldos trágicos, la violencia de la Metropolitana con indigentes y dentro del Hospital Borda,  Niembro,  los falsos contratos con las radios provinciales, los cortes de luz masivos por negligencia; etc.; pero que no se unificaron alrededor de un nombre propio ni una gestión determinada. La única gestión nombrada como tal ha sido la nacional; y esta nominación toma su fuerza, no de un debate o puesta en cuestión de decisiones políticas, acertadas o erróneas, o incluso de denuncias con pruebas concretas, sino  de la repetición mediática  de consignas: “los K”, “Hotesur”, “Nisman”,  o de la injuria: “la yegua”;  denuncias que, en su inmensa mayoría,  sólo tuvieron lugar en los medios, por no tener sustento alguno para poder desplegarse a nivel de la justicia. Porque la realidad que contaba, y que cuenta, parece ser solamente  la que se visibiliza y se nombra como tal. 

Y otro aspecto fundamental tiene que ver con algo muy complejo, que podría resumirse en esta pregunta: ¿es seguro que uno quiera estar bien, estar mejor, o al menos, no estar peor? Sea ese “uno” el individuo, o el genérico “país”.

No, no es seguro.

“Terapéuticamente” hablando, es todo un logro llegar a querer estar mejor, en lo que sea, y actuar en consecuencia. Es algo que se dice todo el tiempo, desde el sentido común;  pero no es tan frecuente que ocurra efectivamente.

Kierkegaard, un pensador danés del siglo 19, decía algo muy interesante, con lo que Freud estaría totalmente de acuerdo: él planteaba que muchas personas elegían sufrir, y sacrificar sus vidas, negándose a recibir nada bueno del Otro, con tal de demostrar que ese Otro había fracasado en su gestión. Y que por siempre habría de fracasar. Y también decía que, de esta manera, dichas personas se afirmaban, desesperadamente, en una identidad, en un ser sí mismos, a expensas de ese rechazo al Otro.

Cuando el escorpión, en su travesía por el río, le clava el aguijón a la rana; cuando no puede no hacerlo,  afirma desesperadamente su ser escorpión, rechazando todo lo que provenga de la rana, aunque –o porque- eso sea lo único que  podría  mantenerlo  a flote. 

Y en esa triste afirmación de su ser, muchos escorpiones se suicidan.

Muchos. No todos.

sábado, 19 de septiembre de 2015

The Clash: primavera 0:00

Especial de La otra.-radio, con la participación de Andrea Prodan. Domingo medianoche FM La Tribu


por César Colman

LOS DINOSAURIOS

A pesar de sus inicios musicales humildes y casi minimalistas, fueron creciendo hasta convertirse en la banda de la calle. Esa que con un discurso radical se declaraba a favor, tanto en entrevistas como en canciones, acerca de cuestiones que otras bandas preferían pasar por alto. Esa que a fines de los 70 y principios de los 80 se oía por cualquier lado como algo cotidiano y que le gustaba a todo el mundo (o casi), a pesar de su contenido. Pero también fue esa banda que gracias a la sofisticación paulatina de su música padeció la influencia directa de una enorme variedad de estilos. Y se convirtió en esa banda que sin buscar el enfrentamiento contra el “No future” evolucionó de tal forma que, con cada disco, no podía menos que proclamar una revolución. Este crecimiento desarrollado en cada uno de sus lanzamientos, sumado a las enormes y desgastantes giras, desencadenaron lo que termino por desorientarlos. Y al desbandarse, de alguna manera, se acabó el mundo jurásico. (Hubo un par que intentaron arrimarse, pero nunca llegaron a representar el papel musical que se requiere para esto). Será entonces que en realidad nunca sospecharon hasta donde llegarían. O será, tal vez, que cuando lanzaron su primer single “1977” y remarcaron que “no habría más Elvis, Beatles y Rolling Stones”, nadie pensó que podían llegar a ser tan grandes como ellos, pero con una historia mucho más pequeña. O es que nadie se dio cuenta de nada, en realidad, ni siquiera ellos.

PUEDEN DESAPARECER

THE CLASH (1977): Este primer disco es puro punk-rock, pero con los matices melódicos que ya caracterizaban a la banda. En él no hay sofisticación ni arreglos, no todavía, simplemente es rock en estado puro, tocado a gran velocidad, nada de grandes instrumentaciones, aquí solo huyen de forma explícita de los setenta y de lo que había sonado hasta ese entonces. La música y la voz eran muy agresivas, pero no sonaban pesadas sino frescas yy, por sobre todo, resonantes. La llamaban música basura, pero en realidad era una música muy honesta. El disco es parejo de principio a fin y casi podría decirse que no envejeció. Con todo esto es fácil rendirse ante la arrolladora “Janie Jones”, el brutal “White Riot”, o “London´s Burning”, tal vez una de las mejores canciones de su carrera, o la melodía de “Career Oportunities”, o su primera incursión en el reggae,“Police & Thieves”. Un disco con muchísima personalidad, con una banda que parecía esconder algo más grande entre manos.


GIVE ´EM ENOUGH ROPE (1978): El segundo en UK, pero el primero en EEUU, parece ser un disco de transición que no alcanza la calidad del anterior, pero sigue en la misma línea. Nuevamente las guitarras sonaban fuertes y las voces se desgastaban ante el micrófono, pero faltaba algo de la frescura del primero. Este disco es quizás el más desconocido y se puede considerar, de alguna manera, una grabación menor dentro de su carrera. No ofrece nada nuevo respecto al primero y eso era un poco peligroso en un grupo punk, dado que las limitaciones musicales del género acababan con el mismo y con la sorpresa del público que ya se estaba habituando al sonido. No obstante hay canciones que se destacan del resto, tal es el caso de “Safe European Home”, “English Civil War”, “Guns On The Roof”, todas dentro del ya clásico esquema punk; u otro tema con un contenido síp, como el delicioso “All The Young Punks”. No llega a ser un paso al costado, para nada; pero si un error calculado.

THE COST OF LIVING E.P. (1979): Meses antes de su siguiente lanzamiento, editan este extended play con cuatro temas. "I fought the law", "Groovy times", "Gates of the west", y "Capital radio two". En ellos se vislumbraban distintos formatos de canciones, abriendo la puerta a lo que vendría.


LONDON CALLING (1979): Editan, a mediados de diciembre, un disco doble a precio de uno, en todo sentido. Con una producción mucho más elaborada, incluyen arreglos e instrumentos con una fuerza y espontaneidad que hacen olvidar los balbuceos del segundo long play. Se convierten en la banda sonora de la calle, con una obra que plasma su búsqueda, superando sus propias expectativas.  El pueblo pedía nuevos héroes, aunque esta vez no debían tener ni el pelo largo ni lentejuelas, esta vez debían tener el pelo corto, despeinados y con los pantalones rotos. La banda se presenta con una obra concebida desde la tapa que, si bien no hilvana una historia, guarda, aunque no esconde, el mayor de los conceptos, el fin del rock. Homenajeando así al disco que ellos consideran como el inicio de la era del rock con Elvis Presley. London calling ahonda todos los estilos que marcarían los 80: ska, reggae, rockabilly, funk, punk y pop, creando con todo ello un sello único e inigualable. Destacar canciones es casi imposible, pero quizás se puede mencionar “London calling”, que resultó ser todo un himno urbano; “Jimmy jazz” con su toque swing que aún no había sido explotado por la nueva ola británica; “Spanish bombs”, con un esquema más roquero y punk, con referencias a España y a la guerra civil; el pop de “Lost in the supermarket"; otra con un ritmo arrasador como “Guns of Brixton”, dedicada al barrio más punk de Londres; el ska de “Wrong ’em Boyo” y algunas más como “Lover’s rock” o “Revolution Rock”, donde vuelven con el reggae. Pero el disco se deja escuchar de principio a fin con una facilidad alarmante, a pesar de sus más de setenta minutos. Un disco del cual muchos tomaron prestado no solo la musica sino tambien la actitud y los conceptos. La Rolling Stone hizo una de sus famosas encuestas en la que anunciaron con bombos y platillos que London calling resultó ser el mejor disco de la década del 80. Consultado Strummer por la misma publicacion acerca de esto, respondió: "Pienso que el disco salió en el año 79".

SANDINISTA (1980): Tras el éxito de London Calling y con el público entregado, sacan un disco triple, también a precio reducido. Si la banda logró un sonido más elaborado y lejano a sus dos primeros discos, es por la abundancia de teclados, vientos, coros, orquestas, sintetizadores y todo tipo de arreglos que distaban del espíritu punk. El disco contiene una buena colección de temas, como el disco-funk que abre la placa, “The magnificent donde se luce el bajo de Paul Simonon; otro tema destacable es “Junco partner”; o uno de los himnos, “Something about England”, con Strummer cantando como nunca. Vuelven con un reggae enorme como “One more time”, explotando los arreglos y ritmos dub. También rescatan el tema de los Equals, “Police on my back”, y sorprenden con la canción “Washington bullets”. Es magnífica también la versión casi reggae que hacen “Charlie don’t surf” y el disco-punk “Junkie slip”. Una última delicia es una versión de su primer disco completamente transformada, “Career Oportunities”. Sandinista! contiene canciones que son auténticas perlas junto con alguna que parecen no estar terminadas. Y si bien estos altibajos no lo hacen fácil de escuchar, luego de reiterar las audiciones, se va convirtiendo en irresistible.


COMBAT ROCK (1982): Ya convertidos en megaestrelas, este disco fue otro golpe de popularidad y nos hizo descubrir canciones de distinto interés, aunque nuevamente no llega a la calidad de London Calling. Aquí también se nota la existencia de algunos temas demasiado experimentales y de difícil audición. Tal como pasaba en Sandinista! se mezclan las canciones fantásticas y directas con otras no tan asimilables. Se puede destacar la muy rockera “Know your rights” o “Overpowered by funk”, sin olvidar la experimentación y el reggae desarrollado en el tema “Gettho defendant”. No obstante, el disco contiene uno de sus más temas reconocidos, “Should i stay or should i go”, tal vez su canción más americana, absolutamente inolvidable. El disco, en realidad, puede pasar desapercibido a simple oída pero es un gran disco, y se pueden encontrar perlas en cada una de las canciones por separado.

CUP THE CRAP (1985): Este disco es, tal vez, una de las mayores decepciones de la historia del rock. De difícil lectura y asimilación, contiene temas que parecen salidos sin inspiración. El grupo se resentía y ya no aguantaba los ochenta, su público se distanciaba de ellos, apartándoseles definitivamente. La producción barroca, confusas y sin alcanzar la nitidez necesaria, cubría todo con multitud de teclados y arreglos que destrozaban las canciones. Sumado al hecho de que Mick Jones y Topper Headon ya no pertenecían a la banda, lo cual provocó el desagrado y la incomprensión definitiva de sus seguidores. Todos los problemas anteriores se podían haber resuelto con buenas canciones, pero no.  A la distancia puede que no disguste tanto, pero el disco sigue sin llegar al aprobado. Así es que se salva, para quien se atreva a oírlo “This Is England” y “Three Cars”, o "Cool under heat" y poco más. Una mala despedida para uno de los mejores grupos de todos los tiempos.


RESTOS FÓSILES

Luego de esto, cada uno de los miembros se embarcó en distintos proyectos. Topper Headon estuvo lidiando con sus adicciones y no tuvo gran actividad. Editó un álbum de R&B llamado Wakin up, de poca repercusión artística y no más. Paul Simonon, por su lado, hizo algo más, editó un disco con una banda llamada Havanna 3AM, y años más tarde formó parte de uno de los tantos emprendimientos de Damon Albarn, The good the bad and the queen. Mick Jones inmediatamente luego de ser despedido formó Big Audio Dynamite, también conocido como B.A.D. banda con la que continúa hoy en día. Era una mezcla de samplers, sonidos y voces por lo que recibieron gran cantidad de críticas y acusaciones varias. Para su segundo lanzamiento de 1986, Strummer ayudo a su ex compañero con la producción del disco y la composición de algunos temas. Si bien corrieron rumores acerca del regreso, la cosa nunca pasó de eso. La banda continuo editando discos sin mayor trascendencia comercial, pero que sirven para establecer su propio legado. Strummer hizo, además, otras producciones, como es el caso de The Pogues. También tuvo un lanzamiento solista, pero luego formó The Mescaleros, banda con la que editó tres discos.

Hubo discos póstumos también, como el caso de Super black market clash, un grandioso muestrario de lado b, remixes y demás rarezas a lo largo de toda su historia. Disco que es una edición extendida del LP Black market clash. Fue editado previamente a la salida de Sandinista! y constaba de 9 canciones compiladas de distintas etapas de la banda. Clash on Broadway es un compilado que contiene rarezas y demás temas en vivo desperdigados entre clásicos de todas sus épocas. Y From here to etrnity, un disco en vivo con material de las distintas etapas de la banda en diversas presentaciones. Un muy buen muestrario del despliegue musical de una banda que dejó en el debe un legado trunco. Tal vez el fallecimiento inesperado de Strummer por una afección cardiaca no descubierta a tiempo nos dejó sin una reunión.

viernes, 21 de agosto de 2015

Melconian, Espert, Broda... ¿Y Bein?

De qué hablamos cuando hablamos de liberales y otras cuestiones 3



por Juan Manuel Iribarren


Creo que sería bueno cerrar estos apuntes desordenados tratando de ver al otro economista, el que no es Melconian Espert Broda ni tampoco Kicillof. A mi modo de ver, teatralizando un poco, Miguel Bein parece plantarse en este punto: ok, no es la economía estúpido, pero tampoco es la política, pavotes, porque si fuera la política, pavotes, estaríamos sujetos a un ciclo de empleo y consumo que no se podría sostener por siempre, y que nos llevaría a una crisis, y, por el otro lado, la agenda electoral determinaría las políticas económicas más populares, sin tomar en cuenta el largo plazo (varias décadas), y por este medio se puede hacer mucho y se ha hecho mucho, pero no se puede hacer todo, y eso siempre pasa así y siempre tenemos que volver a comenzar, por lo que habría que pasar a un ciclo de inversión y productividad: una versión bastante más matizada de la frase de Miguel Ángel Broda: la Macro siempre se venga.

Bein comparte presupuestos con los economistas de la oposición: el kirchnerismo ha sido cortoplacista, ha buscado políticas económicas populares, pero debido a esto se está quedando sin reservas, y hasta aquí no hay grandes diferencias entre los discursos; sin embargo, es crucial entender que hay enormes diferencias entre estos economistas y que estas diferencias esenciales tienen que ver con los enfoques tanto del pasado como del futuro: para los economistas de la oposición no existió década ganada, para Miguel Bein la década fue "recontraganada"; para los economistas de la oposición el corto plazo fue solo propaganda para la agenda electoral, para Miguel Bein el corto plazo fue un proceso necesario para incorporar 7 millones de pobres a la clase media; para los economistas de la oposición la caída de las reservas demuestra el carácter irresponsable del gobierno, para Miguel Bein la caída de las reservas no se puede adjudicar del todo al gobierno, sino también a los procesos de desestabilización contra el gobierno por parte de movimientos especulativos foráneos.

Ver cómo ven el futuro ambos es mucho más difícil, ambos quieren inversiones y ambos quieren bajar la inflación: el tema de las inversiones es complejo de ver, porque no se han pronunciado demasiado, pero a mi modo de entender Bein piensa en una inversión orientada a investigación y desarrollo, con el fin de  diversificar  las exportaciones y subir la calidad de empleo, pero también piensa en reducir la inflación a un dígito de aquí a cuatro años, aunque no creo que piense en un levantamiento del cepo, ni en un ajuste rápido, ni en privatizaciones, sino en una desaceleración del crecimiento, necesaria para no quedarse sin reservas, y seguramente también en adquirir algún préstamo importante. En el caso de Melconian Espert Broda, no es fácil ver qué entienden por inversiones, pero cuando dicen "inversiones", de acuerdo al credo que profesan  suena a privatizaciones para capitalizar, las reservas al mismo tiempo que levantan el cepo cambiario. Y, por supuesto, antes de pensar cómo, ir haciendo crecer las exportaciones gradualmente, reducir la inflación a un dígito en un año por una liberación del mercado e inversiones del tipo anterior o aún medidas más arriesgadas; en suma: achicar el gasto público por medio de despidos masivos y algún panfleto de libre comercio: a mi modo de entender, en nombre del largo plazo quieren hacer medidas cortoplacistas que reduzcan la inflación y traigan inversiones, pero en este caso no se ve muy clara cuál es la idea a largo plazo.

Es decir, se puede inducir fácilmente que para Bein el modelo sería un país como Corea del Sur (llegar a ser un país desarrollado en 30 años, algo tan alejado de la sensibilidad argentina, y tan sospechoso de coartada, aunque en su frase lo deja claro: "uno puede llegar en tren bala al pleno empleo, pero el desarrollo es un tren lechero"). Por esto, la incógnita sería si cree que puede o no puede hacerlo sin tener que reducir mucho el gasto público, si tiene alguna idea para un Estado de Bienestar desarrollista al estilo de los Tigres Asiáticos,  o incluso de los países nórdicos, sin petróleo o con petróleo, aunque esto último por cuestiones demográficas y culturales sea un poco más difícil. Sin embargo, lo que parece seguro es que el modelo económico peronista y kirchnerista de consumo y empleo no es precisamente el que está pensando, aunque esto no es totalmente lo mismo que descartar el modelo político de justicia social, sino que puede tratarse de retenerlo sin aumentarlo -o sin priorizarlo- como base para el desarrollo futuro, ralentizar la economía mientras se generan inversiones y muy probablemente no incorporar más pobres a la clase media, sino darle prioridad a elevar el nivel de esa clase media cuidando de no reducirla: el futuro de esto parece confuso, puede tratarse de una intrincada mayoría de edad como de una trampa más, es muy difícil analizarlo: la óptica del pensamiento nacional y popular ha asumido una mayoría de edad prematura, por el gran crecimiento y la profunda originalidad del modelo, que podría juzgar este intento de retroceso, sin preocuparse en discernir donde están las causas de este retroceso, si en ideas económicas, en intereses ajenos al modelo, o en coyunturas económicas creadas por el modelo. Pero creo que esto es lo que hay, crudo, en el pensamiento de Bein, posiblemente, la velocidad de la lancha; ahora, es mucho más difícil pensar en el modelo de Melconian Espert Broda, porque su lenguaje está siempre generalizando, y se precisa muy poco por medio de sus discursos .Incluso hay un intento clarísimo de parte de Melconian de no hablar con claridad sobre esto, afirmando que los subsidios generan irritabilidad social, pero lo cuantitativo está en otra parte. Por supuesto, se trata de ajuste, reducción de subsidios, despidos, tratados de libre comercio y todo el recetario, así que podría sugerirse que el modelo sería un país como Colombia, un país con estabilidad monetaria (que justo en estos días se rompió) por medio de inversiones constantes cuya consecuencia natural sería la apertura indiscriminada al mundo y el sálvese quien pueda.

Hay otra diferencia más esencial aún: para Bein la época kirchnerista de crecimiento y pleno empleo se tiene que compaginar con una nueva época de inversión y productividad; cuando se llega al pleno empleo el motor de la economía ya no puede ser más el consumo, sino que pasa a ser la inversión, hay que cambiar la agenda; en tanto que para Melconian Espert y Broda todo ha sido mal hecho y hay que rehacerlo: lo único que sirve son sus ideas.


Creo que otra diferencia que se puede señalar es que Miguel Bein tiene algo para decir, y quiere ser entendido, no habla como si estuviera en ámbitos académicos y el problema de ser entendido fuera del otro, que es el mensaje de Melconian, por ejemplo, al expresarse: pragmatismo versus dogmatismo.

Esto es sumamente crucial, ya que el kirchnerismo tienes dos bases: una base histórica heredera de los ideales justicialistas, pero también una base profundamente original de un modelo que a pesar de las apariencias no se casa con instrumentos; es decir, exclusivamente pragmático en función de las necesidades del momento, y mucho más sensible por esto a las inquietudes de la época que cualquier otro modelo anterior. Quizás hoy sea algo raro de pensar o incluso de visualizar, porque en Occidente los políticos han desnaturalizado un poco el término, pero en la historia argentina reciente, desde mediados de siglo pasado hasta aquí, el pragmatismo brilló por su ausencia: los ideales abrochados a las recetas ocuparon su lugar. Y ojo, que pragmatismo no significa sentido común, sino todo lo contrario: las ideas pueden estar sujetas al cambio, no hay verdades absolutas, y siempre se necesita investigar en función de lo que se quiere realizar. Sin embargo, creo que Axel Kicillof marca la línea roja que no se puede cruzar, y justamente lo hace en el mismo recinto del que venimos hablando, cuando dice frente al Consejo Interamericano de Comercio y Producción: "Ningún país de fuerte, vigorosa industrialización tardía,periférica, lo hizo sin una decidida y clara intervención de su Estado".


El interrogante que queda pendiente es si de ahora en más se va a hacer hincapié en el carácter heredero de los ideales justicialistas o en el carácter pragmático para hacer de la Argentina un país de vigorosa industrialización. Sinceramente, creo que esa es la discusión próxima dentro del kirchnerismo, porque del mismo modo que es difícil de ver hoy (debido al mito) el carácter pragmático del modelo, puede que en el futuro sea difícil de ver (debido al próximo mito) el carácter justicialista de su continuidad.

Del otro lado sólo hay palabras sueltas, y es interesante ver cómo la prensa mima a los economistas que hablan con tecnicismos, como si el complejo de inferioridad intelectual del que padecen muchos periodistas no encontrara mejor lugar para verse reflejado que en el vacío de ideas que esconden los tecnicismos. Y que, al poder compartir con los periodistas, los pone a hablar de lo mismo que es, en último lugar, la imposición ideológica de la que no quieren hacerse cargo: la fuerza de los intereses privados en sus palabras.

martes, 18 de agosto de 2015

Fundamentalistas de mercado

De qué hablamos cuando hablamos de liberales y otras cuestiones 2



por Juan Manuel Iribarren

(viene de acá)

Y me voy: regreso por un momento a la Argentina del Siglo xxi, a la reunión del Consejo Interamericano de Comercio y Producción, con economistas que se autodenominan liberales porque consideran despectivo el término neoliberal -o quizás piensen que no tiene que ver con ellos.

Lo que llama singularmente la atención es que no hay ninguna señal en el debate de que la Argentina haya pasado por un proceso de crecimiento y cambio, reconocible aun para muchos economistas ortodoxos; la negación de estos 12 años es total, e incluso la llaman "la década perdida" en un intento de negación pueril que sólo evidencia una completa adhesión a su credo.

En realidad, es como si estos señores recién acabaran de salir de un seminario con Milton Friedman, iluminados y racionales en contraposición al dogmatismo ignorante de los viejos economistas del establishment (veteranos keynesianos del New Deal). Y entonces, sinceramente preocupados por el problema de la inflación, sinceramente histéricos por su reputación, creyesen que nada se ha hecho correctamente, que hay que cesar la emisión monetaria, abrir fronteras, ajustar, más deuda externa y punto: lo demás lo hace el sector privado. Sinceramente, pero raro.

Milton Friedman

La arrogancia y la impostada seriedad con la que hoy hablan de estos temas no hace más que solapar la inseguridad que sentirían frente a verdaderos referentes de peso en este momento, pero también oculta algo peor, algo que se le debería poder cuestionar a cualquiera que se dedique a una ciencia social -con matices normativos- y pretenda ser un referente: desconocen por completo la sensibilidad contemporánea, aun de los economistas de más peso en la opinión mundial; desconocen -o quieren desconocer- que el tema más preocupante en el mundo en estos momentos para los verdaderos referentes de la economía -de los cuales ninguno, hay que decirlo, es neoliberal- es la abrumadora desigualdad, es el capitalismo patrimonial -que vuelve superfluos los puntos de vista liberales de la igualdad de oportunidades-, y que todos estos temas, evidenciando que son centrales en esta época, se transparentan en la crisis del Euro por la imposición de esas políticas que defiende la Troika y que están acabando  con el proyecto de la Unión Europea por irracionalidades, cinismos y castigos.

Escuchándolos pensaría no que estamos volviendo a los 90, sino que estamos en los 70, al comienzo de la contrarrevolución contra Keynes, la que pretendió restaurar al Dios Mercado y su panacea del equilibrio, la de los modelos consistentes que han puesto la lógica del mercado por encima de todo, la que lanzó por décadas la cruzada contra el impuesto de la inflación con que el Estado malvado, enemigo de la libertad, robaba al pueblo (técnicamente, cobraba un impuesto oculto) pero la que también, por sobre todo, cerró los ojos frente al monopolio, las grandes concentraciones de capital, la información asimétrica, los acuerdos de los gremios (actualizando: los oligopolios) a los que Adam Smith denunció y combatió, incluso censurando cualquier posibilidad de reunión entre patrones, a años luz de las consultorías actuales, de esos economistas al servicio de la empresa privada que viven en la ilusión autoritaria de no tener ideología, de no obedecer a líneas políticas, de ser objetivos y neutrales; digamos también que esa cruzada a la larga, por acción u omisión, demostró lo que entendía por pueblo, defendiendo los intereses de unos pocos en nombre del liberalismo que ciertamente defendía (o intentaba generar las condiciones para defender) los intereses de muchos, pero esta vez no, esta vez no sería ese el destino, esta vez se propugnaría por omisión de críticas -por omisión también de refinamiento de sus premisas, de actualización frente a la realidad de las naciones y el mercado, ambas cambiantes- el terrorismo económico de sus gurúes desestabilizando gobiernos, intrigando, boicoteando, realizando golpes de estado y reprimiendo, por medio de la terapia de shock necesaria para imponer un nuevo paradigma, por medio del atontamiento y hablemos de una vez de la terapia de choque, porque estos señores parece que saben apreciarla lo suficiente para nombrarla repetidas veces.

La terapia de choque fue planteada en contraposición al gradualismo, desmontar el Estado por partes, gradualmente, en objetivos de largo plazo, o hacerlo de golpe, no permitiendo ninguna reacción, por sorpresa: se considera esto más eficaz frente a estados fuertes consolidados; pero terapia de choque en el fondo también significa: con ustedes no se puede razonar, solo hay que golpearlos, atontarlos, son ignorantes que no comprenden la profundidad de los cambios que hay que hacer, y debido a que no son interlocutores válidos, como sus ideas no importan y esto es cuestión de especialistas, solo se puede imponer nuestro paradigma por medio del debilitamiento de su resistencia, golpeando por sorpresa, reduciendo sus derechos sociales al mínimo indispensable para dejar todo en manos privadas y en la sabiduría perenne del mercado; y por supuesto, todo esto en nombre de los ideales liberales, de la libertad de mercado, de la libertad a secas, de la libertad, etc.:  se trató de un hombre que al principio fue una voz en el desierto, pero luego consiguió unos cuantos miles de fieles e impuso una doctrina que durante dos décadas se consideró palabra santa, pero que pasado ese tiempo, demostrada la inutilidad de su percepción para la mayoría de los pueblos, su enseñanza se enquistó en las universidades, en los organismos de crédito y en algunas consultorías privadas y así se fue  transformando de a poco en una pequeña secta de tecnócratas, apoyados por una sobreexposición en los medios, que aún conciben su culto y sus delirios de grandeza por medio de chantajes cuando tienen el poder, de astucias y engaños cuando no lo tienen: nada más alejado del liberalismo que estos neoliberales, los cuales sólo existen por haberse aferrado a las imperiosas necesidades que genera el problema de la inflación -y posteriormente de la deuda-, parasitando todas las opciones por medio de su fe ciega por un lado, su profundo ocultamiento de estar al servicio de los intereses privados, por el otro.

Bien, sabemos que la inflación puede ser un gran problema, pero mientras los modos de arreglar la inflación que se propongan consistan en un uso político de la solución para coartar libertades y reforzar privilegios, la medicina va a ser peor que la enfermedad y esto lo puede comprender cualquiera: es irresponsable pensar que algo va a solucionarse creando un nuevo problema en su lugar, no es así como funcionan las responsabilidades, y tampoco es así como funciona en todos los casos la inflación: hay casos de alta emisión monetaria y nula inflación, contradiciendo los presupuestos básicos del monetarismo: no está claro que achicar el gasto público y dejar de emitir moneda sea el único modo de solucionar una inflación, aunque sí está perfectamente claro, aun para estos soñadores fríos, que de este modo el país va hacia un retroceso, lo que sería una tragedia, ellos dicen, provisoria, pero las consecuencias realmente no se pueden prever. Y aunque no puedan ser medidas eternas, la indexación continua de los salarios y el control de precios son medidas mucho más sensatas y prudentes que la postración ante el Dios Mercado.

Por eso también es importante reconocer a esta gente por un nombre: fundamentalistas: sus ideas no sólo son más importantes que el sufrimiento y la pérdida de una generación, que el futuro de un sector de la población que no contemplan en sus números, sino que -y esto es decisivo para ellos- sus ideas son más importantes que la necesidad de revisarlas, actualizarlas y cuestionarlas de acuerdo a los datos de la realidad, no de la ficción estereotipada de los números, sino de la sensibilidad contemporánea con respecto a los temas sensibles de nuestra época, ya que justamente es en las sensibilidades de una época  donde siempre hay información sobre las necesidades, no solo del presente, sino también del futuro, por lo que descuidar las sensibilidades de la época suele ser un rasgo propio del despotismo, y por supuesto, de los malos gobernantes; y esto que digo no es nada menor, ya que ellos fueron parte de un proceso desastroso en la economía del que no han hecho ninguna autocrítica ni parecen tener intenciones de hacerla, por lo que se trata clara y llanamente de fundamentalismo de mercado, terapia de shock (ahora dicen que gradual) e imposición del modelo neoliberal que viene fracasando en todo el mundo y que solo se sostiene por los intereses de las instituciones que lo promueven, pero que ha perdido todo peso en el mundo actual de las ideas económicas, y a medida que avanza el siglo xxi parece perder progresivamente peso en la geopolítica mundial.

Cualquiera que escuchara sus discursos podría incluso pensar que las naciones avanzadas del mundo no tienen gasto público y mucho menos estado de bienestar, que esa es una barbarie del populismo latino, que quizás lo desmantelan para avanzar y crecer económicamente y así se vuelven países civilizados, pero la realidad no es esa: Reino Unido, Francia, Alemania, Holanda, Dinamarca, Suecia, Austria, Noruega, Finlandia, Japón e Israel usan entre un 40 y un 58 % del PBI en gasto público (algunas de estas naciones tienen un sistema de cobertura social más completo que el nuestro, incluso para los inmigrantes); en el caso de Argentina este porcentaje está alrededor del 45%, menos del 40% tienen Suiza, EEUU, Australia y Canadá. Creo que más allá de las diferencias demográficas y de prioridad dentro del mismo gasto público que habría que tomar en cuenta para que esto no fuera más que una observación menor al margen, se puede intentar inferir que el estado mínimo no tiene mucha incidencia en las naciones desarrolladas, y que, al menos en lo que respecta a Europa, el Estado de Bienestar está claramente consolidado. Y habría que recordar que entre 1993 y el 2000 este porcentaje en la Argentina promediaba en cerca del 25% del PBI, al que muchos considerarían necesario volver.

Se ha generado un modo de emitir moneda sin generar inflación, por lo que no sólo las ideas, sino también las políticas en el mundo, no parecen querer ya profesar el neoliberalismo, aunque lo prediquen a las naciones subdesarrolladas, rasgándose las vestiduras o vistiéndose de víctimas de la irresponsabilidad de los gobiernos: chantajeando y controlando, censurando, aun así, casi todas las naciones, a pesar de esto, suelen estar a favor de un fuerte estado de bienestar que les garantice el consumo y el acuerdo entre clases.

Es por eso que nada ha criticado tanto el credo neoliberal como la construcción de este estado de bienestar en países subdesarrollados, por eso su indolente percepción lo percibe simplemente como una interferencia del mercado, le niega toda bondad y necesidad, y solo habla de ajustes -como quien no quiere la cosa- en medio del comienzo de una polémica mundial sobre la necesidad de un impuesto global al capital para que el capitalismo no degenere en oligarquía, y para que la separación entre clases cada vez mayor no sea un sino irremediable; para evitar una vuelta al siglo xix, al imperio de los patrimonios, las grandes fortunas y las grandes miserias. Este intento bienintencionado de salvar al capitalismo de sus excesos -porque esta viene siendo la principal tarea de los economistas hace ya algún tiempo- que han emprendido los principales referentes mundiales (Stiglitz, Krugman y Piketty en primera fila, secundados desde lejos por el aura de Amartya Sen, proponiendo una nueva razón práctica que guíe la economía en una vuelta a los valores filosóficos) parecen pertenecer a un tiempo muy distinto al de Melconian, Espert y Broda, los que profesan la religión monetarista sin siquiera necesidad de actualizarla, con todos sus mantras (achicar el estado, reducir el gasto, eliminar aranceles).

En serio que este discurso no se diferencia en nada del que podrían haber dado en la década del 70, carece del oportunismo menemista de los 90 y es un programa dogmático al estilo del Ladrillo, los Chicago Boys, Martínez de Hoz y la era Reagan Thatcher, da la sensación de haberse quedado en esa época influido por la lamentable conversión de Milton Friedman, de crítico necesario, cuidadoso y consciente del keynesianismo a irresponsable ideólogo conservador de la derecha, pero en nombre de los valores liberales, tergiversando profundamente el pensamiento de Adam Smith. Aclarémoslo de una vez: el neoliberalismo no tiene demasiados valores en común con el liberalismo, más bien parece ser un indirecto promotor de muchas cosas que Adam Smith combatió y que la teoría económica parece soslayar en sus observaciones, dejándoles la dudosa categoría de fallas del mercado, como si estas fallas fueran una abolladura en una máquina y no los fundamentos que ponen a funcionar la máquina, generando desigualdad de oportunidades, principalmente; el gran problema de la teoría económica clásica es que ha visto accidentes innecesarios (perturbaciones del equilibrio) en cuestiones que ya son prácticamente inseparables del funcionamiento del mercado.

La escuela de Chicago, como promotora del fundamentalismo de mercado de los 80 y los 90, del desmantelamiento de naciones, de particiones, guerras civiles y desplazamientos de fronteras, fortaleció indirectamente el lamentable traspaso de la economía desde una ciencia descriptiva hacia una ciencia predictiva, el lamentable traspaso de la figura del humanista ilustrado a la del gurú soberbio que tanto daño ha hecho por profecías autocumplidas y demás intrigas. Esa degradación de la ciencia social a una disciplina técnica sin rostro humano pero con halos pseudomísticos, con lenguaje revelado, con iniciados y secretos, toda esta parafernalia técnica se trasunta de la arrogancia de estos señores, pero cada vez parece más fuera de lugar en los debates del mundo actual.
Y esta es la gente que piensa que puede entender y cambiar la Argentina. No, de ningún modo, esta gente cree que puede amoldar la Argentina, reducirla a sus perspectivas, y principalmente por eso es afecta a los pronósticos erróneos, ya que intentar entender a la Argentina, por supuesto, no es parte de su trabajo.