martes, 19 de abril de 2016

Peligrosos Gorriones: una historia de los años 90


por José Miccio y Gastón Franchini (2007)

Prólogo

En diciembre de 1992 Serú Girán cierra en River su Operación Retorno y Soda Stereo abre en Obras su Operación Legado. La primera es un triunfo inmediato y bochornoso. La segunda un paulatino fracaso. Las dos son hijas de la plata dulce de los primeros años menemistas. 

De un lado, en River, cuatro tipos felices por su renovada cuenta bancaria e inmunes a toda vergüenza. Con Serú Girán volvían las armonías complejas en la onda Steely Dan y el mito del supergrupo. Por esos años, la ola retro se extendía en el millón y pico de entradas vendidas por Tango Feroz, en un programa de televisión llamado La Cueva y en la edición por revistas y diarios de compilados dedicados al rock argentino. Serú 92  y el doble que registra las actuaciones en River son las pruebas de un desfalco. Pero Serú logró lo que quería: llenar de gente los estadios y de dinero sus bolsillos. En sintonía con la época, Lebón aparecía en Caras con Pata Villanueva y García respondía sin pestañear que un millón de dólares era la razón del regreso. En su institucional navideño, los empleados del canal 9 de Alejandro Romay cantaban la misma canción que los cuatro Serú Girán cantaban en River. Su estribillo decía así: “Todas las personas pueden mejorar / todos los caminos pueden ayudar / si estás aquí / si lo deseás”. 

Del otro lado, en Obras, tres tipos modernos en plena mutación noise, dueños del circo por derecho propio y debilidades ajenas. Con Soda Stereo llegaba el hojaldre infinito de guitarras a la My Bloody Valentine y la promesa de un presente continuo y siempre sofisticado. La ola moderna se extendía en el desembarco de las señales de cable dedicadas a la música, en algunos periodistas padrinos y, sobre todo, en el espacio que el notable crecimiento de la edición discográfica dedicaba a bandas nuevas. Al comienzo de los años 90 se produce la segunda explosión cuantitativa del rock argentino (la primera es la que acompaña el retorno de la democracia). En 1991 se editan 74 discos. En 1992, 85. En 1993, 113. Las discográficas hicieron sus negocios y las ventas de los primeros tres años de los 90 igualan las de toda la década anterior. Dynamo y los shows de presentación en Obras son la prueba de un momento altísimo en la carrera de Soda Stereo. Pero la banda no logró lo que parecía ser su programa: dejar un sonido para los años venideros y su nombre como cifra de la década. En sintonía con su tiempo, Cerati hacía pop siempre al día con su trío de siempre, un poco de electrónica experimental con Daniel Melero y canciones acústicas en forma solista. El estribillo de uno de los temas de Dynamo decía: “Si después de tanto andar / estás en el mismo lugar / toma la ruta”.

Es cierto: había grandes canciones de los dos lados. Pero el resultado era previsible. Las de Serú Girán, heridas por la desidia de sus hacedores. Las de Soda Stereo, brillantes desde todo punto de vista, tocadas con la convicción y la soberbia de quienes saben que la cresta de la ola sube con ellos y que desde allá arriba todo se ve chiquito. Con Serú la historia se repite como farsa. Con Soda no se repite y  punto; en todo caso se la trae desde el presente europeo, así como dos años antes se la había hecho venir desde el pasado argentino para dar forma a Canción animal. Generoso, sereno, altivo, Cerati decide entonces que puede dar algo de lo que le pertenece e invita a algunas bandas nuevas para que abran sus conciertos. Las elegidas son Babasónicos, Tía Newton, Martes Menta y Juana La Loca. Un pasado muerto, un presente en camino, un futuro posible. Todo parece dynámico. Unos meses después no hay nadie que no hable del Nuevo Rock Argentino. Los años 80 son cosa del pasado. 

Capítulo 1. Cachetazo paliza al piso

En 1993 tiene lugar en Córdoba el primer festival Nuevo Rock Argentino. En dos jornadas tocan Babasónicos, Juana La Loca, Martes Menta, Tía Newton, Los Brujos, Peligrosos Gorriones, Todos Tus Muertos y Los Visitantes. Una combinación curiosa. O más técnicamente: una mescolanza. Sobre todo por las dos últimas bandas, cuya historia es diferente (cuya historia existe). Palo volvía después del fin de Don Cornelio y los Muertos mutaban del dark-punk de sus primeros discos a un cambalache rítmico muy cercano a Mano Negra. Los otros grupos, semejantes o no, tienen más que ver entre sí. Los cuatro primeros vienen de talonear a Soda Stereo y Los Brujos trabajan con Melero. Sus músicos, además, comparten generación, una palabra que entonces vuelve a ser moneda corriente. Y si de palabras se trata, hay otras dos importantes, que se convierten en comodines para referirse a las bandas nuevas. Una, más genérica, es alternativos. La otra, más específica, es sónicos. 

Los Peligrosos Gorriones no había teloneado a Soda Stereo pero son incluidos rápidamente dentro de este último conjunto. No habían editado todavía su primer disco pero ya se hablaba de ellos con entusiasmo. Un comentario sobre su primer demo en una revista de la época (Rock en blanco y negro) terminaba así: “Atenti con “Escafandra”, “Cachavacha” y “La mordida”. ¿Futuros clásicos del rock argento?”. Con el correr del año, los elogios y reconocimientos se suceden como en frenesí. Más de un periodista encargado de cubrir el evento cordobés determina que la banda de Bochatón es la revelación, y cuando termina el año más de una encuesta la declara como la mejor de las nuevas agrupaciones. Y hay más. El video de “Escafandra” rota en los canales de cable con una frecuencia altísima. Su debut discográfico (Peligrosos Gorriones) es producido por Zeta y ternado para los premios ACE de cronistas de espectáculos, un dato muy poco menor si se tiene en cuenta que los responsables de consagrarlo como mejor disco nuevo en el de Clarín, por ejemplo, son en un noventa por ciento periodistas. Todo parecía ir viento en popa. Y qué duda cabe: el disco merecía tantos aplausos. 

Ya desde su nombre la banda sonaba a cosa nueva, aunque su combinación de animal y atributo inesperado no fue única: por la misma época había otra que se llamaba Demente Caracol y antes, por supuesto, había existido Pescado Rabioso. En relación con esto, y como sucede siempre que unas canciones de rock argentino tienen letras, digamos, poéticas, más de uno consideró spinettianas las de Francisco Bochatón. Por eso no es raro que en un intento de clasificación de aquellos años, que dividía ya las aguas entre sónicos y rockers, Peligrosos Gorriones apareciera, entre bandas beatcore, experimentales y tecno, como rock surrealista. Y como en el rock local surrealismo es Artaud, Artaud es Pescado Rabioso y Pescado Rabioso es Spinetta, la conexión parecía tener sentido. Como sea, hay que decir que la música de los Gorriones le hacía honor a semejante nombre. Eléctrico y desaforado, el grupo era dueño de unas canciones furiosas y sutiles, que sonaban, dentro del marco abierto por Pixies y llevado a la masividad por Nirvana, en sintonía con algunas de Los Brujos. Pero sus letras, muy importantes para comprender tanta bienvenida, seguían otro camino. 

“Escafandra” abre este primer disco. Batería y acople, guitarra que se suma, silencio, grito y entonces sí, banda completa. La canción huele a espíritu adolescente pero su contenido es más bien infantil, como la fiesta llena de juguetes y papel picado del video que acompañó su difusión. Las imágenes de Bochatón -  “Sobrevivo pues llevo mi traje / soy un buceador / Y si encuentro el tesoro me iré a otro planeta a pasear / La manguera me da todo el aire / y puedo respirar” - son semejantes a las que abundan en esos verdaderos catálogos de macumbas, galaxias y surf mutante que son los discos de Los Brujos. Pero hay en los Gorriones un ánimo que no es ajeno a la influencia de Nevermind y que devuelve al poeta atormentado los laureles que cada tanto viene a reclamar. Y es que Bochatón no concedió mucho más que estas frases al gusto por lo cutre. De hecho, en la misma “Escafandra” entrega como parte de su estribillo-trabalenguas su primera imagen del vacío, un tema que persiste en sus canciones bajo formas distintas hasta hoy: “Cofre y adentro desarmo las trabas ya no había nada”. De modo que esta aventura infantil, que incluye disfraces, diminutivos y referencias al turismo interplanetario, es ya un final del juego. 

El disco está lleno de referencias al mundo de la infancia pero carece de inocencia. “Panza de la araña” y “Cachavacha” son las otras dos canciones fundamentales. La primera remite desde la música al juego de ronda (o de calesita, o de saltar la soga). Es una atmósfera infantil y también un mundo perverso, como lo indican las primeras palabras: “Luz de bebé que murió / se fue a las seis”. El clima recuerda un poco el debut en cine de Freddy Kruger, y ciertas imágenes, dignas de una película de David Lynch (“una lengua de verdín”, “uñas rotas”, la misma “panza de la araña”), establecen el registro ominoso de la letra, en contraste con la repetitiva y juguetona estructura musical. Como sucede en tantas de sus canciones, Bochatón corta los versos de manera que las funciones sintácticas no puedan determinarse con claridad; en “lenta vejez cuenta arrugas cuenta tres / uñas rotas piel de esponja”, por ejemplo, “tres” puede modificar tanto a “arrugas” como a “uñas”, y la barra de separación responde a la música y no a la transcripción de la letra contenida en el sobre interno, que está hecha de manera continua y casi sin puntuación. También “Cachavacha” es una sucesión de imágenes infantiles, entre el juego (globos, piñatas, muñecos, “la rana que vuela”), el carnaval cumpleañero (el mundo invertido de frases como“el que menos suma será el ganador”, “el más lindo será el peor”) y la ambigüedad (un poco de fiesta, otro de brujería y una canilla que puede ser tanto una parte del cuerpo como un grifo molesto que gotea, como en las películas de terror).

Hay otras canciones - “Nuestros días”, “Estos pies” - que están muy por debajo de sus compañeras. Y otras más - “Siempre acampa”, “Cacería de caballos” - que trabajan un surrealismo de taller literario. Pero “Trampa” agrega algo importante a todo lo dicho. Su sonido es el que más se acerca a lo que Nirvana hacía por esos días. El teclado recuerda un poco los climas enfermizos de los Fuzztones. Su letra dice: “Ver detrás de lo mostrado / yo lo vi y debí evitarlo”. No es vacío esta vez (como en “Escafandra”) lo que se oculta bajo la superficie. Es algo peor. Lo prohibido no es aventura sino castigo, y el tesoro se convierte en una versión de la caja de Pandora. El poeta mira y sufre, y como en tantas tradiciones, de la manzana cristiana a la locura de los malditos, conocer es ser castigado. 

Músicos jóvenes, un disco ciertamente original, unas letras entre candorosas y siniestras, buenas ventas y buenos comentarios. Parecía que Peligrosos Gorriones sería la banda popular más amada por la crítica. Pero no fue así. En 1999, cuando el reloj de los 90 se apaga, el suplemento No de Página 12 elige veinticinco canciones a manera de resumen de década y pone entre ellos “Siempre acampa”. En 2007, cuando se cumplen cuarenta años de rock argentino, Rolling Stone elige los cien mejores discos de su historia e incluye, en el humilde puesto 74, este mismo álbum. De lo que vino después, nada. Es como si todo se hubiese detenido acá.

Capítulo 2. Un trago de río amargo

En 1995 el tan mentado crecimiento del rock argentino inicia su camino descendente. El número de ediciones disminuye, y la venta total de discos se reduce de manera drástica. Para el periodismo gráfico, además, el tema de las nuevas bandas no es ya un nuevo tema, y en el muy veloz mundo de la crítica lo que dos años atrás era esperanza es  ahora objeto de sospecha. 

En diciembre de 1994, desde el número balance del suplemento – el mismo espacio que exactamente un año atrás había consagrado como revelación a Peligrosos Gorriones - Pablo Schanton, que fue uno de los más activos partidarios de la renovación post-Dynamo, escribe esto en la entrada correspondiente a “Acontecimiento del año”: “Que cualquiera pueda ser alternativo pero casi nadie contracultural”. La oposición deshistoriza el fenómeno pero tiene un interés indudable. Lo alternativo fue en buena medida una brevísima primavera sobredeterminada por la multiplicación de la oferta económica, la difusión de MTV, el éxito de Nirvana y el ejemplo del Lollapalooza. Las nuevas bandas grababan para multinacionales, y como para confirmar que un nuevo target había sido identificado y construido una de ellas, BMG, creó un subsello especial, Iguana, para vender las canciones de los jóvenes grupos a una nueva generación de oyentes, henchidos de mochilitas y pins. Un Iván Noble extrañamente inspirado e inmerso en un panorama que se volvía poco a poco más confuso escribía en aquel tiempo, en relación con la segunda edición cordobesa del Festival Nuevo Rock y por medio de un campo léxico directamente levantado del glosario ricotero: “El rock alternativo será aquel que mejor aprenda a cuidar su culo, después de tantos héroes del rock violados y otros tantos que se dejaron coger”. Para dar cuenta de la efímera vida del legado que Soda Stereo parecía haber dejado, solo basta recordar que la banda más exitosa de esta edición del festival no fue ninguna de las salidas de los Obras del 92, ni de las producidas por Zeta o por Melero, sino 2 Minutos, cuyo disco debut, Valentín Alsina, anunciaba desde el título lo que no tardaría en llegar: el triunfo de las bandas barriales. 

En la coyuntura económica, la palabra recesión estaba a la orden del día. Iguana cierra en 1995. Por aquellas horas era posible una declaración increíble como esta de Sergio García, ejecutivo de Sony: “Yo creo que si hubiera otra invasión a Malvinas las ventas subirían más”. Así, en paralelo con la reducción de la oferta de las grandes compañías, se multiplican las ediciones autogestionadas, muchas de ellas en casete. El concepto de independiente comenzaba a ganar terreno al de alternativo. Signo involuntario del estado de las cosas, el festival cordobés de 1994 se hace en un ex galpón industrial convertido en discoteca, y el de 1996 en una estación de trenes abandonada. En este contexto, Fuga, el segundo disco de Peligrosos Gorriones, es lanzado con afiches y rotación radial asegurada. Mucho dinero puesto en ellos. No será la primera vez que un triunfo artístico sea también un fracaso comercial. 

El nuevo álbum de los Gorriones, o al menos buena parte de sus canciones, está marcado a fuego por esta trama histórica. En líneas generales, Fuga navega las aguas poco tranquilas de Pixies, Nirvana y Don Cornelio. Digámoslo de entrada: desde Patria o muerte que un disco de rock argentino no exponía una sensación tan terminal. Su arte de tapa, sencillo y contundente, advierte cómo viene la mano esta vez. Un título que dentro del universo del rock podría connotar dimensiones utópicas recibe del diseño gráfico un atributo que modifica su alcance de manera definitiva: en la tapa, una hornalla prendida, y en la contratapa, el hueco dejado por esa hornalla en una cocina. Es decir: no se trata de una fuga hacia la libertad sino de una fuga de gas. De la amenaza, no de la utopía. Curiosamente, unas letras más rizomáticas que polisémicas son presentadas, de esta manera, con un juego contrario, casi con una declaración. Como si desde el vamos fuese necesario determinar con claridad el sentido anímico del disco más oscuro de la década. 

Todo empieza con “El mimo”, que, como “Cachavacha”, dura un minuto cuarenta, pero que sustituye el juego infantil y perverso por una sensación de abatimiento mucho menos lúdica. Antes, Lynch o Craven. Ahora, Romero. “Mi disfraz es caminar adecuadamente” / “Mi disfraz es caminar por la tierra alegre”, canta Bochatón en el papel de un mimo que trabaja en la radio y reparte panfletos de compro oro. Antes un mal sueño que una crónica, “El mimo” mira de reojo y con desprecio al país entero, zombificado, y tal vez al entonces presidente argentino, “simulando ser campeón de tenis o fútbol”. Como siempre, la canción posee un gran trabajo instrumental y delicados y violentos arreglos de guitarra y teclados, sobre todo en su retorcida mitad. Es hora de reconocer que Guillermo Coda, Cuervo Karakachoff y Rodrigo Velázquez supieron encontrar el sonido más adecuado para las canciones de un Bochatón embroncado e inspiradísimo, y que parte del mérito les corresponde. En “Serpentina”, una de las frases que  se desenrolla vuelve a señalar el contexto: “Nueva democracia musical de fiesta y murga”. Es tiempo de pachanga, y al líder gorrión, rocker herido, poco le importa el linaje rioplatense de la música que cita, aunque mucho le molesta, evidentemente, la nueva trama sonora de la década, en relación con la cual “murga” es solo un desplante metonímico: no cuesta nada leer ahí “cumbia” o “ritmos latinos”. Musicalmente, la canción obliga a Bochatón a forzar su voz en los picos agudos de cada frase, y en la segunda estrofa, si se escucha con cuidado, se puede oír cómo sufre su garganta y cómo su respiración no soporta bien el continuo desplegarse de la letra. Suma, además, gritos a lo Palo Pandolfo y una serie de guturales “¡uhhh!” que dan al tema un aire de ska deforme. Digámoslo sin miedo: “Serpentina” es una de las grandes canciones del rock argentino, y junto con la interpretación sufriente de la posterior “Por tres monedas”, la gran performance vocal de un cantante que jamás figurará en una lista de los mejores en su rubro pero que - como Palo, una vez más - aprendió del punk algo más que a cortarse el pelo. 

Si hay una canción cuyo título resume Fuga esa canción es “Continuo susto”. Hay un detalle importante, que probablemente mucho tenga que ver con esta sensación de desgracias totales que invade el disco. Los tres primeros temas se suceden como si su separación fuera menos una pausa que un corte como los que abundan en el interior de cada uno de ellos. Comprobación empírica: el contador del equipo de música solo pone el signo menos, que comunica los segundos que faltan para el próximo track al comienzo del cuarto tema. Lo mismo sucede entre “Agua acróbata” y “Sé que el tiempo”, temas siete y ocho respectivamente. Fuera de relación, esto nada significa, pero en un disco que insiste en armar buena parte de sus canciones con repeticiones obsesivas, que está dominado por oscuros campos léxicos y repleto de frases gramaticalmente desesperantes esta continuidad puede no ser inocente. No al menos si pretendemos explicar por qué Fuga nos pone tan nerviosos cuando lo escuchamos. 

Y es que si bien las nuevas canciones no se apartan totalmente de las del disco anterior, son las zonas más oscuras de Peligrosos Gorriones las que se profundizan. También acá Bochatón canta, en “Mañanitas”, un estribillo-trabalenguas, como el de “Escafandra”. Sin embargo, hasta estas conexiones se enrarecen. Es un susto más esencial, un susto sin Cachavachas el que acampa en este disco. La angustia antes que el miedo. En las letras, todo o casi todo contribuye a la incomodidad. 1) Atmósferas irrespirables (“sangra la fuga de gas”; “asfixian aire, los hombres cartuchera”), itinerarios anulados o autistas (“Anda solo por la vida sin ninguna dirección”, “Anda solo por la vida sin remedio y sin patrón”; “La procesión que murió hace un siglo, camina zombi en círculo el sentido”). 2) Vida sin renovación (“Anda solo sin cigüeña con la luna en el cajón”, “Se encierra el brote, se seca y nos ciega”, “En la jungla aniquila los elefantes, en la cordillera aniquila los elefantes, el diafragma aniquila los elefantes”). 3) Metáforas de muerte y locura (“Soy el manicomio gris. Soy el velatorio en sí”). 4) Secuencias de extrañas metamorfosis (“Soy cáscaras, soy máscaras, soy charlatán, soy cuerpo”). Fuga es una de las cumbres del rock argentino de los 90. Es hora de reconocer su gloria. 

Capítulo 3. En páginas el tiempo se cerró

En 1997 Peligrosos Gorriones publica su último disco. El año anterior se había realizado el último festival Nuevo Rock Argentino, por primera vez sin la banda de Bochatón en cartel. Muy poco público concurrió al evento. Algo se había secado. Martes Menta no existía más, Los Brujos dejan de hacerlo por esos días, Tía Newton jamás sacó un disco, Juana la Loca, que quería provocar un terremoto, no movió ni una baldosa. Y los Babasónicos no podían ni siquiera imaginar el futuro caliente que el siglo XXI le regalaría a su carrera. En resumen: el Nuevo Rock ya no existía, y la sospecha de que el muerto nunca había nacido se volvía cada vez más verosímil. Con los Gorriones se cierra el arco: la plata dulce los vio nacer, la recesión de mitad de década los vio morir. Sucede a veces que el mismo juego de fuerzas que permite la aparición de una banda como esta termina por ahogarla. Algo parecido les pasó a Don Cornelio y a Fricción, dos grupos que Bochatón seguramente escuchaba en su pieza cuando pellizcaba las cuerdas de su bajo y soñaba con ser poeta y músico de rock. 

Triste final para una banda apasionante. De hecho, nadie parece haberse enterado de la publicación de Antiflash. Y como, según se ve, para la biografía de las bandas malditas el número dos es siempre mejor que el tres, también parece sobrar para quienes recuerdan su música con admiración. Dos discos sacó Don Cornelio, dos discos sacó Fricción, dos Sobrecarga, dos El Corte, dos Duna. En el rock argentino los amigos de la noche duran poco. Es casi un destino: su primer álbum funciona más o menos bien, y con suerte uno de sus temas suena en la radio. El segundo sale por inercia o por contrato. En los casos más radicales, el volumen dos es una especie de acto de inmolación. Tal vez por eso (además de por su genialidad, claro) Patria o muerte goza hoy de tanto prestigio. Y tal vez por eso mismo Antiflash molesta: porque no permite decir de Fuga que fue el suicidio gorrión. 

Antiflash es el disco más desparejo de Peligrosos Gorriones. Es también un disco notable. Esta vez la tapa muestra a los músicos al borde de lo que parece ser una pileta vacía. Un marco los reencuadra. En la contratapa hay una foto en picado de los cuatro en fila india, retirándose, como en un ritual indio de película o en una coreografía de fiesta familiar. Pero si hay algo importante en relación con las imágenes hay que buscarlo en el sobre interno. Los Gorriones nunca pusieron en sus discos un primer plano o un plano medio de sí mismos; cuando aparecían lo hacían sobre un escenario, en plano general, o tapados por letras y borroneados, como en la tapa de su debut. Pero esta vez hay un retrato de cada uno, con un epígrafe que indica su rol en el grupo. Francisco Bochatón: bajo y voz. Guillermo Coda: guitarra. Martín Karakachoff: teclados. Rodrigo Velázquez: batería y percusión. Hay un detalle, eso sí: están de espaldas. El gesto, de tradición vanguardista, prolonga la reacción aristocratizante iniciada en el disco anterior. Y se ve que el asunto no carecía de importancia, porque Bochatón convirtió esto en su sello, y la tapa de su último disco solista (La tranquilidad después de la paliza), así como la de su sitio oficial de internet, es una foto en primer plano de su nuca. Estas palabras de 1999, con las que Bochatón reflexionaba acerca del fin de su banda apenas lanzado Cazuela, su primer disco solista, pueden ayudar a completar el panorama: “Me parece que hoy es más visible que todos somos iguales y nadie es un genio (…). Cuando tocaba con los Gorriones estaba tan claro que éramos todos iguales que ni siquiera yo sabía por qué estaba ahí arriba”.

En relación con la música, Antiflash es probablemente el disco más variado de los Gorriones. “Me extingo” comienza con una guitarra adherida al sonido de Nevermind. “Corre” tiene algo de los mejores Chili Peppers y vuelve a establecer, con sus gerundios, la conexión con Don Cornelio. Las estrofas de “Jugar con armas” están en sintonía con los riffs de El Otro Yo. “Proyector de cine” recupera una vez más el sonido de Los Brujos. Hasta acá, las conexiones de siempre. Las novedades pasan por “Villancicos”, que es lo que su título indica, “Por tres monedas”, un bolero extraño, y “Viento Castelar”, que es un caso muy curioso porque suena muy noventa pero Bochatón hace sus yeahs de manera idéntica a como los hacía Edelmiro Molinari en Color Humano. También es difícil establecer en las letras zonas dominantes, pero es posible decir que, a pesar de que continúan con los habituales juegos de fragmentación, en casi todas la gramática se estabiliza un poco. El universo infantil (intervenido, poco inocente) acompaña siempre a Bochatón, como lo muestra “Macanas”. La droga - un tema que no es nuevo para la banda - es más visible acá, sobre todo porque la canción de apertura, “Mi propio brujo”, y la de cierre, “Una dosis”, hacen referencia a ella. La primera es un mal trip, aciago y culposo: “No puedo dejarlo / ya lo había intentado / y hoy tengo su cuerpo / odio nunca dejarlo / sigo probando / y me arrepiento / cien veces más digo que me arrepiento / es como un bicho en el cual me convierto”. La segunda es una experiencia más ambigua, con algunos peligros (“Pega el grito que te salva del escorpión”) y un final tranquilo (“La tensión desaparece en la inmensidad”). Otros temas frecuentes: el amor perdido (“Por tres monedas” -una gran canción, que le hubiera gustado a Federico Moura -, “Desde que te fuiste”), la iconografía sadomasoquista (“Blanda y plácida”, “Corre”, “Jugar con armas”), el cuerpo inestable (“Proyector de cine”, “Me extingo”). 

Epílogo

En 1997, apenas cuatro años después de haber amenazado con conquistar radios, televisión, prensa especializada y corazones universitarios, Peligrosos Gorriones se disuelve. Bochatón, hasta entonces alternativo, cerraría la década como independiente con la publicación de su debut solista por Índice Virgen. En ese mismo 1997, La Renga termina de recorrer el camino hacia al éxito masivo, que debe sobre todo al notable y prolongado éxito de Despedazado por mil partes, el disco que hace definitivamente legible lo que Valentín Alsina había anunciado unos años antes y que, a la larga, sería tan o más influyente que Dynamo. En “La balada del diablo y la muerte” la esquina es pura metafísica. Quién lo hubiera dicho. El Nuevo Rock Argentino se había terminado. Era tiempo de barrio y rock chabón. No es otra historia: es la misma. Y continúa. Un Cerati enojado recorre, cada vez más autista, los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI. En 1999, por ejemplo, saca un disco magnífico, Bocanada, pero se siente cuestionado, y sus declaraciones insisten en la queja por esta otra democracia musical de peregrinación y trapo. Ocho, siete años atrás era el rey, y su corte era una fiesta. Ahora el rock está lleno de plebeyos. 

Es increíble, pero los discursos que empiezan a salir de a poco desde algunos departamentos de Capital, desde algunos estudios de grabación personales o desde las torres de los poetas sofisticados parecen actualizar odios viejos. Es como si el chabón fuera el nuevo inmigrante, el nuevo cabeza. El rencor sale de Cerati, de Melero, de Páez, de Leo García, de Bochatón. La casa está tomada, llegaron los monos. En las objeciones estéticas se adivina un resentimiento social. Cuando el desastre de Cromagnon, el habla de su clase se hizo más clara, y todos ellos escribieron así, en fragmentos dispersos, una nueva versión de “La fiesta del monstruo”. Probablemente los años 90 hayan terminado en diciembre de 2004, doce años después de su nacimiento. En 2007, mientras tanto, se cumple una década del fin de Peligrosos Gorriones. Francisco Bochatón reedita en unas semanas La tranquilidad después de la paliza, su último, bequeriano, delicado disco. Su nuca sigue recibiéndonos en su website. 

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