miércoles, 26 de octubre de 2016

Prestigio / El vigor del contenido

por Gabriel Fernández
La imagen de Jorge Omar del Rio, Arturo Jauretche, Libertario Ferrari podría considerarse definitiva: subidos a cajoncitos de manzanas, repartiendo los Cuadernos de Forja y explicando sus contenidos. Una locura. Era una confrontación superior a la de los medios nacional populares del presente con el monopolio. Los diarios La Nación y La Prensa llegaban a todos lados y eran la orientación plena de la opinión pública. No había otra cosa. Y no la había, para aseverarlo lejos de cualquier metáfora.
Lo que surgía como problema para esos medios enormes y para el control político ideológico reinante era otro factor, bastante sencillo, difícil de aseverar en un mar de conceptos socioloides hipercomplejos: sus contenidos eran acertados. Decían la verdad. Analizaban el presente de la época con precisión y buena información, proyectaban un espacio popular todavía en ciernes. Calzaban justo en las necesidades de un pueblo y de su historia en movimiento. Eran inteligentes y perspicaces. Esas ideas perviven hasta hoy.
Existen frases que quedan bien, brindan prestigio al afirmarlas, aún cuando raspando un poco se comprenda rápidamente que su fundamento es estrecho. El tema de las redes se encuadra perfectamente en esa dirección. Vamos ahí: la crítica acerva y culta a las redes sociales no es más que una variante de un elitismo sostenido por quienes, ante medianías propias, necesitan realzarse a través de la diferenciación.
Hace años se debatió algo parecido en derredor de la televisión. Por entonces, el gran director teatral y televisivo Alberto Ure indicó que conocía grandes actores de teatro y de tv, y que un medio no iba en desmedro del otro. Añadió que también conocía grandes boludos en uno y otro ámbito. Criticó a quienes ponen los ojos en blanco cuando se menciona la palabra teatro y fruncen el ceño cuando se habla de la pantalla chica.
Otra cosa es que se acuerde o no con el contenido de una emisión. En papel, en AM, FM, TV abierta, TV Web, Tv cable, blog o web. O twitter o facebook. Es decir, en todos todos los espacios, hay productos e ideas de calidad y otros desdeñables; hay mentiras y manipulaciones, así como certezas. Pero el “bien” comunicacional no se halla en el soporte técnico. El gran error en la historia de la sociología lo constituye una frase que aún hoy –fíjense- posee prestigio: “el medio es el mensaje”.
Tremendo disparate de Marshall McLuhan: como si fuera lo mismo, digamos, apoyar un golpe de Estado por televisión, o rechazarlo.  Como si resultara armonizado por el soporte un mensaje que deteriora la industria nacional con otro que la impulsa. Tanto para los espacios tradicionales como para los emergentes a través de las nuevas tecnologías, cabe un simple aserto: el medio es el medio, y el mensaje, es el mensaje. La adecuación estilística no tiene porqué contradecir contenidos sólidos.
Bien, en esa misma dirección, la crítica a las redes sociales amparada en la multivariedad de informaciones certeras y equivocadas, de campañas malintencionadas y de otras benéficas, de materiales profundos ante muchos con rasgos triviales, omite indicar que lo mismo sucede en los demás formatos. ¿Acaso el señorial papel cortado tamaño sábana de La Nación ofrece verdades, en detrimento de las webs nacionales y populares? ¿Quizás la pantalla tradicional de TN mejora a la comunidad, mientras las imágenes televisivas de las redes la empeoran?
Y sin embargo, desde nuestro propio campo siguen desplegándose asertos que devalúan la creciente e intensa labor informativa y analítica, así como creativa y humorística, de los medios que se han posicionado cual vanguardia periodística frente a quienes insisten en mostrarse como ejes de veracidad y seriedad comunicacional. Justamente estos últimos, debido a sus contenidos, pero amparados en la zoncera de confundir soporte con prestigio vienen envenenando  a la sociedad con tergiversaciones notorias sobre el pasado reciente y las perspectivas nacionales e internacionales futuras.
Vamos al oficio. El periodista cree, una vez instalado sobre una técnica, que ha encontrado la clave de la comunicación adecuada. Los cambios lo descentran, lo preocupan. Le obligan a salir de la comodidad para zarpar rumbo a tierras incógnitas. Así ocurrió cuando debido a la agilización del diseño y la inclusión de imágenes y fotografías, se inició el recorte en la extensión de los textos. Los largos artículos debían reducirse a síntesis que calzaran en el raft trazado por el diseñador.
Esto originó numerosos debates intestinos. Hasta que el tiempo –por así llamarlo- fue develando una certeza dual de sumo interés: 1 todos los materiales pueden ser reducidos si al talento del redactor se le suma un ingrediente, la capacidad para transmitir una información y una idea en pocas líneas; y 2 hay un público para cada tema, para cada estilo, y esto incluye la exigencia de textos extensos, que ahonden en asuntos a los cuales vale la pena destinar un buen tramo de lectura. La potencia de este equilibrio permite que le dediquemos  un interesante espacio al análisis de la multilateralidad, en tanto lancemos una versión esencial de las denuncias sobre lo que ocurre en Siria.
Semejante situación destituye la caracterización acerca de las limitaciones impuestas por la extensión. Muy especialmente ahora, en la web. Donde ese proceso de reducción alcanza su cenit y al mismo tiempo explota… pues hay lugar para todo. Es preciso entonces indicar: quien supone que las personas leen poco porque los textos de un twitt son ultrasintéticos, puede llegar a pensar que seres absolutamente ajenos a sus intereses y preocupaciones leerían materiales sólo porque se les ofrecieran en formatos de gran extensión. En realidad las personas no leen lo que no les interesa. O mejor: tienden a leer lo que les interesa. Nos guste o no.
En ese marco, puede aseverarse que en líneas generales se lee más (también, se juega mejor al fútbol, contra todas las opiniones difundidas, pero ese es otro tema, aunque ligado) porque la existencia de las redes obligan a una habitualidad de lectura y escritura que las generaciones anteriores no poseían. Y va entonces el comentario: pensar que se leen tonterías debido a la existencia de las redes, implica presuponer que antes se leían cosas trascendentes a raíz del soporte a través del cual se ofrecían los textos. Es un desatino pensar que hemos alcanzado la sabiduría universal, así como lo es que ingresamos, tras un ciclo brillante, a una época de tinieblas informáticas.
Pero todo esto configura variantes colaterales del debate. En realidad, las tecnologías son elaboraciones humanas, tienden a la democratización de la vida y son usufructuadas por los pueblos. Cuando indicamos que son elaboraciones humanas lo hacemos con intención: encarnan la maduración de nuestra especie en un período determinado. Es importante precisarlo, porque  se tiende a pensar que se trata de creaciones empresariales, debido a la marca impresa en el producto  una vez que generaciones de obreros, empleados, técnicos, especialistas, cooperaron con la realización. Por eso la humanidad adopta los avances tecnológicos con cierta naturalidad. Le son propios.
Y bien que los rehace y los reorienta. Porque si por un lado la invención beneficia a las cúspides empresariales y estas las disponen con rasgos acordes a sus intereses, los pueblos las aprovechan para insertarles sus contenidos. Y si esto puede ser válido en general, sabemos la complejidad de una discusión sobre ciencia y tecnología en toda la línea; por eso nos restringimos al tema: estamos convencidos de la certeza de la afirmación en el área comunicacional. De hecho, se ha tornado imposible ocultar sucesos represivos como en otros tramos de la historia. Las mentiras de los poderes concentrados son evidenciadas con una rapidez y una capacidad expansiva notable. Y las ideas transformadoras tienen una circulación intensa.
Ahí, claro, nace la objeción. –Y con todo eso ¿qué cambia? La misma pregunta implica un error, pues la comunicación nuncaresultó eje motor de las transformaciones, sino apuntalamiento de las batallas políticas que los pueblos libran en las calles, en los comicios, en los gremios y en los congresos. En la cultura. Tampoco cambiaba nada per se con la difusión de un artículo extenso y profundo en el pasado. Contribuía, como hoy, a forjar una zona poblacional crítica, pensante y a mejorar por tanto el accionar de las franjas más dinámicas. Pero el misterio de porqué cuándo cómo dónde se genera un camino revolucionario está más allá de una publicación. Ni hablar del quién, gran debate sobre el Sujeto. No lo generaron los artículos del 18 Brumario, no lo originó Operación Masacre, no lo produjo el Libro Rojo.
Lo cual nos lleva al nudo lejano de la discusión. Nada es en sí mismo revolucionario. Queda bien decirlo, pero no es cierto. La poesía, el rock, Beethoven, el marxismo, la contracultura, el peronismo, la pasión, la sabiduría, el sexo, el cine, la literatura; el ping pong. Nada. Toda expresividad humana, si calza justo en el segmento exacto en el momento adecuado, potencia el cambio, moviliza el quiebre de viejas estructuras y abre nuevos senderos. Pero no lo concreta por sí misma. Es parte de un volcán conjunto, del emerger de toda una comunidad que necesita modificaciones trascendentes y toma las herramientas disponibles para llevarlas a cabo.
El periodismo, puesto en su justo lugar, no ha logrado –porque no podía hacerlo- llegar más allá. Es canal de control, desinformación y desorientación del poder, así como lo es de conciencia, reflexión y movilización de las regiones populares antitéticas. Posee una variedad enorme de zonas grises, contiene múltiples facetas, incide bastante y daña o mejora con intensidad; pero aunque le pese a colegas que evalúan tener un lugar más valioso que el descripto, no va más allá. Los beneficios planteados párrafos antes acerca de las virtudes de las redes no escapan a ese diagnóstico; estamos muy lejos de suponer que su expansión libera por su misma expansión. Pero de allí a aceptar la versión según la cual empeora las cosas, no.
Sin embargo, la apertura tecnológica si contiene un elemento que hemos mencionado: tiende a democratizar. Y no “falsamente” como se dice por ahí. Antes del desarrollo que impuso a la radiodifusión la tecnología adaptada por la organización Montoneros con sus camioncitos durante la dictadura, para difundir algo por una radio había que tomarla militarmente. Apuntar al locutor, extenderle el documento y decirle  -con la simpatía propia del militante- “leé esto”. Andando el tiempo, esa cajita simple llegó a todos los pueblos del país y existen miles de radios que en sus zonas de llegada compiten con las más importantes. Y sirven, a su modo. Muchas ayudan a pensar, informan lo que otros no dicen. Contribuyen a organizar.
Antes de internet para emitir masivamente era preciso poseer un medio de comunicación. Hoy, una persona –con la única condición habilitante de ser alfabetizada, lo cual no es poco, admitimos- se convierte en emisor universal desde su hogar o, por qué no, desde un económico locutorio. Ingresa a las redes y dice. Lo que quiere dice. Y resulta ser que muchos, muchos, dicen pavadas. Pero también resulta ser que unos cuantos ponen en cuestión la grandeza de los grandes escritores y las veleidades de grandes periodistas… y dicen cosas atinadas, creativas, talentosas, certeras. A veces mejores que las emitidas por soportes y personalidades consagradas. Y reúnen lectores, y congregan grupos, y fomentan causas.
¿Porqué olvidamos victorias? Es habitual indicar que no hay que desdeñar la experiencia aquilatada en los fracasos. Está bien. Pero tal vez resulte peor dejar de lado, desmerecer, ignorar, los propios logros. Por eso arrancamos con los Cuadernos de Forja, el gran éxito periodístico de la historia argentina, pero podemos seguir aquí y allá desmembrando prestigios y preguntándonos si alguien evoca hoy al todopoderoso editorialista de los años 40 del diario La Nación. Qué se yo. Pero Raúl Scalabrini Ortiz, mal que bien, dejó su huella con un medio alternativo por excelencia. Rodolfo Walsh jamás publicó en un medio grande, comercial o masivo. Pero hay mucho más.
Aunque ahora se olvide, durante la pugna entre el gobierno nacional popular y los grupos terratenientes llamados “el campo”, todas las pantallas todas estaban con la oligarquía. En las primeras semanas habían conseguido orientar a la opinión pública en la queja por la insensibilidad oficial hacia los labriegos sudorosos. Fueron los blogs y las radios populares las que quebraron ese discurso en el seno de la militancia popular y, por extensión, en buena parte de la población. Más cerca, todo el esquema comunicacional –TV, radios, diarios, sus webs- se lanzaron con energía a una operatoria profunda en el Caso Nisman. Un puñado de webs, radios y TV webs, desmembramos la campaña y evidenciamos la falacia. Con la sola compañía tradicional del diario Página 12.  A ver si creen que C5N con Feinman nos daba crédito.
Después se perdieron las elecciones. Por motivos, insistimos, que superaban a la cuestión comunicacional. Aunque si se hubiera confiado en esos medios no tradicionales, quién sabe cómo se hubieran desplazado los debates de campaña. Pero bueno. Ya hemos planteado esa discusión.
¿Adónde vamos en definitiva? Acá: tenemos demasiados expertos, contra lo que se piensa, en asuntos mercadotécnicos, en las ciencias de las redes, que intentan convencernos a quienes nos ocupamos de los contenidos, que los Ellos son tan poderosos que jamás podremos alcanzarlos. Estos amigos bien intencionados, miden y miden y dicen “nadie lee al campo nacional y popular, todos ven lo que ellos quieren” y siguen midiendo y siguen midiendo y se les cruzan las mediciones y nos explican que los lectores en redes se vinculan por su cercanía conceptual, como si antes hubiera sido distinto, y miden y miden y desfallecen ante el poder de los poderosos. Y nos dicen “¿Forja? ¡Pero ahora no es lo mismo!”, y enfurecen cuando les decimos “es cierto, ahora tenemos más herramientas, no menos”.
Entonces terminan tirando el argumento “científico” por los aires y recaen en el decir del viejo nostalgioso de fútbol era el de antes (cuando él era joven): “es que no hay Jauretches, no hay Walshs, no hay…” . Esos perdieron antes de pelear.
No confían en el vigor de una buena idea.
Nosotros, sí.
*Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica
POSTDATA DEL EDITOR: Algo en la línea de lo que aquí propone Gabriel Fernández habíamos empezado a charlar la semana pasada en esta conversación publicada por La Señal Medios. Ahí empezamos cuestionando el prejuicio de algunos que piensan que Dylan no calificaba para el Nobel porque una canción no está escrita para un libro sino para ser cantada. Y después seguimos pensando acerca de las problemáticas relaciones entre autoridad y autoría en las redes sociales y en los medios tradicionales.

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