miércoles, 18 de diciembre de 2013

Carlos Correas: la escritura a cuchilladas

“Hago huelga porque no logro una faena metafísica, o una sajadura, una pequeña sajadura metafísica, una que abra el novillo como una ventana, una ventana hacia lo que está del otro lado del novillo sajado… No sé explicarle… Una vez en el frigorífico de Barrancas, corté durante doce horas, tenía los dedos desollados, todavía no me había repuesto del último carbunco, además de la brucelosis crónica que usted me diagnosticó. Los doctores, estúpidos, me habían atiborrado de corticoides y de penicilina. Pero yo, esa vez en Barrancas, con el edema y las pústulas en la cara y en las manos, casi alcanzo cortando a abrir la ventana hacia… hacia…”.
Carlos Correas, Doctor Manty

por Gabriela D’Odorico *

No conocí personalmente a Carlos Correas. Sospecho no haber tenido la suerte. Sus traducciones de Weber, Kant y Kierkegaard, a veces prologadas con audacia, cuidadosas del original y, en especial, respetuosas con el lector por su bello castellano, me llevaron a adoptarlas. Supe de los enojos que provocaron en el mundillo intelectual vernáculo sus juicios implacables sobre literatura, filosofía o cine. En diciembre de 2000 me enteré, por la conmoción de algunos allegados, que acababa de matarse a los 69 años.

Hace unos meses tropecé con un libro de publicación reciente, Un trabajo en San Roque. Al hojearlo sobre la mesa de la librería me extravié en sus párrafos. Las borracheras, el cine, los desaparecidos de la dictadura, las clases de gramática, el cáncer, el cine norteamericano o la homosexualidad adquirían un espesor inédito. Mi curiosidad llegó al extremo con el relato de un profesor de filosofía que viaja de Buenos Aires a trabajar a un pueblo en el que su permanencia se convierte en un vagar absurdo y sinsentido. No pude abandonar la lectura. En pocos días devoré todo lo que encontré editado mientras rastreaba escritos agotados. Libros, reportajes y artículos diversos me confirmaban la escritura descarnada en la que cada cosa es llamada por su nombre sin atenuantes. Dejando de lado las fórmulas vacías y disecadas del academicismo Correas dota al lenguaje de una consistencia poco habitual. Sus textos plagados de episodios autobiográficos me sumergieron en los pormenores de una vida que, sin duda, había devenido literaria. Me encontré con un autor que se narra en todos y cada uno de sus textos pero que, sin embargo, logra que la recurrencia a datos circunstanciales no se agote en sí misma. Al contrario, se vuelven superfluos frente al abismo que abren sus historias contundentes y sin garantías.

Hablar de una literatura que involucra al autor de carne y hueso es un asunto delicado. La ansiedad por hallar un “perfil” psicológico o moral del escritor siempre traiciona. Interpretar, comprender y finalmente juzgar la obra a partir de ese “perfil” puede hacer fracasar la eficacia de la mejor literatura. Apelar a justificaciones médicas, psicológicas, jurídicas, biográficas o policiales, según el caso, es pretender dictar sentencia sobre la “culpabilidad” de un hombre frente a su obra. Así la literatura se vería diluida en la medicina, en las ciencias sociales, en la cultura, o en la vida cotidiana, cosa que el mismo Correas abomina en las conclusiones de su Arlt literato. El efecto disolvente impediría que el éxtasis y el horror, el hechizo y el asco convivan, por la magia literaria, en cada instante de la lectura. La escritura de Correas, que llegó a ser denominada “maldita”, es sobradamente capaz de suscitar mecanismos defensivos. Porque no es fácil exponerse a la conmoción que sus escritos provocan. Pero sí es muy fácil sucumbir a la tentación de juzgar su producción a la luz de su tumultuosa vida privada.

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Las referencias autobiográficas, abundantes en sus textos, señalan que Carlos Correas nació en Buenos Aires, en el barrio de Palermo, un 20 de mayo de 1931. Sus primeros veinte años transcurrieron en viviendas cercanas a la Avenida Santa Fe entre el Puente Pacífico y Dorrego. Más tarde se muda junto a su madre a una vieja casona de la Avenida Garay al 4000. Se identifica con la generación de hijos y obreros de inmigrantes que soñaban con ser “empleados” de clase media. Trabaja desde muy joven como administrativo en el Club Atlético River Plate. Sigue la carrera de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires con muchas resistencias al régimen tradicional de cursada. Interpretaba el estudio de la filosofía clásica, del Griego y del Latín como un modo de eludir el pensamiento fenomenológico y de la existencia que eran los que capturaban todo su interés. Por ello rindió varias materias como alumno libre y dedicó tiempo a estudiar alemán para leer a los grandes filósofos. Reconoce que las prácticas homosexuales de su juventud, irrefrenables durante algunos períodos, alteraron la continuidad de su carrera que, finalmente, concluye. Fue docente de Historia de la Filosofía Moderna y de Problemas Filosóficos en la UBA y en la Universidad de La Plata. Siendo profesor conoce a una alumna de 19 años que encuentra muy parecida a Audrey Hepburn. Con ella viviría mucho tiempo en el departamento de Pasteur y Bartolomé Mitre.

Sus primeras intervenciones literarias son de la década del ’50 en la revista Contorno. Sus participaciones fugaces alcanzaron a vincularlo, a los 20 años, con los hermanos David e Ismael Viñas, con León Rozitchner y con Jorge Lafforgue. Pero, en especial, la amistad estrecha y la afinidad literaria que lo une con Oscar Masotta y con Juan José Sebreli lo coloca en el “trío divergente” de la dirección de Contorno. En el prólogo a Kafka y su padre afirma Correas que “la ignorancia y la ignorancia de la ignorancia reinaban en Contorno” cuando se discutía acerca de escribir sobre la realidad nacional o sobre autores como Kafka. Y concluye “la coyuntura en mí se resuelve en el momento de proyectar la posibilidad de hablar de Kafka hablando de la Argentina y de hablar de la Argentina hablando de Kafka”. En esa revista se publicó su cuento “El revólver” (1954) calificado por algunos críticos como uno de los mejores de la literatura argentina contemporánea. En él se evidencia, a la manera de Arlt, el interés por los actos trascendentes. “Ahora he hecho algo: lo primero efectivo en treinta y dos años. Y ahora quiero matarlo, quiero ser un asesino. Pero serlo, serlo. Cargarme un crimen al pescuezo como si me colgara una piedra negra e inmensa para toda la vida. Vivir mi crimen, saborearlo, ser mi crimen.”

En diciembre de 1959 la revista Centro, perteneciente al Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras y dirigida por Lafforgue, le publica un cuento de temática homosexual “La narración de la historia”. El mismo estaba dedicado a Celia Durruty, una integrante del comité de redacción y a quien Correas atribuye la salida de su homosexualidad. Contaba en 1996, en la revista El ojo mocho, que por una denuncia de una agrupación de derecha católica estudiantil de la Facultad, la justicia calificó el cuento como “publicación obscena”. Así, a mediados de 1960, se prohibió y secuestró la edición y se condenó con libertad condicional de seis meses al comité de redacción y al autor. En ese cuento había escrito: “He querido ser un hombre duro y libre. Algo así como un hombre solitario que camina por la noche: disponible y dispuesto a todo. Que va, desde luego, a su casa, pero que puede desviarse en cualquier momento hacia otra parte tal vez para siempre. Sin compromisos, sin costumbres, sin gustos de ninguna manera típicos. Que pueda volverse o seguir adelante. Solamente acosado por el hambre, el sueño o la suciedad y por el miedo de que a pesar de todo pueda tener una vida. Algo que los demás pudieran mencionar como ‘La vida de…’, sin agregar nada más”.

Años después se conocieron sus traducciones. Algunas de ellas -Cómo orientarse en el pensamiento y Sueños de un visionario, ambas de Kant y Cartas del noviazgo de Kierkegaard- llevaron prólogos memorables.
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Pero tendrá que producirse la llegada de la democracia a la Argentina para que sus libros, gestados durante años de escritura silenciosa, puedan publicarse. Así se conoció en 1983 Kafka y su padre, notable análisis de la figura del padre a partir de la famosa carta de Kafka al padre. En 1984 se conocería una de sus dos novelas de ficción, Los reportajes de Félix Chaneton, compuesta por una trilogía que reconstruye la atmósfera política y cultural del pos-peronismo hasta 1973. Allí advertía que toda autobiografía es una heterobiografía: “Pues si yo soy lo que son los otros, confesarme es declararme y declarar a los hombres en mi”. Esta afirmación anticipaba el sentido de uno de sus libros más leídos:La Operación Masotta (cuando la muerte también fracasa) de 1991. Las múltiples referencias autobiográficas de este ensayo explicitan la estrecha amistad que lo unió al introductor de Lacan en la Argentina, Oscar Masotta. Presentar una biografía como una “operación” intelectual supone narrar la genealogía que convierte a Masotta en un pensador, en una Escuela y en un grupo de seguidores. Esto demuestra el fracaso de la muerte física pero exhibe generosamente el procedimiento mediante el cual Correas convierte su propia vida, a través de la vida de los otros, en literatura. Basta recorrer los párrafos en los que se alude al trío que ambos conformaban con Sebreli, unido por la pasión filosófica, literaria, cinematográfica y sexual: “además deseábamos matarnos entre nosotros… cada uno se desolaba con el deseo de que los otros dos del trío resultaran muertos. Además éramos entrañables compinches en el fraude y en el robo”. El ambiente intelectual, cultural y político argentino de los ’50 da sentido a los episodios que se transmutan uno en el otro por obra y gracia de la literatura. Ésta permanece como única utopía: “quise ser escritor. Lo sigo queriendo. Sé que tengo mucho aprendizaje por hacer. He cumplido 58 años. Espero que a los 80 pueda escribir una línea digna” rescata como balance de esta “operación”.

Recién en 1996, después de varios años de lucha con las editoriales, logra publicar Arlt literato, un trabajo crítico en el que la lectura de Arlt se actualiza en la densidad que Correas sabe imprimirle al lenguaje. “La densidad mienta aquí el hecho de que la obra literaria se mantiene por sí sola en vez de disolverse en la ‘Cultura’, en la ‘Tradición’ o en las ‘Bellas Artes’… Lo opuesto a ‘denso’ no es ‘nítido’ o ‘leve sino “adocenado’”. Es esta densidad de la invención la que se va apoderando progresivamente de sus textos y los preserva de convertirse en escritura que persigue ser aceptada, sea por la crítica, el público, las editoriales o el mercado.

En 1999 se edita Ensayos de tolerancia en el que se recopilan publicaciones diversas de los ‘90. Incluye el cuento "Él y ella" en el que el narrador-autor dice: “mi ya inminente y tan postergada muerte no me angustia, sino que me calma dejar como herencia mis libros y mis bibliotecas. Por lo demás, aún persiste mi fe en la palabra”. Ese mismo año dictó cursos sobre El deseo en Hegel y Sartre, que serían de publicación póstuma en 2002 al igual que su segunda novela de ficción, Un trabajo en San Roque en 2005.

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En su última novela Correas parece haber llegado al estado anunciado en La Operación Masotta: la soledad obligada que permite adoptar la “entonación elegida”. Un trabajo en San Roque agrupa tres nouvelles con temas recurrentes como el paso del tiempo, la hipocresía, la mediocridad y el fracaso. Los personajes marchan hacia la destrucción, enfermos de una muerte inexorable, no luchan contra ella sino que trabajan denodadamente para que se desate, la provocan y la extienden. Las relaciones humanas oscilan sin mediación desde la angustia pavorosa al cinismo más exaltado. La muerte es un ideal purificador que se transforma en un hecho estético único, capaz de sobrevolar la degradación de la vida cotidiana. Aparecen seres acabados en la evolución y el despliegue de sus pasiones con sentimientos desencontrados hasta lo inimaginable. Guiados por la búsqueda de una justicia, miserable, individualista y extrema se estrellan con cuestiones existenciales irresolubles que venían eludiendo a lo largo de sus vidas mediocres. Cada relato de esta trilogía lo ilustra de un modo diferente.

La primera, denominada “Doctor Manty”, exhibe las actividades de un influyente médico del pueblo de Coronado. “Se buscaba como siendo el hombre más intenso que podían ofrecer los hombres”. Su servicio médico asiste toda situación, incluso dudosa, que lo requiera. Da disertaciones humanistas, graba recitados de poesía popular argentina y es una autoridad moral para los habitantes. Piensa que en la Argentina de los ’70 hubo una guerra cívico-militar entre dos terrorismos que hizo inevitable la desaparición de tres chicos de Coronado. Es un hombre que llegó a un equilibrio y a cierta felicidad alienadas: “Soy un personaje en desintegración. Cargo con mis propios restos… Y ya no tengo vivencias propias”. Uno de sus amigos responde entusiasta “Vos y yo podríamos crear y dejar como legado el mito de dos desintegrados felices”. Los acontecimientos se precipitan más tarde cuando al Dr. Claudio Manty discute a solas con el comisario, activa su arma, quiebra el silencio con un disparo y sale de la comisaría sin despertar sospecha. “Claudio se detuvo en la puerta de la comisaría. Vio pasar el ómnibus de las 21 y 30 a Rosario. –Por fin he hecho algo –dijo”.

La segunda nouvelle “Madre, Vivi y Miguel.” constituye un relato extremo. El trío indisoluble que conforman los personajes está atravesado por el desencanto con la vida y por el fracaso como destino irremediable. Miguel presencia la agonía de su madre que en su balance final dice “Cuando yo me vendía ayudaba a hombres degradados. Ningún hombre podía herirme.” A manera de oración fúnebre Miguel comienza a leer fragmentos de su diario delante del cadáver: “Madre muy deprimida por sus peleas con Gerarda. Sus autorreproches son muy puercos. Habla de tirarse por el balcón o de tomarse todos los Emotival que yo tengo escondidos detrás de unos libros… Madre vuelve, muy contenta, pues tiene cita con un vejete que ha levantado en el Gin Bar. Se viste de negro, con tacos altos, se maquilla y se va; le deseo que no lo humille demasiado.” Terminada la lectura, se baña y se viste cuidadosamente: “Gracias al régimen para adelgazar que había emprendido desde que a Madre le diagnosticaron el cáncer, el traje le sentaba justo”.

“Un trabajo en San Roque” cierra la trilogía de lo que puede vislumbrarse como una particular dialéctica correísta. Se trata de una especie de relato policial-existencialista teñido por una mediocridad y un optimismo chato que repugnan. El director de un Instituto recibe a un recién llegado profesor de Buenos Aires que pregunta por el trabajo: “Usted tiene cincuenta y cinco años. Tres menos que yo. Usted viene de profesor de Filosofía y de Lengua a mi bachillerato acelerado de adultos de San Roque, a mi instituto Luz, a cien kilómetros de Buenos Aires. Vivirá en mi cubil. Es un trabajo para profesores jóvenes debutantes o para arruinados”. El director, que se presenta también como director del único diario del pueblo y Comisario de San Roque explica y se justifica en su tarea: “Yo refracto y adapto los textos de los editoriales de los grandes diarios al gusto de San Roque y siempre dentro del horizonte y de las posibilidades del pensamiento sanroqueño” Frente a la clase, el profesor reflexiona en silencio: “Debía de ser lóbrego que jamás aprendieran el objeto directo y el objeto indirecto; jamás lo retendrían. Quizá con otro profesor, completo y prolífero, menos desquiciado por el aburrimiento, más ciertamente apartado de una felicidad espectral”. Terminada la clase el director lo consuela “-Se sentirá vaciado y revoltoso … Les ha dado clase a unas nadas que lo único que tienen es estropicio. Pero recuerde que están en los años de formación. … Para los negocios y la solidaridad y la prosperidad locales y nacionales… Usted es también un malogrado y no singular por cierto. De otro modo no estaría cumpliendo, a su edad, este trabajo de profesor en un instituto privado de San Roque”.


En 2000, en El Ojo Mocho, Correas decía de la relación entre literatura y realidad nacional: “Yo modestamente soy Correas. Y en esa identidad entran mi condición de asalariado universitario y de jubilado, y de ‘contemplador’ o ‘teórico’ de las miserias y de los despidos de obreras y obreros por ‘razones’ de ‘reducción de personal’. Yo tengo la sospecha de que el 17 de diciembre de 2000 la muerte también fracasó en el departamento de Pasteur. No conocí personalmente a Carlos Correas pero tropecé con su literatura y ya no puedo abandonarla. Existió una “operación” Correas y esa sí dio resultado. 




 * Publicado originalmente en revista La otra nº 13, Primavera 2006

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