miércoles, 21 de diciembre de 2016

Las palabras tramposas, la posverdad y sus diccionarios


por Lidia Ferrari

Como estoy trabajando desde hace años en el problema de la dimensión narrativa de la ficción, la mentira y la verdad, decidí indagar de qué se trata este vocablo de moda: la postverdad o posverdad. Imaginaba que el léxico se estaba aggiornando respecto al predominio de las operaciones que hacen circular información falsa (false flag, por ejemplo) para manipular elecciones o para justificar guerras.  Pensaba que se nominaba a un hecho cada vez más recurrente (pero no nuevo) sobre la erosión del valor de la verdad y el predominio de la mentira como formas de manipulación de la opinión pública.

La primera sorpresa fue encontrar que al buscar en Google sobre la posverdad los primeros sitios que acuden a responder son los canales periodísticos de  la mainstream mediática internacional. Y fui hacia allí. La primera definición la encontré en el periódico español El País:

Se trata de la post-truth o de la posverdad, un híbrido bastante ambiguo cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

Allí la primera sorpresa. Se trata de la confrontación entre la subjetividad y la objetividad. Bueno, no tendría por qué sorprenderme como psicoanalista, ya que sabemos que el sujeto desmiente la más enfática realidad en función de sus fantasmas y sus deseos. Pero entonces, ¿qué es lo nuevo en esta definición?  Sigamos leyendo la explicación que nos da el periódico:

La definición es una manera de describir el contratiempo y hasta la conmoción que han supuesto el Brexit o la victoria de Donald Trump. Dos posverdades en la medida en que una y otra noticia han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional, reflejando por añadidura la miopía de la clase política en sus iniciativas plebiscitarias o el escaso predicamento de los medios informativos convencionales en su esfuerzo de sensatez editorial. Es una verdad que Trump ha ganado las elecciones. Y es también una posverdad o una metaverdad, precisamente porque no se hubiera producido sin las variables de la emoción, de la creencia o de la superstición.

¡Increíble! No se trata de ese mecanismo psíquico de la desmentida freudiana, o de que el sujeto ve la realidad con sus propios lentes fantasmáticos, o de que la verdad sólo se puede decir a medias. Nos dicen que frente a la objetividad de la verdad, que se nos puede ofrecer a partir de los medios de comunicación “en su esfuerzo de sensatez editorial” o a “la racionalidad”, los sujetos eligen lo que quieren más allá de estos esfuerzos sensatos.


En esta indagación me encontré con el interesante artículo “La Postverdad” de Pablo Boczkowski, en la excelente revista Anfibia. Allí se habla de la destitución de la autoridad cultural no sólo de los medios de información, sino del conocimiento en general. El texto hace un análisis muy valioso de la relación entre la verdad y la información periodístico-cultural en la época actual. Pero no se analiza la definición y la propagación de ese vocablo.

Cómo no estar de acuerdo con la idea de la erosión de la autoridad cultural cuando el “prestigioso” diccionario Oxford decide incorporar el vocablo posverdad. Porque las palabras no significan, cuando hablan, exactamente lo que dice el diccionario, pero el diccionario sí es una fuente de autoridad acerca de lo que las palabras significan.

 Sabemos que el lenguaje nos preexiste, también para quienes poseen poder de manipulación a través de la palabra. También a ellos el lenguaje les preexiste, y no lo inventan sino indirectamente a través de su uso. Todos somos hablados de alguna manera, pero sucede también que en las palabras que se nos imponen hay una forma de manipular las ideas. Continúa diciendo el diario El País:

Todos los ejemplos plantean la relevancia de las cuestiones emocionales. Se votaba más con las vísceras y el instinto que con la razón o la lógica, de tal manera que el Diccionario Oxford considera necesario acuñar un término a medida...

Indaguemos qué se dice en Inglaterra sobre este término.  La “respetable” BBC nos dice:
En 2013 fue 'selfie', en 2014 'vape' y en 2015 'emoji'
¿Y cuál es la palabra de 2016 en inglés según el prestigioso Diccionario Oxford?
'Post-truth' (post-verdad)
Pero, ¿qué significa?
"Relativo a o denotando circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal".
Así define el Diccionario Oxford esta palabra que eligió "después de mucho debate y discusión", según afirma en su página web.
Esta palabra viene a definir una era en la que el que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad.

Reflexionemos sobre estas definiciones. Ellas se difunden después de las elecciones de Trump y del Brexit -agregamos la del referéndum italiano. En ellas los medios de comunicación daban por descontado (manipulaban para que así ocurriese) un resultado opuesto del que ocurrió. Con esta definición de posverdad tendríamos que pensar que la gente que eligió a Trump, la que votó por salir de Europa o el No en el Referéndum italiano eligió la falsedad en lugar de la verdad. Denunciando aparentemente algo, este vocablo nos está guiando a una manera de entender las cosas que suceden. Casi como una operación de falsa bandera. En esas elecciones se produjo –más allá de que nos guste o no nos guste- una diferencia respecto de lo que se esperaba. Si se va a la definición del diccionario Oxford se verá que hay algo que se esfuma. No se habla de la manipulación de la información en relación a la verdad de los hechos. Se pone a cuenta del sujeto (elector en este caso) que elige la subjetiva emoción en lugar de la objetiva realidad. No pone en ningún lugar la idea de “manipulación de los hechos”, sino que confronta hechos con subjetividades, evocando una perspectiva positivista de viejo cuño cuando se trata de un vocablo tan posmoderno.

El mentiroso te dice que no quieres creer su verdad –que es mentira- porque te adhieres a una apariencia de verdad. Más allá de que es cierto –aunque no lo digan- que los medios de comunicación y el marketing político mienten a raudales y construyen una apariencia de verdad en la que la gente cree, como sucedió en las elecciones de Argentina. Pero esta definición no habla de la  manipulación de la verdad mediáticamente extendida por el planeta. Tampoco dice que quizá los electores también hayan votado más allá de esa manipulación.

Aquí intentan traducir el problema en una cuestión de discordancia entre la objetividad de los hechos y la subjetividad de las emociones de cada persona, pero para erigirse ellos (los medios y el diccionario) en detentores de la realidad de los hechos. La BBC, para aclarar nuestras ideas, nos dice:
"Trump es el máximo exponente de la política 'post-verdad', (...) una confianza en afirmaciones que se 'sienten verdad' pero no se apoyan en la realidad", escribió la revista The Economist.

Trump será así el símbolo de la mentira en la política, cuando es difícil señalar que la manipulación de la verdad a través de la información mediática haya sido sólo proveniente de su parte. Como nos ocurre frecuentemente, nos encontramos con la paradoja de que vamos a informarnos sobre lo que las palabras quieren decir en esos lugares que son los primeros en manipularlas. El trabajo psíquico que significa estar continuamente expuestos a estas manipulaciones desde los más “prestigiosos”, “respetables” y sensatos medios de información es agotador. Ahora bien, siempre los diccionarios han inoculado ideología; dependen de quién tenga el poder para construir el significado de las palabras. El diccionario es una máquina de guerra ideológica, pero construida a lo largo del tiempo. Antes de que una nueva palabra sea aceptada en un diccionario pasa una prueba en el hablar de la lengua. Ahora casi que la inventan previamente y la imponen.

Esta erosión de la “autoridad cultural” (Boczkowski) nos pone frente a un problema histórico novedoso. No hay nada nuevo bajo el sol en ese sentido. Ya Hernán Cortés usó el engaño para la conquista “al servicio de poder manipular los mitos de los aztecas para, por ejemplo, hacerles creer que es la encarnación del retorno del Quetzacóatl” *. Lo nuevo son las prodigiosas tecnologías a su disposición. Pero también con estas tecnologías hay posibilidad de que las personas accedan a otras fuentes de información. Es lo que está pasando con la situación en Siria. Un claro ejemplo de que la guerra también se realiza a través de la información, cuando los grandes medios internacionales trabajan tanto para hacer llegar una determinada versión. Existen, de todos modos, otras versiones que llegan en cuenta gotas, pero llegan, de los medios alternativos.

La posverdad no es sino una manera en que intentan apropiarse de la capacidad de resistir a un discurso hegemónico vendiéndolo ya envasado para que se repita por doquier. La “posverdad”: un significante que está allí para confundir. Como hemos dicho en otro lugar **, la velocidad y la eficacia de la información se realiza en torno a alguna palabra, algún sintagma que condense significación y que sea potencialmente unificadora para imponer un sentido. Una manera de intentar socavar la resistencia a la homogeneidad de ese sentido; resistencia que ocurre, a pesar de todo. 


* Lidia Ferrari. La diversión en la crueldad. Psicoanálisis de una pasión argentina, Buenos Aires, Letra Viva, 2016, p. 64.

** Lidia Ferrari. “Una estrategia narrativa de la dominación y la Verleugnung freudiana”, publicado en la revista Psicoanálisis y el hospital, Nro. 49, “El superyó de la época”, 2016.

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