jueves, 8 de diciembre de 2016

Vivir sin Fidel


por Juan Manuel Iribarren

En una nota del New York Times sobre la despedida a Fidel se escribe: "El sábado, en la Plaza de la Revolución de Santiago de Cuba, donde todo empezó, el ambiente era cálido. Las personas disfrutaban de la compañía de sus paisanos, amigos y familiares, una conexión humana sin la distracción de selfis ni redes sociales".

Esta frase me recuerda lo que significa cabalmente socialismo: que las personas se relacionen con las otras personas como seres sociales, y no como portadoras de mercancías. Los colectivismos forzados como el de la Unión Sovietica y -en menor medida- el de China lo entendieron a medias: administraron a su gente como productoras -aunque no portadoras- de mercancías, sin darse cuenta de que la producción alienada era justamente la principal enemiga del socialismo. Incluso se puede decir que Lenin terminó siendo un admirador del Taylorismo, diciendo que el ruso era un mal trabajador y el poder soviético debía enseñarle a trabajar, con lo que comenzó a cavar la fosa de sus ideales, a medida que permitía la llegada del poderío soviético y el stalinismo al mismo tiempo. Vendrían miserias, hambrunas y violencias contra la población, en su carrera competitiva contra las otras potencias. Pero en Cuba el campesino siguió siendo campesino, siguió manteniendo incluso sus saberes, y el que quiso ser científico fue científico a favor de la humanidad, no técnico a favor de un sistema de control y destrucción. Ningún sistema de ultravigilancia mundial, ningún arma mortífera: competente investigación médica al servicio de todos. No es que sean más preparados o tengan mejor información, simplemente no quedaron sujetos a los chocantes intereses de la competencia capitalista, lo que también significa que no padecen la necesidad de alienarse para encontrar un lugar en el mercado, mucho menos la de conquistar agresivamente territorios; aunque sí tienen la necesidad de reprimirse para sobrevivir, tanto en lo colectivo como en lo personal: Cuba no puede atacar a sus enemigos, su gente no puede opinar libremente, Cuba simplemente resiste y tiene tiempo.


La censura puede llegar a oprimir, pero la enajenación en el resto del mundo no sólo puede llegar a atontar, embrutecer, enloquecer, sino que principalmente minimiza, vuelve objetos a las personas, las instrumentaliza, las masifica y las moldea como cualquier sistema totalitario: les roba su tiempo. En Cuba puede haber algunos pechos oprimidos, pero a juzgar por el índice mundial de suicidios, de violencia, y de desorden psíquico, parece cuidar mejor a su gente que muchas de esas naciones que aparentan autoridad moral para juzgarla. El capitalismo no es un sistema totalitario, es un sistema de individuos totalitarios, donde la opinión ocupa el lugar de la razón, generando una intolerancia en el pensamiento que conlleva una instrumentalización de las personas esencialmente caótica, porque no existe ningún terreno donde discernir la validez de los argumentos. El falseamiento del respeto por la opinión ajena, falseamiento que presenta el respeto como una relativa validez de todas las opiniones, a las cuales no se le exige fundamento ni se las adiestra en la bondad del diálogo, desemboca finalmente en una sociedad de potenciales psicópatas con potenciales recursos para ejercer su dominio. El precio de haber abandonado la razón en Occidente y de haber exaltado la opinión es que el equilibrio quede fuera de las sociedades capitalistas. Lo que se haga dentro de las universidades, si no sirve para defender ningún interés poderoso, queda dentro de las universidades, y lo mismo pasa con cualquier investigación poderosa en cualquier ámbito público o privado: la sociedad capitalista es esencialmente irracional, no permite la razón: es el terreno propicio a los asesinos seriales y las grandes estafas: puro interés, deseo alienado y balbuceo.Y excesiva, pero excesiva, propaganda. Como único background cuenta con un consumado dominio de la articulación mediática de la falacia: su consabido sentido común. 


En Cuba probablemente no haya sentido común ni opiniones, pero hay fuertes razones. Las personas no parecen objetos que se mueven de aquí para allá con violencia impersonal.Tienen una dignidad que ningún occidental conoce, y la presentan como un legado al mundo. Cualquier dificultad que tengamos en codificar esta dignidad, de acuerdo a las concepciones de dignidad habituales que nos han impuesto, es precisamente lo que vuelve grande a Cuba. No se dejaron imponer nada, ni siquiera su idea de dignidad. Pero se pueden encontrar referentes de esta idea a lo largo de toda la historia moderna, lo que vuelve a Cuba tambien una nación muy consciente de su lugar en la humanidad, y bajo ningún punto de vista excéntrica, sino central. Estos son los motivos por los que el pueblo cubano tiene una página importante en la historia y un lugar especial en el corazón de mucha gente, lo que no tiene ningún otro país del planeta. Las rejas y muros de las embajadas alrededor del mundo tuvieron condolencias, gente reunida, fotos, banderas, flores y velas: cosa que no sucede en ningún otro caso. La revolución cubana sigue y seguirá siendo un símbolo para un pequeño grupo de personas- pero en todos los países del mundo- de algo esencialmente humano, entendiendo humano del modo más amplio posible, como cualquier modo de vida que no obedezca estrictamente a una ideología dominante, basada en el olvido de la humanidad. Por eso en Cuba un libro vale un dólar, por eso Cuba puede explicar Cuba y ni se le ocurre explicar el mundo. Eso debería llamarse alta cultura.  


En nuestro mundo la principal mercancía es la imagen, es saber vendernos de un modo estereotipado, pero en Cuba parecen no darle demasiada importancia a este aprendizaje vital para nuestra supervivencia. En un cierto aspecto intenta representar una libertad que los paises "libres" no tienen la madurez para reconocer como un valiente aporte al mundo: vivir sin tener que cotizarse. Que es exactamente lo mismo que decir: sin tener que proyectarse o ampliarse en una imagen falsa de sí mismo. 

Las imágenes que acompañan al artículo del NYT esconden una grandeza imperceptible, es muy dificil percibir qué piensa esa gente, cómo siente, cuál es su estado de dolor, de resignación o de derrota. La principal sensación que uno tiene al ver esas fotos es la de estar viendo personas a las que les ha caído una enorme responsabilidad del cielo. No hay grandes expresiones teatrales, no hay gestos de desesperación, no hay miradas neuróticas, mas bien parece haber un clima de contención de sentimiento muy especial, muy distinto, como de elaboración lenta, de falta de movimiento, que permite la duda, o que quiere seguir con su vida, quién sabe.Hay como un rasgo inexpresable, raro. Algunos verán sólo un ambiente represivo, otros una condolencia sentida, pero me cuesta ver cualquiera de estas cosas. Lo que alcanzo a ver con cierta nitidez es un pueblo en el momento de asumir una enorme responsabilidad, y que es consciente de esa responsabilidad. Algo impensable en una democracia moderna, donde la responsabilidad es muy limitada, y la conciencia suele ser un subproducto de la imposición de valores hedonistas: para nosotros la comodidad de conciencia es lo principal. Cuba no frecuentó demasiado la comodidad de conciencia y eso se nota en las fotos, en las miradas, en los cuerpos. De ahí lo raro, de ahí la sensación de estar viendo una expresión del sentimiento distinta, como si se hubiera puesto en peligro una idea y hubiera que pensarla, reformularla, adecuarla, pero sin perderla, sin la avidez de los intereses detrás, sin la descalificación en la punta de la lengua, sin ese sentimiento alienado, tan propio de nuestra experiencia hipercodificada, reglamentada y seriada. 


Aparte de la subjetividad del fotógrafo, también la percepción inmediata es un asunto ideológico, por lo que no hay que confiar demasiado en aquello que al mirar llamamos primera impresión. Nos queda tratar de buscar lo imperceptible, porque en lo que parece imperceptible puede estar anidando el futuro o parte del mismo. Limpiar las lentes con las que observamos e incluso reconocer el momento de cambiarlas, y no creer, por ejemplo, que cotizarse es algo esencial al ser humano. O que cotizarse es exactamente lo mismo que valorarse. Lo que nos parece imperceptible no es descuido de la mirada, es el peso de una lente vieja y gastada que no nos deja ver nada. Entonces volver a mirar las fotos, las personas, de nuevo.

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