lunes, 1 de agosto de 2022

El cine de la herencia política: Nicolás Prividera, Albertina Carri

Los rubios

M

por Oscar Cuervo *

Los cuatro odiosos

Los rubios (Carri, 2003), M (Prividera, 2007), Tierra de los padres (Prividera, 2012) y Cuatreros (Carri, 2015) son películas odiosas. En su antipatía radica su valor. Se recortan así de la mayoría de la producción cinematográfica producida en las últimas décadas. El cine argentino del siglo XXI da pocas posibilidades de detectar las tensiones políticas que atraviesan la sociedad. Las películas de Carri y Prividera se refieren a la violencia de las décadas pasadas, a raíz de la desaparición de sus padres (Roberto Carri y Ana María Caruso, padres de Carri; Marta Sierra, madre de Prividera). Las catástrofes del pasado, personales y colectivas, son experimentadas en su persistencia actual. Esa persistencia es el conflicto principal en los cuatro films. Ello se registra en el modo en el que en cada caso construyen sus puntos de vista, en sus desequilibrios y desbordes, en la tonalidad áspera que los impregna. Se trata de films que luchan contra sí mismos, contra sus autores, que no logran o no quieren reposar sobre sus propios marcos y esa inconsistencia es su principal interés. Cuatreros es una respuesta y una recusación de Carri en 2015 contra quien en 2003 hizo Los rubios. Tierra de los padres desplaza la perspectiva desde la que Prividera hizo cinco años antes M. Una superación dialéctica, Prividera preferirá pensar.

Sus películas patentizan además un malestar con el cine: la experiencia de la que dan cuenta desborda el plano específicamente cine­matográfico y demanda ser prolongada hacia el ensayo, la poesía, la crítica, la performance, las instalaciones, las intervenciones públicas. No como producciones paralelas a su filmografía, sino como una continuación de la lucha por otros medios. Formas de un desfasaje que caracteriza sus estilos excesivos y sus temples áridos. Rasgos que los dos autores tienen en común. Pero Carri y Prividera son cineastas muy diferentes y sus películas discrepan incluso entre sí.

M

Señaladores

Los años de realización de cada una de las películas trazan un arco histórico significativo. Carri estrena Los rubios en 2003. La con­cibió en el período anterior a la asunción de Néstor Kirchner, lo que la liga y a la vez la distingue del nuevo cine argentino previo, asociado a la década menemista. En su ampuloso gesto antipolítico –su expresa desconfianza respecto de todo discurso político sobre la derrota generacional de sus padres y la insignificancia de sus hermanos mayores– sobreactúa cierta distancia histórica e im­posta una apertura abstracta hacia las posibilidades futuras de su generación, puesta en escena por la caminata final de su equipo de coetáneos rubios hacia un horizonte indeterminado, rural y celeste, que puntúa una presunta consumación de la post-historia; todo lo cual no deja de constituir una ¿involuntaria? política. Los rubios está pensada desde la aparente estabilidad de una derrota conclusa. Pero bajo su desapego histórico fluye una corriente subterránea de dolor irresuelto. Lo que incuba es más interesante que lo que declama.

M fue terminada en 2007, durante el fin de la presidencia de Néstor Kirchner, después de la derogación de las leyes de la impuni­dad y en medio del impulso de los juicios a los genocidas. El avance de las condenas es lento, la reconstrucción pública de la memoria del genocidio, precaria; y la película refleja y reprocha la falta de información de que dispone el estado democrático y los organismos de derechos humanos, que iría creciendo en los años siguientes. M es la última película pre-kirchnerista: el kirchnerismo como identidad política iba a delinearse con nitidez a partir de 2008, con el extenso conflicto del gobierno contra las patronales agrarias, el enfrentamiento contra el Grupo Clarín y la prematura muerte de Néstor Kirchner. Esta concatenación vertiginosa engendra una intensa militancia kirchnerista y un furioso antikirchnerismo.

Tierra de los padres podría ser la primera película post-kirchnerista: se detectan, como en ninguna otra película de la época, los conflictos históricos latentes en la historia de la nación. La tan mentada grieta no es un invento: puede rastrearse en textos ilustres de la tradición político-literaria nacional. Tierra de los padres no es neutral en su lectura de la historia: remarca el enfrentamiento de los intereses de las clases dominantes contra el pueblo. A pesar de que Prividera es renuente a manifestar una simpatía con el kirchnerismo, su clara distancia de las posiciones oligárquicas le va a valer la sospecha de filokirchnerista por parte de un sector cada vez más poderoso de la crítica cinematográfica macrista, surgida de parte de la redacción de la revista El Amante-Cine, que terminará por manejar la programación del BAFICI y va a excluir Tierra de los padres de la edición 2012 de ese festival. Prividera intenta problematizar la grieta, pero la grieta se lo engulle.

Cuatreros es una película atravesada por los conflictos vividos en los años kirchneristas que en Los rubios ni siquiera podían sos­pecharse y van a dejar una marca fuerte en la posición de Carri. La película fue concebida entre el período final de la presidencia de Cristina Fernández y la inminencia de la restauración conservadora de Macri. A diferencia de las otras tres películas, celebradas o criticadas pero muy discutidas por la crítica argentina, la extemporaneidad de Cuatreros genera un llamativo cono de silen­cio a su alrededor.

Este texto también tiene su propia marca histórica: Macri hoy encabeza un gobierno negacionista. La pregunta ahora es quién y cómo filmará la violenta imposición de un régimen despiadado que avanza. **

Los rubios

Pelucas

Los rubios llega en un momento propicio. El nuevo cine argentino tenía sus obras fundacionales, sus apologetas, su festival, sus libros de ensayo, sus instituciones académicas y críticas con voluntad de adjudicarse la paternidad de la criatura. Carri viene de la FUC (Fundación Universidad del Cine, de Buenos Aires), uno de los focos de irradiación de esta avidez de novedades. Muchos, no todos los jóvenes cineastas ni necesariamente los mejores, vienen de la FUC. Gonzalo Aguilar escribe un libro que se volverá espejo en el que el cine de los 90 gusta mirarse: Otros mundos. Vale la pena leer sus frases iniciales: “¿Qué pasa cuando los mundos se esfuman, se enfrían o sencillamente desaparecen? ¿Cómo reconocer los otros mundos que comienzan a anunciarse, no menos intensos pero sin duda de contornos no tan precisos?” 1.

¿Mundos que se esfuman, que –nada menos– desaparecen? ¿Por un agujero del tiempo? ¿En el fondo del Río de la Plata? En la FUC, como Carri contará después en Cuatreros, la conocen como “la sobrina de Adolfito”. Se inscribe fuera de término y lo logra por su parentesco con Bioy Casares, miembro del comité académico. Pero ella es también hija de Roberto Carri, un notorio sociólogo de los años 70 desaparecido por la dictadura, junto a la madre de Albertina, Ana María Caruso. Los rubios declara que ella es una desobediente, pero ¿a quién obedece? Carri practica rupturas llamativas. La primera persona que enuncia el relato se multiplica: desde el lado documental, ella misma debate el sentido de la película con sus compañeros de la FUC; por otro lado, la actriz Analía Couceyro anuncia que en la película va a hacer el papel de Albertina. La Albertina documental marca, calcula, ironiza; la Albertina de ficción asume restos de intimismo (“No me gustan las vacas muertas, prefiero las arquitecturas bonitas”). Pero en verdad hay una tercera: la que desde afuera organiza el desdoblamiento visible y se nos esconde: en ese escondite espera su versión más interesante.

Los rubios son los padres. En sus años de militancia, los Carri se radicaron en un barrio de Hurlingham, en un proyecto de proletarización usual en esa época: militantes de origen burgués que se acercan al sujeto histórico a emancipar. El film declara el fracaso de la maniobra de asimilación. Los vecinos, años después, cuando Albertina vuelva para averiguar algo del secuestro, toda­vía recuerdan a la familia como “los rubios”, a pesar de que ellos nunca fueron rubios. Eso marca la distancia de clase insalvable, la imposibilidad de establecer lazos no impostados con el pueblo, la clave para que sean fácilmente extirpados del barrio. Albertina y sus amigos de la FUC repiten esa puesta de la ajenidad social cuando vuelven a filmarlos.

Carri se cansa pronto de entrevistar a los compañeros de militancia de sus padres. Cuando recibe un fax del INCAA que objeta que a la investigación le falta profundizar en las motivaciones políticas de aquella generación, ella resuelve el dilema: “esa es la película que tienen que hacer ellos, yo no tengo ganas”.

Para filmar el secuestro de los padres, al acercarse a la zona in­candescente donde la historia le produjo un desgarro irreparable, ella recurre a una animación con los muñequitos de Playmobil en la que los padres son abducidos por un plato volador. Esta apelación al camp interpone una distancia respecto del terror. Mucho crítico celebró que la tragedia solo se pudiera repetir como parodia desafectada. Aguilar equipara la rebeldía de formar parte de un proyecto revolucionario con el gusto por los apliques y el postizo 2. Albertina y sus compañeros se calzan las pelucas rubias para formar una familia sustituta y se alejan caminando hacia un horizonte limpio de salpicaduras de sangre.

M

Autoconciencia generacional

Prividera es el apólogo de la autoconciencia: sostiene con fervor la obligación de que el cineasta conquiste la consciencia de lo que filma. La responsabilidad no se limita a su propia obra. En su libro El país del cine, dice: “Hay que recordar que el NCA nació junto a una nueva crítica que lo alumbró, pero que –como el mismo NCA en la relación con la experiencia previa de los años sesenta– no propuso un intento de lectura general (y generacional); y esa falta (entendida como falla, es decir, como fractura) habla más bien de un cine que refleja las contradicciones de su tiempo sin lograr superarlas” 3. No basta con que el cine refleje las contradicciones de su tiempo: debe superarlas. Dado que cualquier película instituye un fuera de cam­po, puede inferirse que nunca bastará con hacer películas, que será necesario además despejar cualquier resto de opacidad que impida la omnicomprensión. Por eso, Prividera se entrega incansable a disipar las ambivalencias interpretativas a que está expuesto su cine. Filma para señalar lo no visto, pero el fuera de campo hace necesario conti­nuar la tarea discutiendo la recta interpretación de sus películas, detectando contradicciones en los textos fílmicos o críticos de los otros, señalando cada fracaso en la superación de las contradicciones. Un propósito productivo, infinito, enojoso.

M lo tiene como protagonista absorbente, con una contraparte decisiva: él investiga la desaparición durante la dictadura militar de Martha Sierra, su madre. Ella es la ausente hacia la que todo apunta. M, Martha, Madre. El nervio de la película es la opacidad de la conciencia colectiva de esa ausencia. A cada paso, Prividera constata que quienes estuvieron cerca de ella no pueden o no quieren recordar detalles que él necesita saber. Estas lagunas de la memoria lo enojan y él lo resalta con gestos de disgusto, con discursos a cámara. En toda indagación Prividera halla frases truncas, imprecisiones, olvido. La inquietud que lo impulsa es comprensible y compartible. Un exterminio  masivo no habría podido hacerse sin complicidad, omisión, distracción, obnubilación o desinterés de gran parte de la sociedad. Dice Prividera a su hermano, luego de que una mujer le contesta que su médico le recomendó no recordar porque está enferma y le hace mal:

"Busco a los responsables. Quien se hace responsable por lo menos se hace cargo. De algo. ¡En un país donde nadie se hace cargo de nada! Es increíble cómo nadie vio eso o nadie lo quiso ver. ¿Qué? ¿Los vientos de la historia? ¿Ceguera, ingenuidad, estupidez, un poco de todo?"

El cineasta/personaje nos muestra un momento íntimo: su cara en primer plano llena la pantalla. Atrás se ve en un espejo la imagen chiquita del hermano que escucha. La construcción del plano dice tanto como las palabras. ¿Le interesa que presenciemos que ese silencio que impera en la sociedad se hace más espeso en el seno de la familia?, ¿que reparemos en la ausencia notoria del padre, de cuya actitud hacia el secuestro de la madre no dice la película una palabra? ¿Muestra M el entramado familiar que se agujerea ante una desaparición forzada? ¿O es mejor mirar hacia afuera, hacia la red de responsabilidades a las que las palabras de Prividera apuntan?

Una entrevista que los hermanos responden al comienzo es reveladora:

–¿Cómo influye la desaparición de su mamá –le pregunta una periodista extranjera– y cuál es el impacto en su vida cotidiana?

–Es complicada la pregunta –empieza a contestar el menor–. Digamos... […]

–A nosotros –afirma Nicolás– nos ha tocado de un modo personal, pero hay toda una generación desaparecida. Seguramente eso ha cambiado la fisonomía de la Argentina. Y en tanto y en cuanto no sepamos qué pasó con todos y cada uno y quiénes son los responsa­bles en cada caso de su desaparición, va a ser muy difícil decir que vivimos en una democracia real y en una república verdadera.

–¿Estás enojado?

–Por supuesto que estoy enojado. Y creo que todos deberíamos estar enojados, esta es la cuestión, no es un enojo personal por algo que me hicieron.

¿Cómo podría no estar enojado? El enojo por no aceptar la fra­gilidad de la memoria muestra su dificultad para comprender que los mecanismos del recuerdo no son transparentes, que siempre queda un resto opaco, incluso ante un crimen de dimensiones co­losales. El signo más notorio de esta barrera invisible lo constituye la ausencia del padre en la película. Si los compañeros de Martha no recuerdan, no sabían bien, no se dieron cuenta, ¿no es notable que el padre ni siquiera aparezca? Ese fuera de campo es riquísi­mo, porque señala una micropolítica familiar en la que el terror de Estado se ha entreverado. La película hace silencio sobre esto. Prividera me manifestó muchas veces su desacuerdo con la posibi­lidad de abrir esa lectura de la dimensión personal y familiar del terror estatal. Dice que cometió el error de decir “enojado”, que la palabra correcta hubiera sido “indignado”, ya que aportaría una dimensión colectiva. En años de discusiones con él, no logré captar la diferencia semántica entre enojo e indignación, como no sea por una imposición interpretativa. No creo que la apertura hacia la intimidad familiar y el enojo personal diluyan la potencia de M, al contrario, ahí radica su mayor fuerza.

Tierra de los Padres

Los padres

Si M se centra en su madre, con un grado de involucramiento per­sonal que queda condensado en el plano en el que él proyecta una diapositiva de ella a una edad aproximada a la suya, para luego ponerse a su par, abriendo así una seguramente involuntaria di­mensión edípica de la película, el siguiente movimiento de Prividera se dirige hacia la figura simbólica que en M estaba excluida: los Padres. No se refiere allí a su propio padre, sino a los Padres de la Patria, tal como son venerados en la necrópolis que las clases dominantes construyeron en la ciudad de Buenos Aires, en el ce­menterio de Recoleta. Recoleta es la tierra de estos padres muertos por los que la oligarquía argentina ha decidido celebrarse a sí misma. En Tierra de los padres, Prividera se propone superar el terreno personal indeseado que asoma en M. Ahora, él aparece brevemente, entre otros integrantes de su generación, escritores, cineastas, actrices o hijos de desaparecidos. Cada uno de ellos cita, libro en mano y frente a las bóvedas de las familias patricias, un fragmento escrito por los Padres. La película avanza cronológicamente desde los escritores y políticos de la generación del 37 hasta una solicitada de la Sociedad Rural reivindicando la dictadura militar, con algu­nas citas especiales cuyos restos no yacen en Recoleta ni se adecuan a la figura de “Padres de la Patria”: Evita, Rodolfo Walsh o Joaquín Giannuzzi (cuya lectura se reserva el propio Prividera).

Tierra de los padres desvela el tiempo histórico condensado en el espacio del cementerio, la vida muerta y la muerte viva de la Patria. Con todo, no se trata de una película meramente histórica, sino del presente. Pero este presente no parece un terreno familiar, sino quizá lo más extraño: los que leen los textos de los muertos (las Cartas Quillotanas, Amalia, Una excursión a los indios ranqueles, Mi testamento, la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar) se desvanecen como fantasmas tan pronto terminan de leer su parte. ¿Los convidados de piedra (¿de aire?) somos los presentes?

Las palabras leídas no son ensayos teóricos sino auténticas epístolas, o mejor todavía: partes de guerra, escritos en el fragor de la lucha. Un escalofrío empieza a sentirse a medida que las citas, plagadas de violencia, deseosas de exterminio, se acercan al tiempo actual, hasta llegar a la Carta abierta... de Walsh, el alegato de Massera en el juicio a las Juntas o la reivindicación de la dictadura por parte de la Rural.

El criterio con el que Prividera selecciona las citas no es binario como sus críticos sospecharon; por el contrario, es capaz de marcar las discusiones políticas entre diversos autores y actores históricos difíciles de situar de un lado de “la grieta” (en declaraciones periodísticas, Prividera ha dicho que su película es, en todo caso, alberdiana, lo que lo colocaría en una posición superadora de las dicotomías). Pero la aparición sucesiva de textos de Evita y Silvina Ocampo, o de Walsh y Massera puede facilitar lecturas más beligerantes.

A veces, las intenciones dialécticas no funcionan y, dado que la película resalta especialmente el rol violento de la Sociedad Rural en la historia, la crítica macrista, ya muy volcada a la derecha, va a ubicar a Tierra de los padres en el campo enemigo, más allá de las intenciones superadoras de Prividera. El autor logra desplazar su planteo histórico político del terreno personal, y se presenta como parte de una generación. Pero la omnicomprensión que Prividera intenta propiciar en su sucesión de citas encuentra otra vez un límite en una recepción que no interpreta lo que él espera.

Cuatreros

El cuerpo de la política

Las películas de Prividera y Carri se debaten entre las diversas po­sibilidades de poner el cuerpo ante el vendaval de la historia, de duplicarlo, triplicarlo, esconderlo, sustituirlo, ponerlo junto a otros coetáneos. Paralelamente con este nudo aparece la dimensión fami­liar, como ámbito en el que lo público y lo personal se articulan de modo complejo. En esta disputa, no están excluidas las pasiones: el enojo, la culpa, la indignación, la distancia impostada, el dolor.En Cuatreros, la voz singular y dolida de Carri habla la historia, de un modo que ella no se permitió hacerlo en Los rubios, el antecedente directo con el que Cuatreros va a medirse. Carri hace un ajuste de cuentas consigo misma. No hubo una superación del duelo que, por lo visto y oído, no termina de hacerse. La familia postiza no prosperó y, en el marco de la militancia queer que durante el kirchnerismo logró la legalización del matrimonio igualitario, Albertina funda su propia familia junto a la escritora Marta Dillon. Tienen un hijo con triple filiación, junto con su amigo común, el diseñador Alejandro Ross. Cuatreros se filma en medio de la crisis matrimonial de Carri y Dillon, tal como la cineasta se encarga de decir en la película.

La filiación de Cuatreros también es múltiple: en 2013, Lola Arias le encarga a Carri una lectura performática para el ciclo “Mis documentos”, un texto autobiográfico que la autora vuelve a citar en la película. En 2015, Carri hace una instalación en el Parque de la Memoria sobre la base de un trabajo archivístico, Operación fracaso y el sonido recobrado. La instalación incluye una sala cerrada con el título Investigación del cuatrerismo, con cinco pantallas de video en las que se ven simultáneamente materiales de archivo que finalmente Cuatreros va a agrupar en un solo plano. El archivo a la vez recoge parte del material que Carri acopió en su investigación para escribir varias versiones de un guión para una película sobre Isidro Velázquez, un cuatrero de los años 60 que su padre Roberto Carri había tomado como paradigma para el libro Isidro Velázquez. Formas prerrevolucionarias de la violencia popular. Los sucesivos intentos por hacer este guión fracasan y Cuatreros es el resultado paradójico de estos fracasos: irónicamente, los intentos de hacer una película que no podrá hacerse terminan tejiendo la trama de Cuatreros. Ya en el comienzo de Los rubios Carri le hacía leer a su doble de cuerpo Analía Couceyro un fragmento de Isidro Velázquez..., con una intención visiblemente distinta de la que va a otorgarle en Cuatreros.

La película liga fracasos: ya se hizo una película sobre Isidro Velázquez, pero nadie la vio. Fue filmada por Pablo Szir entre 1970 y 1972 y está tan desaparecida como su director. Se titulaba Los Velázquez. La propia vida del bandido rural Isidro Velázquez termina en fracaso: muere en una emboscada que le prepara una maestra a la que él se liga sentimentalmente y que lo entrega a la policía apenas pocos años antes de que Roberto Carri escriba su libro. La caída del cuatrero prefigura la del propio Carri. Cuatreros condensa todos los fracasos para reconvertirlos en una especie de triunfo.

Albertina Carri se vale de esta red de planes fallidos para recupe­rar el vínculo con su padre, de cuyo proyecto en Los rubios intenta­ba desligarse. En 2003, ella se mostraba desobediente del mandato de hacer la película sobre los padres desaparecidos que le marcaba el comité del INCAA. "No quiero ser la hija de Carri, quiero ser yo, voy a fundar mi propia familia con mis compañeros de la FUC". Su presunta desobediencia incluía una invisible obediencia a su clase. Carri le calzaba la peluca rubia a su dolor. Cuatreros es la respuesta de Carri a sí misma trece años después, cuando ya no tiene que presentarse como la sobrina de Adolfito.

La película exhibe la imposibilidad de esquivar una filiación pa­terna que contradice los motivos por los que antes la crítica había aclamado Los rubios como la película del nuevo cine argentino que, por fin, terminaba con la historia. Trece años después, el fin de la historia terminó y Carri parece dispuesta a asumir el legado de su padre (no precisamente en el modo de la obediencia): dice sin pudor que, si ella hubiera estado en el lugar de sus padres, habría asumido la militancia política tal como ellos lo hicieron. La desobediente Albertina se atreve a mostrar la fragilidad de toda desobediencia. No necesita una familia sustituta porque tiene padres que busca infructuosamente en archivos fílmicos, sin encontrarlos. Pero comprende finalmente la misión de su existencia y el vínculo que la une a ellos, aun cuando se pregunte si ellos no le reprocharán sus actitudes tilingas, en el cielo, el infierno o el lugar donde se encuentren.

Carri incluye una mirada problemática de su militancia queer. Ironiza sobre la hombría de Isidro Velázquez, juega con la blasfemia de ponerse de un lado y de otro de la empatía popular; imagina una versión gay de la historia de Velázquez que podría agregarle algo de gracia a una historia desoladora. En plena crisis matrimonial, declara el fracaso de su ilusión burguesa de fundar una familia a partir del matrimonio igualitario. Pero descubre la posibilidad de ligar la historia de su padre con la de su hijo: “¿Será mi hijo varón el que me lleva a Roberto, mi padre muerto? Si siempre dije que Isidro era una película de hombres, ¡que a mí no me vengan con películas de homosexuales encubiertos, dispuestos a dar la vida por el mejor amigo, por favor!”. El único plano actual que la película incluye fuera del material de archivo la muestra jugando feliz con su pequeño hijo.

Carri disloca el dispositivo cinematográfico. Su voz over, de una pulsión novelesca arrolladora, puede ser disfrutada como un texto literario autónomo, cerrando los ojos, en un gesto que para la cinefilia pura puede sonar a herejía. La simultaneidad de pantallas, que en el plano ironizan, pervierten, multiplican los sentidos del texto y desafían al espectador a generar sus propios recorridos perceptivos no dictados por un montaje lineal, señala una dirección más allá del cine, en parentesco con la instalación. Análogamente a los vínculos dispares con los que la autora ensambla diversidades familiares problemáticas, Cuatreros forma parte de una familia problemática de obras ensambladas.

Cuatreros estruja el cuerpo del cine, empuja las palabras, politiza las pasiones, historiza su identidad autoral, choca con el clima imperante de la pos-verdad y vence en cada fracaso.


NOTAS

1 Gonzalo Aguilar, Otros mundos, Santiago Arcos, Buenos Aires, 2006, p. 7.

2 Ibid., p. 180.  

3 Nicolás Prividera, El país del cine. Para una historia política del nuevo cine argentino, Villa Allende, Los Ríos, 2014, pp. 17-18. 


* Este texto fue publicado originalmente en el libro Después del nuevo cine. Diez miradas en torno al cine argentino contemporáneo (AAVV, editado por Emilio Bernini EUFyL, 2018). Decidí publicarlo ahora en la red, después de leer una nota de Horacio Verbitsky aparecida ayer domingo 31 de julio en El Cohete a la Luna, "Las vueltas de la memoria". En dicha nota, a partir de la canción "Que reste-t-il de nos amours?" (1942) de Charles Trenet, que recuerda después de haberla escuchado en la reciente película de Prividera, Adiós a la memoria (2022), ahora exhibida en la plataforma CineAr, Verbitsky se refiere también a M de Prividera y relaciona ambas películas con las de Albertina Carri, Los rubios y Cuatreros. 

Verbitsky señala algunas coincidencias entre las obras de Carri y Prividera: "no sé si ambos directores se conocen, pero la opera prima de Carri, de 2003, tiene varios puntos de contacto con la de Prividera, entre otros el rechazo inocultable por quienes fuimos compañeros de militancia de los progenitores ausentes"; y más adelante "me quedó la impresión de que no es, como la de Albertina, una búsqueda de las claves de su historia familiar, sino una reflexión más abstracta sobre la memoria. Y sobre las diversas formas del olvido, voluntario, personal, colectivo o forzoso". (Completo acá).

Verbitsky empezó hace muchos años su carrera periodística como crítico cinematográfico y no es la primera vez que muestra su ojo avezado para el cine. Escribió entre otros varios textos sobre Leonardo Favio, Lucrecia Martel y la citada Albertina Carri, con quien mantiene una relación de amistad (la llama "Albert"). Sin embargo, esta nota, si bien destaca un vínculo real entre el cine de Prividera y el de Carri, comete desde mi punto de vista algunas imprecisiones. De hecho Verbitsky aclara:

"Debería verla de nuevo y completa, porque la agarré empezada y me atrapó, pero me quedó la impresión de que no es, como la de Albertina, una búsqueda de las claves de su historia familiar, sino una reflexión más abstracta sobre la memoria. Y sobre las diversas formas del olvido, voluntario, personal, colectivo o forzoso".

Entiendo que esta visión parcial le resta rigor a los apuntes de Verbitsky. Entonces me pareció oportuno publicar mi texto -escrito años antes del estreno de Adiós a la memoria- en el que me dediqué a analizar con detenimiento los vínculos que unen y los que separan el cine de Prividera del de Carri. Hay un diálogo evidente entre ambas obras, pero no se los puede asimilar sin más: en muchos aspectos sus perspectivas son incompatibles. 

** Este párrafo hace referencia al año de publicación del libro, cuando mauricio macri presidía la Nación.

Adiós a la memoria

domingo, 27 de marzo de 2022

No es tu angustia, estúpido

por Juan Manuel Iribarren

Sabemos que lo que sucede hoy en la Argentina es demasiado angustiante para ser procesado adecuadamente. Podemos imaginar que los sentimientos y los pensamientos de los sectores populares sin representación –el invisible precariado argentino– está tomando caminos imprevisibles de los que no sabemos nada. Podemos imaginar gran rabia, trastornos psíquicos, impotencia profunda, fuerte dolor, desplazamientos forzados, violencia, autolesiones. Pero con la angustia pasa como con  todo: su representación social opera en forma ideológica. No podemos acceder a la angustia de los que están sufriendo verdaderamente y sólo tenemos acceso a la representación de la angustia de los que toman “decisiones” o de los que “piensan” el país. No tenemos prácticamente documento de quien laburando  todo el día no puede acceder a los alimentos que necesita. No sabemos todas las familias destruidas por situaciones económicas más graves. Todos los golpes, indiferencias, desvalorizaciones, maltratos sufridos.

Desde hace un buen tiempo que los intelectuales han monopolizado la angustia, y detrás de ellos los políticos. Casi toda la intelectualidad actual parece una gigantesca representación de la angustia por no poder hacer nada, por establecer una pluralidad de voces bien remunerada que parece inédita en la historia moderna, y a la vez no entrega una sola voz plural, ni una sola persona que pueda enraizar en algún proceso colectivo. Eso que Mark Fisher detectó en la “impotencia reflexiva” de la juventud y Bifo Berardi en los resultados de la profesionalización del trabajo cognitivo: “el pensamiento crítico como una forma de sufrimiento” sin cualidad terapéutica.

Lo cierto es que nunca antes los intelectuales se habían divorciado tanto de la sociedad. Y no se trata de prejuicio anti-intelectualista ni nada parecido; se trata de precisar que cuando los discursos no dan con una voz plural, entonces hay angustia individual, narcisismo, alma bella y falsedad ideológica. Aparece todo lo que un intelectual detesta. Y hay, entonces, contradicción profunda.

Con respecto a los políticos, no nos engañemos: su angustia es sobreactuada. Probablemente no lo sea frente a una guerra, pero sí frente a una crisis económica. Piensan en la gobernabilidad y sienten profundo stress, no angustia verdadera. Por eso a la política hay que exigirle actos de transformación y criticarle sus representaciones de angustia. Las representaciones de angustia, siempre y en todo lugar, son ideológicas y ante todo sirven para legitimar la desigualdad.  

Y el macrismo marcó la cancha, fueron ellos los que comenzaron con la angustia, con tener que hacer cosas que no querrían hacer, pero tienen que hacer en forma compulsiva. Y Alberto no fue rival: obedeció. Entendió la economía como la entendió el macrismo: cuestión de especialistas, que bajen los costos laborales, mistifiquemos la producción de empleo digno, dibuje maestro. Entendió la relación con los sectores populares como la entendió el macrismo: canje de planes por comunicación directa (aviso de incendio) con representantes de aquellos sectores populares movilizados en tiempos de crisis, pues el macrismo no está dispuesto a representarlos y Alberto tampoco: tiene diálogo y los escucha, medianamente alerta porque los mantiene en necesidad permanente. La oficina de Carolina Stanley continúa, Grabois nos puede avisar cuando esté por incendiarse. Y en cuanto a los medios: periodismo de guerra, pero esta vez con intereses corporativos distintos, vendettas comprensibles pero que agregan más confusión y enaltecen a la oposición. Pues si no se dieron cuenta, ellos están profundamente orgullosos de ser los villanos, pues en la modernidad villano y mártir y héroe se confunden, son cool. Y agradecen a C5N por haberles dado su lugar de estrellas.

Con respecto al documento "La unidad del campo popular en tiempos difíciles", tiene una característica ya bastante común en nuestros días. Es un texto a favor de la gobernabilidad que se presenta como un texto a favor de la Unidad. Y no dice lo más importante: no se trata de circunstancias sociales y económicas en abstracto.  Se trata de unas condiciones de gobernabilidad impuestas por la oposición política. Lo que bastaría para tornar evidente que “la mejor estrategia en la etapa actual para enfrentar a las fuerzas de la derecha, la ultraderecha y el neoliberalismo” no puede ser jamás aceptar las condiciones impuestas por esas fuerzas. En su polémica con el marxismo popular, Karl Polanyi escribió en 1949 lo siguiente:

“Todo esto debiera prevenirnos para no depender demasiado de los intereses económicos de ciertas clases al explicar la historia. Tal enfoque implicaría tácitamente la rigidez de tales clases en un sentido que sólo puede existir en una sociedad indestructible…

Por lo tanto, en última instancia es la relación de una clase con la sociedad en conjunto lo que proyecta su papel en el drama; y su éxito se determina por la amplitud y diversidad de los intereses que pueda servir, aparte de los propios. En efecto, ninguna política de un interés clasista estrecho puede salvaguardar bien ni siquiera ese interés, y esta regla tiene pocas excepciones. A menos que la alternativa al arreglo social sea un hundimiento en la destrucción total, ninguna clase crudamente egoísta podrá mantenerse en la delantera”

Y justamente esta última oración es la que nos corresponde, una clase crudamente egoísta ha logrado poderes de extorsión inéditos en nuestra historia democrática, para que la alternativa al arreglo social sea vista por (casi) todos como un hundimiento en la destrucción total.

Pues, no: hay opciones. Cuando queremos cumplir nuestros compromisos, queremos cumplir nuestros compromisos para ser considerados un país “serio”. Muy bien: tengamos la fiscalidad progresiva de los países “serios”. No un superficial impuesto a la riqueza, sino la búsqueda de una madurez fiscal que comience por implementar la profunda reforma que necesita el país para volverse viable. De lo que hoy hablan muchos economistas en el mundo mientras nuestros debates televisivos ponen a boxear a Keynes y Hayek, cuando discusiones que operaban eficazmente 40 años atrás ya no sirven más que para entretenimiento refinado. Hay más opciones: finanzas funcionales, monedas no convertibles, inclusive podríamos comenzar a leer a Silvio Gesell, estudiar la Teoría Monetaria Moderna y ver si tiene algo para decirnos. Pero no. Boludeo cósmico. Todo con tal de no enfrentar a la clase crudamente egoísta.

There is no alternative. Realismo capitalista, angustia individual. Muy adentro.

No es Maquiavelo, Alemán

La carta de los intelectuales albertistas en ningún lugar menciona la gobernabilidad, pero no habla de ninguna otra cosa. Moderación no es firmeza diplomática en el contexto actual: es gobernabilidad bajo chantaje de una clase. Jorge Alemán sale a defender la moderación y como si se le hubiera olvidado aclarar algo, después de la respuesta de los intelectuales kirchneristas ("Moderación o pueblo"), escribe unos apuntes bastante extraños sobre "La diferencia entre ideología y política". Y no entiende (o no quiere entender) muy bien la diferencia: la mistifica: “realidades que se contaminan, se recubren, mantienen entre sí conexiones difíciles de desentrañar” De la ideología afirma: “sistema estable e imaginario que intenta una representación de la realidad"… “intenta”

… (porque) siempre se encuentran en ella elementos que la distorsionan…

…la ideología necesita de esa distorsión inconsciente para que sea estable en nuestra explicación del mundo. También le otorga su estabilidad, la inercia que las representaciones ideológicas mantienen a lo largo de su vida…

…no es nunca una mera traducción de la política…

…siempre hay una imposibilidad de recubrir enteramente la estabilidad de la ideología con la contingencia de la política...

…Una ideología que se imagina que la política es mera traducción de sus contenidos olvida que la política tiene su propio arte y sus reglas…

Una política que se olvida de la ideología que la inspiró tarde o temprano desemboca en una pura relación cínica con el Poder”

Libre traducción e intervención del texto: si entendemos que la ideología es la representación de una realidad que permite la constitución de un sujeto, la ideología está bajo presión psíquica por las necesidades de instrumentalización política. La ideología necesita una explicación del mundo pero promueve actos que la refuercen en lo posible y produzcan cierta objetividad, y sin embargo esos actos no traducen la autonomía política original. Y esto ciertamente es más difícil de entender que lo inverso, que viene a ser el tema que nos ocupa: la política no es nunca mera traducción de la ideología. Y es curioso que el texto no se atreva a nombrar aquello que lo desvela y que todo el mundo puede comprender fácilmente y prefiera, en cambio, nombrar “realidades que se contaminan” y alguna especie de traducción mutua compleja cuando en realidad dice algo más simple. Dice: donde la política mantiene relativa autonomía, la ideología es distorsionada por cualquier concepto de autonomía, dado que la ideología exige obediencia. La ideología, lo repito, exige obediencia. Y no, el texto no dice eso de ningún modo, pero ciertamente “intenta” ocultarlo y se nota.

¿Y cómo actúa, entonces, esa suerte de presión psíquica? Generando una angustia que se parece mucho a la autocompasión. Ninguna otra cosa son el primer documento albertista y el texto de Alemán, más que la “angustia” que sufren las convicciones ideológicas bajo la presión de las necesidades de la realpolitik. Nuestra explicación del mundo se vuelve estable gracias a esa distorsión. Que porquería todo, estamos tristes, pero con la confianza de ser realistas y la esperanza de ser comprendidos. Ok.

Ahora bien, ¿es lícito entender la política como distorsión de una ideología? Alemán no se lo pregunta y recurre a Maquiavelo y afirma: “La política posee una relativa autonomía, atravesada por contingencias, coyunturas, relaciones de fuerza, situaciones inesperadas y todo aquello que el genio de Maquiavelo, verdadero fundador del concepto de “autonomía de lo político”, designó con el término Fortuna.

Es curioso que un analista lacaniano lector de Zizek, explique así la diferencia entre ideología y política. Difícil pensar que no entiende la política, habría que pensar que tuvo un lapsus pasajero y tratar de describirlo. Y en ese lapsus para Alemán la política se reduce a Maquiavelo, es decir, astucia y cálculo para conseguir y sostener el poder ante todo tipo de circunstancias, y en el peor de los casos cinismo. Pero autonomía política no es necesariamente autonomía del príncipe, para Spinoza política sería composición de cuerpos y fuerzas, aquello que implicaría una autonomía política de la multitud. Para Badiou y para el idealismo alemán, acontecimiento social. Para Zizek, una revuelta que no sea capturable por el discurso del Amo. Para 1968, pedir lo imposible. Para el pueblo no voy a decir lo que es, voy a decir lo que debería ser y lo que todos saben: aquel terreno donde se disputa lo posible.

Y aquí está el mayor problema, pues esto puede ser interpretado de dos formas. Lo posible como un campo abierto, o lo posible como un campo cerrado. La hegemonía ideológica interpreta lo posible como un campo cerrado. Y esto hace que muchas veces se use esta frase en el sentido más conservador de la oración: la realpolitik. ¿Y qué hay de lo posible como un campo abierto?  ¿No es acaso igualmente político? ¿Qué sería de la Perestroika- Glasnost sin la Primavera de Praga? Alemán olvida que lo posible no es necesariamente un campo cerrado. ¿Y por qué lo olvida?

Porque asume la moderación como una posición política, y después de  asumir la posición cínica del príncipe (pues eso es lo que quiso hacer) en realidad lo que descubre y evidencia es una posición ideológica (pues eso es lo que termina haciendo). Y aquí habría que recordar algunas cosas: Alberto no es príncipe, Alberto obedece a los intereses de una clase crudamente egoísta, busca la autonomía de la mera gobernabilidad más que la de la soberanía política, por lo cual Maquiavelo no nos sirve de entrada. Y toda esa “Unidad para” es falsa. Unidad por mera gobernabilidad en cuerda floja, extorsionada, hiriente.

Alemán parece también decir: la ideología son los otros. Los que quieren romper la Unidad, los que no están de acuerdo con las coordenadas de las posibilidades realistas de nuestro tiempo. Pues no, tampoco. Las ideologías no se detectan tanto por las convicciones de cómo actuar ante una determinada situación, como por el hecho de que presentan sólo una única forma de actuación posible. La oposición a la ideología no es la política, sino el pragmatismo, pero en el sentido clásico del término: investigación de problemas y aplicación de soluciones sin presupuestos ideológicos, bastante distinto a su sentido más habitual, basado en la apropiación que las hegemonías ideológicas han hecho del término como sinónimo de única visión realista. Y a pesar de esto, la política puede ser pragmática, más que distorsión ideológica. Y no es este el lugar para demostrarlo, pero en la historia muchas veces ha sido así y lo seguirá siendo. En su capacidad de transformación de la realidad, la política ha demostrado ser superior a la ideología. 

Y escribís un texto donde sugerís que la ideología son los otros, pero la ideología sos vos, y a la vez no es tu ideología: y esa es tu verdadera angustia, no la traducción política de tu ideología, sino la instrumentalización ideológica de lo que entendes por autonomía política, es decir, la falta de conciencia de tu falta de autonomía política que a la vez traiciona tu ideología: lo contrario a Maquiavelo. No te preocupes, le pasa a todo el mundo.   

La mera afirmación de que no hay alternativa es justamente una posición ideológica y no política. Y queda claro que vulgariza la política, que no entiende las dimensiones revolucionarias del concepto. En el lapsus de Alemán, política es Maquiavelo y punto, pero Política fueron las Madres, fue toda resistencia civil imprevista, fueron los chalecos amarillos y fue miles de veces un desacuerdo profundo, una renuncia importante o una fractura. Por eso, Política también es lo que hoy Alberto identifica como narcisismo y Alemán como ideología. Política sería un movimiento ciudadano antimonopolio para bajar el precio de los alimentos, por ejemplo, si no asistiéramos al fracaso de la política en la sociedad argentina; que es la contraparte de la excesiva profesionalización política en la dirigencia y discursos semiautomáticos en la mayor parte del resto de la población, exaltada y dividida entre la indignación y la arenga. Y es cierto, la Argentina es un país complicado y se va a complicar más, pero la política no requiere necesariamente de un príncipe, Alemán. 

Y en el fondo parece un mea culpa por ponerse de un lado de la grieta con el que no está íntimamente de acuerdo, no quiere ser cómplice de lo que se viene. Todo bien con Maquiavelo, pero reducir la política a Maquiavelo puede traer estos problemas. Creer que la política es esencialmente astucia o cinismo, búsqueda y mantenimiento de poder. Sabemos que no es así, que olvidamos cosas que sabemos perfectamente. La vuelta de las Madres a la Pirámide de Mayo no era un acto ideológico, era un acto político, que no implicaba traducción o distorsión de ideología, ni la más mínima búsqueda de poder soberano. Y muy pocos de nosotros nos atreveríamos a afirmar que la astucia jugó un papel más importante que la desesperación. ¿No te parece? ¿Cómo querés llamarlo? ¿Estético? Terreno de lo posible como campo abierto, Alemán, el deber de un intelectual en tiempos de crisis es nunca olvidar eso.

"Sobre Poesía", José Lezama Lima


Prólogo de Adolfo Bergerot:

En 1988, a veinte años del llamado mayo francés, el master Carlos Iriart, con la productora Real de Catorce me encargó documentar lo que sucedía en Latinoamérica en esos meses de revuelta parisina, para un capítulo de ese inmenso programa que fue Equinoccio. Una de las joyas que rescaté en esa búsqueda tracción a sangre, en hemerotecas y bibliotecas madrileñas, es el texto sobre poesía de Lezama Lima que ahora comparto. Es extenso, pero merece el gusto.

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"Sobre Poesía", José Lezama Lima

Existe una función creadora en el hombre, trascendental-orgánica, como existe en el organismo la función que crea la sangre. La poiética y la hematopoiética tienen idéntica finalidad. Instante en que lo orgánico se transforma en respirante, es decir, en que aparece el espacio asimilado, pues la respiración es el espacio asimilado que se devuelve. En una superficie de metal, ágata o piedra, el aire es refractado, devuelto; el vegetal lo incorpora, pero sin posibilidad de diálogo. El hombre -solamente asimila el espacio y lo devuelve como un logos, con un sentido, es el verbo. El verbo era Dios y Dios era el verbo, los dos espacios, el exterior y el interior, el visible y el invisible se comunican, o mejor, están ya en la unidad. La frase de Heráclito, en el sueño el alma tiene ojos de lince, y la de Bloy, la mejor música es la respiración de los santos, coinciden por igual la vigilia y el sueño, la agudeza y lo vegetativo, el oleaje y el mirador. En el sueño, tal como aparece en las teogonías, el alma unida al aliento universal se refugia entre las dos cejas, el O H M, por eso los antiguos afirmaban que si en el sueño golpeáramos esa región con un martillo de plata, el hombre muere. De tal manera que el verbo aparece como la imagen de lo estelar. Voz, verbo e imagen, trilogía que sólo acompaña al hombre.

En la respiración del hombre se conjuga por instantes el verbo, la voz, la imagen con lo telúrico de las entrañas. El espacio más secreto del hombre se transfigura en la llegada de lo estelar.
En el mundo griego se reemplaza esa imagen de lo estelar por la terateia y la identidad.
Sobre el fondo de la identidad se verifican las incesantes metamorfosis, es decir, porque A es igual a A, este ciervo es aquel árbol, esta capa es el escudo de Aquiles.
Ejemplos de terateia: el fondo de Prometeo, en las rocas del Cáucaso recibe la visita de Io, de la familia de las inaqueas, perseguida por los tábanos por haberse negado a entregarse a Júpiter.
En la Hécuba, de Eurípides, más ejemplos de terateia, un muerto, un morador de las sombras, nos dice de pronto: si vosotros, que tan espantados miráis, deseáis conocerme, sabed que yo soy el alma de Polidoro, hijo del rey de Príamo, que ahora vengo de las hondas cavernas del infierno, llenas de espanto y tinieblas, a ver otra vez esta lumbre del cielo.
Al surgir el mundo católico la poesía adquiere pesadumbre y gravitación.
Una frase de San Pablo: Charitas omnia credit, la caridad todo lo cree. Eterno juego de la balanza entre la gracia y la caridad, entre el demiurgo y el hombre.
Otra frase de San Pablo: la fe es la sustancia de lo inexistente, se substantiviza. Surge la máxima absurdidad en el hombre, es la máxima substantividad, la resurrección.
La totalidad de la creencia, de la fe, es la infinita posibilidad, es decir, la resurrección.
El potens aparece en los etruscos, el sí es posible. A esto se añade el latino Hoc age, hazlo. El potens por la imagen hace posible la sobrenaturaleza, el virgo potens.
Se escinde el mundo antiguo. La poesía griega fundamentada en la terateia y en la metamorfosis, y la nueva poesía fundamentada en la gracia, la caridad y la sobrenaturaleza.
Definición del potens: lo imposible moviéndose en la infinitud engendra un potens que es la imagen posible.

Cuando me acercaba a mi madurez, vi cómo lo cuantitativo, lecturas diversas, experiencias, esperas y apresuramientos, se iba trocando en cualitativo. Es el momento, según Descartes, en que la ceniza se convierte en cristal.
Frase del Abate Vogler. Hacer de tres no un cuarto sonido sino un astro.

Ese sentimiento está también en el pueblo. Véase la copla:

Tres palabras suenan
al fin de tres sueños,
y las tres desvelan.
La primera es tu nombre,
la segunda es el nombre de ella.
te daré más que me pidas,
si me dices la tercera.
El Uno, la díada, el terciario, el fervor del ascendit, los invade y recorre.
Desde la tetractis (Dios, la justicia apolínea, el juramento, la pirámide, la invocación) hasta el septenario, el ritmo (din don din don din don din) se establece una pausa, lo que nuestros clásicos llamaban un retiramiento, que es el que llena la poiesis, la poesía.

Caminos de la poesía:

a) La ocupatio de los estoicos. El agua que se prolonga tapa todas las grietas.
b) Las vivencias oblicuas, el conmutador que se enciende engendra un cascada en el Ontario.
c) El súbito. Vogel (pájaro), Vogel bauer (jaula para pájaro), Vogelon (el acto sexual).
d) Lo hipertélico. Destruye al crear. Acto que va más allá de su finalidad.
e) El icneumón. La rata del faraón que se come los huevos del cocodrilo, si no las márgenes del Nilo serían inhabitables.
f) Es creíble porque es increíble: el hijo de Dios murió.
g) Es cierto porque es imposible: y después de muerto resucitó.
h) La resurrección: se siembra en un cuerpo material, pero se renace en un cuerpo espiritual.
Superación de la frase de Heidegger: el hombre es un ser para la muerte. ¿Y el poeta? Es el ser que crea la nueva causalidad de la resurrección.

Poesía, poema y poeta
Épocas de gran poesía sin poetas. Desde Augusto hasta el siglo XIII, en que aparece el Dante, no hay en Europa grandes poetas. Sin embargo, es el período merovingio (Carlomagno) y de la construcción de las grandes catedrales.
Poema: un espacio resistente entre la progresión de la metáfora y el cubrefuego de la imagen.
Poeta: el que toca ese espacio resistente, como posibilidad.
Poesía: las esencias expresadas por las eras imaginarias.
"Como la verdadera naturaleza se ha perdido, todo puede ser naturaleza", Pascal. Poner la imagen sustituyendo a la naturaleza.
Eliminación de todo dualismo, de la causalidad, de las diecisiete categorías kantianas y de lo condicionado kantiano.
Los experimentis sortes. Hay que experimentar un poco el azar.
Aquella terateia, maravilla y excepción, para los griegos; lo maravilloso natural, la Fata Morgana de los surrealistas, están en la revolución. El poeta se sacraliza en las eras imaginarias, cuya raíz es la revolución.
La poesía, el ser causal para la resurrección, vence a la muerte.
(Ponencia presentada por Lezama Lima en el Congreso Cultural de La Habana en enero de 1968. Fue publicada en la revista El Caimán Barbudo en marzo de ese mismo año."El Caimán Barbudo". La Habana, marzo de 1968 

lunes, 7 de marzo de 2022

Pasolini: Sin sombras, la victoria no da luz

por Oscar Cuervo

El reciente 5 de marzo se cumplió el centenario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini (Casarsa, Bologna). Y el 10 de junio próximo se cumplirán 40 años de la muerte de Rainer Werner Fasbinder. Es es por consiguiente un año pasoliniano/fassbinderiano, lo cual condensa la más potente conjunción del cine contemporáneo, dos de los artistas más vigentes del siglo pasado. No son precisamente dos de las figuras más fetichizadas por las sectas cinéfilas. Será interesante constatar cuántos festivales nacionales e internacionales rememoran la fuerza incandescente de dos cineastas que interpelan al presente como pocos de los que están en actividad.

Pasolini, el inaceptable *

I 

La decisión de Pasolini de ponerse a filmar, hace ya 58 años, El Evangelio según Mateo, tiene para nosotros un atractivo irresistible. Y esto tanto por aquella situación en la que Pasolini decide encarar este proyecto, como por esta desde la cual nosotros hoy vemos el film. 

Pasolini es un ateo filmando el Evangelio. 

Dice: «yo no creo que Cristo sea hijo de Dios, porque no soy creyente –al menos en la conciencia–. Pero creo que Cristo es divino: o sea, creo que en Él la humanidad ha llegado a ser tan alta, tan rigurosa, tan ideal, que va más allá de los límites comunes de la humanidad...» * 

Dice algo que no cabe en la cabeza de ningún comunista, de ningún librepensador para quien la Ilustración sea su condición natural. Y Pasolini es comunista, es el más librepensador de los iluministas. 

(Habría que aclarar el carácter herético del comunismo de Pasolini, habría que aclarar que fue expulsado de PCI por su "decadentismo estético”; en realidad esos son los motivos eufemísticos que alegaron los comunistas cuando expulsaron a Pasolini, pero en realidad lo expulsaron debido a las denuncias que lo señalaban como pedófilo: un par de menores de edad de Casarsa -un pueblito de la región del Friuli del cual Pasolini era dirigente comunista- dijeron que habían mantenido contactos sexuales con él: y eso es inaceptable para un comunismo urgido de aceptabilidad: 

«Nos basamos en los hechos que han determinado un grave expediente disciplinario a nombre del poeta Pasolini –decía L’Unità, órgano de prensa del partido comunista italiano el 29 de octubre de 1949- para denunciar, otra vez más, las deletéreas influencias de ciertas corrientes ideológicas y filosóficas de los distintos Gide, Sartre y de otros tantos poetas y literatos decadentes que quieren hacerse pasar por progresistas, pero que en realidad recogen los más deletéreos aspectos de la degeneración burguesa.» (Y, pensándolo bien, quizá no lo hayan expulsado por degenerado, quizá esa haya sido sólo una coartada: quizá muy pronto les quedó claro que Pasolini era un inaceptable)). 

Pasolini es capaz de albergar ideas en su cabeza que lo hacen un inaceptable, hasta para sus camaradas comunistas. Y, por ser inaceptable, es poeta. Porque la poesía no es para él un nicho estético donde esconderse del mundo. La poesía es una posición de resistencia frente a un mundo inaceptable, es la lengua insigne de los que no aceptan. 

Pero hay una raza que no acepta coartadas, 

una raza que en el instante en que ríe 

se acuerda de su propio llanto, y en el llanto, de su risa 

una raza que no se exime ni siquiera un día, ni una hora, 

del deber de la presencia airada, 

de la contradicción en que la vida no concede 

jamás adaptación alguna, una raza que hace 

de su propia dulzura un arma que no perdona. 

Yo me enorgullezco de ser de esa raza. 

Oh, muchacho, también yo, claro.» 

“El sueño de la razón”, en Poesía en forma de rosa, 1961-1964 

Y es como poeta que Pasolini ama visceralmente al Cristo de Mateo: «El Evangelio –se dice mientras prepara la película- deberá estar basado en la pura poesía, no en una visión racionalista, marxista de la historia; deberá ser fruto de una “furiosa oleada irracionalista”». En medio de ese pathos se dispone a contar la vida de quien, con más derecho que nadie, puede ser llamado el Inaceptable (y que hoy, en 1964, digo, en 2022, sigue siendo tan inaceptable como hace 2022 años). 

«Quiero añadir que nada me parece más contrario al mundo moderno que la figura de Cristo, suave en el corazón, pero nunca en la razón, decidido en el ejercicio de su libertad, como voluntad verificadora de la propia religión y como desprecio continuo de la contradicción y del escándalo.» 

II 

La situación desde la cual nosotros vemos hoy la película: 

Una amiga, al enterarse en 2004 de que yo estaba preparando un dossier Pasolini para el número 4 de revista La otra, me preguntó de qué se trataba. Le conté que había llegado a mis manos una vieja revista española de 1965 en la que se relataban los pormenores de la realización, el estreno y el consiguiente debate que produjo en su momento El Evangelio según Mateo. Le conté que entre otros documentos muy interesantes, estaba la correspondencia que Pasolini había mantenido con miembros de la Pro Civitate Christiana, una agrupación católica a la cual Pasolini había acudido para asegurarse de que su película se atuviera al más estricto respeto a la doctrina cristiana. 

Mi amiga me responde: «claro, Pasolini vivió en una época en la que ser gay no era, para nada, gay. Y eso le debe haber producido un inmenso complejo de culpa...» 

Mi amiga es una respetable exponente de esa clase media para la cual la emancipación, la incredulidad, la ausencia de oídos para lo sagrado, es una conquista de su condición social. En el mejor de los casos, la fe puede asociarse al complejo de culpa. Y Pasolini tendría motivos para sentirse culpable, "si tenemos en cuenta el contexto histórico en el cual desarrolló su obra". 

Para una librepensadora tan encadenada a su emancipación como esta amiga que me hizo el comentario sobre Pasolini, el gesto del poeta y cineasta comunista decidido a filmar el Evangelio es inaceptable, todavía hoy. Y es por eso que Pasolini lo filmó. Porque siempre se colocó en posiciones en las cuales no le sería posible ser aceptado. 

 A nosotros el Evangelio no puede resultarnos sino inaceptable. Estamos preparados para comprenderlo todo y siempre situamos cada fenómeno cultural en su contexto. Así podemos comprender el Evangelio como un producto cultural circunscripto en determinadas coordenadas históricas, así podemos comprender la religiosidad de las masas populares como una expresión de su todavía no alcanzada emancipación. 

A los librepensadores nos gusta hablar de política, de policiales, de piqueteros, de mass media, de grandes relatos, de psicología, de teología, de urbanismo, de estética, de semiótica, de merchandising, de probabilística, de bailística, de clacisismo, de modernismo, de postmodernismo, de Hadewijch, de diversidad sexual, de capacidades diferentes, de arte pop, de canciones tontas, de panorámicas, de bitcoins, del live update, del spam, de PTA, de DC, de Pixar... 

Pero nosotros, librepensadores, encadenados a nuestra emancipación como a la adquisición a la que no somos capaces de renunciar, tan capacitados para comprender cada cosa en su contexto, hay algo que no podemos aceptar: el Evangelio. Y otra cosa más: que un comunista librepensador, el más librepensador de los comunistas, Pasolini, sea capaz de filmar el Evangelio sin el menor rastro de ironía, de parodia, de sarcasmo, sin un solo guiño a nuestra conquistada emancipación.

III 

Pero, ¿quién es Pasolini, el hombre que, hace ya casi 60 años, se siente llamado a hacer un film sobre El Evangelio según Mateo? Podríamos decir rápidamente: “poeta, cineasta, semiólogo, pensador, militante”, palabras que también le cabrían a muchos otros y con eso quedaría más o menos respondida la cuestión de qué es. Pero en ese caso no habríamos dicho quién es, ni siquiera habríamos puesto en foco el punto donde se intersectan los caminos del poeta, el cineasta, el semiólogo, el pensador y el militante. Y aún si lográramos ponerlo en foco, todavía faltaría decir qué es Pasolini para nosotros. Porque Pasolini es el nombre de una tensión que nos atraviesa, una cierta manera de liberar las fuerzas que nos traban, de abrirlas hacia el mundo y no quedar sofocados por ellas. 

Pasolini viene de antes, de mucho antes: su madre, Susana Colussi, maestra de escuela elemental, hija de una antigua familia de campesinos de Casarsa cuya existencia se puede rastrear hasta el siglo XV, es la persona que Pasolini amó desde el primer día de su vida hasta el último: 

Es difícil decir con palabras de hijo 

aquello a lo que en el corazón apenas me asemejo. 

Tú eres la única en el mundo que sabe de mi corazón 

lo que ha sido siempre, antes de cualquier amor. 

Por eso debo decirte lo que es horrible reconocer: 

en el seno de tu gracia nace mi angustia. Eres insustituible. 

Por eso está condenada a la soledad la vida que me has dado... 

“Súplica a mi madre” de Poesía en forma de rosa 

Cuando Pasolini comienza a escribir poesía, lo hace en friulano, el dialecto de su madre. Cuando filma el Evangelio, pone a su madre en el rol de María, la madre de Jesús. La fidelidad de Pier Paolo a ella durará todo lo que dure su obra (y dura todavía). 

El padre, Carlos Alberto Pasolini, teniente de infantería, heredero de una familia noble venida a menos, es un hombre enredado con el fascismo, con el alcohol y con la desconfianza. Su matrimonio con Susana Colussi será desgraciado, su autoridad apenas logrará una sumisión formal que mantendrá a la familia en el encono, lo que no hará más que fortalecer el vínculo entre madre e hijo. Sólo muchos años después de que el padre muera, Pasolini rescatará en su memoria el vínculo de ternura y sensualidad que lo ligaba a ese hombre que fue para él un desconocido. 

Novela familiar como muchas otras. Pero la singularidad de Pasolini consiste en haberla experimentado no como una neurosis pequeño-burguesa, no como una coartada para vivir en la amargura (como hace la gente normal), sino como un don y como una oportunidad. Alguna vez dijo: los problemas de la vida no hay que resolverlos, hay que vivirlos. Su vínculo con lo arcaico, con el habla dialectal, sus amados rostros campesinos; pero también su proyecto burgués, su empresa emancipadora, su “carrera” artística, la asunción de su sexualidad, su militancia anti-fascista y su nostalgia por una autoridad legítima: así pudo abrir ese nudo, abrir su sentido, plantarlo en el mundo, ponerlo en obra. Su obra trabaja sobre esa tensión sin renunciar nunca a ella, al contrario: manteniéndola tanto como sea posible. 

(Es difícil, hablando de Pasolini, sortear el peligro del biografismo. Pero hay una manera: este semiólogo, que quiere descifrar la lengua de la realidad, escribe al vivir: escribe lo que vive pero también vive lo que escribe. Su singularidad es capaz de comunicarse y comunicarnos, no hablando la lengua universal de la ciencia, sino poetizando: es decir, dándole nombre a las fuerzas que lo agitan).

«No he tenido, por decirlo así, formación religiosa. Mi padre no creía en Dios. Si iba los domingos a misa, sólo era por respeto a una institución garantizadora del orden social. Practicaba externamente, por todas las razones que llevan a un hombre de derecha a bautizar a sus hijos, a casarlos ante el sacerdote... Mi madre mantenía las tradiciones religiosas de la mayor parte de los campesinos. Su fe era la prolongación de su poesía o, como dicen los teólogos, una religión natural. Por lo tanto, yo no he sufrido ninguna presión religiosa. Las únicas veces que me hacía la rata era para escapar al catecismo. La enseñanza del catecismo me resultaba insoportable. El colegio de curas me resultaba el peor de los presidios». 

A mediados de la década del 50 le escribe al poeta católico Carlo Betocchi: «En cuanto a la pregunta “¿qué es la realidad?”, su cultura burguesa y cristiana ya tiene preparada la respuesta. Y, sobre tal base, la eventual interpretación marxista sólo puede ser rechazada. Ahora yo lo envidio a usted y a los de su generación que ya tienen preparada esa respuesta: y envidio a los que creen en la respuesta aún potencial de la filosofía marxista. Yo me encuentro en el vacío, ni aquí (si bien todavía aquí por la violencia de la memoria, por la coacción de una infancia y de una educación) ni allá (si bien ya en la aspiración, en la simpatía por una vida que se renueve, y proponga una fe, si no otra cosa, en su ser en acto). Todo esto es escandaloso. (...) Pero siempre una posición sincera es escandalosa, este es uno de los conceptos absolutos del cristianismo, ¿no es verdad? A mí no me falta valor, pero siento que en este momento una elección sería un acto desesperado: un acto irracional, que requiere una forma de misticismo, si me decidiera por el “allí”; y un acto renunciador, peligrosamente viciado, si me asentase definitivamente –a gozar éxtasis católicos y exquisitamente burgueses- “aquí”». 

A Pasolini no le falta valor: al contrario, es su enorme valor lo que le permite no resolver los problemas, sino vivirlos. Sería más cómodo refugiarse en una visión católica de la existencia, sentirse parte de una iglesia consoladora que reconforte su espíritu, cerrar las heridas, olvidar (todos quieren olvidar). Pero Pasolini no es lo bastante burgués para aspirar a ese confort, prefiere la intemperie. 

El marxismo le ha enseñado que el cielo que promete la religión es el mundo al revés de la miseria material, una ilusión para soportarla mejor: «la religión es la realización fantástica de la esencia humana, porque la esencia humana carece de verdadera realidad (...). La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura abrumada, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de una situación sin espíritu» (Karl Marx, Crítica a la filosofía del derecho de Hegel). 

Pero es ese mismo valor de Pasolini, su mismo amor por la verdad, lo que le hace descubrir muy pronto que el comunismo también tiene preparada una respuesta a la pregunta por la realidad, y resulta así otra variante de la religión: la promesa de una historia progresiva, el cielo en la tierra. Con el agravante de que el cielo comunista promete saciar el hambre de pan, pero olvida que no sólo de pan vive el hombre. Si el comunismo es impotente para producir una verdadera alteridad en este mundo sin corazón, si sólo termina proponiendo una mera alternativa a él, es porque no tiene oídos para lo sagrado. En eso, Marx es sólo otra variante del iluminismo moderno, que ha venido a abolir lo sagrado; y sus seguidores, los marxistas, terminarán por reducir todo a un reparto equitativo del pan. 

Pasolini necesitará cada día del resto de su vida para descubrir y volver a descubrir que la izquierda pretende una felicidad idéntica a la de los explotadores. Y así, «una lucha definida verbalmente como revolucionaria marxista-leninista se degrada en una lucha civil vieja como la burguesía, esencial para la existencia misma de la burguesía».(Cartas luteranas, 1975) 

Cuando en sus últimos años de vida alce su voz para denunciar los efectos devastadores que la revolución neocapitalista produce sobre el hombre y sobre el mundo, ya sabrá muy bien que contra esta mutación antropológica el comunismo no puede hacer nada porque, en un punto decisivo, burgueses y comunistas son lo mismo: «Porque hay una idea conductora que es común a todos: la idea de que el peor de los males del mundo es la pobreza, y que por tanto la cultura de las clases pobres debe ser sustituida por al cultura de las clases dominantes». (Cartas luteranas

«A algunos críticos de obediencia católica les ha molestado que sea un marxista el que se apropie de esta historia: son exégetas ultraconservadores de un relato que, por otra parte, casi no leen. Me reprochan una ingerencia que debe pisotear sus derechos. Pero me pregunto, ¿cuáles? No me molestan demasiado y, en todo caso, mucho menos que los elogios que he recibido de los organismos católicos. (...) Por otro lado, los críticos marxistas han objetado mi elección del tema, así como la “falta de compromiso” con la que, según ellos lo he tratado. Realmente, yo habría podido hacer la historia de Cristo dándole el aspecto de un agitador político y habría tenido el nihil obstat de los marxistas oficiales. No lo hice así porque va contra mi naturaleza profunda desacralizar cosas y personas. Al contrario, tiendo a sacralizarlas lo más posible». 

Como militante comunista forma parte de las fuerzas modernizantes que ayudan a disolver las estructuras sociales del clerical-fascismo, cuya opresión ha sufrido en carne propia; como poeta, cineasta y semiólogo, aprende a descifrar la lengua en que nos habla la realidad, dispone su oído a escuchar antiguas palabras nunca escritas; y al escucharlas advierte que esa modernidad que él mismo promueve acabará borrando todos los signos y arrasará el mundo. Y así descubre la escandalosa fuerza revolucionaria del pasado, la gracia de los siglos oscuros. 

«Entonces, según usted -dice reticente, 

mordisqueando el bolígrafo - ¿cuál es 

la función del marxista?» Y se dispone a apuntar. 

«Con... delicadeza de bacteriólogo... yo diría [balbuceo 

preso en ardores de muerte] 

mover las masas de ejércitos napoleónicos, estalinistas... 

con miles y miles de anexos... de forma que... 

la masa que se dice conservadora [del Pasado] lo pierda: 

la masa revolucionaria, lo gane 

reedificándolo en el acto de vencerlo... 

“Una desesperada vitalidad”, Poesía en forma de rosa


IV

«Es una obra de poesía la que quiero hacer. (...) Siguiendo al pie de la letra las “aceleraciones estilísticas” del evangelio de Mateo, la funcionalidad bárbaro práctica de su relato, la abolición de los tiempos cronológicos, los saltos elípticos de la historia en los que están incluídas las “desproporciones” de los éstasis didascálicos (el estupendo, interminable, sermón de la montaña), la figura de Cristo debería tener, al final, la misma violencia de una resistencia: algo que contradiga radicalmente a la vida tal y como se está configurando para el hombre moderno, su gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo, glorificación de la propia identidad en las señas de identidad de la masa, odio hacia toda diversidad, rencor teológico sin religión...”. 

¿Pero cómo, "siguiendo al pie de la letra..."? Le ruego al lector que relea el párrafo anterior, su cambio brusco de registro: la figura de Cristo debería tener, al final, la misma violencia de una resistencia: algo que... Pasolini es un astuto semiólogo, así que cuando en su discurso produce estos giros (y su obra poética está llena de ellos), hay que detenerse a leer el giro, porque allí está condensado el sentido: en este caso, el pasaje desde las consideraciones estilísticas, digamos formales, del relato de Mateo, hacia la figura de Cristo. 

¿Es que hay una forma de hablar acerca de Cristo que hace aparecer la violencia de una resistencia? ¿una forma que contradice radicalmente a la vida tal y como se está configurando para el hombre moderno? ¿Es que hay otra forma de hablar acerca de Cristo que impide que aparezca la violencia de una resistencia, que no contradice sino que halaga al hombre moderno, su gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo? 

Lo que a Pasolini le encanta del Evangelio es el ajuste entre la historia de quien, con más derecho que nadie, puede ser llamado el Inaceptable (que hoy, en 1964, digo, en 2022, sigue siendo tan inaceptable como hace 2022 años) y la forma en que esa historia ha de ser contada. Se trata de una operación poética que es a la vez una intervención política: ¿cómo hablarle a hombres (¿a nosotros?) que están sumergidos en una gris orgía de cinismo, ironía, brutalidad práctica, compromiso, conformismo? 

Hay escollos que parecerían insuperables: el cretinismo de un poder eclesiástico aliado históricamente al fascismo es uno de ellos, pero no el único. También está el insanable cretinismo de una clase (¿nosotros?) para la cual la certeza de que no hay nada sagrado es una conquista social irrenunciable. Ambas cosas, el clerical-fascismo que transforma al Evangelio en una trampa para incautos y el liberalismo de una clase ilustrada a medias, quizá sean más solidarios de lo que a primera vista parecen. Y por eso Pasolini hace El Evangelio según Mateo, porque siempre se coloca en posiciones en las cuales no le será posible ser aceptado. 


Pero antes que responder a la posición de otros (clericales, fascistas, liberales, comunistas), el tratamiento cinematográfico que Pasolini hace del Evangelio responde a sus propias tensiones internas: «en mi película se abren abismos de distintas dimensiones. En Accattone era yo el que relataba, aquí no, porque yo no creo. En cambio, he debido narrar el Evangelio a través de los ojos de otro que no soy yo, es decir, de un creyente: he hecho un “discurso libre indirecto”. Esta “visión indirecta” ha presupuesto una contaminación entre quien cree y quien no cree, y de ella ha surgido una confusión magmática. La investigación técnica, la intuición estilística, ha precedido a la real profundización ideológica. Pero a ustedes se les escapa todo esto –reprocha Pasolini a sus críticos de izquierda- No advierten que he caminado por el filo de la navaja: evitando, por mi parte, una visión sólo histórica y humana y, por parte del creyente, una visión demasiado mítica». 

“Visión indirecta” es el nombre que el semiólogo Pasolini le pone a su operación poética. Es una manera de fijar en un concepto la radical inquietud de su mirada, ese no poder establecerse ni aquí ni allá. Pero es esa inquietud la que resucita las palabras evangélicas. Porque si no, estas palabras son letra muerta: parte de una liturgia cristalizada para los católicos, o residuos de un contexto histórico ya fenecido para los marxistas; y entonces ya no nos hablan. Sólo quien está ni aquí ni allá puede sentirse interpelado por estas extrañas palabras, humanamente inaceptables: 

«No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». (Mt., 10, 34-39).


Es momento de volver a ver El Evangelio según Mateo, el film de Pasolini. Descubrir su ligereza y su vigor intactos, después de casi 60 años, desde aquella prodigiosa escena inicial, con la muda perplejidad de José frente al vientre preñado de su mujer-niña «antes de empezar a estar juntos ellos». («Y como él era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto»). Sobrecogerse ante la mirada intensa y oscura del joven Jesús, de una seriedad adolescente, que sólo en momentos contados se permite la dulzura. La cámara se enamora de esa cara fresca y viril, tomada en planos cercanos, con objetivos angulares, bajo el biancor de una luz implacable. Sin dudas está en la manera de filmar ese rostro, esos rostros (los de Judas, Mateo, Juan, Pedro, Caifás y muchos otros que en las Escrituras no tienen nombre), que Pasolini lleva a cabo su personal lectura del texto. 

¿Y nosotros? ¿Quiénes somos nosotros? ¿Nos dicen algo estas palabras? ¿O todo esto es algo que hemos dejado definitivamente atrás, una historia caduca? Con nuestra crítica de la posición moderna a la que estamos encadenados, ¿hemos dicho algo que nos permita siquiera sospechar una experiencia de lo sagrado? No: todavía no hemos dicho nada.

* Partes de este texto fueron publicados en una versión ligeramente diferente en el n° 4 de revista La otra, otoño de 2004. Fragmentariamente, fueron publicados en el blog La otra.


V

Carta en forma de poema dirigida a Pietro Nenni

Era pleno verano, ese verano
del año bisiesto, tan triste
para la nación en la que sobrevivimos.
Un gobierno fascista había caído, y en todas partes
había, si no ese aire nuevo, esa nueva
luz que tiñó pueblos, ciudades, campañas,
el veinticinco de julio - una aunque fuera incierta
luz, que daba al corazón una alegría
excepcional, el sentido de una fiesta.
y yo como el "náufrago que vela" (escribo
a un hombre que por supuesto me concede el ceder
a las citas dannunzianas...)
feliz de haber salvado la piel - bisiesto
doblemente para mí fue el año -
he tenido, por un momento, dentro, el sentido
de un "poema a Fanfani": no sólo
por solidario antifascismo y gratitud,
sino como una contribución aunque más no sea ideal
de literato: un "apoyo moral", como se suele
decir. Fue la idea de una mañana
radiante por el sol de ese verano
que alguien había maldecido y cuya blancura
hacía de la Italia rica - que rondaba
en balnearios populares y en grandes hoteles,
en las calles de las incumbentes olimpíadas -
la imitación de una civilización enterrada.

Y entonces, se reducía a una sola herida:
si todavía era capaz de resistir,
se lo debía a una fuerza prenatal, a los abuelos
paternos o maternos, no sé, a una naturaleza
arraigada ya en otra sociedad.
Sin embargo, en aquel impulso mío, medio
loco y medio demasiado racional,
había una necesidad real, lo veo
mejor ahora, que la colaboración
es un problema político: y Usted lo expone.
Desde el cuarenta y ocho estamos en la oposición:
doce años de una vida:
toda ella dedicada a esta lucha - mía
en gran parte, aunque en privado
(cuántos terrores internos, cuántas furias).
Con qué amor lo veo a Usted, inmaduro,
los anteojos y la boina de intelectual,
y esa cara de ama de casa romañola,
en fotografías que, si quisiera alinear
harían la más verdadera historia de Italia, la única.
Yo todavía estaba en pañales, y luego ya bebé,
y luego adolescente antifascista por estética
revuelta... tímidamente Lo seguía
una generación después: y Lo he visto triunfar
con Parri, con Togliatti, en los grandiosos,
doloridos, picarescos días de posguerra.
Luego se volvió a empezar: y esta vez
hemos, aun lejanos, vuelto a empezar juntos.
Doce años, es, en el fondo, toda mi vida.
Yo me pregunto: ¿es posible cambiar una vida
siempre negando, siempre luchando, siempre
fuera de la nación, que vive, mientras tanto,
y excluye de sí las fiestas, las treguas,
las estaciones, a quien se le enfrenta?
Ser ciudadanos, pero no ciudadanos,
estar presentes pero no presentes,
estar furiosos en cada ocasión
ser testigos sólo del mal,
ser enemigos de los vecinos, ser odiado
del odio de quien odiamos por amor,
seguir en un continuo, obsesionado exilio
a pesar de vivir en el corazón de la nación?

Entonces, si nosotros no luchamos por nosotros,
sino para la vida de millones de hombres,
¿podemos asistir impotentes a una fatal
inacción, a verlos disgregarse
a la corrupción, la omisión, el cinismo?
Para querer ver desaparecer este estado
de metahistórica injusticia, ¿asistiremos
a su reconstrucción ante nuestros ojos?
Si no podemos conseguir todo, ¿no será
justo contentarse con conseguir un poco?
La lucha sin victoria se enaridece.

(Una carta, por lo general, tiene un propósito.
Esta que yo le escribo no lo tiene.
Se cierra con tres preguntas y una cláusula.
Pero si estuviera aquí confirmada la necesidad
de alguna ambigüedad de su lucha,
su complicación y su riesgo,
yo estaría feliz de haberla escrito.
Sin sombras, la victoria no da luz.)

"Nenni", Pier Paolo Pasolini, Avanti!, 31 de diciembre de 1964
Traducción al castellano: Ana Fioravanti