miércoles, 23 de junio de 2021

Conferencia de prensa: una reflexión sobre la vida

por Horacio González *

En todos estos días que estamos pasando, se pone de relieve un desocultamiento de situaciones que tenían una fuerte incorporación en nuestra aceptación natural, amablemente irreflexiva, pues nuestras capacidades críticas iban por otro lado. Digo desocultamiento coqueteando con una palabra fundamental de un conocido filósofo, y señalo que las críticas estaban dirigidas hacia otros focos de atención, acudiéndose a la alternativa de pagar o no la deuda externa, el probable default, y también al importantísimo y deficientemente tratado tema de la “falsa opción” entre economía y vida. Partimos, con estas reflexiones apiladas rápidamente, de lo ocurrido en una Conferencia de Prensa sobre la prosecución de la cuarentena, dada por las máximas autoridades del país al promediar el mes de mayo. Para el caso no importa mencionarla específicamente, pero sí advertir sobre los modos en que se desarrollan las llamadas conferencias de prensa, como desafíos a los funcionarios desde órganos de prensa especializados, tratando de ponerlos ante un límite, ridiculizarlos y ofrecerlos como piezas ya capturadas por diestros mastines que disfrazan de pregunta ingenua su capacidad de desgarrar vestiduras.

Ante una afirmación del gobernador de la Provincia de Buenos Aires, respecto a que ya con las gripes clásicas el sistema hospitalario estaba colapsado ―y se refería a la situación durante el gobierno anterior―, la pregunta fue qué le hacía suponer que ahora, con las obras nuevas que estaba promoviendo, iban a alcanzar las camas para los afectados. Al virus del cual se hablaba, lo veían escalando la tabla de las estadísticas de un modo peligroso, como la curva de un objeto de vuelo lineal que repentinamente se encumbra. Una parte de la respuesta indicó que habría más camas, además de las que se estaba previendo, porque ante el virus nuevo disminuían las gripes clásicas, y porque el enclaustramiento colectivo reducía las muertes por accidentes de tránsito. Evidentemente son razonamientos estadísticos, pero indican hechos de cierta extrañeza, pues nos llevan a pensar, mucho más allá de las estadísticas, los costos generales de la existencia en la civilización urbano-técnica y tecno-circulatoria. ¿Un virus mayor absorbe los ya conocidos? ¿No está bien, aunque se considere un efecto secundario, que disminuyan las muertes por causa de la densidad del tráfico urbano?

Entenderíamos que los muertos por accidentes de tránsito, desde los más simples a las caídas de los aviones ―que de un modo tajante no acatan el relativismo de todo evento trágico callejero, y súbitamente encierra en una única masacre a todos los pasajeros―, son los cálculos que deberíamos aceptar por vivir en un cultura constituida por mecanismos que suplen la traslación humana por locomoción “a sangre”, por poderosos artefactos que consumen tiempo de una manera favorable para darle racionalidad al misterio de las distancias. El monto de muertes que tiene esa superación de las caravanas y las carretas, está ya computados y absorbidos por la “progresión civilizatoria”. ¿Acaso no podían hundirse los trirremes griegos en el mar Egeo, las carabelas españolas en el voraz océano antes incluso de llegar a las islas Canarias? Todo horizonte cuya línea es traspasada por el diseño de un nuevo artefacto que lo desbarata como límite, interioriza la ecuación trágica, accidentaria. La exploración con cohetes espaciales tiene el precio de la muerte de varios astronautas por malos cálculos matemáticos, esto está previsto, incluso como retraso de un plan espacial por varios años. Las muertes sorpresivas, no por la caída del jinete de un caballo, sino de los turistas del Titanic, están insertas como fúnebre combustible humano en la hipótesis inicial que diseña cualquier dispositivo que afecta la cotidianeidad naturalista del tiempo.

No obstante, cuando la retracción del tránsito impone la noticia de que hay menos muertes que ocupan las salas de terapia intensiva de hospitales, que así pueden derivarse a otros usos ―el más urgente es el del virus, que es un accidente, pero de otro tipo, no fácilmente definible―, entonces nos preguntamos, a diferencia de los periodistas de la conferencia de prensa, como si se tratase de una pregunta sobre el ser y la nada, si esto no demostraría que el cese provisorio de la productividad en sus diversas formas, fabril o locomocional, no constituye un hecho benéfico para la vida humana. Si lo es, deberían pensarse nuevas formas productivas, lo que es muy difícil, y si no lo es, hay que admitir que la racionalidad instrumental que rige la construcción de las grandes metrópolis, con sus puentes, vigas de acero, rutas aéreas y trenes subterráneos, es una dialéctica entre el habitar y la cuota de muertos necesaria, entre el construir y la cuota de muertos necesarios, entre el transportar, y la cuota de muertos necesarios. Etcétera.

Necesariamente, esta situación en torno a la cuota de sacrificados estadísticos, los sin nombre, los que no saben que entran en la cuota accidentaria pues la cuota tampoco lo sabe, traduce el juego de las estadísticas en una figura de la conciencia, la angustia, término que también apareció entre las preguntas de los periodistas a las autoridades. Llamativo momento donde un concepto lo suficientemente inscripto en la lengua cotidiana y lo nutridamente expuesto en obras filosóficas ―la más notoria la de Kierkegaard, que dejó una honda huella en el Siglo XX―, permitió que la figura presidencial se mostrara razonablemente enojada por una inquisitorial advertencia respecto a la angustia de los encerrados por la cuarentena. Hay un nudo central en esta cuestión, más allá de los alcances filosóficos del concepto de angustia, que se redondea dificultosamente alrededor del punto en el cual, los seres mortales no consiguen ubicar en su finitud, la hipótesis onto-teológica de la eternidad imaginada. Lo imaginado se presenta con una solidez provocada, por que la certeza de muerte solo es comprobable en los otros, no en un sí mismo que apuesta temblorosamente por su propia perennidad. Evidentemente hay una trama angustiosa en el existir lanzado al mundo por sus propios medios. Un Estado, razonablemente, no trata las cuestiones de angustia más que cuando se presentan bajo categorías como las de “políticas de Estado”.

Suprimir, acentuar, o elaborar cuestiones en torno a la angustia, solo sería competencia de departamentos de asistencia social del Estado, y, aun así, se podría considerar las lógicas estatales, vistas del ángulo que fueren, como entes inadecuados para tratar las manifestaciones de la conciencia angustiada. La Filosofía del Derecho de Hegel o el anarquismo nómade que ve al Estado como un panóptico disciplinario, no admitiría ese compromiso entre instituciones psiquiátricas del Estado y atención de la “conciencia desdichada”. La estatalidad tendría una consistencia impropia para considerar el tema del “nido oscuro” de la subjetividad humana, excepto fuera bajo las consignas de una oficina neuropática funcionando con consignas positivistas y una estricta línea divisoria entre patológico y normal. 

No obstante, la palabra angustia fue pronunciada en una pregunta que la máxima autoridad del Estado respondió tomando en cuenta la oscura intencionalidad con que se la formulaba. Se quería acentuar las dificultades de la cuarentena, que es notoriamente un momento de pausa existencial, de reclusión domiciliaria que nada tendría de anómalo en la visión romántico burguesa del hogar donde impera una división de trabajo amorosa. Pero las medidas de reclusión actual en tanto “políticas de cuidado”, se sostienen en una ética de expropiación de la ciudad, con sus nervios vitales como corredores vitales y su contrarréplica como lugar de emplazamiento de hechos políticos, artísticos y los dramas del “logos accidentario”, que ahora nos son provisoriamente ahorrados.

En la pregunta sobre la angustia, fue respondida por el presidente señalando que no es posible plantear una angustia en torno a la retención de la vida en el hogar, si está de por medio la completa angustia por la existencia. O el hecho de un desconocimiento de los “protocolos” que conducen a la muerte. De ese hecho único brota la angustia, en este caso, las “angustia del Estado”. La respuesta es propicia, pues tenía varios planos, uno de los cuales apuntaba a responder a quienes quieren desmoronar el esquema de la cuarentena, con el cual se está empujando al gobierno a que acepte, domeñado, el retorno al esquema económico productivo, reactivando el mercado “normalizado”, previniendo, como insólitamente hizo un notorio dirigente político de los años 70, de que podría haber una “rebelión social” ante la desmesura de un cierre de los flujos de la producción. Si en cambio estos se abrieran, resolverían el hambre y la angustia, con un precio en cantidad de vidas seguramente mayor que aquel que habría con el cierre social. Pero con la apertura hacia la correntada del capitalismo real, en su nerviosa espera, las muertes mayores si continúa la peste igual son tan probabilísticas como las específicas de la enfermedad. La opción sería entonces entre estadísticas más suaves y estadísticas más graves, pero con estas últimas se volvería al trabajo y también a las muertes “aceptables”, por accidentes de trabajo o de tránsito.

La pregunta periodística actuaba en nombre de una dudosa dedicación por conjurar la angustia de la inactividad social ―cuidadora de las muertes por contagio de “origen indeterminado”, pero centradas ahora en los puntos de aglomeración y hacinamiento―, desdeñando las muertes que estadísticamente se producen en toda sociedad por enfermedades varias, accidentes de trabajo, la llamada “tasa de criminalidad” y descuidos previsibles o imprevisibles. Lo mismo da. ¿Por qué no sacar consecuencias del asombro de la ecología o del ciudadano común que no se siente agresivo con la naturaleza al oír los pasos ganados por el mundo animal sobre las ciudades? Los lobos marinos en Mar del Plata en las calles del puerto, exigiendo ciudadanía portuaria, los ciervos en el Delta del Paraná que se dejan ver y quieren ver, las especies que huyen de las ciudades y las visitan ahora como orondos plantígrados que recorren calles periféricas sin temor a tener que mostrar cédula de identidad. ¿Ese espectáculo de las liebres y osos asustados que se asoman a un terreno que creen provisoriamente ganado, “la selva urbana”, no puede decirnos algo? La actividad humana mediada por tecnologías necesariamente amenazadoras, pues no hay mundo técnico sin una instrumentalidad agresiva, no es necesario aclarar que no está dispuesta a tomar como una señal más elocuente que la que dan los supuestos ovnis “extraterrestres” avistados por los aviones de la CIA, a esta invitación del mundo animal que es llamado a las primeras estribaciones del mundo humano para compartir visibilidades. Llamado, ciertamente, por un instinto de convivencia inexplicable, o por lo menos, no fácil de explicar. 

Pero es posible decir que hay una angustia en tanto sentimiento de estar en las inmediaciones de los abismos. Y para quienes los miran con la obsesión de resguardar su ser o entregarse al vacío de la nada, es una angustia que se hace presente en las circunstancias en que hay una decisión del Estado sobre la sociedad para desactivarla. Inmovilizarla por razones superiores que crearán un tipo de angustia de paralización circulatoria o laboral, y si vamos más lejos, de ser un dato computable para todos los aparatos de vigilancia y localización de itinerarios que se hallan vigentes en nombre del mesianismo digital que le dará otra terminalidad a los domicilios y proveerá a los estados y a las empresas de las estadísticas reales sobre  el complejo poblacional, su estado sanitario, psicológico y sus supuestas capacidades para la disciplina o la “desprotocolización” (un protocolo para cada actividad, si perdurase luego del cese del estado excepcional, sería un inaceptable indicio de congelamiento arbitrario y burocratización digitalizada del fluir real de la vida).

Así, para preservar de la angustia mayor ―la suprema y única de la que nada puede decirse―, un Estado justamente indignado por los factores que quieren debilitar su cuarentena, podría afirmar la angustia primordial de la muerte en nombre de las psicopatologías de la vida cotidiana, bien estudiadas, y motivos frecuentes de políticas de estado a través de las instituciones oficiales de psicología colectiva y gabinetes hospitalarios de consulta psiquiátrica o psicológica. Formidable discusión, que aparece en los sordos debates entre periodistas y funcionarios, y como es de índole política, no trasciende al plano específicamente filosófico.

El enojo presidencial cabe, porque las preguntas del cuerpo periodístico que responde a las necesidades fundadoras del orden productivo-corporativo ―que solo sabe calcular en términos financieros―, están graduadas voluntaria o involuntariamente para afectar al Estado. Las inquisiciones del Estado Comunicacional parten de una institucionalidad volátil engarzada en lugares comunes, ya fortificados, de la lengua usual. Es más etéreo, simbólico, evanescente y reticular que las instituciones públicas conocidas. Por eso hay una pregunta sobre la porción de muertes necesarias para volver a la producción “normal”. Es una tasa de mortandad que también se origina en una suerte de ontología financiera. Son los circuitos abstractos en que se produce dinero con tiempo y tiempo con cuerpos vivos sumergidos en su propio desastre. Es así que lo que ocurría en esa Conferencia de Prensa lo debemos ver en una franja de tensión política que a su vez está recorrida por muchas otras estrías.

Era una discusión profunda sobre las valoraciones de la vida en su sentido más desencarnado y a la vez como categoría fundadora de toda posibilidad de pensar en destinos comunes. Vidas sin vestimentas en particular, seres empíricos, despojados de singularidades, pues no hay ámbitos compartidos porque hay itinerarios desnutridos, atados al monolito cero del vivir societal e histórico, donde toda vida se anonada y queda apta para la aplicación de protocolos, haya o no infecciones. Pero ese cero choca con el infinito histórico, que reparte las vidas en suertes inagotablemente plurales, según el ritmo de los casilleros que determinan la disparidad de las propiedades y las desiguales herencias recibidas. Los trabajos, las competencias, las violencias, las simbologías, los distingos raciales, sexuales y simbólicos actúan para quebrar el grado de ingenua nulidad inicial de las vidas, que las iguala en breves instantes y las separa enseguida con toda clase de segmentaciones estamentales. La contracara de esta violentación del trabajo del ser, y del ser del trabajo, tiene su complementación en la vituperación del mundo natural, que, por mirar al mundo histórico, se historiza él mismo, trasladando las dificultades de su supuesta inmovilidad, que la naturaleza en verdad nunca tiene, al mundo social y produce el efecto de “naturalizarlo”.

 Los virus son intermediarios letales bajo ciertas circunstancias y personajes centrales de una dialéctica oscura y nociva entre naturaleza e historia; bajo otras circunstancias, que no atinaríamos a definir cabalmente, suelen ser la tensión que puede componer esa relación bajo un permanente equilibrio inestable. Pero lo más seguro es que este equilibrio se rompa por la incapacidad de evaluación sensitiva del monto socialmente necesario de la producción humana, agregada de la reproducción incesante de lo producido, que desequilibra las condiciones de existencia colectiva, soltando las piezas intermediarias que “ni vivas ni muertas”, comienzan a recorrer y ser recorridas, con los funcionarios y los medios de comunicación viéndolas como humanoides dibujados por los diseñadores de los medios masivos como un muñequito redondo semejante a un emoticón con pinchos de peluquería.

En verdad estas micro formaciones relacionadas con el origen de la vida y los desplazamientos de las enfermedades de muerte, representan constantes mediaciones socio-naturales, cuya tensión sostenida casi que con cables de acero, se va acentuando hacia la consideración de la naturaleza viva como un simple depósito de materiales, un cantero inerte de recursos que hay que pasar ya mismo a la cinta de producción, que es como retirarlos de su forma de vida, esa materialidad que no es inerte sino que se brinda a lo humano dispuesta a humanizarse ella misma y se ve atrapada por un cerco que la condensa cada vez más en una especie única, destinada a la servidumbre del “homo economicus financierus”. Si siempre largó virus, bacilos, fiebres, cóleras, ahora interviene con un dato desnudo de advertencia. No se trata de un antropoide, ni de una zoomorfia que tiene nombre científico y entra en batalla para culpabilizarnos, invocar plegarias o rezar por la ciencia. Como los viejos dioses trágicos y cómicos, un rostro del bacilo añora la cadena natural que lo ha desprendido y busca alojamientos en huéspedes involuntarios a los que les hace correr peligro de muerte. El otro rostro es su grasa quieta, sus proteínas dormidas que quizás no hubieran querido despertar.

No hay mundo productivo, sensitivo, existencial y de compromisos políticos, sin que intervengan organismos que parecen exógenos pero que vuelven hacia la historia crítica de lo humano, que es la que ―finalmente― los ha creado. Por eso nos obliga a pensar en la economía de la muerte, cuestión para la cual no hay “políticas públicas” que valgan. Con “economía de la muerte” queremos decir que toda la estructura última del capitalismo se recorta sobre el fondo de unas estadísticas de la fatalidad. De alguna manera, las estadísticas siempre tienen un sello predictivo y destinal. Son famosas las estadísticas de suicidas que hizo Durkheim a finales del Siglo XIX. No las atribuía a la economía sino al modo en que la sociedad se “interiorizaba” en la constitución misma de las expectativas del sujeto capaz de decidir sobre sus propios itinerarios. Pero las estadísticas como acontecimiento ontológico ―así son para Durkheim―, reclaman cada año su cuota ya establecida de muertes. Son de algún modo una “política pública”, no un recuento burocrático de casos, sino que imponen a los casos mismos su destinación. Evidentemente, esta es una ilusión que crean los Estados con sus estadísticas, necesarias sin duda, pero ignorantes del modo en que ellas van condicionando los hechos futuros y del modo en que traducen un razonamiento fundamental de la economía: ¿cuántos muertos se precisan para tal o cual inversión, plan de desarrollo o la selección de tal o cual tecnología de extracción de tesoros “naturales”?

De la Conferencia de Prensa se desprenden entonces muchos planos, como franjas de una masa de hojaldre. No solo el choque sutil e implícito entre el cuerpo periodístico que expresa el cuestionamiento de las corporaciones a las restricciones que impone el sanitarismo al despliegue libre del circuito del mercado del dinero que se multiplica en la magia caricaturesca de las finanzas, sino también la filosofía subterránea que hay en una conferencia donde el Estado ―que con sus figuras representativas hace anuncios fundamentales―, se expone a la democracia de las inquisiciones toleradas, que fingen provenir de una necesidad de información, pero buscan que queden al desnudo las contradicciones de los expositores. Estos son los momentos en que el Estado se hace voz pública e imagen rígida, donde empiezan a contar los gestos imprevisibles de los funcionarios o sus “gaffes”, carnívoramente computadas. Es lo más fácil de mundo percibir sus contradicciones, sobre todo cuando se produjo un gesto inesperado, pues en vez de anunciar solamente “políticas sanitarias de aislamiento”, se las envolvió en una teleología humanista, la “preferencia por la vida”, que de ser observada como nueva doctrina estratégica, obliga al poder económico a combatirla con salvajismo mandando primero sus peones, luego los alfiles, y así pensando nuevas jugadas hasta obligar a invertir la ecuación vida-economía.

Todo el esfuerzo de la corporación económico-financiera (cuyo resumen en términos de lenguaje puede llamarse “periodismo de investigación de las fisuras que se abren cuando el Estado habla de sus opciones sensibles”), es desmembrar las políticas públicas de las que se desprenden fragmentos vitales extraídos de una hipótesis de humanización de las decisiones técnicas. ¿Hay tiempo y lugar para mantenerlas? ¿O serán derrotadas porque quienes las plantean no saben muy bien cómo defenderlas? Los ciervos volverán a esconderse, los accidentes volverán a las rutas y los pájaros volarán más alto para evitar el hollín de las chimeneas. Esta democracia bucólica sin productividad no es posible. O si lo fuera, vendría a suplir la economía de la información. Los domicilios convertidos en terminales de trabajo, como lo son del gas, la luz y la telefonía fija. Ahora, como Terminales Totales, son anexos “amorosos” de las empresas digitales, con su logo-centrismo basado en la sustitución de la ”vita activa” por la actividad del “macro-dato”, con lo que los accidentes serán de otra forma ―algunas conocidas―, como “la caída del sistema”. Y si el centro de todas las redes donde concurran los flujos reactivos quedan a cargo de una “Inteligencia General” que procede como el virus pero contagia sin enfermar los cuerpos, sino adosándolos invisiblemente al autómata central, entonces una conferencia de prensa de la índole que estamos comentando, nunca deja de ser un hecho filosófico, un conjunto de temas que inesperadamente se abren a una reflexión mayor.

Que esa Conferencia, en sí misma, no puede consumar pero sí puede mostrar, como invitación a la reflexión y angustia de los seres vivientes, que ven que partes de lo viviente alcanzado menos por lo orgánico y más por los estilos de elección grupales y sociales, son porciones de libertad que van quedando canceladas. Una oclusión ética del pensar como apertura temática en lugares abiertos, puede quedar relativizado si fracasa la preferencia por la vida. Esta no rehúye ni rechaza el mundo de la economía. Se invita a pensar en otro que le sea alternativo. Y sirva a la vida, en vez de ésta servir a la economía. La ecuación vida-economía podría ser entonces economía-vida-economía. Donde en la segunda vez que aparece luego de haber pasado por la vida, la economía ya es otra.


* Nota del Editor de Un Largo: Este texto de Horacio González fue publicado originalmente en junio del 2020 en el libro Posnormales. Pensamiento Contemporáneo en Tiempos de Pandemia, una recopilación de ensayos de varios autores realizada por editorial ASPO, cuya totalidad puede descargarse gratuitamente clickeando acá. Pablo Amadeo fue quien tuvo la iniciativa de convocar a un conjunto de pensadores e investigadores de diversas disciplinas "a partir de una consigna que propone ensayar formas de sobreponerse y adaptarse activamente a los escenarios traumáticos ―muerte y aislamiento― a los que nos arroja el estado de pandemia y las lógicas de inmunización neoliberales / neoindividuales". La edición de este libro recopilatorio fue la tercera de una serie, precedida por Sopa de Wuhan y La Fiebre.

La meditación que hace aproximadamente un año emprendía Horacio González tiene su sello inconfundible: cruza las dimensiones existenciales, políticas, económicas, tecnológicas y culturales del acontecimiento que desde hace más de un año y medio trastornó la vida planetaria: la pandemia del COVID. La tensión de esta época atraviesa su escritura y desencadena preguntas que encaran la catástrofe como una oportunidad del pensar, en un contexto histórico habitualmente adverso para la reflexión. Ningún acontecimiento ha sido adverso para que Horacio González reflexionara. La angustia ante la muerte propia, el cálculo económico de las "muertes aceptables" para que el sistema de producción continúe expandiéndose, la desigualdad social, las tensiones entre el poder democrático y los poderes fácticos que enervan la historia argentina de las últimas décadas, la ficción espuria del periodismo, la responsabilidad sanitaria del estado, la reducción capitalista de la naturaleza viva a un reservorio de recursos disponibles para su saqueo son magistralmente enhebrados por la inquietud punzante de Horacio González. 

La conferencia de prensa a la que Horacio hace alusión en el texto fue ofrecida conjuntamente por el Presidente de la Nación, el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y el Jefe de Gobierno de CABA el sábado 23 de mayo de 2020. La periodista Silvia Mercado, en representación del diario digital Infobae, habitual vocero de la derecha vinculada a la Embajada de USA, cuestionó la extensión del período de cuarentena adjudicándole a esta medida sanitaria de prevención la causa de una "angustia" de la población al verse impelida a los protocolos de aislamiento social. La derecha desetabilizadora empezaba a intentar resquebrajar el clima social que durante las primeras semanas había sido aceptado por el conjunto de la sociedad como un esfuerzo necesario para preservar la salud colectiva. Estaba empezando el movimiento negacionista que pretendía deteriorar los índices sanitarios para desestabilizar la situación política.

Ninguna de las dimensiones del conflicto se le escapan a González: desde el peculiar modo de existencia del virus, la compleja intersección entre la naturaleza y la sociedad que la pandemia vino a desvelar y el uso avieso del periodismo para corroer a los gobiernos democráticos, tanto como la angustia ante la muerte y la indiferencia económica del sistema frente a las muertes "aceptables". 

En esa inquietud, el pensamiento de Horacio González permanece vivo.

viernes, 9 de abril de 2021

Escuela de reingreso: el hecho maldito de la educación pública

La obligatoriedad de cursar la escuela secundaria por ley obligó a ensayar nuevas estrategias para promover la inclusión de aquellos y aquellas jóvenes que fueron expulsados y expulsadas del sistema educativo formal. Para afrontar esta problemática, en 2002 en la Ciudad de Buenos Aires se creó un nuevo tipo de escuela que busca en la personalización y acompañamiento de la enseñanza lograr que todos y todas accedan al derecho de una educación digna.

por Andrés Esteban Zapata

Una mañana de otoño de 2018, “El Viejo” se dirigió al Hospital Rawson para hacerse unos estudios médicos. Cuando Estaba ingresando al nosocomio escuchó una voz que lo llamaba por su apodo. Era “M”, que se encontraba parada en la entrada del lugar promocionando unos planes de ahorro para la adquisición de automóviles. No había pasado tanto tiempo desde la última vez que se habían visto pero igualmente se quedaron un rato largo conversando, recordando anécdotas y hablando sobre proyectos futuros. Cuando se estaban despidiendo, “El Viejo” le dijo que estaba muy contento de verla bien. “M” le respondió que para ella era una alegría enorme habérselo encontrado ahí. Y mientras él comenzó a caminar hacia el edificio, ella lo miró y le dijo: “Viejo, te quiero mucho; esa escuela me salvó la vida”.

“El Viejo” es Néstor Rebecchi, director de la Escuela de Enseñanza Media Nº 2, Trabajadores Gráficos, una de las ocho Escuelas de Reingreso que existen en la Ciudad de Buenos Aires. “M” es una exalumna, egresada de allí, que, además de trabajar en la puerta del hospital, también se encontraba estudiando para ser maestra jardinera. La historia de “M” no había sido fácil. Mientras cursaba sus estudios medios, su vida privada se había convertido en un infierno. Su novio, con el que convivía, la golpeaba y la dejaba encerrada sin permitirle que vaya a ningún lado. No fue la familia o un asistente social quienes la ayudaron, sino  una tutora de la escuela a la que concurría, que fue buscarla a la casa e hizo la denuncia judicial para que pudiera salir de esa situación violenta. Expulsada de la enseñanza tradicional, “M” sintió que pudo empezar a proyectar un futuro mejor gracias a esa escuela que llevará por siempre en su corazón.

Una nueva escuela inclusiva

Las Escuelas de Reingreso fueron creadas en el año 2004 con el propósito de satisfacer la demanda de un sector importante de la población joven que, por un motivo u otro, no había podido comenzar sus estudios de nivel medio o había visto interrumpida su escolaridad en el sistema tradicional. Su objetivo principal fue lograr el cumplimiento de la obligatoriedad del nivel medio en la Ciudad de Buenos Aires a partir de la promulgación de la Ley Nº 898 en el año 2002; convirtiéndose así en la primera jurisdicción de todo el país en establecer esta meta social y educativa.

A partir de esta ley queda establecida la obligatoriedad de 13 años de escolaridad desde los cinco años. La condición de obligatoriedad condujo a una nueva oleada de creación de instituciones. Entre los años 2004 y 2006 se crearon 13 Centros de Enseñanza Secundaria dependientes de la Dirección de Área de Educación del Adulto y del Adolescente. También se crearon 10 escuelas de nivel medio dependientes de la Dirección de Área de Educación Media y Técnica, entre las que se encuentran las Escuelas de Reingreso.

Es en estas últimas que los alumnos y alumnas se encuentran con un plan de estudios de cuatro años. Con materias de aprobación cuatrimestral en algunos casos y anual en otros. También pueden acreditar las materias aprobadas en otros establecimientos a través de la presentación de la documentación correspondiente o del desarrollo de pruebas de nivel. Estas escuelas permiten que los alumnos y alumnas vayan alcanzando sus logros de manera paulatina. Por  este sistema no se repite el año como en las escuelas tradicionales, sino que se puede avanzar por las materias correlativas a las aprobadas. Los y las estudiantes cuentan con el acompañamiento de un profesor-tutor que los y las orienta sobre su desempeño escolar. Además, se desarrollan espacios destinados a la orientación de quienes requieran un trabajo de enseñanza más individualizado mediante la participación en grupos pequeños, abordando específicamente los contenidos de las asignaturas que generan mayores dificultades.

“Cuando comenzamos, acá te encontrabas con chicos excluidos del sistema a partir de la crisis del 2001”, relata Néstor Rebecchi describiendo las distintas historias de los primeros alumnos y alumnas que concurrieron a la escuela que dirige. Y es que estas escuelas se convirtieron en una opción para aquellos y aquellas que fueron expulsados del sistema educativo normal y encontraron allí una manera distinta de continuar sus estudios medios. Una manera que los incluye y los hace partícipes en la educación desde un rol activo y no desde un rol pasivo en donde se espera que estén dispuestos y dispuestas a recibir conocimientos como si fueran una caja vacía que hay que llenar. Porque, tal como lo expresa Carina Kaplan en su libro “Desigualdad, fracaso, exclusión: ¿Cuestión de genes o de oportunidades?”, “Estar adentro no representa una condición suficiente para estar incluido ni para ser nominado con sentidos de subjetivación. Pero no es menos cierto el hecho de que al estar adentro, formando parte de la institución escolar, se verifica que al participar de la lucha cotidiana y de la negociación del significado puede tender a abrir nuevos posibles simbólicos”. Y es que en la educación media, tal como lo plantea Kaplan en su libro, muchas veces existe un denominador común: que el fracaso escolar de un alumno o alumna es hereditario: “Hemos observado en nuestras indagaciones que la percepción habitual de los docentes sobre el éxito o fracaso tiende a naturalizar las diferencias que surgen de la apropiación diferenciada de un capital cultural, atribuyéndolas a causas naturales (“capacidades innatas”, “no le da para las matemáticas”, “no nació para el estudio”, “no le da la cabeza para estudiar”) o al medio familiar cosificado (“de un padre obrero se espera un hijo obrero”; o bien el argumento que sostiene el fracaso escolar de un niño depende del padre, quien es portador de una historia escolar de fracaso)”.

Las escuelas de reingreso funcionan bajo algunas premisas que hacen posible la escolarización de los estudiantes que reciben: generalmente son instituciones pequeñas en cuanto a la cantidad de alumnos y alumnas que concurren, lo cual se vincula con la necesidad de contar con un trato personalizado. Por otra parte, organizan el espacio y el tiempo de trabajo de un modo diferente a las otras instituciones para garantizar el trabajo pedagógico: trayectos individuales, talleres, tutorías, clases de apoyo, entre otras actividades.

“Cuando comenzamos notamos un montón de cosas nuevas que la diferenciaban de la escuela tradicional. Porque las problemáticas eran mucho más complejas y mucho más violentas. Entonces al principio tuvimos un inicio muy bravo. Porque una cosa es cuando tenés un modelo de escuela en la cabeza y otra es cuando lo llevás a la práctica. Ahí te empiezan a aparecer cosas que no contemplaste y muchas de esas cosas se van resolviendo sobre la marcha”, describe “El Viejo” acerca de la situación de los chicos y chicas que iban llegando cuando abrieron sus puertas por primera vez. “Muchos estaban judicializados y las causas eran un crimen en la provincia de Salta, la portación de armas de guerra o un asalto a mano armada. También llegaban chicos con problemas de droga. Una vez vino un pibe tan drogado que se desmayó. Y uno al principio no sabía qué hacer. Porque, si llamábamos al SAME, sabíamos que lo iban a judicializar y entonces seguro iba a dejar de concurrir a la escuela. Esta escuela logró un cierto prestigio en el tema de inserción escolar. Entonces pasa que sale un pibe de estar en cana y te lo mandan acá, el supervisor tiene algún lío en cualquiera de las escuelas de su región y también lo mandan acá”.

Néstor Rebecchi sostiene que la inclusión y la integración se tiene que entender como algo mucho más complejo que años atrás. Porque antes la escuela tenía ir a buscar a los pobres que no tenían acceso a ella y “hoy nosotros articulamos la integración con distintas instituciones como la Casa del Niño Adolescente, la Defensoría de la Niñez o el hospital Tobar García. También trabajamos con las escuelas de recuperación donde los chicos antes ni registraban hacer la secundaria y hoy sienten que es el paso a seguir una vez terminada la primaria”. Rebecchi afirma que antes nadie se preocupaba por la deserción escolar y que a nadie le llamaba la atención que, en una escuela secundaria, a principio del año escolar, comenzaran con cinco primeros (1º) y terminaban con un solo quinto (5º). “No existían estadísticas que te decían la cantidad de pibes que abandonaban”.

La escuela en tiempos de pandemia

La propagación a nivel mundial del virus SARS-CoV-2 ha llevado a muchos países a tomar medidas extremas de protección social. La Argentina no fue la excepción y ante la necesidad de la implementación del aislamiento social obligatorio, muchas de las actividades programadas para el transcurso del 2020 debieron ser postergadas. Sin embargo, la educación en nuestro país no se detuvo. Se optó por continuar la enseñanza a través de las herramientas digitales que ofrecen las tecnologías actuales. Es así que en las escuelas los y las docentes comenzaron un proceso de traslado del aula a las computadoras y celulares de sus alumnos y alumnas.

“Lo que esta pandemia hizo fue poner la desigualdad en evidencia. Hubiera sido muy distinto si esta situación nos agarraba con cada pibe con su computadora. Pero eso no sucede. Acá en la Ciudad de Buenos Aires, en su momento se repartieron computadoras, pero solo para que la utilicen en las aulas y no para que se las lleven a sus casas”, cuenta Néstor Rebecchi sobre la situación actual en la relación de la escuela con los chicos y chicas. “No estamos haciendo educación virtual sino una especie de vinculación a distancia con el alumno a como dé lugar; y eso en muchos casos funciona solamente con una comunicación a través del teléfono celular”, agrega.

Con la idea de poder reducir esta desigualdad se sancionó en 2006 la Ley Nacional de Educación nº 26.206. Allí se estableció como uno de los fines y objetivos de la política educativa nacional el desarrollo de las competencias necesarias para el manejo de los nuevos lenguajes producidos por las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). En 2010, el entonces gobierno nacional creó el plan Conectar Igualdad que, hasta julio de 2015, entregó 5 millones de computadoras entre alumnos, alumnas y docentes. Además, se construyeron 1428 aulas digitales en todo el país. El otro condimento necesario y fundamental para esta revolución digital es contar con la posibilidad plena de poder acceder a la red nacional de internet.

Para Rebecchi, enseñanza virtual implica “tener una plataforma donde podamos encontrar foros, una biblioteca virtual, generar contenidos, programar las clases, programar encuentros virtuales. Eso es la virtualidad. Lo que apenas podemos hacer hoy nosotros es «te doy un trabajo práctico, fijate cómo lo podés hacer, cómo me lo podés mandar» y eso es una cosa totalmente distinta. Está claro que la educación a distancia no puede reemplazar la presencialidad que se da en las escuelas”.

En el aula se genera una construcción tanto material como simbólica. La figura tutelar de los y las docentes acompaña a cada alumno y alumna en su singularidad hacia una construcción colectiva y social. Philippe Meirieu plantea la importancia de los y las alumnas en ese contexto educativo: “Poco importa cuál sea mi nombre y cómo me veo, estoy ahí como estoy, con mis dificultades y mis recursos, en un grupo donde poco a poco descubrimos, gracias al maestro, que podemos compartir conocimientos y valores, donde lo que aporto a los demás es tan importante como lo que ellos me aportan, donde aprendemos, simultáneamente, a decir «yo» y a hacer «nosotros»”.

Ese lazo afectivo que se da a través de la presencialidad volvió a suceder cada vez que los y las alumnas fueron al colegio a retirar los alimentos que durante la pandemia se reparten una vez por semana. “Lo que vemos es que están viniendo los pibes a retirar la vianda y están mucho más flacos. Y eso te da la pauta de que la cosa está realmente muy mal. Incluso vienen pibes de sectores que vos pensabas que no iban a venir a buscarla y sin embargo vienen igual”, describe Rebecchi lo que observa últimamente y cuenta una anécdota que sorprendió a todo el personal de la escuela: “El otro día, mientras entregábamos las viandas, vino un alumno que en la escuela siempre se anda quejando de todo y nos dijo «Voy a decir algo que jamás pensé que iba a decir: cómo extraño la escuela. Estar acá, hablar con mis compañeros, hablar con ustedes». Escuchar eso realmente nos emocionó”.

Mirando al futuro

Néstor Rebecchi cuenta que un par de años atrás, en una charla con Flavia Terigi (licenciada en Ciencias de la Educación y profesora para la enseñanza primaria), él le decía: “Cuando todo el sistema educativo se vuelva realmente inclusivo, la escuela de reingreso no va a tener razón de ser. Flavia, que participó en la creación de estas escuelas no dijo: «No, las escuelas de reingreso son el futuro». Claro, ella nos estaba queriendo decir que las escuelas tradicionales iban a tener que convertirse en reingreso para poder ser las escuelas inclusivas del futuro”. Igualmente él piensa que es más fácil crear una escuela de reingreso que hacer una modificación de la escuela tradicional. Por un lado, porque la escuela tradicional tiene 12 materias contra 8 que tiene la de reingreso. “¿Cómo hacés para desarmar eso que es centenario, sin afectar los puestos de trabajo? ¿Cuánto está dispuesto el estado a gastar para hacer este tipo de adaptación, sabiendo que quedarán un montón de cargos ociosos, debido a la cantidad de docentes que se van a quedar sin horas de trabajo?”.

Rebecchi afirma que desde el año 2013 se viene hablando de realizar modificaciones en las escuelas de reingreso. Así describe la situación actual en que se encuentran las negociaciones con los directivos en el área de enseñanza media de la Ciudad de Buenos Aires: “Actualmente se quiere agregar una carga horaria educativa de 192 horas contra las 120 horas que tenemos en reingreso. Además acá se cursan en cuatro años contra cinco de las demás escuelas. Eso hace que las clases se vuelvan un bodrio para los pibes. Se vuelve algo impracticable. Porque están entrando en una locura cuantitativa de agregar materias para cumplir con el piso de la resolución del consejo federal”. Cuenta que dentro del sistema de educación hay personas que no avalan el tipo de enseñanza que se brindan en estas instituciones educativas inclusivas. “Parafraseando a John William Cooke, la escuela de reingreso es el hecho maldito de la educación pública. Porque nos convocan de todas las universidades, las películas que se hicieron sobre el tema las pasan por todos lados, recibimos elogios desde el exterior, porque este tipo de escuelas trascendió las fronteras, y así todo hay gente que la quiere como gente que la odia. Entonces uno ve que en el sistema hay personas que quieren terminar con las escuelas de reingreso”.

Mientras tanto, desde hace un par de años, la escuela que dirige “El Viejo” comenzó a trabajar en articulaciones con distintas universidades nacionales, ya que los alumnos y alumnas no solo tienen como meta finalizar sus estudios secundarios sino que comienzan a proyectar un futuro universitario. “Pasamos de  articular con los séptimos grados de distintas escuelas primarias, fomentando y logrando que los chicos vayan a la escuela secundaria, a articular con las universidades, con el objetivo de que los chicos sigan avanzando en su aprendizaje. Porque antes, si un pibe seguía una carrera universitaria, lo convertíamos en un prócer. Pero hoy uno puede ver que existen un montón de pibes que quieren seguir la universidad. Y solo con eso, que es algo enorme, uno reafirma su compromiso con la educación pública”.

martes, 9 de marzo de 2021

Científicxs desobedientes

por Andrés Esteban Zapata

Jocelyn Bell Burnell es una astrofísica irlandesa conocida mundialmente por ser la descubridora, en el año 1967, de la primera señal de un pulsar: el cadáver de una estrella giratoria que emite pulsos de ondas de radio a través del cosmos y que puede poner a prueba algunas de las teorías fundamentales de la física, como detectar ondas gravitacionales, navegar por el océano cósmico y quizás hasta comunicarse con seres de otros planetas. Pero Jocelyn también es conocida como una de las protagonistas de, lo que para muchxs, fue un injusto episodio en la historia de los premios Nobel: Anthony Hewish y su colaborador, Sir Martin Ryle, recibieron en 1974 el premio Nobel de Física por aquel descubrimiento pese a que el paper publicado sobre tal hallazgo llevara las firmas de Hewish y Bell Burnell.

En la historia de la ciencia moderna uno puede encontrar infinidades de casos en los que, en menor o mayor medida, el pensamiento patriarcal ha sido la base sustentable de que la mayoría de los reconocimientos y logros son del género masculino. Y Argentina no es la excepción.

Aunque Silvia Kochen ahora es una reconocida y premiada neuróloga, ella es consciente de que para hacer su recorrido en la ciencia tuvo que ir esquivando infinidades de obstáculos. En la actualidad es la única profesora adjunta en la cátedra de Neurología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Y hace quince años, cuando se presentó a concursar por ese cargo, la primera pregunta de los miembros del jurado evaluador fue si estaba casada. En la segunda pregunta la curiosidad se trasladó a cómo pensaba compatibilizar la docencia con su vida privada. También le preguntaron si tenía hijos, pero no como una muestra de afecto, sino como un factor importante a tener en cuenta para el concurso. “Ya me sentí molesta con lo primero pero estaba sola con los tres jurados y no quería perder la oportunidad de acceder al cargo”, confesó la especialista a la periodista Nora Bär que la entrevistó para que formara parte de uno de los 10 testimonios de su libro Rebelión en el laboratorio: Vidas de mujeres científicas. Al salir del encuentro les consultó a todos sus compañeros varones si también les habían hecho consultas sobre sus vidas privadas y todos contestaron que no.

Silvia Kochen, como la mayoría de las mujeres y personas de otros géneros, son víctimas de estereotipos culturales donde, a través de una separación dicotómica, se cree que las mujeres tienen propensión a un pensamiento subjetivo, emocional, concreto y metafórico, mientras que los hombres son objetivos, racionales, abstractos y literales. Este par de conceptos (que se basan en la dicotomía femenino-masculino) está sexualizado y es un problema para las mujeres ya que, si se requiere para algo ser racional, entonces inmediatamente se piensa en un varón, porque las mujeres están estereotipadas como emocionales.

Diana Maffia en su texto Contra las dicotomías: feminismo y epistemología crítica sostiene que el sujetx políticx, el ciudadanx y el sujetx de conocimiento científico de la ciencia moderna surgen al mismo tiempo en el siglo XVII con este mismo sesgo de las atribuciones dicotómicas, produciendo así un modelo de conocimiento patriarcal.

Este modelo es la causa principal del sexismo que refleja un sistema de creencias y prácticas que crea y perpetúa desigualdades, relaciones de poder y disciplinamiento entre las personas sobre la base de su sexo, tal como lo plantea Marcela Lagarde y de los Ríos en su trabajo La construcción de las humanas: Identidad de género y derechos humanos. En una sociedad patriarcal, el sexismo es un fenómeno que se deriva, a su vez, del androcentrismo, que es una forma de ver y organizar el mundo y las relaciones sociales centrada en el punto de vista masculino. Para Monique Wittig, la consecuencia de esta tendencia a universalizar todo desde una mirada patriarcal es consecuencia de una “mente hétero” que no puede concebir una cultura, una sociedad donde la heterosexualidad no ordene, no sólo todas las relaciones humanas, sino también la misma producción de conceptos.

Entre los nueve científicos distinguidos en 2019 con el Premio Houssay, el más importante entregado por el sistema científico argentino, una sola fue mujer*. Una carta abierta firmada por miles de científicxs en forma de protesta detalla que solo en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET), durante el año previo, se desempeñaron en tareas de investigación 5687 mujeres; 700 más que los varones.

Estos números sólo reflejan la disparidad binaria heteronormativa hombre-mujer. Si se buscan datos sobre otras identidades de género, los resultados son casi nulos.

Fran Bubani es Ingeniera Mecánica y actualmente Investigadora Asistente del CONICET en el Centro Atómico de Bariloche y la primera mujer “visiblemente trans” en el Instituto Balseiro de esa ciudad. “Decir que soy la primera trans visible significa que seguro hay más personas que no se identifican con el género asignado al nacer, pero que deciden no hacerlo público porque no se sienten protegidas”, expresó Fran en una entrevista realizada por Alejandra Zani para la Agencia Presentes, sitio web que trata temas sobre la diversidad de género en la región. Asegura que la sanción de la Ley de Identidad de Género brindó el marco legal indispensable para que ella pudiera realizar su transición. “Para las personas que estamos en lugares tradicionalmente cerrados y patriarcales, es fundamental la protección legal que brinda la ley”, sostiene la investigadora.

Pero Bubani es la excepción dentro de la excepción ya que, gracias a la aprobación de la Ley de Identidad de Género de Argentina en 2012, su género asumido “sufre” de cierto “privilegio” que otros géneros no tienen. Hay otras identidades de género que son mucho más discriminadas.

Y es que “esta ley sólo resguarda a transexuales y en ese sentido es clasista”, sostiene la psicóloga social Marlene Wayar en su texto ¿Qué pasó con la T? del diario Página 12. Allí afirma que quienes sostienen la identidad trans femenina en Argentina son un número reducido de personas con trabajo formal en diferentes institutos del Estado o un menor número de personas de clase media urbana que cuentan con el apoyo económico familiar. Y, en el campo de las masculinidades trans, en su mayoría son universitarios (en carrera o egresados) con una evidente distancia económica de las travestis en situación de prostitución.

En su obra Cuerpos desobedientes, Josefina Fernández cuenta que el concepto de género, como identidad psicosocial, aparece por primera vez en el campo de las ciencias médicas a mediados del siglo XX. Este concepto se utiliza para intentar explicar y echar luz sobre un conjunto de prácticas consideradas anómalas y que fueron reunidas bajo el nombre de “aberraciones sexuales” dentro de las cuales estaba el travestismo. Y aunque el término “transexual” fue introducido en la literatura sexológica en los años cuarenta por David Cauldwell con su trabajo Psychopathia Transexualis, recién toma relevancia en los cincuenta cuando el transexualismo, como síndrome médico, fue clínicamente diferenciado de travestismo. Pero los primeros registros existentes acerca de las llamadas “desviaciones sexuales” pertenecen al campo del derecho penal y de la criminología. En Argentina fue el sistema de salud quien criminalizó las desviaciones sexuales mientras que en Inglaterra y Alemania, los profesionales de la misma área trabajaron en un sentido contrario, luchando desde temprano por la descriminalización de los “desvíos”.

En La Revolución de las Mariposas, un trabajo de investigación publicado en 2017 que tuvo como brazo encuestador al alumnado del bachillerato popular trans Mocha Celis y, como soporte institucional, al Programa de Género y Diversidad Sexual del Ministerio Público de la Defensa de CABA, se pueden ver reflejados las cifras que reflejan la criminalización de los géneros que se encuentran por fuera de la heteronormatividad.

En el caso de las mujeres trans y travestis solo el 9% de las que fueron encuestadas para esta investigación dijo estar inserta en el mercado formal de trabajo, al tiempo que el 15% manifestó tareas informales de carácter precario y un 3,6%, vivir de beneficios provenientes de diversas políticas públicas. Para el resto, más del 70%, la prostitución sigue siendo la principal fuente de ingresos. Estas cifras son totalmente opuestas en los casos de los hombres trans en donde el 85% de quienes fueron encuestados dijo contar con un trabajo: el 48,5%, de carácter informal; el 36,4%, formal, y el 15% restante vivía de la ayuda familiar.

“La asociación entre travestismo y prostitución constituye una de las representaciones del sentido común más difundidas en las sociedades latinoamericanas y en la sociedad argentina en particular”, es la fuerte descripción que realiza Lohana Berkins en su trabajo Travestis: una identidad política. “Uno de los elementos necesarios para comprender el recurso a la prostitución como salida casi exclusiva para asegurarse el sustento es la expulsión de las travestis del sistema educativo”, agrega.

Esta afirmación se confirma ya que el trabajo de investigación refleja que el 76% de quienes no han alcanzado el nivel secundario vive de la prostitución; porcentaje que disminuye cuando se observa a quienes alcanzaron un nivel igual o superior a la secundaria.

Otro dato que refleja el trabajo es que, del total de las mujeres trans y travestis que dijeron estar estudiando en 2016, el 50% se encuentra cursando el nivel secundario. Un hecho novedoso es que casi un 16% dijo estar estudiando en la universidad. En su gran mayoría (87,9%), estudian en una institución pública.

Diana Maffia afirma que, en su carácter descriptivo, el feminismo puede probar estadísticamente que en todas las sociedades las mujeres están peor que los varones. Y que centrándose en la pobreza, se puede saber que entre los pobres, las mujeres están peor. Lo mismo si se analiza el trabajo con relación laboral, allí también las mujeres están peor y así sucesivamente. Pero Judith Butler va un poco más allá de ese análisis y afirma que “la hipótesis de un sistema binario de géneros sostiene de manera implícita la idea de una relación mimética entre género y sexo, en la cual el género refleja al sexo o, de lo contrario, está limitado por él”.

Tal como afirma Monique Wittig, los discursos que particularmente oprimen a todos los géneros, especialmente a los que se encuentran fuera de la heteronormatividad, son aquellos que dan por sentado que lo que funda una sociedad, cualquier sociedad, es la heterosexualidad. Y que esos discursos nos oprimen en el sentido de que nos impiden hablar a menos que hablemos en sus términos.

Después de haber permanecido en silencio durante muchos años, un día Jocelyn Bell Burnell rompió aquellos discursos heteronormativos y habló. Aquella astrofísica irlandesa, ignorada en su descubrimiento, en 2018 recibió el Premio Especial de Avance en Física Fundamental; y, tras el anuncio del premio de 3 millones de dólares, decidió donar todo ese dinero para ayudar a las mujeres, las minorías y lxs estudiantes refugiadxs que buscan convertirse en investigadorxs de física.

 

Oración escrita en género masculino adrede.

sábado, 6 de marzo de 2021

Un Perrone largo: trabajo y fe

por Oscar A. Cuervo

La clave de la obra cinematográfica de Raúl Perrone reside en su poética. Esta palabra no debe entenderse aquí como un conjunto de rasgos estilísticos insistentes (en su  extensa filmografía los hay, pero no son tantos ni tan distintivos como quisieran creer los críticos que suponen que el cine de Perrone mostró todo su juego a mediados de los ’90); tampoco me refiero a una analogía con la típica oposición literaria entre prosa y poesía (esa tensión ciertamente existe en su cine, aunque aflora con más nitidez en su producción reciente); menos aún uso el término “poética” en la vaga referencia a un fulgor, un excedente estético que acompañaría la presentación de las cosas, destinado a provocar el goce de la subjetividad del espectador, lo que suele llamarse “belleza” (también el fulgor y el goce aparecen en su cine pero no es ese el principio rector de su obra). Cuando señalo la importancia de la poética perroneana aludo al sentido clásico de la poiesis griega; esto es: la producción como un modo de abrir el mundo. Perrone se halla embargado en la mirada, en la tarea cotidiana de configurar una forma a partir de su contacto artesanal con la materia. Su poética no surge principalmente de un programa metodológico: su famoso Decálogo 1998 bordea la parodia del Dogma 95 de Von Trier y Vinterberg, destinado a despistar a los buscadores de recetas simples que pierden de vista su singularidad, dado que cualquiera puede seguir los pasos prescritos en este tipo de listados, pero con eso solo no se logra producir una mirada. La poética perroneana se funda en su praxis de producción, siempre que no reduzcamos la idea de producción al problema de la  financiación de sus proyectos. Es innegable que Perrone cuando se dispone a hablar de la clave de su cine alude una y otra vez al obstáculo del financiamiento y  también a su falta. Se obstina en evitar la caída en el círculo habitual del financiamiento cinematográfico y esta tenacidad funciona como un auténtico obstáculo epistemológico que lo inhibe de ciertos recursos a la vez que posibilita hallazgos que otros cineastas ni sospechan. Pero ese obstinamiento también motoriza una ascesis. Perrone es un asceta del cine y paradójicamente de esa posición a la vez existencial y económica nace la desmesura de su obra. 

Muchas veces se lo presenta como el padre o padrino del cine independiente argentino; pero  mejor podríamos pensarlo como un asceta. Hay una creciente tonalidad religiosa que impregna su cine. Esto es detectable en su Tríptico de la primera década de este siglo: Luján (2009), Los actos cotidianos (2009) y Al final la vida sigue, igual (2010), títulos que se podrían agregar a su cortometraje SEM (2011) y el largo Las pibas (2012), que forman un bloque fácilmente reconocible. Esa religiosidad no solo se reduce a los íconos que pueblan los lugares en que habitan sus personajes o en las invocaciones religiosas que pronuncian ya desde la escena inicial de Labios de churrasco (1994, en boca de Fabián Vena). No se trata de que sus personajes estén buscando el amparo de Dios sino más bien de cierta intuición que parece guiar la vigilia productiva de Perrone, por la que este amparo se lleva a cabo por medio de su mirada cinematográfica, que los devuelve transfigurados. 

La insistencia con que desde sus primeras películas compone el espacio de barrios de casas bajas con un alto cielo arriba traza un eje vertical en el que cielo y tierra se desalejan por obra del encuadre. El poner juntos cielo y tierra y entre ellos sus criaturas parece obrar como la justificación de su desmesura productiva, como si el cineasta los necesitara porque ellos, sus personajes, lo necesitan. Su mirada es a la vez la producción del artesano en el tallercito de su casa –de esos que todavía quedan en barrios como Ituzaingó, en los que Perrone vive y sueña- tanto como un acto sacrificial –en el sentido hacer sagrado un vínculo que ya existía en el plano mundano. La peculiar conjunción de hombre de oficio que manufactura en su taller hogareño y poeta que vela por sus criaturas reclamando nuestra mirada hacia ellas da como resultado una energía de trabajo desbocada, que desconoce la mesura de los horarios productivos y el reposo, sin días laborables ni feriados,  una misión salvadora que sostiene el mundo. El mundo de Perrone es Ituzaingó pero a la vez Ituzaingó es tal cuando él lo filma -esa tenacidad sostiene su tarea incansable, que de otra manera correría el riesgo de extinguirse. 

Sus personajes tienen una relación precaria con el mundo del trabajo. Se trata de una marca histórica: Perrone empieza a filmar en los '90, cuando el neoliberalismo corroe el mundo del trabajo. Su mirada nunca  abandonó ese terreno lindante entre la clase trabajadora y el lumpen-proletariado, el resto de lo popular asechado por la licuación postindustrial. La distancia precisa que él guarda respecto del mundo que filma no es la del burgués que incursiona por los arrabales para acercar un espectáculo al público del centro; tampoco es la distancia del militante esclarecido que quiere darle conciencia al pueblo. Perrone pertenece al pueblo retratado de un modo ambivalente: por motivos de edad él todavía recuerda el valor del trabajo en una época que está a punto de olvidarlo. Si el riesgo que sus personajes corren es el de la disolución de sus lazos comunitarios porque están a punto de dejar de producir o porque nunca conocieron esa posibilidad, él parece querer conjurar ese peligro mediante su consagración amorosa de sus materiales. La materialidad de la imagen cinematográfica es el elemento en el que la mirada curadora va a tomar forma. 

Esta interpretación puede hacerse retrospectivamente, si se revén sus películas desde la última hasta la primera: en esta cronología invertida  puede reconocerse el principio de proliferación de su obra. Si el Perrone inicial parecía ubicarse en el género de una picaresca suburbana, de buscavidas que muchas veces terminaban aniquilados por la irrupción de una violencia que desbarataba la posibilidad del costumbrismo, en el último tramo de su filmografía el suburbio persiste, pero ya no su picaresca. Los restos del costumbrismo asociado a su Trilogía de Ituzaingó -Labios de churrasco (1994), Graciadió (1997) y 5 pal’ peso (1998)- se fueron enrareciendo hasta extinguirse en el Tríptico 2009/2012, mediante un procedimiento de sustracción de todo histrionismo, que a veces les restaba espesor a sus pícaros de los ‘90, y también una depuración expresiva que hace resaltar la crudeza del claroscuro, la fiereza del color y la aspereza de la imagen digital. En la materialidad digital cuya rusticidad visual, alejada de la tersura del fílmico, parecen palparse en las paredes rajadas y descascaradas de Luján o Los actos cotidianos se abre paso una expresividad que asume la fricción de la cámara con la luz y da  lugar a una sombra espesa. Las texturas pasan a ser tan importantes como las vidas de los personajes retratados. Más bien podría decir: se reclaman unas a otras. La aspereza se encuentra también en la captura sonora directa que le suma a los diálogos el valor del registro documental del habla popular de un espacio históricamente situado: el conurbano bonaerense de fines del siglo xx y principios del xxi. La prosa en la que su cine se desenvolvió llega al límite en el que la poesía (aquí sí como oposición a la prosa) está a punto de empezar. El expresionismo que su cine asume a partir del momento posterior al Tríptico, a comienzos de los '10. aparece como el destino de un largo recorrido, o como la consumación de un oficio. Logra articular así el rito poético que le permite cuidar el mundo. Cuidarlo, no  hermosearlo ni idealizarlo: salvarlo para una mirada. 

Esta etapa empieza con P3ND3JO5 (2013), que marca un punto de inflexión en su obra, de la que Ragazzi (2014) puede considerarse una consecución. A partir de P3ND3JO5, la  continuidad de rasgos estilísticos que las lecturas críticas le adjudicaron se problematiza. No es solamente que empiece a cultivar un estilo nuevo, sino que los motivos que lo hacían reconocible vuelven transfigurados, lo que obliga a revisar la noción establecida de su identidad autoral. Sucede una mutación desde el realismo áspero hacia un expresionismo digital. Hay una película que presiente esa mutación: Al final la vida sigue, igual: en sus últimas secuencias las casitas de paredes rajadas y pintura descascarada se vacían de cuerpos y se pueblan de sombras y de fantasmas: la película termina literalmente con la visita de un fantasma. La banda sonora se enrarece acompañando esa mutación, desligándose del sincro y entregándose al efecto misterioso de los loops: música, ambientes, el rumor de los grillos o el ladrido de perros, palabras, susurros o gritos. Ahí parece haber tocado un límite a traspasar. No es seguro que Perrone supiera hacia dónde. 

En P3ND3JO5 el giro ya es irreversible. Lo que a partir de entonces toma por asalto el comando es otro elemento del cine. Porque si por un lado el cine se asienta en la huella que imprime lo real sobre un soporte sensible, por el otro, ya desde sus comienzos históricos el cine había mostrado su capacidad para desencadenar la alucinación. Algunos críticos hablaron erróneamente de un “giro primitivista”. Pero se trata de la recuperación de una experiencia (palabra más precisa que  “experimental” para desechar sus connotaciones cientificistas) que descolló en la etapa final del cine mudo: el expresionismo alucinado y sombrío de Friedrich Murnau o Jean Epstein, por citar dos modelos que no eran previsibles a la altura de Labios de churrasco ni de Luján. No hay primitivismo porque la estilización de esta gramática queda muy lejos de lo primitivo. 

Si desde el principio hubo en el cine de Perrone un gusto por las superposiciones, los cambios de cadencia, los lentes deformantes o los bordes de iris, estos recursos pasan a comandar la estructura misma del plano. La pantalla se vuelve un lienzo en el que conviven un número indiscernible de capas. La imagen digital que en su período anterior había manifestado su aspereza recupera ahora la antigua función de la truca ilusionista que resalta el carácter fastasmal que todo el cine guarda como posibilidad. El color que había saturado las imágenes del Tríptico muchas veces desaparece para resaltar la oposición entre luz y tinieblas. Lo tangible se vuelve vaporoso y los cuerpos se descomponen en un prisma de múltiples reflejos informes. En ese paroxismo, el espacio parece des-solidificarse en un estado gaseoso o líquido. Sin embargo, hay algo que prevalece en esta liquidación del realismo: las caras de los personajes, ahora más propiamente “modelos”, ya emancipados de una función narrativa de la que solo quedan restos. Notablemente, la misma Ituzaingó, organizadora de las relaciones dramáticas de su cine previo, se vuelve líquida, gaseosa, un fondo del que emergen los rostros, filmados ahora en escorzos oblicuos, anti-realistas, a menudo en contrapicados que los recortan directamente del cielo.

No es una operación retro: Perrone cree que en los procedimientos del expresionismo de fines del período silente hay un camino abandonado en favor de la discursividad del sonoro. La operación se completa mediante la eliminación casi total del sonido directo (del que apenas quedan algunos ambientes, siempre intervenidos), sustituido por un magma auditivo que mixtura sonidos electrónicos, tecno-cumbia, voces en reverse, fricción de una banda sonora raspada que desplaza la sincronía que podría funcionar como último residuo del realismo. La manipulación desaforada del sonido y la tensión violenta que establece con las imágenes parecen declarar la necesidad de refundar las convenciones cinematográficas para  volver a preguntarnos por los usos ya naturalizados de la imagen y el sonido. 

El otro elemento que no cabe en una operación de “rescate” del pasado cinematográfico son las caras de lxs pibxs de estas nuevas películas, desde P3ND3JO5 hasta Ragazzi, pasando por FAVULA y unas cuantas posteriores inéditas hasta hoy. Las caras de lxs chicxs son inequívocamente contemporáneas y reconociblemente bonaerenses. Los cortes de pelo, los piercings, los rasgos mestizos y su frescura adolescente marcarían el elemento realista que Perrone no se permite manipular. Si la Ituzaingó del siglo xxi parece borroneada en el espacio (incluso totalmente suprimida en la escenografía de FAVULA), donde es imposible confundir su cine con el expresionismo de los años 20 es en las caras de esxs pibxs.

Todos estos recursos aparecen en P3ND3JO5, cuya coda tiene un tono místico apoyado en un poema de Pasolini, La crucifixión:

¿Por qué Cristo fue EXPUESTO en la Cruz?

Oh sacudida del corazón al desnudo

cuerpo del jovencito... atroz

ofensa a su pudor crudo...

¡El sol y las miradas! La voz

extrema pidió perdón a Dios

con un sollozo de vergüenza

roja en el cielo sin sonido,

entre pupilas frescas y hastiadas

de Él: muerte, sexo y picota.



En Ragazzi, un año después de P3ND3JO5, Perrone explicita su posición de enunciación. Se vale de Pasolini para marcar la distancia que a la vez lo separa y lo une con esta generación de pibes. Su modo de ingresar al mundo de estos chicos es mediante voces exógenas que ponen palabras que no pueden provenir sino de otra dimensión. Una de esas voces exógenas es la del propio Pasolini, en la que parece enmascararse el propio Perrone:

Querido muchacho, sí, claro, encontrémonos,

pero no esperes nada de este encuentro.

Si acaso, una nueva desilusión, un nuevo

vacío: de aquellos que hacen bien

a la dignidad narcisista, como un dolor.

A los cuarenta años yo estoy como a los diecisiete.

Frustrados, el de cuarenta y el de diecisiete

pueden, claro, encontrarse, balbuceando

ideas convergentes, sobre problemas

entre los que se abren dos décadas, toda una vida,

y que, sin embargo, aparentemente son los mismos.

Hasta que una palabra, salida de las gargantas inseguras,

aridecida de llanto y deseo de estar solos,

revela su irremediable diferencia.

(Pier Paolo Pasolini, Fragmento epistolar, al muchacho Codignola)

***

Perrone, cineasta bonaerense del siglo xxi, toma a Pasolini como pretexto, como texto del que apropiarse, también como ícono, para hacerlo colisionar con otros ángeles, otras estrellas, oscuras o radiantes, de su cielo de cine. La inquietud febril, su “fiebre de maníaco ante la idea de llegar tarde”, como al comienzo le hace decir a un personaje adulto que le habla a los ragazzi reunidos en la escalinata de la iglesia de Ituzaingó, lo empuja a convocar a todos los espíritus. Los tiempos diversos, las lenguas y dialectos, Melies, Pasolini, Dreyer, Leonardo Favio, las sombras chinescas, Zeppelin, Handel, los rostros desfigurados por la estela del movimiento, como en una pintura de Francis Bacon; la fricción caótica de todos estos recursos se  integran en una mirada. El primer movimiento de Ragazzi está signado por Pasolini, más precisamente por el episodio de su asesinato. La narración es apenas esbozada y funciona como una cadena laxa de imágenes que dejan salir a pasear a los fantasmas. Es un movimiento sombrío: parece que Pasolini estuviera mirando a su último muchacho atrás de sus gafas oscuras. La imagen conque termina el primer Movimiento es la del espectro de Pasolini que anda ingrávido por el horizonte del baldío, una vez que su cuerpo fue asesinado, como si la muerte no hubiera podido con él.

El segundo movimiento contrasta con el primero por dos motivos notorios: por su luminosidad jubilosa y por algo que hasta ahora Perrone no se había permitido: salir de Ituzaingó. Filma a unos pibes carreros en Córdoba capital, debajo de un puente por el que pasa un arroyo, mientras por arriba zumban los autos de la clase media cordobesa a toda velocidad. Esos chicos son despreciados o temidos por los que manejan los autos (a quienes Perrone solo evoca por el audio televisivo de un suceso policial). Parecería que nadie puede verlos, excepto el autor de Ragazzi, que los va a buscar en su lugar. Los encuentra no en su trabajo infantil sino en pleno estallido vital, jubilosos y no mellados por la historia. No se trata de una negación maníaca de la muerte ni de una idealización de la pobreza. La cámara capta un erotismo de los cuerpos que no es ficción. Seguramente es el momento más alegre y erótico de toda su obra. Algo que el cine ya no muestra: en estos cuerpos vulnerables hay una potente capacidad de goce y ese goce no desconoce su vulnerabilidad. Es un movimiento de innegable filiación pasoliniana, como un camino todavía abierto. Esos cuerpos gozosos filmados bajo una luz que los baña de una cualidad mitológica hacen posible una recuperación fastuosa de la vida. Los chicos de ese arroyo  permiten intersectar a Pasolini con Favio.

También sobrevuela la tragedia: los jóvenes en peligro, la adolescencia como el umbral de una muerte posible es constante en esta etapa perroneana. Pero el paso de la poesía fúnebre al estallido erótico de los cuerpos acariciados por el sol y la libertad de la tarde estival se sobrepone incluso al destino trágico. La cámara alcanza el éxtasis cuando captura los perfiles angulosos de los chicos recortados contra un cielo que parece adorarlos, sus miradas en trance, la irresponsable vitalidad de caballos y perros, la súbita irrupción de la belleza femenina. Con un final brillante y glorioso, los pibes desafían la ley de gravedad, las leyes de la termodinámica, la fatalidad de la muerte y vuelven a nacer de las aguas, una auténtica resurrección. La cámara de Perrone sacraliza esos rostros de luminosa inocencia.

* Este texto fue escrito en 2015 para la revista Kilómetro 111, publicado con el título "Filmar la Gracia: el último Perrone"; se publica ahora levemente modificado. Se trata de mi intento más exhaustivo para abarcar su obra. Desde entonces, por supuesto, Perrone siguió filmando profusamente. Incluso incursionó por otras vías (Hierba, Cínicos, Expiación, Cosimi). Pero una zona de su filmografía, como las recientes Corsario, Algnxs Pibxs, 4TRO V3INT3 y la aún inédita Sean Eternxs se integran con naturalidad a las líneas aquí propuestas. También pueden integrar este grupo dos cortometrajes que Perrone hizo con el sonido diseñado por el autor de este ensayo.




domingo, 24 de enero de 2021

La demonización del populismo

 
por Lidia Ferrari *

Para un historiador de pleno siglo XX como Lucien Febvre, en el siglo XVI estaban todos familiarizados con los ángeles y los demonios. Cada hombre, hasta el más culto, tenía del universo una visión mística, habitaban un universo fantasmagórico. Se preguntará Febvre si ellos ¿Tuvieron “una clara conciencia científica de lo real”? 1. Y cita a todos los maestros en demonología antigua, como Ficino, Agrippa, Paracelso que estaban sumergidos en una fantasmagoría cotidiana, poblados de espíritus, demonios, criaturas semidivinas. Eran los magos, los alquimistas o los astrólogos. Para el historiador, en los tiempos contemporáneos, las únicas fantasmagorías salen de los laboratorios. Entonces parece que el mundo de la creencia en lo “irreal” no atravesaría nuestros tiempos modernos, donde la ciencia y su legado simbólico lo impediría.

Obviamente, no se puede sostener eso después de Freud. Freud nos advirtió que fantasmagorías y demonios nutren al sujeto neurótico, y no sólo lo asaltan en la vida cotidiana sino que hasta le dan razón de existir. ¿Que estos demonios neuróticos son más reales que los que volaban en los cielos renacentistas? Lo que parece persistir en nuestra ideología occidental moderna es la “creencia” 2 de que estamos habitando un suelo firme y bien sustentado, en el cual ya no hay lugar para las tropelías de los demonios, como sí lo habría sido en siglos precedentes. Sin embargo, el psicoanálisis viene a decirnos que tenemos mucho lugar para ellos. Que son criaturas creadas por el discurso y que por eso tienen una eficacia que no puede cancelar ninguna ciencia positiva. Hay que poseer una teoría del sujeto que admita la existencia de las brujas y los demonios como seres que habitan el lenguaje. Si alguien nos dice que existen las brujas apelaremos a esa generalizada operación de la Verleugnung freudiana para, mientras la exorcisamos con un amuleto, decir que no creemos en ellas. Observamos cómo se crean demonios todos los días y cómo a una mayoría de gente, las “pruebas”, esas que no sólo reclama la ciencia sino que hasta los tribunales inquisidores exigían, serán incapaces de convencerlos de que estos demonios no existen. ¿Nos hemos vuelto ocultistas, esotéricos, mágicos, místicos? No, estamos ante la presencia de cómo se puede crear colectivamente la idea de la existencia del mal, un mal oscuro que no sobrevuela con escoba por los cielos, sino que se encarna en seres de carne y hueso que adoptan alguna actividad considerada, como los herejes de antaño, contestataria contra la corriente de los dispositivos de poder existentes.

La irregular historia de la persecución y demonización de las brujas como un capítulo de la persecución a los herejes en la Iglesia desmiente, una vez más, la idea del progreso en la evolución humana. El best seller de 1487 Malleus maleficarum 3, un tratado sobre el delito de brujería, donde se detalla su existencia y su tratamiento, sostuvo durante siglos la forma de enfrentar a la brujería no sólo en los tribunales inquisidores. A partir de este tratado, el papa Inocencio VIII hace constar que la Iglesia Católica cree en la existencia de las brujas. Lo significativo es que este decreto derogaba el Canon Episcopi del año 906, donde la Iglesia sostenía que creer en brujas era una herejía. En los años del primer milenio la Iglesia consideraba que creer en las brujas era una herejía. En el siglo XV, la Iglesia no sólo cree en su existencia sino que se dispone a perseguirlas y condenarlas. Esto muestra las acrobacias en la construcción de lo demoníaco y de la presencia del mal en la historia y sus agentes.

Estamos asistiendo a operaciones similares respecto de las palabras y lo que ellas designan, sólo que con dispositivos de diferente carácter tecnológico. Pero similar eficacia sobre los sujetos a quienes se dirige. En el siglo XVI, el inquisidor Alonso de Salazar hace una rigurosa indagación sobre ciertos episodios de brujería, donde encuentra muchas contradicciones en quienes daban su testimonio. En su informe sostuvo que esas palabras no podían ser tomadas en cuenta porque ellas estaban sostenidas en los dichos que circulaban en la época. Si se decía que las brujas volaban, alguien podía testificar que había visto a una bruja volar. Su informe, junto a otros, tuvo crucial importancia para que la Suprema Inquisición en 1614 dedicara una serie de instrucciones que “rezumaban escepticismo ante las declaraciones de las brujas, y aconsejaban cautela e indulgencia en todas las investigaciones” 4. Decía Alonso de Salazar: “…también saco de las experiencias que he visto ...que no hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos5.

Otra manera de mostrar la potencia de la manipulación de la lengua para introducir, a través de lo simbólico, un imaginario que hace suplencia de lo real imposible.

La palabra "populismo" se encuentra en el centro de una operación de demonización. Por eso estamos desenterrando una variedad de términos que ya pensamos desaparecidos de nuestro mundo racional y científico. Nos lo obliga una estrategia narrativa donde se exhuman terminologías que no hacen sino traer al repertorio del sentido común popular términos como demonios, lo maldito, la satanización, el eje del mal, etc. Se está recuperando la noción de lo diabólico y lo maldito sagrado. Hay un procedimiento tendiente a estigmatizar ciertas palabras, para estigmatizar a las personas y movimientos que son representados en esas palabras. De la misma manera que en los procedimientos que establecían la herejía y brujería. Es de tener en cuenta que el estigma es una marca que no se puede borrar. En cuanto alguien queda tocado por el estigma queda ubicado en un lugar de exclusión. En este proceso de demonización o estigmatización se produce una potente corriente de descrédito hacia el estigmatizado o demonizado. Nadie quiere ocupar el lugar del demonizado, lo que ya supone un principio de identificación por la negativa.

Los discursos que se imponen y cristalizan asedian a la lengua, la modifican. Las prácticas del lenguaje se van modificando en sus usos y prácticas. En estas épocas no es azaroso que se haya desatado un lenguaje injuriante, difamatorio y blasfemo (en un sentido secular, pero decantado de la blasfemia religiosa, donde no hay orden sagrado o investido de respeto que pueda limitar el uso de determinadas palabras y las injurias a determinados lugares investidos de dignidad). Se ha desencadenado, sobre todo en Argentina, un uso injuriante e infamante de las palabras con las que los sujetos intercambian entre sí. Las malas palabras están a la orden del día. No se trata de una crítica al uso de las “malas palabras” sino al estatuto del intercambio social que genera un lenguaje en el cual ellas reinan por doquier. Como dice Agamben: “El insulto es eficaz precisamente porque no funciona como un enunciado constatativo, sino más bien como un nombre propio, porque llama en el lenguaje de un modo que el llamado no puede aceptar, y del cual sin embargo no puede defenderse, como si alguien se obstinara en llamarme Gastón sabiendo que me llamo Giorgio” 6

Las condiciones en que se tramita la palabra "populismo", en su aparente disputa, hacen de la misma palabra usada por los medios de comunicación para ligarla a lo demoníaco un término que pertenece a un orden heterogéneo al de la razón populista de Laclau, tanto que se podría decir que ambos términos son inconmensurables. Que el lenguaje y las palabras estén en estado de movimiento continuo, que ese movimiento no pueda detenerse, no obsta para que veamos que en la actualidad, una de las formas del poder –como lo ha sido siempre, pero ahora con instrumentos más potentes- sea intentar controlar todo movimiento donde las unidades semánticas se puedan liberar o transformarse. Tales tipos de transformaciones ocurrieron a fines de la Edad Media cuando cierta “política de la lengua” impuso una desontologización del lenguaje 7 a partir, entre otros, de separar la lengua de su referente. Un divorcio entre las palabras y las cosas coincide, según Michel de Certeau, con el momento donde el Latín deja paso a las lenguas vulgares, que se convertirán ellas, más tarde, en lenguas nacionales. No podemos decir que estemos asistiendo a una vuelta a una relación directa entre la lengua y lo real que articula, pero es cierto que se imponen sentidos a partir de una dimensión narrativa que “sintetiza” las palabras y sus significados, privilegiando un orden sintagmático de la lengua, lo que, sin dudas, empobrece el lenguaje.


NOTAS

1 - Febvre, Lucien, El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais, Madrid, Akal, 2012, p. 310.

2 - Sobre la función de la creencia y la credulidad en su relación con la alteridad véase el libro La diversión en la crueldad. Psicoanálisis de una pasión argentina, Buenos Aires, Letra Viva, 2016.

3 - Freud le escribe a Fliess en enero de 1897 cuánto le interesa dicho libro, que se va a dedicar a “estudiarlo asiduamente”, ya que la comparación que encuentra entre brujería e histeria “cobra cada vez mayor vida”, Freud, S. O. C. T. III, Madrid, Biblioteca Nueva, 1973, p. 3560.

4 - Kamen, Henry, La inquisición española: Mito e historia, Grupo Planeta, posición Kindle 7639-7640.

5 - Ibid., posición Kindle 7616-7619.

6 - Agamben, Giorgio, “La Amistad”, La Nación, Suplemento Cultura, domingo 25 /09/2005.

7 - “La experiencia, en el sentido moderno del término, nace con la desontologización del lenguaje, a la que corresponde también el nacimiento de la lingüística”. De Certeau, Michel, La fábula mística (siglos XVI-XVII), Madrid, Siruela, 2006, p.126.

* Reproducimos un fragmento del texto de Lidia Ferrari "Populismo, emancipaciones y herejías", en el libro Decir de mujeres. Escritos entre psicoanálisis, política y feminismo, (Letra Viva, 2019).