viernes, 24 de enero de 2014

Imposible entender a Mateo

Una entrevista con Urbano Moraes, el bajista de Eduardo Mateo

Entrevista: Guillermo Villalobos
Texto: Marcelo Rodríguez *

Urbano Moraes, dice, no quiere que se haga un mito de Eduardo Mateo. Sin embargo el respeto que le guarda y, sobre todo, el misterio que aquella figura sigue representando para él, parecen querer quebrar esa voluntad.

Urbano fue el bajista de varias de las formaciones de Mateo: El Kinto, en 1967; la malograda La Morsa –“nunca llegamos a tocar”–; Tres Bigotes y una Mosca (1982), y La máquina del tiempo, después del regreso definitivo a su país en 1986, luego de un accidentado periplo. Tocó con varios grandes de la música rioplatense (como Rubén Rada y Hugo Fattorusso) y conoció los circuitos europeos antes de dedicarse a hacer su música en su país: 

- Necesito a la gente, necesito mi espacio conocido para poder cantar y mostrar lo mío.

“Delirio” y  “demencia” son palabras a las que recurre a menudo para evocar el clima artístico de la época en que se conocieron con Mateo, allá por 1966. Urbano tenía 18 años y un grupo que llegó a ser la primera banda eléctrica que tocó en el Teatro Solís –el “Colón” montevideano– haciendo covers de los Beatles. Se llamaban The Knacks. Una obra de teatro que habían musicalizado les dio ese nombre: The Knack and how to get it, “ese no sé qué y cómo lograrlo”, como él lo traduce hoy. Todos querían alcanzar ese territorio al que los Beatles abrieron las puertas, y no parecía imposible vivir en función de ese objetivo. Apenas un año antes se había comprado el bajo “para tocar como Paul McCartney”, cuando en medio de un agotador trajín de actuaciones de un lado y del otro del Plata, entre “esos cruzamientos de cabeza”, lo convocó Mateo para formar El Kinto.

–  O sea que sólo tenías un año de carrera profesional...

–  ...Y me tocó la bestia. A partir de ahí, seguir las armonías, las rítmicas de él... ¡la cabeza de él...!

Antes de eso Mateo sólo había armado una banda (Los Malditos), pero entre los músicos ya empezaba a hacerse conocido, precisamente por los primeros frutos de esa cabeza musical. El Kinto, usina original del candombe beat, estaba formado por Mateo, Urbano, Pippo Spera, Chichito Badrel, y ocasionalmente Rubén Rada. Llevando las tumbadoras a cuestas para los shows notaban la confusión que generaban: “Un grupo de cumbia”, pensaba la gente. Era algo que a ninguna banda beat se le hubiera ocurrido jamás, una innovación que no había sido dictada por la moda y que aparentemente no fue muy bien recibida. Y por eso:

- Cuando apareció Santana fue una salvación, no sabés qué tranquilidad...

El primer disco de Carlos Santana, que “habilitaba” al rock para incursionar en la cosa afrolatina, se conoció en el 69. Ya podían considerarse más normales. Pero había otra rareza fundamental que incorporaba esta banda, además de su rescate de las raíces negras; algo percibido hasta “como violento” por el público: El Kinto cantaba en castellano. La base de operaciones era el boliche Orfeo Negro, en Carrasco. Allí tocaban todos los días temas propios y otros a pedido del público, y componían sin parar. Pero el progreso no parecía venir de esa mano: 

- Éramos los peor equipados de todos –recuerda Urbano–, pedíamos equipos prestados y no nos prestaban

Tal vez la movida que ellos iniciaban, cree ahora, fuera lo que iba obligando de a poco a los demás músicos a dejar de ser simples imitadores, y eso hacía que no cayeran muy simpáticos dentro del ruedo. Sobre la etapa de Musicasion, “yo me perdí las dos primeras”, lamenta Urbano. Después vinieron la disolución definitiva de El Kinto, el fallido proyecto de La Morsa y una rara etapa solista de Urbano Moraes: estuvo 2 años ensayando temas propios pero que nunca salió a mostrarlos. Así llega 1973, año del golpe militar en Uruguay. Urbano se instaló en Buenos Aires, donde transcurrieron, dice, “los dos peores años” de su vida. Grabó las bases de lo que sería su primer disco solista, pero se le fue la voz cuando llegó el turno de cantar: 

- No podía ni hablar, tenía que andar con una lapicera y la libretita. Fue como si se me desinflaran las cuerdas vocales, o los músculos, yo qué sé. Una mierda. Justo en el momento en que estaba con todas las pilas. 

La afonía duró 8 meses, durante los cuales anduvo penando como artesano, hasta que emigró a España. En su primer tiempo allí, sin dinero, sin instrumento y sin papeles –ergo, sin muchas posibilidades de trabajar–, las cosas iban de mal en peor hasta que conoció al argentino Horacio Icasto, arreglador de Joan Manuel Serrat. Con su ayuda consiguió integrarse al circuito de músicos españoles y llegaron así sus 7 años de vacas gordas. Pero algo le andaba faltando.

Yo ya extrañaba Uruguay que no podía más”, recuerda. Un día de 1982 recibió un sobre con media docena de servilletas de papel: eran cartas de Mateo, de Pippo, de Horacio Buscaglia, y el cortocircuito fue inmediato. Hacía apenas 6 meses que había logrado tramitar, por fin, la residencia en España. Pero cargó todas sus pertenencias, sus equipos e instrumentos y se los trajo a Montevideo con su familia, con la idea de recorrer el país en camioneta haciendo música. Un día después del retorno ya estaba trabajando con Mateo, Buscaglia y Pippo. “Era una demencia”, dice: Pippo Spera pasaba por entre las butacas para ir al baño en medio del show, y desde allá se lo escuchaba cantar una canzonetta, y luego el ruido al tirar la cadena. O bailaba vestido de mujer mientras Mateo, calzado con un par de chancletas Sorpasso, entonaba un tango sentado al borde del escenario. Buscaglia anunciaba todo aquello como “un aporte a la confusión general”. Estaban siendo muy requeridos en la radio, y muchos nuevos músicos habían abrevado en lo que hicieron en la época del Kinto. Sin embargo, “la realidad era que el dinero no existía”. Algo muy diferente a sus tiempos en España, donde llegaba a ganar 1.000 dólares por presentación: ahora la ganancia de un show se gastaba en una noche en la pizzería. En un año el choque con el Tercer Mundo se comió su sueño itinerante y su capital, y tuvo que venderlo todo:

- Sabía que las cosas acá iban a ser así, nunca pensé que fueran a ser de otra manera. Pero me movilizó ver cómo la gente hacía lo que quería. Todo el mundo me escribía que no me volviera, que acá había hambre, que no se podía hacer nada... “No me importa nada”, dije, y en realidad no era consciente de que ya estaba acostumbrado a no tener problemas para pagar la luz, el agua, el alquiler, y tenía un autito, una motito, y tomaba un avión para ir acá y allá. Y me parecía que eso era lo natural. Y si bien yo toda la vida había contado las monedas para tomar un ómnibus y pensé que perder todo eso no me iba a importar, me importó. 

En 1983 Urbano emigra por segunda vez, esta vez a Brasil y Argentina, para luego volver definitivamente a su país en el 86.

- Ahora los guachos están alucinados con Mateo y quieren imitarlo, pero sería bueno poder rescatar la cabeza de Mateo, cómo encaraba la vida. Nosotros somos más comunes –reflexiona Urbano–. Podemos perder tiempo, decir ‘quiero vivir cómodo’. Obviamente es otra cabeza, otra manera de ver la vida.

El desapego de Mateo por lo material signaba su intensa búsqueda por otros mundos, de donde volvía hecho música, en el mejor de los casos. Su extraordinario poder de concentración lo hacía olvidarse del mundo, y en el mercado supieron aprovecharse de esta característica suya, haciéndolo tocar por poco o nada para otras bandas. Pero las innovaciones que se le atribuyen a Mateo no se limitaron, parece, sólo a lo musical: 

- Experimentaba mucho. En realidad, la droga comercial que había acá era la marihuana... Bueno, ‘que había...’: empezó a haber a partir de que Mateo la trajo de Brasil. Vos podías fumar delante de un policía sin ningún problema, porque el tipo no tenía idea de lo que era. Y pastillas...

Por las épocas en que el maestro “andaba salado” había que cruzarse de vereda cuando se lo veía venir. Fue en una de esas que Urbano rechazó la oferta de formar una nueva banda con él y con el baterista Roberto Galletti. Y asegura que de eso sí se arrepiente ahora:

Hay millones de cuentitos sobre Mateo; lo bueno sería que se haga un estudio profundo y dejen de ser cuentitos.

Para Urbano, aquel carácter apacible que de pronto se volvía severo y arbitrario –“cuando te retaba, seguro era porque estabas desconcentrado”–, aquel tipo que “sentía las cosas como las siente un niño, sin mucho pensar, sin mucha cabeza”, aquella lucidez, aquella mirada perturbadora que “te hacía ver tu caretez”, merecen un detallado trabajo de acercamiento, porque son, sin duda, reveladoras de una forma de ver el mundo que no es la habitual. De esa necesidad surge ahora, como una plegaria: 

- Pasame pique, que te fuiste y yo ahora me tengo que quedar pensando en todo aquello. Pasame pique, que no me da a cabeza.

* Esta nota fue originalmente publicada en revista La otra nº 2, primavera de 2003.

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