jueves, 5 de junio de 2014

Una defensa de la creación de la Secretaría de coordinación estratégica para el pensamiento nacional y algunas respuestas a un par de canalladas

por Daniel Cholakian

1) Empezaré por lo más meneado: el nombre de la secretaría. Evitaré discutir sobre estructuras burocráticas y nombre de secretarías, subsecretarías y direcciones sobre cuyos nombres nadie nunca puso la mirada, porque sería vano. Menos aún pensar sobre el modo en que a diestra y siniestra se hicieron cargo de la agenda que impuso –casi como nunca- el diario Clarín, porque sé que muchos se irritarían diciendo que no es por eso que pusieron su agudo grito en el cielo. De modo que voy a pensar a propósito del mismo, evitando los prejuicios que, como muchos, fueron parte de mi primera reacción.


a)   El nombre interpela a tres tradiciones al mismo tiempo y todas ellas parecen a la vez que sentirse excluidas, como si se les quitara un espacio de su propio campo.

La primera o la más directa, es la tradición que se encuadra en aquello que conocemos como el pensamiento nacional popular, que desde sus distintos matices y vertientes, pudo confluir en el peronismo o el radicalismo irigoyenista con FORJA y aquella continuidad subterránea en el tiempo que tuvo en cierto sector del alfonsinismo. Esta tradición conjuga los pensamientos que implican la Nación como colectivo y unidad orgánica del pensamiento político que, más allá de sus límites territoriales y la implicancia del estado moderno, supone la existencia de un pueblo plebeyo que es el centro de esa organización. Si bien hay tensiones evidentes entre las izquierdas y las derechas de ese pensamiento, este corpus de definiciones, autores modélicos y referencias políticas ha logrado hegemonizar para si –con todo lo que importa esto en términos de poder simbólico- la idea de “pensamiento nacional”. El solo hecho de que la secretaría lleve este nombre es un gesto político que des-hegemoniza, des-apropia la noción de aquellos que la poseían. Esto es importante para poder des anquilosar algo que estaba poniéndose no solo viejo, sino esencialmente poco productivo en términos de pensamiento político que interviene en lo social.

La segunda tradición con la que discute es con la tradición liberal. En este caso no hablo solo de la tradición liberal conservadora política –que abreva en cierta parte de la tradición liberal- sino en la más interesante tradición liberal académica, que fue una de las bases de pensamientos de las universidades, y que tiene hoy actores fundamentales que claramente pretenden refundar una corriente de pensamiento estratégico. Podemos poner los nombres de Beatriz Sarlo, Juan José Sebreli, Luis Alberto Romero, o como ha sido Guillermo O’Donnell, por nombrar algunos de los más conocidos, aunque no por ello los más interesantes. Gran parte de los más interesantes pensadores de la década del ’60 surgen del pensamiento liberal. Una tradición que pulsa la tensión entre República y Nación, que recupera la idea de gobierno racional burocrático sobre la de populismo. A esta tradición la interpela en tanto la idea de pensamiento nacional es un concreto simbólico político, alejando al pensamiento del espacio de lo ideal, de la acción individual privada, para suponerlo como un constructo colectivo al mismo tiempo que lo asocia a lo nacional. De esta manera fija un punto de arranque de obliga a la tradición liberal a hacerse cargo de la trascendencia que tiene en este pensamiento en el espacio simbólico nacional o a retirarse a los antros académicos y los foros periodísticos, para defender las ideas como estandartes individuales aislados del debate político del presente.

En tercer lugar, el nombre de la secretaría interpela a los pensamientos de izquierda. Demasiadas salvedades pueden hacerse a propósito de situar un pensamiento de izquierda, tanto intelectual como institucionalmente. Lo cierto es que el pensamiento de izquierda ha forjado una tradición importante que no logró a lo largo de la historia instalar temas, discusiones, conflictos o identidades que pugnan en el centro de la política nacional. De más está decir que las dictaduras tuvieron como objetivo central la demolición de la construcción paciente del pensamiento de izquierdas. Pero también es cierto que en muchos casos, a treinta años del retorno a la democracia, gran parte de los intelectuales de izquierda han preferido mantenerse en sus espacios académicos más o menos institucionales, con mayor o menor asistencia del estado y no intervenir desde ese lugar en los debates públicos y menos aún promoverlos. En muchos casos desconociendo la famosa tesis XI de Marx en su crítica a Feuerbach. En el nombre de la secretaría se propone, desafía diría yo, a que la izquierda se haga cargo de la importancia que ese pensamiento tiene especialmente en los campos académicos, y salga a la luz de la confrontación con espacios comunes de orígenes diversos, para ser parte de esa construcción que es el pensamiento nacional moderno. No es deseable que sigan saliendo universitarios formados en las mejores escuelas del pensamiento de izquierdas mientras en las discusiones públicas sobre lo nacional y lo latinoamericano no aparezca esta tradición dando el debate. Gran parte del pensamiento de izquierda se ha dejado desplazar de este constructo por aquellos que han hegemonizado la idea de “pensamiento nacional”. El nombre de esta secretaría conmueve a estas tradiciones de izquierda porque lo obliga a ponerse el sayo.

b)   El nombre supone, como ya lo escribí, que el pensamiento nacional es una construcción y que reponer esta idea, dinamizarla y abrir los debates es también tarea del Ministerio de Cultura de la Nación. Suponer ya en el siglo XXI que el pensamiento nacional - entiendo por tal un pensamiento que asume la nación como un colectivo de identidades, movimientos y tensiones que se expresan en el territorio nacional, pero también en el amplio espacio de la América Latina- se constituye en un espacio público incontaminado al que las ideas llegan en igualdad de condiciones no puede ser considerado inocente. La tradición liberal propone una suerte de mercado de las ideas. Mercado al que todas las ideas confluyen libremente en igualdad de condiciones. El problema es que esta noción liberal desconoce que el modo de producción y circulación de los discursos está fuertemente ligado a la producción material y, por lo tanto, la supuesta libertad e igualdad de participación en un espacio simbólico de circulación nacional para las ideas, en tanto potencia productiva, es una ilusión. Editoriales, productoras de contenidos audiovisuales, medios de comunicación masivos son negocios y como tales funcionan. Con sus lógicas empresariales y sus ideologías. Sus conveniencias y sus alianzas, algunas tácticas y otras estratégicas. Por lo tanto la idea de una secretaría que promueva un espacio de debate de acceso más igualitario, federal, y que incluya no solo las tradiciones hegemónicas sino algunas que las modernizan y otras que francamente la cuestionan, es una iniciativa que propone una mayor apertura al debate. Esta mirada revierte la idea de una secretaría que imponga un modelo de pensamiento nacional que debe ser instalado como unívoco. Esa es la lectura que imagina que habría un secretario totalitario que dicta los contenidos de los libros que leerán los niñitos de la primaria. En mi caso, interpreto a esta secretaría como un espacio de promoción del debate, como la creación de una acción concreta del estado para facilitar la circulación de ideas que no logran encontrar su lugar de expresión en ese espacio simbólico del debate, en el cual se interviene con el pensamiento como una herramienta de transformación.

c)   Para ponerlo en términos del propio Ricardo Forster, el nombre es una anomalía. El nombre despertó críticas y gracias de diversa índole. Imposible no sentir al escucharlo reminiscencias de muchos tipos. En esa compleja suerte de apelaciones inmediatas, se abre (o se debería abrir) una suerte de debate productivo. Porque si bien puede remitir a un pensamiento nacional omnímodo, hegemónico, impositivo, también es cierto que propone la autoconciencia sobre la posibilidad de un pensamiento nacional, como un espacio en permanente producción de tensiones y no un discurso sobre el deber ser nacional. Es proponer, hacer evidente, declamar, la voluntad política de pensar lo nacional y latinoamericano asumiendo el momento histórico. Porque el pensamiento tiene productividad a lo largo del tiempo si es capaz de construir una conciencia del momento histórico y de implicarse en el debate de su hora. De allí que la tradición en la que abreve (y aquí simplificamos tres, pero podría complejizarse) no debe ser lo importante. Pues con esas confluencias y conflictos es que funciona esta dinámica productiva. El nombre en este caso es una anomalía en tanto viene a proponer  des anquilosar la noción de pensamiento nacional y que el debate de las ideas, con conciencia de su naturaleza histórica, sirva para pensar políticas y modelos de estado y resolución de conflictos. Entiendo que el efecto hubiera sido completamente diferente si la secretaría se hubiera llamado “Secretaría para la promoción del conocimiento diverso” o “Secretaría de promoción cultural”. La pregunta es: ¿qué política implica ponerle un nombre u otro?

2)   La historia de la Secretaría de Cultura de la Nación (ahora ministerio), no tanto en su estructura funcional, sino en relación al imaginario colectivo, remite centralmente a la producción artística, a su promoción a lo largo del país. Lo fundacional de la idea de cultura está en aquella vieja idea de la cultura elevada, institucional. Cuando la modernización llegó, la política cultural se hizo recital gratuito y masivo. Pero en ningún momento se quebró esta relación monolítica entre cultura y producción artística. En la creación de esta secretaría hay un sentido político que propone caminos nuevos en las funciones del ministerio. Es una decisión política. De política cultural. El ministerio de cultura es también el espacio propicio para la promoción del pensamiento. Ya no se trata de promover la industria del libro o del cine o de la música, las escénicas o las visuales. Todas ellas, según nuestra concepción, son formas del pensamiento. Se trata de promover el pensamiento como una práctica de cultura. Un pensamiento que no solo se desarrolla en los espacios institucionales estancos, sino que adquiere formas diversas. El pensamiento académico, formalizado en textos, pero también el pensamiento que surge de las expresiones estéticas, el pensamiento que se produce en colectivos sociales o en los infinitos grupos con identidades concretas que producen discursos de diversos órdenes. El pensamiento poético. Dar espacio y cauce a esas formas de pensamiento, ponerlas en conflicto, contraponerlas, darle al pensamiento estético el mismo estatus que el texto escrito formalizado, son tareas que desde el ministerio de cultura pueden llevarse adelante. No se trata de ordenar los textos, clasificarlos y archivarlos. Se trata de permitir una relación dialéctica entre la idea de la cultura como ministerio y la idea de la cultura como producción de múltiples orígenes y sentidos. Es en esa relación que debe funcionar esta máquina imperfecta de voces que suenan, resuenan y producen nuevos sonidos. Algunos de los que critican esta nueva secretaría seguramente prefieren un ministerio que se limite a otorgar subsidios a la producción de las artes, realizar recitales públicos masivos y gratuitos y cumplir con enviar las delegaciones nacionales a las bienales, muestras o festivales que suelen ocurrir en el mundo. Esa es la tradición que organizó la cultura en nuestro país desde la lógica de las elites. Nunca se le asignó a la cultura la función de promover el pensamiento. Al menos de forma autoconsciente. En alguna medida, la creación de esta secretaría pone en conflicto el centro de las políticas públicas en materia de cultura.

3)   La designación de Ricardo Forster parece apropiada en este sentido. Es un hombre formado en una de las tantas tradiciones de izquierda, proveniente de la academia, pero comprometido con la militancia política e identificado con el kirchnerismo en tanto ruptura de las lógicas políticas que lo anteceden y conforman. No fue formado en la tradición nacional popular y su pensamiento seguramente tiene con esta corriente, al igual que con el liberalismo, algunos importantes  puntos de coincidencia y de disidencia. Su designación rompe con la hegemonía o la apropiación espuria de la noción de “pensamiento nacional” que en muchos casos parece más una caricatura o un conjunto de aforismos reiterados como mantra, más que como ideas. Aquel viejo “pensamiento nacional” está muy lejos de ser un pensamiento en movimiento y políticamente productivo. En este sentido es también un golpe a cierto espacio político propio, a ciertas raíces invocadas por el peronismo dentro y fuera del kirchnerismo. La designación de Forster, aun cuando no garantiza nada, abre una puerta para que el pensamiento nacional no solo sea un modo histórico y vivo de pensar desde las tradiciones que nos recorrieron por dos siglos, sino también las otras que impactan en el pensamiento del presente. Desconocer la importancia de Foucault, Derrida, Lacan, Agamben, Bordieu, o las concepciones del buen vivir, la productividad social del pensamiento feminista, sería un tontería. Pero junto con ello debemos recuperar el pensamiento sobre la naturaleza, tanto de los pueblos originarios, como de movimientos sociales de la región y del ecologismo. Convocar a la discusión sobre la estrategia de desarrollo de los próximos cincuenta años requiere de todas estas tendencias, pero también de las nuevas ideas a propósito de tecnologías sustentables y reparadoras, cómo hacer colectivas identidades de grupos para compartirlas e integrarlas socialmente. Es por ello que Ricardo Forster tiene el perfil adecuado para articular la dialéctica de los debates de un modo capaz de producir sentidos políticos concretos. Lejos está de la vulgata del comisario político que con tanta sencillez se desparrama por ahí.

4)   Una de los cuestionamientos que trae la creación de esta secretaría es a la noción de que existen espacios pertinentes (y discursos pertinentes) donde el pensamiento se construye y encuentra su lugar. Las universidades serían uno de ellos y allí, para el estado, el pensamiento tendría su propia institucionalidad. Como en el arte, la academia se reserva para si la propiedad / potestad del pensamiento y el saber. Los saberes son muchos, adquieren diversas formas y se producen de modo colectivo en lugares y con metodologías diferentes. La universidad es uno de ellos, pero no son menos apropiados los saberes que desarrollan los movimientos sociales. Un ejemplo concreto son las ideas a propósito de la propiedad y el trabajo que han desarrollado los miembros de las cooperativas de empresas recuperadas. He allí, para poner un ejemplo concreto –como lo es la identidad de género o el matrimonio igualitario- prácticas concretas que producen un conocimiento que se integra a un pensamiento nacional con productividad política concreta. De ahí que la nueva secretaría sería una instancia clave para poner en diálogo todos estos espacios y todas sus formas de pensamiento.

5)   El 25 de mayo en su discurso, Cristina Fernandez rescató un artículo que ese mismo día había escrito el periodista Hernán Brienza en el diario Tiempo Argentino. “¿Es necesario traicionar a Arturo Jauretche?” es el título del mismo. En aquel, Brienza postulaba que luego de tantos años –ese día se cumplían 40 de su fallecimiento- no había un pensador nacional que lo reemplace y tampoco un corpus de pensamiento nacional que haya refundado la tradición nacional popular. La creación de esta secretaría por parte de la presidenta utiliza de algún modo esta idea como apoyo de palanca para lanzar una mucho más atrevida. No se trata ya de refundar el pensamiento nacional desde la tradición que hegemoniza tal denominación. Se trata de proponer la construcción desde otro lugar, desde otras prácticas, con otros actores, de un pensamiento que nos implique y nos incluya. Ya no nos paramos solo en Jauretche, Hernandez Arregui o Scalabrini Ortiz. Ya no nos quedamos en el ’45. Se trata de convocar desde el estado a pensar un país, desde las ideas pero también desde la creatividad y el pensamiento estético / artístico.

6)   La creación de la secretaría tiene también un sentido político más mundano y evidente. Nadie puede desconocer que Ricardo Forster fue uno de los voceros de la primera mención directa desde el kirchnerismo de la disyuntiva en torno a la sucesión presidencial. Sus palabras fueron claras: “Daniel Scioli no me representa”. Que la presidenta Cristina Fernández a 10 días de conocido tal pronunciamiento sea firmante del decreto que lo nombra secretario de estado, cobra una dimensión importante. No se debe inferir que la presidenta hace suyas las palabras de Forster, sería eso una tontería. Pero no puede minimizarse la puerta que ella abre para que el debate se legitime en el interior del kirchnerismo. Aquello que hace 10 días se decía por lo bajo y que en la propia reunión de Carta Abierta se debatió en un tono muy fuerte, es ahora habilitado como debate en el sector por la propia presidenta. Eso es un paso importante, porque no cancela la discusión como conducción imperativa sino que, como conducción política de fuerzas contrastadas, abre el juego al debate político que su espacio se merece. El nombramiento de Forster es también un mensaje al kirchnerismo. “Acá nada está definido”, parece decir Cristina Fernández con esta designación. Esto, para quienes apoyamos pero no firmamos a ciegas, es una buena señal.

Respuestas a algunas canalladas

a.   El diario Clarín –y muchos medios y usuarios de redes sociales a partir de él- tuvo el gesto sutil pero significativo de cambiar la preposición “para” por “de”. Así la secretaría dejó de ser “para el pensamiento nacional” a ser “del pensamiento nacional”. Simple pero efectivo. Lo que debería ser “deudor de” pasa a ser “dueño de”. Los gestos sutiles de los sujetos canallas producen mucho más sentido de lo que creemos. Este es uno de ellos.

b.   Los medios también asumieron que la designación de Ricardo Forster en la secretaría de marras es un “premio”. Esto supone una designación en un cargo como respuesta a un favor o a una tarea realizada por el nombrado en beneficio de la presidenta de la Nación. De este modo este nombramiento, como cualquier otro en cualquier jurisdicción, en cualquier momento de la historia y bajo cualquier partido gobernante, pierde toda legitimidad política. En este caso se niega la decisión política –más allá de gustos y deseos personales- que tiene toda designación de un nuevo funcionario en cualquier gobierno democrático. Lo que subyace detrás de esta canallada es la molestia que les produce a muchos la emergencia de Ricardo Forster ya no como intelectual aséptico, sino como militante político.


c.   Se escucharon por radio y se leyeron en gráfica especulaciones a propósito del monto del salario que cobrará Forster. Es la máxima de las canalladas, porque repite el sonsonete de que todo aquel que asume la función pública lo hace para enriquecerse. Es canalla suponer que toda persona es tan mezquina y corrupta como para asumir un cargo para “salvarse”, para llevarse ese dinero público en su propio provecho. Es ruin seguir creyendo que todo aquel que interviene en política lo hace solo para engrosar la billetera. Además, es peligroso. ¿O será que estos escribas y los recitadores de sus textos proyectan en otros los propios deseos que el inconsciente reprime? 

jueves, 29 de mayo de 2014

Piano, piano

por Lidia Ferrari

Algunas enseñanzas trae vivir lejos de la propia patria, anidar en suelos extraños y, piano, piano ir entrando en una forma de vida diferente de la conocida. Vivir “afuera” después de casi toda la vida vivir “adentro” hizo que mi mirada tomara, a veces, pocas, esa distancia que dicen, te permite ver mejor ciertas cosas, pues el árbol ahora está lejos y el bosque se ve más claro.

Aunque no creo que sea la distancia la que te hace ver diferente, sino vivir dentro de otra lógica de lo cotidiano, dentro de otros parámetros, esos a los que una se resiste a entrar, a admitir, a vivir con ellos. Pero es más fuerte que nuestra lealtad a la patria, se te mete la forma de vida de todos, precisamente porque te están rodeando. Te resistís un tiempo, pero tarde o temprano la vida ajena se te mete dentro, piano, piano.

Imposible evitar que el clima te cale de frío en los huesos, cuando estás habituado a vivir en un clima tibio y apacible. Imposible evitar que poco a poco dejes de tomar mate, cuando el mate para vos era una cosa social, algo que tomabas con los demás, y aquí, sin piedad, estás sola para tomar mate. No hay más remedio: abrigarte para salir al frío, y encerrarte en los largos inviernos, pues a las 4 de la tarde ya es de noche. Empezás a entender que sea tan importante el refugio y la calefacción. Empezás a entender las calles desiertas, aunque no a quererlas. Las ciudades parecen fantasmas, cuando uno sabe que hay muchos y están adentro. Porque hablo de ciudades de cierta dimensión, que a ciertas horas, largas horas, y no sólo las nocturnas, parecen ciudades deshabitadas. Hay otras, pequeñas, que sí son ciudades fantasmas, donde viven algunos pocos viejos, ya sea porque los jóvenes se han ido a las grandes ciudades, ya sea por la escasa tasa de natalidad.

Entonces, piano, piano, llegás a saber cuánto debés abrigarte para salir y, piano, piano, se te hace carne que no querés salir con ese frío. Piano, piano, preferís quedarte en casa en esos largos inviernos y, piano, piano, se te va adormeciendo las ganas de salir, de retozar, de vivir afuera con ímpetu porteño. Y cuando te vas quedando un poco más adentro, también te vas sosegando, algo así como si se te durmieran algunos nervios ansiosos de vida febril y agitada.

Con el mate pasa lo mismo. Buscas compañeros para tomar mate, tratás de convertir a la religión del mate a tu compañero, te resignás a tomar sola el mate cotidiano, pero, piano, piano los compañeros para tomar mate van raleando, no porque desistan sino porque no existen; te das cuenta de que tus dotes de predicadora no son tales, y sabés, en lo más hondo de tu corazón, que no querés tomar mate a solas. Sabés que el mate es compañía, es charla, es encuentro. Por lo tanto, piano, piano, vas dejando el mate para esas ocasiones donde encontrás la justa compañía. Pero esas ocasiones son pocas. Y allí haces el descubrimiento. Cuando empezaste a tomar el mate muy de vez en cuando sucedió que, la primera vez, no dormiste en toda la noche. Supusiste que fue la charla febril con tu compañera de mateada, una charla apasionada y fuerte, como son las conversaciones argentinas, que te dejó tan estimulada como para revivir la vida insomne porteña. Cuando a la segunda y la tercera vez te pasa lo mismo, te das cuenta de otra cosa. Te das cuenta de que el mate te excita, te altera, te despierta, pero no sólo del sueño, sino que te altera el ritmo cardíaco, te deja en un estado de agitación. Ahí te das cuenta que el mate es un excitante, que tiene efectos sobre el sistema nervioso además de sobre la conversación, y que cuando el cuerpo se desacostumbra hace escuchar sus efectos. No sólo estimula la conversación, sino que excita los nervios. Ahí te das cuenta de que ya no estás en tus pagos y, aunque te resistas, no hay nada que hacer, lo que te pasa con el mate es el signo de que la vida agitada, palpitante que siempre amaste, se ha ido, piano, piano, convirtiendo en una vida apacible, tranquila. No es que te disguste, pero está claro que el mate no te cae bien en esta nueva vida.

Entonces entre el mate que tuviste que dejar, y el frío que te seda en los inviernos, tu argentinidad, es decir tu vida porteña vertiginosa, sólo florece en la lectura, en la escritura, en la ansiedad de saber lo que pasa allá. Porque de ninguna manera tus genes han devenido en papas fritas o tus ganas se han adormecido, ellas se ocupan de aquello que puede encender tu pensamiento y tu conversación, más allá del mate y del frío europeo.


Y he aquí que has llegado a una conclusión luego de haberte hecho la siguiente pregunta:

¿Cómo es posible que en estos poco más de diez años de crecimiento económico en la Argentina, de recuperación de una democracia desgajada, en estos tiempos que tanta gente que antes no salía de vacaciones ahora viaja a Europa, bastante gente que conozco que se ha comprado casa gracias al crédito, gracias a obtener mejor salario, cómo es posible que haya tanta inquietud en Argentina? La pregunta se extiende a esas personas que por primera vez tienen un auto, o aquellos que lo cambiaron a un 0 KM, aquellas personas que ahora pueden pasear y divertirse, los docentes que ganan mejor que antes o la cantidad de gente que ha accedido a una jubilación. Me pregunto cómo puede haber tanto malestar, cuando la gente llena los restaurantes, los teatros, los cines. ¿Cómo puede ser que se enojen tanto cuando basta ver la cantidad de espectáculos de artistas internacionales que visitan Argentina, porque tienen un público que ya no tienen en Europa? Los números dicen que bajó la tasa de desocupación. El 2001 quedó atrás en muy poco tiempo. Si bien no todo se ha solucionado (¿eso existe?), la gente en general está mejor. Los ricos también parece que han ganado con este acceso de tanta gente al consumo. Del 2001, lugar del abismo y de la angustia, parece que se ha pasado a un escenario de progreso, mejoramiento de la calidad de vida, acceso a la educación y la salud mejoradas, es decir, esos índices que para los organismos internacionales son irrefutables pruebas de mejores condiciones de vida.

La pregunta me taladra el cerebro varias veces por día. Parece que muchos también se hacen esas preguntas. Una de las respuestas compartida ha sido la de la insistencia mediática por hacer sentir a la gente mal, que la hace olvidar de su propia situación real. Sin duda, los medios de comunicación en todo el mundo están haciendo perder la tranquilidad a la gente. Me consta que eso sucede, al menos en otros países. Parece, eso dicen, que cuando los gobiernos de ciertos países no les gustan a ciertos grupos concentrados de la riqueza, parece, que se lanzan a preocupar y agitar a los pueblos. Eso dicen, y me parece una respuesta plausible.

Pero, en estos días, piano, piano, cuando me he convencido de este cambio que piano, piano, se hizo claro en mi vida, debido a los efectos del clima y a mi falta de mate, he llegado a la conclusión de que los argentinos no podemos estar tranquilos por dos razones, que ahora descubro estructurales. El clima en el que vivimos nos inclina a estar siempre afuera, a tener una vida social intensa, a poner las emociones a flor de piel, a encontrarnos con los otros, y acostumbrarnos a expresarnos, ya sea lo bueno, ya sea lo malo. De alguna manera estamos habituados a estar inquietos. No existe un tórrido invierno que nos haga replegarnos a una vida serena en el interior de nuestras casas, no existe el clima que te obliga a quedarte tranquilo. Porque aquí, en Europa, hay una alternancia de ánimos y una fijación al clima notorios, pues la gente se desespera por salir apenas aparece el sol y se entibia el aire, y se repliega cuando llega el invierno. Salir y andar; replegarse y dormir, en una alternancia infinita. Como los osos, que se sostienen en una vida donde la tranquilidad aparece inexorablemente. No se han encontrado osos que se nieguen al invierno y se planteen mudarse a los trópicos para corretear por el bosque. Los tipos se agitan en los veranos y duermen en los inviernos. Los argentinos no conocemos esa alternancia. La de agitarnos cuando las cosas van mal y quedarnos tranquilos cuando tenemos el pan asegurado.

No hemos aprendido a adecuarnos a los tiempos, y a quedarnos tranquilos cuando tenemos un gobierno que se ocupa de las cosas, a quedarnos tranquilos cuando ahora tenemos un sueldo que nos asegura llegar a fin de mes, aunque no sea el gobierno que más nos guste.

Pero esta razón, de estar tan alejados de los osos, se junta con la del mate. No es casual que nuestra adicción social sea el mate. Al descubrir estos efectos de la yerba en mí, pienso que los argentinos somos ansiosos, protestones, rebeldes, muchas veces con causa, pero tantas sin causa o por las dudas, excitados noctámbulos y buscadores de problemas, también por causa del mate. El mate nos ha llevado a sentir que podemos ir más allá de nuestros límites. Somos osos rebeldes al invierno, que protestan a la naturaleza, en lugar de aprovisionarnos en el verano para prepararnos a un buen descanso en invierno. ¿Por qué no aprender de los osos, aunque no nos lo exija nuestro clima, por qué no aplicarnos a regular nuestro metabolismo? Quiero decir, cuando nos toca la primavera, aprender a disfrutarla.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Nietzsche, un testigo de la verdad

por Oscar Cuervo

En sus últimos años lúcidos (antes de enloquecer en 1889) Nietzsche se manifestaba obsesionado por escribir el libro que llamaba "su Obra Capital", en el que legaría a la posteridad la versión consumada de su pensamiento. Para ese libro escribió miles de páginas en borrador, proyectó organizarlo de varias maneras distintas, y barajó tres títulos posibles: La voluntad de poder, Ensayo de una Transvaloración de todos lo valores, y El eterno retorno.  La decisión de qué título adoptar y de qué estructura dotar al libro tenían que ver con el “cierre” que pudiera lograr para su pensamiento. De lo que se trataba era de dar por terminados tantos siglos en los que el hombre vivió bajo el peso de sus propias invenciones, para asumir definitivamente que las grandes ideas que hasta ahora nos guiaron (Dios, la verdad, la justicia...) dependen de nosotros y no nosotros de ellas. En ese sentido puede entenderse el pensamiento nietzscheano como un humanismo extremo: "Siempre que se habla de "humanizar" el mundo, equivale a adueñarse más del mundo." [i]

El superhombre nietzscheano, que muchas veces se ha querido identificar con la política nacionalsocialista, sería sin embargo la versión extrema del humanismo, en la que el hombre por fin, aboliendo la verdad, se hace dueño del todo. O en todo caso: Hitler tiene tanto derecho a reclamar para sí el rango nietzscheano como Foucault o el científico que descubrió el mapa genético del hombre. Ya no se trata de la verdad, sino del poder.



Corre el año 1888. Nietzsche viaja a Turín. A medida que pasan los meses, en vez de sentirse cerca de darle forma a su Obra Capital, empieza a sentirse cada vez más inquieto: elige uno de los tres títulos y una determinada estructura, pero a las pocas semanas cambia de idea. Si muchas veces en sus libros Nietzsche se ha jactado de una serena jovialidad conquistada por haber dejado atrás el espíritu de pesadez, si por esa jovialidad toda la existencia se aparece como un juego, en aquellos días de creciente inquietud ya no parece capaz de jugar este "juego". Más bien está desesperado:

Mi vida cayó en un cierto desorden en las últimas semanas. Varias veces me levanté a las dos de la mañana, «impulsado por el espíritu» y transcribí lo que acababa de pasarme por la cabeza. Entonces escuchaba cómo el dueño de casa, el señor Durisch, abría con cuidado la puerta, deslizándose a cazar gamuzas. ¿Quién sabe? Quizá esté yo también a la caza de gamuzas...”[ii]

Anuncia la inminente salida de su Obra Capital y después cambia de parecer. Decide dividir el libro en varias partes, que se propone publicar como “anticipos” de la gran obra. Así envía a la imprenta El Anticristo y El ocaso de los ídolos, Varias veces se arrepiente, manda a parar la impresión y cambia pliegos enteros de estos libros. En lugar de la Obra Capital, sigue publicando "opúsculos": aparece Nietzsche contra Wagner (en gran parte un compilado de cosas escritas anteriormente sobre quien había sido su gran amigo y después se volvió su odiado enemigo). A fines de octubre decide que antes de llevar a cabo “el solitario e inquietante acto de la transvaloración de todos los valores” tiene que presentarse ante la humanidad y para eso escribe otro “opúsculo” anticipatorio: Ecce homo.

“Previendo que muy pronto tendré que presentarme a la humanidad exigiendo de ella las cosas más difíciles que jamás han sido exigidas, considero indispensable decir lo que yo soy”.[iii]

¿De dónde sale el título del libro con el que Nietzsche quiere presentarse ante la humanidad? 

Del Evangelio de Juan:

Entonces Pilatos entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilatos respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús:

«Mi Reino no es de este mundo.

Si mi Reino fuese de este mundo,

mi gente habría combatido

para que no fuese entregado a los judíos:

pero mi Reino no es de aquí.»

Entonces Pilatos le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús:

«Sí, como dices, soy Rey.

Yo para esto he nacido

y para esto he venido al mundo:

para dar testimonio de la verdad.

Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»

Le dice Pilatos: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los Judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ese no, a Barrabás!». Barrabás era un salteador. Pilatos entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas.

Volvió a salir Pilatos y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilatos: «Aquí tenéis al hombre» (en latín: Ecce homo)”[iv]




En diciembre del 88 Nietzsche empieza a mandar cartas a sus amigos y familiares en las que dice haber llegado a una calma indescriptible y gloriosa. Le dice a su madre que la gente lo trata como un príncipe. Días después le escribe a su amigo Franz Overbeck que se propone organizar una liga de naciones contra Alemania y derrocar al rey. Quiere poner fin a tantos siglos de locura criminal.

El 3 de enero de 1889 le vuelve a escribir a Meta von Salis: "El mundo está transfigurado, dado que Dios está en la tierra. ¿No ves que todos los cielos se alegran? Acabo de tomar posesión de mi reino, arrojo al Papa en la cárcel y hago fusilar a Bismark..."

Y al otro día a su amigo danés, Georg Brandes: "Después de haberme descubierto, no es gran cosa el encontrarme, ahora lo difícil será perderme" y firma: El Crucificado.

Los amigos se alarman, viajan a Turín, donde lo encuentran en una habitación totalmente desordenada, desnudo, cantando y bailando desaforado y diciendo cosas incomprensibles. Lo llevan al manicomio.

Obviamente no llegó a escribir nunca su obra capital. Ya demente, su hermana se hace cargo de todos sus borradores (una herencia filosófica fabulosa), esos a los que Nietzsche no se había decidido publicar, los ordena de acuerdo con su criterio y lo terminará publicando con el título La voluntad de poder. Por supuesto que en este libro no están todos los papeles póstumos (que son decenas de miles) sino un recorte hecho por la hermana.



Nietzsche no llegó a publicar el libro porque no pudo darle una forma definitiva a su pensamiento. Hizo todo lo que pudo para darle un "cierre" a su visión del mundo, pero no pudo, por las dificultades intrínsecas del tema que quería resolver. Nietzsche se daba cuenta de esas dificultades y por eso su terrible inquietud. Creo que la clave de su desesperación se halla en su pretensión de haber resuelto el problema de la verdad. Esa "solución" se expresa simplemente así: La verdad es el error que resulta útil para la vida. Máxima que inspira y guía a todos los que en el siglo XX quieren "licuar" el problema de la verdad, mediante un pensiero débole, postmoderno, historicista, etc.

También a Nietzsche lo obsesiona el cristianismo. En un fragmento póstumo dice:

“Ya no somos más cristianos: nos hemos salido del cristianismo no porque no hayamos habitado demasiado cerca suyo, más aún, porque hemos salido de él; es nuestra propia piedad más estricta y exigente lo que hoy nos prohibe seguir siendo cristianos[v]

Creo que hay que tener muy en cuenta estos párrafos, más secretos que sus jactanciosas y altisonantes declaraciones de guerra al cristianismo y al platonismo. Porque quizá lo que dice en la carta que firma como El Crucificado, no sea una mera locura, sino el retorno definitivo de lo que él quiso por todos los medios desalojar. Los licuadores de la verdad, tan entusiastas seguidores de Nietzsche, deberían tener en cuenta lo que él termina diciendo en Ecce homo:

“Quizá soy un muñeco... Y a pesar de esto (o no a pesar de esto, porque hasta ahora no ha habido nada más mentiroso que un santo) soy todo lo contrario de un santo, a pesar de eso, la verdad habla por mi boca. Pero mi verdad es espantosa, porque hasta el presente todo lo que ha sido llamado verdad es la mentira.”[vi]



No hay verdad, todo es interpretación.

Nietzsche tuvo la enorme grandeza de desmoronarse en el intento de sostener esta idea: cuando se piensa en él, no hay que olvidar que su Ecce homo, tanto como las llamadas "cartas de la locura", también forman parte de su filosofía. Hoy, para nosotros, los herederos de Nietzsche, ya nuestra perspectiva no es tanto la de estallar, sino más bien la de desvanecernos. Joseph Conrad dice que quizá lo último que se escuche en el mundo no será una explosión, sino un gemido.





[i] Voluntad de poder, Libro 3º, párr. 605
[ii] Carta a Meta von Salis, septiembre de 1888.
[iii] Ecce homo, Prefacio, 1.
[iv] Evangelio de San Juan, 18-33, 19-5.
[v] Fragmento póstumo, XIII, 318.
[vi] Ecce homo, “Por qué soy una fatalidad”, 1.

martes, 15 de abril de 2014

La luna roja

Foto: Mary Kobrak
Nada lo anunciaba por la tarde.

Las actividades comerciales se desenvolvieron normalmente en la ciudad. Olas humanas hormigueaban en los pórticos encristalados de los vastos establecimientos comerciales, o se detenían frente a las vidrieras que ocupaban todo el largo de las calles oscuras, salpicadas de olores a telas engomadas, flores o vituallas.

Los cajeros, tras de sus garitas encristaladas, y los jefes de personal rígidos en los vértices alfombrados de los salones de venta, vigilaban con ojo cauteloso la conducta de sus inferiores.

Se firmaron contratos y se cancelaron empréstitos.

En distintos parajes de la ciudad, a horas diferentes, numerosas parejas de jóvenes y muchachas se juraron amor eterno, olvidando que sus cuerpos eran perecederos; algunos vehículos inutilizaron a descuidados paseantes, y el cielo, más allá de las altas cruces metálicas pintadas de verde, que soportaban los cables de alta tensión, se teñía de un gris ceniciento, como siempre ocurre cuando el aire está cargado de vapores acuosos.

Nada lo anunciaba.

Por la noche fueron iluminados los rascacielos.

La majestuosidad de sus fachadas fosforescentes, recortadas a tres dimensiones sobre el fondo de tinieblas, intimidó a los hombres sencillos. Muchos se formaban una idea desmesurada respecto a los posibles tesoros blindados por muros de acero y cemento. Fornidos vigilantes, de acuerdo a la consigna recibida, al pasar frente a estos edificios, observaban cuidadosamente los zócalos de puertas y ventanas, no hubiera allí abandonada una máquina infernal. En otros puntos se divisaban las siluetas sombrías de la policía montada, teniendo del cabestro a sus caballos y armados de carabinas enfundadas y pistolas para disparar gases lacrimógenos.

Los hombres timoratos pensaban: “¡Qué bien estamos defendidos!”, y miraban con agradecimiento las enfundadas armas mortíferas; en cambio, los turistas que paseaban hacían detener a sus choferes, y con la punta de sus bastones señalaban a sus acompañantes los luminosos nombres de remotas empresas. Estos centelleaban en interminables fachadas escalonadas y algunos se regocijaban y enorgullecían al pensar en el poderío de la patria lejana, cuya expansión económica representaban dichas filiales, cuyo nombre era menester deletrear en la proximidad de las nubes. Tan altos estaban.

Desde las terrazas elevadas, al punto que desde allí parecía que se podían tocar las estrellas con la mano, el viento desprendía franjas de músicas, “blues” oblicuamente recortados por la dirección de la racha de aire. Focos de porcelana iluminaban jardines aéreos. Confundidos entre el follaje de costosas vegetaciones, controlados por la respetuosa y vigilante mirada de los camareros, danzaban los desocupados elegantes de la ciudad, hombres y mujeres jóvenes, elásticos por la práctica de los deportes e indiferentes por el conocimiento de los placeres. Algunos parecían carniceros enfundados en un “smoking”, sonreían insolentemente, y todos, cuando hablaban de los de abajo, parecían burlarse de algo que con un golpe de sus puños podían destruir.

Los ancianos, arrellanados en sillones de paja japonesa, miraban el azulado humo de sus vegueros o deslizaban entre los labios un esguince astuto, al tiempo que sus miradas duras y autoritarias reflejaban una implacable seguridad y solidaridad. Aun entre el rumor de la fiesta no se podía menos de imaginárseles presidiendo la mesa redonda de un directorio, para otorgar un empréstito leonino a un estado de cafres y mulatillos, bajo cuyos árboles correrían linfas de petróleo.

Desde alturas inferiores, en calles más turbias y profundas que canales, circulaban los techos de automóviles y tranvías, y en los parajes excesivamente iluminados, una microscópica multitud husmeaba el placer barato, entrando y saliendo por los portalones de los “dancings” económicos, que como la boca de altos hornos vomitaban atmósferas incandescentes.

Hacia arriba, en oblicuas direcciones, la estructura de los rascacielos despegaba sobre cielos verdosos o amarillentos, relieves de cubos, sobrepuestos de mayor a menor. Estas pirámides de cemento desaparecían al apagarse el resplandor de invisibles letreros luminosos; luego aparecían nuevamente como “super dreadnoughts”, poniendo una perpendicular y tumultuosa amenaza de combate marítimo al encenderse lívidamente entre las tinieblas. Fue entonces cuando ocurrió el suceso extraño.

El primer violín de la orquesta Jardín Aéreo Imperius iba a colocar en su atril la partitura del “Danubio Azul”, cuando un camarero le alcanzó un sobre. El músico, rápidamente, lo rasgó y leyó la esquela; entonces, mirando por sobre los lentes a sus camaradas, depositó el instrumento sobre el piano, le alcanzó la carta al clarinetista, y como si tuviera mucha prisa descendió por la escalerilla que permitía subir al paramento, buscó con la mirada la salida del jardín y desapareció por la escalera de servicio, después de tratar de poner inútilmente en marcha el ascensor.

Las manos de varios bailarines y sus acompañantes se paralizaron en los vasos que llevaban a los labios para beber, al observar la insólita e irrespetuosa conducta de este hombre. Mas, antes de que los concurrentes se sobrepusieran de su sorpresa, el ejemplo fue seguido por sus compañeros, pues se les vio uno a uno abandonar el palco, muy serios y ligeramente pálidos.

Es necesario observar que a pesar de la prisa con que ejecutaban estos actos, los actuantes revelaron cierta meticulosidad. El que más se destacó fue el violoncelista que encerró su instrumento en la caja.  Producían la impresión de querer significar que declinaban una responsabilidad y se “lavaban las manos”. Tal dijo después un testigo. Y si hubieran sido ellos solos.

Los siguieron los camareros. El público, mudo de asombro, sin atreverse a pronunciar palabra (los camareros de estos parajes eran sumamente robustos) les vio quitarse los fracs de servicio y arrojarlos despectivamente sobre las mesas. El capataz de servicio dudaba, mas al observar que el cajero, sin cuidarse de cerrar la caja, abandonaba su alto asiento, sumamente inquieto se incorporó a los fugitivos.

Algunos quisieron utilizar el ascensor. No funcionaba.

Súbitamente se apagaron los focos. En las tinieblas, junto a las mesas de mármol, los hombres y mujeres que hasta hacía unos instantes se debatían entre las argucias de sus pensamientos y el deleite de sus sentidos, comprendieron que no debían esperar. Ocurría algo que rebalsaba la capacidad expresiva de las palabras, y entonces, con cierto orden medroso, tratando de aminorar la confusión de la fuga, comenzaron a descender silenciosamente por las escaleras de mármol.

El edificio de cemento se llenó de zumbidos. No de voces humanas, que nadie se atrevía a hablar, sino de roces, tableteos, suspiros. De vez en cuando, alguien encendía un fósforo, y por el caracol de las escaleras, en distintas alturas del muro, se movían las siluetas de espaldas encorvadas y enormes cabezas caídas, mientras que en los ángulos de pared las sombras se descomponían en saltantes triángulos irregulares.

No se registró ningún accidente.

A veces, un anciano fatigado o una bailarina amedrentada se dejaba caer en el borde de un escalón, y permanecía allí sentada, con la cabeza abandonada entre las manos, sin que nadie la pisoteara. La multitud, como si adivinara su presencia encogida en la pestaña de mármol, describía una curva junto a la sombra inmóvil.

El vigilante del edificio, durante dos segundos, encendió su linterna eléctrica, y la rueda de luz blanca permitió ver que hombres y mujeres, tomados indistintamente de los brazos, descendían cuidadosamente. El que iba junto al muro llevaba la mano apoyada en el pasamanos. Al llegar a la calle, los primeros fugitivos aspiraron afanosamente largas bocanadas de aire fresco. No era visible una sola lámpara encendida en ninguna dirección.

Alguien raspó una cerilla en una cortina metálica, y entonces descubrieron en los umbrales de ciertas casas antiguas, criaturas sentadas pensativamente. Estas, con una seriedad impropia de su edad, levantaban los ojos hacia los mayores que los iluminaban, pero no preguntaron nada.

De las puertas de los otros rascacielos también se desprendía una multitud silenciosa.

Una señora de edad quiso atravesar la calle, y tropezó con un automóvil abandonado; más allá, algunos ebrios, aterrorizados, se refugiaron en un coche de tranvía cuyos conductores habían huido, y entonces muchos, transitoriamente desalentados, se dejaron caer en los cordones de granito que delimitaban la calzada.

Las criaturas inmóviles, con los pies recogidos junto al zócalo de los umbrales, escuchaban en silencio las rápidas pisadas de las sombras que pasaban en tropel.

En pocos minutos los habitantes de la ciudad estuvieron en la calle.

De un punto a otro en la distancia, los focos fosforescentes de linternas eléctricas se movían con irregularidad de luciérnagas. Un curioso resuelto intentó iluminar la calle con una lámpara de petróleo,
y tras de la pantalla de vidrio sonrosado se apagó tres veces la llama. Sin zumbidos, soplaba un viento frío y cargado de tensiones voltaicas. La multitud espesaba a medida que transcurría el tiempo.

Las sombras de baja estatura, numerosísimas, avanzaban en el interior de otras sombras menos densas y altísimas de la noche, con cierto automatismo que hacía comprender que muchos acababan de dejar los lechos y conservaban aún la incoherencia motora de los semidormidos.

Otros, en cambio, se inquietaban por la suerte de su existencia, y calladamente marchaban al encuentro del destino, que adivinaban erguido como un terrible centinela, tras de aquella cortina de humo y de silencio.

De fachada a fachada, el ancho de todas las calles trazadas de este a oeste se ocupaba de multitud. Esta, en la oscuridad, ponía una capa más densa y oscura que avanzaba lentamente, semejante a un monstruo cuyas partículas están ligadas por el jadeo de su propia respiración.

De pronto un hombre sintió que le tiraban de una manga insistentemente. Balbuceó preguntas al que así le asía, mas como no le contestaban, encendió un fósforo y descubrió el achatado y velludo rostro de un mono grande que con ojos medrosos parecía interrogarlo acerca de lo que sucedía. El desconocido, de un empellón, apartó la bestia de sí, y muchos que estaban próximos a él repararon que los animales estaban en libertad.

Otro identificó varios tigres confundidos en la multitud por las rayas amarillas que a veces fosforecían entre las piernas de los fugitivos, pero las bestias estaban tan extraordinariamente inquietas que, al querer aplastar el vientre contra el suelo, para denotar sumisión, obstaculizaban la marcha, y fue menester expulsarlas a puntapiés. Las fieras echaron a correr, y como si se hubiera pasado una consigna, ocuparon la vanguardia de la multitud.

Adelantábanse con la cola entre las zarpas y las orejas pegadas a la piel del cráneo. En su elástico avance volvían la cabeza sobre el cuello, y se distinguían sus enormes ojos fosforescentes, como bolas de cristal amarillo. A pesar de que los tigres caminaban lentamente, los perros, para mantenerse a la par de ellos, tenían que mover apresuradamente las patas.

Súbitamente, sobre el tanque de cemento de un rascacielos apareció la luna roja. Parecía un ojo de sangre despegándose de la línea recta, y su magnitud aumentaba rápidamente. La ciudad, también enrojecida, creció despacio desde el fondo de las tinieblas, hasta fijar la balaustrada de sus terrazas en la misma altura que ocupaba la comba descendente del cielo.

Los planos perpendiculares de las fachadas reticulaban de callejones escarlatas el cielo de brea. En las murallas escalonadas, la atmósfera enrojecida se asentaba como una neblina de sangre. Parecía que debía verse aparecer sobre la terraza más alta un terrible dios de hierro con el vientre troquelado de llamas y las mejillas abultadas de gula carnicera.

No se percibía ningún sonido, como si por efectos de la luz bermeja la gente se hubiera vuelto sorda.

Las sombras caían inmensas, pesadas, cortadas tangencialmente por guillotinas monstruosas, sobre los seres humanos en marcha, tan numerosos que hombro con hombro y pecho con pecho colmaban las calles de principio a fin.

Los hierros y las cornisas proyectaban a distinta altura rayas negras paralelas a la profundidad de la atmósfera bermeja. Los altos vitriales refulgían como láminas de hielo tras de las que se desemparva un incendio.

A la claridad terrible y silenciosa era difícil discernir los rostros femeninos de los masculinos. Todos aparecían igualados y ensombrecidos por la angustia del esfuerzo que realizaban, con los maxilares apretados y los párpados entrecerrados. Muchos se humedecían los labios con la lengua, pues los afiebraba la sed. Otros con gestos de sonámbulos pegaban la boca al frío cilindro de los buzones, o al rectangular respiradero de los transformadores de las canalizaciones eléctricas, y el sudor corría en gotas gruesas por todas las frentes.

De la luna, fijada en un cielo más negro que la brea, se desprendía una sangrienta y pastosa emanación de matadero.

La multitud en realidad no caminaba, sino que avanzaba por reflujos, arrastrando los pies, soportándose los unos en los otros, muchos adormecidos e hipnotizados por la luz roja que, cabrilleando de hombro en hombro, hacía más profundos y sorprendentes los tenebrosos cuévanos de los ojos y roídos perfiles.

En las calles laterales los niños permanecían quietos en sus umbrales.

Del tumulto de las bestias, engrosado por los caballos, se había desprendido el elefante, que con trote suave corría hacia la playa, escoltado por dos potros. Estos, con las crines al viento y los belfos vueltos hacia las apantalladas orejas del paquidermo, parecían cuchichearle un secreto.

En cambio, los hipopótamos a la cabeza de la vanguardia, buceaban fatigosamente en el aire, recogiéndolo con los golpes en vacío de sus hocicos acorazados. Un tigre restregando el flanco contra los muros avanzaba de mala gana.

El silencio de la multitud llegó a hacerse insoportable. Un hombre trepó a un balcón y poniéndose las manos ante la boca a modo de altoparlante, aulló congestionado:

—Amigos, ¡qué pasa, amigos! Yo no sé hablar, es cierto, no sé hablar, pero pongámonos de acuerdo.

Desfilaban sin mirarle, y entonces el hombre secándose el sudor de la frente con el velludo dorso del brazo se confundió en la muchedumbre.

Inconscientemente todos se llevaron un dedo a los labios, una mano a la oreja. No podían ya quedar dudas.

En una distancia empalizada de fuego y tinieblas, más movediza que un océano de petróleo encendido, giró lentamente sobre su eje la metálica estructura de una grúa.

Oblicuamente un inmenso cañón negro colocó su cónico perfil entre cielo y tierra, escupió fuego retrocediendo sobre su cureña, y un silbido largo, cruzó la atmósfera con un cilindro de acero.

Bajo la luna roja, bloqueada de rascacielos bermejos, la multitud estalló en un grito de espanto:

—¡No queremos la guerra! ¡No..., no..., no!...

Comprendían esta vez que el incendio había estallado sobre todo el planeta, y que nadie se salvaría.

ROBERTO ARLT

martes, 1 de abril de 2014

Juana Molina, Fernando Cabrera, aprendices de magos

por Willy Villalobos

Cuenta la leyenda que este verano tocaron el negro Rada, Jaime Ross y Fernando Cabrera en uno de esos megafestivales donde no terminás de ver a un artista que ya está subiendo el otro.

También cuenta la leyenda que hace unos cuantos años el Negro y Jaime se llevan como el orto, pero de eso no me voy a ocupar en esta crónica porque, la verdad, poco agrega.

Pero resulta que ese día, el día que tenían que tocar los tres, Rada y Ross, a quien los une o separa la figura de Mateo, no puedo con mi genio, se pusieron de acuerdo.

Resulta que tenían que decidir quién iba a cerrar el recital y era obvio que cualquiera de los tres tenía suficientes pergaminos y trayectoria para hacerlo. Pero a Jaime se le ocurrió sugerirle a Rada que el indicado para dar por terminado el concierto era Cabrera y el Negro estuvo de acuerdo inmediatamente.

“Donde toca Cabrerita ya no puede tocar nadie”, dijeron los dos a dúo.

¿Hay un elogio mayor que ese para Fernando Cabrera, uno de los más grandes compositores del Uruguay?

¿No es este un buen motivo para salir corriendo a buscar su música? Cabrera es un amigo imprescindible para entender ese loco mundo del que formamos parte y eso lo tienen bien claro sus compañeros de ruta.

La idea con la que escribo es esa. Tratar de transmitir lo importante que son estos grandes, me refiero a Fernando Cabrera y Juana Molina, para que todos los que se banquen la sensibilidad y la inteligencia que ellos transmiten puedan tener en su mochila esas canciones que sirven como bastones para caminar la vida.

Dije Juana Molina porque también voy a escribir algo de lo que vi y escuché en su misterioso recital del teatro Solís, un pequeño teatro Colon. Lo comparo para que se tenga en cuenta el marco en el que Juana, merecidamente… ¿tocó?, me parece que esa palabra es chiquita para describir la brujería con la que conquistó al público.

También está claro que donde toca Juana tampoco puede tocar nadie más.

Tendrían que ver la cara de asombro y felicidad de la gente saliendo del Solís para corroborarlo.

Más de mil kilómetros viajé para encontrarme con estos dos tesoros y doy gracias a mi espíritu inquieto por haberlo hecho.

La escritura va a ser desordenada, voy a mezclar los dos recitales porque pienso que estos dos grosos tienen mucho en común y logran llegar al mismo lugar usando métodos completamente diferentes.

El año pasado vi a Cabrera en Buenos Aires con su nueva banda: Herman Klang en teclados, Juan Pablo Chapital en guitarra, Ricardo Gómez en batería y Federico Righi en bajo.

A la salida del concierto se armó una discusión y el tema era si el quía era mejor sólo o en banda. Suele suceder cuando los artistas cambian la propuesta, como en este caso, que genera ciertas resistencias, ya que estaba asegurado que tocando sólo te rompía el bocho y que con la banda hay algo nuevo que distrae, que lo saca del centro de la escena. Debo reconocer que estaba equivocado, el tipo es impresionante, se presente como se presente. "Nosotros tocamos chiquito, el resto lo hace el maestro”, me decía Herman al finalizar el concierto en el espacio Guambia, un lugar donde en la época de los milicos se animaban a presentar a los impresentables para los que usan gorra.

De todas maneras al terminar el recital uno se queda con las ganas de escuchar más a la banda, porque cada vez que pelan, asombran.

Juana Molina, la maravillosa Juana, la Heidimetal Juana, creo que es un apodo que le viene perfecto, hizo magia en el Solís.

Acompañada por Odín Schuwartz en teclado, el tipo que tiene toda la jugada en la cabeza, y Diego López de Arcante en batería, haciendo justo lo que Juana necesita, y la rubia en el centro con teclado, pedales y con una guitarra eléctrica colgada que le da un aire rocanrolero que la hace más linda todavía.

”El cambio fundamental para mí de la guitarra eléctrica es que no se ve ni se oye. La tenés pegada al cuerpo y es como que se integra físicamente. Con la acústica hay un aire entre vos y la guitarra. En la eléctrica la tenés pegadita, hay algo que pasa ahí, es muy importante y lo descubrí ahora” -dice Juana para explicar el cambio de instrumento.

Aunque en el recital vuelve a tocar temas viejos con la acústica a pedido del público, que quiere escuchar temas de los primeros discos.

Tanto Cabrera como ella necesitan compañía para poder jugar a lo que mejor saben y no estar tan pendientes de la cosa.

Los dos presentaban disco nuevo, ella Wed 21 y él Viva la Patria.

Juana se ríe de sí misma, ridiculiza sus equivocaciones, conversa con el público, baila, agradece a sus músicos cuando la ayudan a recordar cómo sigue la película. Su manejo del escenario nos recuerda que el humor que tantos extrañan en su paso por la tele sigue intacto. Juana y sus hermanas siguen vivitas y coleando, pero están en otra cosa, cambiaron. Esta vez las hermanas son esos misteriosos sonidos que va grabando uno sobre otro hasta conseguir una orquesta que, si te entregás, te lleva a increíbles mundos de placer.

Había que bailar al ritmo de la magia que la bruja proponía desde el escenario. El Solís quedaba demasiado careta como para poder soportar sentados semejante propuesta.

Juana se supera, ya no hace eje en sus letras sino en la alquimia que los sonidos producen cuando se mezclan con frases que se repiten. “Es un Mantra”, me dice la rubia que me acompañó a verla. Para mí es brujería de la buena.

Ella y Cabrera tienen mucho en común. Los dos son algo así como discípulos de uno de los más grandes músicos del mundo, Eduardo Mateo. Los dos son muy exigentes con el público porque necesitan que los que los vayan a ver estén a la altura de su sensibilidad.

Cabrera te va llevando de a poco, como un boxeador que te va tocando con la izquierda, te va tanteando, hasta que luego de describir una situación totalmente cotidiana te emboca un derechazo, una verdad, que te deja en la lona, emocionado. “Estoy regando el tiempo con tu recuerdo/ y entre los dedos con el agua vas vos”. O “Te atrapó la noche/ la oscuridad traga y no convida”, dos de los tantos knock-outs de Cabrerita.

Juana hace lo mismo, arma una orquesta invisible y cuando menos te lo imaginás, ya estás navegando por donde ella quiere, volando con las aves de su imaginación.

Hablando de reconocimiento, también sabemos que ninguno de los dos es profeta en su tierra, aunque el caso de Cabrera es todavía más incomprensible. Estamos tan acostumbrados al maltrato que cuando aparecen los aliados no sabemos reconocerlos.

Hay quienes dicen que Fernando canta mal, que desafina... ¡que canta como una oveja! Son los mismos que cuando el tipo empieza a triunfar en Buenos Aires se les ocurre prestarle atención.

Y es gracioso porque se fijan en que los argentinos le presten atención a Cabrera, a pesar de que “todos los argentinos son unos chorros”, a pesar del “tuerto y la vieja”, a pesar del pedido de ayuda a los EEUU que hizo el futuro presidente del Uruguay pensando que Néstor los iba a… ¡invadir! Y, como si esto fuera poco, hace un par de semanas , el ministro de economía de Mujica dijo que Argentina era un país imprevisible, justo en medio de un intento desestabilizador,  y el candidato a presidente por el Partido Blanco, Lacalle Pou, lacayito, una especie de Macri de bolsillo, dice que Cristina es una mujer desequilibrada.

Estos giles que no se dan cuenta de los tesoros que tienen en la esquina de su casa, necesitan que los porteños los tomemos como propios para empezar a valorarlos.

Pero todo esto supongo que a Cabrera lo tiene sin cuidado. Para él “detenerse es morir” y si bien nosotros sabemos que, “se quema aquel que quiera su corazón”, da gusto acercarse, pase lo que pase.

Juana y Cabrera son de los que no encajan, aprendices de magos, imprescindibles para todos los que no quieren que nadie se ponga en su lugar, que nadie les mida el corazón.