jueves, 23 de junio de 2016

Eyal Sivan: A contrapelo


por José Miccio *

Exilios

Unos meses antes del comienzo de la Intifada de 1987 Eyal Sivan filma su primer documental, Aqabat-Jaber, vida de paso, y comienza así una tarea que continúa todavía hoy y que constituye, básicamente, una historia alternativa de su país (Israel) y una crítica de las políticas de la memoria. Su cine se mueve alrededor de dos temas que de acuerdo con la posición de Sivan son en realidad el mismo: la construcción de un pasado oficial judío (y el lugar en él de la Shoah) y el olvido de Palestina. Sobre este último punto trabajan sus primeras imágenes. Posteriormente, y a través de un permanente sistema de reenvíos que le dan a su cine un carácter sistemático, Sivan irá descosiendo, desde puntos de ataque diversos, con precisión y énfasis, el entramado de toda una ideología [i] 

Aqabat-Jaber es un campo de refugiados a pocos kilómetros de Jericó. La ONU lo instaló alrededor de 1950 – junto con muchos otros - para alojar a los palestinos desplazados de sus tierras luego de la creación del Estado de Israel y la guerra que siguió a ella. Sivan llega al lugar veinte años después de otra guerra – la de los Seis Días – y de una nueva migración. Recoge entonces testimonios de tres generaciones: la de los desterrados, la de los que nacieron en el campo y añoran la tierra que no conocieron y la de los más niños, que parecen menos apegados a los relatos de sus mayores. En dos oportunidades alguien se resiste a la cámara. En la primera escena una mujer se niega a abrir la puerta de su casa al director porque piensa que las imágenes son para Estados Unidos. Más adelante, en su cocina, una segunda mujer lo rechaza porque, dice, ellos no son actores como para ser filmados. 

Tanto como los testimonios que ocupan la mayor parte de su tiempo estas dificultades constituyen el documental. Sivan trata de conseguir imágenes no oficiales (es decir, trata de no confirmar las razones de la puerta cerrada con que su cine comienza) y de no representar el sufrimiento humano como género, esa manera de volver todo inespecífico y por lo tanto reacio a la política y la historia. El fresco que elabora en Aqabat-Jaber es el de un grupo más que el de una comunidad, porque las condiciones para la existencia de una comunidad son lo que falta, justamente. El campo de refugiados convierte todo en transitorio (en vida de paso, como dice el título), desde la casa hasta el vecino. Los travellings y las panorámicas les dan contexto (ruinas) a los testimonios y remiten, por oposición, al lugar evocado por las voces, que para los adultos se vuelve casi un paraíso, porque en el presente no hay hogar sino desposesión y el drama siempre inestable de la memoria y la esperanza. 



Es común que los documentalistas vuelvan sobre sus propios pasos. Los cambios sociales son parte de su agenda desde casi siempre y ningún repliegue sobre la intimidad, por más familiar que sea ahora, podrá desmoronar esta costumbre. En 1995, después de los acuerdos de Oslo, Sivan regresa al campo de refugiados y filma Aqabat-Jaber, ¿paz sin retorno?. Nunca la paz había estado más encaminada, pero el derecho de los refugiados a volver a sus tierras no estaba contemplado en los acuerdos, y no se trataba de un tema entre otros. En este contexto, y con este problema en primer plano, Sivan llega a Aqabat-Jaber, un día después de que el ejército israelí dejara la zona bajo control de la Autoridad Palestina. El momento es oportuno, además, porque mientras los medios de comunicación celebran los acuerdos y el Nobel de la Paz para Rabin, Peres y Arafat está todavía tibio, la incómoda pregunta de su título resulta más apremiante. Por eso escuchamos al comienzo: “Es necesario hacer esta película”. Esta urgencia, probablemente, explica que, a diferencia de lo que ocurre en su debut, sus personajes parezcan esta vez íconos interpuestos entre el espectador y las razones del documentalista. También ahora hablan tres generaciones, pero su relación ya no es la misma. Un adulto que en el documental anterior decía con firmeza que no se quedaría en el campo construye ahora una casa; cuando Sivan le pregunta por qué, dice que no ha renunciado a su tierra pero que mientras tanto (hasta que tenga derecho a regresar) debe hacer lo posible por vivir bien. En los extremos, una joven dice que la historia no puede terminar así, y un viejo que ya no es posible regresar al 48. Los más chicos eran antes los menos interesados en el tema, y los mayores los que más hablaban de sus lugares perdidos. Ahora las cosas se dieron vuelta, y la que señala el futuro es la voz más joven. Sivan tiene que haber pensado en esto a la hora de editar. Su exposición convierte rápidamente – la película es corta – la pregunta del título en aserción: no hay paz sin retorno [ii]. 





Hegemonías

Entre sus documentales sobre Aqabat-Jaber Sivan filmó varias películas. Israelandia, de 1991, está dedicada al parque temático del mismo nombre que se levanta a diez kilómetros de Tel Aviv mientras la Guerra del Golfo tiene lugar. Se trata de una empresa que tiene todos los rasgos de una ficción, y en algún sentido lo es. Los personajes principales son los de la obra en construcción: dos obreros palestinos que carecen de libertad para moverse en la ciudad, un excavador israelí que no quiere tener contacto con ellos, un arquitecto alemán que eligió un nombre judío y se mudó a Israel, y el ideólogo del proyecto, un georgiano que hace un culto del empresariado y considera que Israelandia es una ofrenda. Como marco para el desfile de estos personajes Sivan sitúa dos escenas de alarmas, corridas y máscaras antigás relacionadas con la guerra y el miedo a los atentados químicos. El parque es a la vez una inscripción del capitalismo y del absurdo y solicita una interpretación en clave que no le hace bien a la película [iii]. Israelandia es un documental algo perezoso, demasiado amigo de su metáfora y sin la impronta militante que Sivan desprende habitualmente de su sobrecarga argumentativa. 

De 1994 es El síndrome Borderline de Jerusalén. Se trata de un documental en apariencia ligero. Pero su humor es brutal. Tiene pocas entrevistas, varios fragmentos de vida urbana y al menos dos escenas de ficción. Al comienzo, un psicoanalista interpreta la entrevista que Sivan le hizo un tiempo antes a un colega lacaniano; sus palabras explican de qué se trata el síndrome en cuestión: un ataque de locura motivado por el trato con la ciudad. Todavía hoy – según parece – lo sufre un cierto número de visitantes, aunque para ellos la experiencia no tiene sus razones en la psiquiatría: se trataría, por el contrario, de una especie de trance místico que arrastra al inspirado hacia las túnicas blancas, las abluciones y la identificación con protagonistas bíblicos. La sustitución de un médico por otro es imposible de reconocer sin la presencia del director en la sala o sin la ayuda de lecturas previas. Distinto es el caso del segundo personaje ficticio, una prostituta de tetas doradas y dicción dramática que, bañada en luz deliberadamente artificial, hace, como se dice, teatro. A estas escenas, tranquilas, se oponen las de la caótica vida urbana. Vemos durante la película una peregrinación judía y una musulmana, el turismo católico y el negocio ambulante, el barrio ortodoxo y el gimnasio palestino donde una canción militante se superpone al sonido ambiente y al culto del cuerpo. Como a Sivan no le interesan ni la religión ni la psiquiatría, el trastorno y la percepción alucinada hay que buscarlos en esa sensación de violencia permanente que, en sintonía con algún Avi Mograbi o con Intervención divina del palestino Suleiman, el director encuentra en todas partes, lista para estallar. Un niño acusa a los que filman de izquierdistas; alguien ríe cuando se habla de la ciudad y la paz, como si tales cosas pudieran decirse juntas. 

Además de la vida urbana a Sivan le importan las imágenes. Santa para tres de las religiones más importantes del mundo, Jerusalén aparece en la película desacralizada, como campo de batalla entre las imágenes míticas que, en distinto orden, ensayan sobre ella las religiones y el turismo, y las de la realidad humana que busca el director. En este sentido, la escena más significativa es aquella, brevísima, en la que un travelling va de una postal a un nuevo encuadre del lugar detenido en ella, como si ese movimiento, de representación a representación, advirtiera, por un lado, acerca de la ilusión de las imágenes directas, y por otro llamara a ver de nuevo lo que de tan evidente parece haberse vuelto invisible. Después de todo el viaje, Jerusalén resulta menos creíble que la prostituta dorada.



Su película más importante de estos años, y uno de los nudos de su filmografía, es Izkor, los esclavos de la memoria, de 1991. Sivan ha hablado de ella como de un documental de contrapropaganda. Es una definición pertinente. Y es, conviene recordar, propia del cine militante, un lugar con el que todas estas películas tienen algo que ver. Izkor trata sobre la educación, y por lo tanto sobre la hegemonía. En noventa minutos asistimos a cinco semanas de recuerdos nacionales y doce años de escolarización. La cartera de efemérides – Pascua, Día del Holocausto y el Heroísmo, Día de los Caídos en las Guerras de Israel, Día de la Independencia - y el trabajo pedagógico promueven la vida de un nacionalismo religioso y militarista, apoyado sobre la memoria del exterminio. “Recordá” es el mandato que docentes y ceremonias estatales comunican a los ciudadanos de todas las edades. Sivan enfrenta esta propaganda con una rigidez tal vez necesaria pero decididamente incómoda. Los estudiantes que cursan los distintos niveles escolares son piezas de una estructura que la crítica hace visible al precio de quitarles todo posible rasgo disfuncional. No hay en el trabajo de la ideología crisis ni resistencias, de ahí que la exposición sea tan mecánica. Como contraparte, este modo de proceder hace legible la reproducción ideológica en todo sentido, como si de un diagrama de los caminos del poder se tratase. Al comienzo los niños aprenden el imperativo – recordá, recordá, recordá - como rito escolar. Al final un joven se prepara para ingresar en el ejército, seguro de servir a la patria. El único contrapunto descansa en dos individuos: el filósofo Yeshayahu Leibowitz, que dice el lado ciego de la memoria y a quien Sivan dedicará en 1993 dos películas de entrevistas (Itgaber, el triunfo sobre uno mismo), y el mismo director, que discute con los profesores de la que fue su escuela y hace, como su maestro, un elogio de la desobediencia [iv].




Banalidades 

Hay una gramática común en gran parte de los títulos de Sivan que permite verlo como un director algo sentencioso. Suelen contar con dos sintagmas nominales. Uno, muy breve, es (digamos) el nombre. El otro, más extenso, el comentario. En los casos más significativos el sintagma número dos ofrece una clave interpretativa. Es lo que sucede con Un especialista, retrato de un criminal moderno, cuyo comentario indica un tipo de representación y una manera de entender el problema. 

El protagonista es Adolf Eichmann. Sivan trabajó con 350 horas de filmación del juicio de 1961 al oficial nazi. Como el material no estaba en buen estado y carecía de orden, el director tuvo que hacer la tarea del archivista antes de concentrarse en la del cineasta, que compartió esta vez con Rony Brauman. La manipulación de las imágenes es radical: todos los travellings y los reflejos – del público, de los testigos, de las proyecciones fílmicas usadas como pruebas - sobre la cabina donde está encerrado el acusado fueron generados digitalmente. No se trata de una intervención entre otras: ataca el estatuto mismo del registro, su primacía ontológica. Hay una segunda operación, también destinada a remover certezas. Verdugo de la imagen, Sivan va en busca de la imagen del verdugo. Una vez más - como sucedía antes con Jerusalén - el problema es cómo hacer visible lo que se ha mostrado demasiado. Si el nazismo se ha convertido en una serie de tópicos (o peor aún: en un álbum de postales del horror), y los espectadores ya no sentimos nada frente a ellos, tal vez sea necesario, para reencontrar la inquietud que reclama el hecho de que todo eso que vemos haya efectivamente sucedido, retirarlos de la pantalla o quitarles su aire familiar y doméstico. La sustracción de los campos, y especialmente la presentación de un nazi que parece un oficinista son las formas que Sivan propone como antídotos. Para él, esto constituye una certeza. Para nosotros, una posibilidad [v]

Un especialista es también – y no hay que ruborizarse por ello - la ilustración de un libro: el célebre ensayo de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. El plano de apertura corresponde al juzgado, pero su semejanza con una sala teatral o cinematográfica permite a los directores establecer, desde el comienzo, el dominio de la representación. El recurso es muy usual, y Sivan, que confía en las virtudes de un vínculo a cierta distancia entre espectador y película, acostumbra llamar la atención sobre el carácter no inmediato de las imágenes. Acerca del lugar del juicio escribe Arendt: “Quien diseñó esta sala (…) lo hizo siguiendo el modelo de una sala de teatro, con platea, foso para la orquesta, proscenio y escenario, así como puertas laterales para que los actores entraran e hicieran mutis”. Del hecho de que el juicio fuese una puesta en escena oficial y David Ben Gurion [vi] su director en las sombras, Sivan no señala más que su dimensión dramática. Tampoco parece preocupado por la verdad de los testimonios ni la justicia de la condena. Su interés es ese hombre pequeño que, en una cabina de cristal, rodeado de papeles, parece repetir en escena aquello que lo llevó ahí: la dedicación, la eficiencia, la operatividad del burócrata.


La obediencia es el mayor talento de Eichmann, y las frases hechas son su lenguaje. Hay un horror nuevo en la sala, distinto del que se vio en Nüremberg. “Cumplía órdenes” es su estribillo. Como retrato audiovisual de un nazi, el documental es bastante curioso. Conocemos bien el estereotipo: es el de las películas de Leni Riefenstahl o el del consenso antifascista de posguerra. En efecto, el cine ofreció de los nazis imágenes que los nazis se habían ofrecido a sí mismos. Olímpicos o infernales, sobrehumanos o inhumanos, eran, de cualquier modo, titánicos. Eichmann no es así. Lo vemos en pantalla tal como Arendt lo describe: como un hombre “de estatura media, delgado, de media edad, algo calvo, con dientes irregulares, y corto de vista, que a lo largo del juicio mantuvo la cabeza, torcido el cuello seco y nervudo, orientada hacia el tribunal (ni una sola vez dirigió la vista al público), y se esforzó tenazmente en conservar el dominio de sí mismo, lo cual consiguió casi siempre, pese a que su impasibilidad quedaba alterada por un tic nervioso de los labios, adquirido posiblemente mucho antes de que se iniciara el juicio”. Este hombre no es un monstruo, y sin embargo es responsable directo de la muerte de millones de personas. Lo que vemos, hay que decir, es en verdad horrible. Tiene las características de lo cotidiano y se parece un poco a nosotros. 



También en Por amor al pueblo – una de sus dos películas de 2003 – Sivan comparte la dirección, ahora con Audrey Marion. Se trata de otro especialista y de otro retrato, asociado esta vez con el cine de Harun Farocki. El victimario sin glamour es ahora un ex agente de la policía secreta de la Alemania del este. Aunque su tarea es diferente, el señor B (según aparece mencionado en catálogos y textos de prensa) comparte con Eichmann su vocación de servicio y su mentalidad burocrática. Algo los separa, sin embargo. Tal vez Eichmann no actuara movido por el odio (es lo que declara en su juicio), pero en todo caso no lo hacía por amor. El señor B sí. Esta segunda entrega cinematográfica del análisis del poder en versión Arendt – deudora no solo de su ensayo sobre la banalidad del mal sino también de sus reflexiones sobre el totalitarismo – se aleja en apariencia del trabajo de Sivan sobre Israel. Sin embargo, la propaganda de la RDA sigue tópicos semejantes a los tratados en Izkor. Básicamente: militarismo y pedagogía (socialista en este caso). Y como se trata de la construcción de un Estado nuevo, mucho de que sucede acá en Alemania resuena allá en Israel. 

El texto en off procede del diario de Alexander Adler, un hombre de la Stasi. Como todo se dice desde febrero de 1990, esto es, desde el final de la Alemania comunista, hay en sus palabras un tono de melancolía. “Hoy ya no se controla nada”, afirma. Hay algo humano, demasiado humano en este lamento por la tarea que se abandona. Los expedientes tirados en el pasillo son las ruinas de sus años dedicados a la recolección y clasificación de informes sobre los ciudadanos de su patria. Se han ido sus tiempos. Ha sido expulsado de la historia. Ahora solo le quedan la nostalgia y una cierta inquietud. Esta era su convicción: “La confianza es buena, el control es mejor”. Y esta, su frase más amorosa: “A ciertas personas hay que obligarlas a ser felices”. Como ocurre en la rumana Great Bank Communist Robbery y en la húngara The Life of an Agent – historias, como esta, verdaderas pero inverosímiles - hay acá una línea muy fina entre el horror y la comedia absurda, una oscilación incómoda entre el miedo y la risa. Las imágenes que dialogan con esta voz en off proceden de archivos, aunque algunas fueron filmadas especialmente para la película, como las de esas ominosas cámaras callejeras con las que empieza y termina. En su desolador final, Por amor al pueblo consuela un poco a su personaje, porque a pesar de su ausencia la vigilancia continúa. Una canción de la vieja época a cargo de dulces voces infantiles dice: “Sólo el amor a la patria sigue despierto mientras soñamos”. Al mismo tiempo que escuchamos esta fe, vemos de frente una cámara que no duerme. Y enseguida, un edificio, con algunas ventanas encendidas, donde la vida se cree aún privada. 




Catástrofes

En 2002 Sivan y el director palestino Michel Khleifi filmaron las escenas de Ruta 181, el documental (extenso y notable) que estrenarían un año después. Para Sivan esta película es la síntesis de su largo proyecto. Su título completo incluye el comentario habitual: Ruta 181, fragmentos de un viaje por Palestina-Israel. El guión que une (y separa, pero ese es otro problema) los nombres propios es una inscripción de orden ideológico. Sivan ha hablado siempre de un Estado binacional como alternativa a las soluciones etnocráticas que se promueven para la región. No hay muchos analistas políticos que consideren esta idea viable, pero al cine le corresponde otra tarea – la crítica de ese consenso-,  y los directores la llevan adelante con una furia que terminó en un juzgado [vii]. El número del título no es en realidad el de una ruta sino el de la resolución de la ONU que en 1947 dispuso la división de Palestina en dos territorios. El viaje se hace, entonces, por la frontera que señala el comienzo de una enemistad histórica, es decir, situada: ni eterna, ni milenaria, ni mucho menos teológica. 

Los fragmentos anunciados se distribuyen en tres secciones, designadas con convenciones geográficas: Sur, Centro y Norte. A esta organización espacial el montaje suma, en las dos primeras partes, una unidad de tiempo: ambas se inician con luz diurna y concluyen, previos planos de atardecer (algo presurosos en la sección Centro) cuando el sol ya ha caído. La exposición busca el lugar del palestino – y del judío oriental, en todo caso – y ataca, desde allí, la hegemonía que lo instituye, justamente, como lugar del palestino. Sivan y Khleifi son poco moderados, bastante tendenciosos y decididamente inobjetivos. No son pocas las preguntas que – sin necesidad, porque sin ellas ya todo se entiende – se convierten casi en agresiones. Algunos ejemplos. A un soldado que participa en el sitio de una ciudad: “¿Conoce La banalidad del mal?”. A un anciano que formó parte de la guerra del 48: “¿Conoce el juicio de Salomón?”. A unos niños árabe-israelíes que no conocen su historia: “¿Tienen miedo de la verdad?”. Sin embargo, un cine como este – ¿militante?, ¿contrainformativo?, ¿anticolonialista?; ¿cuál de esas palabras que hemos aprendido a degradar le corresponde? – no acepta, en general, objeciones de este estilo, porque sus necesidades son de otro orden. Hay – piensa este cine - ideas que deben ser comunicadas con claridad: el soldado debería desertar, hasta una historia judía confirma las razones palestinas, la educación israelí borra las huellas mentales del pasado así como el ejército borró sus huellas físicas (¿o no se llamó Scopa Escoba - la operación militar que en el 48 expulsó a los árabes de las aldeas del norte?). La disciplina polémica de Ruta 181 es inusual y tiene la virtud de ir siempre de frente. De algún modo, podría haberse llamado Nakba, la palabra que los palestinos usan para designar el tiempo que para su propia historia comienza con la fundación del Estado de Israel. Nakba significa catástrofe. En hebreo, esa palabra – catástrofe - se dice Shoah. Sobre la película de Claude Lanzmann que lleva ese nombre (es decir, encima de ella) se despliegan las apasionantes cuatro horas y media de Ruta 181



Ahora, ¿por qué Shoah como intertexto? O mejor, ¿por qué Lanzmann?, ¿qué hay en el francés y en sus películas que llame a la vocación crítica de Sivan? Podríamos contestar, todo. Podríamos decir, hay al menos esto: el adversario ideológico más influyente, el cine que recuerda lo que Israel recuerda y olvida lo que Israel olvida, y por si algo faltara una Jerusalén cinematográfica [viii]. En las efemérides referidas en Izkor al Día del Holocausto sigue el Día de los Caídos. Con Lanzmann sucede lo mismo. En 1994 – es decir, nueve años después del estreno de Shoah – da a conocer Tsahal, su película sobre el ejército israelí. Y en 2001, la notable Sobibór, 14 octobre 1943, 16 heures concluye, de manera lógica aunque no cronológica, su exposición acerca de Israel. Yehuda Lerner – protagonista de la única rebelión de prisioneros de un campo de concentración que tuvo éxito – cuenta cómo nació el plan de fuga de Sobibor, cómo se desarrolló y cómo (sobre todo) mató a quienes, según la distribución de las tareas, debía matar. Así, hay una línea que parte de las víctimas del Holocausto y, a través del momento fundacional en que un judío mata por su vida, llega al Estado de Israel, y sobre todo a su ejército. Después del exterminio, armas y tierras para quienes vivieron la Diáspora y sufrieron la violencia. Entre películas aparece, entonces, lo que no hay en Shoah: una historia. Lanzmann la llama así: reapropiación de la violencia por parte del pueblo judío

A desmontar este gran relato ha dedicado Sivan su tiempo en el cine. Le ha hecho preguntas una y otra vez y las ha contestado con una firmeza, digámoslo así, doctrinaria. ¿Cómo consigue su hegemonía? (respuesta: Izkor). ¿Qué sustentación tiene? (respuesta: Israelandia). ¿Qué cotidianidad promueve? (respuesta: El síndrome borderline). ¿Cómo se lo discute filosóficamente? (respuesta: Itgaber). ¿En qué idea del poder se apoya? (respuesta: Un especialista). ¿Qué deja de lado para constituirse? (respuesta: ambas partes de Aqabat-Jaber). Ruta 181 recupera toda esta labor y hace la pregunta mayor, la que incluye a todas las otras: ¿qué olvida ese relato? Es decir, ¿sobre qué negación se levanta su memoria? 

En su celebrado autorretrato Godard descubre una secreta simpatía entre la estrella de David y una tecnología de audio (el estéreo). Especula, entonces, con un triángulo que se despliega dos veces: los nazis lo habrían proyectado sobre el pueblo judío y luego el Estado de Israel lo habría hecho sobre Palestina. Esta geometría volcada sobre la vida política certifica una equivalencia que es motivo de disputa permanente; por esta razón Sivan y Khleifi la asumen hasta el escándalo. Así, mueven las piezas y ponen a Palestina en el lugar del pueblo judío y a su película en el lugar de Shoah



El cartel con que Lanzmann empieza su trabajo refiere la instalación de colonos alemanes en zonas polacas y el cambio de topónimos propio de las conquistas: Chelmno se convierte en Kulmhef, Lodz en Litzmannstadt, Kolo en Warthbrücken. En los primeros minutos de Ruta 181 los directores insisten en hacer preguntas sobre los nombres de los lugares que visitan: Masmiye se ha convertido en Bnei Re’em, Qastina en Qiryat Mal’achi. El borrado de esos signos se resume en las palabras de una mujer árabe: “Cambian todos los nombres”. En una gran escena Lanzmann envuelve en travellings una fábrica y hace que la marca de un camión (Saurer) ocupe la pantalla; a esas imágenes le suma la lectura de un documento nazi que promueve algunos cambios técnicos para los vehículos que se usan como cámaras de gas. Su intertexto en Ruta 181 es la visita que hacen los directores a la fábrica que vende a Israel el alambre (que ningún otro Estado usa, “tal vez por razones humanitarias”) para sus líneas de demarcación. Los polacos de Lanzmann, que ocupan las casas judías y a quienes el director pregunta por sus dueños anteriores, se convierten en los judíos de Sivan, que ocupan las casas árabes y a quienes también se les pide que hablen del pasado. Con la historia del gueto palestino de Lod se asocian las políticas de Israel con las políticas nazis. Así, una y otra vez, una imagen convoca a otra. La palabra es imposible y adecuada: Ruta 181 es una parodia (sin humor) de Shoah

Pero la correspondencia que – debido a la fama de su modelo – se destaca por sobre las demás es la que Sivan y Khleifi establecen con la escena de Shoah protagonizada por Abraham Bomba, el peluquero de Treblinka. Quien habla mientras usa las tijeras es ahora un palestino. Primero acusa a un general israelí de mentir en sus libros: la población de Lod no se retiró por su cuenta, fue masacrada. Después cuenta de casas confiscadas, robos, violaciones y de cómo fue obligado a cremar los cadáveres de trescientas personas de su pueblo. La escena en realidad condensa dos testimonios de Shoah. Visualmente, el del mencionado peluquero. Oralmente, el del hombre que trabajaba en los hornos de Auschwitz. En el cierre de este fragmento, tres planos de rieles - como los que Lanzmann filma hasta el dolor en el presente de Auschwitz - subrayan este último intertexto. 

Remisiones tan sistemáticas convierten al palestino en el judío del judío. “No hay que comparar sino lo que es comparable”, advertía Vidal-Naquet en Los asesinos de la memoria, un libro que sin dudas Sivan conoce bien. Daba este ejemplo, entre otros: “…la expulsión de los palestinos no puede compararse con la deportación nazi, y la matanza de Deir-Yassin por parte de los hombres del Irgpun y del grupo Stern (9 y 10 de abril de 1948) puede asimilarse a Oradour pero no a Auschwitz” [ix]. Vidal-Naquet tiene razón. Pero la pulsión analógica – de Sivan y Khleifi, del Mograbi de Venganza por uno de mis ojos, de Godard en mucha menor medida – tiene motivos que no pueden atribuirse sólo a la ignorancia histórica o, como se sugiere a menudo, a un antisemitismo más o menos sublimado. Hay en algunas películas una urgencia que las acerca a la consigna. No se agotan en ella ni ella es su razón última, pero no dejan de rendirle tributo. Es como si señalaran a Israel un cierto drama, y le dijeran: “Te has vuelto víctima de haberte convertido en la víctima por excelencia; has pedido al mundo, con razón, que recuerde el sufrimiento sobre el que te levantas, y has justificado, sin razón, tus propias violencias con ese sufrimiento; las comparaciones que rechazas son parte de tu triunfo: el Holocausto, que es inconmensurable, es ahora la medida de toda masacre”. Ese nudo de culpas y disculpas en permanente estado de hipérbole hace al ruido de la discusión, y en algún momento debería dejar de producir discurso. A fin de cuentas, podríamos decir: así como Israel no tiene más derecho al crimen por haber nacido luego del Holocausto, sus crímenes no son por lo tanto especiales. Será difícil, sin embargo, desatarlo, porque más allá de la crítica de las semejanzas y de la carga moral puesta en juego – el lugar y el derecho de las víctimas, nada menos - la tragedia judía y la tragedia palestina se remiten una a otra porque hay lazos históricos que las unen. Los gobiernos de Israel, y su relato mayor, no parecen estar dispuestos a reconocerlo. A esa situación contesta Ruta 181. Si propone, luego de todos sus intertextos, el relato alternativo al de Lanzmann - es decir, el del derecho palestino a la reapropiación de la violencia - es difícil de decidir. Una escena muestra, sin juzgar, a un detenido que ha sido protagonista de un atentado o de su intento; todas las otras las condiciones que contribuyen a su decisión. El joven, su familia y los soldados israelíes que dudan entre dejar que se toquen o impedirlo tienen la Historia encima. La película tiembla. Es el momento – extraordinario - en que Ruta 181 encuentra para su espectador el lugar de la crítica. Es decir, el lugar de la interrogación política.


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NOTAS

[I]               Las películas de Eyal Sivan formaron parte de la programación del DOCBSAS del año 2005. Lamentablemente, solo pude revisar dos de ellas: Ruta 181 y Por amor al pueblo. Los textos acerca de su filmografía restante proceden de apuntes tomados entre película y película y borradores escritos unos días después de que las proyecciones terminaran. Tal vez algunos detalles no sean exactos, pero creo que ningún argumento, más allá de su fortuna, carece de base. Es posible, además, que una revisión de los documentales hubiera modificado algunas de estas ideas. Habrá que esperar hasta que Cine Ojo edite estas películas o hasta que algún foro de internet las ponga a disposición de sus usuarios para realizar las correcciones pertinentes. (Nota 2016: Ruta 181 y Un especialista circulan en internet, las otras no pude encontrarlas).

[II]            Hay una evidente afinidad entre las ideas de Sivan y las de Edward Said, que escribió una serie de textos brillantes sobre Oslo. En su introducción a Crónicas palestinas, Said escribe: “Por lo que se refiere a la historia israelí, una de las razones por las que saludo a los nuevos historiadores, o historiadores revisionistas, israelíes es que a través de su trabajo han revelado los mitos y la narrativa propagandística que han tratado de negar la responsabilidad israelí, en 1948 y a partir de entonces, a la hora de provocar efectivamente la catástrofe palestina”. (Crónicas palestinas. Árabes e israelíes ante el nuevo milenio). Said se refiere a Tom Segev, Ilan Pappe y Avi Schlaim. Sin saberlo describe con claridad la tarea que Eyal Sivan lleva adelante.

[III]             En el catálogo del DOCBSAS se lee: “La sociedad israelí, enclave de Occidente en el corazón de Medio Oriente, se muestra a través de una metáfora surrealista, cargada de un descarnado sentido del humor”. Sivan dice en una entrevista: “Necesitamos reconocer claramente que Israel está en el este. El hecho de que los israelíes actúen como si fuéramos un suburbio de Viena o Nueva York  niega esto. El problema es que este país no quiere a los árabes aquí”. La entrevista se puede encontrar en www.laotraorilla.blog-city.com. (Nota 2016: la página parece no existir más).

[IV]         Elogio de la desobediencia es el título del libro que Eyal Sivan escribió junto con Rony Brauman y que forma un díptico con Un especialista. Está editado en castellano por Fondo de Cultura Económica.

[V]            Hacemos en general caso omiso de lo que hubo antes de las películas que nos enseñaron que mostrar es dar lugar a un vínculo falso entre el espectador y las imágenes. Nada de archivos, decía Lanzmann. Nada de pornografía concentracionaria, decía, desde un lugar opuesto, Syberberg. Sin embargo, antes de que esa interdicción se volviera lugar común, fue necesario mostrar, y nadie dio a ese mandato una forma más genuina que un mal director de cine a cargo de un institucional tardío. En 1961 – el año del juicio a Eichmann, justamente - Stanley Kramer dirigió El juicio de Nüremberg y dejó al menos un momento extraordinario: ese en el que nos hace ser testigos, junto con los personajes reunidos en la sala, del parto de unas imágenes y una mirada. Spencer Tracy muestra (exige ver) al público (no casualmente en el lugar del juicio) lo que luego se creería necesario escamotear, tal como hace Sivan al dejar de esas imágenes sólo una huella digital en la cabina de Eichmann. En Ciudadano Welles, el libro de entrevistas con Orson Welles que publicó Peter Bogdanovich, se hace referencia al uso en El extraño de tomas documentales de los campos de concentración. Sobre el tema dice Welles: “En principio yo estoy en contra de ese tipo de cosas, de explotar la verdadera miseria, la agonía o la muerte, para un espectáculo de entretenimiento. Pero en este caso pienso que cada vez que se le dé al público la oportunidad de ver tomas reales de un campo de concentración con la excusa que sea, es un paso más hacia delante. La gente no quiere saber que esas cosas ocurrieron”. El tiempo de los tópicos llegaría luego y la sustracción o el tratamiento lateral de los temas contestarían esa explotación de la miseria a la que Welles hace referencia pero que él subordina todavía a una necesidad pedagógica. El problema no ha terminado aún, y no hace mucho Godard y Lanzmann polemizaron acerca de la imagen o su negación. Es importante reponer esta dialéctica de las formas. Suena evidente, pero el ruido de las frases célebres suele taparla. Existe el riesgo de que las maneras de no ser abyecto – al igual que la idea misma de lo abyecto - se vuelvan protocolares, si tal cosa no ha sucedido ya. Quitar la imagen solo tuvo sentido después de Noche y niebla, que es la película que ha ganado la batalla de la moral, pero también después de lo grabado por las cámaras aliadas, su incorporación casi secreta en El extraño y su escena de nacimiento público en El juicio de Nüremberg, que puede ser vista como la película que despide - unos años después de Resnais - una cierta idea sobre la representación del horror.

[VI]        El juicio tuvo, según Arendt, razones políticas claras, aunque su desarrollo siguió otros caminos. En palabras del propio Ben Gurion: “Queremos que todas las naciones sepan…que deben avergonzarse”. Arendt sigue su exposición incorporando en ella las citas del premier israelí: “Los judíos de la Diáspora debían recordar que el judaísmo, ‘con cuatro mil años de antigüedad, con sus creaciones en el mundo del espíritu, con sus empeños éticos, con sus mesiánicas aspiraciones’, se había enfrentado siempre con un ‘mundo hostil’; que los judíos habían degenerado hasta el punto de dirigirse obedientemente, como corderos, hacia la muerte; y que tan solo la formación de un Estado judío había hecho posible que los judíos se defendieran, tal como lo hizo Israel en su guerra de Independencia, en la aventura de Suez, y en los casi cotidianos incidentes de las peligrosas fronteras israelitas. Y si bien los judíos que vivieran fuera de Israel tendrían ocasión de ver la diferencia entre el heroísmo israelita y la abyecta obediencia judaica, también era cierto que los judíos de Israel aprenderían una lección distinta. ‘La generación de israelitas formada después del holocausto’ estaba en peligro de perder su sentido de vinculación al pueblo judío y, en consecuencia, a su propia historia. ‘Es necesario que nuestra juventud recuerde lo ocurrido al pueblo judío, y en consecuencia a su propia historia’”.

                 Es claro por qué Sivan elige ilustrar este ensayo. En primer lugar, todas las acciones de Israel se interpretan como acciones defensivas. En segundo lugar, la creación de un Estado judío redime a la vez Diáspora y Holocausto. En tercer lugar, el mandato de recordar como forma de cohesión interna y coacción externa puede pensarse como una instrumentalización del exterminio. Por último, toda esta memoria hace nacer también el olvido de Palestina. En el juicio a Eichmann Sivan encuentra parte de la ideología que lo llevará a declarar: “Los especialistas en crímenes basados en la memoria somos nosotros”. Es innecesario decir esto, pero conviene subrayarlo: ni Arendt ni Sivan consideran que la matanza es banal (banal es el criminal que está siendo juzgado y el ejercicio burocrático del crimen en masa), ninguno niega a Israel su derecho a existir, ninguno es antisemita. Sobre ciertas interpretaciones, Sivan decía: “Mientras en el resto del mundo se discute y se escriben libros sobre el tema, en Israel se dice que soy un antisemita que presenta a Eichmann como una persona normal. Ese es el método que se usa en Israel para evitar discutir el tema. Todo aquel que dice que el film encubre la maldad de Eichmann debe hacerse algunas preguntas a sí mismo. ¿No es mala la obediencia ciega a la ley? En la película se ve a Eichmann sentado y planificando con sus tablas cuánta gente irá a las cámaras de gas. ¿No es eso malo? Si él no grita en la película, ¿significa eso que no es malo? Esa forma de pensar dice algo principalmente sobre el espectador”. No es necesario, por supuesto, estar de acuerdo con estas ideas, que corren el riesgo, también ellas, de convertirse en cliché. En el texto de Christopher R. Browning (“Memoria alemana, interrogación judicial y reconstrucción histórica: escritura de la historia de los autores a partir del testimonio e posguerra”) que Saul Friedlander compila en el volumen En torno a los límites de la representación. El nazismo y la solución final se llama la atención sobre este problema. Las palabras de Sivan que cito más arriba proceden también de www.laotraorilla.blog-city.com.

[VII]            Después de ver la película en el canal francés Arte, el filósofo Alain Finkielkraut declaró en una entrevista radial que Sivan era un judío antisemita y que Ruta 181 era un llamado a matar judíos para permitir “la emancipación de todos los hombres”. Dijo también esta curiosa frase: “Cuídense aquellos que hayan cosido una esvástica en sus pechos y deseen reclamar para sí una estrella amarilla”. Sivan llevó a Finkielkraut a juicio por difamación. Ante el juez, el filósofo declaró, entre otras cosas: “Hamas tiene escrito en su charter: ‘Cada judío es un blanco’. La película dice sí, cada judío es un blanco, porque Israel es un largo crimen”. Claude Lanzmann declaró como testigo de la defensa. Estas son algunas de las frases que dijo: “Este hombre es antisemita. No veo por qué se indigna cuando se lo dicen, ya que es la verdad”, “Para él – tiene esta idea fija –, Israel es un fabricante de alambre de púas, un guardia de una prisión nazi”, “Esta película niega el Holocausto”, “No sé si todavía podemos considerar israelí a Sivan”. Dijo también algo que es en algún punto cierto (y a lo que el propio Lanzmann no es ajeno): “Toda la película está centrada en esto: ya sabe todo, no descubre nada”. La transcripción de las actas del juicio se puede encontrar en www.cabinetmagazine.org/issues/26/sivan.php (Nota 2016: acá se puede leer un fragmento en castellano: http://tallerlaotra.blogspot.com.ar/2009/09/ruta-181-fragmentos-de-un-viaje-por.html. La traducción pertenece a Candelaria Naveyra).
         
[VIII]             Quisiera dedicar una nota no tanto a Shoah como a una cierta imagen pública de Shoah y celebrar la recuperación de una experiencia. Lanzmann lo ha dicho miles de veces: de los campos de exterminio no hay sobrevivientes sino testigos. Ese estatuto – el de testigos – también corresponde, en principio, a los nazis, a quienes Lanzmann filma en secreto o con nombre falso, y a los polacos, a quienes obliga a tropezarse con las palabras, inculpa de cargos que no entienden y somete gratuitamente a la pregunta (¿por qué?) que él mismo detesta. Las víctimas, sin embargo, son testigos especiales: no comparten con los verdugos y los cómplices un tiempo histórico. Lanzmann los declara “muertos”, o en una decisión apenas menos incómoda: “fantasmas”. El tiempo – queda claro - ha perdido la línea. No hay pasado, porque el Holocausto es aún. Por eso resulta inaceptable que los testigos callen. En la escena más famosa de Shoah, Abraham Bomba, el peluquero de Treblinka, pide varias veces al director que detenga la cámara. Pero Lanzmann sigue adelante porque – dice - es necesario hacerlo. Esta misma razón (la del presente perpetuo) explica también la renuncia a la organización narrativa del material. El trauma es permanente y no hay, por ello, límites que circunscriban ni causalidad que explique una experiencia que sucede en la Historia pero también, y sobre todo, fuera de ella. Una y otra vez, los travellings recorren espacios que no guardan casi huellas del exterminio. Y es como si la masacre no hubiese sucedido antes sino que sucediera debajo, siempre, en una segunda capa de tierra, a la que pertenecen los que ahora hablan. Lanzmann (es ya un lugar común) prefiere los oficios del espacio – geógrafo, geólogo, agrimensor – antes que los del tiempo. Por eso dice: Shoah no es una película sobre la memoria. Y dice una y otra vez: Shoah no un film histórico.

             Lanzmann piensa que comprender es obsceno. Repudia, por lo tanto, a los historiadores que se permiten preguntar por qué cuando la única pregunta posible de hacer es cómo. Habla así, sentenciosamente, y sus frases breves, apodícticas, se reproducen una y otra vez en toda entrevista y en gran parte de los ensayos dedicados a su obra. Cuando no desestima categorías – Shoah no es un documental, Shoah no es un film histórico – decreta: Shoah es un film sobre la encarnación, Shoah es una obra de arte. Su imagen de autor no ha dejado de cercar la recepción de su cine. Hay aires litúrgicos en las proyecciones de sus películas, como si el espectador se enfrentara a algo que pertenece al orden de lo sagrado. Lanzmann ha insistido en señalar el corte epistemológico que el Holocausto significa y ha consensuado consigo mismo el carácter definitivo de su obra maestra, también ella un corte: la única obra de arte posible sobre un tema que escapa a todo tratamiento. De alguna manera, ver Shoah después de Ruta 181 no es necesariamente descubrir sus carencias ni confirmar sus sabidas virtudes. Por el contrario, su desacralización le devuelve – tal vez a pesar de Sivan y Khleifi - eso que Lanzmann y sus influyentes comentaristas terminaron por congelar entre sus referencias a la escritura del desastre, a lo irrepresentable y al silencio. Shoah es grande nuevamente porque su drama humano vuelve al centro de la escena una vez que su carácter sacro y la mudez que pide encuentran sus objeciones.

[IX]              En Los asesinos de la memoria Vidal-Nacquet pone el rigor histórico delante del asco y demuele uno a uno los argumentos de los negadores del Holocausto. No hace foco en esto, pero reconoce lo que Sivan ataca: “…cabe a los historiadores la tarea de retirar los hechos históricos de manos de los ideólogos que los explotan. En el caso del genocidio de los judíos, es evidente que una de las ideologías judías, el sionismo, somete la gran matanza a una explotación a veces escandalosa”. Sivan sabe de la importancia de este libro. El título Izkor, los esclavos de la memoria sin dudas lo refiere. También en Israel habría asesinos de la memoria, pero no porque pretendan borrarla sino porque la escriben constantemente, hasta volverla razón de otros crímenes. Es posible que a Vidal-Naquet no le gustaran las películas de Sivan. Que lo considerara, también a él, un ideólogo. 


* Esta nota fue publicada originalmente en revista La otra nº 21, Invierno 2009.

miércoles, 15 de junio de 2016

2010: dos documentales

por José Miccio

Boxing Gym (Frederick Wiseman, Estados Unidos, 2010) *



Wiseman es un director sabio. Trabajó su excelencia durante cuarenta y cinco años y ejerció con generosidad el cine directo. Como corresponde a esta filosofía del documental, sus películas no se permiten la voz en off, la música extradiegética, la entrevista, la fragmentación de la escena y de la conversación. Hoy, con ochenta y un años, es un maestro tranquilo. No un genio, afortunadamente. 

En Boxing Gym – un documental presuntamente menor -, un gimnasio de Austin, Texas, es la institución sobre la que Wiseman pone esta vez su cámara. Dirige el gimnasio un hombre afable, de mediana edad, ex boxeador, que indica las actividades aeróbicas y señala las técnicas adecuadas de pies, manos y cintura. Como ocurre con toda institución, el registro de su funcionamiento es también el registro de una pedagogía. En este punto, no hay mayores diferencias entre el ballet de Paris al que Wiseman dedicó su película anterior, La danse, y el gimnasio de boxeo. Pero si el ballet, al tener el mérito como condición y la perfección como objetivo, es para unos pocos, el gimnasio aparece como su contracara, porque no concurren a él solamente los que pueden enfrentar el desafío mayor de una competencia exigente y profesional sino también los que llegan con pretensiones más modestas. Su carácter abierto se nota fácilmente: entrenan ahí niños y adultos, varones y mujeres, negros y blancos, nativos y extranjeros. El gimnasio es un sueño democrático sin conflictos graves a la vista. En este sentido, Boxing Gym es tal vez la película más amable de Wiseman, tan distinta en su vibración social de los asilos, cárceles, hospicios, bases de entrenamiento militar, escuelas y cortes de justicia que filmó con anterioridad. [i] 

Pero además de sus probadas virtudes como observador de las instituciones, Wiseman es un cineasta fino, que ha pulido su método con prontitud y se ha dedicado a ponerlo a prueba una y otra vez. Como los viejos zapateros o sastres – también el documental es un oficio terrestre - Wiseman se las arregla siempre. Denme un cuero y les daré un zapato firme, denme una tela y les daré un vestido justo, denme una institución y les daré un documental firme como un zapato y justo como un vestido (después está la etnografía). Si hay algo que hace de Boxing Gym una gran película – además de la cámara de Wiseman y la increíble fotogenia del boxeo - es su organización, el modo en que cada parte ocupa su lugar y está a la vez como desplazada. Cine de planos largos, sostenido en una austeridad derivada de la muy compleja relación que establece con el mundo que registra (y que ha provocado largas polémicas en torno de la ética, la ideología y el realismo), el directo es también un cine del montaje y la estructura, solo que sus empalmes y secuencias no responden a criterios ensayísticos ni narrativos, clásicos o no. [ii]

Un detalle – es decir, algo esencial – ayuda a explicar la silenciosa grandeza de la película. En Louis Lumière, una emisión televisiva dirigida por Rohmer en 1968, Henry Langlois llama la atención sobre algunas decisiones estéticas de Lumière y sus camarógrafos. Pone, entre otros, el ejemplo de la toma Liverpool. Church Street, que comienza con un tranvía entrando a cuadro en primer plano y concluye, una vez que desapareció en la profundidad y el borde, con un segundo tranvía entrando por el mismo lugar que el anterior. Si consideramos a Lumière un cineasta – como pretende Langlois - y despojamos entonces a sus películas de su supuesto carácter prehistórico, tenemos acá el primer ejemplo de una estructura que luego se volverá común. Al comienzo de China Blue (Micha Peled, 2005), una chica ingresa como obrera a una fábrica de jeans; al final, luego de conocer su historia, una segunda chica entra en la misma fábrica. Al comienzo de Entreatos (João Moreira Salles, 2004), Lula da Silva sale de una multitud; al final, luego de conseguir el triunfo en las elecciones, se dirige hacia otra (bastante distinta). Tranvías, obreras chinas o presidentes brasileños, las películas se obligan a un orden que, por su efecto seguro, las repeticiones comunican con claridad [iii]. En Boxing Gym Wiseman desplaza los ecos de apertura y cierre apenas unos casilleros y los trabaja como rimas asonantes o aliteraciones pequeñas que permiten que se perciba una relación – y por lo tanto un orden – sin que la película se vuelva por ello declarativa. El efecto es descomunal. 

Primero está el tiempo. La película se presenta como la filmación de una jornada: comienza cuando abre el gimnasio y concluye con el atardecer. Después está la educación: al principio hay un asalto entre dos niños un poco torpes y al final uno entre jóvenes ya preparados. Y después están los objetos: un reloj y un temporizador que escanden la continuidad y que, también ellos, se ven en el inicio y el cierre. El truco de montaje es sencillo: los elementos emparejados no deben ocupar lugares equivalentes. Entonces, Wiseman pone el reloj y el temporizador dos pasos más allá de lo que la simetría exige, filma la puesta de sol pero no su salida, demora el último corte (el que conduce a los créditos) para que el asalto de los jóvenes no se sobrecargue de sentido. Este diferimiento es decisivo: asegura a todos los elementos una dinámica interna y contribuye al efecto de realidad del documental.

Un segundo detalle se desprende del anterior. No hay modos mejores que otros de filmar el cielo, pero las grandes películas nos convencen de que para la ocasión solo había uno. Los planos del atardecer con que concluye Boxing Gym son inolvidables. Si no estuvieran ahí, si no formaran parte de este sistema de reenvíos desplazados, podrían confundirse con concesiones al paisajismo nuboso o la fotografía bonita. La función que cumplen no justifica su belleza, como se dice tan a menudo: sencillamente la hace posible. Y como la solidaridad es requisito de una estructura como esta, bien podría ser, en el borde del sentido, que el documental sobre el gimnasio exista solo para que exista el cielo. 

* (Escrito en 2010, publicado originalmente en revista La otra nº 26, Otoño/Invierno 2012)


48 (Susana de Sousa Dias, Portugal, 2010) **



Susana de Sousa Dias es una notable documentalista portuguesa que enfrenta en sus trabajos las imágenes producidas por la dictadura de Salazar. El cartel con el que comienza su película anterior, Natureza morta. Visages d’une dictature, la resume así: “Entre 1926 y 1974, Portugal conoció la más extensa dictadura de la Europa Occidental del siglo XX. La iglesia, el ejército y la policía fueron los pilares del régimen; el imperio, su mística; Salazar, su ideólogo y líder”. Excepto por este cartel, que le otorga el necesario contexto a las imágenes que veremos a continuación, Natureza morta carece de palabras. Lo que vemos es un flujo de imágenes generadas por el propio estado portugués - noticias, archivos de guerra, documentales de propaganda - solamente interrumpido por una serie de fotografías de prisioneros políticos reunidas como en planchas de estampillas. La duración original del archivo utilizado es de doce minutos; la duración de la película, setenta y dos. Ese tiempo estirado es el que la directora necesita para dar a mirar lo que permanecía oculto pese a haber sido registrado por la cámara. De Sousa Dias hace arqueología de la superficie: Natureza morta es una estratigrafía singular, sin excavaciones, destinada a poner en evidencia las costuras del plano antes que las del montaje. El ralenti y el zoom son sus herramientas básicas. Con ellas demuele desde adentro los tópicos de la producción visual salazarista: sus desfiles militares y religiosos, los incendios de campos y casas en Angola, los africanos muertos o convertidos en atracción de feria, los  civiles que festejan a su líder [iv].

48 continúa el trabajo de Natureza morta. Esta vez son las fotografías que antes interrumpían el flujo las que ocupan la pantalla, pero no aparecen juntas sino de manera sucesiva, durante varios minutos. Notablemente, este recurso, que en principio individualiza lo que antes se presentaba seriado, resulta también terrible. Lo que vemos son los rostros de una dictadura que menciona el título de la película anterior, y la tribulación procede de que son, justamente, de ella antes que de los sujetos capturados por la cámara. Sobre estas imágenes, y siempre en off, las víctimas de la policía secreta de Salazar hablan sobre su vida en la cárcel, sobre el tiempo y ante todo sobre la tortura. Ningún cartel – al menos hasta los créditos - nos dice el nombre de los detenidos, y es poca la información sobre sus vidas que obtenemos de sus palabras. Todo se concentra en la (no) experiencia del encierro y el castigo psíquico y corporal. 48 es un fresco del horror, no una reparación. 

Sin embargo, las voces son distintas, y en ellas residen las notas particulares, que modulan el tema repetido a la vez que lo confirman como un asunto propiamente social. Efectivamente, si la dimensión histórica excede a los individuos - y es a esa excedencia, inscripta en su propio nombre, a la que 48 apunta -, el sonido contribuye a delimitar los cuadros, cada uno dedicado a un ex detenido. En un caso es un chasquido de lengua, en otro un reloj, en otro los autos que pasan: cada testimonio tiene su propio ruido, que la directora define lentamente modificando el volumen de algunos sonidos contextuales. Este zoom de audio es semejante al zoom de imagen de Natureza morta, pero su objetivo es distinto, ya que no se trata esta vez de descubrir el plano sino de establecer una diferencia como la que señala el espacio entre palabras de un mismo texto [v]

Hay una mujer que ríe. Es la imagen que, por su absoluta singularidad, se destaca de las otras y señala entonces la regla. Las fotos de la policía salazarista – las de encuadre frontal, al menos – son como retratos. Es difícil evitar esta designación. Sin embargo, su estatuto es otro. En ambos casos estamos frente a poses con un carácter genérico evidente: suelen repetir encuadres, ángulos, distancia y fondo. Pero su radical diferencia pragmática las enfrenta: ya que sus usos sociales son opuestos, opuestos son sus sentidos. El retrato es parte de la novela familiar y su valor es íntimo, propio de la dimensión privada que la modernidad descubrió y convirtió en emblema. La foto policial – hija del mismo tiempo, como las huellas digitales y la numeración de las casas urbanas – es una imposición del estado, semejante a la del DNI pero brutal, ya que no hace coincidir su obligatoriedad con la certificación de la ciudadanía. En una dictadura, sin garantías jurídicas, hay en la foto de los presos políticos una expresión de dominio desnudo. Por esta razón, el habitual desconocimiento que el retratado manifiesta respecto de su propia imagen cambia también de sentido. En casa, el paso del tiempo o la percepción de la pose se compensan íntimamente (¡Ay, qué distinto estoy!, ¿Por qué habré puesto esa cara?). En la foto policial hay una enajenación de otro orden; casi todos los que prestan testimonio en 48 dicen en algún momento: Ese no soy yo

Sin embargo, y como es lógico, es necesario que el que se desconoce se identifique a sí mismo, aun como otro, porque solo él tiene la autoridad que el documental reclama para contar cómo fue detenido, cómo fue torturado, cómo funcionaba la cárcel, qué tareas cumplían sus verdugos. Tan es así, tan decisiva es esta coincidencia entre la imagen y la voz, que cuando no hay fotografía, como ocurre con el único preso africano que la película incluye, la pantalla permanece en negro o deja entrever, espectralmente, una rendija de luz, unos puntos luminosos, un árbol, una cerca [vi]. Es un archivo fílmico - la única fuente visual no fotográfica de 48 -  que originalmente dura unos pocos segundos y que, intervenido como en Natureza morta, alcanza los siete minutos. Con estos siete minutos apabullantes termina 48

** (Publicado originalmente en revista La otra nº 26, Otoño/Invierno 2012)


NOTAS

[i] En realidad, su trabajo posterior, Crazy Horse, con sus chicas desnudas, su tono ligero, sus colores y números musicales lo es todavía más. Tan relajado aparece Wiseman en el cabaret francés que se permite una edición mayor, ¡incluso planos y contraplanos!

[ii] No hay empuje ni demora enfáticos en la yuxtaposición de secuencias: el tiempo es sucesivo, el ritmo cotidiano, la jerarquía difusa. Y sin embargo hay drama, remisiones, núcleos de conflicto dispersos. Lo importante es que la yuxtaposición no se convierta en causalidad ni en una simple agregación. Lo importante es que haya texto (a Wiseman le gusta comparar su trabajo con el de un escritor). La duración tan variable de sus películas deriva de estas razones. Hace falta tiempo para concebir una idea acerca del mundo histórico que la cámara registra; cuánto tiempo es un asunto de montaje. Un documental de Wiseman recién se acaba cuando de la institución se obtiene el ritmo de sus latidos.

[iii] El sentido de este tipo de ordenamiento - hay cientos de ejemplos más, en el documental y en la ficción - no es, por supuesto, estable. De nada sirve rechazarlo por enfático, como de nada sirven las injurias contra el montaje de plano y contraplano o los himnos al plano secuencia. La fetichización de los recursos del cine es una mala costumbre. También las cortinillas dependen de su uso.

[iv] La potencia epistemológica de un trabajo como este – que sintoniza el de otros exploradores, como Vincent Monnikedam y en menor medida la pareja Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi – es en verdad notable y conduce a problemas complejos, uno de los cuales puede plantearse así: ¿qué es un archivo? Esta pregunta, tan historiográfica, está en la base de las películas de found footage, aunque no todas ellas la enfrentan del mismo modo. El trabajo sobre el material encontrado puede seguir otros caminos, pictóricos o líricos, antropológicos o memorialistas. Por eso, una indagación como la de De Sousa Dias, que va detrás de ideologías y mentalidades y que repone la pregunta por el concepto mismo de documento, es excepcional. Ahora bien, no se trata de que sus películas traduzcan métodos e ideas de la historia contemporánea, aun cuando toman de sus especulaciones ideas importantes: las mismas películas resultan máquinas historiográficas autónomas. En este sentido, un trabajo afín al de la portuguesa es The Halfmoon files de Philip Scheffner, no propiamente un documental de found footage aunque nace también él de un archivo encontrado: la voz de un indio grabada en un fonógrafo. La historia de esta voz es imposible de reconstruir, pero la historia de su huella, de cómo fue lograda, es finalmente el tema del documental. Scheffner pone en escena la pesquisa, sus marchas y contramarchas, sus descubrimientos y obstáculos, la elección de los documentos pertinentes para la interpretación del que brilla sobre todos. Visto desde este lugar, The Halfmoon files tiene más que ver con el cine de de Sousa Dias que el trabajo de Gianikian y Ricci Lucchi, siempre mencionados junto a su nombre (como en este texto).

[v] Es una jugada arriesgada. Alguien dirá que la película reproduce así las celdas de aislamiento. Pero es en realidad un modo coherente y sin concesiones de enfrentar el tema. También los afiches comunican el criterio de trabajo. El título del documental, que es el tiempo de la dictadura, se imprime sobre un rostro de perfil. No tanto a descubrir el rostro como a establecer el modo en que fue tapado se dedica 48.

[vi] Sobre África y la falta de fotografías, De Sousa Dias le comenta a Chris Wahl en una entrevista titulada Der Faschismus hat nie existiert: “Al principio, la cuestión africana no tenía importancia para la película. Pero con el tiempo llegué a la conclusión de que es necesario hablar con los ex presos africanos debido a que las torturas a las que fueron sometidos fueron muy especiales. Eso me hizo volver a uno de los problemas: no hay fotografías de estas personas. Fueron destruidas. Por eso decidí que se notara la ausencia de estas imágenes, lo que implica reflexionar acerca de la relación entre el archivo y la película (…) Estas no son imágenes de un paisaje cualquiera y que yo encontré especialmente interesante, sino que provienen del contexto directo, inmediato. Esto es fundamental para mí: no debe haber imágenes sin justificación”. La entrevista - en alemán - se puede encontrar en http://www.cargo-film.de/film/der-faschismus-hat-nie-existiert/ Su título – El fascismo nunca existió – hace referencia al borramiento de la memoria histórica que Portugal habría iniciado una vez terminada la dictadura de Salazar. La traducción del fragmento citado pertenece a Candelaria Naveyra.

miércoles, 8 de junio de 2016

Años 70: dos obras maestras olvidadas



1- La Paloma (Daniel Schmidt, Suiza, 1974) *

Hay maneras y maneras de perder la compostura. Daniel Schmidt intenta antologarlas en La Paloma. Puro amaneramiento, la película es un himno de la superficie y la impostación, del brillo loco y el irrealismo. Estrenada en 1974, tuvo tiempo de revisar - además de las películas de Sternberg-Dietrich, encarnadas en el cuerpo y el vestuario de Ingrid Caven, y algunas de Fassbinder - a los italianos decadentes: el Visconti de La caída de los dioses, Muerte en Venecia y Luis II de Baviera y el Fellini de Satiricón. Pero nada queda de lo que Schmidt debe haber juzgado en estos últimos, a los que sin duda admira, una traición a las formas, ni el tema político, ni el cambio histórico ni la furia espiritual. La Paloma se entrega toda al dominio del artificio. Al comienzo, mientras el sol se pone, un cartel en inglés recurre al modo eterno: “Había una vez…”. Al final, un mago y sus cartas nos despiden recordándonos que todo es ilusión. Los cien minutos restantes son también teatro, novela, función de títeres: cine como esteticismo eufórico. 

En aventuras como esta, tan desatadas, el cliché es un aliado decisivo. A dos o tres motivos transitados recurre el argumento: la tuberculosis, el matrimonio sin amor recíproco, la venganza. En pocas palabras, la historia es esta. El conde Isidor – Peter Kern: formidable - rescata de la enfermedad a Viola, una cantante de cabaret conocida como La Paloma, y ella acepta entonces su propuesta de casamiento. Un día llega de visita el mejor amigo de Isidor y la mujer se enamora de él. Como su esposo no acepta financiarle su amor, Viola entrega su tiempo a la venganza, que incluye el estudio de la química, un testamento, su propia muerte, un cadáver incorrupto y una urna fúnebre que debe contenerlo. 

Pero no es solo su historia delirante sino ante todo el descaro de sus formas lo que resulta a la vez arrobador y ridículo, sublime y grotesco. La Paloma es una superficie absorbente, ajena a la redención de lo profundo, en la que todo, también la pasión amorosa, es representación. Quien dice: “Recuerdo apenas la lágrima en la carta, los espejos, el color rojo” no recuerda apenas. Eso es La Paloma

En un universo que declara tan rotundamente su pertenencia a lo onírico, el tiempo se vuelve opaco y sus signos flotantes. Por asociaciones básicas, el cabaret recuerda a los años 20 y 30, y el lenguaje de las canciones – alemán, inglés, castellano – a una realidad cosmopolita por entonces todavía novedosa. Al mismo periodo remite buena parte de la música, como la gloriosa escena en la que los recién casados cantan sobre un fondo de montaña falsísimo un aria de Die tote Stadt, la ópera de Korngold basada en una fuente afín a Schmidt: la novela decadentista Brujas la muerta de Georges Rodenbach. 

A pesar de que estas dos décadas son las que funcionan como centro de atracción, las pistas temporales se extienden hacia atrás y hacia adelante, lo que permite, entre otras cosas, liberar de nazis el cabaret. Schmidt busca sus materiales en el siglo XIX antinaturalista y los mezcla sin rubor. La historia alude a La dama de las Camelias pero en el tono de La Traviata, y reúne en ella elementos del melodrama, el relato gótico y el Grand Guignol. Por su parte, los carteles cinematográficos del cabaret, además de señalar intertextos, ofrecen otras fechas: Liebelei es de 1933, Forsaking all others de 1934, La signora dalle camelie de 1947. Finalmente, la única información temporal explícita nos deposita en 1952: “Eva Perón ha muerto”. Por ser el último y por provenir de un diario podríamos considerar este dato como el único en condiciones de establecer un orden. Pero toda cronología, además de embrollada, es inútil. Schmidt alucina una época compuesta solamente por los signos del arte y los distribuye en un gran fresco sin dimensión temporal estricta. A la mansión se llega por agua, tan aislada está, y el viaje de bodas se concentra en edificios antiguos. Nada de “mundo contemporáneo”.

Tampoco las elipsis de la narración tienen asidero. Las notamos, por supuesto, porque hay sucesión, pero esta no se traduce al vestuario, las arrugas o la arquitectura. Ni las edades son claras. Bulle Ogier, que interpreta a la madre de Isidor, parece tan joven como él. El mismo Isidor se confunde con un pibe en las primeras escenas. Puro escamoteo, La Paloma no dispone ancla social ni biográfica para un tiempo despojado de su poder de afectación, desdibujado para que la pasión y sus formas se desenvuelvan como en novela semanal o melodrama tórrido y distante. 

Por ser el lugar donde se reúnen la magia, el teatro, el juego y otros engaños, el cabaret es el escenario ideal para una apuesta de estas características. En él comienza y termina la película. En realidad, y a pesar del tren, el hospital, el hipódromo y la propiedad aristocrática, todo ocurre ahí, o mejor dicho, ahí y en la mente de Isidor, hechizado por un número llamado “La fuerza de la imaginación” que conduce en silencio un personaje que parece recién salido del Satiricón de Fellini.

En completa sintonía con todo lo antedicho, la banda sonora es también de un irrealismo perentorio. Una gota de agua, el crepitar del fuego o la bolita que gira en la ruleta pueden acrecentar desmesuradamente su volumen o aparecer en escenas fuera de su ámbito; la partitura puede enrarecerse hasta adoptar las notas ululantes del cine de ciencia ficción barato, y los grillos y las aves nocturnas pueden convertirse en jocosas amenazas de sintetizador. 

Si el tiempo flota, también lo hace la jerarquía cultural, sacudida entre el circo y la música clásica (aunque protegida, ciertamente, por su ajenidad a los 70). Lo más brillante en cuanto a sonido - y una de las razones fundamentales del encanto de La Paloma - es el repertorio de canciones. El mismo título alude a una, famosa en Latinoamérica, que en Alemania cantó en los 30 la chilena Rosita Serrano. Peer Raben arregla “Shanghai” para que Caven la interprete magníficamente en el cabaret. “(I’ll be whit you) in apple blossom time” gobierna la secuencia que resume la estadía del amigo de Isidor en la mansión. “Tipitipitín” acompaña un viaje en tren.


Tanta pasión por la desmesura no acepta referentes sociales ni corrección de estilo. Apolítica y antiacadémica, es en el reclamo de la ficción completa y en el territorio del exceso donde La Paloma triunfa. Lo que tiene de fascinante es su confianza en el bolazo y su consecuente renuncia a lo que embrutece a tantas películas que no se animan a desoír las sirenas del cine genéricamente artístico, ese que convoca a elogios rápidos y en apenas unos años destila su tufo académico como en vidriera navideña.  

Tan potente es su carácter anómalo que conviene liberarla al menos por un rato de tres claves de interpretación confusas. Alguien dirá que es posmoderna, pero es mejor no asociarla a un concepto del que hay que defenderla apenas se alude a él. Alguien dirá que es camp, pero es tan notable su afinidad con la descripción de Susan Sontag que no vale la pena ahogarla en la evidencia. Alguien dirá, por último, que es una película de autor, pero de nada sirve sacrificarla en ese altar. Por el contario, es necesario reconocer que es excepcional también para Schmidt, tal como lo muestran al menos dos de sus ficciones posteriores, Hécate y Jenatsch, ejemplos perfectos del cine sensato que La Paloma combate.

* Publicado originalmente en revista La otra nº 26, Otoño/Invierno 2012.



2- Killer of Sheep (Charles Burnett, Estados Unidos, 1973) **

Charles Burnett filmó Killer of sheep en 1973 como tesis universitaria, pero la película no fue mostrada hasta 1977. Desde entonces, permanece oculta por problemas con los derechos de la música utilizada. Tanto desde el punto de vista de la producción como desde el de la representación es un modelo de independencia, esa categoría confusa y hoy por hoy omnipresente. En relación con la producción: 16mm, actores no profesionales, rodaje en fines de semana, presupuesto inexistente. En relación con la representación: relajamiento casi total de la causalidad, debilitamiento del episodio, cuestionamiento del concepto de música incidental, negación del héroe. Es una película singular pero no carece de aliados. Es, sobre todo, amiga de Cassavetes y del New American Cinema. Como Shadows es un film-jazz, aunque en su banda sonora suenen también el blues y el soul. Como The Cool World, de Shirley Clark, es un film etnográfico y a veces un poco onírico. Como ambos, es un film libre, de un realismo documental muy manifiesto pero hostil a la progresión narrativa y a toda forma de montaje disimulado. Trata de Stan, de su familia y de su barrio. Al trabajar de manera ejemplar la compleja articulación de individuo, grupo y comunidad, adopta la forma del fresco social antes que la del retrato o la historia de vida. Existen niveles de representación, ciertamente, pero su disposición parece demasiado aleatoria como para considerarlos en términos de estricta jerarquía. En un punto, Stan es un conector antes que un protagonista. Es, digamos, la palabra “y” de la película, porque las escenas se suceden de manera aditiva antes que consecutiva, y a veces ni siquiera eso, como ocurre con la misma apertura, que muestra a unos personajes que jamás volveremos a ver, o aquellas otras que están allí como sectores menos visibles pero no por eso menos importantes del lienzo. 

Sin embargo, Stan es un conector en otro sentido, mucho más importante para Burnett, quien puede decir “no” a la narración pero que está muy poco interesado en reducir todo a meras funciones gramaticales. Esto es cine político, del lado del realismo según Brecht, no de la negatividad según Adorno. Stan cree que la comunidad debe permanecer unida y sostiene como sus valores principales la dignidad y el cuidado de los otros. En este sentido, dos momentos notables: cuando lleva cinco dólares y una lata de duraznos a sus vecinos y cuando se enoja debido a que otro le sugiere que es pobre. Pero a pesar de lo dicho – y esto es fundamental – Stan no es un personaje positivo. Solo un héroe puede serlo, y no hay héroes en este mundo. Los lazos de su comunidad se resquebrajan, tal como lo muestran las escenas relacionadas con el robo, y su trabajo debilita su relación con el mundo, tal como lo señalan la falta de sueño y de deseo. Entonces, quien es capaz de solidaridad y cariño es también capaz de indolencia e inexpresividad sentimental. Su esposa lo invita a la cama y él se pone a cortar teflón, baila con él una canción de amor y él rechaza sus caricias. ¿Cómo podría Stan mantener unida a la comunidad si no puede mantener unida a su familia? Y todavía más: ¿cómo podría mantener unida a su familia si él mismo no puede mantenerse unido? 



Killer of Sheep es una película tremenda, sin nada de romanticismo, casi un himno al desencanto. La muestra más notable de esto es la serie que arman las cuatro escenas en el matadero. Primero, las ovejas. Más adelante, la limpieza de los ganchos. Luego, el despellejamiento. Finalmente,  la marcha del ganado hacia la muerte, justo después de que una de las mujeres del barrio anuncie, feliz, que está embarazada. No es algo elegante, pero no tiene por qué serlo. Así terminaba el manifiesto que en la Nueva York de 1960 firmaron los miembros del New American Cinema Group: “No queremos films falsos, pulidos y 'bonitos': los preferimos toscos, sin pulir, pero vivos; no queremos films 'rosas': los queremos del color de la sangre”. Trece años después, y desde la zona oeste de su país, Charles Burnett venía a decir que ese deseo todavía tenía sentido. Cuando en este 2007 su debut se estrene finalmente en Estados Unidos – gracias, entre otras cosas, a la colaboración de Steven Soderbergh - Killer of sheep será la película más sinceramente contemporánea del año, y la más cargada de futuro. Ya no queremos films rosas. Los queremos del color  de la sangre.

** Publicado originalmente en revista La otra nº 16, Invierno 2007.

viernes, 27 de mayo de 2016

No hay cura para el amor

(20 notas sobre Alan Rudolph)



Quédate conmigo (Choose Me, 1984)

por José Miccio *

1. Nadie parece recordar a Alan Rudolph. Es cierto que los diez años que lleva sin filmar - y unas cuantas malas películas - explican en parte su exilio de la conversación cinéfila, pero tengo la impresión de que su olvido es más profundo, como si un consenso silencioso hubiera decidido que no hay nada de valor en su larga y hasta cierto momento prolífica carrera, y que ignorarlo está bien, al fin y al cabo no es importante ni da para el reviente camp. Tal vez exagere, pero si no es así, si no es ante todo mueca y desinterés lo que provoca su nombre, es difícil advertir los motivos por los cuales ninguna de sus películas cuenta hoy con espectadores, especialmente en un momento como el actual, en el que los años 80 están todavía en discusión. 

2. Es justamente en los 80 cuando Rudolph filma sus dos películas fundamentales y su película más pretenciosa. Las primeras, bellísimas, son Quédate conmigo (Choose Me, 1984) y El callejón de los sueños (Trouble in Mind, 1985). La otra es Los modernos, (The Moderns, 1988), un homenaje a la falsedad y el artificio que no está a la altura de su propia ambición y resulta por ello especialmente enojoso, como si después de dos simples notables Rudolph hubiese querido grabar un disco conceptual que señalara con el dedo sus ideas. Ey, parece decir, miren los cuadros, las imposturas, el cartel modiglianesco, los caprichos del amor, el documento, la estatuilla, los espejos, la postal, la fiesta de las máscaras, Hemingway, Hollywood, el amor que tengo por el arte, mis críticas al esnobismo (que es tal vez lo más pueril de la película). Los modernos constituye un chasco lo suficientemente grande como para evitar la tentación de la trilogía, que suena siempre bien y otorga seriedad a bajo costo; pero como enseguida Rudolph volvió a las películas chicas con Sorpresas de amor (Love at Large, 1990), un título que recupera en parte la gracia de sus dos mejores trabajos, se puede no hablar de Los modernos y contar igualmente hasta tres.      

3. Quédate conmigo, El callejón de los sueños, Sorpresas de amor: he aquí las razones por las que vale la pena volver a hablar de Alan Rudolph. Son tres películas sobre el amor, antinaturalistas, de estructura compleja pero no rebuscada, que giran alrededor de personajes situados siempre al margen de la calma sentimental. Como tienen varios protagonistas y muchos episodios se las puede llamar corales, pero a pesar de cierto lugar común no tienen nada que ver con el cine de Robert Altman, padrino de Rudolph y director completamente ajeno al romanticismo de su protegido. 

4. Este romanticismo es tan notorio que Rudolph puede ser considerado uno de los pocos cineastas del amor de los años 80 (otro es Leos Carax, y no hay muchos más). Sus personajes están siempre a la deriva, movidos de un lado a otro por su extravagancia y la necesidad absoluta e indomeñable del amor. En muchas ocasiones este errabundeo sentimental se corresponde con la falta de domicilio fijo; el ejemplo más claro es el de Keith Carradine en Quédate conmigo, que anda siempre con una valija y duerme todas las noches en un lugar distinto. Pero a decir verdad, la ausencia de casas fuertes es solo uno de los signos de un fenómeno mayor, que tiene que ver con la identidad débil de los sujetos, el tiempo y el espacio urbano. Sorpresas de amor podría ocurrir en los 80 o los 40, la calle nocturna del fenomenal comienzo de Quédate conmigo podría ser la misma en la que por aquellos años Michel Jackson se convertía en zombi, la ciudad de El callejón de los sueños es tan falsa como la maqueta que el personaje de Kris Kristofferson tiene en el cuarto prestado donde pasa las noches. 



Quédate conmigo (Choose Me, 1984)

5. Esta combinación de sentimientos intensos y vínculos inestables y azarosos convierte las películas en ballets de corazones en tránsito continuo. De ahí la importancia que tienen Eve’s, el local nocturno de Lesley Ann Warren en Quédate conmigo, y Wanda’s, el café de Geneviève Bujold en El callejón de los sueños: lugares de contactos breves alrededor de los cuales se mueven todos los personajes. 

6. El plano secuencia con el que abre Quédate conmigo es una obra maestra y el estímulo principal de estas notas. Su fortaleza proviene en parte de la totalidad a la que pertenece, como es lógico, pero su encanto es relativamente independiente del tapiz de amores intranquilos que propone Rudolph. Tomado como unidad, es parte de una serie de grandes planos secuencia de apertura que en Estados Unidos incluye nada menos que el de Sed de mal y el de Halloween; pero a diferencia de lo que ocurre en los memorables comienzos de Welles y Carpenter, en Quédate conmigo nada se narra: el plano es un anuncio del tono y el ritmo del film antes que de su argumento o su tema. Comienza con unas manchas rosas que, cuando la cámara decide el foco, se convierten en un cartel luminoso. Es el cartel de Eve’s. Debajo del nombre hay una copa y al lado la palabra Lounge en azul. Enseguida, la cámara desciende en la grúa para descubrir la calle y algunos personajes que se mueven por ella con una falta de naturalidad exquisita. Todo contribuye al artificio: el reflejo del neón en el asfalto, los colores de la ropa, el movimiento, los títulos que replican el rosa y el azul del cartel y la hermosa canción soul de Teddy Pendergrass que da nombre a la película. Entonces, una mujer de piernas y tacos largos ingresa por el fondo del plano. Recibida como en una pasarela, avanza hacia la cámara, se contonea, camina siempre a punto de baile hasta la entrada del local. Cuando ingresa, el plano concluye. Son dos minutos nada más, suficientes para establecer de una vez y para siempre la cadencia musical de la película, su fluir rítmico y sosegado, tan sexy como la canción de Pendergrass. Este comienzo esteticista y voluptuoso es un modo del cine musical y un himno a la belleza filmado en uno de los dialectos de los años 80.



Sorpresas de amor (Love at Large, 1990)

7. Los personajes de Rudolph (también sus lugares y situaciones narrativas) son variaciones alrededor del cine clásico. Sorpresas de amor combina motivos muy fácilmente reconocibles del cine negro, el western y la comedia, y resulta la más cercana al pastiche. El callejón de los sueños remite al cine de los años 40, y su hermoso final cita el también hermoso de Mientras la ciudad duerme, con Kristofferson en lugar de Sterling Hayden y las montañas en lugar de los caballos. La casa de uno de los personajes de Quédate conmigo está decorada con carteles de películas de Cukor, Walsh, Mankiewicz, Dieterle, Pichel, Busby Berkeley y otros directores de los viejos estudios. 

8. La función de estos intertextos no es siempre la misma, y sin dudas su número y capricho los hace exceder largamente la idea misma de función. Lo que es muy claro es que cumplen un papel decisivo en la elaboración de la brillante superficie que las películas ostentan. Para Rudolph hay dos absolutos: el amor y el arte. Y una ley tomada de Oscar Wilde: ser tan artificial como sea posible. Sus películas no nacen de la observación del espacio urbano o de los vínculos sociales contemporáneos sino del cine americano de los 40 y de las canciones, que son su fuente principal de ideas sobre el amor. Pero si hay un arte visible en Rudolph es la pintura. De hecho, siempre hay una casa que funciona como galería: la del personaje de Neil Young en Sorpresas de amor, la de Lesley Ann Warren en Quédate conmigo y la de Divine en El callejón de los sueños (esta última es un verdadero museo). A este entramado hay que sumar las formas que proponen la moda y el diseño, materiales igual de importantes para la impresión esteticista. El ejemplo más claro está en Sorpresas de amor, cuyos créditos señalan la presencia en el film de vestidos de Armani, pieles de Schumacher, muebles de Mario’s, smokings de After Six y sombreros de Eric Berg. 




El callejón de los sueños (Trouble in Mind, 1985)

9. Que con estos elementos Rudolph haya hecho películas tan poco académicas y decorativas tiene que ver con su lectura del decadentismo y el pop y con su indudable interés por el cine clásico. En sus mejores momentos, Rudolph se mueve en estado de gracia por las superficies al mismo tiempo que elabora un tapiz de soledades que su talento y el de sus actores dotan de verdadera emoción. No es que, después de todo, sus películas tengan profundidad y rediman así el gusto por las citas y su completo irrealismo. Es que hay algo en ellas que los rótulos no atrapan (al menos, lógicamente, que alguien quiera llamarlas posmodernas y quedarse tranquilo). Rudolph es uno de los tantos que en los años 80 filma festivales de la cita y la alusión, pero sus películas - sobre todo El callejón de los sueños, que es la más contundente en este punto - se distinguen de propuestas contemporáneas como el manierismo de los Coen y el zarpe cinéfilo de Dante y Landis en que, aun proponiendo juegos de todo tipo con las fuentes, asumen con sus personajes un compromiso que todavía es de algún modo clásico, algo que termina por llevarlas (tal vez sorprendentemente) más cerca de Calles de fuego y Fuga de Nueva York que de Simplemente sangre y Mujeres amazonas en la luna (aunque, a diferencia de Carpenter y Hill, en Rudolph hay claramente más pintura que comic). 

10. En este universo ultrasemiótico lo único que resiste a las codificaciones es el amor, que no permite orden ni calma y se complace en soplar siempre a la velocidad que más molesta. En este sentido, si hay una imagen realmente absurda en el cine de Rudolph es la de Elizabeth Perkins leyendo en Promesas de amor un libro llamado “The Love Manual”. Como si tal combinación de palabras fuera posible. 



El callejón de los sueños (Trouble in Mind, 1985)

11. Pues bien, la combinación no es posible pero existe. Porque así como el amor es una fuerza que desbarata todo código, hay también en las películas una fuerza contraria que intenta detener su empuje y estabilizarlo en un dominio. Para Rudolph la fuerza codificadora del amor por excelencia es la pareja. Por eso en ninguna funciona bien. El matrimonio de Carradine y Lori Singer en El callejón de los sueños comienza a separarse apenas llega a la ciudad. El mismo Carradine carga en Quédate conmigo con dos fracasos y una muerte derivada de uno de ellos. Sorpresas de amor es un verdadero catálogo de disturbios: celos, bigamia, adulterio, reconcomio, hartazgo, reproche, discusión. Es ley de Rudolph: cuando dos personajes establecen un vínculo que puede abrigarlos establecen a la vez el código y la incertidumbre. Los magníficos finales de Quédate conmigo y Sorpresas de amor son la mejor prueba de la endeble condición del amor quieto: en la primera, las caras de preocupación de Carradine y Lesley Ann Warren coinciden con sus mimos sinceros y su destino de boda en Las Vegas. En Sorpresas de amor, Tom Berenger y Elizabeth Perkins, que vienen de sendas separaciones y de ayudar a otros dos personajes a dejar a sus parejas, se preguntan si lo suyo durará mientras se besan y acarician por primera vez.  

12. Podría pensarse que la felicidad existe por fuera de la pareja, y que Rudolph es un hijo de la liberación de las costumbres. Pero no ocurre así. También sufre la mujer que pasa de hombre en hombre. En este punto, es claro que la dinámica de las películas depende de un doble desacople: el que genera el amor cuando se ausenta o se detiene y el que genera cuando no para. Geneviève Bujold y Lesley Anne Warren encarnan en Quédate conmigo los dos extremos de este continuo: la que no tiene experiencia y la que tiene demasiada.      

13. En esta situación de inestabilidad permanente solo hay plenitud momentánea, instantes de cielo que Rudolph filma con talento indudable. El mejor es el primer beso entre Carradine y Lesley Ann Warren en Quédate conmigo, una verdadera pieza musical del cine en tiempos del video clip. Rudolph edita la canción de Teddy Pendergrass para que sus versos alternen rítmicamente con el diálogo y el movimiento de la cámara y los actores, como si fueran la voz interior de los personajes. La belleza de la escena es también un llamado de atención: es posible que Rudolph sea uno de los cineastas esenciales del beso.  



Sorpresas de amor (Love at Large, 1990)

14. Los besos constituyen no solo los momentos álgidos del amor sino el fondo sobre el que las relaciones terminan o empiezan. Hay un verdadero tapiz de besos en las películas de Rudolph, tan importantes para su textura como los cuadros y las canciones. Sorpresas de amor abre con un hermoso plano de grúa que registra un beso en el tranvía y otro en la calle antes de subir hacia el departamento donde estalla un portarretratos con la foto de una pareja sonriente y triunfal. En Quédate conmigo hay al menos tres besos de este tipo: uno de sombras en la calle, otro en la estación de micros y el último en el colectivo que lleva a Carradine y Lesley Anne Warren hacia su matrimonio. Rudolph suele filmar en el mismo plano la acción narrativa principal y el beso de contexto, como si quisiera advertir que sus protagonistas y sus secundarios tienen detrás de sí un fondo infinito de amores del cual ellos han sido extraídos. El realismo hace algo parecido, pero difícilmente aceptaría que el mundo es una trama de amores y besos representable por seres tan extraños.   

15. Rudolph no concibe su cine sin canciones; ahí están los títulos de sus dos grandes películas para dejar en claro su importancia. Trouble in Mind toma su nombre de un estándar compuesto en los años 20 por Richard M. Jones y grabado especialmente para el film por Marianne Faithfull. El caso de Choose Me es aún más significativo, porque el proyecto surge de la necesidad de Teddy Pendergrass de grabar un álbum que fuera a la vez la banda sonora de una película; Rudolph escribió la historia a partir de la canción y el uso que hizo de ella bien puede contarse entre los más bellos que el cine de los 80 registra. Según entiendo, Love at Large no cumple con la regla, pero abre con “Ain’t no Cure for Love” de Leonard Cohen, que es un emblema posible para las tres películas. 

16. Las bandas sonoras de Rudolph tienen la impronta del melómano pero no la del compilador. Es decir, no hay en sus películas un uso ilustrativo de las canciones, esa mala costumbre cada vez más habitual. En general, Rudolph prefiere melodías suaves y reposadas, y letras que hablan del amor y la tristeza, del amor y la melancolía, del amor y la enfermedad. En Sorpresas de amor se escucha “You Don't Know What Love is” (otro estándar, escrito por Gene de Paul y Don Raye) en tres momentos diferentes. La letra dice: “No sabes lo que es el amor hasta que / has aprendido el significado de los blues. / Hasta que has amado a un amor que has tenido que perder / no sabes lo que es el amor”. 



Quédate conmigo (Choose Me, 1984)

17. Las canciones, las películas, la pintura, el diseño, la noche, el amor. El mundo Rudolph, como se dice. Pero sin Carradine, sin Kristofferson, sin Bujold, sin Lori Singer, sin Lesley Ann Warren, sin Elizabeth Perkins, sin el conjunto de grandes secundarios que pueblan las películas nada sería lo mismo. Rudolph y los actores, todo un tema. 

18. Keith Carradine es el actor más impresionante del conjunto, y su cara una de las imágenes más atractivas de los años 80. En Quédate conmigo y El callejón de los sueños está genial como falso mitómano y delincuente de poca monta. Son sus dos mejores papeles, y de algún modo los lleva consigo hasta Calle sin retorno, la última y extrañísima película de Fuller, en la que interpreta a un cantante pop en la ruina económica y existencial. 

19. En El callejón de los sueños Carradine brilla más que nunca, sin dudas porque tiene a Kris Kristofferson como contraste. Sus personajes son agua y aceite. Carradine cambia de imagen todo el tiempo; en el viaje desde el campamento de casillas rodantes a la ciudad pierde la barba, y en los días que dedica a la delincuencia su pelo y su vestuario entran en una vorágine de transformaciones cada vez más extravagantes. Del gamulán al saco moderno, y del corte de pelo clásico al peinado new wave, Carradine atraviesa la película en un movimiento que concluye tan abruptamente como empezó, cuando se alista en el ejército y se quita el maquillaje. Exactamente lo contrario ocurre con el personaje de Kristofferson, una mole herida, atrapada en la repetición, a la que el actor presta su cara uniexpresiva, su porte clásico y una renguera leve y viril que salta por sobre Dustin Hoffman para encontrar el cuerpo cinematográfico del mismísimo John Wayne. A diferencia del colorinche Carradine, Kristofferson viste durante toda la película ropa gris y negra, y solo agrega una corbata terracota sobre el final, muy circunspecta. Rudolph filma sabiamente su barba entrecana y sus arrugas; sus primeros planos son contestaciones rotundas a los afeites y tinturas de Carradine. Y sin embargo, a pesar de oponerse en todo, el ícono clásico y el mutante moderno no son tan distintos. Los dos son en algún momento crueles con la mujer que se disputan, los dos son hombres solitarios y los dos son criaturas urbanas que vienen de pasar un tiempo lejos de la ciudad. Y es la ciudad, justamente, la que los reúne. La Rain City de El callejón de los sueños es un lugar gris y opresivo, recorrido permanentemente por la milicia y sus voces de reclutamiento, lleno de carteles de prohibición menor en calles y negocios y, claro, muy lluvioso. Antes que una geografía, es un estado del espíritu, un tapiz hooperiano del que nadie sale ileso y en el que solo las mujeres saben sobrevivir. 



El callejón de los sueños (Trouble in Mind, 1985)

20. Solo resta subrayar después de tanto apunte lo que en verdad importa: películas tan hermosas como Quédate conmigo, El callejón de los sueños y Sorpresas de amor no merecen un olvido tan terminante.

* Esta nota apareció originalmente en el número 27 de revista La otra, otoño de 2013.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Madres de cine



por José Miccio *

1

Hay películas que no tienen madres en roles protagónicos pero que recurren a ellas cuando necesitan establecer una inflexión dramática decisiva e inapelable. Por su combinación de importancia y brevedad, esos momentos permiten reponer el discurso que sostiene su inteligibilidad veloz y su poderosa fuerza persuasiva. En Tiburón, Martin Brody (Roy Scheider) cede a las presiones del alcalde y los intereses empresariales que representa y mantiene las playas abiertas a pesar de las recomendaciones de los expertos. Entonces muere un niño. En el funeral, la madre pone su cara y su luto frente al sheriff. Es un espejo donde Brody se ve manchado: en lugar de cumplir sus obligaciones con el pueblo eligió obedecer al poder. A partir de ese momento tiene una crisis y enseguida una misión: como en los westerns – la matriz narrativa y moral de Tiburón – asume que debe hacer por fin lo que un hombre debe hacer. En Los intocables, una nena muere bajo una bomba mafiosa apenas iniciada la película. Eliot Ness (Kevin Costner) fracasa en su primer intento de desbaratar la organización criminal y se gana la burla de todos. Está por abandonar cuando la madre de la chica muerta lo visita en su oficina para agradecerle lo que hace. Es otro espejo, pero este espejo lava. Entonces Ness decide seguir adelante: cuenta además de con la ley con el reconocimiento y la esperanza de la autoridad materna. En ambas escenas, De Palma, Spielberg y sus guionistas recurren a un topos dramático muy caro al cine estadounidense. Lo que se expresa en la madre excede los límites del individuo y la familia: es una pasión absoluta y la verdad última de la comunidad. Los protagonistas de Tiburón y Los intocables son funcionarios del estado de distinto rango, pero cuando es necesario juzgar su tarea el cristal que refleja el mandato de la sociedad civil es una mujer en su función de madre. El inolvidable final de Viñas de ira es el paradigma de estas escenas: el hijo parte como espíritu democrático pero es la madre quien tiene el derecho al plural. “Somos el pueblo”, dice. Porque ella es el fundamento. 
          


2

En 1998 Spielberg volvió a filmar una escena como aquella de Tiburón. Pero esta vez llevó la idea hasta el límite, al punto de hacer verdaderamente difícil determinar si se trata de su negación o de su realización plena. Como Brecht, Spielberg cree en el espectáculo y en los buenos sentimientos, aunque uno y otro los entienden de manera distinta y fácilmente antitética. No tienen nada en común pero una frase del alemán – mil veces compilada - es un epígrafe evidente y tramposo para Rescatando al soldado Ryan: "Las madres de los soldados muertos son jueces de la guerra". En la película, el desembarco en Normandía y la batalla del puente son el espectáculo en su sentido más común. Los buenos sentimientos ocupan todo el metraje y crecen principalmente en los momentos de espera, con monólogos y diálogos de camaradería que compensan con acción psicológica la reducción de la acción física. Como Spielberg cuenta con una historia decidida correctamente y con medio siglo de distancia puede permitirse alguna participación aliada repudiable y algún alemán digno. 

Pero si bien casi todo ocurre en Europa el drama en última instancia reside en Estados Unidos. La secuencia donde el sentido echa su ancla se despliega en dos espacios ideológicamente ligados. Sola, en medio del cielo y el campo amarillo, iluminada con énfasis, la casa familiar es el gobierno de la madre, por eso el cura y el militar que le llevan la noticia de la muerte de sus hijos la encuentran lavando platos, en armonía económica y espiritual con la tierra y el molino. En estricta continuidad con la casa y su señora está la oficina del gobierno nacional que recibe la información sobre los soldados muertos y decide ir en busca del Ryan que queda. La resolución contraría la pragmática de la guerra y expresa por eso una idea trascendente: un mandato moral que ilumina desde el pasado y en cuya base se encuentran otra madre y un presidente que le escribe. Es una carta que liga todo - pasado y presente, público y privado, familia y nación - y que los hombres de estado saben de memoria. Dice: “Estimada señora, el Ministerio de Guerra me ha enviado un telegrama del ayudante general en Massachussets según el cual usted es la madre de cinco hijos que alcanzaron la gloria en el campo de batalla. Cuan fútil e insignificante sería cualquier palabra mía que intentara disminuir la angustia producida por tan abrumadora pérdida. Pero no puedo sino ofrecerle el consuelo que tal vez pueda hallar en la gratitud de la república por la cual se inmolaron. Ruego al Padre Celestial que atenúe la angustia de su luto y que guarde usted el dulce recuerdo de sus seres queridos y el profundo y merecido orgullo de tan supremo sacrificio por la libertad. Saludo a usted respetuosamente, Abraham Lincoln”. Entonces todo es claro: la propiedad rural y la madre son una imagen pretendidamente esencial del Estados Unidos profundo sobre el que se levantan el estado y su razón y por quien flamea en primerísimo primer plano la bandera de rayas y estrellas. Es ahí donde se expresa el veredicto materno: madre y bandera son madre patria o estado inocente.



3

Los melodramas de madres abnegadas o abandónico-arrepentidas presuponen la desigualdad social y un criterio de respetabilidad estricto y agresivo. Al menos ocurre así en dos grandes películas con y de Barbara Stanwyck. All I Desire narra la reconstitución de una familia de pueblo chico. Visto a la ligera, es un argumento fácilmente conservador. Podríamos decirlo así: después de años dedicados vanamente al teatro, una mujer retorna a la que fue su casa y se redescubre como esposa y madre. Sin embargo, como es común en las películas de Douglas Sirk, hay una segunda historia, y lo que está en juego en ella es más profundo: se trata de saber de qué es capaz una comunidad cuando son desafiadas las bases que la mantienen unida. O en otras palabras: contra qué condiciones el amor sincero es posible. En este sentido, antes que falso, el final feliz es heroico (y tal vez por ello también falso). Cuando el maestro y la mujer moralmente incorrecta entran a su casa confirman su disenso y se despiden de viejos valores: adiós a la carrera profesional, a la reputación y a los matrimonios convenientes. 

En la película de Sirk, la reconstitución de la familia significa, entre otras cosas, la clausura del ascenso social de los hijos. Exactamente lo contrario sucede en Stella Dallas, donde es su disolución la que abre el camino del progreso. En este gigantesco melodrama de King Vidor, Barbara Stanwyck es hija de obreros, y en la imagen terrible de su madre ve el futuro que esa condición le asigna. Contra el destino que la obliga a reiterar a su madre así como su hermano reitera a su padre dirige su voluntad y crea con inteligencia picaresca las condiciones para obtener un buen matrimonio, con un hombre sin fortuna pero con experiencia de clase alta. Es su oportunidad de salir del pueblo y entrar en contacto con el mundillo de gente bien que conoce por películas y noticias sociales. Pero su éxito concluye pronto. Stella desconoce los códigos de la vida que desea: confunde elegancia con atiborramiento de ropa, cultura con cine y por su torpeza pierde a su marido y se convierte en un obstáculo para el ascenso social de su propia hija. Un puro en la purecito del bebé lo anuncia prontamente, y la amiga elegante y millonaria de su esposo pone blanco sobre negro la distancia que separa lo que Stella quiere de aquello de lo que es capaz. Dicha así, la historia parece apenas la fábula de una trepadora que encuentra su límite. Sin embargo, es también, y finalmente ante todo, la historia de una mujer que en tanto madre cambia tener por dar y es capaz entonces – solo ella - de un amor ilimitado. Al enfatizar a la vez la generosidad y la incompetencia de su personaje, la película nos hace sensibles a una madre siempre amorosa y también a una clase que rechaza de un modo u otro, con desprecio o indulgencia, todo lo que escapa de sus reglas. Esa fiesta vacía: cuánta ruindad. Ese vestuario: cuánto mal gusto. En All I Desire la identificación es sencilla: todo el que ama y por amar resiste la presión social tiene nuestro apoyo. En este caso es más difícil. 

¿Desde dónde miramos a Stella? La sabemos desprendida e irremediable y por eso esperamos conmovidos su renuncia. Y vaya si cumple. El divorcio y la tenencia, todo da. Y como todo no alcanza, actúa también el desinterés de madre frívola y libera a su hija de cualquier obligación. Que se vaya sin culpa y haga el duelo por abandonada. Que sea rica y elegante: la hija de la otra, que solo tiene varones. Con la separación y el autodaño de su único capital verdadero el sacrificio de Stella alcanza lo sublime. Solo resta el último movimiento: la confirmación del arribo definitivo de su hija a la alta sociedad. Ocurre en la última y extraordinaria secuencia, que es un caso particularmente rico de metacine. La jovencita se casa en la mansión de su nueva familia, en una sala amplia, apenas por encima del nivel de la calle. Las cortinas del gran ventanal permanecen intencionadamente abiertas. Adentro, todo es refinado, y afuera, una Stella desmaquillada y varios curiosos miran el espectáculo como en una pantalla clara aunque no tan transparente: ahí están las rejas que reencuadran a los novios y señalan el límite social que los separa de sus espectadores. La secuencia reproduce la posición del público al que Stella Dallas se dirige y constituye una delicada reflexión sobre el pacto que la ficción propone: alguien abre un cortinado para que miremos una historia de amor, riqueza y movilidad social que niega nuestra realidad cotidiana pero en la cual (y por esa misma razón) decidimos creer. Con estricta coherencia, la cámara ya no abandona el punto de vista de Stella. Como ella, esperamos entre lágrimas el beso que sella una armonía ajena y con ella caminamos una vez que termina el espectáculo. 



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Hay dos películas maravillosas del Indio Fernández que cuentan también el sacrificio de una madre: Víctimas del pecado y Salón México. En ambas, el futuro se cifra en la educación: las madres se prostituyen o roban para que sus hijos puedan permanecer en colegios privados donde aprenderán seguramente muchos principios y pocos contextos. Al drama de esa vida se suma el del secreto: nadie debe saber cómo se gana el dinero que paga el pupilaje. Pero lo que lleva a sus protagonistas – Ninón Sevilla y Marga López: notables – al cielo del sacrificio es que ninguna ha parido a la criatura. Una adopta el nene de una compañera y la otra se hace cargo de abrirle a su hermana un camino que ella no tuvo ni podrá tener. Como el amor de madre se presupone natural y modélico, ningún amor supera entonces al de quien accede a esas alturas pudiendo reducir su compromiso o mirar al costado. Por eso cuando se ruega, se ruega así: “Ten piedad y vete, por la memoria de tu propia mamacita o por lo que más quieras”. Y cuando se elogia, se elogia así: “Su hermana, señorita, es más que su propia mamacita”. Qué hermosos son estos diálogos. Menos o más: todo gira en torno de la medida de todos los amores, su patrón oro.   
        


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Debido a su imagen delicada, las madres en problemas son especialmente buenas para jugar con las identificaciones, aun si todavía no han parido. Hay embarazos difíciles en el cine pero pocos como el de Rosemary. Polanski cuenta esta, la historia de la posible mami del diablo, como podría haberlo hecho Henry James si hubiese llevado al cine sus ideas sobre la narración y el punto de vista. Mantener siempre el foco en un personaje es algo que Polanski hace a menudo, pero solo con esta película consiguió una aventura cognitiva tan reluciente y amena, tan maliciosa además. A diferencia de lo que ocurre con la heroína del clásico relato de James En la jaula, Rosemary no trabaja con signos leves (aunque insistentes) que la interpretación enriquece hasta la desmesura sino con signos pesados que parecen exigir una interpretación más contundente que la que está dispuesta a darles. Para que tan delicado asunto no desbarranque resulta necesario un soporte a prueba de todo, y una increíble Mia Farrow se carga la película sobre sus hombros finitos. Su Rosemary es psicológicamente débil pero narrativamente vigorosa. La clave de la historia es que colme el vaso de la inocencia hasta que el espectador se fatigue. Sus soleros, sus sábanas floreadas, sus pantuflas celestes y su cara de nena se unen a sus decisiones inexplicables. Rosemary cambia de pediatra porque sus vecinos lo sugieren, ingiere comidas y bebidas de sabor extraño, se pone un amuleto que hiede, acepta la violación de su marido sin escándalo, hace todo lo que los otros quieren que haga y nada de lo que el espectador haría en su lugar. Es frágil e insoportable. Necesita protección y gritos. Hay algo del goce propio del teatro de marionetas en el cine de terror, y cualquiera se habrá encontrado alguna vez dando avisos. ¡Cuidado, Rosemary! ¡No tomes eso, no! ¡Pedí una consulta con el doctor Hill! ¡No confíes en una vecina que se maquilla de esa manera! Pero como resulta que nadie sabe más de lo que Rosemary sabe, el espectador sí está en su lugar, obligatoriamente. Sigue, por eso, sus inferencias, aunque no necesariamente las comparta; aún más, el efecto de la historia depende de que dude de ellas pero no pueda rechazarlas. A fin de cuentas, el lobo nunca aparece detrás de Caperucita: crece lentamente en nuestro interior como consecuencia de la confirmación siempre demorada de lo que en verdad ocurre y del ahogo que provoca la misma Rosemary con su aquiescencia loca. 

La Ann de Bunny Lake is Missing es otra madre de los años 60, también ella en medio de una crisis con los signos: su hija ha desaparecido y con ella todo lo que remite a su existencia. Como Polanski, Preminger deja que la información flote, pero menos tiempo y con menos vigor. El juego de la narración es otro: no se trata de saber lo mismo que la protagonista sino de dudar de lo que ella dice que sabe. En este sentido, el lugar del espectador en la historia coincide con el del policía interpretado por Laurence Olivier. Los datos que él recoge son los que tenemos a disposición, por presentarse como exteriores a una subjetividad en crisis. Entre ambos personajes se sitúa el hermano de Ann, que la confirma pero a la vez distribuye evidencias que objetan sus declaraciones, como la sospechosísima coincidencia del sobrenombre de la niña desaparecida con una antigua amiga imaginaria de su hermana. Su posición es tan ambigua que la resolución temprana del caso resulta obvia. De hecho, si hay para nosotros algo así como un caso es porque la película nos hizo olvidar con sus personajes secundarios – la etnógrafa de pesadillas infantiles, el vecino de la nueva casa – y sus anuncios falsos – las máscaras africanas, la cocinera fugada - el primero de sus planos, que muestra a nuestro hombre levantando un juguete, justo al lado de una hamaca que se mueve. Así, lo que parece impericia es en realidad virtud. Por sus trampas evidentes y su funcionamiento perfecto, Bunny Lake es una pequeña lección metanarrativa: basta un personaje delicado - un chico, una madre, un perro – en situación difícil y nuestra predisposición a creer hace el resto. 



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“The time is out of joint”, dice Hamlet. Según una traducción habitual: “El tiempo está desquiciado”. O como propone Derrida en su lectura de este fragmento: “El tiempo se ha salido de sus goznes”. Podría decirse también: el tiempo se fue de madre, que es el modo familiar que usamos cuando las cosas se ponen realmente feas o cuando alguien pierde su brújula. El lenguaje popular tiene toda una colección de frases donde la figura materna revela al menos parte del lugar mental que ocupa. “Hijo de puta” es el insulto más común, aunque su larga historia lo haya convertido en una interjección de uso diverso. “Mamita” es un piropo básico, así como una versión del “¡Madre mía!” que remite al último lugar seguro. “Más feo que pegarle a la madre” es lo que pasa el límite de lo humanamente tolerable. “Con esa boquita decís mamá” es la reconvención lingüística por excelencia. “Te conozco como si te hubiera parido” es la certificación de una verdad incontestable. Si hacemos caso a las frases, encontramos una vez más imágenes del fundamento: solo ahí el amor no cesa, el viento no derrumba los refugios y el saber no trastabilla. Madre Logos, sin duda. El cine ha establecido por ello una diferencia esencial entre una madre mala y una mala madre. La de La pandilla Grissom, por ejemplo, es sanguinaria pero adora a sus hijos, especialmente al tonto, que tiene prioridad sobre los otros y puede entonces disponer del cuerpo de la secuestrada Miss Blandisch. Lo mismo ocurre con Shelley Winters en Bloody Mama y – en otro registro - con la madre de Cagney en Alma negra, a quien tampoco le interesa la vida ajena pero pone todo en riesgo con tal de conseguir unas frutillas para el nene. El problema, entonces, no es tanto la violencia como su dirección: si la crueldad se ejerce sobre los hijos es el desastre. Porque si la buena madre es Logos, la mala madre es el hueco donde crecen el absurdo y el desierto. 

El cine no ha dado muchas representaciones de este tipo, aunque ha sabido aprovechar patologías diversas y desequilibrios sentimentales profundos para llevar la figura al borde y un poco más allá. La mamá de Carrie (que es a su vez una hipérbole de la de Marnie), la de Cromosoma 5 y la de Sonata de otoño, por ejemplo, ocupan esta zona. Dos escenas al límite: en De Palma, el acuchillamiento de Sissy Spacek por parte de Piper Laurie; en Bergman, el pedido desesperado de la hija enferma por una madre que se irá sin despedirse. Todas ellas son imágenes críticas del fundamento, y la de Cronemberg parece anunciar, además del fin de los suelos seguros, una inminente poshistoria, muy en sintonía con el horror de su tiempo, que tuvo en la disolución familiar uno de sus motivos más calientes. Sin embargo, las películas que desmontan con mayor hondura la figura materna no son en realidad aquellas que muestran su crueldad sino las que exponen el lado ciego de su amor. Están en el melodrama, como casi todo. Con agudeza, Fassbinder encontró en la versión de Imitación de la vida hecha por Sirk un ejemplo de terrorismo maternal, no en la pusilánime Lana Turner sino en la conmovedora Juanita Moore, que, sin saber el mal que su amor hace, insiste en legar a su hija de apariencia blanca el lugar que una sociedad increíblemente cruel le asigna al negro. Esta lectura de Fassbinder llama la atención, sin señalarla, sobre una notable - y luego de hallada no tan sorprendente - conexión entre Sirk y Pasolini. Porque si hay una película que ha llevado al límite la representación de la madre en el cine, al punto de contestar todas y cada una de sus figuras previas y posteriores, de disolver todos sus lugares comunes y dejar baldío ahí donde había plenitud, esa película es Mamma Roma.



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Mamma Roma puede verse como la puesta en cine de una idea puntual, muy pasoliniana, sobre el ascenso social, y como un viaje hacia el conocimiento y su costo. Los episodios de este viaje son perfectamente legibles porque se suceden en una estructura muy sencilla: el trabajo de integración a un ideal de vida pequeñoburgués y su desenlace infausto ocurren durante la película; el estado inicial se recupera por alusiones ya desde la primera secuencia, que señala su fin, y retorna como obstáculo en la figura del rufián que empuja otra vez a Mamma Roma a la prostitución. Básicamente: alguien se libera de una vida que no quiere, abre y defiende un camino hacia otra (presuntamente) mejor y al final descubre que sus esfuerzos ayudaron a la muerte de quien más ama y por quien hizo todo. La madre que interpreta Anna Magnani es por esto la inversión de las de Salón México y Stella Dallas: su sacrificio no prepara un estado de cosas que la expulsa pero que su hijo disfruta sino la revelación de su ceguera a cambio de un segundo sacrificio. En su versión trágica del bien y de la Historia, Pasolini encuentra inocencia en la filicida Medea y culpabilidad en la generosísima Mamma Roma, también ella, indirectamente, una Medea. Dicho sin matices: es la elección de unos valores falsos y mezquinos y el cumplimiento de la función de madre lo que mata al hijo. En el sueño de su ascenso, Mamma Roma da todo de sí para conseguirle a su Ettore una vida respetable. Y ese es, precisamente, el lado ciego de su entrega. Pasolini indaga en él como parte de su crítica de los fundamentos sociales y filosóficos de occidente. Parece preguntarse: ¿qué papel cumplen las madres en un mundo como este, hostil y seco? Su respuesta más categórica se encuentra en “Balada de las madres”, un poema del mismo año de Mamma Roma que vale la pena citar extensamente: 

“Madres viles, que llevan en sus rostros el temor / antiguo, ese que, como una enfermedad, / deforma los rasgos en un blancor / de niebla, los aleja del corazón, / los encierra en el viejo rechazo moral. / Madres viles, pobrecitas, preocupadas / de que sus hijos conozcan la vileza / para pedir un empleo, para ser prácticos, / para no ofender almas privilegiadas, / para defenderse de cualquier piedad. // Madres mediocres, que aprendieron / con humildad de niñas, de nosotros, / un único, desnudo significado, / con almas en las que el mundo está condenado / a no dar ni dolor ni alegría. / Madres mediocres, que jamás tuvieron / para vosotros más palabras de amor / que la de un amor sórdidamente mudo, / de bestia, y en él os criaron / impotentes ante los reales deseos del corazón. // Madres serviles, acostumbradas desde hace siglos / a agachar sin amor la cabeza, / a transmitir a su feto / el antiguo vergonzoso secreto / de conformarse con las sobras de la fiesta. / Madres serviles, que os han enseñado / cómo puede el siervo ser feliz / odiando a quien, igual que él, está atado, / cómo puede ser beato traicionando, / y seguro, haciendo lo que no dice. // Madres feroces, ocupadas en defender / lo poco que, como burguesas, poseen, / la normalidad y el salario, / casi con la rabia de quien se venga / o se siente acorralado en un absurdo asedio. / Madres feroces, que os dijeron: / ¡Sobrevivid! ¡Pensad sólo en vosotros! / ¡No sintáis jamás piedad o respeto / por nadie, guardad en el pecho / vuestra integridad de buitres!”. 

Mamma Roma es, efectivamente, una de estas madres, pero carece al menos de una de sus características: no le ahorra a su hijo palabras bellas. En un punto, este detalle es la película entera, por una de dos razones: o bien el cine obliga a Pasolini a una ternura que su poema puede evitar o bien Anna Magnani, con su acostumbrada sobrecarga emocional, le disputa el personaje al director. De una u otra manera, es notorio que las dos obras se ayudan mutuamente: el poema establece con rigor la idea fuerza y la película la vuelve especialmente conmovedora. Mamma Roma lleva en su nombre su pasión y su función. Como Mamma es amor, como Roma es ley y como Mamma Roma es lo que pone en relación amor y ley: trabajo de adaptación. Tal vez sea cierto – parece decir Pasolini - que las madres sostienen sobre sus hombros el mundo. Pero el mundo es una infamia. Con los furiosos planos finales de Mamma Roma toda una imagen se derrumba. Adiós amor puro, adiós inocencia, adiós comunidad. Logos, adiós. 

* Nota aparecida originalmente en el número 25 de revista La otra. Verano de 2011.