viernes, 4 de octubre de 2019

Visión sobre Perú


por Henrique Júdice Magalhães
1

La literatura peruana no tiene muchas equivalentes en el mundo en calidad y volúmen. A los clásicos José María Arguedas, César Vallejo, Mario Vargas Llosa, Ricardo Palma y Ciro Alegría y a los también consagrados Julio Ramón Ribeyro, Manuel Scorza, Clorinda Mato de Turner, Abraham Valdelomar y Alfredo Bryce hay que añadir decenas de escritores, jóvenes o no tanto, de muchísimo talento y sensibilidad para hurgar en los vericuetos de la sociedad peruana. De allí sacan la materia prima de novelas y cuentos que resultan tanto o más importantes para comprender al país que su respetable tradición historiográfica y ensayística, en la que se destacan Jorge Basadre y Pablo Macera. Pero cuidado: quien mejor logró tal entendimiento (Arguedas) también por ello terminó por suicidarse, y su viuda se fuE después a Sendero Luminoso y estuvo 14 años presa.

Parecería que al tener tantos buenos escritores, Perú se permite el lujo de eliminar algunos, en general a temprana edad como en los antiguos sacrifícios incas y preincas: Javier Héraud (21 años) [1]; Edith Lagos (19); José Valdivia Domínguez (35); Hildebrando Pérez Huarancca, en la casa de los 30 [2]. Los tres primeros comprobadamente muertos, el último desaparecido, todos a raíz de actividades políticas armadas que, en un país muy injusto, consideraron necesario emprender. Los tres últimos, de extraviada manera, pero eso no importa ante los crímenes de Estado que segaron sus vidas.

La calidad y diversidad musical es igualmente impresionante y en eso merece especial reconocimiento la contribución negra, representada, por ejemplo, por la voz y el repertorio de la espléndida Susana Baca. La más grande cantantautora peruana, Chabuca Granda, lo es no solo por su talento, sino también porque, al sumar a sus valses criollos un encomiable trabajo de valorización de esas expresiones de origen africano, se volvió una artista-síntesis de la diversidad musical de Perú. Y es justo agregar una mención a lo que produce la incorporación de influencias del jazz, el blues y la bossa nova a la música del país. En ese rubro se ubica la voz más bella y expresiva que he tenido el privilégio de oír: la de Ingrid Merath (aunque canta también boleros). A la falta de una grabación suya, la interpretación que hace Pilar de la Hoz de un clásico vals con exquisitos arreglos jazzísticos es una buena muestra de esa interesante aleación.

Los versos de Javier Lazo en “De los amores", que canta Baca; los de Chabuca en “Cardo o ceniza”; y los de Juan Mosto Domecq en “Quiero que estés conmigo” hablan de los intensos, desatados amores que saben vivir e inspirar ciertas damas que hay en Lima.







Tal música y la rara clase de mujer que la inspira, más algunas ricas comidas (frutas, jugos, chocolates, helados) y dos o tres periodistas y abogados que valen la pena (bonus de haber vivido recientemente bajo el autoritarismo, que pone dichas profesiones a prueba), son, quizás, lo único bueno de una ciudad que vive de espaldas al país, es intransitable, tiene demasiado ruido de bocinas, muy precario suministro de agua (un daño más que causaron los españoles, ya que antes el servicio andaba bien [3]) y una oferta cultural sorprendentemente acotada ante su misma producción. No fue en el més que pasé allá, sino a pocos días de regresar a Buenos Aires, que he podido ver (en Sala Lugones) cinco buenísimas películas de Francisco Lombardi pertenecientes a la filmoteca de la Pontifícia Universidad Católica del Perú.

2

Ni el arte milenario que dejaron los ancestros de la mayoría de los peruanos está disponible para sus descendientes. En Argentina –país de escasa herencia precolombina– los hacendados ricos del siglo XIX y comienzos del XX, en pos de ilustrar al país, traían de Europa obras de arte clásico para exponerlas en museos del Estado donde todavía hoy cualquiera puede verlas graátis o pagando muy poco. La colección entera del Museo Nacional de Bellas Artes no vale, por supuesto, la vida de un único indio asesinado en la campaña del desierto. Pero en Perú, donde no hubo menos muertes, las reliquias literalmente brotan del suelo y no haría falta importar nada, manda una sarta de huaqueros [4] que las saquea para traficarlas, tenerlas en casa o en museos privados donde cobran entradas caras no solo de turistas sino de sus conciudadanos. En espacios que pertenecen al Estado, como la Huaca Pucclana, en Lima, o el Qoriqancha, en Cusco, tampoco entran gratis los peruanos.

País rico en recursos naturales, Perú fue también una colonia rica, lo que conllevaba la existencia de condados y marquesados. El primer congreso independiente los anuló, pero, casi 200 años después, los herederos de aquella gente, o quienes dicen serlo, siguen pidiendo la rehabilitación de sus títulos. No al Estado peruano, sino al español, que les hace caso [5]. A aquella conocida pregunta sobre cuándo se jodió Perú, planteada en una novela de quien hoy es también marqués en España, corresponde agregar esta: ¿hasta cuando lo seguirá jodiendo la antigua metrópoli?

Quien subscribe no adhiere al etnocacerismo [6], pero si se trata de reivindicar aportes civilizatorios del Occidente iluminista y democrático, la España del 1600 y sus rezagos tampoco son parte de eso.

Las corridas de toros, prohibidas hace más de 100 años en Argentina, Uruguay y Chile, y blanco de restricciones hoy día en Ecuador, Venezuela, Bolivia y Colombia, tienen en Perú vigencia plena. Un reciente intento de suprimirlas concitó la fuerte y cohesionada reacción ya no solo de decrépitos con fantasías virreynales, sino también de la flor y nata de la ilustración peruana [7], incluidas personas cuya respetable hoja de servicios a la causa de los derechos humanos autorizaría esperar mejor conducta ante la tortura de animales de otras especies. Son los casos de Ricardo Uceda, periodista denunciante de los más letales aparatos clandestinos del Estado en la era fujimorista, y Diego García Sayán, quien como ministro hizo retornar el país a la jurisdición interamericana y es por eso denostado a diario por la prensa de derecha.

A la aristocracia peruana le encanta también las peleas de gallos –en Brasil, costumbre rural clandestina o de arrabal, a la que podrá adherir algún nuevo rico o postmoderno que lo crea cool, jamás quien se pretenda gente refinada o de alcurnia. Pero el maltrato animal no es en Perú, monopolio de ningún sector social, sino una de las muy pocas instituciones que no conocen barreras étnicas, ideológicas ni de clase en una sociedad tan racista y segmentada.

En más de un distrito de Lima se comen gatos previamente sometidos a tormentos [8] – costumbre tan venida de España y bendecida por la Iglesia Católica como la tauromaquía. Toda una contradicción en el país de San Martín de Porres, la única persona además de Francisco de Asís en preocuparse por los animales no humanos en los dos mil años de catolicismo. Y para hacer gala de su crueldad, Sendero Luminoso tenía la costumbre de ahorcar perros en postes –lo que, como otras prácticas aberrantes que llevó a efecto dicha organización, parece emular las de las fuerzas del Estado [9].

3

A raíz del conflicto de los 80/90, Perú es hoy un país signado por un trauma inmenso, alrededor del que se desarrolla un proceso de memoria histórica problemático pero existente –a diferencia de Brasil, mi país de nacimiento, donde la opción por la amnesia y la ignorancia histórica es plena.

En el Lugar de la Memória, Tolerancia e Inclusión Social (LUM), representación física de dicho proceso, he escuchado a Sofía Macher, ex-integrante de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) peruana, decir que Alberto Fujimori, sentenciado y preso por crímenes de lesa humanidad investigados por dicho organismo, salvó al país del terrorismo. Según la misma Macher, los derechos humanos sí se pueden negociar y el reconocimiento de las víctimas de los crímenes de las Fuerzas Armadas no debe darse sin anuencia de los uniformados [10].

La CVR promovió lo que, en Argentina, se conoce como “teoría de los dos demonios” [11] pero en versión muy empeorada, como se desprende de esos dichos. Su informe nivela en la categoría de “perpetradores” a las FFAA, Sendero Luminoso, el Movimiento Revolucionário Túpac Amaru y los grupos paramilitares, es decir, se trata a la violencia estatal, antiestatal y paraestatal como si pudieran conllevar el mismo tipo y nivel de responsabilidad. En el LUM, sin embargo, solo hay espacio para el descargo de las FFAA (o sea, ¿ya dejaron de ser lo mismo?). El informe de la CVR repite ad nauseam la expresion “lucha antisubversiva” y no habla del terrorismo de Estado.

Ese sesgo despertaría en Argentina o en Chile reacciones de escándalo. En Perú, ni siquiera calma los furibundos ataques que sigue dirigiendo a la CVR, tras 16 años de la conclusión de su trabajo y solo por haber señalado que los militares violaron los derechos humanos, un arco periodístico y parlamentario que rebasa a la derecha claramente violenta. A la manera brasileña, promueven el negacionismo de los crímenes de las FFAA y, al mismo tiempo, su reivindicación.

Sendero Luminoso tuvo un accionar atroz, con conductas claramente terroristas, ajenas a los principios y métodos históricos de la izquierda armada latinoamericana: coches-bomba en zona de intensa circulación [12], asesinatos de soldados y de civiles a hachazos, piedrazos y dinamita, masacre de un pueblo entero, incluso mujeres y niños [13]. Muy distinta, la acción armada del MRTA tampoco se justificaba en una democracia política plena como el Perú de los 80, donde cualquier propuesta ideológica podría acceder al gobierno y la actividad periodística, sindical y las reivindicaciones sociales eran libres en un principio y solo fueron dejando de serlo cuando los grupos armados dieron al deep State peruano el pretexto para terminar con eso matando no solo a sus miembros, sino a dirigentes sindicales [14] y periodistas [15] de izquierda.

Pero nada puede relativizar los crímenes del Estado peruano contra integrantes de Sendero Luminoso (masacrados de a cientos en distintos penales en 1986 y 1992) y del MRTA (ultimados tras rendirse en la casa del embajador japonés en 1997) y contra poblaciones enteras (niños incluso) en Soccos [16], Accomarca [17], Cayara [18] y sabrá Diós cuántos pueblos andinos más. Aberrantes para quien comparta valores de justicia y humanidad, las peores acciones de Sendero Luminoso eran débiles intentos de imitar el modus operandi del Estado con que deseaba medir fuerzas.

Nada justifica, tampoco, el negacionismo que rige hoy en Perú y rebasa a los 80-90. El más preciado tesoro tangible que poseo es un libro de Javier Heraud. Lo es por haber llegado a mis manos desde las de quien me lo dio. Esa persona – bondadosa, de fulgurante inteligencia, culta y sin cerramientos ideológicos – creía que Heraud se había suicidado. Posiblemente, así se lo dijeron en su colegio.

Es cierto que las FFAA peruanas, salvada la discusión sobre el decenio de Fujimori, pueden decir que en los 80-90 actuaron subordinadas al poder político civil, al que no intentaron voltear sino defender. Pero esto, lejos de atenuar la responsabilidad de los militares, debería generar la de los civiles. La línea establecida por la CVR y el Poder Judicial peruano para responsabilizar a Fujimori porque fue un dictador, pero no a Alan García, Fernando Belaúnde Terry y sus ministros, porque no lo fueron –línea que en los hechos rige en Argentina respecto de las responsabilidades de De la Rúa, Duhalde y algunos de sus ministros sobre la represión de 2001 y 2002 – es muy cuestionable. Desde que Belaúnde, García y Agustín Mantilla están muertos, esa discusión se vuelve metafísica en Perú en lo inmediato, pero el modo de sortear la contradicción es admitir que un gobierno no necesita ser una dictadura para ser criminal. No indultar a Fujimori como premio por haber terminado con el terrorismo, como sostiene un sector de la prensa hegemónica peruana [19] que además quiere dar lecciones a Colombia para que no haga demasiadas concesiones a las FARC en pos de lograr la paz [20] y aplique la metodología del nipón.

La responsabilidad no termina en el poder político. En Argentina, hay jueces presos por tan solo hacer la vista gorda a los crímenes de la dictadura de 1976-83 [21]. En Perú, fueron partícipes mucho más activos de violaciones a los derechos humanos. Al prescindir de toda formalidad para matar a sus opositores, Videla y Pinochet ahorraron a sus jueces bochornos como condenar extranjeros por traición a la patria [22] y apresar compatriotas por actividades (más bien declaraciones) que, siendo o no delito ante la ley del país, se habían realizado en... Inglaterra, que negó a Perú la extradicción de su autor, atrapado durante un viaje a España, que sí se prestó a ese rol [23].

4

Perú es hoy un país tan corrido a la derecha que hasta a un ícono de la derecha internacional y antiguo delfín de la peruana que un día lo quiso como presidente (Mario Vargas Llosa) se lo tilda de velasquista [24] (es decir, de comunista) en el mayor y más tradicional diario de Lima. Para el caso inmediato, porque él apoyaba, en un ballotage, a un candidato vagamente de centroizquierda contra la hija de Fujimori. Pero también porque impulsa el proceso de memoria a medias contra el negacionismo total y rechaza destruir obras de arte, aún planteando ocultar sus inscripciones [25].

Hay, en verdad, una burda explotación política del miedo al terrorismo, que ya tiene incluso nombre específico: terruqueo [26]. No pocos periodistas en Perú “deben agradecer a SL haber resuelto su problema de falta de trabajo”, como señala el ex-líder estudiantil José Carlos Vértiz.

Se volvió tabú cuestionar al operativo militar contra la toma de la residencia del embajador de Japón que terminó con 17 muertos en 1997 (14 del MRTA, incluso adolescentes; 2 del Ejército y un solo rehén que –¡oh casualidad!– era ministro de la Corte Suprema y no se amilanaba ante Fujimori). Buena muestra del valor que se da a la vida humana en el país.

Hay revuelo, sin embargo, cada vez que un ex-integrante de los grupos armados de los 80 termina de cumplir su condena y deja la cárcel. Aunque sean mujeres mayores que nunca participaron un hecho violento, como la conotada bailarina Maritza Garrido Lecca (25 años en la cárcel, gran parte de ellos a cuatro mil metros de altura y sin tener siquiera espacio para hacer movimientos de baile) y la monja Nelly Evans y Sybilla Arredondo, viuda de Arguedas.

Pero el terruqueo tiene también aplicaciones políticas relacionadas al presente: estigmatizar y criminalizar protestas contra proyectos mineros que contaminan aguas y tierras, por ejemplo.

La minería es – junto al narcotráfico – la fuente de la falsa prosperidad que vive hoy Perú. Igual a la que vi en Brasil en la primera década de este siglo: ningún servicio básico funciona bien y algunos lisa y llanamente no funcionan, pero hay plata en el bolsillo o la sensación de tenerla y comprar en cuotas. Parecida, también, a la de la Argentina menemista, en el sentido de que se la usa para tapar el trauma del pasado, para la fuga en clima de farándula hacia adelante, sin saber adónde.

La clase dirigente peruana ha sido, en eso, precursora: el país tiene acuerdos de libre comercio con EEUU y China, lo que refuerza la destrucción de la industria local pero garantiza el flujo de entrada de dinero, aún cuando una de las potencias se vea en problemas o intente causarlos para sacar ventajas de su relación con Perú. Pero la cotización de los recursos naturales es irremediablemente volátil. Algún día viene un sacudón económico y la sociedad tiene que enfrentarse con sus propios dilemas, todos a la vez.

En Brasil, la respuesta a tal situación fue el ascenso de un régimen brutal y el incremento de la criminalidad mafiosa en todos los níveles, del cuello blanco hasta la calle. Argentina pudo salir mejor de su colapso, incluso adoptando una administración económica en cierto grado menos rudimentaria: no logró salir de la dependencia de sus productos primarios, pero retiene uno de cada tres dólares de sus ventas al exterior y con eso sostiene los servicios públicos que conforman un razonable aparato de bienestar. Perú, cuando llegue ese día, sí deberá encarar sus fantasmas. Nadie puede saber ahora si la respuesta social será el rebrote de la lucha armada (terrorista o no), el giro hacia una barbarie más profunda sin cualquier trasfondo político (como Brasil) o pasará por el ajuste de cuentas con el pasado en el marco de la construcción de una sociedad mejor.


NOTAS


domingo, 1 de septiembre de 2019

El Fujimori brasileño


por Henrique Júdice Magalhães

Tras décadas de resistencia de las clases dominantes y de las Fuerzas Armadas, un partido de centroizquierda, con expresiva adhesión entre las masas empobrecidas, los trabajadores organizados en sindicatos y la clase media, llega a la presidencia de un país sudamericano signado por una iniquidad distributiva entrelazada a un racismo con raíces en la época colonial.

El partido, que tiene por símbolo una estrella, predicaba en su origen un socialismo heterodoxo – o, cuando menos, un reformismo radical – que tenía tanto de anticapitalismo como de anticomunismo, o anti-sovietismo, lo que lo llevó a acercarse a la II Internacional. A lo largo de los años, en aras de acceder al gobierno, renunció a ello y compuso con facciones del viejo sistema y de la derecha.

Su líder, elegido presidente, se destaca por el carisma y por la capacidad de comunicación, reconocidos por sus más duros adversarios. Conquista cierto prestigio internacional

Creyendo poder substituir reformas sociales efectivas por el simple aumento del poder de compra de la población e incentivo al consumo y al crédito, su gobierno empieza bien y termina mal. Casos de corrupción se van sumando y, junto al pésimo estado de los servicios públicos, a la violencia sin control y a la mala situación económica, hacen crecer el descontento.

Hay protestas de la izquierda en todos sus matices, con fuerte adhesión entre la juventud suburbana – universitaria, trabajadora o las dos cosas. También de la derecha liberal-conservadora, cuya fuerza motriz y base social es una clase media más blanca y acomodada. El gobierno, llegando a incurrir en violaciones a los derechos humanos, reprime a la izquierda y deja libre el terreno a la derecha.

En las siguientes elecciones presidenciales, el partido del gobierno pierde, pero preserva su piso histórico de votos. La izquierda parlamentaria es arrastrada al fango por el colaboracionismo de la mayoría de sus vertientes hacia el gobierno y por su división interna. La derecha tradicional, identificada correctamente por la amplia mayoría de los votantes como parte del problema, no de la solución, es igualmente repudiada.

El descontento lo capitaliza un candidato hasta ese entonces no tomado muy en serio, de un partido improvisado. Su sorprendente victoria hace ascender a un régimen policíaco, que se afirma por la combinación de liberalismo económico radical, incremento de la represión interna, agresividad ante la prensa y el desmoralizado Congreso y avasallamiento del Poder Judicial.

A la cabeza de todo está un capitán expulsado del Ejército décadas antes por conducta deshonrosa. Contra todo pronóstico, su liderazgo es aceptado por las fuerzas armadas: no son los generales que terminan por engullirlo, sino al revés.

No por eso, sin embargo, las FFAA dejan de afirmarse como factor real de poder. En verdad, su poder e ingerencia en temas de la vida del país que en principio no les corresponden, o no deberían corresponderles, ya venían en aumento desde el gobierno anterior, el de centroizquierda.

Ellas renuncian, empero, a viejas pretensiones de modernizar el país que habían llevado a efecto durante su gobierno, años antes, y también a sus pretensiones de afirmación del país como potencia regional. A cambio de recompensas individuales no siempre lícitas, sus oficiales adhieren de forma plena a los lineamientos militares y geopolíticos de EEUU e Israel. Los pocos que, dentro de ellas, alzan la voz contra ese arreglo espurio se vuelven blanco de persecución.

El nuevo gobierno no tiene mayoría parlamentaria pero, con los votos de la derecha tradicional y sin efectiva resistencia del partido que había dejado el gobierno ni de la izquierda en crisis, hace aprobar privatizaciones, desregulación laboral y medidas de vía libre al accionar de las fuerzas represivas.

La base social del nuevo régimen está formada por estratos medios poco letrados, con fuerte presencia de cuentapropistas a veces precarizados, atraídos por la ideología del emprendedurismo, además de miembros de corporaciones armadas. Concita también cierta adhesión de sectores populares. De ella emerge una derecha lúmpen – la bruta y achorada, o DBA – , inepta para usar cubiertos de pescado pero capaz de quitar votos a la izquierda, a la derecha tradicional y al partido más estructurado, el de centroizquierda.

Uno de los cimientos sociales de ese arreglo lo dan las iglesias evangelistas, decisivas para la victoria electoral. A ello se suman también facciones reaccionarias de la iglesia católica, como el Opus Dei, con la complicidad de la jerarquía cardenalicia.

Ésos grupos católicos son, además, uno de los eslabones de la relación con las élites empresariales, que dan su visto bueno, en lo fundamental, al nuevo régimen, al que prestan cuadros para puestos estratégicos, aún evitando vincular públicamente su imagen a ello.

El nuevo gobierno es un circo de horrores que mezcla una atroz vulgaridad con un discurso de rastrero moralismo. El presidente se rodea de familiares que inciden en el palacio y son, ellos mismos, fuente de escándalos con dinero público. Se promueve la estigmatización y persecución a los estudiantes universitarios, reputados, por esa sola condición, de “comunistas” por las fuerzas de seguridad y por la base social del régimen. Luego salen a la luz los vínculos con grupos paramilitares (en verdad, militares en horas extras, sin uniforme), y hay pruebas – o, como mínimo, muy fuertes indicios – de compromiso personal del presidente con ellos y su accionar.

Con asistencia de expertos en operaciones psicosociales nativos y extranjeros, se desarrolla una campaña permanente de difamación y estigmatización contra los opositores, con amplio uso de internet.

Contra el ex-presidente, líder del partido más organizado del país, se desata una ofensiva judicial y mediática que mezcla hechos reales de corrupción de su gobierno – algunos de ellos, sobre bases legadas por gobiernos anteriores nunca investigados – con pruebas dudosas de culpa personal y directa. Éso sirve para sacarlo físicamente de la arena política, dejando vía libre a la ejecución del programa del nuevo régimen. Él sigue, sin embargo, tomando cartas en su partido, aún a distancia.

Hay discretas señales de un acuerdo por lo menos tácito – o, cuando menos, de una convergencia de intereses – entre el líder sacado del juego y su partido, por un lado, y el nuevo régimen, por el otro. Pese a la fuerte retórica contra el gobierno anterior, usada para movilizar a sus propios adeptos, el nuevo gobierno no toca los cuadros que el partido del ex-presidente había insertado en la estructura estatal. Algunos de ellos, en verdad, sobre todo en el poder judicial, pasan a servir con descaro al nuevo gobierno.

La imposición por el ex-presidente a su partido de la eterna espera por su retorno y de candidaturas inexpresivas en las siguientes elecciones, además de su rechazo a conformar un frente contra el nuevo régimen y de la desmovilización de su brazo sindical, sirven a los dos, ya que impiden la emergencia de nuevos liderazgos que puedan amenazar a la tranquilidad del gobierno de uno y a la posición de comando partidario del otro.

Sin embargo, el carismático ex-presidente y su partido pierden una cosa,: por primera vez en años, deja de ser el eje ordenador de la política nacional, en adhesión o repudio al que las otras fuerzas se organizan, a la derecha o a la izquierda. Cede ese rol al nuevo presidente o, por lo menos, lo comparte en posición minoritaria con él.

Un peruano razonablemente perspicaz identificará en lo antedicho la descripción de lo sucedido en los gobiernos de Alan García Pérez, del Partido Aprista, y del tandén Alberto Fujimori/Vladimiro Montesinos, y de la relación entre ellos. Un brasileño con igual dósis de perspicacia podrá leerlo como la descripción de lo que sucede entre Lula y Bolsonaro.

No hay, por supuesto, analogía perfecta entre situaciones históricas distintas. Además del hecho de que García no llegó a ser preso, sino exiliado, hay unas cuantas diferencias de importancia.

Primero, los peruanos, al elegir a Fujimori en 1990, no votaron por la DBA, sino contra el shock económico prometido por Mario Vargas Llosa: solo después de su toma de posesión es que Fujimori lleva a efecto lo que antes se describió aquí – legitimado electoralmente, eso sí, luego, en 1995.

Segundo, la caída de Fujimori fue posible, en gran medida, por algo que Brasil hoy día no tiene: una prensa que cumplió con su deber de investigación y denuncia de los crímenes del fujimorismo. Entre los integrantes destacados de esa prensa de resistencia estuvieron Caretas, Liberación, La República (en vida de su fundador Gustavo Mohme Llona), Gustavo Gorriti y César Hildebrandt.

Tercero, por muy graves y repudiables que hayan sido el desvio militarista de Sendero Luminoso y su demencial violencia contra poblaciones civiles desarmadas, una orgía de sangre con trasfondo político suena todavía menos mala – por lo menos a quien no la vivió – que otra llevada a cabo en el marco de la criminalidad mafiosa y la desesperación individualista por los bienes de consumo desechables, como sucede hoy en Brasil, donde mueren cada año lo que en 20 de guerra interna em Perú.

Cuarto, todavía no se sabe quién es el Montesinos del Fujimori brasileño. A quien la prensa señala como tal, Olavo de Carvalho, parece demasiado chanta, no un verdadero genio del mal.

En lo esencial, sin embargo, las situaciones se parecen mucho, como se parecen las estructuras sociales de Brasil y Perú, y las trayectorias del PT y del APRA. Y, principalmente, la estrategia estadunidense e israelí, que tuvo en el fujimorismo su leading case, inspira al bolsonarismo.

Con Bolsonaro, Brasil asiste a la emergencia de un fenómeno social y político afianzado en un liderazgo personal que moviliza los peores instintos de una gran parte de la población brasileña y tiende a persistir incluso si su líder fuera derribado o preso.

Los peruanos conocen el desarrollo posterior de la historia, que aún no se dio en Brasil.

Fujimori cayó, incluso con el visto bueno de un gobierno demócrata de EEUU, y está preso hace 12 años, pero el fujimorismo permanece como expresión social y política con un piso de votos muy alto que lo pone permanentemente a las puertas del palacio. Para movilizar su base, recurre a fantasmas como el combate a la “ideología de género” y al “adoctrinamiento escolar” (político o sexual). Su discurso es fuertemente patriarcal, conservador y homófobo. Su modus operandi, acusar de comunista o gay a todo aquel que lo enfrenta. Precisamente lo mismo que hace el bolsonarismo en Brasil.

El temor permanente al retorno del fujimorismo no afecta por igual a las demás fuerzas políticas. En 2011, Ollanta Humala, para lograr el apoyo de los demás partidos y al final imponerse por muy estrecho margen ante la hija del ex-dictador Keiko Sofía, tuvo que renunciar a toda pretensión de reforma social que pudiera haber figurado en su plataforma. La izquierda y la centroizquierda no fueron capaces, sin embargo, de sacarle la más mínima concesión programática al banquero naturalizado estadunidense Pedro Pablo Kuczynski en aras del mismo objetivo, en 2016. Ese desplazamiento del eje político hacia la derecha ya se da también en Brasil.

La condena de Alan García por corrupción fue anulada por irregularidades procesales. Eso es lo más probable que pase con la de Lula, que podrá volver a la presidencia como volvió García.

Hoy día, todo el sistema de poder peruano está jaqueado: el Congreso, el Poder Judicial, lasempresas poderosas. ¿Quien lo defiende a muerte en el parlamento y en la sociedad? El fujiaprismo, palabra que parte de la prensa peruana acuñó para nombrar a la alianza – de conveniencia, por supuesto, pero ¿qué alianza no lo es? – entre esos dos partidos. La disposición que demostró el PT a pactar tras bambalinas con el PSDB en los 90 y 2000 no parece haber cambiado aunque sea otra ahora la fuerza hegemónica de la derecha. Se puede prever para el futuro cercano una repetición, en Brasil, entre el bolsonarismo y el PT, del Pacto de Olivos lúmpen que rige hoy en Perú.

La hipótesis de este artículo es que, con Bolsonaro Brasil no vive – al contrario de lo que habíamos pensado muchos – el retorno de un “partido uniformado”, organizado según la jerarquía militar y la visión de mundo de los think tanks de las FFAA. Lo que existe es la emergencia de un fenómeno social y político que recurre al militarismo pero se afianza mucho más en un liderazgo personal que, irónicamente, tiene un legajo militar deplorable. Dicho fenómeno moviliza las peores pulsiones de una parte significativa de la población brasileña y será de larga duración, no importa si su líder llega a ser depuesto o incluso preso.

La estrategia estadounidense fomenta hoy este tipo de régimen, bruto y brutal, que de los regímenes militares clásicos recoge tan solo la violencia, pero sin ninguna capacidad de formulación.

Los gobiernos de las FFAA como institución pueden ser muy útiles a la hora de masacrar a militantes populares pero tienen algunos inconvenientes, según han podido constatar los yanquis en los años 70/80. Les gusta, por ejemplo, tener visiones geopolíticas propias. Hasta un régimen delirantemente regresivo y alineado en lo económico a EEUU, como la última dictadura argentina, les dio dolores de cabeza al amenazar el equilibrio militar y político de Sudamérica con la guerra de Malvinas, que por muy poco no se desdobló en un conflicto entre Chile y Perú por Arica y Tarapacá.

El bolsonarismo es la expresión más acabada y de más peso de esos regímenes de tierra arrasada que EEUU hoy fomenta. Los generales son, obviamente, cómplices, y no ad honorem, pero la formulación estratégica no se da en cualquier institución militar brasileña, sino en otro lugar.

Otro inconvenciente de las dictaduras militares clásicas es que no cuidan las apariencias. En Colombia y en la Venezuela del puntofijismo, el parlamento, los partidos y el poder judicial nunca dejaron de funcionar libremente y el Estado pudo, en los 70 y 80, matar a militantes populares con igual eficacia y número que en Chile, Argentina, Uruguay o Brasil. Lección aprendida.

Esto último requiere, sin embargo, fuerzas políticas y sociales opositoras que sean, a la vez, cómplices. Se las requiere para simular normalidad democrática e incluso para llenar espacios e impedir la emergencia de otras que no lo sean. Y, para ser cómplices, se necesita darles algo a cambio: por ejemplo, algunas decenas de despachos en el Congreso y la preservación de su control sobre los sindicatos. El PT – esta es otra de las hipótesis de este escrito – ha aceptado ese rol.

viernes, 16 de agosto de 2019

bosta galana


por Pablo Navas

mar del plata,
la jodida mar del plata
con sus bicicleterías de bicicletas pinchadas
unos lobos malolientes y duros
con mal aliento que repelen
la belle epoque
aguanta
dero.
mar del plata no tiene nada, lo que tiene son tres canales
y en cada uno, un noticiero
lagrasta
-sin chistes por favor-
sus voceros
se le llaman comunicadores
un diario
un panfleto
un rey cuatro bufones
los colectivos: tierra y plantitas
bostezos largos
aburridos
un reloj en la municipalidad,
no hay que creerle al Estado cuando da la hora
igual el reloj está parado
o la hora es la equivocada
o es que acá la vida se detuvo.
carteles de neón
dos terminales
un solo rey cuatro bufones
tintorerías frente a estaciones de servicio;
verdulerías nunca venden palta.
tiene mar, es cierto
pero ese mar está acabado
y a mí
por mi parte
es decir yo
quien dice
que digo
la naturaleza no me dice nada
y a mis amigos tampoco.
no sabemos llegar a la biblioteca
ni a los cuatro climas
ni a la nieve que hubo.
mar del plata bien jodida,
en los bares: la música de los remisseros
y en los remis— es la voz de un remissero que en un rato se la va a poner
contra la loma
de burro
o de colón
que habrá descubierto América
pero no descubrió esta perla, humeante, descascarada
lluviosa, pésima: mar del plata.
dos cafés
medio diario
dos viejitos peleándose por ese diario
en el diario se pelean otros dos de cara pixelada, de tinta corrida,
de nadie lee.
la única condición- no mover el culo o tener prendido el gas butano,
porque un conocido se puede encontrar cualquiera:
en la fonte
en el ascensor
en la puerta
en la cocina
en la cama
en el inodoro
en el cepillo.
por eso conviene,
desde acá sugerimos,
con precaución y en uso pleno de las facultades
con cuidado
y prefiriendo
que
conviene
quedarse
tras la reja
con alarma
el televisor prendido
la bata, las pantuflas
porque afuera
un FFFFRRRIIOOOOO.
y quedando desorbitado
en la rotonda
les transmito
les cuento
una aldea
este precipicio
la doble fila
nada que romantizar
del pulso helado
de la fase abierta
entonces pareciera
que se van chocando
marcha atrás
en una calle desierta
donde no hay arena
y donde en la arena no hay camellos
y a veces hay tormentas.
todos los años se celebra el día aldeano de la nevada
y todos se reúnen a contar '¿donde estuvo usted en la nevada?’
toman chocolate caliente, se ponen guantes y agarran la taza con las dos manos, soplan el chocolate, sale humito, 14 grados
hace.
las frecuencias
no son lo suyo
ni en el transporte
ni en la felicidad.
entonces percibe alguien
la ola turística
una tía dijo:
‘los turistas son como las olas: vienen, rompen y se van’. igual ella se fue, no se si a europa, a calamuchita o a la plata.
pero es, que
¿me entiende?
uno escucha esa frase a los 8 - 10 años
y entiende- no entiende, que no hay nada que se odie más, en este orden:
las rabas
el turista
el pobre
el cornalito: al que hay que comerle la cabeza, los ojitos, su crocantez, mientras pega el sol
en los anteojos, y de ahí rebota al torreón, y a todo esto el cornalito:
ni tan chicloso, pero salado
y el limón, uno lo traga, pero no es difícil.
¿quién viene al mundo con un manual?
la apuesta en otro lado,
el odio: más acá.
algunos más amigos: de la costita- de los amigos- esos mates 'salen/ esos/ mates/ en/ la/ costa' se pregunta la ratera
le contesta su noviecito;
y se tiran en una loma de pasto cortado militar.
y miran que hay perros quietos
indigentes tapados con hojas de palmera
tarritos de jugo baggio con sorbete, tamaño chico
y que se ocupe otro.
lento, lento, lento, lento, lento
las condiciones del stress, el miedo, mar del plata tiene un solo horario: 11 de la mañana,
el cielo violáceo, la mentira fenicia de un sweater polvoriento.
la condena de buscar un kiosko, de querer leer en voz alta,
de esperar que pase alguien que le importe esto y lo otro.
la falsedad de todo acá nomás
de la sierra maldita, corta
y un centro no querido, donde hacen filas los bancarios,
los violinistas
las que se toman la presión y les explota la cabeza.
la tapada con saquito
el tapado de bufanda,
¡vergüenza les tendría que dar!
andar tapados
tiritando, entrando al auto, cerrando ahora
cruzando de vereda, comiendo la medialunita
'acá son ricas por el agua',
acá toman medialunas
de día o de noche
es lo mismo.
sea frente al museo, en la choripanería, en la desconsolada casa de chalecos,
en las universidades de los hijos
en la revista, ya sabés de qué te hablo.
‘te vi en el 8 el otro día’
la casualidad:
impostación pura y dura,
como el alfajorcito vencido que te dieron en el micro
te lo comiste
te ensució la boca,
lo dejaste a la mitad
mientras veías un cartel
todo verde
y de neón.

sábado, 27 de julio de 2019

¿Qué significa “Llegamos a la Luna”?


En la película First Man el director toma la decisión de no mostrar el momento en que Armstrong planta la bandera en la Luna, lo que nos genera sentimientos encontrados que nos llevan a plantearnos la épica del desarrollo tecnológico.

Por Marcelo Rodríguez *

Hay dos detalles del alunizaje que el espectador aguarda ver en El primer hombre (First man, 2018), la película del director Daniel Chazelle sobre la historia de Neil Armstrong en sus años de entrenamiento y el periplo lunar, y finalmente no ve. Uno es la ceremonia religiosa que Edwin “Buzz” Aldrin celebró en la superficie de la Luna según el rito presbiteriano, y que incluyó la comulgación, que fue la primera ingesta de comida de un ser humano en otro mundo. Otro, cuya ausencia es más llamativa, es el momento en que el primer hombre en la luna clava en ella una pica con la bandera estadounidense. Detalle, este último, que el espectador de otra nacionalidad por una parte agradece y por otra echa de menos, porque justamente ese arranque de patrioterismo que puede suscitar el plantón de la divisa norteamericana le permite tomar distancia de la escena, enmarcar a la conquista del espacio y a ese, su hecho más emblemático, como un logro puramente militar, sin significado antropológico.

La tradición humanista, señalaba el filósofo francés Gilbert Simondon allá por los años en que se iniciaba la conquista espacial, se empeña en no asignarle ningún valor cultural al desarrollo tecnológico. Y termina de esa manera abonando, decía, a la misma idea de neutralidad que sostienen los tecnócratas enamorados de la máquina, esa “neutralidad” que dice que la tecnología no es “ni buena ni mala, sólo nos mejora la vida para que cada cual le dé su propio sentido”; lo bueno y lo malo, se dice desde esta óptica, son las personas, y no la tecnología ni mucho menos la ciencia. Lo malo es que desde esta perspectiva, decía ya en los tardíos años ’50 Simondon –un fanático de la biomecánica, que sostenía que ningún ciudadano debía ignorar cómo funcionan los motores y sus sistemas de control–, la cultura que renuncia a pensar en el significado real de su producción técnica termina dándole a ésta un carácter sagrado. Y bien se sabe que lo sagrado, contrariando todo precepto de la racionalidad que deberían inspirarnos la ciencia y la tecnología, no se cuestiona.

¿Cuáles serían esos “verdaderos” significados de la tecnología, de los que supuestamente no se habla? Pueden ser varios. Empezando por el mismo funcionamiento, que por sernos en general desconocido termina por producir un efecto como de magia. El discurso publicitario, que se ha vuelto dominante incluso en áreas donde en teoría debería expresarse la racionalidad de una sociedad democrática, se desentiende cada vez más de cualquier intento de descripción objetiva de las cosas de este mundo, y tiende a incrementar ese efecto “mágico”. Las razones de ser de cada nuevo producto, de cada innovación tecnológica, la racionalidad capaz de discernir por qué las cosas se hacen de una determinada manera y no de otra, se esfuman en virtud de esa prestidigitación –eficaz, eficiente, simplificadora– y asumen la forma de la satisfacción de las necesidades, de una tautología de la felicidad que sintetiza sus múltiples caras.

Pero la tecnología tampoco es sólo un set de herramientas, o de prótesis de nuestro cuerpo, como lo había pensado a mediados del siglo XIX el alemán Ernst Kapp, de quien McLuhan tomó la idea de los medios electrónicos como “extensiones de nuestros sentidos”. Abstrayéndose de esa “ilusión” que ve a los objetos técnicos como meros “útiles” a la medida de nuestros deseos, Simondon y otros autores de su época demostraron que en la sociedad industrial –en el capitalismo, pero probablemente también en los sistemas socialistas como se habían dado hasta entonces y, agregamos nosotros, en la actualidad– toda la tecnología tiende a conformar sistemas de gran escala. Las “herramientas”, decía este autor, quedaron en la historia, en el pasado romántico de los artesanos que a fines de la Edad Media desarrollaban su actividad en los márgenes de las ciudades europeas, y que eran los poseedores de la técnica, de los medios de producción y de un sentido de la innovación donde la calidad, la función y la elegancia de los productos eran valores que no habían sido pervertidos por la lógica mercantilista de la producción masiva. Hoy las personas, al vincularse con cualquier producto de la tecnología, pasan a formar inmediatamente parte de un sistema que les asigna un rol social –es productor o consumidor, diseñador o usuario, vendedor o comprador, actor o espectador, espía o espiado, manipulador o manipulado, o a veces varios roles a la vez–, un rol social que es consecuencia directa e inevitable de las funciones técnicas de los artefactos, que es independiente de lo que cada persona crea estar haciendo, por ejemplo, cuando se sube a un auto o envía un mensaje por una red social, y que probablemente no existía, ni siquiera como posibilidad, antes de que esa tecnología fuera inventada y puesta en funcionamiento. Autores como Simondon o McLuhan, cada uno a su manera, lo vieron claramente a partir de la emergencia de fenómenos como la masividad de la televisión, y hoy la velocidad de desarrollo de las infinitas aplicaciones a través de internet hacen pensar a muchos que tal vez esa característica de la tecnología, advertida hace al menos medio siglo sin perjuicio de que siguiéramos viéndola como “neutral” o hasta “inocente”, ya nos ha pasado por encima. Cuanta más capacidad de dominar tienen unos, más posibilidad de ser dominados tienen otros, y esta parece ser una realidad que, como el principio de acción y reacción formulado por Newton como una ley inquebrantable de la física, se cumple indefectiblemente, aunque la cultura nos la oculte, o aunque un tabú nos impida mirar hacia ese lado bajo la pena de cargar el estigma del rechazo irracional, del rencor del vencido o del rezagado. En definitiva, del anatema patriarcal de la impotencia.

Desde la posición de quien asume y pone en palabras ese tácito rencor, probablemente, surgen las versiones negacionistas de la llegada del hombre a la Luna: toda la “magia” consistió no más que en caminatas de astronautas grabadas en estudios de Hollywood, trucos de iluminación en el desierto de Nevada, directores de cine famosos –¿por qué no Stanley Kubrick, que el año anterior había estrenado la magnífica 2001, odisea del espacio?– trabajando en secreto con la NASA y guionistas de Disney, y una gigantesca conspiración tan bien montada que ni siquiera los rusos –¿qué no hubieran dado ellos por poder refutar el alunizaje norteamericano?– habrían advertido tan evidente farsa. Es comprensible que ver a la conquista del espacio exclusivamente en términos de una contienda militar entre las dos superpotencias del momento exacerbe esa paranoia negacionista, y la imagen de Neil Armstrong clavando en la Luna su bandera –imagen que Chazelle, probablemente en un acierto estético más de First man, elige no mostrar– la lleva hasta el paroxismo. Es que una forma de no verse en ese lugar de inferioridad, complementario de esa soberbia muestra de poder tecnológico y militar, es negar el hecho que nos habla de ella. Más aún cuando esa muestra de poder es enviada por una potencia con capacidad de destruir el mundo con sus armas nucleares, y que por entonces manifestaba con saña su impunidad y desprecio por la vida, bombardeando a la población civil en Vietnam, o entrenando a las fuerzas militares sudamericanas para un “combate contra el terrorismo” que poco después se traduciría en las atrocidades del Plan Cóndor.

First man muestra que los cuestionamientos al enorme gasto público que implicaba la carrera espacial iban, dentro de los Estados Unidos, mucho más allá de los sectores más radicalizados, los mismos que protestaban por el cese de la guerra de Vietnam. En una elegante recepción oficial, Armstrong (interpretado por el actor Ryan Gosling) flaquea al tratar de definir el “esfuerzo” que implican los proyectos de la NASA, y atina a rechazar el pelotazo: “Depende en qué contexto se lo considere”. “Lo estoy considerando en el contexto del dinero de los contribuyentes”, le responde cortante su interlocutor, formulando en términos ridículamente prosaicos (y realistas, diríamos, pero sólo en un sentido restringido de la palabra “realista”) la grandilocuencia de la empresa:

Si algo nos enseña nuestra historia es que el hombre, en su búsqueda de conocimiento y de progreso, es determinado y no puede ser disuadido. […] Elegimos la Luna no porque sea fácil, sino porque es difícil.

El discurso del presidente norteamericano John F. Kennedy en 1961 había lanzado al mundo el desafío de llevar, antes de que terminara la década, a un hombre a la Luna y traerlo de vuelta. Armstrong, que a diferencia del origen militar de la mayoría de los astronautas era piloto de aviación civil, se postuló como candidato para integrar el Proyecto Gemini, cuyo objetivo era el de “ensayar”, a través de una serie de vuelos espaciales tripulados, algunos de los dispositivos, maniobras y habilidades técnicas que la NASA estimaba necesarias para las futuras misiones lunares. En 1962 los ingenieros espaciales estadounidenses ya tenían claro (y lo habían hecho público) que la forma más segura de transportar gente al satélite sería a través de dos naves: una que transportase a los astronautas hasta la órbita lunar y otra que descendiera a la superficie y luego se volviera a elevar para encontrarse con la primera y volver de regreso a casa. Además de los artefactos en sí, eran precisas una serie de operaciones –entre ellas la actividad extra-vehicular (EVA), el trasbordo de los astronautas de nave a nave, el acoplamiento “nariz a nariz”–, cada una de las cuales constituiría una proeza en sí misma, porque nunca habían sido realizadas en el espacio y a nadie le constaba que fueran realmente posibles.


“Papá va a ir a la Luna”

Entristecido por un profundo dolor (la película comienza con el episodio de la muerte de su pequeña hija, en 1961), reservado y taciturno, el Armstrong de First man se distancia enormemente del héroe de Hollywood para acercarnos más a ese otro modelo de héroe norteamericano que es el misterioso Capitán Achab, creado por Herman Melville en Moby Dick. La posibilidad del fracaso y de la muerte lo acechan permanentemente en la vida y en el pensamiento, conformando con el deseo una sola materia. El hombre destinado a llevarse el mayor de los laureles desconoce el sentimiento de euforia, y se adivina que no sabría qué cara poner en caso de tener que festejar un triunfo. El filme pinta un astro que brilla en la oscuridad.

En marzo de 1965 les tocó ver por televisión cómo los rusos se les adelantaban una vez más, esta vez con el primer EVA o “paseo espacial”: fue el de Alexéi Leonov, flotando en el espacio a metros de la nave Voskhod 2. La televisación no fue en directo. Las autoridades rusas (según se supo décadas después) sólo liberó las imágenes una vez concluida la misión, que fue por demás accidentada. Primero, el traje espacial de Leonov se había hinchado demasiado y le impedía volver a entrar en la nave tras el paseo: lo logró a duras penas con un movimiento desesperado, ingresando de cabeza por la manga de salida cuando la indicación era hacerlo con los pies. Adentro de la nave se descontroló el nivel de oxígeno y temieron el incendio durante todo el regreso a tierra, que tampoco ocurrió según lo previsto: Leonov y su compañero Pavel Belyayev fueron a parar a un bosque helado de la taiga siberiana, donde casi son comidos por los lobos y sólo pudieron ser rescatados días después.

Con el inicio del Programa Apolo, en febrero de 1967, la tragedia toca de cerca al grupo. Los astronautas Virgil Grissom, Ed White y Roger Chaffee fallecieron en la rampa de lanzamiento de Cabo Cañaveral a bordo de la cápsula Apolo 1 por fallas técnicas que provocaron un incendio. Buzz Aldrin cree que la muerte de Grissom lo coloca entre los candidatos a viajar a la Luna, y desenfadado y sin pelos en la lengua, lo dice delante de todos. Su comentario resulta, como mínimo, inoportuno. Buzz se excusa; al fin y al cabo, dice, “es lo que todos piensan”. “Tal vez deberías pensar en no decirlo”, lo corta Armstrong. La verdad es para él un reino de silencio y de contemplación, aún, y sobre todo, cuando está sobrecogido por el terror, a bordo de un avión-cohete X-15, esos costosos engendros militares ensayados en la década del ’60 que superaban la velocidad Mach 6 y permitían, en una experiencia cercana a la desintegración total del avión y del piloto, sobrepasar la atmósfera:

Era tan delgada, una parte tan pequeña de la Tierra, que apenas se podía ver; y cuando estás aquí abajo entre la multitud y miras hacia arriba, parece… parece bastante grande y no piensas mucho en ello. Pero cuando tienes un punto de vista diferente, cambia tu perspectiva. No sé qué descubrirá la exploración espacial, pero no creo que sea sólo una exploración por el bien de la exploración. Creo que será más el hecho de que nos permitirá ver cosas que tal vez deberíamos haber visto desde hace mucho tiempo, pero que no hemos sido capaces hasta ahora. [1]

Por eso, les dice a los reclutadores del Proyecto Gemini en la NASA, quiere ser astronauta, como si en la operación tecnológica que iba a anular de manera efectiva y para siempre la distancia que separa al hombre de su diosa lunar debiera necesariamente estar presente, y en grandes dosis, la metafísica.

– ¿Qué pasa, mamá?

– Nada, querido. Tu papá va a ir a la Luna.


Misiones a la Luna

Una página actual de Wikipedia ofrece el simpático detalle de incluir en el listado de “Misiones espaciales lanzadas a la Luna” a proyectos imaginarios como, por ejemplo, la leyenda contada por Plutarco en el siglo I antes de Cristo acerca de un “camino que lleva a la Luna” en De facie en orbe Lunae, una novela de Luciano de Samosata fechada en el año 79 de nuestra era, una cita de La Divina Comedia de Dante Alighieri y, por supuesto, De la Tierra a la Luna (1865) y Alrededor de la Luna (1870), ambas de Julio Verne, sin olvidar las anteriores La conquista de la Luna (1809), del norteamericano Washington Irving, y el relato fantástico La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall (1835), de Edgar Allan Poe. Según ese listado, para julio de 1969 las misiones espaciales reales enviadas al satélite natural de la Tierra por soviéticos y norteamericanos a partir de 1958 habían sido, en total, setenta y una. Salvo las misiones Apolo 8 y 10, ninguno de los otros vuelos fue tripulado, pero todos tenían un objetivo técnico, ya fuera de aproximarse, de orbitar o bien de alunizar, además de probar tecnologías.

Solamente 25 de esas 71 misiones lunares (el 35 por ciento) habían sido exitosas. Tras el alunizaje en First man se escucha a un locutor de radio desde la Tierra:

Estos primeros hombres en la Luna han visto algo que los hombres que los sigan no experimentarán.

La teoría dice que los primeros son siempre los que allanan el camino y ponen las piedras para que los que vienen detrás pisen más seguros. Pero si bien en el Programa Apolo las cosas venían saliendo a pedir de boca, al menos a partir del accidente inicial que costó la vida de tres astronautas en Tierra, esa regla en general no se había dado en el transcurso de la carrera hacia la Luna. Los rusos habían fracasado en 26 de sus 41 misiones, la enorme mayoría aún después del éxito pionero del Lunik 2 en 1959, y en otros 6 de sus intentos hubo fallas, y el éxito fue sólo parcial. La NASA contaba 16 éxitos totales y cuatro parciales, pero 14 fracasos intercalados entre ellos: nada garantizaba que, tras un éxito, el esquema se repitiera. En diciembre de 1968, el Apolo 8 orbitó por primera vez la Luna con tres astronautas a bordo: Frank Borman, James Lovell y William Anders, con lo que, literalmente, el sueño de Julio Verne en De la Tierra a la Luna –donde los tres personajes logran orbitar la Luna y regresar a la Tierra– se hallaba ya cumplido. En mayo de 1969, el Apolo 10 repitió la hazaña.

Las misiones tripuladas a la Luna fueron cinco en total. La última, Apolo 17, logró hacer alunizar al módulo de excursión y un vehículo todoterreno, y estuvo integrada por Eugene Cernan, Ronald Evans y Harrison Schmitt, un geólogo. Fue el 7 de diciembre de 1972.


[1] TRADUCIDO DE UN FRAGMENTO DEL DISCURSO DEL PERSONAJE DE NEIL ARMSTRONG EN EL FILME DE CHAZELLE.

* Publicado originalmente en La espiral de Argquímedes.

miércoles, 22 de mayo de 2019

La cruenta implosión de una sociedad sin salida


por Henrique Júdice Magalhães [1]

Con 2,7% de la población mundial, Brasil concentra más del 10% de los asesinatos en el planeta. En 2016, fueron 61,6 mil, además de 49,5 mil violaciones y 12 mil suicidios que también revelan algo sobre esta sociedad. De las 50 ciudades más violentas del mundo, 25 se ubican aquí.

Las dos bases oficiales de datos (denuncias policiales y registros de decesos) contienen fallas y divergencias, pero la explosión de violencia letal es visible a simple vista –y no solo en las metrópolis. En verdad, las cifras reales son más altas, ya que, por el estigma que recae sobre las víctimas, muchos suicídios se registran como accidentes e inúmerables violaciones ni siquiera se denuncian.

Respecto de los asesinatos, el Instituto de Investigación Económica Aplicada (IPEA), agencia oficial, destaca que muchos se ocultan bajo la clasificación "muerte violenta por causal indeterminada". En São Paulo, Minas Gerais y Bahia, estados que concentran la mitad de la población brasileña, esos registros equivalían, en 2015, a 42,9%, 30,4% e 30,3% respectivamente de los homicidios reconocidos. Por cierto, las 71,8 mil desapariciones registradas en 2016 también ocultan muchas muertes no naturales.

Igual que la disparada del número de muertes violentas, abruman la crueldad de muchas de ellas y la futilidad de sus motivos. Decapitaciones filmadas y difundidas por las redes en el contexto de disputas asociadas al comercio minorista de drogas prohibidas; una madre muerta al esperar a su criatura en la puerta de la escuela; dos muchachos ultimados por el custodio de un restaurante por la cantidad de sachets de ketchup que se querían llevar; una trabajadora atacada al salir de su turno laboral asesinada a golpes de destornillador tras entregar todo a los asaltantes; y otro envenenado y descuartizado por un compañero de trabajo para robarle la plata del despido son solo ejemplos tomados al azar de los crímenes sucedidos en los dos últimos años en el área metropolitana de Porto Alegre.

Pseudociencia y mistificaciones

Sorprende que el aparato ideológico que conforman la prensa mercantil monopólica, las instituciones oficiales de investigación y algunas ONGs admita la existencia de esa orgía de sangre. Sería mucho pedir que también explique como esta violencia se compatibiliza con la visión idílica que tanto difundieron sobre la evolución de la sociedad brasileña durante los ocho años de gobierno del PSDB y – más allá de roces de otro tipo – los trece del PT, o identifique con alguna precisión y honestidad sus causas.

La matanza en curso en Brasil no se comprende por ninguna de las teorías con que, partiendo de cálculos viciados y de la pseudociencia social burguesa de matriz estadunidense, los intelectuales orgánicos del sistema intentan explicarlo. Esta nota no resuelve los mecanismos que empujan a parte de las masas empobrecidas a la autofagia, pero desmiente las mistificaciones en boga, pondera el peso de elementos importantes e indica causales profundas.

Juventud – En el análisis Efeito da mudança demográfica sobre a taxa de homicídios no Brasil, publicado en 2015, Daniel Cerqueira -director del IPEA en el gobierno de Dilma Roussef- y Rodrigo Leandro de Moura -de la Fundación Getúlio Vargas (FGV)- atribuyen un cuarto del incremento de los asesinatos entre 1991 y 2000 y la mitad del verificado entre 2000 y 2010 a la existencia de jóvenes del sexo masculino en Brasil (en otros países, según esta explicación, o no hay varones, o ellos pasan bruscamente de la infancia a la madurez)
[2].

Cerqueira y Moura admiten no saber nada sobre los perpetradores de esas muertes. No podrían hacerlo, pues la estimaciones más optimistas sobre la elucidación de homicidios en Brasil dicen que, en el 80% de los casos, ni siquiera llega a haber un sospechoso. Pero, como un 92% de las víctimas entre 2005 y 2015 eran hombres de edades entre 15 y 29 años, de ahí deducen que los asesinos también lo son y que la cantidad de homicidios es compatible con el peso relativo de esa fracción demográfica.

Un dato que figura en su propio estudio los desmiente: en el período que analizan (1991-2010), mientras la cantidad relativa de homicidios creció un 30%, el peso relativo del estrato masculino entre 15 y 29 anos sobre la población brasileña se redujo un poco y el de la fracción entre 15 y 23 (considerada la más peligrosa en la literatura estadunidense en que ellos se basan) se desplomó.

No hay un solo indício de correlación – mucho menos de causalidad – entre cantidades relativas de varones jóvenes y de asesinatos. Por el contrario, en Brasil la matanza es simultánea con el envejecimiento de la sociedad. De 1960 a 2015, el promedio de hijos por mujer cae de 6 a 1,7, y la expectativa de vida sube de 48 a 75,5 años (datos del IBGE). Desde 1980 (cuando empiezan a existir estadísticas de homicidios y los nacidos en 1960 tenían 20 años) a 2015, los asesinatos suben de 11,4 hasta casi 30 por 100 mil habitantes.

La única conclusión que esto permite es la que leí en Argentina como consigna y se aplica a Brasil como constatación científica: los pibes no son peligrosos, ellos están en peligro.

Famílias – En 2009, la FGV otorgó el título de doctor en Economía a Gabriel Chequer Hartung por sus Ensaios em Demografia e Criminalidade. Con el visto bueno de su director de tesis Samuel Pessôa, él sostiene que la proporción de familias monoparentales con niños de 5 a 15 años en un tiempo y un lugar dados se refleja en el índice de asesinatos 10 años después, cuando ellos tienen entre 15 y 25.

Sin demostrar o siquiera describir la relación causa-efecto sin la cual esa coincidencia numérica verificada en algunos lugares es solo um espejismo, Hartung concluye que los hijos de madres solas son más proclives a matar y que la criminalidad violenta se reduciría por el aborto eugenésico de esos niños (no defiende explicitamente su eliminación después de nacidos, pero a buen entendedor...).

En 2015, un 26,8% de las familias brasileñas con hijos tenían un solo adulto (en general, la madre) según datos del IBGE. Comparados con los datos de Eurostat de 2016, ellos ubican a Brasil entre Dinamarca (30%) y Suecia (25%) en ese item. Si esta configuración familiar fuera un factor de letalidad, los índices danés y sueco de homicidios serían similares al brasileño. Pero en aquellos países son cercanos a cero: 0,58 y 1,07 asesinatos por 100 mil personas en 2015, respectivamente. Aún comparando esas naciones escandinavas, parecidas en todo lo demás, el impacto de la monoparentalidad sobre la violencia letal es nulo: la campeona mundial de madres solteras tiene menos crímenes de muerte que su vecina.

Armas – Túlio Kahn, alto funcionario de los gobiernos de Alckmin y Serra en São Paulo, sostiene que la cantidad de armas de fuego en manos de la población determina el índice de homicidios.

El dedo sobre el gatillo es solo el último eslabón de la cadena de sucesos que desemboca en un asesinato, y ni siquiera así la disponibilidad de pistolas y revólveres ayuda a comprender lo que pasa en Brasil: según el gobierno de dicho país, se entregaron voluntariamente 650 mil armas entre 2004 y el comienzo de 2014.

No pude encontrar datos de igual amplitud acerca de las incautaciones. Pero solamente considerando las entregas voluntarias ya es posible afirmar que el incremento de los homicidios se dio mientras el stock de armas entre la población caía drásticamente.

En el documental Bowling for Columbine, Michael Moore muestra que Canadá, con una población tan armada como la de EEUU, tiene mucho menos asesinatos (1,7 contra 4,9 por 100 mil habitantes en 2015, según el sítio Countryeconomy; en sendos casos, muchas más armas y menos muertes que en Brasil). Y que se puede y se debe condenar la demencia del fetiche armamentista sin confundir el instrumento del crimen con sus causas

Algo, pero no todo

Otras explicaciones tocan importantes aspectos de la tragedia brasileña, que se vinculan al baño de sangre en curso, pero no lo explican en toda su profundidad.

Abandono escolar – El sociólogo y ex-diputado Marcos Rolim és un investigador serio, dedicado a la preservación y mejora de la vida de la juventud pobre. Al estudiar la violencia en la que esta juventud está inmersa no busca su origen en los cromosomas ni en las madres de los jóvenes, sino en lo que el Estado les debe.

En su tesis de doctorado A formação de jovens violentos – Estudo sobre a etiologia da violência extrema, que presentó a la Universidade Federal do Rio Grande do Sul (UFRGS), Rolim busca indagar no tanto la cantidad de asesinatos sino su desmesurada crueldad. Para ello, entrevistó a adolecentes que habían cometido homicidios por motivos fútiles y otros que, viniendo de un contexto sociofamiliar parecido, construyeron sus vidas por fuera del delito. La diferencia que él identificó entre los dos grupos es que los integrantes del primero habían sido violentados en sus infancias, excluídos de la escuela y reclutados por adultos que les enseñaron a actuar brutalmente.

El desprecio por la integridad física y emocional de los niños y la falta de una escuela pública fuerte, capaz de suplir lo que les falta en sus casas y en el barrio en términos culturales y de socialización sana, son las deudas más grandes de Brasil hacia su pueblo, y son también elementos estructurales de la tragedia que vivimos. Pero no parece que la deserción escolar sea la causa del fenómeno analizado: los niños y adolescentes permanecen hoy muchos más años en la escuela (incluso en una mala escuela) que en los años 70 y 80 – y muchísimos más que en los 50 y 60, cuando era común que el inicio de la vida laboral o el fracaso en los exámenes de ingreso al liceo hicieran finalizar la escolarización a los 10/11 años de edad. Aunque sea un dato importante en las vidas de los autores de los crímenes investigados por Rolim, la deserción cayó mientras esos crímenes crecieron.

Drogas – Una parte muy grande de los asesinatos en Brasil está vinculada a la cocaína y sus derivados (no, sin embargo, a la marihuana y otras drogas). De todos los factores analizados, este es el único que crece al mismo tiempo que la escalada de crímenes de muerte.

Muchos se cometen bajo el efecto de estas drogas o de la ansiedad causada por su abstinencia, y muchos más en las disputas por [apoderarse de] locales de su comercio minorista, por el castigo a los deudores y otras desavenencias vinculadas a su compraventa – incluso por extorsiones y quemas de archivo perpetradas por policías contra los pequeños traficantes y usuarios.

Sin embargo, aún siendo un fuerte catalizador de la violencia, la sola presencia de estas substancias no explica la dimensión que la violencia adquirió en Brasil. Su comercio – una actividad, en sí misma, no violenta – existe en todo el mundo, pero solo en Brasil y en algunos países de Centroamérica viene acompañado por estos índices de mortalidad. Incluso en México, um país considerado en colapso debido al narcotráfico, hay alrededor de 20 homicidios por 100 mil personas – no 30, como sucede em Brasil.

Raíces profundas

Como raíces más hondas del fenómeno, quedan dos aspectos de la dinámica social brasileña:

1 – El legado de una institución brutal que fué aquí particularmente violenta: la esclavitud. En Brasil, el Estado, las clases dominantes y la mayoría de los sectores médios nunca reconocieron ningún valor a la vida de las masas negras y morenas, vistas en ocasiones como uma mercancía, y en otras como uma amenaza a reprimir o erradicar; ni de las masas campesinas, sometidas a la servidumbre o expulsadas del campo para confluir, en las ciudades, con los descendientes de esclavos.

2 – La intoxicación de estas masas por una contrapropaganda que llevó a parte de ellas a incorporar los antivalores de una clase dominante en descomposición: consumismo, individualismo posesivo, inmediatismo, ostentación y narcisismo. Christopher Lasch (A Rebelião das Elites e a Traição da Democracia ) y Richard Sennett (A Cultura do Novo Capitalismo ) estudiaron este fenómeno en el país del que Brasil está transformándose, desde 1964, em una mala cópia: EEUU. João Manuel Cardoso de Melo y Fernando Novais (Capitalismo Tardio e Sociabilidade Moderna) y, especialmente, Jurandir Freire Costa (O Vestígio e a Aura) lo han investigado en Brasil. "La violencia emerge como una consecuencia de la avidez en la búsqueda de los objetos supérfluos, estimulados por la publicidad. Esa distorsión no empezó con el indigente que lleva un arma, sino con la élite que dió la norma de la destrucción " – decía Freire Costa en un reportaje en 2004.

El Estado asesino

Sobre dicha combinación de elementos, el Estado promueve el baño de sangre.

Uniformadas y en su horario laboral, las policías brasileñas matan más que los delincuentes. En 2016 Brasil tuvo 2.703 denuncias de robos seguidos de muerte y 4.224 denuncias de "muertes por intervención policial". Estos números no incluyen el "trabajo" de las milicias paraestatales que se multiplican en Rio, ni de los grupos de la Policía Militar de São Paulo, que cometen sus asesinatos enmascarados ("los delincuentes por lo menos muestran la cara", se escucha comúmente en la periferia paulistana).

Además de matar con mano propia, el Estado organiza grupos para el exterminio (incluso recíproco) de pobres – ya sea por la asociación lucrativa de políticos y empleados estatales con mafias que se confunden con la estructura policíaca, tal como lo denuncia hace tiempo el profesor José Claudio Alves de Sousa; o encerrando a narcos y ladrones de bajo vuelo en cárceles cuya administración terceriza (no gratuitamente) a carteles que los reclutan por la fuerza y convierten a muchos de ellos en criminales violentos, como señala Rolim. La concentración del encarcelamiento en esas personas es también una manera de dejar sueltos a los que de verdad matan, cuya posición en los carteles és más alta.

Si acaso hay alguna duda sobre a quién sirven estas acciones, o sobre la interpenetración entre las altas esferas del mercado ilegal de drogas y las del Estado, alcanza con recordar que Brasil vive hoy bajo un gobierno que tiene dos ministros (Blairo Maggi y Aloysio Nunes) y un secretario (Gustavo Perrella) involucrados en el transporte y acopio mayorista de cocaína.

"De ir a la guerra se trata"

La más sombría concepción sobre el Estado (la de Hobbes) predicaba la necesidad de someterse a él como el precio que hay que pagar para garantizar la vida y la integridad física de sus súbditos. Cuando el Estado no se muestra capaz de proveerles esta garantía, hay una crisis que no se resolverá dentro de sus marcos.
 
El drama brasileño es que la corrosión terminal de las estructuras del Estado precedió en años (¿o décadas?) a la maduración de la única posibilidad histórica de superarla: una revolución. Construirla en esta sociedad degradada es un trabajo ímprobo y sumamente riesgoso pero urgente. 


Las dudas que pueden existir sobre su conveniencia y su relación entre costo y beneficio cuando ella implica romper la paz de los cementerios no tienen lugar cuando dicha revolución es el único medio para frenar la perversidad y la violencia fomentadas por el Estado. Si la mortandad intrínseca al funcionamiento "normal" de esta sociedad es ya la de una guerra, "de ir a la guerra se trata", como dijo, en un verso compuesto con límpida conciencia en otro contexto, Idea Vilariño.

NOTAS

[1]  Texto publicado originalmente en A Nova Democracia n° 211 - 2ª Quincena de Junio 2018 

[2] Estos autores dicen: “Existe um consenso na literatura sobre o fato de que a criminalidade violenta esteja fortemente relacionada ao sexo masculino, num ciclo que se inicia na pré-adolescência e atinge seu auge entre 18 e 24 anos. Assim, este artigo estimou o efeito da proporção de homens jovens (15 a 29 anos) sobre a taxa de homicídios nos municípios brasileiros. Utilizando um modelo de análise de dados em painel com efeito fixo, a partir dos Censos de 1991 a 2010, concluímos que 1% de aumento na proporção de homens jovens gera um aumento de 2,2% na taxa de homicídios.” (https://portalibre.fgv.br/data/files/DE/05/1D/38/61A9F410CDFAD7F45C28C7A8/TD84.pdf

[3] El texto de junio de 2018 se refiere al gobierno de Temer.